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Sol d’ibierno

«Nieve y una alcantarilla»: Andrea Jara Saavedra


A media mañana llegan los almorzadores al bar del Salón Social; la mayoría pertenecen a la cuadrilla que participó ayer en las batidas de jabalí en el coto de la Pardina de Arriba. Olarieta y Josefo, los encargados del establecimiento, depositan en el expositor huevos benedictinos con salmón, palomas de ensaladilla rusa, paletillas de conejo a la brasa y cazuelitas con estofado de corzo y tortilla de miga con longaniza en salmorrejo, en atrayente festival aromático y visual que despeja cualquier atisbo de somnolencia.

En la galería semiabierta que ilumina, mas no calienta, el Sol de invierno, Agnès Hummel y la señorita Valvanera, literalmente pegadas a la tibia estufa de exterior, departen con Luis, el exmosén, recién llegado de México, que les describe el día a día, no siempre apacible, en Putla Villa de Guerrero, donde trabaja desde finales de julio. “Nunca había oído hablar de los triquis”, dice Agnès Hummel.

Llegan, desde el bar, los sones de los Ixo Rai! desgranando Un país. Suspira la señorita Valvanera y el gélido airecillo que recorre, implacable, la galería, se mezcla con la música y la voz de Luis hablando de triquis, nahuas, mixtecos y el Ejército Zapatista.

Las voces permanentes

Fachada de la Residencia de Niños (Huesca)



Él venía a dolerse de la vida y sus odios,
de la inútil batalla que los hombres urdían,
del feroz llamamiento de los cuerpos helados.

Él no pudo escapar del momento culpable,
como no pudo huir de sus voces escritas.

Casi siempre fue río; raras veces fue mar.
Se perdió por sus pasos entre las cordilleras,
aunque rozó los musgos de la orilla ensombrada
o la rugosa base de un árbol taciturno.

(De Término del aire.- Guillermo Gúdel).


Brilla el balón danzante en la tarde-noche iluminada por los focos en el espléndido campo de fútbol, en la trasera de la Antigua Residencia Provincial de Niños convertida en dependencia del Campus Universitario. Desde el pretil de la carretera del Trasmuro, con la doliente muralla de la vieja Huesca a la espalda, contemplan los escasos y abrigados espectadores las carreras y evoluciones de los contendientes. Más allá, entre la neblina, las mansas aguas del Isuela discurren, en silencio helado, hacia el oeste de la ciudad.

La niebla se cierne sobre los pisos superiores del antiguo orfanato. Tras sus consistentes muros ya no corretea el frío ni se ceba en los cuerpecitos durmientes de los hospicianos ni acallan las monjas, algunas inmisericordes, los llantos sofocados de los más pequeños, tristes sinfonías que invadieron las noches de Guillermo Gúdel y que él, en su vejez, recordaría como si el tiempo transcurrido desde su condición de asilado no hubiera atemperado aquellos nocturnos de desdichas.
Guillermo Gúdel. Poeta. Hombre bueno. Tristeza perenne.


Nació Guillermo Gúdel Martí el 21 de febrero de 1919 en Coscojuela de Fantoba (Huesca), a los pies de la aldea romana de Monte Cillas, paraíso arqueológico entre almendros, vides, frisos y estelas funerarias; agreste paisaje de sueños y poemas. Con tan solo ocho años se quedó sin padre, y la madre, con seis hijos a su cargo y la mente desquiciada, huyó sin rumbo llevándose al pequeño Guillermo y a otros dos hijos, a los que abandonó en Barbastro. Guillermo y sus dos hermanos fueron internados en la Residencia Provincial de Niños de Huesca, donde el poeta pasaría los siguientes nueve años. En Huesca aprendió el oficio de impresor, que sería su sustento en los años venideros.

