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Archive for the ‘Cruzando otros horizontes’ Category

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«Donde la nieve II»: Archivo personal


Se deslizan despacio, pendientes de Madalina Cristea, más entusiasmada que habilidosa en su segunda jornada de esquí. “¡Mete el culo, que si no cargas todo el peso en las espinillas!”, le grita la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio. El último descenso lo hacen, acalorados, con los anoraks  atados a la cintura, bajo un Sol que, despiadado, va dejando a la vista las placas de hielo y algunas rocas desnudas cubiertas por la nieve horas antes.


Muy cerca de estos sinuosos pastizales blanqueados de las tierras jaquesas, donde todavía el invierno muestra cierto rigor de antaño, nace el rio Aragón, que dio nombre al Biello [1] Reyno y a la posterior Corona y del que sigue siendo deudo el territorio que abarca, de norte a sur,  desde Ansó (Huesca) a Abejuela (Teruel). Aquí, en el valle de Astún, entre los imponentes omes grandizos [2]  petrificados que forman el ficticio mausoleo de Pyrene, la desgraciada princesa que dio nombre a la cordillera y cuyas lágrimas originaron los espectaculares ibones pirenaicos; dos de ellos, el de Escalar y el de Truchas, mantienen vivo el caudal del río Aragón a lo largo de los 195 kilómetros que recorre hasta rendir sus aguas al Ebro.


A las tres de la tarde, después de casi seis horas en un no parar, regresan al aparcamiento anexo a la estación. Sudorosos, fatigados y apetentes, los generosos bocadillos de tortilla de patata que les preparó Olarieta antes de partir les saben como el más exquisito de los manjares.






NOTAS

[1] En aragonés, viejo.
[2] Id, gigantes.

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«Luces en el camino»: Archivo personal


Tras una mención a Anduze, escuchada casualmente a unos forasteros en el bar del Salón Social, se activan los engranajes de la memoria de Marís y la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio y aflora, desde la penumbra del tiempo, el nombre de Francisco (Paco) Larroy (1924-2021), residente hasta su fallecimiento en la citada localidad francesa. Fue, rememoran, el último superviviente de los treinta y dos heroicos guerrilleros españoles —diez de ellos aragoneses— de la 21ª Brigada que, comandados por Miguel Arcas, Cristino García y Gabriel Pérez, y con el apoyo de ocho partisanos franceses y dos pilotos de la RAF, protagonizaron, el 25 de agosto de 1944, cerca de Tornac, uno de los combates de la II Guerra Mundial tan decisivos como increíbles —no hubo ni una sola baja entre los republicanos y sí en las filas alemanas, además de heridos y prisioneros— que ha pasado a la historia como Batalla de la Madeleine.

El por entonces veinteañero Paco Larroy, su hermano Antonio y sus compañeros emboscaron, contuvieron, sitiaron y obligaron a capitular a entre 1000 y 1200 soldados de la Wehrmacht que viajaban en dirección al valle del Ródano bien pertrechados con 60 camiones, 5 blindados ligeros y tres cañones. Se trató de una gesta tan singular, dado el desequilibrio numérico y armamentístico entre las partes contendientes y su sorprendente desenlace, que cuando Konrad A. Nietzche  —el oficial alemán al mando que firmó la rendición—  conoció que el supuesto ‘ejército’ que los había mantenido en jaque lo formaban solo cuatro decenas de combatientes, en su mayoría de la AGE, optó por el suicidio.

Una estela conmemorativa, con su correspondiente leyenda, en el lugar de los hechos recuerda la proeza de estos guerrilleros, a los que el gobierno francés concedió la Cruz de Guerra con Estrella de Plata en 1947. En el caso del asturiano Cristino García —fusilado por los franquistas el 21 de febrero de 1946, pese a las protestas internacionales— y el aragonés Elías Piquer —muerto, con apenas diecinueve años, en un enfrentamiento con la Guardia Civil en Benasque (Huesca), el 13 de octubre de 1944— la recibieron a título póstumo. Otro de los guerrilleros, el también aragonés Martín Vidal, rechazó la condecoración.

