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Putrefactĭo


Regurgitan los patriotas chascarrillos disfrazados de solemnidad chabacana y burbujea la tóxica ciénaga donde evacuan la podredumbre líquida que excretan sus cerebros.

Ungidos con su propio miasma, reptan sobre el sometido latifundio dejando en el ambiente su maloliente esencia de albañal.




[…]

Si uno tuviera tiempo sentiría
como veinte minutos de vergüenza
.

[…]

Mario Benedetti


—¿Os acordáis de monsieur le clochard?-, pregunta la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, que barniza la encimera de la barra del bar de las piscinas de la Huerta Blanquiador.
La mayoría de las componentes de la Asociación de Mujeres  -atareadas en el acondicionamiento de la zona ajardinada que separa la cafetería del recinto para bañistas-  asiente, tal vez recordando aquel otoño de la edad de la inocencia cuando la veterinaria, entonces una chiquilla de apenas diez años, regresó por tercer año consecutivo al Barrio, al campamento de romaníes franceses que se instalaba en la explanada mientras duraba la temporada de vendimia.

La señorita Valvanera, la maestra, acogía con afecto -y, según algunas madres del Barrio, con excesivo empalago– a las siete u ocho criaturas del campamento que acudían a la escuela un número indeterminado de jornadas para marchar de nuevo a otras tierras y otras escuelas, allí donde las llevara la trashumancia laboral de sus familias. Pero siempre volvían al Barrio.

—Mam’zelle Valvanera, este verano hemos hecho deberes con monsieur le clochard-, dijo un día la veterinaria, niña aún, a la maestra.
—¿Quién es el señor Clochard?-, se interesó la maestra.
—Je sais pas… Llegó un día y se quedó con nosotros.

Monsieur le clochard, apelativo que sustituyó el patronímico ignorado de aquel peculiar personaje, era un ferrolano cincuentón, errabundo, polígloto y de inteligencia cultivada que se había unido a la caravana romaní a finales del otoño anterior. A cambio de comida y alojamiento, se ocupaba de infundir en la chiquillería la curiosidad suficiente por lo que, en aquellos años, se denominaba, casi con veneración, cultura general.

El siguiente otoño, cuando volvieron los gitanos a su lugar en la explanada de la otra orilla del barranco, monsieur le clochard ya no iba con ellos. Hombre inquieto y vagabundo por convicción -que así lo definía la señorita Valvanera– trazó un nuevo itinerario dejando en la roulotte donde pernoctaba una muda escrupulosamente doblada y un ejemplar, en encuadernación de lujo y edición en francés, de El vagabundo de las estrellas, de Jack London, que la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio regaló, algunos años después, a la maestra el día que esta se jubiló.

«Fade In»: Marko Beslac


«No podéis preparar a vuestros alumnos para que construyan mañana el mundo de sus sueños, si vosotros ya no creéis en esos sueños; no podéis prepararlos para la vida, si no creéis en ella; no podéis mostrar el camino, si os habéis sentado, cansados y desalentados,  en la encrucijada de los caminos».- Célestin Freinet.


«Los profesores que nos jubilamos este curso hemos recibido una carta de agradecimiento y reconocimiento de nuestra labor profesional de la Consejera de Educación y del Director Provincial y también hemos sido convocados para un acto de homenaje el día 27 de junio. Es muy loable dicho reconocimiento y el acto de homenaje que nos hacen y así quiero manifestarlo públicamente, pero en las circunstancias actuales no puedo asistir a dicho homenaje.

Durante cuarenta largos años he trabajado en la escuela y la verdad es que ha sido un trabajo precioso, motivador y esperanzador. Esperanzador y con visión de futuro hasta ahora, en que una dura crisis económica se está aliando con una ideología política y se está llevando por delante la esperanza, el deseo y realidad de un futuro mejor en la Escuela Pública.

El final de mi trayectoria profesional es amargo. Cuando ves que tu puesto de trabajo no se cubre, que servicios importantísimos en la escuela se están recortando o prescindiendo de ellos, que la no acción y la libre elección de centro por encima de todos los derechos solamente encubre una segregación social, ideológica y económica, que la ratio sube y sube… entonces piensas que tus años laborales han sido duros, luchadores, pero siempre trabajando para que todo fuera a mejor y al final la triste realidad es que en la Escuela Pública todo está yendo a menos.