El estallido de la guerra (in)civil acentuó todavía más ese sentimiento de desdicha que acompañaría su devenir hasta el final. La caída de una bomba en el orfanato, que causó muchas víctimas entre los pequeños allí cobijados, hizo que las autoridades de la ciudad  en manos de los nacionales—  enviaran a algunos huérfanos al Hogar Pignatelli de Zaragoza; entre ellos a Guillermo. En las mismas fechas fue fusilado su íntimo amigo Blasito Montull, también hospiciano, de 16 años, acusado de ser un enlace de las tropas republicanas que asediaban Huesca.

En Zaragoza, sin lograr sobreponerse a los horrores vividos, continuó trabajando de impresor hasta que, en 1938, fue movilizado por los sublevados y enviado al frente de Teruel. Esta circunstancia acentuó el dolor de Guillermo, cuyo hermano había huido de la residencia de Huesca para unirse al ejército republicano. Habrían de pasar casi cuarenta años hasta que Guillermo Gúdel y su hermano  exiliado en Toulouse—  se reencontraran.

Terminada la guerra, Guillermo retomó la poesía y su oficio y se sumergió en la vida cultural zaragozana.

En 1959 publica sus primeros poemas y participa en las tertulias del Café Niké Parnaso de los poetas zaragozanos—  y, unos años más tarde, dirige la revista Poemas; en esta y otras revistas literarias dará a conocer su obra, donde refleja su filosofía existencialista perlada de sentimientos trágicos y alegrías efímeras que van forjando al ser humano en un entorno no siempre elegido ni asumible.

A lo largo de su vida publicó cerca de cuarenta obras que, en su mayor parte, financió, editó y distribuyó él mismo, dejando incluso una suma de dinero para que, tras su muerte, sus albaceas testamentarios publicaran sus poemas inéditos.


Guillermo Gúdel Martí falleció en Zaragoza, el 10 de abril de 2001. Quienes lo conocieron dicen de él que fue un hombre discreto, callado, pausado y bondadoso que hizo de la poesía su forma de vida.





ANEXO

Eudemonía

«Chester cathedral garden»: Barbara Ainscough


A las doce y diez, en el único descanso desde las ocho de la mañana, Abzeta llega  con sus dos manzanas diminutas comprimidas en la bolsa hermética—  al espacio que, con generosidad y cierta sorna, el personal llama Corner Lunch. Un hornillo, una cafetera, un microondas y un dispensador de agua. Cinco mesas de baratillo con cuatro sillas en cada una donde ya se han instalado las empleadas de la planta baja y dos de los tres de seguridad. En el exterior, al otro lado de la cristalera que ocupa tres cuartos de pared, desafían al frío los trabajadores del laboratorio sentados en el bordillo que delimita el perímetro de césped, con los tuppers sobre las rodillas. Verduritas asadas. Sandwiches de pollo recién calentados en el microondas. Vasitos de caldo que se enfrían antes del tercer sorbo. Abzeta contempla al grupo desde su cálido rincón. Pa Demba, su hermano, con su bata blanca recién estrenada bajo la cazadora, la saluda con un rápido movimiento de cabeza.

A las cinco menos cuarto los viajeros empequeñecen el autobús que une Flint con Chester. Fatoumata, la conductora de origen gambiano, recibe con gesto hosco a Abzeta, Pa Demba y las dos españolas que abordan el transporte con casi cuatro minutos de retraso. “Es la última vez que espero”, dice, muy seria. “Hemos quedado en la brasserie para cenar. A las seis y media”, le susurra Pa Demba.


[…]


El húmedo frío de Chester se acopla a los rostros descubiertos e introduce en las fosas nasales aromas a bosque con un lejano toque marino entre danzas de nubes que deambulan por los dos kilómetros de antiquísima muralla, acarician los tejados colorados de las viviendas, lamen la peculiar arquitectura medieval con decoración victoriana de los Rows y descienden hasta el río Dee y los canales para rozar las estructuras decoloradas de las barcazas. Marchan, después, mullidas, hasta el Puente de Grovesnor y derivan hacia el lado sur del río, donde los romanos, que hicieron de Chester su castrum, dedicaron a la diosa Minerva un pequeño templo.

