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Posts Tagged ‘paisaje’

«Donde arde la nieve»: Archivo personal

 

La pequeña se desprende de los big-foots[*], los planta con furia en la nieve y dice, en un tono entre lastimero y enrabietado: “Con la monitora me aburro. Yo quiero subir a Culibillas a ver el ibón”. Varios descensos en trineo y una improvisada batalla de bolas de nieve —con el resto de la chiquillería del cursillo de esquí— deshacen todo vestigio de enfurruñamiento pero no la fijación con las alturas. “Cuando tenga seis años subiré al ibón y a peña Telera y a…

Relumbra el sol pese a los escasos siete grados de temperatura y bruñe las limpias rocas que parecen rozar el azulón celeste de Formigal. Desfilan, cual exuberantes vedettes sobre la mesa escenario del restaurante de Sallent de Gállego, una ensalada de tomate y boquerones con salsa agridulce, cinco pinchos de chuletón a la brasa y un inigualable milhojas de foie fresco que preceden a la deliciosa leche frita con la que se relame la pequeña mientras los mayores vencen el cálido sopor de la sobremesa aferrados a sus tazas de café.


NOTA

[*] Miniesquíes muy cortos que suelen utilizar las niñas y niños para iniciarse en el esquí.

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«Caminera»: Archivo personal


Recién descendido del land rover inicia Juaquín de [Casa] Foncillas el primer silbido largo; antes de que el tercero se una a los sonidos habituales del monte, se agrupa la yeguada, se organiza y, con Sevil, la yegua Hispano-bretona, puesta en cabeza, avanza la manada, en sorprendente hilera, dejando atrás el vallecillo que protege el cabezo y ascendiendo, sin prisas, por la ladera que lleva al irregular camino de tierra donde la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio maniobra el vehículo hasta encararlo en dirección contraria a la de ida.

Alcanzan los animales el vehículo y, sin apenas deshacer la formación, continúan avanzando. Juaquín y la veterinaria palmean las grupas a modo de saludo mientras la pequeña, de la mano de Étienne, contempla, fascinada, la lenta marcha de los equinos de monte. “¡Caminera! ¡Caminera!”, grita la niña mientras pugna por desasirse de la mano que la contiene. Caminera, la yegua Burguete, roza, cariñosa, el brazo de la veterinaria que, disimuladamente, le pone en la boca dos trozos de pan. “¡Caminera! ¡Caminera! ¡Yo quiero ir montada en Caminera!”. “Ahora no, pequeñota. Cuando bajemos las yeguas al camping daremos una vuelta con Caminera, ¿vale?

Marcha Juaquín a pie, junto a los animales; le siguen en el land rover la veterinaria, Étienne y la pequeña. Van despacio, con el primer Sol matutino acomodando sus rayos.
A pocos metros, delante del vehículo, remolonea Caminera que, aun sin perder el paso de sus compañeras, se detiene de tanto en tanto y vuelve la cabeza como para cerciorarse de que el vehículo y sus ocupantes siguen ahí.


Esta potrilla no es para el mundo”, se lamentaba el abuelo [de Casa] Foncillas cuando, apenas una hora después de su nacimiento, se descubrió que la recién nacida estaba afectada de ictericia hemolítica. ”La sacaremos adelante”, le animaba, con convicción, la veterinaria pese a no tener mucha experiencia en el tratamiento de enfermedades caballares. “Vamos a criar la mejor caminera de la yeguada”. La alimentaron a biberón, con calostro de otras yeguas, leche de cabra y dosis suficientes de plasma por vía intravenosa. Dos meses después su peso y su alzada eran similares a los de otros potros que habían nacido sanos.
Y la llamaron Caminera. De eso hace ya cuatro años.

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«La noche»: Tomás J. Sepúlveda


En la Sierreta de Arbe, frontera natural entre las comarcas oscenses del Somontano y el Sobrarbe, se levanta, entre barrancos, carrascas, bojes, enebros y tozales, la pequeña y austera ermita románica de San Beturián[1] donde, el domingo más próximo al doce de enero, se celebra la Romería de los Langostos[2]. En la misma, y tras la preceptiva misa, se lleva a cabo uno de los ritos más singulares y ancestrales de la geografía aragonesa: La predicción de las buenas y malas cosechas por parte de las pequeñas ninfas de saltamontes cuyos diminutos cuerpecillos negros (representando a la uva), claros (representando a los cereales) y verdosos (representandos a las olivas) se posan libremente sobre un mantel blanco extendido en el suelo y cubierto de tortas de caridad realizadas para la ocasión, que se distribuyen en grupos de cuatro; los asistentes forman un corro y contemplan la llegada de los langostos El número y color de los insectos que caen y se amontonan en el lienzo señala, según la tradición, el resultado de las cosechas anuales.


