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La invasora

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«Cydalima perspectalis»: Archivo personal


En cuanto las yemas de los dedos de Jenabou lo rozan, se desplaza el lepidóptero desde las glicinias que ornamentan los setos hasta la crecida thuja del parquecillo, dejando un rastro de polímero de quitina en la piel de la jovencita que, inmóvil, resigue con la vista el brevísimo vuelo del insecto de permanentes alas extendidas. Es, no obstante, su último aleteo antes que Jenabou lo abata, sin miramientos, de un manotazo. “Y con esta van sesenta y dos polillas asquerosas menos en lo que va de tarde”, le dice a Lurditas, la alguacila, que, a escasos metros, sulfata delicadamente el preparado de bacillus thuringiensis sobre la hilera de bojes colmados de larvas y orugas voraces de la exótica Cydalima perspectalis, la polilla devastadora del boj llegada del Asia Oriental que, desde hace cuatro o cinco años, se ha extendido, destructiva, por el Barrio y alrededores, poniendo en peligro la supervivencia de la emblemática y abundante planta arbustiva que constituye el único alimento del indeseable huésped.

Mallos de Riglos-AA

«Los centinelas del Reino»: Archivo personal


En el número 42 del Diario Oficial del Ministerio de Marina, con fecha 18 de febrero de 1946, hay un apunte, bajo el epígrafe Bajas, que dice: «Transcurrido el año de «observación facultativa» que determina el artículo 165 del vigente Reglamento de la Escuela Naval Militar, y por no hallarse en condiciones de continuar la vida escolar, se dispone cause baja en la misma el Caballero Aspirante de Marina D. Manuel Derqui Martos». Algo inocuo y aparentemente ajeno a los ojos de la mayoría de no conocerse que el tal Caballero Aspirante que había navegado en el Juan Sebastián Elcano y al que se menciona en esa nota, devendría, con el tiempo, en escritor —cierto que minoritario y, por ende, perfectamente desconocido— que pese a su origen cubano (había nacido en La Habana, el 12 de septiembre de 1921), pasaría su niñez en Tetuán para recalar, tras su baja de la Marina, en Zaragoza, ciudad que adoptó como propia, y terminar sus días, todavía joven, en Aragüés del Puerto, pueblecito de la provincia de Huesca en el que su corazón se paró para siempre el día 13 de septiembre de 1973.

Como otros escritores, fue a su muerte cuando los textos de Manuel Derqui Martos, literato prolífico que había venido publicando en periódicos y revistas, vieron la luz en forma de libros. Dos de ellos a resaltar:


  • Meterra, novela que, según el propio autor, es «la biografía imaginada de un pintor que fracasa como hombre y como artista». Fue publicada en 1974 y los conocedores de la obra de Derqui señalan que, además de su factura experimental, posee una impronta kafkiana evidente en la que la Zaragoza del autor cubanoaragonés tiene cumplida correspondencia con la Praga de Kafka.
  • Cuentos, recopilación de narraciones breves publicadas en la prensa aragonesa, que se dio a la imprenta en 1978; de entre los textos recogidos destaca De Rerum Malleorum, magistral relato fantástico que se desarrolla en los Mallos de Riglos y describe una alucinante ascensión de dos alpinistas a los tubos pétreos que Derqui rebautiza como Macizo de Logris, quimérica elevación en la que conviven vampiros, lamias y seres del Inframundo con una poderosísima fauna autóctona, convertida en perversa y mortífera en la narración, y tan surrealista como el fantasmagórico hábitat dibujado con maestría por el escritor, que hace perecer a sus angustiados protagonistas en un entorno que, incluso sin el envoltorio de irrealidad claustrofóbica, se presta a la fabulación y la hipérbole.


