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Posts Tagged ‘Alto Aragón’

Se envalentona el invierno aun sobre las brasas guarecidas tras el majano artesanalmente convertido en murete burlador del cierzo. Chisporrotean los muñones de leña achicharrados en la noche lardera y lanzan ayes de humo que el viento embiste y acorrala contra las piedras pulidas de la Abadía, donde se parapetan los devoradores de longaniza que preludian el tiempo de Cuaresma.

Las manos desnudas del villanaje jaranero aprisionan las humildes tajadas del pan de moños donde reposan, resignados, los sabrosos palmos de longaniza y chorizo lacerados por las ascuas.

Gélido y ventoso día lardero.

Asomóse la Luna al vaivén continuo del río, acechada, desde la mágica masa boscosa que se yergue sobre la corriente, por las pupilas trasnochadoras de mochuelos, lechuzas, autillos y bobones.

 

¡Fuera, invierno, fuera!,
¡borina y fartera!

Carnaval trae cartas

de la Primavera.

Pasacarreras de Carnaval

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«Sinking»: Tony Scheuhammer


Toda mi vida, y ya llevo 26 añitos en este mundo, he estado escuchando en mi casa, en mi pueblo -Ayerbe-, en mi comarca, la misma protesta: ¡pantano no! Pero a pesar de esa sombra oscura que siempre ha rondado por este rincón de la Hoya de Huesca al que nosotros llamamos La Galliguera, mucha gente valiente ha sabido valorar el río como elemento natural y recurso económico, lanzándose a montar empresas y establecerse en esta zona.

Es un hecho bastante inusual en Aragón, donde la imagen típica de los pueblos pequeños es la de las personas mayores charlando al sol. En cambio, en estos pueblos -Biscarrués, Murillo de Gállego, Agüero, Erés, Riglos, Ayerbe, Santa Eulalia de Gállego, Morán, Concilio-, cada día hay más niños pequeños, y las plazas están más llenas de vida y alegría.

Muchos de mis amigos son jóvenes de otras provincias o países, que atraídos por el río han venido a trabajar y enamorados de la zona se han quedado formando su hogar y su familia. La vida de tanta gente que depende del río se ve amenazada. Nos llaman insolidarios si no les damos el agua que necesitan para sus cultivos. Pero yo contesto que somos supervivientes, como ellos, que hay otras alternativas y que habrá que escucharlas.- Lucía Cinto.

Aragón es uno de los pocos territorios del mundo desarrollado donde estamos dispuestos a inundar tierras, paisajes o lo que sea menester y a gastar enormes cantidades de dinero público e incluso privado con el inaudito fin de cultivar transgénicos. Es increíble”, escribía recientemente José Luis Trasobares en un artículo de acertado título  –Obsesión por los embalses-.

Pretender la devastación de una zona, el Reino de los Mallos, para glorificar los maizales monegrinos cuando con la construcción de balsas laterales se obtendrían los mismos resultados, es una propuesta, además de estúpida, desproporcionada y cara, asaz sospechosa si, como se pregona, sólo se desea la ampliación del regadío en las áridas tierras del llano. En cambio, si a la ingente necesidad de agua del maíz  -modificado o no genéticamente-  se le añaden los importante beneficios dinerarios derivados de la explotación hidroeléctrica, no es preciso hacer ningún malabarismo mental para comprender la principal razón del empecinamiento de los incansables aguadores de la Comunidad de Riegos del Alto Aragón por convertir el Prepirineo en una inmensa bañera de hormigón y vasos comunicantes con desembocadura en espurios propósitos.




Dicebamus hesterna die…

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«Sierra de Guara»: Patrick Boit


…cómo envidia la masa corpórea humana, anclada a la gravedad térrea,  los señoriales círculos del buitre leonado que engalana las crestas de las nubes con el atrayente trazado de su envergadura, planeando, ingrávido, sobre las piedras calizas esculpidas por el agua.

