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Posts Tagged ‘Barrio’

«Festín»: Archivo personal


¿Qué sobras nos toca comer hoy?”, pregunta Jenabou con cierto retintín. “Nos terminaremos la sopa de pescado y lo que quedó del hojaldre de espinacas. Para mañana, aún tenemos cardo y ternasco”. El frigorífico, transformado en caja fuerte de todos los restos no engullidos en Nochebuena y Navidad, es un muestrario del desenfreno gastronómico de María Blanca, la vecina, que fue la anfitriona navideña —junto con el señor Paco, su marido— de Agnès Hummel, la señorita Valvanera, Étienne, la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio y la pequeña Jenabou. Siete comensales a la mesa, pero aunque hubieran sido veinte habría habido comida de sobra para completar con el excedente dos o tres fiambreras de más que mediana capacidad. La señorita Valvanera que, como buena montañesa, disfruta entonando estómagos ajenos, disculpaba la bacanal culinaria de la mujer por ser esa su manera, decía, de “darnos las gracias por compartir su mesa”, y tal vez no errara en su barrunto cuando hasta el circunspecto Paco, el marido de María Blanca, un hombre excesivamente callado, se explayó en la cena y la comida contando divertidas anécdotas de los diferentes puestos de la Guardia Civil donde prestó servicio y enseñándole trucos de magia con cartas a Jenabou que, tan encandilada como sincera, le soltó: “Tendrías que ser asi de majo siempre, Paco”.

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«Atalanta»: Archivo personal


Atalanta, la gata, se cuela, como tiene por costumbre, en casa de la señorita Valvanera; se dirige, sorteando cualquier reclamo humano, a la Alcoba de los Libros  que así llama la vieja maestra al cuarto que oficia de despacho/biblioteca  y se repantinga entre los cojines del banco corrido pintado en blanco roto que hay junto al ventanal, bajo cuyo asiento abatible —en el receptáculo interior coquetamente forrado con tela decorada con margaritas— guarda con celo la antigua maestra su colección de ediciones del Diccionario de la Lengua Española, siendo el ejemplar más antiguo de 1899.

Jenabou, que ha subido a por la gata, la reconviene con un “Jolines, Atalanta, sal de allí, que luego las regañinas de Mamz’elle y mamá me las llevo yo”, elevando exageradamente la voz para que la señorita Valvanera y sus visitas la escuchen desde el zaguán.

Atalanta es una superviviente. Hace seis meses, un colaborador del Proyecto Michinos que clasificaba residuos en el Punto Limpio de la localidad, la encontró hecha un ovillo en la carcasa de un microondas y se la llevó a la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio. Su estado era tan extremo  famélica, aletargada, con los ojos cubiertos de costras y el abdomen tumefacto—  que la veterinaria se planteó, incluso, si no sería más acertado y compasivo proceder a inyectarle una dosis terminal de pentobarbital sódico.

Superadas las dos primeras semanas críticas, el cuerpo de la gata fue respondiendo a la medicación y, cinco semanas después de su llegada, ya jugueteaba con Yaiza, la perra, y Kuro y Teruca, los otros felinos de la casa, que acogieron con afabilidad a su nueva compañera.

Jenabou, la hija de la veterinaria, que por aquellos días estaba leyendo la historia de Atalanta, en la versión de Gianni Rodari, sugirió dar el nombre de la heroína griega a aquella michina atigrada y luchadora que había vencido a la muerte.

