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Archive for the ‘Cruzando otros horizontes’ Category

Garganta del Todra-3

«Garganta del Todra (Marruecos)»: Archivo personal


Si me estozo por estos andurriales, nada de dejarme tirada en este secarral. Me lleváis a casa”, les decía María Petra mientras iban ascendiendo, bajo un sol inmisericorde, por un sendero térreo del valle del Dadés [FOTO] guiados por Sandi, un joven dom de la familia Sumarj de Tinghir, emparentado con los primos de la veterinaria residentes en Chauen. Era el cuarto y último día del grupo por las estribaciones de la cordillera del Atlas, en la considerada como puerta del desierto, que presenta un paisaje entre rojizo y color café en el que destacan los espectaculares desfiladeros que los ríos Dadés y Todra fueron excavando en las rocas calcáreas durante miles de años hasta completar un efectista diseño de paredones de más de 30 metros que se abren y empequeñecen a los grupos de turistas que se adentran en estas maravillas naturales, antesalas del Sahara, donde, entre angosturas y para perplejidad de los avezados visitantes, no faltan ni los puestos de alfombras coloridas bajo las rocas laminadas [FOTO]. “¿Preguntamos si son voladoras y así no cogemos el avión en Tetuán?”, bromeaba Étienne.


Dejaron atrás el tórrido sur para regresar al no menos agostador norte marroquí —donde reinan las elevaciones del Rif—, acogidos, una vez más, en Chauen, la pintoresca localidad de origen andalusí en la que los judíos sefardíes dejaron su impronta pintando de azul los muros exteriores de las casas, tradición que se ha mantenido, pese a ser el verde el color simbólico del Islam, y ha dado a la bella ciudad —tenida como santa por los creyentes— su entrañable singularidad [FOTO]. Chauen fue, durante siglos, inaccesible para los occidentales, hasta la llegada, en 1920, de las tropas españolas, que impusieron un régimen militar y administrativo que finalizó en 1956, con la independencia del hasta entonces llamado Protectorado de Marruecos.

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«Valle de Louron»: Archivo personal


Viernes, 7 de julio

A las tres y diez de la tarde, con Marís al volante de Pilarín, la cámper, se pusieron en camino, con la lluvia acompañándoles a trechos hasta el cruce fronterizo por el túnel de Bielsa-Aragnouet y arreciando, intermitentemente, desde el valle del Aure al de Louron, donde remitió cuando accedían a la recepción del camping de Loudenvielle para registrarse y acampar en la parcela reservada por teléfono días antes.

Cerca de las ocho se dirigieron a casa de Lila, hermana de la veterinaria, con la que habían quedado para cenar. Lila es fisioterapeuta del complejo termal de Loudenvielle y reside en Arreau, una preciosa población del valle de Aure situada a media hora del camping.

Yolanda y Marís habían preparado en Huesca, para la ocasión, un enrollado de patata relleno de ensaladilla rusa que compartieron los cinco junto con la trenza de Almudévar aportada por Étienne y la veterinaria. El gâteau à la broche o pastel de espetón, típico de los Altos Pirineos franceses, que había comprado Lila para agasajar a sus invitados y que quedó sin tocar, se lo llevaron de regreso al camping para el desayuno del día siguiente.




Sábado, 8 de julio

A las ocho menos veinte de la mañana ya se encontraban en el corazón del valle de Louron, a orillas del lago Génos-Loudenvielle que, en palabras de Marís, “por esta parte da el pego porque nadie diría que es artificial. Parece que esté aquí, tan cristalino, desde la última glaciación”.

Yolanda y Étienne en un kayak biplaza  y la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio y Marís sobre un hidropedal, bordearon el lago y, finalmente, se detuvieron en su centro, con los músculos de brazos y piernas chirriándoles por el esfuerzo y los ojos anegados de las vistas espectaculares que circundan el agua.

Picos que se acercan o rebasan los tres mil metros, iglesias de arquitectura románica, restos de castillos que resisten el combate del tiempo, bosques, prados y pueblos, estímulos suficientes con los que redimir el agotamiento y navegar con brío hacia el embarcadero para desandar los trescientos metros que dista la ribera lacustre del camping y, tras una sauna y una garbure reparadoras, aprovechar la tarde luminosa recorriendo, junto con otros campistas, los senderos [FOTO] que discurren hasta las fortificaciones [FOTO] que rodean el lago.