Contempla el tímido necrófago, con el hambre prendida del buche y la gorguera temblorosa,  la vida que se agita en la caprichosa orografía de la sierra lamida por la desenmascarada bravura de las aguas, donde las truchas se agazapan para ocultar sus cruentas intenciones a la infeliz colonia de tritones pirenaicos que dormitan, confiados, en la orilla.

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«The Order of the Silver Spoon”: Clay Bodvin


El último intento de la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio para evitarse la engorrosa faena de limpiar el cardo, plato principal y tradicional de la cena de Nochebuena, ha sido vano. “¿Qué pensará Presen si se entera?”, ha dicho la señorita Valvanera mientras guardaba, bien escondidos en la despensa, los cinco tarros de cardo envasado comprados por la veterinaria en un supermercado de la ciudad.

Los cardos del invernadero, cuidadosamente aporcados para obtener el color blanquecino de las nutritivas pencas, son el orgullo de la señora Presen, la dueña, que, amén de surtir a particulares y establecimientos de la comarca  -y aun de localidades alejadas-, atraídos por la calidad, el tamaño y el color de la hortaliza, disfruta reservando para la señorita Valvanera el mejor ejemplar de la cosecha, aquel que, según la textura de los prolongados peciolos, considera más tierno y jugoso. “Se llevaría un disgusto”, argumenta la vieja maestra, a quien la familia de la señora Presen suministra el cardo navideño desde principios de los años sesenta.


En el Barrio la Nochebuena sabe, sin excepción, a cardo con salsa de almendras y a empanadico de calabaza; entre uno y otro, el bacalao al ajoarriero, el besugo asado con longaniza, el ternasco con salsa de setas, el ternasco asado con patatas a lo pobre y otras exquisiteces, según los gustos, completan el festín de las familias.

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«Home sweet home»: Freshwater2006


Rutilan, bajo un sol esforzado pero apenas cálido, las diseminadas manchas níveas que maquillan, a brochazos desiguales, el rostro boscoso de la sierra. Y se llega el frío, disfrazado de domingo soleado, hasta la puerta del Salón Social, donde la ociosidad y el calor del fogaril lentifican el tiempo entre chácharas, bocados y hojas de periódico pasadas sin premura.

Las Tejedoras de la Asociación de Cultura Popular, van y vienen, vienen y van, entre las mesas, sirviendo chiretas y longaniza a la brasa a la siempre agradecida parroquia local y foránea.

Un grupo de vascos que tomaron el albergue el viernes por la tarde en alegre pero discreta procesión, observan con curiosidad los cuasi uniformes envoltorios humeantes dispuestos en una fuerte térrea y cuyo aroma a especias abraza al de los generosos trozos de longaniza. “Probad las chiretas (así se llaman) y luego os cuento de qué están hechas”, les dice la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio mientras reparte platos y vasos metálicos, cubiertos de plástico y servilletas de celulosa.

Cerca de los troncos que sirven de alimento al orgulloso fuego que templa el ambiente, una descolorida bandera de Aragón parece ejercer de guardiana de una rústica estantería donde, en apretado desorden, conviven el Diccionario Aragonés de Rafael Andolz, la Gramática Aragonesa de Francho Nagore, varios ejemplares de flora y fauna del Alto Aragón, la Vida de Pedro Saputo de Braulio Foz, A lueca de Chuana Coscujuela, cuatro o cinco libros de Fernando Lalana, la colección completa de novelas infantiles de Asun Velilla y diversos volúmenes de poemas en las diferentes variantes del aragonés.


En un lateral de la estantería, en dos hojas manuscritas amarilleadas por el tiempo y el humo y sujetas a las irregularidades de la madera por ocho chinchetas, todavía pueden leerse unos fragmentos del poema en cheso de Veremundo Méndez, Las flamas de lo fogaril:

 

[…]

Una nuey, recién cenáus,

mirando las flamas yeran,

prexinando cada cual

u pensando a su manera,

rodiando lo fogaril

toda una familia entera,

en aquella nuey d’ivierno

que l’ausín chiflaba fuera,

chelando a la nieu que empliba

los telláus y las carreras.

