
«Niceto entre las flores»: Archivo personal
Por la curva que sombrean las platanáceas asoman las mujeres montadas en sus chanclas, con coloridas vestimentas playeras apenas escamoteando las carnes a la lascivia de los arrugados mirones. Pertrechadas con bolsones y sillas plegables caminan las cuatro —embozadas charlas y risas— por la calzada áspera y ardiente que conduce a la Huerta Blanquiador, codiciosas de césped, moreneces y agua clorada, con los sombreros de paja inmovilizados sobre las testas y los ojos socarrones de los adolescentes —toalla al hombro, aguardando la apertura matinal de las piscinas— repasándoles los despampanantes atavíos mientras Niceto, el gato de Casa Sastrón, que ha percibido la presencia cercana del mastín viejo que controla las caballerizas de Foncillas, se atrinchera, expectante, junto a la tosca jardinera de claveles chinos que ornamenta la entrada del complejo deportivo. Ronda el Sol, opulento y sin intrusiones nubíferas, los cuerpos estivales que se congregan —evitando el roce de las pieles aún lechosas— a la vera del portalón forjado que custodia el umbral del vergel de la indolencia.
(Cruza la carretera, con pasos solemnes, Mayoral, el mastín, ladeando ligeramente la cabeza hacia Niceto, que lo contempla, desdeñoso, entre las piernas desnudas que amurallan su estratégico sitial).