Llegaban las caminantes —hoy romeras presurosas— con la oscuridad envolviendo ya sus figuras, el frío expuesto en los rostros desguarnecidos y las toses de Iliane musicando el tramo desde el Alcuerze[3] Berches hasta Casa Colasa, donde la señora Benita esperábalas, encamada y mustia, apenas dibujado el contorno de su cuerpo  herido ya de muerte  bajo el antiquísimo cobertor pero con los ojos aún vivaces y el pensamiento lúcido.

Le decían:

Le hemos traído un trozo bendecido de torta de caridad”.
Y los langostos han predicho que aunque va a haber trigo y olivas para dar y vender, las viñas van a correr peor suerte”.
El señor Ángel ha preguntado por usted. Ha dicho que espera verla en San Beturián en la romería del año que viene”.


Despedían los ojos vivaces de la añosa mujer enferma a las cariacontecidas romeras, que la besaban en leve roce y dibujaban, penosamente, en sus labios remedos de despreocupadas sonrisas.


NOTAS

[1] En arag., San Victorián.
[2] Id, saltamontes.
[3] Id, desvío.

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«Nympha»: Archivo personal


Nunca ya podrán charrar-nos con güellos de mercader
sin saber que tu y nusatros y asabela cuanta chen
ocupemos ista tierra sembrando a partis iguals
trunfas, dinidá, utopía y trigo ta o nuestro pan…
Tierra, que no t’acotolen butres bestius de siñors,
que especulan perque tienen permiso d’ocupazión! [1]
Donde quisimos vivir.La Orquestina del Fabirol


Resbalan las botas sobre las piedras mojadas de la barranquera devenida en senda que acorta el camino que va desde las antiguas terrazas de bancales, en los que alguna vez se irguieron los viejos olivos, hasta la solana próxima al río donde el bosquecillo de alborceras[2] muestra al Sol naciente sus humildes flores arracimadas y sus bayas henchidas que el exceso de madurez ha coloreado de granate.

Mientras los adultos recogen algunos frutos, la pequeña se entretiene desprendiendo con un palo las costras de barro adheridas a su calzado de trekking y a los bajos de los pantalones. Cuando cree no ser observada, se quita el anorak, coloca la mochila en forma de oso pardo a modo de almohada y se tiende boca arriba tras llevarse a la boca una de las bayas estampadas contra el suelo. “Eh, eh, ¿qué estás comiendo?” “De eso”, responde la niña señalando los frutos que cuelgan de los arbustos. “Estaba en el suelo pero no tenía bichos. Mmmm, está buena… Si estuviera mala me dolería la tripa y no me duele”. “Bien. Pero no vuelvas a meterte en la boca nada sin preguntar antes”. “Vale”.

Regresan por la pedrera de abajo, donde el río, ahora silencioso y calmo, se estrecha entre cornisas que parecen elevarse conforme el grupo desciende hasta la vaguada que lleva al Fosal de la Reineta. La pequeña  cuatro años y medio  incansable pese a las casi cuatro horas de caminata, corretea y grita intentando llamar la atención de los buitres que moran en la cresta, indiferentes a los seres humanos que transitan a los pies de su nidal pétreo.


¿Y esta princesita tan guapa no está cansada?, pregunta Olarieta, la cocinera del bar del Salón Social, cuando el grupo se detiene, como siempre tras cada salida, a almorzar en el establecimiento.
No. Es que yo no soy princesa… Soy montañera.


NOTAS

[1] “Nunca ya podrán hablarnos con ojos de mercader/ sin saber que tú y nosotros y mucha gente más/ ocupamos esta tierra sembrando a partes iguales/ patatas, dignidad, utopía y trigo para nuestro pan…/ Tierra, que no te aniquilen buitres vestidos de señores,/ que especulan porque tienen permiso de ocupación».
[2] En Arag., madroños.