Siglos atrás, esas imponentes estructuras que engalanan el paisaje se utilizaron, no solo como moradas de las familias feudales dueñas de las fértiles tierras de este lado de los Pirineos, sino como atalayas de vigilancia desde las que se transmitían señales que advertían a los habitantes del valle de la presencia de soldadesca enemiga.




Domingo, 9 de julio

Apremiados por el tiempo  —la directora del camping les había recordado que debían dejar libre la parcela antes del mediodía—  dedicaron la mañana a visitar las instalaciones termolúdicas de Loudenvielle, con sus baños romanos, japoneses y amerindios y el Espacio Tibetano de tratamientos corporales y faciales donde desarrolla su labor Lila.

Tras recoger la cámper y acercarse a los pueblos que, como Loudenvielle, se hallan a orillas del lago  —Génos, Aranvielle—, abandonaron Francia enfilando hacia Bielsa, donde se detuvieron a comer una vichyssoise fría, lenguado relleno de marisco con salsa de setas y cremoso de nueces para, después de una breve sobremesa, retornar, con el cansancio no exento de complacencia asomado a los rostros, al lugar desde el que iniciaron el viaje.

Tenemos que volver en otra ocasión y quedarnos más días, que este fin de semana, aunque ha sido intenso, me ha sabido a poco”, comentó Yolanda cuando llegaron a Huesca.

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«Portal Nuevo de la Taconera»: Archivo personal


Han quedado en los Jardines de la Taconera, el parque más antiguo de Pamplona, con Luis, el exmosén, llegado hace tres días de Putla Villa de Guerrero, localidad mexicana en la que desarrolla una admirable labor social. Luis, berriozartarra de nacimiento, fue el párroco del Barrio durante casi cuatro años, hasta que decidió colgar los trastos de evangelizar y dedicarse en cuerpo y espíritu a una ONG de Oaxaca que, imbuida del empuje zapatista, se ocupa de personas desfavorecidas y vulnerables. Una vez cada uno o dos años, cuando dispone de fondos para costearse los billetes de avión, recala en España para visitar a familiares y amigos.


Pamplona sabe ya a fiesta en esta víspera soleada del ansiado cohete que reverberará en la ciudad, sus gentes nativas y visitantes, dejando en las calles esa impronta que justo cien años atrás marcó al joven corresponsal del Toronto Star, Ernest Hemingway (1899-1961), propagandista, urbi et orbi, de encierros y juergas, paisajes, amaneceres, amoríos y borracheras. Las crónicas, primero, y los libros, después, de Hemingway atrajeron a la capital navarra gente, mucha gente; tanta, que, años más tarde, cuando todos los recovecos etílicos, gastronómicos y taurinos de Pamplona carecían de secretos para el futuro Nobel de Literatura y sus leales seguidores y aquellas fiestas habían pasado de populares a populosas, escribió, entre asombrado y pesaroso: «Pamplona estaba huraña, como siempre, atestada… con 40.000 turistas más, lejos de los 20 de la primera vez, cuando vine hace dos décadas». Ay, si don Ernesto pudiera comprobar lo ridículas que son, comparadas con las actuales, las cifras que le resultaban escandalosas entonces…


Hace tanto tiempo que no vivo los Sanfermines que estar aquí me parece un sueño”, declara, entusiasmado, Luis. “No me puedo creer que mañana sea el chupinazo y lo vea y lo escuche desde abajo, en la misma plaza del Ayuntamiento. Porque… ¿estaremos allí, no?

Abandonan el parque por la salida del Portal Nuevo, puente bajo el que fluye la carretera y que pese a sus dos torreones almenados  —famosos por su extraordinaria acústica—  que trasladan a otra época histórica, fue levantado en los años cincuenta del siglo XX, en el mismo lugar donde estuvo el puente original, destruido en 1823 por los bombardeos que sufrió Pamplona durante el asedio llevado a cabo por las tropas absolutistas.



NOTA

The Sun Also Rises es el título original de la novela Fiesta, de Ernest Hemingway, que universalizó los Sanfermines e hizo famosa la ciudad de Pamplona y sus alrededores.

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«Plaza de los Tocinos (Huesca)»: Archivo Viñuales de fotos antiguas


Desde la conquista aragonesa de Huesca en 1096 y hasta el decreto de expulsión definitiva de los moriscos firmado por Felipe III en 1609 —que se ejecutó en Aragón el 29 de mayo de 1610—, el barrio de San Martín, extramuros, fue territorio de los musulmanes oscenses, convertidos al cristianismo como condición para seguir habitando la ciudad de sus antepasados. San Martín era, entonces, un animado barrio con sus callejuelas y adarves colmados de ollerías, tejerías y curtidurías, que se extendía hasta las fructíferas huertas que, además de los cultivos al uso, se llenaban de hermosas matas de albahaca que aromaban exquisitamente el estío oscense, tradición originada en la época romana que ha llegado hasta nuestros días, no concibiéndose las jornadas festivas dedicadas al santo Lorenzo, patrono de la ciudad, sin las macetas de albahaca en calles, ventanas y balcones y los ramitos que portan en la mano o asomando en los bolsillos de las camisas y pantalones, los y las oscenses.