La extraordinaria imaginación de Manuel Derqui Martos aporta sensaciones sobrenaturales nuevas a un lugar que obsequia su arriscada belleza y su magia a quienes contemplan los monumentales escarpes de conglomerados rojizos  —el Puro, el Pisón, el Visera, el Firé…, a los que Sender llamó “centinelas de las huestes del Diablo”—  y buscan entrever, entre las grietas de los imponentes farallones erguidos sobre el río Gállego, las ocultas criaturas ancestrales de las leyendas, observadoras no intervinientes (¿o sí?) del devenir humano, anfitrionas de tormentas y ventiscas y testigos silentes, tanto de los esfuerzos por conquistar las cimas, como de las ilusiones derrotadas.

Pueritiae

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«Donde aún quedan rastros de la niñez»: Archivo personal


«(…) He pensado muchas veces en estas palabras ciertas y desconsoladoras del nunca bien y bastante ponderado Francisco Giner: “No he podido explicarme jamás –decía el maestro– cómo siendo los niños tan inteligentes son tan necios los hombres”.

(…)

A los veinte meses de nacer el primero de mis hijos me ha nacido el segundo. A Jaimín, un cuñadín de cinco años, al comunicarle la grata nueva, dicen que contestó: –¿Para qué habrá encargado un nuevo nene, si hace poco encargó otro y no es rico?

Todos han reído la gracia del pequeño tío de los críos que yo fabrico. Todos menos yo, que, silencioso, he jurado no desaprovechar la lección de maltusianismo salida de labios del mejor maltusiano; un maltusiano que, por los cinco años que cuenta de edad, ni tan siquiera ha podido oír hablar de Malthus

(…)

Hace años, recuerdo que estudiaba el piano mi hermana y andaba por las vueltas Paquito, un muchachote contrapariente coloradote y revoltoso a más no poder. Mi hermana, en una de las pausas a que le obligaban las travesuras del rapaz, preguntóle: “¿En tu casa no tenéis piano?”. “No –contestó Paquito con su media charla–. En casa no tenemos piano, pero tenemos tocino”.

Verdaderamente, no sólo de música se puede vivir. A Paquito, para hacerle pasar en silencio un estudio de Schuman, hubo que darle a mascullar un trozo de jamón.

(…)

No son cuentos los que anteceden (…). Son anécdotas. Su valor no está en el modo de exponerlas yo, sino en la manera de ellos decirlas. No son invenciones mías; son cosas de chiquitines inteligentes que no han tenido todavía tiempo de estudiar para necios».

—Fragmentos de Florecicas, artículo publicado en la revista Vértice, el 6 de agosto de 1925, por Ramón Acín Aquilué (1888-1936). Pintor, escultor, cartelista, articulista, pedagogo. Profesor de Dibujo de la Escuela Normal de Huesca. Anarcosindicalista. Asesinado en Huesca, la ciudad que tanto amó, y a cuya grey infantil legó Las Pajaricas [FOTO], que fueron, durante la dictadura, recuerdo palmario del artista fusilado y, hoy en día, además, el emblema más representativo de la ciudad—.




ANEXO

De la fatalidad

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«Ártica»: Archivo personal


Desde la debacle, ninguno de los gatos que moran en el huerto de Marís y la veterinaria ha vuelto a arrimarse a la valla de madera que separa sus dominios del terreno colindante, propiedad de una pareja de maestros jubilados que residen en la Urbanización. Los mininos, que habían horadado bajo la cerca un pequeño pasadizo para ir de rondón a incordiar a las gallinas, hurtarles comida y obligar a Manolito, el gallo, a perseguirlos inútilmente, permanecen alejados del que, hasta anteayer, era uno de sus lugares favoritos de recreo. Dice Lucía, la dueña de las aves, que la actitud recelosa de los jóvenes felinos se debe a haber sido testigos de la tragedia que tuvo lugar al otro lado. De lo sucedido cabe suponer que el zorro que venía rondando los últimos meses los corrales del pueblo, logró acceder a la propiedad de Lucía y Pepe por la zona del talud de la acequia, la única parte del recinto donde quedaba un resquicio sin vallar. La certeza es que tres gallinas, de las cinco que vivían allí, fueron encontradas semidevoradas, y Manolito y las otras dos habían desaparecido. Queda constancia, por la cantidad de plumas desperdigadas y los restos orgánicos hallados en la parcela, que tanto el gallo como las titinas —así las llama Lucía— plantaron estéril batalla a su atacante y aunque Pepe, siempre optimista, no descarta que el gallo y las dos gallinas que faltan huyeran por el mismo lugar que usó el depredador para entrar, la posibilidad de que sobrevivieran es remota, más todavía tras asegurar Ezequiel, el viñador, que había visto no un raboso sino dos, macho y hembra, en las cercanías del hayedo, a escasos cincuenta metros de donde se emplaza el gallinero asaltado.

