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Posts Tagged ‘verano’

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«Artal»: Archivo personal


Lilit, la robusta felina [*] que comparte hábitat con tres mastines del Pirineo en los establos de la yeguada de monte de [Casa] Foncillas, observa —con mirada avizora—, desde la barbacana que separa el recinto caballar de la pedriza que lleva al azud, las evoluciones de Artal, uno de los gatitos de su camada. Mientras el resto de sus hermanos juguetean a los pies del muro que sirve de otero a su progenitora, él se aventura, a pasitos cortos, hacia las figuras humanas que, acuclilladas a escasa distancia, lo llaman tendiéndole las manos. Lilit, vigilante, tensa la cabeza cuando Jenabou acoge al pequeño Artal entre sus brazos, lo acuesta sobre el hombro y se deja mordisquear la oreja; entretanto, la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, sentada en el suelo junto al murete y a la vista de Lilit, deposita entre sus piernas cruzadas la fiambrera con el guiso de pechuga de pollo y zanahorias que los gatitos husmean y van tomando, con delicadeza, de los dedos humanos, rozando suavemente la piel de la veterinaria con sus diminutos dientes de leche. Lilit, ya relajada, echa la cabeza hacia atrás, entrecierra los ojos hasta convertirlos en una línea negra y da su anuencia para que Étienne y Jenabou, que ha dejado a Artal junto a sus hermanos, le acaricien el pecho y el cuello dibujándole surcos en el suave pelaje blanco. Cuando la gata madre ha dado también cuenta de su ración, Jenabou, Étienne y la veterinaria recogen los restos del festín, trasladan a los cachorrillos gatunos al otro lado del valladar y junto a Lilit, que abre camino con sus seis gatitos, se dirigen a los establos donde los imponentes perros mastines —tumbados bajo el porche de la entrada— continúan su sesteo tras echar un rápido y despreocupado vistazo de reconocimiento a los recién llegados.







NOTA

[*] Adscrita, como todos los gatos del Barrio, al Proyecto Michinos.

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«Calle Navarrería»: Archivo personal


Arrecia el cansancio. O a ello han apelado Agnès Hummel y la señorita Valvanera para declinar el almuerzo grupal, en la bajera de Zizur, con pintxos de la vermutería Río, a cambio de pasar la mañana en la piscina de la casa unifamiliar que la hija de Juana Mari tiene en Villava, a pocos kilómetros de Pamplona.

En la Navarrería, a las diez de la mañana, ya no cabe un cuerpo más; hay tanta aglomeración que se podría incluso tentar al sueño sin perder la verticalidad ni desplomarse sobre el pavimento que las brigadas municipales han desinfectado pocas horas antes y por el que miles de pies restriegan la suela de las zapatillas (¡ay, de quienes cometan el error de calzar sandalias!) cientos de veces pisoteadas.

Recorren a bandazos las callejuelas tomadas por la jarana y, codazo va, roce viene, llegan a la plaza del Castillo para acceder a la calle San Nicolás, con la gula disimulada bajo las mascarillas y el recuerdo del sabor de las delicias por comer azuzándoles los estómagos.

A las tostas de bacalao y los pintxos de huevo de la vermutería, se unen las especialidades piscícolas preparadas por Livia, la madre de Madalina y Camelia, que aprovecha cualquier oportunidad para ofrecer a las amistades de sus hijas platos de la gastronomía rumana: fingers de pescado con salsa tzatziki y tostas de caballa ahumada, además de servirles chupitos de Palincă, un licor de ciruelas de graduación prohibitiva que elabora artesanalmente la abuela de las hermanas Cristea en su Tulcea natal.

