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Archive for the ‘El gato en la atalaya’ Category

«Bocados»: Archivo personal


Entre bocado y bocado, y con el cierzo cargando contra la loneta que ejerce de falsa pared de la veranda sin techumbre, van las conversaciones de la ceca a la Meca entremezclándose con las de los comensales arracimados en las mesas vecinas.

No mencionéis el avión otra vez, que aún estoy asimilando lo ocurrido…
Pues el abuelo de la víctima de Jaca ayudó a nacer a mi madre…
Ya veréis, ya, como terminan colocando a los depresivos en las listas de posibles terroristas…
Por favor, por favor, por favor…
Ayer, cuando sobrevolábamos el parque eólico cercano a Noain, me entró una aprensión…
Vamos a dejarlo, por favor…

Danzan los cabellos al viento y revolotean las servilletas de papel y los sobres vacíos de los azucarillos.

Estaba pensando en utilizar el We Shall Overcome de Pete Seeger para la lectura pública de las memorias de Martín Arnal
Uf, demasiado lenta y con un origen religioso que tira para atrás…
Busca algo de Léo Ferré
Podíamos improvisar algunos acordes con las guitarras…
Sí, claro, como tenemos tanto tiempo…
Pues a mí me gusta la idea…
Bueno, bueno, bueno, no os embaléis…

Van despoblándose de humanidad saciada las terrazas de la calle del Padre Huesca y acuden, en anárquico intervalo, los gorriones de los aleros a revisar los restos.


«Oh, deep in my heart, I do believe…
We shall overcome someday
«.

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«[…]en la realidad hidrológica, económica, productiva y social española, los grandes trasvases […] no responden a una necesidad social objetiva de nadie ni a una estrategia productiva o autárquica del país, sino a una apetencia, a un deseo de lucro que raramente guarda proporción con el daño físico y moral que conllevan, y menos aún con su coste económico y patrimonial de naturaleza. Su perversidad está en que son planteados como un parabién del futuro, como una exigencia del progreso, que en su hipocresía no duda en utilizar el discurso de las necesidades de boca y la situación del pobre agricultor.»Fco Javier MARTÍNEZ GIL. Catedrático Emérito de Hidrogeología. Universidad de Zaragoza


Regresan los ingenieros de la demagogia financiada con su aluvión de embustes generadores de improperios. ¡Trasvase! ¡Trasvase! ¡Trasvase!, vocean. Y el coro de incondicionales —con los oídos anegados de las consabidas engañiflas— grita, con el desprecio escupido con cada sílaba: ¡In-so-li-da-rios! ¡In-so-li-da-rios!

«Dios ha castigado a los aragoneses con las riadas por avariciosos«, dice una señora de muy buen ver mirando, tras las gafas de sol, la cámara que llevará su sentencia hasta las familias que han perdido casas, tierras y ganado.

En un país donde el desconocimiento arrastra más sedimentos que las crecidas de los afluentes que han desbordado el río principal, se sigue entonando el mantra del agua que el Ebro «tira al mar» en vez de transportarla, ¡oh, divinidades del cemento!, mediante una red de canales y tuberías de buenas proporciones, ochocientos kilómetros en sentido contrario, en trepidantes pendientes cuyo bombeo eléctrico entraría en la historia de las aberraciones hidráulicas del siglo XXI, amén de arrasar una parte considerable de la cuenca cedente para construir en ella portentosos pantanos donde guardar el preciado líquido que exigen quienes pretenden mantener sus vergeles hortelanos y sus paraísos para turistas a costa del prójimo del norte.