Notomía

Humana apariencia

«De humani corporis fabrica»: Archivo personal


En el Archivo Histórico Nacional, entre los expedientes ejecutados por el Santo Oficio, se halla el legajo 234 (exp. 24), en el que se reflejan, de manera harto prolija, las acusaciones, declaraciones y disposiciones judiciales que el Tribunal de la Inquisición de Toledo, presidido por Lope de Mendoza, incoó y ejecutó contra María del Caño y Elena de Céspedes, ambas acusadas de sodomía y profanación del sagrado vínculo matrimonial y, la segunda encausada, además, de usurpación de vestimenta masculina, bigamia, herejía, apostasía y hechicería, cargos que a la rea Elena de Céspedes le acarrearon, en el Año del Señor de 1588, la confiscación de bienes, diez años de trabajo hospitalario sin retribución y doscientos azotes que recibiría, en públicos Autos de Fe, en dos tandas de cien, en las localidades de Yepes y Ciempozuelos. María del Caño, merced a los esfuerzos de Elena para probar su inocencia y desconocimiento, obtuvo, indemne, la libertad, con la prohibición expresa de mantener cualquier tipo de contacto con la condenada.

La extraordinaria y novelesca historia de Elena de Céspedes —mulata y esclava herrada en ambas mejillas, que halló la libertad y el amor transformada en hombre y cuyo empecinamiento vital estuvo a punto de costarle la vida— es la historia de la lucha de un ser humano por vivir y sentir de acuerdo a sus propias convicciones, en una sociedad donde el papel de la mujer carecía de relevancia y su supeditación a los dictados masculinos no se cuestionaba.


Elena, nacida mujer en 1545, pobre y libre —aunque herrada en la adolescencia en el rostro, cual esclava—, originaria y con residencia en tierras granadinas, hija de la esclava africana Francisca y del bien situado comerciante Benito de Medina, en cuya casa laboró como criada hasta matrimoniar obligada con un albañil, Cristóbal Lombarda, que la abandonó, embarazada, a los tres meses de la boda, juró ante el Tribunal de la Inquisición que su condición física de mujer se vio extrañamente mermada tras el nacimiento de su hijo —al que, por no poder alimentar, hubo de dejar con unos panaderos—, advirtiendo, tras el parto, que en sus partes femeninas le habían nacido unas excrecencias similares a las que poseen los hombres en las suyas, aunque de tamaño más discreto y que, un tiempo después, notó cómo aquello que podía ser un pene aumentaba de volumen cuando se hallaba junto a mujeres de su gusto, por lo que entendió que podía ser hombre como antes había sido mujer.

Tras una reyerta pública, en la que laceró con un cuchillo a un hombre que se propasó con ella —acción por la que fue condenada a pasar un tiempo en la cárcel—, Elena decidió fajarse los pechos y vestir de hombre —haciéndose llamar Eleno de Céspedes—, entendiendo que era la única solución para moverse libremente y establecerse como cirujano, oficio que desempeñó —tras haber sido criada, sastre, calcetera…— el resto de su vida y en el que tuvo ocasión de ejercitarse en la Revuelta de las Alpujarras, donde sirvió diligentemente como soldado y sanador bajo las órdenes de Luis Cristóbal Ponce de León. Por esa época, Elena —ya como Eleno— había tenido contactos carnales satisfactorios con mujeres que, en ningún caso, dudaron de su masculinidad.

