Feeds:
Entradas
Comentarios

IMG-20201214-WA0009-1

«Luminarias»: Archivo personal


A las siete y media de la mañana, cuando ni aun los gatos han abandonado sus cálidos acomodos, llega, pimpante, María Blanca, la vecina, con los menús de Nochebuena y Navidad anotados en una libreta y el listado de las compras por hacer en una hoja suelta. “Para no perder tiempo”, justifica. “He añadido pasas y piñones para los empanadicos. He pensado que, mejor que comprarlos, los hago yo misma, que me cuesta poco”. “Pero si ya se los hemos encargado a la panadera”, protesta la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio. “Pues la llamas y le dices que les dé salida, se los quitarán de las manos”.


[…]


Cuando se dirigen al coche, ven al señor Paco, el marido de María Blanca, apostado junto al platanero. “Ya perdonaréis a esta mujer mía. No sé cuántas veces le he dicho que deje de incordiar, pero… ya la conocéis. Lo hace con la mejor intención. Por ayudar y no cargaros con tantas responsabilidades”. “No se preocupe, señor Paco, que ya lo sabemos”, le tranquiliza Étienne, sorprendido por la repentina locuacidad del jubilado. “Usted ocúpese de recoger pasado mañana los cardos en el Invernadero, que nosotros bajamos ahora a Huesca y compraremos las bebidas en el híper, que serán más baratas”. “¿Ya está encargado el medio ternasco?”, se interesa el hombre. “Sí, nos lo traerán el mismo sábado por la mañana. Cinco kilos nos han dicho que pesa”.


[…]


Dejan a maman Malika en la peluquería y a Jenabou en la academia de baile. “Cuando salgas, vete a por la yaya, que te estará esperando. Os vais al restaurante de siempre, que ya llegaremos”. “Y ahora que vais de compras, ¿me miraréis un iPhone no muy caro? Solo pido eso para Papá Noel…”. “Ya veremos”. “Jooooo… Me decís lo mismo desde que empecé en el instituto. Os dije que si os parecía mucho dinero, pagaría la mitad con mis ahorros”. “Pues eso, que ya veremos”. “¿Pero es un ya veremos si sí o un ya veremos si no?”. “Lo sabrás la mañana de Navidad”. “Jooooo…”.


[…]


Tras una sobremesa amodorrada, avanza el día entre tiendas, escaparates y deambulaciones. Trae el final de la tarde el relente y las luces navideñas que acompañan el bullicio de las terrazas y el paso desigual de los transeúntes por la calle peatonal del centro, en discreta riada que se bifurca hacia el Casco Viejo y los Porches, donde el belén de la Diputación, vistoso tras la cristalera, concentra una decena de personas. “¿Vamos a por el coche y ya tomaremos un trago en el pueblo?”, pregunta la veterinaria. Unos metros más allá, antes de doblar la esquina del edificio de Hacienda, se detienen ante un violinista callejero que, a punto de guardar el instrumento en su funda, todavía les regala unos alegres sones.

El final del camino

IMG-20221129-WA0002-1

«El último tramo»: Archivo personal


Las cenizas de Miguel de [Casa] Viscasillas estrenaron, el sábado, la zona de columbarios para urnas cinerarias levantada bajo el arbolado en la reciente ampliación del camposanto. Fue el primero del Barrio en comprar dos nichos cuando el Ayuntamiento aprobó su construcción y ha sido, tristemente, también de los primeros en ocupar uno de ellos. “A mí me quemáis y luego hacéis con las cenizas lo que os dé la gana. Las aventáis por ahí…”, le decía a su mujer, la señora Dolores, antes de que el Ayuntamiento aprobara la solicitud de la Junta Vecinal para construir una pequeña edificación de columbarios en la proyectada remodelación del cementerio municipal.