Yeran bien aposentáus

en dreita y zurda cadiera,

y, cara a cara lo fuego,

bellos en escamilletas

escuitando, que lo güelo

fablaba d’estas maneras:

– A mí, porque ya só viello,

muita vida no me queda;

pero a estos fogaríls

y polidas chamineras,

que por cientos las añadas

todas, u cuasi, las cuentan,

a morir son condenadas,

como yo, por estar viellas.

[…]

La vida que ve trayendo

con lo tiempo cosas nuevas,

fa aquí, como en otros puestos,

que muitas cosas se pierdan:

levan calzóns cuatro viellos,

ya se´n fueron las gorgueras,

rondas no’n sientes dinguna,

¡lo tañer ye una fatera!,

¿bailar la jota? ¡soniando!:

ixo, antis más, diz que feban.

Albadas y palotiáus,

romances y sobremesas

iz que cien años ta zaga

aqui’n lo lugar bi-n-heba.

[…]

Ya no tartié más lo güelo;

miré lo fuego que ardeba

y lo altas que puyaban

las flamas la nuey aquella.

Poco a poco se apagueron

como si s’hesen dau cuenta

de lo que d’ellas fablaba

y s’hesen muerto ¡de pena!


NOTA

Poema musicado por Pepe Lera e interpretado por el Grupo Val d’Echo.

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«Second-Hand Bling»: Clay Bodvin


Las guijarros artísticamente incrustados en la mesa del jardín relucen salpicados por la lluvia que también repiquetea, cual travieso duende de Otoño, en los cristales de la ventana del Cuarto de los Cataticos, donde cientos de figuritas y objetos de porcelana, cobre, plata, alpaca, cristal, piedra, madera, tejidos y arcilla, representando pastorcillos, damas dieciochescas, muebles diminutos, animales de todas las especies, ceniceros, platos, pipas, arcos y flechas, máscaras…, ornamentan muebles y paredes en ordenada, aunque aparentemente casual, disposición. Son los cataticos que dan nombre a la amplia pieza que oficia de recocina, comedor y salita de diario en la casa de la señorita Valvanera.

A través de la puerta abierta de la cocina penetra en el comedor emperifollado el aroma de la pierna de ternasco que se hornea mientras la antigua maestra y sus invitadas  -la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio y su hija-  avían la mesa para la comida.

En el vetusto tocadiscos un viejo vinilo de csárdás expande por la estancia sus sones in crescendo y las dos invitadas evolucionan por la habitación al ritmo de la música; la señorita Valvanera, con una fuente de apañijo en las manos, las contempla sonriente.

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Agüerro

«Autumn/Otoño»: Cristina Garrosa Navarro


…pasado el azud, donde las ramas de los árboles techan el camino con vivos y abrazados arcos desiguales, sisean las primeras hojas caídas bajo las patas vacilantes de Zaramandico, que regresa, entre airados rebuznos, de su abortada excursión al Saso. Escoltado por el señor Juan y la veterinaria  -que resoplan fatigados por las carrerillas a las que el milagroso vigor del animal les ha obligado-,  Zaramandico, con los ollares distendidos y los belfos temblorosos, cabecea molesto por el bozal de cuero que asen firmemente sus obstinados cancerberos.


…y al final de la bóveda sombría trenzada por el ramaje, los anémicos rayos de Sol se entretienen sobre las mechas pardas del suelo que, cual heraldos, anuncian la presencia ocre y húmeda del Otoño.

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«Tree of Life»: Stefano Menicagli


«Esta es la albada del viento. La albada del que se fue…»


A las ocho, el bar del Salón Social sirve los primeros desayunos al grupo de paseantas -así se las conoce-  que, como cada domingo, terminan frente a la barra  -donde tanto se esmera Josefo, el encargado-,  el recorrido pedestre iniciado dos horas antes por los alrededores del Barrio.

