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Posts Tagged ‘Sancho el Mayor’

«El lugar del crimen»: Archivo personal

 

Sancho III, llamado el Mayor y el Grande, ha pasado a la posteridad como el más excelso de los reyes peninsulares de la primera mitad del siglo XI. Fue rey de Nájera-Pamplona y parte de León, teniendo bajo su feudo los condados de Aragón, Castilla, Astorga, Cea, Ribagorza y Sobrarbe, en una época en la que, de Tarifa a las estribaciones pirenaicas, buena parte de la península Ibérica se hallaba bajo dominio musulmán, pese a estar disgregándose el Califato de Córdoba en taifas [MAPA PENINSULAR. EN VERDE, LA HISPANIA ÁRABE].

Sancho III de Pamplona, que abrió el camino para que los condados de Aragón y Castilla se convirtieran en reinos, falleció en 1035, dividiendo sus posesiones entre todos sus hijos. Pero no son estos quienes nos interesan, sino su progenie, los nietos de Sancho III, así que daremos un salto en el tiempo para viajar al año 1076, cuando Sancho IV era rey titular de Pamplona; Alfonso VI, de Castilla y León  y  Sancho Ramírez, de Aragón. Todos ellos primos hermanos.

Parece ser que los nobles navarros acusaban al monarca pamplonés Sancho IV de una pésima gestión del reino, por no lanzar a su ejército contra los musulmanes y así generar nuevas tierras y botines compensatorios a los señores que sustentaban el reino de Pamplona, además de criticar al soberano por entregarse más a la caza que a sus obligaciones. Sean o no ciertas las acusaciones contra el rey, porque las verdades y mentiras de los protagonistas de la historia las escriben los supervivientes, se puso en marcha una conspiración para acabar con la vida y el reinado de Sancho IV de Pamplona.

El 4 de junio de 1076, Raimundo y Ermesinda, hermano y hermana del monarca, organizaron para aquel una jornada de caza en Peñalén, un espolón rocoso de Navarra donde la nobleza hacía exhibiciones de cetrería. Llevado Sancho IV, con engaños, hacia lo alto del barranco, que en la actualidad tiene una caída de 392 metros, fue empujado al abismo por Raimundo que, a continuación, regresó a Pamplona a cobrar su recompensa: el reino. Pero nada obtuvo y, sospechando que a sus cómplices les interesaba su muerte, huyó a la vecina taifa de Saraqusta/Zaragoza, buscando el amparo del todopoderoso Al-Muqtadir, que le donó tierras y lo protegió hasta su muerte.

Pese a que el asesinado Sancho IV tenía hijos varones que aseguraban la sucesión, la nobleza navarra se escudó en la niñez del primogénito y ofreció el trono de Pamplona a Sancho Ramírez de Aragón. Alfonso VI de Castilla y León, visto lo conseguido por el primo aragonés, se anexionó el señorío de Vizcaya, Álava, parte de Guipúzcoa y La Rioja. Un buen botín para ambos, quienes, aunque la historia no los señala como copartícipes en la conjura, es probable que estuvieran al tanto de ella.

Y así fue como los monarcas aragoneses Sancho Ramírez, Pedro I y Alfonso I el Batallador reinaron, también, sucesivamente, en Pamplona hasta 1134, cuando murió, sin descendencia, el último de los mencionados. Al ser leído el pergamino que contenía su testamento y descubrirse que Alfonso I el Batallador había dejado en herencia todos sus territorios a las Órdenes Militares de Tierra Santa, las noblezas navarra y aragonesa se negaron a acatar semejantes disposiciones testamentarias que suponían el fin de ambos reinos, de tal manera que en Aragón se eligió como rey a Ramiro II el Monje y en Pamplona, a García Ramírez el Restaurador. Y sin la menor discusión entre las partes, cada reino volvió a tener su propio monarca.

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«El senderista»: Archivo personal


En el somonte de la reverdecida estampa montuosa de la sierra de Leyre, se agolpan las aguas del embalse de Yesa, a las que mira —desde la balconada pétrea donde fue erigido— el milenario monasterio. Danzan los pies viajeros por los senderos de tierra reblandecida y tatuada de surcos en los que el persistente sirimiri deposita con paciencia los alfileres acuosos a los que el Sol, aún no batido, hace destellar como si de caprichosas vetas de plata se tratara.

El aire dulcemente húmedo trae aromas a tomillo y espliego que se expanden entre abetos, encinas, avellanos y arces montejos, protectores de las pequeñas colonias de orgullosos agaricales [FOTO] que brotan aquí y allá, arropados por un mantillo de hojarasca que recibe, esponjoso, la firme acometida de las pisadas humanas.