El día que Eleno de Céspedes conoció a la joven María del Caño y se enamoró de ella, comenzó la cuenta atrás que daría con sus huesos en la prisión inquisitorial de Ocaña, reo de cargos susceptibles de transportarlo a las hogueras donde se quemaba a quienes se rebelaban contra los sacrosantos preceptos establecidos. Porque Eleno de Céspedes no sólo se enamoró de María del Caño, sino que decidió casarse con ella, circunstancia que llevaba aparejada una obligatoria revisión médica para comprobar que el futuro desposado estaba en posesión de los atributos necesarios para la generación. En el caso de Eleno, el médico que comprobó su masculinidad fue don Francisco Díaz, médico personal de Felipe II, que no encontró impedimento alguno para que se llevara a cabo el matrimonio canónico, a celebrar en Yepes.

Casados Eleno y María en 1586, parecía que la felicidad sería vitalicia, mas no duró sino un año. El 17 de julio de 1587, un hombre —se cree que el mismo al que había acuchillado años atrás en Granada— la reconoció y la denunció a las autoridades civiles bajo la acusación de “mujer que iba vestida de hombre y convivía en aparente matrimonio con otra mujer”, delito que atrajo al Santo Oficio toledano, que encarceló al matrimonio, hizo revisar a Eleno por el galeno real y otros doctores designados, que confirmaron —retractándose esta vez don Francisco Díaz de su primigenia opinión— que se trataba de una fémina, y enjuició a ambas dictando la ya conocida sentencia.

En su descargo, Elena alegó que aquellos atributos que el médico de Felipe II había confirmado, en la primera revisión, como masculinos, los había ido perdiendo a trozos putrefactos debido a un cáncer, raspándose ella misma, por sus conocimientos de cirujano, los restos adheridos a la carne y sin conocimiento de su esposa María de Caño, con la que hacía unos meses que no intimaba.


En 1589, se pierde para siempre la pista de Elena/Eleno de Céspedes y de su amada María del Caño, aunque se cree que los servicios hospitalarios a los que fue condenada atrajeron infinidad de pacientes pobres, dada su generosidad y buen hacer. O eso asegura el catedrático y escritor Agustín Sánchez Vidal en su espléndida novela Esclava de nadie, ganadora, en 2011, del Premio Internacional de Novela Histórica Ciudad de Zaragoza, en la que, con la minuciosidad acostumbrada, el autor recrea la vida de la impetuosa alhameña Elena de Céspedes a partir de la documentación archivada sobre su juicio y condena.




ANEXO

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NOTA

Edición revisada de un artículo publicado en esta bitácora el día 14 de septiembre de 2019.

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«Los colores del día nuevo»: Archivo personal


Desde el vértice puro de la sangre, impulsado
irrefrenablemente hacia la piedra
que llevará grabado mi nombre y mi apellido,
humildemente vengo con la lengua abrasada
y el corazón tatuado de inviernos y veranos.

Desde el vértice puro de la sangre,
desde mi voz mortal os requiero y os digo,
con la misma sencillez con que muere
un anciano
o pare una muchacha,
que se ha llevado el cierzo el pan y los membrillos
que legué en testamento a mis hermanos.

Y ahora que la vida ya la siento más lejos
y más cerca la muerte —perdonad mi egoísmo—,
me hierve un mal moral y unos deseos
de repartir el trigo con vosotros,
de repartir el agua, el sueño y el mensaje,
y el deshielo violento de la noche.
Yo tengo suficiente con el sol de la tarde.
Su color ya me llega hasta los ojos.

Empezad a coger lo que más suene:
una arroba de miel en la garganta,
un poema rezando en la cocina,
un espejo viejísimo
que reflejó la imagen de mis padres,
una canción que llora en la despensa,
una boca callada, unos dientes rabiosos,
un poco de café, unos gramos de azúcar,
dos pájaros que cantan su delirio
y un amor en cenizas
(pero éstas me las quedo).