Agradezco desde aquí a todos los que han sido mis alumnos, sus familias, mis compañeros y a toda la Comunidad Educativa del Colegio “El Parque” de Huesca todo lo que me han aportado. También a todos los que les precedieron, a todos los que me formaron y al C.P.R. que me ha ayudado a actualizarme.  Gracias a todos ellos por su homenaje cotidiano, que ha servido para mantener la ilusión, la constancia y el entusiasmo en esta dura y hermosa profesión.

El único homenaje válido que en estos momentos podría recibir de la Consejería de Educación y sus representantes es que no cerraran una de las dos aulas de 1º de Infantil de nuestra escuela».-Carta pública de  ELENA RUIZ GALLÁN.


De niña, Elena descubrió en la falsa* de su casa de Plasencia del Monte un librito que la encandiló. Impreso artesanalmente en 1936, contenía varios trabajos escolares realizados  por el alumnado de la escuela del pueblo y dirigidos por el maestro —fallecido en el exilio— Simeón Omella, introductor de la metodología de Célestin Freinet. El facsímile El libro de los escolares de Plasencia del Monte, guardado durante setenta y un años por la familia de Elena Ruiz Gallán, fue reeditado en 2007 por el Museo Pedagógico de Aragón.


NOTA

* En aragonés, desván, buhardilla.

«La moza del perol»: Ricardo Compairé


La señorita Valvanera, la antigua maestra, lleva desde junio de mil novecientos setenta y dos manteniendo y ornamentando el nicho donde reposa Marisefa, la niña merchera que pereció ahogada en los Sifones. La veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio —que nunca coincidió con Marisefa porque sus respectivas familias acampaban en la explanada del barranco en diferentes épocas del año— hizo sustituir, hace cuatro años, la lápida, algo deteriorada y anodina, por otra de mármol blanco ligeramente moteado y con un sorprendente trabajo en relieve donde se observa una paloma posada sobre una rueda de carro —símbolo de los nómadas—.


La familia de Marisefa se dedicaba, amén de a la venta ambulante, a un oficio de los ahora llamados perdidos: el vareo de la lana de los colchones al objeto de hacerlos más mullidos. Para ello, se golpeaba rítmicamente la lana depositada en el suelo con unas varas largas y convenientemente delgadas hasta obtener un buen volumen que se extendía sobre la tela rectangular que servía de base para, a continuación, colocar sobre la lana otro rectángulo de tela que se cosía a la base con fuertes puntadas por los laterales, mientras por la parte central se introducían, a través de unos agujeros hechos ex profeso, unas cuerdas trenzadas o lisas firmemente anudadas que atravesaban el colchón de parte a parte y mantenían la lana prieta e inmóvil en su interior.

Los padres de Marisefa abandonaron el Barrio tres días después del entierro de la chiquilla. Nunca regresaron. Durante unos años intercambiaron comunicaciones epistolares con la señorita Valvanera que, poco a poco, fueron espaciándose hasta interrumpirse. Pero ella, la vieja maestra, no ha perdido la esperanza del reencuentro y cada cierto tiempo deposita flores frescas en la pequeña repisa del nicho de mármol blanco.

El bosque animado

«The Forest»: Kevin Arnold


Las cenizas del señor Anselmo, el último maquis del Barrio, forman parte, desde hace siete años, del bosque donde se mimetizaron sus sueños en la primera década que siguió al final de la Guerra (In)civil y en el que, unas semanas antes de su muerte, todavía se le podía ver dando cortos paseos, ayudado por un bastón de madera de boj que él mismo había tallado.

El señor Anselmo, que jamás poseyó más armas que una navaja de pico ganchudo y una tozudez indómita que le hizo inmune a cuantas reconvenciones y apercibimientos recibió de las autoridades, nunca fue perseguido ni detenido, pese a que en los años que pasó en aquel bosque, la bandera rojinegra ondeó de un árbol o de otro, haciendo que el jefe del puesto de la Guardia Civil comentara: “Vamos a acabar todos picando piedra”, lo que no le impedía colaborar en la manutención de aquel singular prófugo con pequeñas redomas de caldo del Somontano que le enviaba su suegro, un viticultor que, además, era el Jefe Comarcal de la Falange.

Cuando el señor Anselmo dio por terminada su aventura entre los árboles, regresó al Barrio, reparó la techumbre de la casa familiar, colocó la descolorida bandera rojinegra en la ventana del primer piso y se dedicó al tallado artístico de objetos de madera, a cuidar de sus colmenas y a escribir cartas -jamás publicadas- al periódico de la capital, criticando el régimen de Franco y abogando por una República Federal basada en el comunismo libertario. Los sucesivos jefes de puesto de la Guardia Civil heredaron aquella situación –la Situación, la llamaban-, pero nadie se atrevió a tomar medidas contra aquel anarquista que, mientras el vecindario asistía a la misa de once de los domingos, se apostaba junto a la puerta de la Iglesia y entonaba “A las barricadas” con una excelente voz de barítono.