Ascienden los senderistas por la pendiente herbácea, bajo la vigilancia de un águila culebrera, tal vez desplazada desde su hábitat en las espectaculares foces serranas en las que las rapaces mantienen su cuartel general; a medio camino, le toman el relevo una pareja de águilas calzadas que desaparecen tras el farallón de dolomitas y calizas entre las que se abre el Paso del Oso [FOTO].

Se aposentan los andarines frente a la abertura natural que enmarca las tierras del valle del río Aragón, en el viejo y pequeño condado que el gran monarca navarro Sancho III el Mayor dejó en herencia a su hijo Ramiro y del que este fue rey —el primer rey de Aragón—. Y allí, en el Paso del Oso, donde Aragón y Navarra se abrazan, parece detenerse el tiempo para los caminantes, que aspiran y otean, almuerzan, callan, reposan y olvidan la hora como si, en su fuero interno, pretendieran emular a Virila, el santo abad medieval del monasterio de Leyre que, un día, salió a pasear por las inmediaciones del cenobio y, abstraído en sus reflexiones y en el canto de un esforzado ruiseñor, cuando regresó al monasterio habían transcurrido trescientos años.

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«Castillo abadía de Loarre»: Archivo personal


Una lanzada entre los ojos, a través de la abertura del yelmo, terminó con la vida y el reinado de Ramiro I, primer monarca de Aragón. El deceso está datado en la villa de Graus, el 8 de mayo de 1063 ó 1064, en plena batalla entre las tropas aragonesas y las del rey Al-Muqtadir de Saraqusta, que combatía contra el de Aragón con la ayuda del rey Fernando I, conde de Castilla y rey de León —hermano de Ramiro—, cuyo hijo, Sancho, se hallaba al frente del ejército castellanoleonés.

A Ramiro I de Aragón, la historiografía lo ha señalado como hijo ilegítimo de Sancho el Mayor de Navarra, condición que resaltan la mayoría de sus biógrafos. con la excepción, entre otros, de Antonio Durán Gudiol, que achaca a la animosidad castellana de la época y a las tensas relaciones fraternas de los hijos del rey navarro —que llegaron a enfrentarse en el campo de batalla en diversas ocasiones— la atribución de bastardía. Así, Durán Gudiol determina que Ramiro, nacido en 1020, fue el menor de los hijos varones del rey navarro Sancho el Mayor y su legítima esposa Munia de Castilla, mientras quienes defienden la ilegitimidad del aragonés dan como probable fecha de nacimiento el año 1006 y como madre a Sancha de Aibar, noble dama y amante del rey pamplonés antes de su matrimonio con Munia.

Francisco Bautista, estudioso de las Crónicas Najerense [*] y Silense, asevera que, amén de los pertinentes ajustes de cuentas castellano-leoneses con los reyes de Aragón, la supuesta ilegitimidad de Ramiro I suponía una circunstancia muy conveniente a las aspiraciones de Alfonso VII de León y Castilla que, como descendiente de Sancho el Mayor, pretendía hacerse con las tierras aragonesas que antaño habían formado parte de los feudos navarros, sobre todo, teniendo en cuenta que el rey aragonés —que también lo era de Pamplona— Alfonso el Batallador, nieto de Ramiro I, había muerto sin descendencia y había legado, en su testamento, sus feudos “a Dios, a Nuestro Señor Jesucristo y a todos sus santos. Y con buen ánimo y espontánea voluntad ofrezco a Dios, a la Virgen María de Pamplona y a San Salvador de Leyre, el castillo de Estella con toda la villa […], dono a Santa María de Nájera y a San Millán […], dono también a San Jaime de Galicia […], dono también a San Juan de la Peña […] y también para después de mi muerte dejo como heredero y sucesor mío al Sepulcro del Señor que está en Jerusalén […] todo esto lo hago para la salvación del alma de mi padre y de mi madre y la remisión de todos mis pecados y para merecer un lugar en la vida eterna…

Obviamente, los nobles aragoneses se apresuraron a incumplir tan estrambótico testamento y sería un hermano del Batallador quien ceñiría la corona, evitando cualquier posible reclamación castellano-leonesa. Habrían de transcurrir unos siglos hasta que una dinastía castellana, la de los Trastámara, sentara sus reales posaderas en el trono por el que tantos suspiraron.






NOTA

[*] La Crónica Najerense cuenta que a Ramiro, supuesto bastardo del rey Sancho, se le otorgaron las tierras aragonesas por su gallardía en la defensa de la virtud de la reina doña Munia, esposa de su padre, a quien sus propios hijos acusaron de adulterio:

“[…]Que hijo mas verdadero reparó la honra mía
Doyle el Reyno de Aragón para después de mi vida.
Luego el Rey hizo lo mismo porque muy bien le quería.
Assí fue Rey don Ramiro, por su bondad y valía
De los Reynos de Aragón, donde mucho lo querían[…]»

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