Miguel de Viscasillas era hijo del único muerto del Barrio en la Guerra (In)civil. Su padre, Miguelito de [Casa] Bellostas, un anarquista de veintiséis años, cayó en la Ofensiva de Huesca de 1937, un mes después de que Candelera, su mujer, diera a luz a Miguel. El pequeño se crió en la casa materna de los Viscasillas, gobernada por su abuela Juliana, una mujer resuelta y de ideas bastante avanzadas para la época, que no dudó en enfrentarse a un grupo de falangistas de nuevo cuño que, tras la toma del pueblo por los vencedores de la contienda, pretendían expoliar la casa de sus consuegros con la excusa de que era un nido de anarquistas. “De aquí no sale ni un colchón. Y el que quiera gallinas, que se las críe”, cuentan que les dijo a los tres o cuatro camisas azules, armados y chulitos, que habían acorralado en el zaguán a los padres de Miguelito, el anarquista.

Miguel, que fue funcionario del ministerio de Agricultura, vivió en Madrid hasta su jubilación. Entonces regresó definitivamente al pueblo con su esposa, a la casa paterna de los Bellostas, que mantenía abierta en verano; al huerto, en el que pasaba tantas horas; a las partidas de guiñote en el bar del Salón Social y a la lectura, que era su pasión. En su ficha de lector de la Biblioteca del Centro de Cultura Popular está anotado, con su ornamentada caligrafía, el título del libro que sacó dos días antes de fallecer: La conquista de América contada para escépticos, de Juan Eslava Galán.

Éxtasis

IMG-20221205-WA0003-1

«Océano de nubes»: Archivo personal


Alcanzan la irregular meseta que corona el monte, jadeantes y ateridos, con la salvaguarda de la ropa térmica aniquilada por el brío de la ascensión, tan rígidos los pies que cada esquirla hollada por las suelas de las botas despierta en las magulladas nerviaciones plantares centellas de dolor que remontan los músculos de las piernas y revierten en las vértebras hasta alcanzarles la nuca.

Y allí, en ese fin de trayecto, calados por la aguanieve, con los pómulos tensados y enrojecidos y los orificios nasales desbordados de oxígeno, acopian en los ojos y el cerebro la infinitud y ríen hasta acalorarse y sobrarles cada prenda protectora, mientras se apresuran, con garbo renacido, hacia el borde del abismo y se extasían ante el piélago de nubes que sumerge, en ceniciento oleaje, simas y barrancos, ríos, pueblos y colinas.

descenso-de-navatas-de-laspuna-a-ainsa-2022-4-1

«Descenso del río Cinca»: Asc. Nabateros del Sobrarbe


…hubo un tiempo en el que los bosques del valle soñaban ser modestos bajeles nabateros firmemente asidos por los brotes de sarga los cuerpos descortezados, deslizándose —ya mecidos por la exasperante suavidad del meandro, ya en doliente balanceo sobre el bravo líquido hídrico y lamidos abetos y pinos, hasta el corazón, por las acometidas insolentes del agua— mientras la pericia de los hombres, majestuosos guardianes del preciado tesoro maderero   —manos sobre el largo remo, piernas indiferentes a las lanzadas acuosas—, sorteaba piedras y sedimentos. Por el camino del río.


Este mes de diciembre, el Comité Intergubernamental de la UNESCO para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial, reunido en Rabat, reconocia el histórico transporte fluvial de la madera de los nabateros del Sobrarbe, la Val d’Echo y la Galliguera, en Aragón; de los gancheros de Castilla La Mancha, los almadieros de Navarra y Valencia, los raiers de Cataluña y el timber rafting de Alemania, Austria, Chequia, Letonia y Polonia, pasando a ingresar en la Lista Representativa como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.


Himno Nabatero, en lengua aragonesa, de La Orquestina del Fabirol

De los ayeres

IMG-20221128-WA0003-1

«Bajo el tapiz de las hojas»: Archivo personal


En el Pleno Ordinario que se celebró en el Ayuntamiento a mediados de noviembre, se aprobaron las obras de rehabilitación del local anexo a la Casa Abacial, cuya techumbre, reblandecida por múltiples goteras, amenazaba con derrumbarse en cualquier momento. Fue necesario un reacondicionamiento de urgencia de las partes del tejado que presentaban mayores desperfectos, a la espera de llevarse a cabo la reforma integral cuyo inicio se ha programado para la próxima primavera. Al tratarse de un inmueble de titularidad municipal y no eclesiástica, se destinarán a su restauración los ingresos percibidos del coto de caza y parte de la subvención para mejoras en la localidad concedida por la Diputación.