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«Trees in mist / Árboles en la niebla»: Aztlek


Antes de que la boira tome posiciones en cada rincón del Barrio, se la ve, vestida de gallinazo [1], sobre la pardina Furtasantos [2], envolviendo las ruinas de piedra toba de la que un día fuera Casa Cucharero, junto a la peligrosa bajante [3] que desemboca en el río, escenario, tantos inviernos níveos, de trepidantes y prohibidos descensos —sobre sacos de plástico, a modo de trineos— que, en la mayoría de las ocasiones, terminaban con magulladuras y, de ciento a viento, alguna brecha o un hueso roto. El Gran Esbarizaculos [4], llamaba la chiquillería, con respeto, a tan atrayente como temida ladera. Fuera del alcance de las miradas adultas y contraviniendo cualquier proscripción, las criaturas se deslizaban boca abajo, entre punzadas de euforia y miedo, con el rostro congestionado y la lengua adherida al cielo del paladar, encaradas hacia la orilla del río, que parecía alzar unos imaginarios brazos pedregosos anunciando el batacazo; solo la pericia del ‘conductor’ y sus buenos reflejos para rodar hacia un lado segundos antes del ‘aterrizaje’, impedían que el divertimento tuviera consecuencias desastrosas.







NOTAS

[1] En aragonés, niebla calima.

[2] Id., Furtasantos significa, literalmente, “ladrón de santos”. Parece ser que el nombre de la pardina hace referencia a un pastor de Casa Cucharero que era natural de Javierrelatre, localidad cuyos habitantes reciben ese apodo. Según cuenta la leyenda, los vecinos de Javierrelatre querían llevar a su pueblo una imagen de la Virgen de los Ríos encontrada en un monte de la vecina localidad de Aquilué, pero cada vez que la cogían para llevársela, los aprendices de ladrones se dormían. La Virgen, naturalmente, se quedó en territorio de Aquilué, pero ello no evitó que los de Javierrelatre fueran llamados, a partir de entonces, furtasantos.

[3] Id., pendiente muy acentuada.

[4] Id., tobogán.

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«Brunch»: Archivo personal


En el jardín de la parte trasera del Mia-te tú suena, durante el almuerzo privado, Adolfo Celdrán. “¿Y esa música?”, se sorprende María Petra. “Gentileza de Mam’zelle [*]”, dice Arturo. “Nos trajo unos discos de vinilo por si nos parecía bien ponerlos. No le íbamos a decir que no”, explica Alberto, que, como la mayoría de integrantes del pequeño grupo que monopoliza el bar restaurante, fue alumno de la señorita Valvanera.

Miguel Hernández, Antonio Machado, León Felipe y Bertol(d)t Brecht, exquisitamente vivos en la voz de Celdrán, acompañan el puerro en tempura con relleno de gambas y el coulis frío de cangrejo de río; mientras, en la barra del interior, Arturo y Alberto preparan mojitos de granada ayudados por Étienne.

Al otro lado de la persiana metálica que protege la entrada principal del Mia-te tú, un cartel escrito a mano y colocado junto al hombro derecho de una repintada Betty Boop, reza: “Abrimos la terraza a las cinco”.





NOTA

[*] Apelativo que dan a la vieja maestra sus antiguos pupilos.

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«Patetas»: Archivo personal


Yace Patetas, el viejo diablo recién rescatado de las entrañas de la Estalabartería [1] del Ayuntamiento, en la mesa de trabajo del taller de Emil, que se ocupa de su restauración y puesta a punto. Diecisiete años estuvo arrinconado el tradicional cabezudo tras el fallecimiento de Antonier de [Casa] Puimedón, que lo devolvía a la vida cada treinta y uno de octubre en la procesión vespertina de Almetas [2] y Totones [3], entre las disimuladas sonrisas de jóvenes y adultos y el temeroso respeto de la chiquillería, que contemplaba, inquieta, al demonio vestido con largo sayal oscuro, con la amplia capucha enmarcando el brillante rostro colorado de ojos saltones y boca dentona. “Lleva una máscara porque si le vierais la cara que tiene debajo os moriríais del horror”, decían los mayores a los más pequeños. Y se explayaban detallando las características de aquel rostro oculto, sin párpados, nariz ni labios, con el mentón carcomido y las mejillas horadadas supurándole un maloliente y negruzco pus. Pese a la certeza infantil de estar asistiendo a una farsa —reconocían perfectamente en aquellos maliciosos espíritus procesionarios vestidos de blanco a sus jóvenes convecinos— siempre quedaba la duda sobre quién se hallaba bajo el satánico cabezudo, y ese desconocimiento les producía más pavor que si el mismo Belcebú ascendiera del Averno para pasearse, blandiendo la zurriaga, entre las tinieblas del pueblo. Fue la señorita Valvanera, la maestra, quien puso fin a las especulaciones llevando a la escuela el cabezón de Patetas y al propio Antonier de Puimedón, pero ello no impidió que cada treinta y uno de octubre regresara el ancestral recelo ante la presencia de la diabólica figura que, en la celebrada Noche de las Ánimas, guiaba a los espíritus perdularios hasta las inmediaciones del cementerio.