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«La noche»: Tomás J. Sepúlveda


En la Sierreta de Arbe, frontera natural entre las comarcas oscenses del Somontano y el Sobrarbe, se levanta, entre barrancos, carrascas, bojes, enebros y tozales, la pequeña y austera ermita románica de San Beturián[1] donde, el domingo más próximo al doce de enero, se celebra la Romería de los Langostos[2]. En la misma, y tras la preceptiva misa, se lleva a cabo uno de los ritos más singulares y ancestrales de la geografía aragonesa: La predicción de las buenas y malas cosechas por parte de las pequeñas ninfas de saltamontes cuyos diminutos cuerpecillos negros (representando a la uva), claros (representando a los cereales) y verdosos (representandos a las olivas) se posan libremente sobre un mantel blanco extendido en el suelo y cubierto de tortas de caridad realizadas para la ocasión, que se distribuyen en grupos de cuatro; los asistentes forman un corro y contemplan la llegada de los langostos El número y color de los insectos que caen y se amontonan en el lienzo señala, según la tradición, el resultado de las cosechas anuales.


Llegaban las caminantes —hoy romeras presurosas— con la oscuridad envolviendo ya sus figuras, el frío expuesto en los rostros desguarnecidos y las toses de Iliane musicando el tramo desde el Alcuerze[3] Berches hasta Casa Colasa, donde la señora Benita esperábalas, encamada y mustia, apenas dibujado el contorno de su cuerpo  herido ya de muerte  bajo el antiquísimo cobertor pero con los ojos aún vivaces y el pensamiento lúcido.

Le decían:

Le hemos traído un trozo bendecido de torta de caridad”.
Y los langostos han predicho que aunque va a haber trigo y olivas para dar y vender, las viñas van a correr peor suerte”.
El señor Ángel ha preguntado por usted. Ha dicho que espera verla en San Beturián en la romería del año que viene”.


Despedían los ojos vivaces de la añosa mujer enferma a las cariacontecidas romeras, que la besaban en leve roce y dibujaban, penosamente, en sus labios remedos de despreocupadas sonrisas.


NOTAS

[1] En arag., San Victorián.
[2] Id, saltamontes.
[3] Id, desvío.

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«A boira»: Archivo personal


Durante cinco días no dio tregua alguna la niebla, omnipresente, que transformó el Barrio en fantasmal pueblo de cuento gótico donde solamente los recién colocados reflectores de la carretera nueva dejaban entrever, entre tinieblas, que, más allá del muro húmedo de nubes rozando el suelo, la vida humana, envuelta en grises, desgranaba su rutina navideña con el mismo entusiasmo de cada temporada.

Ni siquiera la repentina sobrecarga eléctrica que dejó sin luz la urbanización y los edificios cercanos al río varió las actividades programadas por la Asociación de Mujeres.

Cuando se fue la luz, la mayor parte de las gentes del Barrio se hallaban en la Escueleta Vieja asistiendo a la audición de poemas de Agustín García Calvo que recitaba la chiquillería del Colegio Rural con el acompañamiento de la flauta travesera de Pilar-Carmen Gabarri y las guitarras de Madalina y Camelia Cristea. En el bar, también afectado   y a tope de clientes”, que diría Josefo, el encargado, después   Rafael de [Casa] Artero, dijo a voz en grito: “Así se jodan el puto anarquista ese de los poemas y todos los que les bailan el agua al hatajo de marimandonas que se están cargando el pueblo”; comentario que, con escrupulosa literalidad, llegó a la Escueleta Vieja aun antes de que volviera la luz y que no sirvió sino para amenizar la espera con historias pasadas y presentes de la familia Artero y los enfrentamientos de Rafael con la Asociación de Mujeres.


La tarde del día de Navidad, cuando las nubes parecían dispuestas a recogerse en las alturas, llegó al Barrio la noticia de la muerte de Ángela Martín, catedrática de Literatura, jubilada, del instituto Ramón y Cajal de la ciudad y profesora de casi todas las bachilleras del pueblo que la señorita Valvanera envió a estudiar a Huesca en los años sesenta. «Ángela Martín, por siempre La Gata», recordaban sus antiguas pupilas. Exigente  la describían  puntillosa, comprensiva, excelente transmisora de conocimientos… Y se les anegaban los ojos mientras leían y suscribían las sentidas palabras de despedida que le dedicaba Ánchel Conte:



A ÁNGELA MARTÍN CASABIEL IN MEMÓRIAM
tus palabras han sido rayo luminoso dándonos vida y hoy son luz muerta reflejada en nuestra vacía mirada
piedra es en los ojos tu silencio perdidos quienes te amamos en caminos sin regreso
dejo apagar la sangre que nada respire que todo languidezca
y en el dolor de tu voz robada quiero ahogarme hasta no ser sino boca sin palabras
corazón sin latido manos en las que no se agosta la viva roja rosa de tu ejemplo
de tu enorme humanidad que como reloj de nuestros días nos ha marcado el paso del tiempo

tu amor el que nos diste que para siempre continúa candente y nos alimenta

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«Jardín de la Perragorda»: Archivo personal


—Hala, que ya tenemos entretenimiento para acabar la semana.
—¿Y eso…?
—Pues que anoche llegó la Mi-marido-el-ingeniero.
—Habrá que barrer la calle para que no tropiece…
—…o cubrirlo todo con fiemo para que camine sobre blando.



[…]

Allá por 1929 o 1930, los Artero  que por entonces tenían muchos posibles traducidos en hectáreas de productivos cultivos—  echaron abajo la casa familiar para levantar, en el mismo sitio, un simulacro de palacete de piedra agrisada, de dos plantas y con sendos miradores poligonales atenuando las esquinas de la fachada; en la trasera del edificio, un jardín encarado al oeste competía, en profusión de especies vegetales vistosas traídas de fuera, con el de la ya decadente Casa Palomeque. En el Barrio, donde los Artero eran temidos pero no apreciados, se dio en llamar la Perragorda al pomposo edificio, denominación irónica que ha sobrevivido al paso del tiempo y que, a la vista del estado actual de la edificación, ha adquirido pleno significado.

En la Perragorda ya no vive nadie. Rafael, el dueño, reside en la urbanización, en uno de los dos adosados diminutos que le regaló la inmobiliaria por la venta de los terrenos donde se edificaron las viviendas unifamiliares. Su único contacto con la casona se reduce a colocar en el asilvestrado jardín trasero bolas de comida envenenada  —según él, para la ratilla—  de la que terminan dando cuenta los felinos, actitud que lo mantiene en constante enfrentamiento con la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, a la que considera inductora de las protestas que tuvieron lugar en el Barrio cuando se proyectó la construcción de los adosados en lo que la oposición consideraba terreno no urbanizable. Las protestas no consiguieron paralizar el proyecto pero sí reducir el área de construcción precisamente en dos de las parcelas de Rafael de [Casa] Artero, que vio devaluado el montante de lo que pensaba percibir por la venta de sus tierras.

El segundo adosado de los Artero lo ocupa —algún fin de semana pero, sobre todo, en verano— Gloria-Alicia, la hermana mayor de Rafael, una señora repulida y altanera, viuda como su hermano, que, a fuerza de repetir, viniera o no a cuento, “Mi marido, el ingeniero…”, acabó siendo apodada tal cual, sin necesidad de ejercitar la inventiva pero con la dosis adecuada de mala baba.

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«Nieve y una alcantarilla»: Andrea Jara Saavedra


A media mañana llegan los almorzadores al bar del Salón Social; la mayoría pertenecen a la cuadrilla que participó ayer en las batidas de jabalí en el coto de la Pardina de Arriba. Olarieta y Josefo, los encargados del establecimiento, depositan en el expositor huevos benedictinos con salmón, palomas de ensaladilla rusa, paletillas de conejo a la brasa y cazuelitas con estofado de corzo y tortilla de miga con longaniza en salmorrejo, en atrayente festival aromático y visual que despeja cualquier atisbo de somnolencia.