En los años sesenta y setenta se ubicó allí el Salón de Baile y, posteriormente, por iniciativa de monsieur Lussot, fotógrafo y cineasta francés que pasaba largas temporadas en el pueblo, la Sala de Cine Infantil, que pervivió hasta 1989. Sin más fuentes de calor que una estufa de petróleo y un radiador eléctrico, el frío era tan intenso que, en invierno, los jóvenes espectadores asistían a las sesiones matinales de los sábados rebozados en abrigos, gorros, bufandas y guantes, envueltos en el vaho de sus respiraciones.

El nevero, llamaba la chiquillería a aquel lugar, en cuya parte central, en semicírculo alrededor de la pantalla, estaban colocadas las sillas desparejadas que cada cual había llevado de su casa y que todavía siguen allí, polvorientas y deterioradas por el agua, como recuerdo de otro tiempo, al igual que el viejo mostrador de chapa del bar, cercano a la puerta, con siete u ocho cajas de fruta atornilladas a la pared que servían de alacenas para las botellas y vasos del antiguo Salón de Baile; tras la barra del bar, un arcón-nevera, que se enfriaba con barras de hielo, en cuyo frontal aún puede leerse: Cerveza San Miguel. Detrás, a la izquierda, una pared de mampostería, con dos aberturas rectangulares, separaba el proyector de los espectadores y, a la derecha, un disimulado cubículo con inodoro y lavabo.

En la parte delantera, junto a la pantalla retráctil sobre la que se proyectaban las películas, todavía se perfilan el dintel y las jambas donde estaba la puerta que comunicaba el anexo con el almacén de la Casa Abacial y que fue clausurada años antes de comenzar las sesiones cinematográficas, cuando mosén Ramiro, el cura viejo, descubrió que algunos mozos sacaban a la pista la imagen de una virgen descabezada que se hallaba desterrada en las dependencias de la Abadía, bailando con ella para jolgorio de la concurrencia. La gamberrada estuvo en un tris de suponer el cierre definitivo del local de esparcimiento, pero los buenos oficios del alcalde, cuyos hijos no eran ajenos al incidente repetido con la talla, y el buen corazón del sacerdote evitaron lo que mozos y mozas tanto temían y únicamente se quitó la puerta, tapiándose el hueco entre los dos recintos.

Fruslerías

IMG-20221130-WA0005-1

«Otoño en la Charca»: Archivo personal


Presta el Sol sus destellos, que no su calidez, a los contados paseantes que peregrinan por el Anillo Verde de Zizur, hostigados por ráfagas intermitentes de aire frígido que se entremete, malicioso, por los intersticios de las prendas.

Marca el termómetro cuatro grados.

Por el camino del campo de fútbol llegan, pedaleando, Iliane y las hermanas Cristea, con los botellines de agua, los hojaldres rellenos de chistorra, la caja de garroticos y los cafés prometidos anidados, entre bolsas, en los cestos de las bicicletas, sobre los que se lanzan, como náufragos famélicos y sedientos, quienes aguardaban en el banco más próximo a la Charca. Apenas un hilillo humeante se desprende de los vasos al despojarlos de sus tapas herméticas, extremadamente tibia ya la bebida, ardiente apenas ocho minutos antes.

Ofrecen garroticos al lector del periódico del banco contiguo, a cuyo lado, acurrucado junto a una novela de Antonio Tabucchi, dormita un pequinés orondo y malcarado enfundado en un jerseicillo verde, y a la mujer que realiza estiramientos en el vallado que delimita el agua.

Se habla de las previsiones meteorológicas, de los incivilizados que han esparcido basura junto a la lagunilla, enmugreciendo un entorno de postal de otoño; de la hermana de la mujer de los estiramientos, a la que tironearon el bolso por la travesía del pinar; de los cólicos del pequinés, “tan cariñoso como era y le han agriado el carácter”, y de la observancia de la norma de los conductores y conductoras de la villavesa [*], que no dejan subir pasajeros sin mascarilla aunque diluvie.