Hay tanta luz ardiente en las pestañas
o rumores nocturnos entreabiertos;
hay tantas lenguas vivas creciendo en rebeldía
y tanta rigidez en las costumbres,
que me pongo mi traje de domingo
y me voy a cantar al hombre que aún me escucha.

Todo lo doy por vuestro.
Sólo quiero los pies
para hundirme en la tierra.

—Poema Vértice de la sangre, del libro del mismo título, premio San Jorge 1974, del poeta aragonés Luciano Gracia Bailo (1917-1986)

De la holganza

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«El sauce protector»: Archivo personal


Prospera la mañana; luciente, mas agalbanada…

Parlotean, intrigantes, las picarazas a menos de cuatro palmos del colorido tartán donde él, indolente, pretende dormitar distendido a la sombra del ramaje. A pequeñas ráfagas, le llegan las voces de los trabajadores del establo, los bufidos de las yeguas y las risas infantiles de los pequeños jinetes que pasean a lomos de los animales en el cercano picadero.

Cuando la proximidad de la camarilla de urracas  —no menos de diez—   le desborda el índice de histamina y aparece el prurito, arruga la nariz, estira un brazo hacia el botellín de té negro y sorbe el reparador brebaje antihistamínico con cierta desgana; después, lanza piedrecitas contra las aves alborotadoras, que no se dispersan hasta haber dado cuenta del montículo de palomitas de maíz que las mantenía entretenidas. Aún así, regresa Bruja, entre procaz y cariñosa, y se le planta, altanera, en el estómago antes de dirigirse a donde quiera que hayan volado sus compañeras.

Un rayo de Sol logra traspasar las hojas protectoras y él retira el brazo de la trayectoria luminosa haciendo caer al cortamininas que, en cosquilleante ascensión desde la muñeca, acababa de coronar la parte interna del codo.

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«El teatro Olimpia en los años 30»: Archivo de fotos antiguas


En el Coso Alto —que, con el Coso Bajo, conforma la vía peatonal que discurre por el centro de Huesca—  se levanta la fachada neoclásica del teatro Olimpia, construido por iniciativa privada e inaugurado el 9 de junio de 1925. Cerrado para su reforma y rehabilitación en 2003,  volvió a abrir sus puertas en 2008 [FOTO], regresando a la vida de una ciudad que, pese a su poca extensión y número de habitantes, goza de variadas propuestas socioculturales de las que el Olimpia ha sido, muchas veces, el anfitrión, como en el caso del Festival Internacional de Cine que, cada mes de junio, convierte Huesca en la capital de cortometrajes y documentales, habiendo adquirido tal relevancia que la preselección de los cortos que optan al Óscar y al Goya se realiza partiendo de los premios recibidos en la Sección de Concurso del Festival de Huesca.

Imposible dejar en el tintero, a propósito del Festival de Cine, el premio «Francisco García de Paso», con galardón pero sin dotación económica, que distingue al cortometraje que más destaca por resaltar los valores humanos. Paco García de Paso (1948-1994), que da nombre al premio, fue profesor de quien esto escribe; hombre talentoso y persona bondadosa, dejó su marchamo humanista en los muchachos y muchachas que tuvieron el privilegio de asistir a sus seminarios en el instituto Ramón y Cajal y al que, pese al tiempo transcurrido, mantienen en el recuerdo.

Fue el inolvidable Paco quien, en cierta ocasión, en una charla informal sobre el anarquismo, habló a las chicas y chicos del mitin multitudinario que la CNT celebró en el teatro Olimpia aquel domingo, 26 de enero de 1936. Lo organizó y presidió el admirado Ramón Acín Aquilué (1888-1936) que, en su alocución inaugural, resaltó la importancia de las mujeres, dueñas de su destino y compañeras de los hombres, siempre a su misma altura,  en su lucha para conquistar la libertad y la emancipación. Al discurso de Acín siguieron los de otros conocidos anarquistas: los aragoneses Miguel Chueca Cuartero (1901-1966) y Miguel Abós Serena (1889-1940) y el escritor y periodista gaditano, representante de los sindicalistas andaluces, Vicente Ballester Tinoco (1903-1936).