En ese barrio de esencia mudéjar cuya mezquita —conocida como la Mezquita Verde— fue derruida por orden de los gobernantes cristianos, se construyó allá por el siglo XIII la iglesia de San Martín, parroquia de los moriscos, demolida en 1868 debido a su estado ruinoso y convertido el espacio que ocupaba en plaza, nombrada del Justicia, en homenaje a la ilustre figura histórica de autoridad en el Reino de Aragón que tenía como misión la defensa de los Fueros aragoneses. Y en ese recinto al aire libre en el corazón de la antigua Morería de la ciudad, comenzaron a celebrarse ferias de ganado, siendo las de porcino las más populares, hasta el punto de empezar a llamar los oscenses a la que era y es plaza del Justicia, plaza de los Tocinos, denominación que ha pervivido. Si a un oscense se le pregunta por la plaza del Justicia, tal vez dude unos segundos, pero si se le menta la plaza de los Tocinos no titubeará a la hora de dar las indicaciones pertinentes para llegar a ella.

Durante décadas, cuando dejaron de celebrarse allí las ferias de ganado, la plaza de los Tocinos acogió el mercadillo de ropa de los martes, que congregaba a una clientela fidelísima y ecléctica, amén de paseantes y mirones. Limitando la plaza se construyó, allá por los años treinta del siglo XX, la emblemática Casa Polo, de arquitectura racionalista, en una de cuyas plantas vivió Manuel Sender Garcés que, dos veces alcalde de Huesca, fue el encargado, en 1931, de proclamar la II República en el balcón del Ayuntamiento. Desde esa vivienda de Casa Polo se despidió de su joven esposa, Marcelle, aquel aciago 20 de julio de 1936, para dirigirse al Ayuntamiento, del que era concejal por Izquierda Republicana, sin sospechar que marchaba hacia la muerte.

Enfrente de Casa Polo se inauguró, en la década de los setenta, uno de los primeros bares-frankfurt de la ciudad, El Viejo Acordeón, que ayudó a dar una segunda vida a una plaza que había ido perdiendo protagonismo con el paso del tiempo y que tuvo una lamentable época de degradación contra la que lucharon los habitantes del barrio, orgullosos de morar en la parte del Casco Viejo que antaño fuera territorio mudéjar de la ciudad.

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«Alas…»: Archivo personal


Los días 20 y 21 de julio de 1935 se celebraron en Huesca, organizadas por la Cooperativa de Técnicas Freinet y propiciadas por el pedagogo y artista plástico Ramón Acín, las II Jornadas de la Imprenta en la Escuela, tributo a quienes, desde la Escuela Nueva republicana, habían tomado como modelo la pedagogía de Célestin Freinet, estructurada en una escuela abierta, socializadora, antiautoritaria y asamblearia, donde los textos libres, el tanteo experimental y la observación del entorno conformaban una visión novedosa de la enseñanza, siendo los educandos los sujetos activos y protagonistas de su propio aprendizaje.

Uno de los introductores entusiastas del método freinetiano había sido el inspector de Enseñanza Herminio Almendros, que acudió a aquellas jornadas de innovación pedagógica muy interesado por las diferentes ponencias que las maestras y maestros participantes compartirían con los docentes desplazados a la Escuela Normal oscense desde diferentes escuelas rurales de las provincias de Huesca y Lérida, zonas donde las experiencias de Freinet habían tenido excelente acogida y sobre cuya praxis versaba la convocatoria.

En una de las asambleas, el inspector Almendros coincidió con Simeón Omella, maestro freinetista de Plasencia del Monte, que le regaló un sencillo librito de textos libres escrito e impreso delicadamente por su alumnado y al que el docente aragonés añadió una dedicatoria: «A mi querido amigo D. Herminio Almendros. Fraternalmente, Omella». Fue el último contacto entre ellos.