Veinticinco minutos después, cuando los dos extraños y el perro abandonan las inmediaciones de la Charca, verbaliza Madalina Cristea: “Ni el culo me noto del rato que he estado sentada en el suelo escuchando desahogos”.

Marca el termómetro siete grados.








NOTA

[*] Popularmente, nombre que reciben los autobuses urbanos de Pamplona.

pf_1669127787-2

«Entre lo divino y lo terreno»: Archivo personal


A principios del siglo XVII, un número indeterminado de copias de un oscuro manuscrito escrito a finales del siglo XV y culminado en 1507 —donde se hace un prolijo listado de familias judías del Reino de Aragón que optaron por la conversión al catolicismo para evitar que se les aplicara el Decreto de los Reyes Católicos que las condenaba a ser expulsadas de España— adquiere tal relevancia por los datos sensibles que expone y en los que se ven reflejados y señalados linajes aragoneses cuyos miembros ocupan puestos eximios en los estamentos de poder, que la Diputación General del Reino, institución sobreviviente de la antigua Corona de Aragón que ya había examinado el oprobioso manuscrito en 1601, se ve impelida a solicitar, en 1615, amparo a Felipe IV de Castilla (III de Aragón) y a la propia Inquisición para que se censure y prohíba el infamante libelo que amenaza con socavar, como si de una cruzada se tratara, los pilares de la sociedad aragonesa que, a tenor de lo revelado en tales páginas, ostenta tantas máculas e impurezas en sus ancestros  —en su mayoría judeoconversos pero también moriscos—  que, de aplicarse los Estatutos de Limpieza de Sangre, no habría familia ni gremio que se salvara de purgas y anatemas.


El supuesto autor del manuscrito  —sobre el que los estudiosos no se ponen de acuerdo, considerando algunos que la autoría es anónima—, Juan de Anquías o Anchías, fue un allegado de la Inquisición que desarrolló su oficio en la Rioja y en las ciudades de Huesca y Lérida, así como en Zaragoza, población que abandonó al declararse la peste para acogerse en Belchite, lugar en el que, según asegura en el prólogo que quizás añadió a posteriori al manuscrito, «deliberé de hacer este sumario por dar luz a los que tuvieran voluntad de no mezclar su sangre limpia con ellos y se sepa de qué generaciones de judíos descienden los siguientes, para que la expulsión general de ellos hecha en España en el año 1492 no quite de la memoria a los que fuesen sus parientes». Parece ser, además, que esta insidiosa advertencia contra los linajes aragoneses de orígenes impuros, guarda relación con el asesinato en Zaragoza de Pedro de Arbués (1441-1485), Inquisidor de Aragón, que fue ejecutado por judeoconversos ante el altar mayor de la Seo zaragozana, dando lugar a una de las represiones más feroces que se recuerdan, a las que el censo de Juan de Anquías o Anchías, aún incompleto entonces pero bien detallado en las filiaciones anotadas, ayudó en la tarea.


El exhorto de los mandatarios aragoneses, dado el descrédito y la deshonra que suponía, pese a haberse redactado un siglo antes, el que ya era llamado Libro Verde de Aragón (en alusión al color de las velas de los Autos de Fe), tuvo cumplida respuesta a favor. En 1620, el Tribunal de la Inquisición decretó la prohibición de tenencia del manuscrito, su lectura, copia y propalación, realizándose, además, en 1622, en la plaza del Mercado de Zaragoza, la quema de cuantas copias del mismo fueron halladas.

El honor aragonés había sido, por fin, purificado por las llamas que, a la vez, habían arrasado con cualquier veleidad familiar pasada.

La celeridad de todas las instancias para deshacerse de un texto que ponía en la picota genealogías de importancia en la nobleza, la política y la membresía eclesiástica aragonesa, e incluso castellana, fue refrendada y alabada por el propio rey Felipe IV, que se dirigió por escrito al Inquisidor General en estos términos: «Por el Consejo de Aragón se me ha representado la diligencia y cuidado que habéis hecho poner en recoger el libro que llaman Verde en aquel Reyno. Agradescoos lo que habéis dispuesto en esto y por ser cosa de la calidad que es y convenir que no quede ni aun rastro del dicho libro, os encargo que hagáis continuar las diligencias tan apretadamente como conviene y lo espero de vuestro mucho celo.—Señalado de Su Majestad en Madrid, a 17 de Noviembre de 1623.—Al Inquisidor General».