Una nube pequeña y barrigona se queda rezagada, tal vez contemplando a los esperanzados turistas que recrean la tradición de bajar y subir  dos veces y sin respirar—  los Escalones de los Deseos de la muralla para hacer realidad sueños imposibles.

Aléjanse las nubes y fenece la tarde alrededor del reloj de la Puerta del Este. Las luces de la ciudad guían a los despreocupados viandantes de bufandas y gorros coloristas por el devenir mundano que circunda el pétreo silencio de la catedral. Abzeta, Pa Demba y las dos españolas se reúnen con Fatoumata en el restaurante. El frío se arrellana en los escalones de la entrada, en paciente espera.

Días de infancia I

«All the Time in the World»: Rick Borstelman



Entre los innumerables objetos que habitan muebles y paredes del Cuarto de los Cataticos de la señorita Valvanera, hay una única fotografía; en blanco y negro y enmarcada en madera entintada en azul celeste con passepartout de nubes diminutas. Desde ella, sonríen, minúsculas al pie de la peña de arenisca conocida como el Torrollón, María Petra de [Casa] O Galán y la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio. Nueve años las dos. Los brazos entrelazados sobre los hombros y los ojos fijos en el objetivo del señor Anselmo, el improvisado retratista.

¿Nos haces una foto para regalársela a mam’zelle Valvanera?”, le habían demandado, con pose lastimera, al viejo anarquista. “Como no pinte la cámara…” “Mira, monsieur Lussot nos ha dejado la suya”. Y le mostraron una de las Leicas del itinerante fotoperiodista francés. “Sabía que mentían”, le contaría después el señor Anselmo a la señorita Valvanera. “Las jodidas crías le habían birlado una de las preciadas cámaras al remilgado ese…, así que les hice la fotografía como bien pude, al tuntún, y les dije que yo le devolvería la cámara fotográfica a Lussot… Si les hubiera visto usted las caras… Pero lo peor fue cómo se puso el francés cuando le dije que yo le había tomado prestada la cámara para hacerles una foto a las niñas y regalársela a usted… Me llamó ladrón y me amenazó con dar parte a la guardia civil… No le diga usted que fueron las pequeñas, ande, que no sabe cómo estoy disfrutando con las miradas que me lanza ese pazguato”.

No fue la señorita Valvanera sino las dos niñas quienes, inducidas por ella, fueron a Casa Berches, donde se alojaba monsieur Lussot, a contarle, entre lágrimas, cómo habían entrado, a hurtadillas, en su habitación para coger una de las cámaras, “que pensábamos dejar otra vez en su sitio, de verdad”. Él, conteniendo la ira, sólo acertó a preguntar: “¿Y por qué no me pedisteis a mí que os la hiciera?” “Porque usted sólo retrata paisajes y bichos”, le respondió, compungida, María Petra.

Unas semanas después de la marcha del Barrio de monsieur Lussot, la señorita Valvanera recibió un paquete con la fotografía ya enmarcada y una nota que ella todavía mantiene adherida en el reverso del marco: «De parte de sus traviesas alumnas». Por las mismas fechas, el señor Anselmo fue el destinatario de una carta del mismo remitente. Jamás se supo su contenido, pero en las sucesivas estancias de monsieur Lussot en el Barrio, él y el señor Anselmo compartieron muchos momentos en el bar del Salón Social.

Outcome

«One-Pointed Mind»: Dave Hennessy


«Me llamo Benjamín Serra, tengo dos carreras y un máster y limpio WCs. No, no es broma. Lo hago para pagar el alquiler de mi habitación en Londres.

Trabajo en una famosa cadena de cafeterías en el Reino Unido desde mayo. Y después de cinco meses trabajando allí, hoy, por primera vez, me he visto desde fuera. Me he visto limpiando los aseos. Mi pensamiento ha sido: «Soy Premio Extraordinario de Fin de Carrera en mis dos titulaciones y limpio la MIERDA de otros en un país que no es el mio«. Bueno, también hago cafés, recojo las mesas y friego las tazas.

