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Perspectiva

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«Fragmentación»: Archivo personal


Aykut Demir, capitán de un equipo de fútbol de la segunda división turca, hurgó con un simple gesto en la hipocresía de los democráticos gobiernos occidentales al negarse a vestir la camiseta con el lema NO WAR alegando la doble vara de medir los conflictos según su ubicación, como si la raza y la nacionalidad de las víctimas de una guerra, cualquier guerra, determinaran el sufrimiento. “Tiene un careto de yijadista…”, comentaba of the record un periodista deportivo en una tertulia de barra en la que dos o tres clientes, con más vozarrón que cerebro, pedían la expulsión del deslenguado de la liga turca, cuando no colgarlo por sus atributos masculinos del mismo larguero. Ninguno de los lanzadores de espumarajos se planteó hasta qué punto, fuera de cualquier ideología, el futbolista rebelde daba en el centro de ese cristal, unas veces grueso y otras endeble, a cuyo través la sociedad observa los acontecimientos internacionales sobre los que intereses ajenos a la gente de a pie sitúan la lupa, con mayor o menor precisión en función de la respuesta social que se pretende obtener. Otra cosa es que los manipuladores de cupo lo consigan, que no siempre la tergiversación surte el efecto buscado, como lo demuestran las manifestaciones en diferentes puntos de Rusia contra la invasión de Ucrania, que ni las detenciones masivas ni las soflamas belicistas de los medios rusos cercados por la censura han logrado erradicar; o las que tienen lugar en Israel a favor de los palestinos; o aquellas otras que hubo en diversos escenarios europeos contra la guerra de Irak.

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«Mascarada»: Archivo personal


Duerme l’Ome Grandizo [1] el sueño riscoso de los dioses pirenaicos, mutado en sierra, la de Guara —la Sierra Niña, que decía Ramón J. Sender, enamorado de sus paisajes y leyendas—, con su humanoide mole yacente perfilada entre la peña de Amán (los pies) y el picón del Mediodía (la cabeza con su picuda nariz).

Duerme el sueño eterno el gigante, aquel que la tradición y el mito hicieron vagar, armado con un astral [2] de piedra y en compañía de un oso, por las fantásticas trochas de ese paisaje fragoso y hechizante de la Bal d’Onsera [3].

Duerme el que fuera celador de la virginidad de las mozas serranas, encriptado en la Naturaleza, con el rostro, en granítica cresta, saludando al viento que, soplando sin interrupción desde los dos inmensos peñascos que forman la Puerta del Cierzo, le canta, provocativamente socarrón:

Junto a l’augua d’abaixo
n’a Bal d’Onsera
a mozeta ha perdiu
o que teneba [4].


Desde el tozal abierto a la laja donde se deposita la comida para los quebrantahuesos, se divisa el ecosistema rupícola de la Bal d’Onsera, con sus agrupaciones de pinos silvestres, sabinas, carrascas y buxos [5], en caprichosa distribución, y el cauce del barranco principal y sus ramales, que serpentean, se unen y se bifurcan, en fascinador congosto, entre matorrales que parecen lanzar sus ramas de una pared rocosa a otra para resguardar el suelo pedregoso de los rayos solares.

Y al fondo de la rambla que las aguas erosionaron, excavada en la roca que se eleva en murallón vertical, la ermita de San Martín, medieval y mágica presencia pétrea protegida por el roquedal del que mana el agua milagrosa y fertilizante, pócima cuasi divina que avivó los vientres secos de reinas, damas, siervas y campesinas durante siglos, en dificultosa romería pedestre entre guijarros resbaladizos, quebradas y riscos.

Cuéntase que, antaño, la bal fue territorio de osos, que encontraban en sus vericuetos idílicos covachos y abrigos para la hibernación. Los sueños úrsidos en la bal eran preludio de nieve y heladas en la Sierra de Guara, que únicamente se atemperaban cuando l’Onso  —el macho más fuerte—  despertaba y reanudaba su actividad. El rito de los habitantes de la Sierra para hacer que el invierno finalizara consistía, pues, en incitar a l’Onso  —mediante gritos, cánticos y repiques de esquillas [6]— a salir de su madriguera para adelantar la llegada del tiempo benigno y calmar, así, la brutalidad de la Naturaleza.