Desintegrada la dictadura y legalizados partidos y centrales sindicales, el señor Anselmo cedió la planta baja de su casa como sede provisional de la Asociación de Cultura Popular donde, ocupando una de las paredes, se colocó -entre dos bloques de metacrilato- su vieja bandera rojinegra.

El (d)efecto Wert


Parece que Juan Manuel Subías ha confundido su cargo de Inspector Jefe Provincial Adjunto de Educación con el de comisario de la extinta  Brigada Político-Social. Sólo así se entiende que haya enviado a los centros educativos de la capital aragonesa una circular, vía fax, donde se exige a los equipos directivos que faciliten nombres, apellidos y D.N.I. del profesorado participante en los encierros llevados a cabo en colegios e institutos públicos. Tan expeditiva medida se suma a la orden dada, desde la Delegación del Gobierno, a la policía para identificar a todas las personas portadoras de la camiseta verde que concurran a las concentraciones de protesta semanales.


Recientemente, la consejera de Educación, Universidad, Cultura y Deporte, María Dolores Serrat Moré, jefa y defensora del diligente don Juan Manuel, protagonizó un surrealista entremés en la Feria del Libro de Zaragoza cuando, increpada por un grupo de personas, corrió a refugiarse en el edificio de Capitanía General para, posteriormente, acusar  a quienes la recriminaron, de haber proferido amenazas de muerte contra ella, pese a que un video del incidente prueba que lo declarado por la ministra autonómica no se ajusta a la realidad.

Dice doña María Dolores que los datos del profesorado  insurrecto y okupa no tienen mayor utilidad que la de conocer «las incidencias de cada centro» y, «en caso de daños, dirimir responsabilidades«, no fuera que los maestros y maestras decidieran, verbigracia, hacer una fogata con el mobiliario de las aulas o, quizás, contactar con una línea erótica para que señoritas y señoritos con deje meloso les calentaran los tímpanos en las ociosas noches de acampada. Y es que, en interpretación libre de las palabras del ministro Wert en la pasada huelga de la Enseñanza Pública, los únicos docentes responsables son aquellos que aceptan, alborozados, la asfixia de la Escuela Pública para mayor gloria y negocio de la Escuela Concertada.

Amén.





Dicebamus hesterna die…

«Reflexes of a Block…»: Mirko Barone


La antigua fábrica Cuprom, de cobre electrolítico refinado, ubicada en Baia Mare (Rumanía)  -población que hace doce años se convirtió en foco de uno de los mayores desastres ecológicos de Europa-, fue, a finales de mayo, siniestro emplazamiento de una más de las despreciables mise en scène del alcalde de la ciudad, el destacado neoliberal autoproclamado independiente, Cătălin Cherecheş, que forzó, manu militari, a varias familias gitanas de la localidad a instalarse en las abandonadas dependencias de la vieja factoría, cerrada desde el año 2006 por su nocividad. Veintidós criaturas y dos personas adultas, de las reubicadas en un ruinoso complejo cuyos altos niveles de contaminación en cobre, cianuro y ácido sulfúrico fueron denunciados reiteradamente cuando todavía se hallaba en funcionamiento, tuvieron que ser hospitalizadas con síntomas de intoxicación por emanaciones de gases.

La infame actitud del munícipe no ha sido obstáculo para que en las elecciones del pasado domingo, 10 de junio, haya sido reelegido, con el 83% de los votos,  por la gran mayoría de los habitantes de la ciudad rumana, a quienes no parece preocupar en absoluto que un grupo de conciudadanos sean, una y otra vez, víctimas de un solapado remedo de Solución Final que ya ensayó su compatriota Ion Antonescu entre 1940 y 1943.


NOTA

«Of rromilor, of flăcăilor!«, que significa «¡Ay, gitanos! ¡ay, muchachos!«, es uno de los versos del himno internacional del Pueblo Gitano en su versión rumana.

«Bureaucrat 2»: Katrin Rüütli


«No va a haber ningún rescate de la banca española«. Mariano Rajoy Brey, Presidente del Gobierno del Reino de España. 28 de mayo de 2012


El ensayo

La batería de luces del proscenio engrandece la sombra del actor que se plasma, en gris, sobre el satinado vertical del ciclorama. En el foso, el apuntador bosteza, aburrido, resiguiendo con ojos abotargados las líneas del guión que recita el monologuista desde el centro del escenario

Vuelan un par de moscas por el vacío patio de butacas.