En 2021, dos meses y medio antes de fallecer Francisco Larroy Masueras, el Estado Francés quiso homenajear a los republicanos españoles de la batalla de la Madeleine en la persona de quien, setenta y siete años después, se había convertido en el único guerrillero vivo de los treinta y dos intervinientes, otorgándole la medalla de la Orden de la Legión de Honor, una de las más altas distinciones de la República Francesa.



De Francisco (Paco) Larroy, nacido en la villa oscense de Sariñena y huido con su familia a Francia en los meses finales de la guerra (in)civil, combatiente contra el fascismo, participante en la batalla de la Madeleine y en las incursiones guerrilleras que, desde Francia, tenían como destino los valles españoles de Arán y Benasque, les habló por primera vez el luchador antifascista y escritor Mariano Constante (1920-2010), en una visita que Emil, Marís y la veterinaria le hicieron en Montpellier, la ciudad en la que vivía desde los tiempos del obligado exilio.

A Mariano, superviviente del pavoroso campo de trabajo y exterminio de Mauthausen, lo habían conocido, siendo estudiantes, en Huesca, a donde había acudido a dar una conferencia sobre el papel de los republicanos españoles en la II Guerra Mundial; finalizado el debate posterior, se acercaron a charlar con él y hablando del pueblo oscense del que era originario, descubrieron que existía un parentesco lejano entre el abuelo de Emil y la madre del señor Constante, propiciándose que se mantuviera cierto contacto a partir de entonces.

Y aunque mientras vivió, nunca quiso Mariano Constante trasladar su residencia a España, sí dejó dicho que, a su muerte, sus cenizas se esparcieran por la sierra de Guara, el lugar donde combatió como miliciano en la (in)civil guerra.





ADENDA

  • El fusilamiento en España de Cristino García Granda (1914-1946), que tenía el estatus de Héroe Nacional en Francia por sus innumerables intervenciones contra el invasor alemán —incluida la planificación de la estrategia en la batalla de la Madeleine—, reveló el verdadero rostro de quien, recién acabada la guerra europea, era presidente provisional de la República Francesa, Charles de Gaulle. Pese a las protestas que la Asamblea Francesa en pleno elevó a las autoridades españolas para evitar la aplicación de la última pena al guerrillero español, la máxima autoridad del gobierno francés ni siquiera tuvo el decoro de solicitar a Franco Bahamonde el indulto para el hombre que, a las órdenes del propio De Gaulle y los mandos aliados, había servido con fidelidad y firmeza la causa de la libertad. El declarado anticomunismo de De Gaulle pesó más que la suerte de aquel republicano —sí, comunista— que tanto se había significado en la defensa de la dignidad, la integridad y la democracia.
  • Con posterioridad a 1947, la historiografía francesa practicó un revisionismo chauvinista de la batalla de la Madeleine, minimizando, cuando no ocultando —como sucedería con otros hitos—, la abrumadora presencia española en su planificación, desarrollo y desenlace, convirtiendo a la Resistencia Francesa en la única artífice de la victoria. Tuvieron que pasar setenta años para que se enmendara un error nada casual y se reconociera públicamente a quienes fueron los protagonistas principales de la hazaña.

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«Jesús sin hogar, escultura en bronce de Timothy Schmalz»: Archivo personal