Y no me avergüenza hacerlo. Limpiar es un trabajo muy digno. Lo que me avergüenza es tener que hacerlo porque nadie me ha dado una oportunidad en España. Como yo hay muchos españoles, sobre todo en Londres. «Sois una plaga«, me dijeron una vez aquí. Y no nos engañemos. No somos jóvenes de aventura para aprender el idioma y vivir nuevas experiencias. Somos INMIGRANTES.

Yo siempre he sido muy orgulloso, no lo voy a negar. Los que me conocéis, lo sabéis. Y me revienta tener que sonreír a algunos clientes que te miran por encima del hombro por el simple hecho de ser barista (aquí lo llaman así). Hay algunos impresentables a los que me entran ganas de sacar mis títulos universitarios y de máster y ponérselos en la cara. Pero realmente no serviría de nada. Parece ser que esos títulos sólo sirven ahora mismo para limpiar la MIERDA que limpio yo en los aseos de la cafetería. Una lástima.

Yo creía que merecía algo mejor después de tanto esfuerzo en mi vida académica. Parece ser que me equivocaba.»


Si ya lo decía en julio del año pasado el exultante ministro Wert, atiborrado de sí mismo:  «El hecho de que haya jóvenes con capacidad y voluntad de movilidad, que dominen idiomas extranjeros, que tengan la voluntad de salir fuera, que quieran ensanchar sus horizontes profesionales, nunca puede considerarse un fenómeno negativo«. Titulémonos, pues. Y emigremos. Todavía quedan en Europa suficientes letrinas para audaces.

Oficio de baldragas

«10 de agosto»: Pablo Segura


Mientras el Partido Popular de Aragón realzaba su soberbia y actualizaba el ropero de las solemnidades para el magno acontecimiento universitario del 23 de septiembre, el Rector Magnífico de la Universidad de Zaragoza, con la lealtad institucional comprimiéndole el esternón, removía en su caldero de alquimista la pócima fantástica donde desleír su propia cobardía:


«La Universidad de Zaragoza estima oportuno aclarar algunos extremos en relación con la suspensión del acto de apertura del curso universitario.

La decisión ha sido adoptada desde la más estricta lealtad institucional con el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte y con la Jefatura del Estado, con los que ha trabajado en todo momento en los aspectos de organización y seguridad del acto. La información sobre las alteraciones que se podían producir en la Sala Paraninfo era conocida por el Ministerio, al que se le comunicaron con detalle las circunstancias. Con él se mantuvo un dialogo fluido y con su asentimiento se decidió la suspensión del acto, puesto que la iniciativa tenía que surgir de la Universidad de Zaragoza que era la anfitriona y conocía las cuestiones concretas que podían afectar al acto académico.

Esta decisión fue adoptada con el convencimiento de todas las partes de que el desarrollo normal del acto y el respeto a la Jefatura del Estado debían ser puntos esenciales del mismo y que podían verse dañados con incidentes.

La Universidad de Zaragoza se ha caracterizado a lo largo de su historia por el respeto a las instituciones legítimamente establecidas. Forma parte de su esencia. Conjuntamente con ellas la Universidad procura crear y mantener un marco de lealtad mutua que es la mejor imagen que se puede dar de Aragón. Así ha actuado siempre y así seguirá haciéndolo en el ejercicio de su autoridad y en el ámbito de su capacidad de decisión.

Merecen nuestra reprobación quienes se alejan de esa línea de respeto y con su actitud causan daño a las instituciones y, en particular, a nuestra Universidad.

El Rectorado no desea realizar más declaraciones sobre esta cuestión, ya que en todo momento su postura ha sido la de colaborar con lealtad para evitar conflictos. Otra cosa no haría sino prolongar un debate que a nadie beneficiaría.»[*]


No encontrará el lenguaraz ministro mejores manos para calentarle las calzas ni el barbado heredero Borbón cortesano con mayor disposición a lamerle los botines —y aun la principesca ranura de sus posaderas— ni la Universidad de Zaragoza dirigente más entregado a deslegitimar a estudiantes, profesorado, colectivos y particulares desafectos a la innoble doctrina de doblar el espinazo y enmudecer ante quienes pretenden convertir la Enseñanza Pública en estrato baldío.