Extinguiéronse los osos de la Bal d’Onsera —o acaso no los hubo jamás, quién sabe— y la pueril argucia de los montañeses para combatir a las fuerzas de la Naturaleza trocóse en lúdicas Carnestolendas que todavía conservan dos elementos del antiguo ritual: El incesante ruido de las esquillas y la degustación colectiva de los crespillos, deliciosos postres hechos con hojas tiernas de borraja bañadas en leche y huevo batido y rebozadas con harina, que se fríen en aceite de oliva y se sirven ligeramente espolvoreadas con azúcar.







NOTAS

[1] En aragonés, gigante.
[2] Id., hacha.
[3] Id., Valle de la Osera.
[4] Id., «Junto al agua de abajo / en el Valle de la Osera, / la muchacha ha perdido / lo que tenía».
[5] Id., bojes.
[6] Id., esquilas, cencerros.

Las vidas de Julieta

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Vivía en la más absoluta pobreza, pero en ella no había nada miserable. Un día en que yo cumplía años, me la encontré en el Coso y la invité a tomar unas gambas a la plancha y una copita de champán en el bar Victoria para celebrarlo; me las vi y me las deseé para pagar, pues no me dejaba. Abundando en lo mismo, un amigo de mi hermano me contó:
Julieta, a veces, venía a pedir a casa; le dabas cincuenta pesetas y luego ella te traía, a lo mejor, una bandeja de pasteles que le había costado cien. Le decíamos:
—Pero, Julieta, ¿por qué haces eso?
Y ella nos respondía:
—Porque os quiero mucho.

Así era Julieta: generosa en extremo, inteligente, siempre de buen humor y, sobre todo, buena. Yo, por aquel entonces, aún no había visto sus cuadros, ni recuerdo que Julieta me hubiera hablado nunca de ellos.

—Fragmento de Julia Aguilar, Always (1899-1979). Rebelde y artista, libro de Antonio Abarca Anoro y Antonio Buil Sillés, editado en diciembre de 2014 en Barbastro (Huesca) por Liberalitas Iulia, S.C.—


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Julieta. Ficha policial. Madrid, 1933

El 26 de febrero de 1979, en la Casa de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados de Barbastro, concluyó el periplo vital de Juliana Mariana Juana Aguilar Cosculluela, llamada Julieta Always, mujer tan barbastrense como cosmopolita, a la que sus paisanos todavía recuerdan repartiendo periódicos con un séquito de felinos callejeros que la acompañaban en su pulular cotidiano por la ciudad del Vero. La loca de los gatos  —como algunos la denominaban—  y madura okupa de edificios abandonados, había nacido en 1899 en la capital del Somontano, en el seno de una familia con recursos. En Huesca inició estudios de Magisterio y fue alumna de Ramón Acín. Sin concluir el grado de maestra, regresó a Barbastro, a la fonda que regentaban sus progenitores, abandonando de nuevo la casa familiar para iniciar una singular travesía que la llevó a Barcelona y Madrid, ciudad esta última en la que su hermosura y desparpajo cautivaron a Miguel Primo de Rivera, con el que anduvo en amoríos. Acusada de estafa por marcharse sin pagar la cuenta del hotel madrileño en el que se alojaba, recaló en París, donde se ganó el sustento como modelo de pintores y escultores y fue bailarina en los míticos Folies Bergère y Moulin Rouge hasta que, en 1940, tras ser detenida por robo en las Galerías Lafayette, fue deportada a España, residiendo una temporada en Madrid y regresando, después, a su ciudad natal tras más de veinte años de ausencia.