«Yo nací en Alfamén, un pueblito o caserío de la provincia de Zaragoza, como a veinte kilómetros del pueblo donde había nacido Domingo Laín. También soy de familia de campesinos pobres, y también desde niño fui educado como en una actitud normal muy sana en aquellos pueblos, con una religiosidad popular muy fuerte, y con las mismas cualidades fundamentales de honradez, solidaridad humana y cristiana, pues eso los padres de uno lo inculcan mucho y desde sus primeros días de vida. Esa es la norma general en aquellas regiones españolas. A los once años yo me fui para el seminario de Zaragoza. Primero estuve en un pueblito que se llama Alcorisa, donde estaba el seminario menor, después pasé al seminario mayor.
[…]
Estuve sin saber de mi familia durante nueve años. Cuando ya supe de mi familia, ya habían muerto mi padre y mi madre. Hacia ya varios años. Ellos tampoco volvieron a saber nunca de mí. Lo mas duro que me dio fue una vez que se habló de mi supuesta muerte, con mucha certeza, yo no podía comunicarme con mi mamá, pero yo sí la oía hablar a ella por radio. Le hacían una entrevista en donde ella decía que me estaban haciendo misas por mi eterno descanso. Que ella estaba segura de que yo era un hombre muy bueno, aunque decían que yo había muerto por malo. Y que ella oraba mucho para que, ya que había muerto, pues que Dios me llevara al cielo. Yo la oía en esa entrevista, pero las condiciones de la guerrilla en ese momento eran de una guerrilla errante, nómada, y nunca me pude comunicar con ella.
Ella murió sin saber si yo realmente había muerto o no.(…) Mis padres se llamaban Marcelino Pérez y Herminia Martinez.
»
Manuel Pérez Martínez, el Cura Pérez, guerrillero—



El 14 de febrero de 1998 fallecía en Colombia, de una hepatitis fulminante, Gregorio Manuel Pérez Martínez, el Cura Pérez, sacerdote aragonés natural de Alfamén (Zaragoza), que, junto a José Antonio Jiménez Comín, de Ariño (Teruel), y Domingo Laín Sanz, de Paniza (Zaragoza), —también eclesiásticos—  formaron parte activa del Ejército de Liberación Nacional Colombiano del que también fue miembro Camilo Torres, precursor de la Teología de la Liberación.

Ordenado sacerdote en 1966 y afiliado a la Obra de Cooperación Sacerdotal Hispano-Americana, Manuel Pérez recala, junto a José Antonio Jiménez, en la República Dominicana, de donde ambos fueron expulsados por su empatía con sus feligreses y su implicación en la lucha por los derechos humanos; otro tanto sucedería con el panicense Domingo Laín, que desarrollaba su misión pastoral en Colombia.

Obligados Manuel y José Antonio a instalarse forzosamente en Cartagena de Indias, su actitud de ayuda y defensa de las clases desfavorecidas hace que sean deportados —al igual que Domingo Laín—  a España, desde donde, y con documentación falsa, regresan los tres a Colombia integrándose en la guerrilla del ELN en 1969. Un año después, en Antioquía, fallece José Antonio Jiménez por parada respiratoria, tras haber sido mordido por una serpiente y realizado una extenuante travesía por la selva.

En 1974, Domingo Laín muere en combate contra las fuerzas gubernamentales en la Quebrada de la Llana y, dos años después, Manuel Pérez toma las riendas de la guerrilla y renueva su compromiso en la lucha por la liberación del pueblo.

En 1986, Manuel Pérez, a cuya cabeza puso precio la CIA, es excomulgado al considerarse la intervención de la guerrilla a su mando en el secuestro y asesinato del obispo de Araucas, Jesús Emilio Jaramillo. Pese a reconocer que el asesinato del obispo Jaramillo fue un gravísimo error, el anatema del Vaticano no hizo la menor mella en las convicciones del Cura Pérez, que se confesó creyente hasta el final de su vida.



Los restos del Cura Pérez reposan en la jungla del departamento de Santander, al noreste de Colombia. En Alfamén (Zaragoza), la calle Manuel Pérez recuerda al sacerdote guerrillero nacido en la localidad el 9 de mayo de 1943.






ANEXO


NOTA

Edición revisada de un artículo publicado en esta bitácora el día 9 de mayo de 2012.

