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Rememoración

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«El solitario banco del solanar»: Archivo personal


En el solanar cercado de aligustres que hay junto a la panadería de Otilia se levantaba, años ha, Casa Coscullano, llamada de los Zabazequias, por ser sus moradores, en régimen hereditario, los que, desde tiempos lejanos, controlaban el uso de las acequias comunales y regían los turnos de riego.

El último zabazequias de la casa ya desaparecida fue Tomasito, que ejerció el cargo cerca de cincuenta años. Dicen quienes lo trataron que era un hombre cabal pero tan bajo y esmirriado que, amén de no apearle del diminutivo del nombre ni en la lápida del nicho donde reposa desde mil novecientos setenta y uno, en las localidades vecinas  que acusaban injustamente al zabazequias de favorecer a sus convecinos del Barrio  lo apodaban O pedugo [1] Coscullano.

Tomasito era hijo entenado del anterior zabazequias, un hombretón que matrimonió, ya entrado en años, con una muchacha canaria, madre soltera, que servía en la casa de los Artero, los más ricos del Barrio. Cuentan que el zabazequias viejo quiso a Tomasito como si fuera de su propia sangre y se hacía acompañar por él en sus recorridos por los canales de riego para que aprendiera bien los quehaceres del cargo.

A la muerte de Tomasito, que no se casó ni tuvo descendencia, el Ayuntamiento convirtió en acequiero  que no en zabazequias, como así consta en el pliego correspondiente—  a un empleado municipal y el primitivo vocablo de origen árabe [2] cayó en desuso. Solo la casa  hoy un arbolado en la calle del Zierzo—  se mantuvo fiel a la antigua denominación: Casa de los Zabazequias.







NOTAS

[1] En aragonés, persona de corta estatura.
[2] Sahib al-saqiya, que significa guardián de la acequia.

Photo by Emily Rose (pexels)

Photo by Emily Rose (Pexels)


Crimen.
(Del lat. crimen).
1. m. Delito grave.
2. m. Acción indebida o reprensible.
3. m. Acción voluntaria de matar o herir gravemente a alguien.



En una pequeña ciudad aragonesa, a finales de los 60, un insigne intelectual y añoso catedrático de instituto que, en su mocedad, fue ferviente seguidor de la Gloriosa Cruzada, se refocilaba abrazando a sus pequeñas alumnas, sentándolas sobre sus rodillas, pasando sus manazas por las piernas de las niñas y “jugueteando” con el elástico de las braguitas mientras le decían la lección… Llevaba años haciéndolo hasta que el padre de una de las alumnas se presentó en el instituto. Nunca se supo de qué hablaron, pero al poco tiempo del encuentro las niñas salían a decir la lección distanciadas del profesor manoslargas.
Ni qué decir tiene que el laureado caballero  —entonces conocido como “viejo verde” porque el término pederasta se ignoraba—  era un catolicísimo prohombre que procesionaba, con fervor, en Semana Santa. Que su querencia por las niñas fuera pública  —todos lo sabían pero callaban—  no era un obstáculo para que se le considerara un hombre virtuoso y un intelectual de tronío.
Cuando murió, a los panegíricos que le dedicaron solo les faltaba una solicitud formal para que el Vaticano lo incluyera en el santoral.
– Comentario (nº 48, pag. 5) aparecido en la versión digital de El Periódico de Aragón, bajo la firma En otro tiempo, el día 30 de marzo de 2010.



—Esa historia la tenía olvidada. Cuando pasó tampoco era muy consciente de si lo que ocurría estaba bien o mal.

—Bueno… Bien, lo que se dice bien, sabíamos que no estaba.

—Y tampoco lo comentábamos tanto. Éramos unas crías de diez u once años.

—Éramos rematadamente tontas…. Tontas de matrícula de honor.

—Pues a mí el hombre me dio asco desde que lo vi  por primera vez. O eso es lo que me viene ahora a la cabeza.

—Era repulsivo… Repulsivo, viejo y literalmente baboso.

—Yo recuerdo el mal olor de su clase…

—…y la oscuridad que había en ese pasillo que debíamos recorrer. Era en la única asignatura que nos trasladábamos de aula.