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«Café frappé»: Archivo personal


«El Danubio enfila las ciudades como perlas, transcurre grande, y el viento de la noche pasa sobre los cafés al aire libre como la respiración de una vieja Europa que tal vez se encuentre ahora en los márgenes del mundo y no produzca, sino solo consuma, historia».- Claudio Magris, autor de El Danubio


I

Revolotean los cuervos encapuchados alrededor del palacete neoclásico que alberga la Biblioteca Municipal V.A. Ureschia de Galați. Graznan desaforados, tal vez burlándose de los sudorosos humanos que, con las ropas y la piel impregnadas de la pegajosa humedad de la ciudad portuaria, acceden al interior del edificio donde estampas, documentos, partituras y mapas danubianos de distintas épocas, festejan las jornadas que todos los países de la cuenca —desde las altas tierras del macizo de la Selva Negra del que surge, hasta los territorios de su desemboque, casi tres mil kilómetros después, en el mar Negro— acordaron dedicarle. Y así, este antiguo palacete convertido en 1968 en biblioteca y que, de 1856 a 1948, fue sede administrativa de la Comisión del Danubio, regresa durante unos días a su representatividad fluvial celebrando, entre vetustas decoraciones vegetales, mármoles, boiseries, mosaicos y forjas, el discurrir de las aguas danubianas —ora pardas, ora plateadas— en las que la ciudad se mira y congratula.

No pierde la oportunidad el bibliotecario de mayor edad de hacer un inciso en la historia del Danubio en Galați para dar a conocer a los visitantes procedentes de España —a los que se dirige en un francés excelente— que Vasile Alexandrescu Ureschia, que da nombre a la biblioteca, fue un historiador, escritor y viajero moldavo-rumano, apasionado de España, su cultura y su lengua, al que la Real Academia Española distinguió como académico en la segunda mitad del siglo XIX.



II

Van y vienen las gaviotas sobrevolando el barco-bar que, fondeado permanentemente junto al pantalán, acoge en la práctica terraza instalada en la cubierta a la clientela que se alivia, con helados y bebidas frías, de la ola de calor desplazada a Centroeuropa.

En el puerto, el ferry que hace la ruta Galați-IC Brătianu avanza, despacio, sobre el manso líquido dulce. Una de las mujeres del grupo de viajeros bucarestinos con los que han coincidido en el castrum de Tirighina-Barboși explica a los españoles, que contemplan la salida a río abierto del trasbordador, la tragedia sucedida el 10 de septiembre de 1989, a escasas millas del puerto, cuando el ferry Mogoșoaia, que transportaba pasajeros de Galați a Grindu, chocó, en medio de la niebla, contra un convoy búlgaro compuesto por un remolcador y seis barcazas. De las 255 personas, entre pasaje y tripulación, que iban a bordo del Mogoșoaia, solo sobrevivieron 16, considerándose una de las mayores catástrofes en aguas del Danubio.

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«Fascinación»: Archivo personal


Aguardan desde la noche, inmaculadas e impecablemente planchadas, las prendas albas  camisetas, pantalones, leggins—  formadas, cual escuadrón impoluto, en los respaldos de sillas y sillones; en el suelo laminado, dibujando una perfecta línea horizontal, deportivas y alpargatas con sus cintas verdes extendidas; en la mesita acristalada, las pañoletas triangulares reciben en su tejido esmeralda los primeros rayos del día.

La casa clarea; la gente despierta. La mampara de la ducha resiste los embates del agua y se apelotonan, en ordenado caos, los cuerpos que van y vienen de las habitaciones al baño y del baño al salón hasta despejar respaldos, suelo y mesita de las vestimentas de la fiesta.

Se vacía la casa. Queda, en el aire, el aroma a champú, a leche corporal, a colonia de moras… Y a albahaca.

[…]

El ambiente callejero viste de blanco y verde. En las atestadas terrazas comparten espacio gastronómico tazones de leche, cafés, carajillos, chupitos de pacharán, botas de vino, porrones de cerveza, jarras de sangría y calimocho, latas de refresco, cruasanes tostados untados con mantequilla y mermelada, huevos fritos, raciones de caracoles, longaniza, panceta y jamón y un variado etcétera de alimentos engullidos entre risas, charangas y voces, en placentero alboroto colectivo que, a las once y media de la mañana, asciende las espectaculares costanillas que desembocan en la plaza del Ayuntamiento.

[…]

Clama la plaza. Trompetas, trompetillas y bombos compiten con el griterío humano que ahuyenta a los gorriones que habitan en los árboles. Revolotea, agitada, Lorenza, la cigüeña añosa que tiene su nido en la catedral. Entonces, a las doce en punto, estalla el chupinazo y se eleva entre nubes de pólvora acompañado de un rugido humano que se expande y zarandea los sentidos.