«¿Cómo va la cosa?«,  pregunta, desganado, el productor al director de escena.



[…]

La representación

Cuando llegué al Gobierno afirmé que la situación de la economía española era muy complicada. Y que para sanearla era necesario, en primer lugar, el equilibrio presupuestario en la administración pública; en segundo lugar, acometer una reforma laboral para ganar competitividad y, en tercer lugar, la reestructuración del sistema financiero para recuperar el crédito […] Fruto de todo lo anterior se ha conseguido una ayuda a nuestro sistema financiero y no una intervención al Reino de España. Esta ayuda no afectará, en ningún caso, al déficit; no habrá consecuencias para la ciudadanía ni imposiciones de Bruselas a cuenta del préstamo […] Y no se engañen ustedes: El que ha presionado para solucionar el problema he sido yo y no a la inversa. Y, ahora, con los deberes hechos, partiré  para Gdansk a animar a quienes mejor representan los valores patrios.



[…]

Telón.


Grita el agua y se revolucionan las piedras de la orilla con el roce de los pies desnudos que transportan los cuerpos buscando la tibieza del Sol sobre los poros henchidos.

Canta el agua, gélida diva que trae de la Gallia el deje afrancesado del río salpicado de la jerga de las truitas[1] montañesas que se burlan de las temerosas sargantanas[2] ubicadas en el distante pretil que las acoge en Murillo.

Chap, chap de sueños adheridos a los talones danzarines que la tierra empapada de lluvia tiñe de almagre mientras ascienden por la pendiente arbustiva que parece empinarse hasta alcanzar la frontera del cielo.


NOTAS

[1] En aragonés, truchas.
[2] Id, lagartijas.

Limbus


Pese a que los teósofos vaticanistas anunciaron, años ha y tras sesudas reflexiones, la supresión del Limbo, existe en el Barrio, en la trasera de la ermita anatematizada, un bosquecillo de hayas que resguardan un calvero natural conocido, desde antiguo, como el Limbo de las Peinadoras, lugar mágico donde, según la leyenda, se le apareció la Virgen Negra a Tía Eduvigis, una anciana que ejercía de sanadora y partera y a la que la Iglesia acusó de brujería cuando, un día soleado, un rayo certero surgido del mismo bosque cayó sobre la talla medieval de la Virgen que presidía el santuario y la partió en dos.

Pocas semanas después del suceso, se corrió la voz de que uno de los tocones del calvero se había metamorfoseado en una figura oscura con las formas de una mujer embarazada, de rostro apenas esbozado pero dotada de unos labios increíblemente gruesos y a la que Tía Eduvigis, para escándalo de los concurrentes al prodigio, llamaba Nuestra Señora de los Morros de Cebollón.

La Iglesia tomó cartas en el asunto. Se serró el tocón y se contrató a un artista de imaginería religiosa para que diera forma y pintara la talla, convirtiéndola en una Virgen Blanca de extraordinaria belleza, figura estilizada y labios sabiamente recortados. La imagen fue colocada en la ermita y a Tía Eduvigis se le prohibió acercarse al recinto sagrado so pena de incoarle un proceso por brujería. Pero cuando se abrieron las puertas del templo para que los devotos admiraran la nueva representación virginal, ésta había desaparecido de su peana. Las gentes corrieron al Limbo de las Peinadoras y allí, en el calvero, hallaron a Tía Eduvigis arrodillada ante el tocón nuevamente convertido en Virgen Negra, como si jamás hubiera sido serrado. Cuando el canónigo de la diócesis, furibundo, quiso acercarse a la mujer, una luz cegadora inundó el calvero llevándose consigo a la anciana y al tocón, amén de la cordura del religioso que -dicen- murió loco unos meses después.

La ermita permaneció olvidada y maldita, junto al hayedo, durante muchos, muchos años. Se desmoronaron sus viejos muros y un tupido manto de hiedra cubrió los extraordinarios acontecimientos pasados hasta que, hace nueve años, y por suscripción popular, se iniciaron los trabajos de reconstrucción.

…Y a la izquierda del altar, en una hornacina orientada al septentrión, una Virgen Negra de vientre prominente y labios increíblemente gruesos parece sonreír, triunfante, a escasos metros del Limbo de las Peinadoras.