Iniciada la guerra civil un año después y tomada la localidad de Plasencia del Monte por el fascismo, Simeón Omella, pese a no haberse significado políticamente, tuvo que huir dejando atrás a su familia. Ejerció su magisterio en la zona republicana y, finalizada la confrontación, marchó a Francia. En 1949 fueron a reunirse con él su esposa y tres de sus hijos, que, como familiares directos del antiguo maestro republicano, habían padecido grandes penurias. Simeón, que trabajaba en las oficinas de las minas de carbón de la localidad de Carnaux, amargado y con la salud quebrantada, apenas era una sombra del hombre que sus deudos recordaban. Falleció, con 54 años, el 28 de diciembre de 1950, pocos meses después del reencuentro familiar.

Herminio Almendros se exilió, igualmente, en Francia al finalizar la contienda. Fue acogido por Célestin Freinet y su esposa Élise, también pedagoga, en cuya casa de Saint Paul de Vence residió Almendros hasta que la ocupación alemana le obligó a abandonar suelo francés para marchar a América, dejando en la casa de los Freinet el ejemplar que le había regalado Simeón Omella.

Terminada la guerra mundial, aquel librito escrito por las niñas y niños de Plasencia del Monte pasó a formar parte del fondo documental de Freinet en Niza. Fue en 2010 cuando, unas ilustraciones y una dedicatoria que acompañaban al libro D’Abord les enfants. Freinet y la educación en España (1926-1975), de Antón Costa, alertaron al director del Museo Pedagógico de Aragón, Víctor Juan Borroy, que reconoció los nombres del maestro Omella y del inspector Almendros y contactó con los responsables de los Archivos Documentales de los Alpes Marítimos de Niza para solicitar una copia digital de aquel libro infantil.

Y así, aquellos textos libres escritos por los escolares de Plasencia del Monte, motivados por su maestro, Simeón Omella, durante el curso escolar 1934-1935, regresaron a Huesca setenta y cinco años después de haber sido compuestos. Fue el segundo libro recuperado del olvido editado por los escolares de Plasencia y su maestro.




ANEXOS


NOTA

Edición revisada de un artículo publicado en esta bitácora el día 21 de febrero de 2019.

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«Los centinelas del Reino»: Archivo personal


En el número 42 del Diario Oficial del Ministerio de Marina, con fecha 18 de febrero de 1946, hay un apunte, bajo el epígrafe Bajas, que dice: «Transcurrido el año de «observación facultativa» que determina el artículo 165 del vigente Reglamento de la Escuela Naval Militar, y por no hallarse en condiciones de continuar la vida escolar, se dispone cause baja en la misma el Caballero Aspirante de Marina D. Manuel Derqui Martos». Algo inocuo y aparentemente ajeno a los ojos de la mayoría de no conocerse que el tal Caballero Aspirante que había navegado en el Juan Sebastián Elcano y al que se menciona en esa nota, devendría, con el tiempo, en escritor —cierto que minoritario y, por ende, perfectamente desconocido— que pese a su origen cubano (había nacido en La Habana, el 12 de septiembre de 1921), pasaría su niñez en Tetuán para recalar, tras su baja de la Marina, en Zaragoza, ciudad que adoptó como propia, y terminar sus días, todavía joven, en Aragüés del Puerto, pueblecito de la provincia de Huesca en el que su corazón se paró para siempre el día 13 de septiembre de 1973.

Como otros escritores, fue a su muerte cuando los textos de Manuel Derqui Martos, literato prolífico que había venido publicando en periódicos y revistas, vieron la luz en forma de libros. Dos de ellos a resaltar:


  • Meterra, novela que, según el propio autor, es «la biografía imaginada de un pintor que fracasa como hombre y como artista». Fue publicada en 1974 y los conocedores de la obra de Derqui señalan que, además de su factura experimental, posee una impronta kafkiana evidente en la que la Zaragoza del autor cubanoaragonés tiene cumplida correspondencia con la Praga de Kafka.
  • Cuentos, recopilación de narraciones breves publicadas en la prensa aragonesa, que se dio a la imprenta en 1978; de entre los textos recogidos destaca De Rerum Malleorum, magistral relato fantástico que se desarrolla en los Mallos de Riglos y describe una alucinante ascensión de dos alpinistas a los tubos pétreos que Derqui rebautiza como Macizo de Logris, quimérica elevación en la que conviven vampiros, lamias y seres del Inframundo con una poderosísima fauna autóctona, convertida en perversa y mortífera en la narración, y tan surrealista como el fantasmagórico hábitat dibujado con maestría por el escritor, que hace perecer a sus angustiados protagonistas en un entorno que, incluso sin el envoltorio de irrealidad claustrofóbica, se presta a la fabulación y la hipérbole.