El tema central de las disertaciones fueron las elecciones generales que iban a celebrarse aquel 1936, resaltándose los recelos de la CNT por la pusilanimidad de los partidos de izquierda concurrentes e insistiéndose —con independencia de decidirse por votar o abstenerse— en la necesidad de mantenerse alertas ante el fascismo para no ceder en la conquista de las libertades. Ninguno de aquellos hombres de convicciones firmes ni el público asistente podían prever que, seis meses después, un golpe militar daría lugar a una guerra que destrozaría vidas y anhelos de muchos españoles; incluidos los presentes en aquel histórico mitin.

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«Matando moscas a cañonazos»: Archivo personal


Empezó a darle vuelta al café con leche con la cucharita. El líquido llegaba al borde, llevado por la violenta acción del utensilio de aluminio. (El vaso era ordinario, el lugar barato, la cucharilla usada, pastosa de pasado.) Se oía el ruido del metal contra el vidrio. Ris, ris, ris, ris. Y el café con leche dando vueltas y más vueltas, con un hoyo en su centro. Maelstrom. Yo estaba sentado enfrente. El café estaba lleno. El hombre seguía moviendo y removiendo, inmóvil, sonriente, mirándome. Algo se me levantaba de adentro. Le miré de tal manera que se creyó en la obligación de explicar:
—Todavía no se ha deshecho el azúcar.
Para probármelo dio unos golpecitos en el fondo del vaso. Volvió en seguida con redoblada energía a menear metódicamente el brebaje. Vueltas y más vueltas, sin descanso, y ruido de la cuchara en el borde del cristal. Ras, ras, ras. Seguido, seguido, seguido sin parar, eternamente. Vuelta y vuelta y vuelta y vuelta. Me miraba sonriendo. Entonces saqué la pistola y disparé.
MAX AUB: Crímenes ejemplares (edición de 1957).


Cuando Max Aub (1903-1972), literato de inventiva sobresaliente, publicó en México sus Crímenes ejemplares, la reacción de la crítica fue de indiferencia. “Una obrita menor del gran Aub”, decían, “que no se la tomamos en cuenta porque es muy respetada su trayectoria”. Hubo de esperar a la edición de 1969, en la que añadió nuevos cuentos y microcuentos, corrigió algunos y expurgó otros, para que esa aparente obra menor empezara a calar en entendidos y lectores y a ser considerada original y propia de un autor que ya había demostrado suficientemente su capacidad creativa más allá de aquellas novelas sobre la guerra (in)civil española, El laberinto mágico, en las que impuso ese sello suyo vehemente y dolorido. Porque ese Max exiliado que nunca dejó de sentirse español pese a su origen parisino (“Se es de donde se hace el bachillerato”, afirmaba) fue un concienzudo trabajador de las letras (poemas, cuentos, novelas, artículos periodísticos, ensayos, obras de teatro, guiones cinematográficos…), un malabarista de la literatura capaz de pergeñar biografías de personas imaginarias a las que dotaba de unas vidas tan auténticas y documentadas que resultaba difícil descubrir que jamás existieron en el mundo real.