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«Μεσόγειος Θάλασσα»: Archivo personal


A las diez y media ya han pasado junto a las tumbonas los habituales de la venta ambulante. El mozambiqueño bajito de los borsalinos y las gafas de espejo; el guineano sonriente con su muestrario de calzoncillos Calvin Klein y su mujer, la experta trenzadora de cabellos; las gitanas fondonas con los vestidos coloristas ondeando en las perchas; el añoso tunecino de las toallas descomunales y la callada masajista coreana.

Las olas gatean hasta los pies de los dos vejetes alemanes que saludan, con arrobamiento infantil, la lenta singladura del catamarán a bastante menos de una milla del arenal que va poblándose de parasoles, toallas, hinchables, bolsas de playa y gentes sin prisa que absorben el Sol rebozadas en crema protectora.

El mar acoge los cuerpos en sus tibias ondas sosegadas; los envuelve y mece entre sales, algas y tierra liviana.

En los rizos espumosos de la orilla, la pequeña nereida llena de sueños su cubo de plástico verde con dibujos de sirenas.

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«ὄνειρος»: Archivo personal


Abríase la pista forestal entre carrascas  —en sinuosa ascensión que las balizas amarillas proclamaban sencilla—  hasta el imponente megalito de la Siureda, desbrozadas sus inmediaciones del enmarañado follaje que preservó el dolmen de la curiosidad humana hasta la década de los ochenta, a pocos metros de la atalaya medieval de Bel Œil, que un día miró, desafiante, los 1256 metros del pico Néoulous, guardián asilvestrado de la llanura del  Roussillon.

Pugnaba inútilmente el Sol por rozar las formas humanas que, sentadas en semicírculo, engullían los sándwiches que, unas tres horas antes, habíales preparado la maternal Mme. Faure, dueña de la casa de huéspedes de Maureillas; la misma Mme. Faure que, siete años atrás, les había presentado a la afectuosa Colette Marlot  née Colette Durruti—  la hija del célebre anarquista herido de muerte en la Ciudad Universitaria de Madrid el 19 de noviembre de 1936 y fallecido al día siguiente.


Pueblan los sueños el bosque de alcornoques que declina hacia Maureillas-Las Illas; se acallan las conversaciones y sólo los pájaros amenizan, con su locuacidad cantarina, el manso sesteo vigilado por los insectos.

Revolotea el sopor en los ojos entornados de los onironautas que, recostados contra las mochilas, se dejan acunar por el mismo aire humedecido que bambolea las copas aparasoladas de los árboles.

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«Puente (de) Tablas»: Archivo personal

 

Desciende el errabundo urbano la angosta rúa que guía, en respetable plano inclinado, los pasos apretados, extramuros, hasta la orilla izquierda del canalizado, ensuciado y, a ratos, maloliente Isuela. Paralela al río, en manso recorrido bordeado de césped, la vieja acequia árabe de Almériz que, durante cientos de años, propició las fértiles huertas ribereñas  —iniciadas por los moriscos—  hoy transformadas en Campus Universitario y donde crecen, jóvenes y maduras, las especies arbóreas que arrullaron siglos de miradas: Membrilleros, granados, olivos, algarrobos, álamos, sauces, higueras, almeces…

Más allá, uniendo los dos adarves que encajonan las encenegadas aguas del río Isuela, la pasarela. El Puente (de) Tablas, pulidos sus barandales herrumbrosos, renovado el firme podrido; recolocado no lejos de su asentamiento primitivo, donde lo vislumbrara y pintara al óleo, a principios del siglo XX, el exquisito y desdichadamente olvidado Félix Lafuente, amigo y maestro de Ramón Acín. Y al otro lado del histórico puente, reinando en la rotonda que circunvalan obligatoriamente los vehículos ahuyentados por la peatonalización del centro de la ciudad, el conjunto escultórico dedicado a Lucas Mallada.

Lucas Mallada, geólogo paleontólogo. Ilustre y con tal animadversión por la notoriedad que no sólo declinó ocupar un ministerio y la alcaldía madrileña sino que pidió a los suyos que, a su muerte, los funerales se celebraran en la intimidad familiar.

Lucas Mallada, amigo de Costa. Influyente, apreciado en su época y, en idéntica proporción, desconocido hoy, de tal manera que «si preguntamos a cualquier estudiante de Huesca o Zaragoza por Lucas Mallada, le pondríamos en un aprieto. ¿Quién fue Lucas Mallada? Pocos le conocen. Sin embargo, fue el pionero de la geología moderna española y el precursor del renacer científico y regeneracionista de finales del XIX»[1]

 

En 1925, a unos cientos de metros de la rotonda donde la ciudad de Huesca le rinde hoy tributo, se inauguraba la primera obra escultórica dedicada a Mallada. Era la prístina creación por encargo del maestro entre maestros, Ramón Acín, que labró en el frontal de la piedra arenisca sus sentimientos hacia el homenajeado: A Lucas Mallada, sabio geólogo. Huesca, su patria.