Pobre de solemnidad, su vida en Barbastro  —entre la incomprensión y, muchas veces, la burla de sus convecinos—  se centró en los gatos, que la adoraban, y la pintura. Un centenar de cuadros, próximos al arte naïf, fueron el equipaje que la acompañó de un edificio a otro, siempre ocultos de las miradas ajenas hasta que, en los años sesenta, el pintor catalán Modest Cuixart, que la conoció casualmente al sufrir una avería su vehículo en Barbastro e interesarse ella por las circunstancias, descubrió sus telas en el mísero lugar donde habitaba con sus gatos y la retrató en un lienzo titulado La bruixa de Barbastro, obra que, en 1976, haría emerger de su ostracismo la historia y, sobre todo, el arte pictórico de Julieta Always, la ya provecta pintora de pinceladas ingenuas y existencia transgresora y extravagante que, de repente, se vio asediada por la fama y el reconocimiento.


Fue entonces, Julieta, cuando el periodista llegó al asilo. Había visto, en la exposición de aquel famoso pintor, el cuadro de la ‘bruja de Barbastro’, y él le contó lo poco que sabía de tu historia y lo mucho que vio en tu pintura. Y el periodista quiso conocer tus cuadros, conocerte a ti, inabarcable, alucinada y lúcida, esquiva más de lo real que de los sueños, sorda ya, según el que habla o la fuerza con que suenan en tu oído esas trompetas invisibles, y sucedió, después, lo que ya sabes, el rescate de tu obra, la seria y solemne exposición de los cuadros que habían vivido en la calle, entre ruinas y desvanes, ratones y gatos, indiferencia y sonrisas, ¡cosas de Julieta! Todo llega, incluso lo inesperado por el común descrédito de los finales felices que han entrado en ese reino de hadas y fantasías del que, tarde o temprano, alguien nos expulsa sin contemplaciones.

—Fragmento del relato biográfico Julieta de los Espíritus, del libro Tres mujeres, de Ana María Navales, publicado en 1995.—

El valle olvidado

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«Apacibilidad»: Archivo personal


De regreso del Centro de Investigación y Tecnología Agroalimentaria, en Bescós de Garcipollera, cuando el todoterreno dejaba tras de sí el camino asfaltado para internarse por la pista de tierra, apareció el ciervo. En una secuencia de escasos segundos, volantazo, frenada, el chasquido seco del cuerpo del venado al ser golpeado por un lateral del vehículo, los gritos de Tatyana y la huida, espantada y tambaleante, del animal monte arriba, sin rastros de sangre que indicaran a los ocupantes del coche el estado del cérvido atropellado. Remontaron a pie la ruta de escape cerca de media hora sin atisbar ninguna señal. “Es probable que él sí nos esté viendo. Puede que el golpe no haya sido grave y, si nos ha detectado, solo consigamos que se estrese más”. “¿Nos vamos, pues? Si no te importa, conduce tú, que se me ha puesto mal temple. No solo por el ciervo… que también hemos estado a punto de estrellarnos contra los pinos”. Momentos después, abandonaron el valle de la Garcipollera en dirección a Jaca.


En la Garcipollera, cuya denominación medieval, de etimología latina, alude a las humildes cebollas  —Vallis Caepullaria, el Valle Cebollero—, susurran las piedras supervivientes de los pueblos deshabitados. A raíz de la construcción del embalse de Yesa, a finales de los años cincuenta, y para prevenir que el arrastre de sedimentos colmatase el pantano, los habitantes del valle fueron obligados a desalojar sus núcleos poblacionales y fértiles campos, que pasaron a ser propiedad de Patrimonio Forestal del Estado para su reforestación. Aquellas gentes que, durante siglos, poblaron las tierras bañadas por el río Ijuel, fueron sustituidas por ciervos y pináceas que, junto a ardillas, pájaros carpinteros, tejones, zorros, pueblan en abundancia los montes, prados y veredas recorridas, en el buen tiempo, por algunos turistas, maravillados ante la belleza del entorno, que se dirigen a visitar esa joya del románico aragonés del siglo XI que es la iglesia de Santa María de Iguácel, antiguo monasterio benedictino, meta de tantas peregrinaciones pasadas.