En la actualidad, cinco copias del Libro Verde de Aragón   —de distintas épocas y en su mayoría incompletas—  se distribuyen entre el Archivo General de Valencia, el Archivo Histórico Nacional, la Biblioteca Colombina de Sevilla, la Bibioteca del Colegio de Abogados de Zaragoza y la Biblioteca Nacional.

IMG-20221015-WA0018-1

«Aromas y sabores»: Archivo personal


Marchan el sábado, con la boira preta [*] obstruyendo un amanecer que se intuye, entre grisuras, pugnando por rasgar la opacidad que desdibuja el Barrio. “Dadle muchos besos a yaya”, dice Jenabou. “Bueno, ya se los darás tú misma mañana, cuando la veas, ¿no? Vas a tener tres meses para demostrarle cuánto la quieres”, sonríe la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio. “Y métete en casa, que vas a coger un pasmo con ese pijama tan fino”. Ya en el coche, Jenabou gesticula junto a la puerta de la conductora para que su madre baje la ventanilla. “Si vais al mercadillo navideño, comprad figuritas para adornar el árbol, ¿vale?”, pide. “Pero, nena, que no vamos a hacer turismo. Recogeremos a la yaya y mañana estaremos de vuelta”.

Dejada atrás la ciudad de Lérida, se abre paso el Sol a manotazos y se detienen a desayunar en un bar de carretera cuyo aparcamiento está colmado de camiones. Aún les restan cuatro horas para arribar a Béziers.


Rabiaa va y viene, diligente, de la cocina al comedor. Dos veces han pretendido Étienne y la veterinara ayudarla a disponer la mesa y dos veces se ha negado ella, amable pero rotunda. “Ustedes con la mamá, que yo me encargo de lo demás”, les ha dicho. Rabiaa lleva cinco meses trabajando, como ayuda externa, en casa de maman Malika, que, en un principio, era remisa a aceptar la propuesta de sus hijos de tener una persona pendiente de ella. Rabiaa, con la que ha llegado a congeniar pese a las reticencias inciales, la acompaña a las compras y a las visitas médicas y se ocupa, tres días a la semana, de las tareas más onerosas de la casa. Rabiaa, francesa de origen norteafricano, ronda los cincuenta y cinco años; es viuda y madre de cinco hijos que, como los de maman Malika, residen lejos de ella. Cariñosa y muy dispuesta, todavía saca tiempo, cuando no está con maman Malika, para diseñar, coser y ornamemtar elegantes babuchas que uno de sus hjos, artesano marroquinero, ajusta a las suelas troqueladas vendiendo el producto final en un comercio de Montpellier.


En el centro de la mesa, los aromas del tajine de vegetales cocinado por Rabiaa se mezclan con los de las pechugas de pollo en salsa de champiñones preparadas por maman Malika, que aguardan en el horno mientras reposan, en el frigorífico, los flanes caseros que Maryvonne Lerner, vecina de maman Malika desde hace muchos años, trajo cuando pasó a saludar brevemente a los recién llegados, pese a ser consciente de la antipatía que siente por ella la veterinaria, que no olvida que madame Lerner es una entusiasta de Robert Ménard, alcalde ultraderechista de la localidad y autor de diatribas varias e incitación al odio contra musulmanes y gitanos. Maman Malika, que conoce bien a su hija, le advierte: “Maryvonne vendrá a tomar café. No quiero que la acoses como de costumbre. Lo que piensas de ella, te lo guardas, que a nosotros siempre nos ha tratado con amabilidad”. “Ah, claro, porque nos considera unos romanís por encima de la media y de algo tienen que servir los favores que le has hecho todos estos años. Cuando la dejó tirada su marido, si no llega a ser por ti y los abuelos…” ”Da igual. Solo te pido que sepas comportarte como la persona educada que eres”.