Décadas después, la obra de Acín se instalaría definitivamente en el parque, al otro lado de la ciudad, en un rincón discreto, tanto que, durante años, fue la zona donde se concentraban los estudiantes del entonces único instituto de Huesca cuando hacían novillos. Algunos repararon en el cincelado rostro representado en bronce; pocos, más curiosos o desocupados, en su nombre. Ninguno en la desvaída firma del artista libertario oscense fusilado.

 

Retoma el errabundo urbano el puente y el camino de tierra junto a la acequia de Almériz. Asciende, ágil, a la travesía donde desfallece la muralla romano-musulmana. Se detiene y torna el rostro hacia el Campus y el río. Hacia el norte de la sierra y los montes pirenaicos recubiertos de nieve. Aspira los aromas húmedos que se desprenden del soto mezclados con el aliento del asfalto. Y luego continúa hasta perderse entre las callejuelas inclinadas del Casco Viejo.


NOTA

[1] Javier Gómez, en al artículo titulado: Lucas Mallada, el geólogo que intentó reformar España.

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«Almendrera con la nieve de Guara al fondo»: Archivo personal


Alzan los inocentes almendros sus viejas ramas trajeadas de primavera a los limpios azules de la atmósfera radiante y despejada de cirros errabundos.

Deambula, galbanoso, el cierzo ligeramente entibiado entre la urdimbre sedosa de tímidas pentapétalas ajenas al invierno insumiso que, desde la cúspide nívea del tozal soberano, organiza los restos de su tropa de escarcha.

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«Caminaba yo con dos amigos por la carretera, entonces se puso el sol; de repente, el cielo se volvió rojo como la sangre. Me detuve, me apoyé en la valla, indeciblemente cansado; lenguas de fuego y sangre se extendían sobre el fiordo negro azulado. Mis amigos siguieron caminando mientras yo me quedaba atrás temblando de miedo, y sentí el grito enorme, infinito, de la naturaleza.»Edvard Munch.


…y aúlla…


Cuando la longitud de las modernas grúas compite con la majestuosa alzada de las cumbres. Cuando la hondonada que oficiaba de cabañera se transforma en vertedero incontrolado. Cuando la fauna silvestre yace, cual fúnebres mojones inanimados, a lo largo de la carretera. Cuando una aberrante alfombra renegrida sustituye los bosques de coníferas. Cuando se le conquista orilla al anciano cauce de aguas apacibles. Cuando entre la especulación y el sentimiento bucólico no hay un equilibrio razonable.


…y se defiende.


Rugió el cierzo y lanzaron los cirros hirientes navajas acuosas. Tronaron los promontorios pétreos y rasgáronse sus costurones de hielo.

…y resiguió el líquido brutal las ancestrales huellas invadidas por el factor humano.

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«Cerezos en flor bajo la Sierra Caballera»: Santiago Castilla


Sin mudar color, descarga el cielo cuatro goterones que se estampan, ovalados, contra los pedruscos dispersos de la trocha que lleva hasta los cerezos en flor. Las mujeres no aceleran el ritmo de la suave marcha y la lluvia, ahora refinada, les roza los cuerpos acalorados que descienden, indolentes, hacia el camino, con la Sierra Caballera a la espalda.

Cerca de dos horas y media tardan, todavía, en llegar a la restaurada Caseta de los Pobres[1]. En las alturas, un esbozo de arco iris  uno de cuyos extremos parece anudado al lejano pico de Gratal  se proyecta, tenue y descolorido, hacia la alberca de Alboré, en una lejanía de llanos verdes salpicados de bojedales, erizones, amapolas y madreselvas que bordean el camino de Lupiñén compitiendo con el señorial balcón florido desde donde ella, sonriente, saluda a las sudorosas andariegas que, alargando, ahora sí, sus zancadas, arriban hasta el portalón y lo traspasan con el cansancio pellizcándoles las desnudas pantorrillas.


NOTA

[1] Pequeña edificación de unos 8 metros cuadrados en forma de iglú que en el siglo XIX y principios del siglo XX servía de refugio a vagabundos y buhoneros.

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