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Mirador Roc del Quer (Andorra)

«Mirador del Roc del Quer (Andorra)»: Archivo personal


Mirad a Maruja, con qué seguridad y sin el menor titubeo enfila el puente tibetano de Canillo [FOTO] tomándoles la delantera a sus acompañantes más jóvenes y versados en desafiar las alturas, los mismos que, en petit comité, aventuraban que la mujer recularía cuando advirtiera que la estructura  —anclada en dos puntos alejados más de seiscientos metros entre sí—  oscilaba bajo sus pies. Mas hela aquí, alborozada y sin la menor señal de vértigo ni fatiga, como si entre sus acciones cotidianas se hallara atravesar el abismo suspendida sobre medio kilómetro de pasarela móvil ondulada o encaramada a la plataforma del mirador del Roc del Quer, que levita sobre los valles andorranos de Montaup y Valira d’Orient, paisajes por los que peregrinan, encandilados, los ojos de quienes retan a la gravedad para arrobarse con una panorámica fastuosa.



La idea de viajar a Andorra e invitar a Maruja surgió en un descanso del Campeonato de Guiñote, cuando servía Olarieta, junto a los cafés, unas chocolatinas que Josefo, su hijo, había traído de Francia. “Para chocolates buenos aquellos que comprábamos en Andorra”, comentó entonces Maruja. Y recordó aquellos viajes al principado pirenaico  —allá por los años setenta, cuando ella era una jovencita— que organizaba una agencia de Huesca y de los que las mujeres del Barrio regresaban cargadas con bolsones de azúcar, bloques de mantequilla, tabletas de chocolate y, de vez en cuando, algún transistor. “Éramos tan ingenuas que no teníamos ni idea de cuál era el límite que nos dejarían pasar por la aduana, y las veces que los guardias registraban el maletero del autobús y nos obligaban a mostrar lo que cada una había comprado, siempre había alguien que llevaba de más y se lo hacían dejar. Luego estaba la gente que, además de sus compras, venía cargada de cajetillas de tabaco escondidas bajo la ropa. Mi madre se ponía de los nervios, temiendo acabar en el cuartelillo, cuando veía a algunas mujeres del pueblo con una gordura antinatural por el tabaco que llevaban en el refajo, sabiendo, además, que se lo llevaban a Benigno y era él, y no ellas, quien sacaba beneficio”. Benigno fue, durante años, el contrabandista oficioso del Barrio; lo mismo trapicheaba con tabaco que con televisores, aparatos de radio, tocadiscos o cualquier encargo que se le hiciera. Carente de tierras, el contrabando fue su medio de vida. Era un hombre cordial y extrovertido, con muy buenas relaciones en Huesca, en donde colocaba su mercancía. Sus negocios se vinieron abajo casi al final de su vida, cuando, tras ser detenido y enjuiciado, fue condenado a algo más de un año de cárcel.

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«Isla de Santa Clara (Donosti)»: Archivo personal


Se alejan, caminando, de la dársena para regresar a la bahía, con los chubasqueros brillantes de sirimiri y agua de mar, aún con el motor de la embarcación de Marceliano rugiéndoles en el estómago recién reforzado por las deliciosas raciones de pantxineta que les sirvió Maru, la hermana del pescador, apenas llegaron a puerto.

Contemplan desde la playa, quedos bajo la lluvia que va remitiendo, el islote de Santa Clara, que hace algo más de una hora circunvalaban entre los vaivenes del oleaje que surcaba la vieja motora y varios “me cago en san Virila y el obispo Protadio”, retahíla invariable lanzada a la Nada, que llevan escuchando en boca de Marceliano desde aquel primer año que los invitó a recorrer la bahía de San Sebastián en su barco, con el mar algo revuelto, y acabaron resbalando en sus propios jugos gástricos mientras el hombre, ciscándose en todo lo visible e invisible y, por supuesto, en los santos Virila y Protadio, juraba que esa seria la última vez que dejaba subir a gente de tierra adentro que se acoquinaba por una marejadilla del tres al cuarto. Solo los buenos oficios de Maru, que aguardaba en el amarre y abroncó al hermano por “haberlos sacado con la mar picada”, suavizó la mala experiencia de los aspirantes a marineros que, en sucesivas viajes, aprendieron a mantener el tipo e incluso, en un par de ocasiones, acompañaron a Marceliano y su cuadrilla a la pesca del chipirón en aguas abiertas.