En la galería semiabierta que ilumina, mas no calienta, el Sol de invierno, Agnès Hummel y la señorita Valvanera, literalmente pegadas a la tibia estufa de exterior, departen con Luis, el exmosén, recién llegado de México, que les describe el día a día, no siempre apacible, en Putla Villa de Guerrero, donde trabaja desde finales de julio. “Nunca había oído hablar de los triquis”, dice Agnès Hummel.

Llegan, desde el bar, los sones de los Ixo Rai! desgranando Un país. Suspira la señorita Valvanera y el gélido airecillo que recorre, implacable, la galería, se mezcla con la música y la voz de Luis hablando de triquis, nahuas, mixtecos y el Ejército Zapatista.

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«All the Time in the World»: Rick Borstelman



Entre los innumerables objetos que habitan muebles y paredes del Cuarto de los Cataticos de la señorita Valvanera, hay una única fotografía; en blanco y negro y enmarcada en madera entintada en azul celeste con passepartout de nubes diminutas. Desde ella, sonríen, minúsculas al pie de la peña de arenisca conocida como el Torrollón, María Petra de [Casa] O Galán y la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio. Nueve años las dos. Los brazos entrelazados sobre los hombros y los ojos fijos en el objetivo del señor Anselmo, el improvisado retratista.

¿Nos haces una foto para regalársela a mam’zelle Valvanera?”, le habían demandado, con pose lastimera, al viejo anarquista. “Como no pinte la cámara…” “Mira, monsieur Lussot nos ha dejado la suya”. Y le mostraron una de las Leicas del itinerante fotoperiodista francés. “Sabía que mentían”, le contaría después el señor Anselmo a la señorita Valvanera. “Las jodidas crías le habían birlado una de las preciadas cámaras al remilgado ese…, así que les hice la fotografía como bien pude, al tuntún, y les dije que yo le devolvería la cámara fotográfica a Lussot… Si les hubiera visto usted las caras… Pero lo peor fue cómo se puso el francés cuando le dije que yo le había tomado prestada la cámara para hacerles una foto a las niñas y regalársela a usted… Me llamó ladrón y me amenazó con dar parte a la guardia civil… No le diga usted que fueron las pequeñas, ande, que no sabe cómo estoy disfrutando con las miradas que me lanza ese pazguato”.

No fue la señorita Valvanera sino las dos niñas quienes, inducidas por ella, fueron a Casa Berches, donde se alojaba monsieur Lussot, a contarle, entre lágrimas, cómo habían entrado, a hurtadillas, en su habitación para coger una de las cámaras, “que pensábamos dejar otra vez en su sitio, de verdad”. Él, conteniendo la ira, sólo acertó a preguntar: “¿Y por qué no me pedisteis a mí que os la hiciera?” “Porque usted sólo retrata paisajes y bichos”, le respondió, compungida, María Petra.

Unas semanas después de la marcha del Barrio de monsieur Lussot, la señorita Valvanera recibió un paquete con la fotografía ya enmarcada y una nota que ella todavía mantiene adherida en el reverso del marco: «De parte de sus traviesas alumnas». Por las mismas fechas, el señor Anselmo fue el destinatario de una carta del mismo remitente. Jamás se supo su contenido, pero en las sucesivas estancias de monsieur Lussot en el Barrio, él y el señor Anselmo compartieron muchos momentos en el bar del Salón Social.

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«Futuro»: Archivo personal


La tromba de agua comenzó a la hora elegida para hacer la pantxineta para la comida de despedida de Iliane. La lluvia golpeó con tal fuerza el Barrio que la tierra arcillosa, en ambas orillas del barranco, se desmoronó sobre el cauce y el agua, encabritada, bajó arrastrando el fango por la costanilla, atoró el alcantarillado e inundó las entradas y bajeras de las casas del bancal. Al día siguiente, con los restos del estropicio aún a la vista, las animadas Tejedoras[*] adecentaron los soportales de la trasera de la abadía, terminaron de levantar el entoldado lateral, todavía húmedo, y colocaron manteles de papel floreado sobre los tableros de contrachapado montados en caballetes.