—Desde la perspectiva de ahora, parece como si entonces, hace tantísimos años, todo estuviese preparado para facilitarle la tarea a aquel, a aquel…

—Facilitarle la tarea, no sé…. Pero nadie ignoraba lo que ocurría. Mi suegra, que estudió allí en los cincuenta, me comentó que hacía lo mismo con ellas, aunque las palpaba por encima de la ropa.

—Si entonces hubiéramos sabido lo que sabemos ahora…

—A mí nunca me llegó a sobar pero un par de veces que estuve  sentada en un pupitre de la esquina, en diagonal a él, veía sus manos debajo de la falda de la niña que había sacado a decir la lección.

—Yo, las tres o cuatro veces que salí, me quedé muda y me mandó al sitio.

—Pues yo sí recuerdo cómo me pasaba las manos por las piernas… hasta el muslo. Me decía: “¿Has estudiado mucho, corazón?

—¿Os acordáis que siempre había unas niñas que, por turnos, se quedaban con él a la hora del recreo?

—¿De nuestra clase…?

—De las dos clases. Las obligaba a ir para almorzar con él.

—¿Y alguna de ellas comentó qué ocurría durante esa media hora?

—No, que yo sepa. De eso ni se hablaba. Mejor no imaginarlo siquiera.

—¿Y a ti cómo se te ocurrió comentarlo en casa? Yo no lo hubiera hecho, en esa época, ni aun torturándome. Con lo pardilla que era entonces…

—Porque cuando noté que me metía los dedos por debajo de la braga me sentí… No sé si avergonzada… No sé cómo me sentí entonces exactamente. No sabría explicarlo. Pero yo también me quedé muda. Como tú… Y no creáis que se lo dije a mis padres por el magreo en sí, sino porque como no supe explicar la lección temía que me cateara… Así de estúpida  era entonces..

—Sólo éramos unas crías…. Unas crías que no entendíamos muy bien qué estaba pasando. Y él era el profesor.

—Lo sé. Lo sé. Pero me encorajina la simplicidad de mis diez años. Yo sólo quería justificar ante mis padres un posible suspenso. Por eso les conté que el profesor me había tocado ahí abajo… Al día siguiente, mi padre, en lugar de ir a trabajar, me llevó al instituto y habló con el director…

—Qué fuerte.

—Tuvieron que sujetarlo para que no le partiera la cara al catedrático y le dijeron que yo era una niña con mucha imaginación. Eso fue todo. Pero a partir de entonces ya no se me pidió que saliera a la tarima y mis exámenes de sobresaliente en su asignatura se convirtieron en un triste bien en la nota final de curso, así que fui la única perjudicada.

—Pero no volvió a tocar a nadie…

—Eso creo. Al curso siguiente tuvimos nuevo profesor, ¿os acordáis…?, y se zanjó el tema.

—Ya iba bien servido, ya. Años y años sin que nadie le estropeara la… diversión al reputado intelectual abusador.

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NOTA

Edición revisada de un artículo publicado en esta bitácora el día 3 de abril de 2010.

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«Los pedigüeños de la playa»: Archivo personal


La vieja Tarraco yergue sus preservadas y majestuosas ruinas ante las que se rinden, admirados, los visitantes este sábado luminoso y nada invernal, con el horario muy ajustado para comenzar la media maratón histórica y sin perder de vista el apacible Mediterráneo que, como en la antigüedad, acaricia la suave arenisca de la urbe que dio nombre a una de las más extensas provincias de la Hispania romana.

Aquí, en la cabecera de la Hispania Citerior Tarraconensis, con los ojos fijos en el graderío tallado en la roca y el olor a mar penetrando en los poros, uno imagina el Anfiteatro [FOTO] rebosante de público asistiendo al cruento espectáculo del martirio del obispo Fructuoso y los diáconos Eulogio y Augurio que, según la audioguía, fueron quemados vivos en la arena el 20 ó 21 de enero del año 259, en tiempos del emperador Valeriano, en el mismo escenario donde los habitantes de la ciudad ligada a los Escipiones disfrutaban, con parejo entusiasmo y separados según su estatus, de luchas entre gladiadores, cacerías y exhibiciones atléticas, protegidas en verano las testas de los asistentes de la molesta radiación solar por una inmensa carpa, el velum, que se desplegaba sobre el graderío para que las largas horas de esparcimiento no derivaran en insolación de la concurrencia.