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Garganta del Todra-3

«Garganta del Todra (Marruecos)»: Archivo personal


Si me estozo por estos andurriales, nada de dejarme tirada en este secarral. Me lleváis a casa”, les decía María Petra mientras iban ascendiendo, bajo un sol inmisericorde, por un sendero térreo del valle del Dadés [FOTO] guiados por Sandi, un joven dom de la familia Sumarj de Tinghir, emparentado con los primos de la veterinaria residentes en Chauen. Era el cuarto y último día del grupo por las estribaciones de la cordillera del Atlas, en la considerada como puerta del desierto, que presenta un paisaje entre rojizo y color café en el que destacan los espectaculares desfiladeros que los ríos Dadés y Todra fueron excavando en las rocas calcáreas durante miles de años hasta completar un efectista diseño de paredones de más de 30 metros que se abren y empequeñecen a los grupos de turistas que se adentran en estas maravillas naturales, antesalas del Sahara, donde, entre angosturas y para perplejidad de los avezados visitantes, no faltan ni los puestos de alfombras coloridas bajo las rocas laminadas [FOTO]. “¿Preguntamos si son voladoras y así no cogemos el avión en Tetuán?”, bromeaba Étienne.


Dejaron atrás el tórrido sur para regresar al no menos agostador norte marroquí —donde reinan las elevaciones del Rif—, acogidos, una vez más, en Chauen, la pintoresca localidad de origen andalusí en la que los judíos sefardíes dejaron su impronta pintando de azul los muros exteriores de las casas, tradición que se ha mantenido, pese a ser el verde el color simbólico del Islam, y ha dado a la bella ciudad —tenida como santa por los creyentes— su entrañable singularidad [FOTO]. Chauen fue, durante siglos, inaccesible para los occidentales, hasta la llegada, en 1920, de las tropas españolas, que impusieron un régimen militar y administrativo que finalizó en 1956, con la independencia del hasta entonces llamado Protectorado de Marruecos.

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«Valle de Louron»: Archivo personal


Viernes, 7 de julio

A las tres y diez de la tarde, con Marís al volante de Pilarín, la cámper, se pusieron en camino, con la lluvia acompañándoles a trechos hasta el cruce fronterizo por el túnel de Bielsa-Aragnouet y arreciando, intermitentemente, desde el valle del Aure al de Louron, donde remitió cuando accedían a la recepción del camping de Loudenvielle para registrarse y acampar en la parcela reservada por teléfono días antes.

Cerca de las ocho se dirigieron a casa de Lila, hermana de la veterinaria, con la que habían quedado para cenar. Lila es fisioterapeuta del complejo termal de Loudenvielle y reside en Arreau, una preciosa población del valle de Aure situada a media hora del camping.

Yolanda y Marís habían preparado en Huesca, para la ocasión, un enrollado de patata relleno de ensaladilla rusa que compartieron los cinco junto con la trenza de Almudévar aportada por Étienne y la veterinaria. El gâteau à la broche o pastel de espetón, típico de los Altos Pirineos franceses, que había comprado Lila para agasajar a sus invitados y que quedó sin tocar, se lo llevaron de regreso al camping para el desayuno del día siguiente.




Sábado, 8 de julio

A las ocho menos veinte de la mañana ya se encontraban en el corazón del valle de Louron, a orillas del lago Génos-Loudenvielle que, en palabras de Marís, “por esta parte da el pego porque nadie diría que es artificial. Parece que esté aquí, tan cristalino, desde la última glaciación”.

Yolanda y Étienne en un kayak biplaza  y la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio y Marís sobre un hidropedal, bordearon el lago y, finalmente, se detuvieron en su centro, con los músculos de brazos y piernas chirriándoles por el esfuerzo y los ojos anegados de las vistas espectaculares que circundan el agua.