En Villanovilla, la única localidad del valle olvidado cuyos habitantes no se resignaron a dejar morir el pueblo y consiguieron mantenerlo intacto aun renunciando al terreno circundante, nació la señorita Valvanera, la antigua maestra del Barrio, en una casa alejada del actual casco urbano rehabilitado y de la que no resta ni una sola piedra de las que, antaño, componían la vivienda original. A veces, rememora en voz alta el pasado y se recuerda a sí misma, en aquellos inviernos crudos de la niñez, caminando sobre la nieve para ir a la escuela, con Vicencia, la perra perdiguera que siempre la acompañaba, brincando a su alrededor. O viajando en carro a Jaca, con su padre, amenizada la ruta con las historias, apenas comprendidas entonces, que le narraba su progenitor sobre su amigo exiliado Julián Borderas, el sastre que cosió la primera bandera tricolor que ondeó en el Ayuntamiento jacetano cuando en la bella ciudad pirenaica se inició la Sublevación Republicana de 1930 contra la monarquía; la misma bandera que, meses después, se convertiría en enseña oficial de la II República Española.

Epilŏgus

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«La memoria de las piedras»: Archivo personal


…y un día Bastarás quedó cercado, aislado su abandono de la mirada del caminante, convertido en propiedad privada, en coto de depredadores cinegéticos ciegos a las joyas que a modo de roquedales, covachas, hondonadas y barrancos, suavemente musicados sus afloramientos calcáreos por los ríos Formiga y Mascún, conforman el orgulloso territorrio kárstico del Parque Natural de la Sierra y los Cañones de Guara.

Llegó la mortal necedad hasta la sierra. Llegó la mortal necedad armada y camuflada. Llegó la mortal necedad a acomodarse, fullera y retadora, sobre las huellas humildes de pretéritas gentes que amarraron sus sueños a los riscos y el humus y alimentaron la tierra con su sangre. Llegó la mortal necedad y pateó los restos desprotegidos para plantar sus bombers, sus benellis y sus sauers.


En el año 2008, un doliente y apesadumbrado Vicente Baldellou Martínez, director del Museo de Huesca y arqueólogo que descubrió y trabajó en ese espectacular yacimiento del Neolítico que fue la Cueva de Chaves, en Bastarás, declaraba: «Ha sido uno de los disgustos mayores de mi vida. Fui allí a enseñar el yacimiento a un catedrático de Valencia y nos encontramos que habían vaciado el depósito, hasta llegar al suelo firme. Las piedras que habían caído del techo, las habían sacado para hacer una represa para que beban los animales. En la cueva, a la que ahora puede entrar un coche sin problemas, han puesto un abrevadero de madera».

Del arrasamiento irreversible de ese emplazamiento único del patrimonio prehistórico aragonés, declarado por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad, se hizo responsable al factótum de la empresa propietaria del coto de caza, Victorino Alonso García, al que se encausó y juzgó en 2016, siendo condenado a dos años de prisión y al pago de 25 millones de euros de indemnización por un delito contra el patrimonio. Merced al artículo 80.1 del Código Penal, que prevé la posibilidad de dejar en suspenso la ejecución de las penas privativas de libertad no superiores a dos años, consiguió eludir la cárcel, declarándose, a la par, insolvente, situación que, de pronto, seis años después del juicio y quince de la destrucción del yacimiento, ha dado la vuelta a raíz de descubrirse la trama de los Papeles de Pandora, donde el presunto paupérrimo Victorino Alonso aparece como uno de los seiscientos españoles integrantes de sociedades opacas en paraísos fiscales, con una cuenta bancaria de millones de euros de la que el empresario leonés, artífice de la devastación de la Cueva de Chaves, tiene la potestad de administración, gestión y extracción de fondos. Y a esto último se han remitido los ejercientes de la acusación popular, la Asociación Apudepa, para solicitar al Juzgado de lo Penal número 1 de Huesca el inmediato ingreso en prisión del potentado, por haberse servido de inexactitudes y falsedades al objeto de incumplir la sentencia dictada en su día.