NOTAS

[1] En arag., un estalabarte es un armatoste, un cachivache; una estalabartería sería, figuradamente, el lugar donde se almacenan estalabartes.
[2] En el Alto Aragón, ánimas de los difuntos que fallecieron violentamente o dejando asuntos pendientes; se pasean, invisibles, entre los vivos y son tan queridas como temidas.
[3] Id., ánimas guardianas de los cementerios; al igual que el Coco, tienen fama de llevarse con ellos a niñas y niños que permanecen despiertos durante la noche.

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«Cae la noche»: Archivo personal


«Cierro los ojos, me impulso y vuelo«, decía ella sin levantar la vista del entramado de petit point donde la aguja y el hilo tatuaban marcas coloristas e indoloras.

Mirábala él desde el lado en penumbra de la sala de lectura —en el ángulo oscuro del salón becqueriano— donde se relega a los parroquianos que no forman parte del grupo de tejedoras, y la imaginaba al borde de la cama, preparando su cita con el sueño, apretados los párpados a la realidad circundante y rindiendo la tensión de las mejillas al sopor repentino.

Veíala él difuminarse en el estuco blanqueado de la alcoba para hacerse fugazmente visible en los aleros, donde combaten el frío los gorriones, y ascender hasta los espantabruxas asida a las esporádicas volutas de humo rezagado que el viento conduce hacia la sierra.

Adivinábala él entre los azarollos, jugando al escondite con los mochuelos, lechuzas y murciélagos que ejercen de maestros de ceremonia de los espíritus sonámbulos temporalmente evadidos de la esclavitud cotidiana.

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Digresión

«El hilo de Teruca»: Archivo personal


Miro a mi gato y me pregunto: ¿Cómo puede alguien en sus cabales llamarle irracional a esta criatura? Tiene unas razones claras para hacer todo lo que hace, y ha adquirido los conocimientos suficientes para convivir en un piso sin abandonar su condición de felino. Su capacidad de adaptación a los nuevos espacios, cada vez que viajamos, es muy superior a la mía. Analiza con mayor rapidez el nuevo lugar y llega enseguida a conclusiones solventes y definitivas. Desconfía y se previene lo justo, hasta que codifica el entorno y se ajusta a él. Cuando yo todavía no he empezado a deshacer la maleta, él ya se dispone a descansar un rato en el sitio que ha definido como suyo y que en verdad casi siempre lo es. El diccionario de la RAE define irracional como «que carece de razón», y especifica que, usado como sustantivo, es «el bruto, esencialmente distinto del hombre». ¿Tienen animales domésticos los académicos? ¿Les han mirado alguna vez a los ojos? Sé que han leído las brutales páginas protagonizadas por el ser humano en la Tierra, por eso me cuesta tanto que le atribuyan la denominación de brutos a los demás animales. ¿Hay alguien más bruto que nosotros, a juzgar por nuestra Historia? Hoy le he pedido perdón a mi gato. Racionalmente, claro.- Carlos G. Reigosa


…y en este tejado donde la atalaya se levanta, encarándose a la sierra legendaria que suaviza al bochorno y amansa al cierzo, dormitan, se relamen y deambulan los felinos —amalgama mestiza que trazó el pincel de los múltiples cruces— asomados a la oxidada balaustrada de los canalones pluviales, en observación permanente de gorriones despistados, hambrientos roedores y lagartijas somnolientas y anegados los oídos de las voces humanas familiares que ascienden hasta el otero transformándose en caricia o latigazo, llamada a la ternura o preludio de la huída. Y aun cuando enmudecieran hasta el fin de los tiempos las gargantas de quienes habitan las casas y transitan por las calles y se desmoronara la atalaya y se hundieran los muros que sostienen el tejado, mantendrían los gatos sus añejas costumbres, en asilvestrada armonía con la Madre Naturaleza.