Picos que se acercan o rebasan los tres mil metros, iglesias de arquitectura románica, restos de castillos que resisten el combate del tiempo, bosques, prados y pueblos, estímulos suficientes con los que redimir el agotamiento y navegar con brío hacia el embarcadero para desandar los trescientos metros que dista la ribera lacustre del camping y, tras una sauna y una garbure reparadoras, aprovechar la tarde luminosa recorriendo, junto con otros campistas, los senderos [FOTO] que discurren hasta las fortificaciones [FOTO] que rodean el lago.

Siglos atrás, esas imponentes estructuras que engalanan el paisaje se utilizaron, no solo como moradas de las familias feudales dueñas de las fértiles tierras de este lado de los Pirineos, sino como atalayas de vigilancia desde las que se transmitían señales que advertían a los habitantes del valle de la presencia de soldadesca enemiga.




Domingo, 9 de julio

Apremiados por el tiempo  —la directora del camping les había recordado que debían dejar libre la parcela antes del mediodía—  dedicaron la mañana a visitar las instalaciones termolúdicas de Loudenvielle, con sus baños romanos, japoneses y amerindios y el Espacio Tibetano de tratamientos corporales y faciales donde desarrolla su labor Lila.

Tras recoger la cámper y acercarse a los pueblos que, como Loudenvielle, se hallan a orillas del lago  —Génos, Aranvielle—, abandonaron Francia enfilando hacia Bielsa, donde se detuvieron a comer una vichyssoise fría, lenguado relleno de marisco con salsa de setas y cremoso de nueces para, después de una breve sobremesa, retornar, con el cansancio no exento de complacencia asomado a los rostros, al lugar desde el que iniciaron el viaje.

Tenemos que volver en otra ocasión y quedarnos más días, que este fin de semana, aunque ha sido intenso, me ha sabido a poco”, comentó Yolanda cuando llegaron a Huesca.

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«Portal Nuevo de la Taconera»: Archivo personal


Han quedado en los Jardines de la Taconera, el parque más antiguo de Pamplona, con Luis, el exmosén, llegado hace tres días de Putla Villa de Guerrero, localidad mexicana en la que desarrolla una admirable labor social. Luis, berriozartarra de nacimiento, fue el párroco del Barrio durante casi cuatro años, hasta que decidió colgar los trastos de evangelizar y dedicarse en cuerpo y espíritu a una ONG de Oaxaca que, imbuida del empuje zapatista, se ocupa de personas desfavorecidas y vulnerables. Una vez cada uno o dos años, cuando dispone de fondos para costearse los billetes de avión, recala en España para visitar a familiares y amigos.


Pamplona sabe ya a fiesta en esta víspera soleada del ansiado cohete que reverberará en la ciudad, sus gentes nativas y visitantes, dejando en las calles esa impronta que justo cien años atrás marcó al joven corresponsal del Toronto Star, Ernest Hemingway (1899-1961), propagandista, urbi et orbi, de encierros y juergas, paisajes, amaneceres, amoríos y borracheras. Las crónicas, primero, y los libros, después, de Hemingway atrajeron a la capital navarra gente, mucha gente; tanta, que, años más tarde, cuando todos los recovecos etílicos, gastronómicos y taurinos de Pamplona carecían de secretos para el futuro Nobel de Literatura y sus leales seguidores y aquellas fiestas habían pasado de populares a populosas, escribió, entre asombrado y pesaroso: «Pamplona estaba huraña, como siempre, atestada… con 40.000 turistas más, lejos de los 20 de la primera vez, cuando vine hace dos décadas». Ay, si don Ernesto pudiera comprobar lo ridículas que son, comparadas con las actuales, las cifras que le resultaban escandalosas entonces…


Hace tanto tiempo que no vivo los Sanfermines que estar aquí me parece un sueño”, declara, entusiasmado, Luis. “No me puedo creer que mañana sea el chupinazo y lo vea y lo escuche desde abajo, en la misma plaza del Ayuntamiento. Porque… ¿estaremos allí, no?