Junto a la parrilla del hogar, dos bandejas con rebanadas de pan frotadas con ajo y untadas con aceite, que compiten, en incitante prestancia, con una fuente de torrijas, son tomadas al asalto por las andariegas y el resto de madrugadores que, a intermitencias, van ocupando banquetas y mesas en rito dominical convertido, con el paso del tiempo, en tradición.

Esta madrugada se ha muerto Labordeta”, anuncia Josefo a quienes se incorporan al peculiar encuentro gastronómico.

Se escuchan las voces con el verbo apasionado. Decrecen. Desaparecen entre sorbos de café y pan masticado y engullido. Van y vienen mientras se vacían tazas, vasos y platos y se esparcen las migas sobre mesas y tarima.

Trastea Josefo en el equipo de música y suena   -más emotiva que nunca-   la Albada.

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Atardecer empíreo

«El jardín de las delicias»: Archivo personal


Cimbrea el viento dos bajeles agrisados que rozan con sus delicados cascos las redondeces de la vecina sierra y se reclina la tarde sobre la tibia languidez de los felinos.

Viene, tambaleándose, la noche por el camino del río.

Refulgen en el fogaril las brasas y el aroma de la carne levita entre la hiedra, el césped y las matas floridas.

Susurran las voces los últimos pretéritos compartidos y otean los gatos las figuras que desfilan, en indeseada despedida, por el jardín.

Cuando la noche alcanza el rosal que se recuesta contra el muro, las ocho mujeres  -sentimientos y estómagos henchidos-  desaparecen en el interior de la casa. Y en la atalaya del vergel se desperezan los félidos.

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"Iglesia de Tiermas"

«Iglesia de Tiermas»(pueblo fantasma): Bleras


El sábado, 14 de agosto de 2010, se publicaba en el BOE la Declaración de Impacto Ambiental para auspiciar el proyecto de recrecimiento del embalse de Yesa, tras tres años de supuesto estudio pormenorizado de los informes que desaconsejaban la ampliación del pantano y en los que se alertaba de las peligrosas consecuencias  -corrimientos de tierra, filtraciones, grietas, desbordamiento-  de la obra. Curiosamente, pese a dar el visto bueno al recrecimiento, el Ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino, a través de la Secretaría de Estado de Cambio Climático, dice declararse incompetente «para el análisis y valoración exhaustiva de riesgos sismológicos y de seguridad de la presa«, argumentando, con incomprensible ligereza, que, aunque puede haber un «aumento del riesgo de deslizamiento en laderas por la mayor capacidad del embalse«, los organismos técnicos consultados decidieron que no era «estrictamente necesario realizar un estudio particular de peligrosidad sísmica«.

El actual embalse de Yesa, que se nutre de las aguas del majestuoso río Aragón, fue inaugurado en 1960, anegó en su momentro 2.408 hectáreas de tierras de cultivo, amén de localidades, y afectó a más de 1500 personas.

La ampliación del embalse, de llevarse a cabo, como así parece deducirse de lo publicado en el BOE, supondrá la inundación de espacios protegidos, incluído algún tramo del Camino de Santiago, así como la deforestación de 1.100 hectáreas, afectando, también, a pueblos que se hallan dentro de su trazado. Añádase que el presupuesto  para tan demencial obra -inicialmente de 113’5 millones de euros, cuando se adjudicó en el año 2001-  ronda actualmente los 260 millones, cantidad que, obviamente, sufrirá modificaciones al alza conforme se vaya ejecutando semejante despropósito.


PESPUNTE DE CINISMO INSTITUCIONAL

Marcelino Iglesias Ricou, presidente del gobierno aragonés, obediente psoecialista que sueña, dicen, con ver recompensada su lealtad al partido con un cargo en Madrid y entusiasta aplaudidor del recrecimiento de Yesa  -que anega un tramo de la Ruta Jacobea en Aragón-, reivindicaba en febrero, ante los Príncipes de Asturias, que el Camino de Santiago  «no sólo da continuidad a una tradición que cuenta con más de diez siglos de antigüedad sino que también contribuye a crear futuro para nuestro pasado y hace de los territorios por los que discurre el camino un lugar habitable y deseado«.

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