A las dos de la tarde del domingo  con alguna nube sospechosa recorriendo cansinamente el cielo—  ocupó Iliane la presidencia de la mesa y, entre risas, parloteo y conjeturas sobre la meteorología inmediata, se sirvieron champiñones rellenos con jamón, queso y nata, seguidos de ajoarriero con gambas y generosas raciones de la colosal pantxineta elaborada el día anterior y ligeramente recalentada. “Mañana me despido otra vez. Y al día siguiente y al otro….”, decía Iliane, agradecida y gozosa, mientras, entre cafés y licores, abría los regalos de los veinte años que cumplirá camino de Llangollen, en una aventura de prácticas laborales que la alejará del Barrio y de su querida Pamplona durante cuatro meses prorrogables.



[*] Nombre que reciben, en el Barrio, las componentes de la Asociación de Mujeres.

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«El vigía»: Archivo personal


Pasado el bosquete de hayas, ya murmura el río encajonado entre las peñas que forman el pequeño congosto. Por el estrecho sendero de arenisca que circunvala, a modo de alféizar, la mole pelada y rocosa, se escuchan los pasos, firmes y espaciados, de las caminantes. Una gruesa soga deshilachada frágil y vestusto asidero separa los cuerpos andantes de la cortada que se precipita hasta el vaivén de las aguas. Al final de la travesía unos peldaños metálicos anclados en la roca devuelven a las aventureras al circuito oficialmente señalizado que termina  o se inicia, según se mire—   en las inmediaciones del azud. Y allí, en equilibrio sobre la barbacana, como aguardándolas, el gato.

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«La niña de la cancela»: Archivo personal


La casa de Marís y Emil se llama, como indica una losa de arcilla incrustada en el muro exterior, O Cado[1]. Antes fue O Guariche[2] y, aun antes, el pajar del viejo Nicomedes, el abuelo de Casa Berches, aunque ninguno de los sucesivos usuarios conoció al tal Nicomedes salvo de oídas y cuando el pajar no era sino una escombrera con una pared y media techumbre en permanente amenaza de derrumbamiento.

Del abandonado pajar tomaron posesión, sin encomendarse a nadie, las estudiantas, el grupo de adolescentes de edades similares que cursaba estudios de bachillerato en Huesca. Así el pajar, limpio de porquería, peligros y cachivaches y con varias uralitas oficiando de tejado y paredes ensambladas al muro original, se convirtió en O Guariche, fortín vedado a la curiosidad del vecindario donde las malas lenguas aseguraban que se bebía, se fumaba y “a saber qué marranadas más hacen esas crías allí, tan a su aire”. Pero no fue lo que supuestamente se hacía sino el contenido del cubículo lo que obligó a cancelar, por orden de la autoridad, el rudimentario local donde se juntaban las chicas. Porque el tal guariche estaba provisto de nevera, equipo de música y dos o tres focos de estridentes colores gracias al enganche de luz que las propias muchachas habían realizado en la toma de la casa vecina, que sólo era ocupada en el periodo estival.

Tras los chismorreos, la denuncia, las reprimendas y el pago  repartido equitativamente entre las integrantes de la peña—  del consumo eléctrico que excedió del mínimo calculado de la casa vecina durante los diez meses que duró la aventura, O Guariche quedó abandonado hasta que, cinco años atrás, Marís  una de aquellas adolescentes, devenida en cuarentona—  y su marido compraron el solar y edificaron, con material rescatado de otras casas antiguas reducidas a escombros, una vivienda de dos plantas donde las amigas de siempre de Marís  compañeras de los meses inolvidables del guariche—  se reúnen para charlar y, sobre todo, escuchar heavy metal, mientras la pequeña Astarté, nieta de los acogedores Marís y Emil y diminuta diosa reverenciada en cada velada, evoluciona al compás de la música.


NOTAS

[1] En arag., «La Madriguera».
[2] Id, «El Cuchitril».

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