Más allá de la arena del martirio, el Circo [FOTO], mandado construir por el emperador Domiciano, con buena parte de sus estructuras enterradas entre los cimientos de decadentes edificios decimonónicos, guarda el eco de las bigas y cuadrigas cuyos conductores se jugaban la integridad física en demenciales carreras que comenzaban una vez asomados los carros por las bocas de las bóvedas interiores [FOTO], laberínticos túneles que sostenían las gradas y que, según cuentan, se adentran varios kilómetros por el interior de la ciudad.

Cualquier plaza, paseo o calleja de la antaño llamada Colonia Iulia Urbs Triumphalis Tarraco guarda sus retazos romanos convivientes con establecimientos hosteleros y comerciales y viviendas que muestran porciones de los antiguos foros, torres y templos, desperdigados y, en muchos casos, transformados y apuntalados por los diversos pueblos que se asentaron en Tarragona tras la decadencia del Imperio. El Casco Viejo aún conserva mil cien metros de la pretérita muralla que expone muchos de sus lienzos bien conservados, vencedores del tiempo, del maltrato y la indiferencia, muestrario, con el resto de las edificaciones, de una época y unos constructores que quisieron renegar de lo efímero.

Entre visillos

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«Boira»: Archivo personal


Que viene la niebla.
Que viene y me toca.
Ay, que viene, que viene…
Que viene y me envuelve.
Me besa.
Me moja.
(Retahíla)


Emborronado el sendero que discurre en pendiente, se ocultan los árboles de la otra orilla bajo siete velos. A través de un caprichoso descosido en la ceguera blanca que sitia a los andarines, las siluetas distorsionadas de los farallones, apenas esbozados en la lejanía, señalan la frontera entre la trocha y las aguas calmas que fluyen, ribeteadas por fantasmagóricos gigantes pétreos, hacia el sur.

Caminan a tientas por la cornisa resbalosa de la cortada, braceando entre etéreas colgaduras que les engullen los cuerpos y los revisten de tonalidades plomizas. Conforme se acercan, o así lo estiman, a su destino, se desplazan, burlonas, las casas niebla adentro y la hora que, calculan, resta para avistar los contornos consabidos de las chimeneas de la calle Baja, se torna en dos.

Tommasso

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«Il signorino Tommasso»: Archivo personal


Tommasso, el gato de maman Malika, es un genuino signorino, amante de las exquisiteces culinarias envasadas de las que se nutre, relamido, mientras vigila al resto de los gatos de la casa que, tras olisquear el pienso que les ha puesto en los cuencos la veterinaria, se acercan al invitado esperando compartir algún bocado que Tommasso les niega y defiende. Cuenta maman Malika que Tommasso tiene pedigrí romano, descendiente de los felinos del barrio de Monti, como le explicó Selomit, una de sus sobrinas italianas, que lo encontró en septiembre vagando por los alrededores del Mercado de Trajano, a pocos metros de su casa, lo recogió y, en una visita a Béziers, se lo llevó como regalo a maman Malika. “Te hará compañía, tía. Pero no te lo comas”, le dijo. Lo de comer gato forma parte de la broma familiar, recordatorio de las muchas veces que el abuelo Lájos les contaba a nietos y nietas que, en aquella Europa de posguerra, hambrientos los hijos, cazó un gato sorprendentemente orondo que la abuela Nené guisó y del que todos —incluída la tía Sibi, madre de Selomit, pero no maman Malika, que todavía no había nacido— dieron cuenta como si de un conejo se tratara, ignorantes los niños de a quién pertenecía aquella carne que les resultó deliciosa. “Fueron tiempos duros para la familia”, suspira maman Malika dirigiéndose a su nieta Jenabou que, pese a conocer la historia, compone una mueca de repugnancia. “Pero, bueno, aún eres demasiado joven para escuchar penurias”. “Te equivocas, mamá”, la contradice la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio. “Ella lo tiene todo y es importante que comprenda de dónde procede y valore el esfuerzo de la familia por salir adelante. ¿No es lo que siempre nos habéis inculcado…?”.