Empieza la fiesta.

Anotaciones del 9 de agosto de 2019. Cuando nos creíamos a salvo de virus globales—.

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«Entre pastos»: Archivo personal


Pasado el roquedo, en la casi intransitable cabañera [*] en desuso, todavía resisten, en imposible equilibrio, las piedras que conformaron la base del chozo, ruinosa estructura que, tiempo atrás, ofrecía, diseminadas en las proximidades, una atrayente y variada colección de piedras de rayo que diversas tandas de excursionistas recogieron con afán hasta dejar el terreno calizo libre de tan sobrevalorados vestigios.

Dos kilómetros al este del chozo aún se aprecia, bajo los pies, el firme compacto de la vía pecuaria que continúa y asciende, en cómoda pendiente de gramilla, hasta el primer bancal del monte, donde un hilillo constante de agua del manantial que nace en la cima alimenta el tosco abrevadero.

Y en los pastos del bancal, reinando, la vacada.



NOTA

[*] En Arag., cañada.

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«Bañistas en Eforie. Mar Negro»: Archivo personal


De regreso a Tulcea desde Sulina, donde las grisáceas y amarronadas, que no azules, aguas del Danubio se unen al mar Negro, se despidieron de quienes, por recomendación del profesor Tarlós, que se ocupó de todos los permisos, fueron sus amables anfitriones y diligentes guías durante tres días y dos noches en el fascinante minicrucero fluvial por los canales del delta del Danubio: los Patzaichin, una familia de lipoveni orgullosa de aquellos ancestros rusos que, tres siglos atrás y huyendo de la persecución político-religiosa de la Iglesia Ortodoxa Rusa oficial, recalaron en las últimas tierras que acompañan, en el final de su épico curso, a uno de los más grandes y rememorados ríos europeos, cuyos sedimentos han conformado un impresionante y extenso humedal de vegetación ecléctica con una singular diversidad faunística que ha convertido estos parajes en Reserva de la Biosfera y Patrimonio Natural de la Humanidad.

Por estas tierras danubianas anduvieron las legiones de Trajano, conquistador de la Dacia, como recuerda el Tropaeum Traiani, erigido para conmemorar la victoria del emperador hispanorromano sobre Decébalo, rey de los dacios.

En el autobús a Constanța recordaba Iliane, entre risas, lo comentado por Igor Patzaichin, el guía más joven: “Rumanía es un pez encajonado con la cara mirando a Hungría y el culo en el mar Negro. Si observáis el mapa comprobaréis que no me lo invento”.

Rumanía es un pez… y en su aleta caudal inferior se halla una ciudad de historia cautivadora, Constanța, mosaico de civilizaciones y culturas, la Tomis griega del litoral del Ponto Euxino (mar Negro) de la antigüedad a cuyo puerto arribaron, según la mitología, Jasón y los Argonautas tras conseguir en la Cólquide el vellocino de oro. Convertida en ciudad romana, fue el lugar donde el emperador Augusto desterró al poeta Ovidio. Aquí, en Tomis / Constanța, vivió y murió el autor del Ars amatoria y su espíritu, dicen, vaga por la ciudad a falta de la tumba jamás hallada a la que añadir el epitafio que el poeta latino dejó escrito en su obra Tristia para que su esposa se encargara de hacerlo cincelar en su estela funeraria y que, con escasas variaciones, puede leerse en el pedestal de la estatua que, en su memoria, se levantó, en el siglo XIX, en la plaza de Constanța que lleva el nombre del literato:

HIC EGO QUI IACEO TENERORVM LVSOR AMORVM
INGENIO PERII NASO POETA MEO
AT TIBI QVI TRANSIS NE SIT GRAVE QVISQVIS AMASTI
DICERE NASONIS MOLLITER OSSA CVBENT

Yo, que aquí yazgo, soy Nasón,
poeta que canté los tiernos amores y morí por mi propio ingenio.
A ti, quien seas, que pasas por aquí, a ti que has amado también,
que no te sea molesto decir que los huesos de Nasón descansen en paz.