A Vicente Baldellou (1947-2014), catalán de nacimiento y altoaragonés de corazón, a cuya pasión arqueológica se deben las actuales Rutas Prehistóricas de la Sierra de Guara.
IN MEMORIAM.

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«El amo del gallinero»: Archivo personal


Cuarenta años atrás, en el callizo de la trasera de la casa abacial que discurre hasta lo que actualmente es el frontón, se hallaba la vivienda de la viuda Vidaurre, un edificio en el presente irreconocible por las importantes reformas que llevaron a cabo quienes lo compraron hace más de dos décadas. La construcción original, de una sola planta y no especialmente destacable, contaba, en un lateral en pendiente, con un amplio corral rodeado de un murete de poca altura donde la señora Otilia, la viuda Vidaurre, criaba conejos, tórtolas, gallinas y un gallo hermosote y cachazudo al que la chiquillería que jugaba en el prado municipal, pegado a la parte posterior de la vivienda, llamaba Perejiles.

El ave, con plumaje negro y anaranjado y una colosal cresta torcida, ascendía hasta la parte superior del cercado y contemplaba, estática e imponente, los juegos infantiles, manteniéndose inmóvil incluso cuando alguna criatura se acercaba para observar con admiración sus magnificos espolones, sin que la proximidad y algún que otro toqueteo perturbaran al animal. No ocurría lo mismo con la dueña del corral. La viuda Vidaurre, arisca y malencarada, solía asomar por el murete y la emprendía a manotazos contra Perejiles hasta obligar al gallo a bajar de su atalaya, a la vez que lanzaba improperios a la gente menuda que, según ella, la incordiaba. «¡Marchad a jugar a la puerta de vuestra casa, cagallones!», vociferaba. A todo ello se unía la requisa de un par de pelotas que habían aterrizado en su corral y que les había devuelto, rajadas e irreparables, con un «así aprenderéis a no molestar».

Pero la incidencia más espectacular se produjo a raíz de que la viuda Vidaurre arramblara con un maletín de tela lleno de muñecas recortables que una de las niñas más pequeñas había depositado en la hierba, al pie de la valla de piedra. Ante el nuevo abuso, la chiquillería en pleno, sin encomendarse a nadie, entró en acción. Al día siguiente, tras salir de la escuela, los cuatro niños y las siete niñas del grupo regresaron al prado. Mientras unos distraían a la viuda suplicándole la devolución del maletín, otras se subieron al murete, atrajeron a Perejiles, lo metieron en una enorme caja de cartón que había contenido un televisor y, después de gritarle a la dueña del corral que le darían el animal a cambio de los recortables, corrieron con su carga hacia la plaza; tras ellos, con asombrosa ligereza en una persona mayor que se ayudaba de un bastón para caminar, salió la viuda Vidaurre, furibunda, y, algo más retrasado, Lorencito, su hijo cuarentón, que adelantó a la madre en una zancada alcanzando a las cuatro porteadoras en el momento en que, agotadas por la tensión, más que por el peso y la carrera, se detuvieron a tomar aliento cerca de la fuente, en tanto que el resto de la grey infantil se perdía entre los soportales de la iglesia.

A pesar del tiempo transcurrido, todavía recuerda Marís, entonces de unos ocho o nueve años, que cuando el señor Bartolomé, el cartero, se interpuso para que Lorencito Vidaurre dejara de tirarle con brutalidad de las orejas, no se atrevía ni a tantearse los laterales de la cabeza con las manos por temor a no encontrar nada donde antes había tenido los pabellones auriculares.

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«Flamas»: Archivo personal


San Sebastián, san Blas, san Pablo y san Antón.
pa deschelar a barba empinan o porrón.
¡Que chele fuera!…¡Ba por dentro a prozesión!
¡Dilín-dilón!, ¡Dilín-dilán–dilón!.
Fogueras, trucos, buen tozino y buen porrón…
¡Con istos santos no se aburre aquí ni Dios!.

La Ronda de Boltaña.