Abandonan el parque por la salida del Portal Nuevo, puente bajo el que fluye la carretera y que pese a sus dos torreones almenados  —famosos por su extraordinaria acústica—  que trasladan a otra época histórica, fue levantado en los años cincuenta del siglo XX, en el mismo lugar donde estuvo el puente original, destruido en 1823 por los bombardeos que sufrió Pamplona durante el asedio llevado a cabo por las tropas absolutistas.



NOTA

The Sun Also Rises es el título original de la novela Fiesta, de Ernest Hemingway, que universalizó los Sanfermines e hizo famosa la ciudad de Pamplona y sus alrededores.

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«Plaza de los Tocinos (Huesca)»: Archivo Viñuales de fotos antiguas


Desde la conquista aragonesa de Huesca en 1096 y hasta el decreto de expulsión definitiva de los moriscos firmado por Felipe III en 1609 —que se ejecutó en Aragón el 29 de mayo de 1610—, el barrio de San Martín, extramuros, fue territorio de los musulmanes oscenses, convertidos al cristianismo como condición para seguir habitando la ciudad de sus antepasados. San Martín era, entonces, un animado barrio con sus callejuelas y adarves colmados de ollerías, tejerías y curtidurías, que se extendía hasta las fructíferas huertas que, además de los cultivos al uso, se llenaban de hermosas matas de albahaca que aromaban exquisitamente el estío oscense, tradición originada en la época romana que ha llegado hasta nuestros días, no concibiéndose las jornadas festivas dedicadas al santo Lorenzo, patrono de la ciudad, sin las macetas de albahaca en calles, ventanas y balcones y los ramitos que portan en la mano o asomando en los bolsillos de las camisas y pantalones, los y las oscenses.

En ese barrio de esencia mudéjar cuya mezquita —conocida como la Mezquita Verde— fue derruida por orden de los gobernantes cristianos, se construyó allá por el siglo XIII la iglesia de San Martín, parroquia de los moriscos, demolida en 1868 debido a su estado ruinoso y convertido el espacio que ocupaba en plaza, nombrada del Justicia, en homenaje a la ilustre figura histórica de autoridad en el Reino de Aragón que tenía como misión la defensa de los Fueros aragoneses. Y en ese recinto al aire libre en el corazón de la antigua Morería de la ciudad, comenzaron a celebrarse ferias de ganado, siendo las de porcino las más populares, hasta el punto de empezar a llamar los oscenses a la que era y es plaza del Justicia, plaza de los Tocinos, denominación que ha pervivido. Si a un oscense se le pregunta por la plaza del Justicia, tal vez dude unos segundos, pero si se le menta la plaza de los Tocinos no titubeará a la hora de dar las indicaciones pertinentes para llegar a ella.

Durante décadas, cuando dejaron de celebrarse allí las ferias de ganado, la plaza de los Tocinos acogió el mercadillo de ropa de los martes, que congregaba a una clientela fidelísima y ecléctica, amén de paseantes y mirones. Limitando la plaza se construyó, allá por los años treinta del siglo XX, la emblemática Casa Polo, de arquitectura racionalista, en una de cuyas plantas vivió Manuel Sender Garcés que, dos veces alcalde de Huesca, fue el encargado, en 1931, de proclamar la II República en el balcón del Ayuntamiento. Desde esa vivienda de Casa Polo se despidió de su joven esposa, Marcelle, aquel aciago 20 de julio de 1936, para dirigirse al Ayuntamiento, del que era concejal por Izquierda Republicana, sin sospechar que marchaba hacia la muerte.

Enfrente de Casa Polo se inauguró, en la década de los setenta, uno de los primeros bares-frankfurt de la ciudad, El Viejo Acordeón, que ayudó a dar una segunda vida a una plaza que había ido perdiendo protagonismo con el paso del tiempo y que tuvo una lamentable época de degradación contra la que lucharon los habitantes del barrio, orgullosos de morar en la parte del Casco Viejo que antaño fuera territorio mudéjar de la ciudad.