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«La feria, de Ramón Acín»: Archivo personal


Por la mañana, subieron al camión las dos viejas narrias y el lagar pequeño del mosto. “Cuando los restauren, quedarán como nuevos… De exposición”, explicaba María Petra a quienes seguían con la mirada, chispeándoles los recuerdos de niñeces revenidas, el lento descenso del vehículo por el Camino de la Gravera. Quizás, en los recuerdos de aquellos adultos que habían alzado, con esfuerzo, las humildes pero emotivas piezas del pasado hasta la caja del camión, sonara la antigua despertada [*] de la vendimia que aún se entonaba, no sin chocarrería, treinta años atrás:

El rosario de por la mañana
es pa los pobres que no tienen pan,
que los ricos se están en la cama
rascándose a tripa de fartos qu’están
.


Un mes antes de la esperada Fiesteta de la Vendimia, los Foncillas repintaban de rojo los cajoncillos en cuyos toscos bancos laterales se asentaban, gozosos, niños y niñas; tiznaban de negro las pinas y radiales de las ruedas enjabonadas y cubrían con telas chillonas el estrecho pescante desde donde los niños más mayores y experimentados gobernaban las riendas de los dos sosegados y añosos caballos percherones que tiraban, con trotecillo pausado, de las narrias desde el Camino Viejo de los Huertos hasta la plaza y desde esta hasta los aledaños del frontón, donde, bajo una descolorida carpa que alguna vez fue del ejército, se celebraban la comida y la cena de hermandad. Y estaban, cómo no, las ansiadas ferietas, las dos o tres atracciones que montaba el señor Sada, el feriante, casi como un favor especial y sin gran beneficio económico —el uso y disfrute era gratuito para la chiquillería— en el pradillo de la Llaneta, más conocido como «de los Achuchones«, porque los fines de semana siempre había por allí uno o dos coches con parejas en el interior…

Bajo los soportales de la abadía se instalaban los dos lagares; el más pequeño estaba reservado a la grey infantil. Niñas y niños se introducían, por turnos, en la cuba para pisar, con alborozo, las olorosas uvas claras y degustar después, con muchos aspavientos, un pequeño trago del líquido resultante, acción que derivaba, invariablemente, en una letanía de ¡aj!, ¡puaj! y ¡qué asco! para divertimento de los espectadores. Cerca de las cubas hallábase el entarimado de los musicos —pronúnciese a la aragonesa, como palabra llana— y, en el lateral, una larga barra de bar que congregaba tanta feligresía que era un milagro encontrar un hueco libre en ella.

Con el paso de los años, la Fiesteta de la Vendimia fue despojándose de casi toda su parafernalia. Murieron los percherones y se inmovilizaron las narrias; se arrinconó la cuba infantil del mosto, se jubiló el entrañable feriante y se dejaron de contratar orquestas pachangueras. Quedó, como último retal del festejo, la cena popular sabatina de mediados de septiembre y se introdujo, como novedad, el recorrido por las catas que cada año programan las florecientes bodegas de la comarca… Tal vez con la recuperación de esos objetos de pretéritas vendimias festejadas se retome algún día la tradición y corran regueros de mosto por la plaza atestada y vuelvan a rodar, entre el jolgorio infantil, las sencillas y brillantes narrias ascendiendo por la calle Alta.


NOTA

[*] Dícese de la canción de aurora.