«Pa San Fabián, as fogueras, a boteta, as chullas y o pan» [1], reza el dicho. Pero bien podría reemplazarse al mentado Fabián por Antón, Sebastián, Babil, Blas o Vicente, todos ellos santos hiemales y capotudos [2], con la frigidez adherida a rostro y barbas, que vinieron a sustituir, en la memoria colectiva, a aquellas otras divinidades precristianas, algunas veces alborotadas, de quienes se buscaba obtener dones brindándoles magnas hogueras —que destacaban en las noches de hielo y nieve— con fúlgidas plegarias postulantes. «Guardadnos la tierra durmiente, diosas, la espalda que se inclinará sobre ella y las manos que la laborarán para proveer los cuerpos», parecerían rogar, en tosco chisporroteo, las cimbreantes flamas danzarinas rodeadas por hombres y mujeres que depositaban humildes presentes alimenticios sobre las brasas purificadoras.

Cuando el cristianismo se abrió paso en aquellas tierras que el invierno convertía temporalmente en inhóspitas, las diosas se transformaron en santos barbudos y peregrinos que correspondían a los fuegos prendidos desterrando las embestidas de la peste, las fiebres del cornezuelo y la mortandad de las bestias. O así lo creyeron aquellas gentes ingenuas y agradecidas que, sin renunciar a sus ardientes ritos luminosos de probados resultados, aceptaron que los destinatarios de las rogativas fueran estos otros nuevos hechiceros cristianos, tan distintos de las incorpóreas diosas protectoras de sus antepasados pero con facultades parejas.


El fuego soberano iluminará los días venideros, como hace cientos de años, regocijadas noches de muchas localidades del antiguo Reyno d’Aragón, desprendiéndose del sahumerio el aroma a patatas asadas, a longaniza, a panceta, a chocolate cocido, a quemadillo, que los festivos herederos de aquellos adoradores de las ancestrales deidades se brindarán a sí mismos mientras aguardan, sin engorrosos atavismos, el despertar de la tierra y la eclosión de la Naturaleza.


NOTAS

[1] Dicho altoaragonés: «Para San Fabián, las hogueras, la bota de vino, las chuletas de cerdo y el pan».
[2] Que visten una capa.

«Château de Lourmarin»: Salva Barbera


En el pequeño paraíso de Lourmarin, en cuyos rincones danzan los sueños, se halla la casa que comprara Albert Camus (1913-1960) en 1958 con el cheque que acompañaba el galardón del Premio Nobel de Literatura concedido por la Academia Sueca el 16 de octubre de 1957.

Acostumbrado desde niño a prescindir de tanto y poco dado, ya adulto, a dispendios superfluos, Camus se prendó de la mágica esencia provenzal de Lourmarin y de aquella antigua granja dedicada a la cría de gusanos de seda situada en la calle de la Iglesia  hoy, calle de Albert Camus, que él concibió como cálido hogar de Francine, su mujer, y sus gemelos Catherine y Jean, nacidos en Boulogne-Billancourt en 1945.

De aquella casa amorosamente reconstruida y amueblada, con su original terraza con columnas, sus persianas verdes y su imponente ciprés, salió el reposado escritor hacia París en el Facel-Vega de su amigo Michel Gallimard para encontrar la muerte en la carretera el 4 de enero de 1960.

Cómo lloró Lourmarin, su elíseo, la muerte de su Monsieur Terrasse, apelativo con el que se referían al escritor sus convecinos para proteger la intimidad de la familia Camus de los periodistas y curiosos que acudían a la localidad para importunar al nuevo Premio Nobel francés.

Sus amigos, los futbolistas de Lourmarin, con quienes tantos momentos había compartido, llevaron a hombros el féretro hasta el cementerio, donde una humilde lápida de piedra  cerca de la de su esposa, fallecida en 1979—  señala su tumba. De allí, del rincón funerario que velan el laurel y el romero, quiso exhumarlo Sarkozy, en 2009, para enterrarlo en el parisino Panteón de Ilustres, encontrándose con la oposición de la familia, que se negó al traslado de los restos de Camus de aquel paisaje campestre donde tan feliz había sido en vida.