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«Aísa»: Archivo personal


Anochece en estos Valles Tranquilos del Biello Aragón [*].

Bajo el balcón de barandilla ornamentada que preside la fachada de la casa se distinguen en la penumbra las margaritas y tusilagos que crecen junto al portalón rojizo de la entrada, con sus piedrecitas blanqueadas delimitando el espacio y el farolillo que hay a la izquierda de la aldaba dejando caer su brillo desteñido sobre el metal bruñido del buzón. Resuenan pasos en el empedrado de la calle en pendiente, pero no se ve a nadie. “Es el fantasma del rey Batallador vigilando los sueños”, dice la pequeña Jenabou, que no ha dejado de fantasear sobre el monarca navarroaragonés desde la visita a la ermita de San Esteban, donde el futuro soberano fue educado. “O igual marcha a la cascada de Sibiscal a darse un baño bajo la Luna… Bueno, no, que era un rey de otros tiempos y entonces no estaba de moda quitarse la roña, ¿no, mamá…? Para ser un rey guerrero era bien poquita cosa… Uno con sesenta y dos dijeron que le medía el esqueleto, ¿no? En unos meses le paso hasta yo. ¿Sabéis…? Cuando volvamos a casa podríamos parar en San Pedro el Viejo y volver a ver las tumbas del Batallador y del Monje”. “¿Para presentarles tus respetos y hacerles una reverencia?”, bromea Étienne. “Bah, no… Es que me gustan esos claustros y siempre encuentro algo interesante en los relieves de las columnas”.

Se rinden al sosiego las voces nocharniegas en el último tramo sabatino, en la habitación abuhardillada desde cuya ventana encarada al norte se adivina la mole del monte Aspe, a cuyos pies nace el río Estarrún, que discurre suavemente por el valle de Aísa hasta diluir sus aguas en las del brioso río Aragón y marchar con él a tierras navarras para engrandecer el caudal del padre Ebro.

Jenabou duerme.



NOTA

[*] Se conoce como Biello (Viejo) Aragón al territorio pirenaico donde empezó a forjarse el Reyno.

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«A zequieta»: Archivo personal


Las útimas borrajas, lechugas y verduras tardanas de la temporada, a la derecha. En el centro, henchidos calabacines y níveas cebollas babosas. Detrás, hacia la izquierda, creciendo todavía, patatas, judías, tomates, pimientos, berenjenas, melones, sandías…

Asoman, al fondo, las primeras matas del tradicional plantío de albahaca junto a dos zonas rectangulares y despejadas que pronto acogerán la siguiente tanda de moradores vegetales. Y rodeándolo todo, en jugoso cercado, dos cerezos, tres manzanos, dos albergeros, una higuera y dos olivos más que centenarios recién trasplantados.

Acarician el Sol, el agua y las manos entusiastas la tierra bendecida con la vida.


A medio kilómetro de la pendiente del basón [*] y con la primera sección paralela al azud del río, discurre la acequia de Fontolla  familiarmente llamada A zequieta—  que, “de toda la vida”, en palabras de la gente mayor, ha regado los huertos de la zona baja del Barrio. El primitivo canal de riego aparece ya con ese nombre, a zequieta Fontolla, en la documentación que, sobre una disputa por lindes allá por el siglo XVIII, se conserva en el Ayuntamiento. Modernizada y ensanchada la estructura, A zequieta conserva la mayor parte de su antiguo curso y sus brazales, con todas las boqueras  salvo las dos que sirven de aliviadero  controladas por un ordenador  que también regula el aforo hídrico para mantener la cota-caudal requerida en cada tramo—  instalado en la denominada Caseta del Agua y alimentado por energía fotovoltaica.



NOTA

[*] En aragonés, balsa, charca.

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«La feria, de Ramón Acín»: Archivo personal


Por la mañana, subieron al camión las dos viejas narrias y el lagar pequeño del mosto. “Cuando los restauren, quedarán como nuevos… De exposición”, explicaba María Petra a quienes seguían con la mirada, chispeándoles los recuerdos de niñeces revenidas, el lento descenso del vehículo por el Camino de la Gravera. Quizás, en los recuerdos de aquellos adultos que habían alzado, con esfuerzo, las humildes pero emotivas piezas del pasado hasta la caja del camión, sonara la antigua despertada [*] de la vendimia que aún se entonaba, no sin chocarrería, treinta años atrás:

El rosario de por la mañana
es pa los pobres que no tienen pan,
que los ricos se están en la cama
rascándose a tripa de fartos qu’están
.