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«Fosa en Huesca. Octubre 2018»: Archivo personal


«[…]No nos cabe duda que, cuando pase el tiempo suficiente y haya quien escriba la historia que ahora se escribe, la historia de estas décadas de apertura de fosas y esfuerzo incansable por la trinidad memorialista (verdad, justicia y reparación), el nombre de Capapé figurará en la larga lista de los que nunca reblaron». Carlos Neofato, miembro del Círculo Republicano Manolín Abad de Huesca, tras el fallecimiento de Miguel Ángel Capapé Garro (1958-2022), luchador contra el Olvido y la Desmemoria.


Solo quien ha vivido esa experiencia, única, a pie de fosa recién abierta, quien ha sentido el estremecimiento de una persona muy mayor ante los huesos desbaratados del padre y del hermano rescatados del olvido o la turbación de la nieta o el bisnieto con los ojos fijos en el cráneo horadado del ancestro al que no conocieron en vida, puede comprender la comunión que se establece con los arqueólogos forenses que han ido apartando la tierra compacta hasta acceder a los restos de osamentas grises y quebradizas, documentado y fotografiado cada centímetro cúbico despejado, cada vestigio (una hebilla, una suela, una bala) que comparte espacio con el esqueleto que un día fue un hombre, una mujer cuya vida quedó truncada en horrendo sinsentido, arrastrando a la desesperación durante décadas a sus familiares, obligados a ocultar el dolor de la ausencia y, en muchos casos, a convivir y/o servir a los asesinos.

A falta de la prueba de ADN que confirme y dé la filiación correcta de los despojos desenterrados, la mirada de los deudos, entre el alivio y un tropel de sentimientos de difícil adscripción, se posa sobre las personas que han hecho posible el milagro, las que, conocedoras del cúmulo de sensaciones que atenazan a los familiares, asistentes durante días a los trabajos de exhumación, respetan ese silencio que sobrevuela los alrededores de la fosa al descubierto. Y los roces de empatía, la suavidad de las manos en hombros o brazos suplen las palabras. Ahí, en esos instantes, la humanidad de Miguel Ángel Capapé  —experimentado investigador y documentalista a cuya tenacidad se debe la apertura de dieciocho fosas de la guerra (in)civil en la retaguardia aragonesa—,   su presencia bonachona y su inagotable vitalidad (pese a la enfermedad que lo llevó a la tumba pocos días antes de Nochebuena) rompían la tensión del momento reconvertida en un Gracias inmenso, sincero, pequeño homenaje en el que no solía faltar un abrazo reconfortante. Para él, para Miguel Ángel, era suficiente.


Hoy y siempre, Miguel Ángel, otra vez: ¡Gracias!

Sit Tibi Terra Levis.



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«Almacenes Simeón (Huesca), diciembre de 1969»: Foto cedida


En la década de los sesenta, cuando todavía los aparatos de radiodifusión ocupaban el lugar de honor en los hogares, Radio Zaragoza emitía un programa navideño, patrocinado por el Bazar X de la capital aragonesa, que tenía como protagonista al Pájaro Pinzón; se trataba de una avecilla que ejercía de corresponsal de los Reyes Magos en Aragón, observando el comportamiento de la grey infantil y trasladando sus conclusiones semanales a Radio Zaragoza, donde, entre trinos que, naturalmente, sólo podía comprender Pilar Ibáñez, la locutora, daba cuenta de las buenas acciones de Fulanito y las barrabasadas de Menganita, cuyos nombres terminaban inscribiéndose en sendos libros: el Libro de Oro y el Libro Negro del Carbón.

En el Barrio, la chiquillería escuchaba, no sin cierta aprensión, la retahíla de nombres intercalados en uno u otro libro; en ocasiones, la rabia y la vergüenza se apoderaban de quien se reconocía como el niño que se hacía pipí en la cama o la niña que no ayudaba a su abuela a recoger leña para la estufa; en otras, un niño obediente o una niña estudiosa escuchaban, emocionados, cómo Pinzón, traducido por la presentadora, gorjeaba sus filiaciones escritas en el anhelado Libro de Oro. Ni unos ni otras sabían que era Agustín del Correo, conchabado con las familias, quien ejercía, mediante cartas semanales, de chambelán voluntario de aquel pajarito acusica al que nada se le escapaba. Y, aunque el programa dejó de emitirse, Agustín del Correo mantuvo en activo a Pinzón, atribuyéndole, además, la capacidad de transformarse en cualquier ave que revoloteara o viviera en el Barrio, ya fuera la querida Bascués  la cigüeña vieja, el búho de Casa Berches o cualquiera de los patos que la señora Camila paseaba entre las hierbas del arcén para que se alimentaran de caracolas de tierra.