NOTA

Edición revisada de un artículo publicado en esta bitácora el día 5 de enero de 2015.

Nocturnancias

«Luna vela»: Archivo personal


Rozando el alba se acallaron las voces y las llamas alimentadas de carrasca de la chimenea de la sala de abajo de O Cado acunaron con sus reflejos los rostros de los durmientes. Luis, el exmosén reconvertido en trabajador social en el área zapatista de México, en la colchoneta, frente al cajón de la leña; Iliane, con Luna, en el sofá, junto a las escaleras; María Petra y la veterinaria en los viejos sillones abatibles hallados en la escombrera y reciclados; Étienne y Jenabou acurrucados en sus sacos de dormir, uno a cada lado de la viga maestra forrada de finos listones de cerezo. Los tres restantes, en el piso de arriba, distribuidos en las dos alcobas.



Amanece.

En una mesita desplazada hacia la pared, la novela que protagonizó el libro-fórum de la tarde anterior en la Sala Pepito de Blanquiador de la Asociación de Cultura Popular: Hijos de la niebla, heredaréis la nada, de Luis Bazán Aguerri; sobre ella, El discurso de la servidumbre, de Étienne de La Boétie, un facsímil realizado por Emil con tan escrupulosa fidelidad que incluso emana de él olor a viejo.

Y como adheridas mágicamente a los maderos que enmarcan el artesonado de cañas del techo de la sala de abajo, las conversaciones intercambiadas en la alargada sobremesa de la cena, cuando, en homenaje a Luis, el exmosén, resucitaron la pícara historiografía de mosén Bruno Fierro, el descacharrante cura de Saravillo protagonista de la mazurca de la Ronda de Boltaña; la aventura anarquista de mosén Jesús Arnal, secretario de Buenaventura Durruti; el asesinato a manos de falangistas del comprometido cristiano José Pascual Duaso, el bondadoso párroco de Loscorrales, y todas las historias recordadas, casi a trompicones, sobre personajes altoaragoneses, reales o legendarios, que el polifacético cura Rafa Andolz les relatara a las otrora adolescentes Marís, María Petra y la veterinaria, durante las tres sesiones semanales de estudio de lengua aragonesa. «Habéis tenido el privilegio de aprender nuestra hermosa lengua desde la cuna», les decía. «Usadla y transmitidla para que no muera».

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«Postales desde el Norte»: Archivo personal


Mañana, hijo mío, todo será distinto.
Se marchará la angustia por la puerta del fondo
que han de cerrar, por siempre, las manos de hombres nuevos.

Reirá el campesino sobre la tierra suya
(pequeña, pero suya),
florecida en los besos de su trabajo alegre.

No serán prostitutas las hijas del obrero
ni las del campesino
(pan y vestido habrá de su trabajo honrado).

Se acabarán las lágrimas del hogar proletario.
Tu reirás contento, con la risa que lleven
las vías asfaltadas, las aguas de los ríos,
los caminos rurales…

Mañana, hijo mío, todo será distinto:
sin látigo, ni cárcel, ni bala de fusil
que reprima la idea.

Caminarás por las calles de todas las ciudades,
en tus manos las manos de tus hijos,
como yo no lo pude hacer contigo.

No encerrará la cárcel tus años juveniles
como encierra los míos
ni morirás en el exilio,
temblorosos los ojos,
anhelando el paisaje de la patria,
como murió mi padre.

Mañana, hijo mío, todo será distinto.

Edwin Castro Rodríguez [*], diciembre de 1959—.


NOTA

[*] Edwin Castro Rodríguez fue un poeta y guerrillero del Frente Sandinista nicaragüense detenido el 12 de octubre de 1956 bajo la acusación de complicidad en el asesinato del general y candidato del Partido Liberal, Anastasio Somoza García. Preso en condiciones terribles en la cárcel de la Aviación de Managua, murió tiroteado, junto con otros compañeros, el 18 de mayo de 1960, en aplicación de la muy conveniente Ley de Fugas.