Un mes antes de la esperada Fiesteta de la Vendimia, los Foncillas repintaban de rojo los cajoncillos en cuyos toscos bancos laterales se asentaban, gozosos, niños y niñas; tiznaban de negro las pinas y radiales de las ruedas enjabonadas y cubrían con telas chillonas el estrecho pescante desde donde los niños más mayores y experimentados gobernaban las riendas de los dos sosegados y añosos caballos percherones que tiraban, con trotecillo pausado, de las narrias desde el Camino Viejo de los Huertos hasta la plaza y desde esta hasta los aledaños del frontón, donde, bajo una descolorida carpa que alguna vez fue del ejército, se celebraban la comida y la cena de hermandad. Y estaban, cómo no, las ansiadas ferietas, las dos o tres atracciones que montaba el señor Sada, el feriante, casi como un favor especial y sin gran beneficio económico —el uso y disfrute era gratuito para la chiquillería— en el pradillo de la Llaneta, más conocido como «de los Achuchones«, porque los fines de semana siempre había por allí uno o dos coches con parejas en el interior…

Bajo los soportales de la abadía se instalaban los dos lagares; el más pequeño estaba reservado a la grey infantil. Niñas y niños se introducían, por turnos, en la cuba para pisar, con alborozo, las olorosas uvas claras y degustar después, con muchos aspavientos, un pequeño trago del líquido resultante, acción que derivaba, invariablemente, en una letanía de ¡aj!, ¡puaj! y ¡qué asco! para divertimento de los espectadores. Cerca de las cubas hallábase el entarimado de los musicos —pronúnciese a la aragonesa, como palabra llana— y, en el lateral, una larga barra de bar que congregaba tanta feligresía que era un milagro encontrar un hueco libre en ella.

Con el paso de los años, la Fiesteta de la Vendimia fue despojándose de casi toda su parafernalia. Murieron los percherones y se inmovilizaron las narrias; se arrinconó la cuba infantil del mosto, se jubiló el entrañable feriante y se dejaron de contratar orquestas pachangueras. Quedó, como último retal del festejo, la cena popular sabatina de mediados de septiembre y se introdujo, como novedad, el recorrido por las catas que cada año programan las florecientes bodegas de la comarca… Tal vez con la recuperación de esos objetos de pretéritas vendimias festejadas se retome algún día la tradición y corran regueros de mosto por la plaza atestada y vuelvan a rodar, entre el jolgorio infantil, las sencillas y brillantes narrias ascendiendo por la calle Alta.


NOTA

[*] Dícese de la canción de aurora.

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«Carpe Díem»: Archivo personal


Enreda el fresco matutino en los cuerpos destemplados y livianamente cubiertos que se reúnen, pasadas las ocho y media del penúltimo día de agosto, en torno a los desayunos. Al otro lado de la indiscreta luna de la pastelería, desfilan chaquetas y cazadoras sobre figuras humanas encogidas, símbolos de la tregua radical del tiempo tórrido que pregonan los nueve grados y medio del termómetro exterior, que se mantienen inmutables mientras la clientela cobijada hace desaparecer, en sosegadas tandas sin ojeadas al reloj, brebajes y viandas.

(Viene y va, ágil y atenta, la camarera entre las espaciadas mesas pletóricas de ambrosías).

Cruasanes de crema de almendra con baño de limón…
Bollos rellenos de mascarpone con glaseado de café y cacao…
Pasteles de crema de queso y frambuesa…
Cookies de avena, plátano y nueces…
Zumos de naranja, mango y jengibre…
Chocolates a la taza, pralinés, batidos, cafés, tisanas…

(Tres clientes aguardan, en fila y manteniendo la distancia, ante el mostrador de pedidos).

Va preñándose el domingo urbano de aromas, sabores, charlas insustanciales e indolencia, en transitoria huida de la anómala realidad acechante.

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