El Oficial Mayor de la Unión de Autores Cinematográficos me devolvió amablemente mi manuscrito:
—Lo siento mucho, señor, pero la comisión de registro ha dictaminado que su argumento no se puede aceptar porque su historia es idéntica a otra que registró hace un mes el señor Julio Ortega.
—No es posible. ¡Esta historia se me ha ocurrido a mí! ¡Es mía!
—Según dicen, sólo varia el titulo y unos pequeños detalles.
Era imposible. Era una historia muy buena, completamente original. Seguramente le habría gustado a alguno de los componentes de esa misteriosa comisión, y decidió apropiársela. Apuré mi paciencia:
—¿Puedo ver el argumento del señor Ortega?
Me lo tendió y lo hojeé. Efectivamente, los dos asuntos eran muy semejantes. ¡Pero era imposible que se le hubiese ocurrido a él! ¡Aunque lo hubiera registrado antes que yo! ¡Así lo escribiese antes que yo! ¡La idea era mía y nada más que mía! ¡Era un robo!
Así lo dije, así lo grité. No lo quisieron comprender. No acertaron a darse cuenta de que el tiempo no importa absolutamente nada para las ideas. Muy pocas gentes saben lo que es poesía: la confunden con la historia, con la historia falsa que inventan para satisfacer sus mezquinas necesidades. Yo vi cómo cuchicheaban, sonreían. ¡Botarates! ¡Hasta me sonrojé! No me pongo colorado más que cuando me achacan algo falso. Se me revolvieron las tripas.
Entonces entró el señor Ortega. Era un hombre completamente vulgar, a quien evidentemente no se le podía haber ocurrido aquella idea: la frente estrecha, la panza grande; con tipo de carnicero. Lo hice con la plegadera, pero lo mismo hubiera podido ser el pisapapeles. Sangró como un cochino.
MAX AUB. Op. Cit.


NOTA

En 2020, la editorial española Reino de Cordelia publicó una nueva edición de Crímenes ejemplares, con ilustraciones de Pedro Arjona.

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«Una tronera abierta a la historia»: Archivo personal


Aprovechando el Día de Aragón y de camino al Observatorio de Aves Mas de Bunyol, recalan los viajeros en un emplazamiento bajoaragonés de belleza sublime. Arriba, coronando el cerro donde se asienta la localidad, el castillo palacio [FOTO], rescatado del abandono y espléndidamente rehabilitado en los años ochenta del siglo XX; abajo, el río Matarranya/Matarraña, lamiendo con su caudal irregular los tajamares del excepcional puente de piedra [FOTO] que, por una puerta de sillería con torreón almenado y una hornacina con la imagen del santo Roque —protector contra las epidemias— conduce a los visitantes a Valderrobres, villa de extraordinarias arquitecturas que combinan y aúnan el arte gótico, el renacentista y el manierismo en un conjunto monumental bellísimo que jalona, de uno y otro lado, las pendientes empedradas de sus medievales callejas hasta la cima, donde, allá por el siglo XIV, un humilde torreón, quizás musulmán, terminó convertido en un señorial palacio  —intercomunicado con la iglesia de Santa María la Mayor—  que fue residencia de sucesivos arzobispos de Zaragoza —señores feudales y amos de estas tierras— merced a la donación que, en el siglo XII, había hecho de ellas Alfonso II de Aragón al cabildo zaragozano, tras conquistar este territorio para la Corona.

Tres siglos después de la concesión, el arzobispo García Fernández de Heredia —quien más empeño puso en engalanar el que, en principio, solo iba a ser un castillo defensivo, además de ordenar el amurallamiento de la villa y la construcción del puente—  fue asesinado en ruta a su feudo valderrobrense, cuando regresaba de las Cortes de Calatayud, tras dirimirse qué candidato al trono aragonés era el más idóneo para sustituir al monarca Martín I, muerto sin descendencia. Las luchas e intrigas entre las distintas facciones por hacerse con la titularidad de la Corona de Aragón, llevaron a Jaime II de Urgel, que se postulaba como futuro rey, a encargar el asesinato del arzobispo, valedor, en última instancia, del infante castellano Fernando de Antequera, que terminaría ocupando el trono como Fernando I de Aragón.

El señorío arzobispal de Valderrobres se mantuvo ligado a la nobleza eclesiástica hasta la desamortización de Mendizábal, pasando después a manos del Estado y quedando el castillo palacio y su portentosa iglesia en semiabandono durante muchos —demasiados— años.