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«En el corazón del monte»: Archivo personal


Chicota, no m’encorras o ganau, que s’afogan os corderetes[*]. El vozarrón de Carmelo, el pastor, inunda el claro donde Jenabou retoza junto a los perros labradores y un par de crías del rebaño que pasa los rigores del estío en la zona más alta y fresca de la sierra, compartiendo pastos, por primera vez en muchas décadas, con parte de la yeguada de monte de los Foncillas. Carmelo es el último pastor profesional del Barrio; cincuentón, dicharachero y con un cacumen que contradice cualquier ósmosis genética de un dicho —nada generoso y muy arraigado en la localidad— que tiene como protagonista a su abuelo, también del oficio. «Ser más corto que Josetín Buera», es una máxima popular cuyos dicentes se cuidan de no dejar caer delante de los sucesores del cuitado, que más de alguna riña, y no solo de palabra, ha habido en el bar del Salón Social por lo que los Buera consideran, con toda la razón, burla y afrenta continuada. Se ve que el tal Josetín —a quien únicamente los más añosos habitantes del lugar llegaron a conocer, porque lleva cerca de sesenta años morando en el cementerio— era notorio por su escasez de luces y su ingenuidad y, como consecuencia, diana constante de las bromas —la mayoría pasadas de rosca— del mocerío, muy dado a incordiar, en manada y en cualquier tiempo, al débil. Únase a lo anterior que al cándido Josetín lo enredaron entre unos y otros para casarse con una muchacha de Zaragoza que, según proclamaba la sociedad falócrata, tenía “mucho recorrido” y se comprenderá el retintín local, tan propio de la época, en una comunidad cerrada cuya estrechez de miras se transformó en crueldad, labrando para las siguientes generaciones la frase de marras que aún en la actualidad se sigue utilizando de vez en cuando, siempre fuera del alcance de los oídos de Carmelo y allegados.


NOTA

[*] En aragonés, «Niña, no [persigas] hagas correr al ganado, que se asfixian los corderitos«.

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«Placeres»: Archivo personal


En el fresco y sobrio comedor del Mia-te tú se percibe un ligero toque a menta que lleva y trae Mariángel, recién incorporada al oficio, mientras sirve, en tres de las cuatro mesas ocupadas, los risottos de espinacas y guisantes que han seguido a las tartaletas de tomate rosa con cebolla dulce. Los bocados apagan las conversaciones veladas por los tapujos y se hace audible la música de jazz que, a bajo volumen, se expande desde los altavoces que penden sobre el antiguo y enorme aparador de madera de nogal rescatado de una casa señalada para el derribo. “Lo trajimos a pulso, entre todas, desde la placeta de arriba”, le explica la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio a maman Malika, que se ha levantado a tantear la consistencia del mueble, de gruesas y cortas patas, que ocupa el espacio entre los dos ventanales que dan al patio sombreado por una parra bajo la que dormitan dos perros de raza indefinida.


El Mia-te tú no nació con pretensiones de restaurante sino de bar de copas con horario de tarde-noche, con un pequeño escenario para actuaciones puntuales; fueron los tentempiés que Mª Ríos, hermana de uno de los socios, empezó a ofrecer a la clientela noctívaga los que, por su buena acogida, terminaron por encauzar el negocio, ampliándose el perímetro del local hasta la antigua vaquería de Casa Liesa, donde se construyó una cocina y el comedor. Para Mª Ríos, que trabajaba con pocos alicientes en una empresa de catering, fue la oportunidad de dedicarse, sin presiones, a la restauración.


Desde el otro lado del pasaplatos, Mª Ríos va alcanzando a la camarera las raciones de pimientos del piquillo rellenos de soja texturizada y frutos secos, a cuyo disfrute se entregan los comensales; entretanto, los dos clientes de la mesa más alejada, finalizado el condumio, salen al jardín umbrío para acompañar con cigarrillos los cafés y licores. Suenan tres campanadas desde el reloj de la adyacente plaza de la Iglesia y se afanan los convidados en la tarta de panacota con helado de albahaca.

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