…y aún sigue Pinzón —sobreviviente al inolvidable Agustín del Correo (1937-2010)—  instalado en cualquier parte, oteando, desde el primer día de diciembre, a su tercera generación de insaciables pedigüeños infantiles del Barrio.


NOTA

Edición revisada y ampliada de un artículo publicado en esta bitácora el día 18 de diciembre de 2015.

Regreso a Guenduláin

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«Balsa de Guenduláin»: Archivo personal


De camino hacia el despoblado de Guenduláin, recuerda Iliane aquel día de hace quince o dieciséis años, cuando las hermanas Cristea y ella hicieron borota [*] en el instituto y marcharon con las bicis, sin un destino fijado, por aquel sendero de tierra que las condujo, entre arbustos y hierbajos selváticos, a las orillas de la balsa de Guenduláin, en medio de un paraje fantasmal y solitario por el que, con cierta congoja, transitaron hasta llegar a dos edificaciones en ruinas, lienzos de grafiteros, donde Madalina creyó advertir unas sombras. No solo no se acercaron sino que dieron media vuelta, con el miedo asido a los esternones y la sensación de hallarse entre presencias malignas que las perseguían, invisibles, como si de un mal sueño se tratara.

De aquella extraña aventura les quedó la vaga impresión de haber hecho el ridículo ante sí mismas, amén de unas punzantes agujetas en muslos y pantorrillas y, meses después, el primer premio en el III Concurso de Relatos en Euskera del Instituto, obtenido por Camelia Cristea, con una narración de tintes góticos sobre una supuesta Dama de Guenduláin que habitaba en la balsa y se alimentaba de las almas de los incautos que se atrevían a acceder hasta sus dominios. “Nunca pensamos que volveríamos”, confiesa Iliane.

Parece como si aquí se hubiera detenido el tiempo. Está igual que entonces, y la balsa sigue semejándose a la charca del ogro Shrek”, afirma Camelia.

La vegetación, teñida de otoño, se alza, profusa, alrededor del agua y a cada lado del camino hasta llegar frente a las ruinas, tristes ruinas, de lo que siglos atrás fueron la iglesia de San Andrés [FOTO], construida en el siglo XVI, y el castillo palacio del Señor de Ayanz [FOTO], ambos edificios dejados a su albedrío, sucios de grafitis en sus partes inferiores pero todavía, en su alzada, mostrando la grandeza de su pasado.

En ese castillo palacio de finales del siglo XV que cualquier observador intuye majestuoso en origen pese a su tremendo deterioro, nació Jerónimo de Ayanz y Beaumont (1553-1613), representante, con todos los honores, del hombre renacentista por excelencia y precursor de grandes inventos, como la mismísima máquina de vapor, el aire acondicionado, el traje de buzo y el submarino, entre otros. Fue, además, militar, pintor, cosmógrafo, científico y músico. Sus restos reposan, sin lápida, en la Capilla del Socorro de la Catedral de Murcia, ciudad de la que fue Regidor por nombramiento del rey Felipe II, a cuyo servicio había entrado, con apenas catorce años, en calidad de paje.








NOTA

[*] En Navarra, se denomina hacer borota al acto de saltarse las clases, hacer novillos.

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«Luminarias»: Archivo personal


A las siete y media de la mañana, cuando ni aun los gatos han abandonado sus cálidos acomodos, llega, pimpante, María Blanca, la vecina, con los menús de Nochebuena y Navidad anotados en una libreta y el listado de las compras por hacer en una hoja suelta. “Para no perder tiempo”, justifica. “He añadido pasas y piñones para los empanadicos. He pensado que, mejor que comprarlos, los hago yo misma, que me cuesta poco”. “Pero si ya se los hemos encargado a la panadera”, protesta la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio. “Pues la llamas y le dices que les dé salida, se los quitarán de las manos”.