A las nueve y media de la mañana del domingo, el equipaje de maman Malika se apretuja en el maletero y dormita Tommasso, el gato, en el transportín bien amarrado en el asiento trasero. Maman Malika y Maryvonne alargan la despedida junto a la cancela de la casa y Étienne, que ha relevado a la veterinaria al volante para el viaje de vuelta, toca, impaciente, la bocina.

Apenas recorridos quinientos metros en dirección a Narbona, telefonea Rabiaa, de la que se despidieron la tarde anterior, para volver a desearles buen viaje.








NOTA

[*] En arag., niebla muy densa.

IMG-20221114-WA0006-3

«Rastros»: Archivo personal


Me registro los bolsillos desiertos
para saber dónde fueron aquellos sueños.
Invado las estancias vacías
para recoger mis palabras tan lejanamente idas.
Saqueo aparadores antiguos,
viejos zapatos, amarillentas fotografías tiernas,
estilográficas desusadas y textos desgajados del Bachillerato,
pero nadie me dice quién fui yo.

Aquellas canciones que tanto amaba
no me explican dónde fueron mis minutos,
y aunque torturo los espejos
con peinados de quince años,
con miradas podridas de cinco años
o quizá de muerto,
nadie, nadie me dice dónde estuvo mi voz
ni de qué sirvió mi fuerte sombra mía
esculpida en presurosos desayunos,
en jolgorios de aulas y pelotas de trapo,
mientras los otoños sedimentaban
de pálidas sangres
las bodegas del Ebro.

¿En qué escondidos armarios
guardan los subterráneos ángeles
nuestros restos de nieve nocturna atormentada?
¿Por qué vertientes terribles se despeñan
los corazones de los viejos relojes parados?
¿Dónde encontraremos todo aquello
que éramos en las tardes de los sábados,
cuando el violento secreto de la Vida
era tan sólo
una dulce campana enamorada?
Pues yo registro los bolsillos desiertos
y no encuentro ni un solo minuto mío,
ni una sola mirada en los espejos
que me diga quién fui yo.

Retrospectiva existente, poema de Miguel Labordeta (1921-1969) contenido en su libro Violento idílico, publicado en 1949—.

Donde la vista alcanza

IMG-20221116-WA0018

«Al otro lado de la celosía»: Archivo personal


Entre brumas que ascienden desde la superficie del agua, el embalse de La Peña, con sus espigones de rocas eocenas aún con las huellas del estiaje, mostrando la merma de su capacidad, y con las marcas de sus crecidas de antaño grabadas en sus orillas desteñidas.

El viejo pantano  —construido entre 1904 y 1913 y sustentado por los ríos Gállego y Asabón—   se diría que siempre estuvo allí, desempeñándose como estandarte; ora velando a las personas asesinadas en la (in)civil guerra que yacen en la única fosa no intervenida situada en sus inmediaciones, ora aguardando la mirada complaciente de los viajeros que cruzan con sus vehículos el angosto puente de estructura cerrada de hierro y acero [FOTO], levantados sobre el agua sus escasos doscientos metros de longitud con pilares de hormigón, y en cuyo final  —o su principio, según la dirección que se lleve—  abre sus desdentadas fauces un corto túnel excavado en la dura peña de caparazones calcáreos que da nombre al pantano y cuya humedad —convertida en puntual sirimiri— rezuma desde las horadadas paredes interiores que, en algunas partes, han sido colonizadas por el musgo.

La neblina que intercepta el alcance de la vista acaricia con sus gélidos tentáculos los rostros de los viajeros detenidos y apeados junto a la ermita de la Virgen de La Peña que, como el puente y el propio embalse, fue edificada en la primera década del siglo XX.

Del otro lado, paralelo al embalse y en sentido contrario al que han de seguir los transeúntes apostados en la ermita, sube hacia Jaca, renqueante, el familiar Canfranero, saludado por la presa de Carcavilla y las aguas bravas del Gállego, que dejan atrás la quietud de La Peña para acompañar, desde su lecho flanqueado por paredones revestidos de vegetación, el avance carretero de los viajeros hacia su destino, entre curvas y angosturas que obligan a moderar la velocidad.