NOTA

[*] Declaración institucional sobre la suspensión del acto de apertura del curso universitario.

Undercurrents

«Futuro»: Archivo personal


La tromba de agua comenzó a la hora elegida para hacer la pantxineta para la comida de despedida de Iliane. La lluvia golpeó con tal fuerza el Barrio que la tierra arcillosa, en ambas orillas del barranco, se desmoronó sobre el cauce y el agua, encabritada, bajó arrastrando el fango por la costanilla, atoró el alcantarillado e inundó las entradas y bajeras de las casas del bancal. Al día siguiente, con los restos del estropicio aún a la vista, las animadas Tejedoras[*] adecentaron los soportales de la trasera de la abadía, terminaron de levantar el entoldado lateral, todavía húmedo, y colocaron manteles de papel floreado sobre los tableros de contrachapado montados en caballetes.

A las dos de la tarde del domingo  con alguna nube sospechosa recorriendo cansinamente el cielo—  ocupó Iliane la presidencia de la mesa y, entre risas, parloteo y conjeturas sobre la meteorología inmediata, se sirvieron champiñones rellenos con jamón, queso y nata, seguidos de ajoarriero con gambas y generosas raciones de la colosal pantxineta elaborada el día anterior y ligeramente recalentada. “Mañana me despido otra vez. Y al día siguiente y al otro….”, decía Iliane, agradecida y gozosa, mientras, entre cafés y licores, abría los regalos de los veinte años que cumplirá camino de Llangollen, en una aventura de prácticas laborales que la alejará del Barrio y de su querida Pamplona durante cuatro meses prorrogables.



[*] Nombre que reciben, en el Barrio, las componentes de la Asociación de Mujeres.

România Mare

«Biserica Sfânta Parascheva»: Attila Szűcs


Camelia Cristea, nacida en Tulcea (Rumanía), lleva dieciocho, de los veintiún años que tiene, residiendo en España. Habla un castellano con fuerte acento navarro y apenas conoce su idioma materno.

¿…Muzeul Inchisorii[1]?-, pregunta, silabeando, al primer viandante que el grupo de turistas hispanofranceses avista en el centro histórico de Sighet.


Sighetu Marmației —llamada popularmente Sighet— es la penúltima etapa de la ruta por la región de Maramureş, fronteriza con Hungría y Ucrania, donde la Rumanía profunda permanece suspendida en un tiempo sin tiempo, como en un inmenso escenario teatral de lo cotidiano por el que los visitantes se mueven, admirados. El elenco rural finge que permanece absorto en sus quehaceres mientras observa, de refilón, a los intrusos detenerse ante las pintorescas casas de madera, palpar los trabajosos tejidos bordados por las mujeres, husmear los quesos expuestos al aire libre o fotografiarse junto a un caballo de pelaje castaño reluciente que tira de un carretón colmado de hierba, verdura y dos abolladas lecheras.

La antigua prisión, construida en 1897 y en funcionamiento hasta 1977”, explica el guía, en inglés, “fue reconvertida, en 1993, en Memorial de las Víctimas del Comunismo y la Resistencia”. Dos pisos. Celdas. Fotografías. Muros. Historias. En el patio carcelario, el Cortejo de los Mártires, tétrico conjunto escultórico que silencia y sobrecoge a los visitantes. Étienne murmura: “Se ha pasado varios pueblos llamando a Bratianu padre de la democracia rumana”. “¿Y quién era ese Bratianu?”, se interesa Ana. “Un puto fascista”.

Antes del mediodía ya se halla el grupo junto a la casa-museo de Elie Wiesel, donde el Premio Nobel residió hasta su deportación a Auschwitz, destino de todos los judíos de Sighet. El edificio permanece cerrado. “Dice esa señora que volvamos por la tarde, que estará ya abierto”, anuncia Camelia tras conversar con una mujer que acompaña a un grupo de excursionistas ucranianos.