[…]


Cuando se dirigen al coche, ven al señor Paco, el marido de María Blanca, apostado junto al platanero. “Ya perdonaréis a esta mujer mía. No sé cuántas veces le he dicho que deje de incordiar, pero… ya la conocéis. Lo hace con la mejor intención. Por ayudar y no cargaros con tantas responsabilidades”. “No se preocupe, señor Paco, que ya lo sabemos”, le tranquiliza Étienne, sorprendido por la repentina locuacidad del jubilado. “Usted ocúpese de recoger pasado mañana los cardos en el Invernadero, que nosotros bajamos ahora a Huesca y compraremos las bebidas en el híper, que serán más baratas”. “¿Ya está encargado el medio ternasco?”, se interesa el hombre. “Sí, nos lo traerán el mismo sábado por la mañana. Cinco kilos nos han dicho que pesa”.


[…]


Dejan a maman Malika en la peluquería y a Jenabou en la academia de baile. “Cuando salgas, vete a por la yaya, que te estará esperando. Os vais al restaurante de siempre, que ya llegaremos”. “Y ahora que vais de compras, ¿me miraréis un iPhone no muy caro? Solo pido eso para Papá Noel…”. “Ya veremos”. “Jooooo… Me decís lo mismo desde que empecé en el instituto. Os dije que si os parecía mucho dinero, pagaría la mitad con mis ahorros”. “Pues eso, que ya veremos”. “¿Pero es un ya veremos si sí o un ya veremos si no?”. “Lo sabrás la mañana de Navidad”. “Jooooo…”.


[…]


Tras una sobremesa amodorrada, avanza el día entre tiendas, escaparates y deambulaciones. Trae el final de la tarde el relente y las luces navideñas que acompañan el bullicio de las terrazas y el paso desigual de los transeúntes por la calle peatonal del centro, en discreta riada que se bifurca hacia el Casco Viejo y los Porches, donde el belén de la Diputación, vistoso tras la cristalera, concentra una decena de personas. “¿Vamos a por el coche y ya tomaremos un trago en el pueblo?”, pregunta la veterinaria. Unos metros más allá, antes de doblar la esquina del edificio de Hacienda, se detienen ante un violinista callejero que, a punto de guardar el instrumento en su funda, todavía les regala unos alegres sones.

El final del camino

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«El último tramo»: Archivo personal


Las cenizas de Miguel de [Casa] Viscasillas estrenaron, el sábado, la zona de columbarios para urnas cinerarias levantada bajo el arbolado en la reciente ampliación del camposanto. Fue el primero del Barrio en comprar dos nichos cuando el Ayuntamiento aprobó su construcción y ha sido, tristemente, también de los primeros en ocupar uno de ellos. “A mí me quemáis y luego hacéis con las cenizas lo que os dé la gana. Las aventáis por ahí…”, le decía a su mujer, la señora Dolores, antes de que el Ayuntamiento aprobara la solicitud de la Junta Vecinal para construir una pequeña edificación de columbarios en la proyectada remodelación del cementerio municipal.

Miguel de Viscasillas era hijo del único muerto del Barrio en la Guerra (In)civil. Su padre, Miguelito de [Casa] Bellostas, un anarquista de veintiséis años, cayó en la Ofensiva de Huesca de 1937, un mes después de que Candelera, su mujer, diera a luz a Miguel. El pequeño se crió en la casa materna de los Viscasillas, gobernada por su abuela Juliana, una mujer resuelta y de ideas bastante avanzadas para la época, que no dudó en enfrentarse a un grupo de falangistas de nuevo cuño que, tras la toma del pueblo por los vencedores de la contienda, pretendían expoliar la casa de sus consuegros con la excusa de que era un nido de anarquistas. “De aquí no sale ni un colchón. Y el que quiera gallinas, que se las críe”, cuentan que les dijo a los tres o cuatro camisas azules, armados y chulitos, que habían acorralado en el zaguán a los padres de Miguelito, el anarquista.

Miguel, que fue funcionario del ministerio de Agricultura, vivió en Madrid hasta su jubilación. Entonces regresó definitivamente al pueblo con su esposa, a la casa paterna de los Bellostas, que mantenía abierta en verano; al huerto, en el que pasaba tantas horas; a las partidas de guiñote en el bar del Salón Social y a la lectura, que era su pasión. En su ficha de lector de la Biblioteca del Centro de Cultura Popular está anotado, con su ornamentada caligrafía, el título del libro que sacó dos días antes de fallecer: La conquista de América contada para escépticos, de Juan Eslava Galán.