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«Alas…»: Archivo personal


Los días 20 y 21 de julio de 1935 se celebraron en Huesca, organizadas por la Cooperativa de Técnicas Freinet y propiciadas por el pedagogo y artista plástico Ramón Acín, las II Jornadas de la Imprenta en la Escuela, tributo a quienes, desde la Escuela Nueva republicana, habían tomado como modelo la pedagogía de Célestin Freinet, estructurada en una escuela abierta, socializadora, antiautoritaria y asamblearia, donde los textos libres, el tanteo experimental y la observación del entorno conformaban una visión novedosa de la enseñanza, siendo los educandos los sujetos activos y protagonistas de su propio aprendizaje.

Uno de los introductores entusiastas del método freinetiano había sido el inspector de Enseñanza Herminio Almendros, que acudió a aquellas jornadas de innovación pedagógica muy interesado por las diferentes ponencias que las maestras y maestros participantes compartirían con los docentes desplazados a la Escuela Normal oscense desde diferentes escuelas rurales de las provincias de Huesca y Lérida, zonas donde las experiencias de Freinet habían tenido excelente acogida y sobre cuya praxis versaba la convocatoria.

En una de las asambleas, el inspector Almendros coincidió con Simeón Omella, maestro freinetista de Plasencia del Monte, que le regaló un sencillo librito de textos libres escrito e impreso delicadamente por su alumnado y al que el docente aragonés añadió una dedicatoria: «A mi querido amigo D. Herminio Almendros. Fraternalmente, Omella». Fue el último contacto entre ellos.

Iniciada la guerra civil un año después y tomada la localidad de Plasencia del Monte por el fascismo, Simeón Omella, pese a no haberse significado políticamente, tuvo que huir dejando atrás a su familia. Ejerció su magisterio en la zona republicana y, finalizada la confrontación, marchó a Francia. En 1949 fueron a reunirse con él su esposa y tres de sus hijos, que, como familiares directos del antiguo maestro republicano, habían padecido grandes penurias. Simeón, que trabajaba en las oficinas de las minas de carbón de la localidad de Carnaux, amargado y con la salud quebrantada, apenas era una sombra del hombre que sus deudos recordaban. Falleció, con 54 años, el 28 de diciembre de 1950, pocos meses después del reencuentro familiar.

Herminio Almendros se exilió, igualmente, en Francia al finalizar la contienda. Fue acogido por Célestin Freinet y su esposa Élise, también pedagoga, en cuya casa de Saint Paul de Vence residió Almendros hasta que la ocupación alemana le obligó a abandonar suelo francés para marchar a América, dejando en la casa de los Freinet el ejemplar que le había regalado Simeón Omella.

Terminada la guerra mundial, aquel librito escrito por las niñas y niños de Plasencia del Monte pasó a formar parte del fondo documental de Freinet en Niza. Fue en 2010 cuando, unas ilustraciones y una dedicatoria que acompañaban al libro D’Abord les enfants. Freinet y la educación en España (1926-1975), de Antón Costa, alertaron al director del Museo Pedagógico de Aragón, Víctor Juan Borroy, que reconoció los nombres del maestro Omella y del inspector Almendros y contactó con los responsables de los Archivos Documentales de los Alpes Marítimos de Niza para solicitar una copia digital de aquel libro infantil.

Y así, aquellos textos libres escritos por los escolares de Plasencia del Monte, motivados por su maestro, Simeón Omella, durante el curso escolar 1934-1935, regresaron a Huesca setenta y cinco años después de haber sido compuestos. Fue el segundo libro recuperado del olvido editado por los escolares de Plasencia y su maestro.




ANEXOS


NOTA

Edición revisada de un artículo publicado en esta bitácora el día 21 de febrero de 2019.

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