El último día, antes de tomar el tren de regreso a Bucarest, un taxi colectivo traslada a los visitantes hasta el Cimitirul Vesel[2] del pueblo de Săpânţa, donde la muerte es arte, color e ironía. Bajo el cielo encapotado, turistas en tropel invaden el recinto funerario y se afanan por comprender con desigual resultado el significado, en ocasiones hilarante, de los epitafios que acompañan los dibujos tallados donde se resumen las vidas, las querencias y, en muchos casos, la forma de morir de los aldeanos.

Una suave lluvia motea, risueña y socarrona, tumbas y visitantes.




Dicebamus hesterna die…


[1] El museo de la prisión.
[2] Cementerio Alegre.

Stigmate

«A flor de piel»: Archivo personal


Sisea, monótono y bajo  muy bajo—  el artilugio mientras la aguja deposita los micropigmentos de aluminato de cobalto en gotitas que se abrazan en reguero infiltrado sobre la dermis.

En el lienzo de la carne una abstracción de bucles en forma de cornadura va siendo sombreada con certeros aguijonazos lacerantes que recorren el róseo recubrimiento del omóplato ahora azulado y enrojecido. La muchacha —sentada en un taburete tapizado de polipiel escamada, con el torso inclinado y la cabeza apoyada sobre un cojín ajedrezado dispuesto encima de un borriquete mullido— permanece callada y quieta, con los párpados entreabiertos. “¿Estás bien?”, le pregunta su acompañante. Ella arrastra un sí apenas audible y la aguja se detiene en la última curvatura del diseño.

«Tiempo de vivir, 1930»: Fotografía cedida


PROEMIO

Despierta el anciano de un sueño de segundos. Ladea la cabeza y sus ojos apagados se posan en el rostro ansioso que se inclina a depositar un beso, silencioso, tierno, en sus pómulos macilentos. “Hija…”, dice él. “Hija…”. Suspira, cierra los ojos, arrastra lentamente un brazo sobre la colcha, coge, tembloroso, la mano de ella y se deja llevar por el sopor de la morfina.


En el vestíbulo de la residencia se detiene ella a saludar a la vieja Esther, que charla con un hombre mayor no residente a quien presenta: “Es mi hermano Roentgen”. Esther y Roentgen Beltrán Bescós son hijos de L’Esquinazau y Teodora, la esposa represaliada que, junto a sus dos pequeños, sufrió prisión en el Seminario de Jaca, el fuerte Rapitán, el penal de Ondarreta y el Asilo de San José de San Sebastián, en una trashumancia carcelaria que duró hasta el 24 de junio de 1939.

¿Está mejor tu padre?”, se interesa Esther. Ella hace un gesto indefinible y, excusándose, se dirige, los ojos acuosos, al aparcamiento.


I

Desciende el viento, ligeramente fresco, por el perfil mágico de Peña Oroel y le retira a ella del rostro las tristezas húmedas. “Este paisaje reconforta”, comenta alguien a su lado.

Desfilan por el tanatorio viento y pésames vigilados por la pétrea mole ornamentada de verdes.


II

Bajo diez siglos de historia, entre pilastras cilíndricas agrisadas, arcos cruciformes y la bóveda de media esfera, la cristiana despedida.

Concéntranse deudos y allegados junto al yacente, en respetuoso silencio que se rompe a la salida del templo, bajo el crismón real custodiado por dos leones. Abrazos, condolencias, roces, despedidas.

Mira ella, serena, las figuras detenidas junto a la forja del pórtico y se lleva la mano al corazón. “Gracias por estar ahí”, musita.

Inicia el coche fúnebre el camino a la necrópolis que guarda los restos de ausencias entre rosales, mármoles, laudes y parterres.


III

Zigzaguea el viento desde la cresta somital de Peña Oroel en silente toque de difuntos.



José-Luis (1925-2013). In memoriam.