
«El vigía»: Archivo personal
Desde Gramapán —aun con el inmisericorde cierzo arañando la silueta humana que pugna por mantenerse erguida, entre tembladeras y riesgo de descalabrarse— rota el universo conocido alrededor de los sueños, cárcavas por donde reptan, traviesas, las ideas y se detiene, entre éxtasis voluntarios, el tiempo.
Vuelve la consciencia al cuerpo, frágil carcasa que el viento belígero embiste y zarandea mientras los pies impulsan pedaladas por la pendiente abrupta y se tinta el cielo de gris antes de arribar a la última curva donde se agrupan los escambrones.
Doce kilómetros más. Solo doce kilómetros.
Detrás quedan los viñedos, el olivo señero y la vieja pardina de Odina donde recreara Sender, reo del exilio, sus apócrifos sueños sin retorno.
Cinco kilómetros…
Anochece en la Sierra Niña [*] senderiana. Álzanse, protectoras, las primeras edificaciones; saludan los árboles del puente la familiar figura que, imparable, los bordea y rebasa.
(…) yo sé muy bien que todo lo que puede imaginar nuestra fantasía o nuestra razón está en la realidad, porque solo puede alcanzar nuestra capacidad de ensoñación aquellas cosas que están en el campo del cual hemos venido y dentro del cual nos movemos y del cual somos subsidiarios.– Ramón J. Sender, MONTE ODINA (1980).
NOTA
[*] Nombre con el que se refería Ramón J. Sender a la Sierra de Guara.