La extraordinaria imaginación de Manuel Derqui Martos aporta sensaciones sobrenaturales nuevas a un lugar que obsequia su arriscada belleza y su magia a quienes contemplan los monumentales escarpes de conglomerados rojizos  —el Puro, el Pisón, el Visera, el Firé…, a los que Sender llamó “centinelas de las huestes del Diablo”—  y buscan entrever, entre las grietas de los imponentes farallones erguidos sobre el río Gállego, las ocultas criaturas ancestrales de las leyendas, observadoras no intervinientes (¿o sí?) del devenir humano, anfitrionas de tormentas y ventiscas y testigos silentes, tanto de los esfuerzos por conquistar las cimas, como de las ilusiones derrotadas.

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«Donde aún quedan rastros de la niñez»: Archivo personal


«(…) He pensado muchas veces en estas palabras ciertas y desconsoladoras del nunca bien y bastante ponderado Francisco Giner: “No he podido explicarme jamás –decía el maestro– cómo siendo los niños tan inteligentes son tan necios los hombres”.

(…)

A los veinte meses de nacer el primero de mis hijos me ha nacido el segundo. A Jaimín, un cuñadín de cinco años, al comunicarle la grata nueva, dicen que contestó: –¿Para qué habrá encargado un nuevo nene, si hace poco encargó otro y no es rico?

Todos han reído la gracia del pequeño tío de los críos que yo fabrico. Todos menos yo, que, silencioso, he jurado no desaprovechar la lección de maltusianismo salida de labios del mejor maltusiano; un maltusiano que, por los cinco años que cuenta de edad, ni tan siquiera ha podido oír hablar de Malthus

(…)

Hace años, recuerdo que estudiaba el piano mi hermana y andaba por las vueltas Paquito, un muchachote contrapariente coloradote y revoltoso a más no poder. Mi hermana, en una de las pausas a que le obligaban las travesuras del rapaz, preguntóle: “¿En tu casa no tenéis piano?”. “No –contestó Paquito con su media charla–. En casa no tenemos piano, pero tenemos tocino”.

Verdaderamente, no sólo de música se puede vivir. A Paquito, para hacerle pasar en silencio un estudio de Schuman, hubo que darle a mascullar un trozo de jamón.

(…)

No son cuentos los que anteceden (…). Son anécdotas. Su valor no está en el modo de exponerlas yo, sino en la manera de ellos decirlas. No son invenciones mías; son cosas de chiquitines inteligentes que no han tenido todavía tiempo de estudiar para necios».

—Fragmentos de Florecicas, artículo publicado en la revista Vértice, el 6 de agosto de 1925, por Ramón Acín Aquilué (1888-1936). Pintor, escultor, cartelista, articulista, pedagogo. Profesor de Dibujo de la Escuela Normal de Huesca. Anarcosindicalista. Asesinado en Huesca, la ciudad que tanto amó, y a cuya grey infantil legó Las Pajaricas [FOTO], que fueron, durante la dictadura, recuerdo palmario del artista fusilado y, hoy en día, además, el emblema más representativo de la ciudad—.




ANEXO

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«El teatro Olimpia en los años 30»: Archivo de fotos antiguas


En el Coso Alto —que, con el Coso Bajo, conforma la vía peatonal que discurre por el centro de Huesca—  se levanta la fachada neoclásica del teatro Olimpia, construido por iniciativa privada e inaugurado el 9 de junio de 1925. Cerrado para su reforma y rehabilitación en 2003,  volvió a abrir sus puertas en 2008 [FOTO], regresando a la vida de una ciudad que, pese a su poca extensión y número de habitantes, goza de variadas propuestas socioculturales de las que el Olimpia ha sido, muchas veces, el anfitrión, como en el caso del Festival Internacional de Cine que, cada mes de junio, convierte Huesca en la capital de cortometrajes y documentales, habiendo adquirido tal relevancia que la preselección de los cortos que optan al Óscar y al Goya se realiza partiendo de los premios recibidos en la Sección de Concurso del Festival de Huesca.

Imposible dejar en el tintero, a propósito del Festival de Cine, el premio «Francisco García de Paso», con galardón pero sin dotación económica, que distingue al cortometraje que más destaca por resaltar los valores humanos. Paco García de Paso (1948-1994), que da nombre al premio, fue profesor de quien esto escribe; hombre talentoso y persona bondadosa, dejó su marchamo humanista en los muchachos y muchachas que tuvieron el privilegio de asistir a sus seminarios en el instituto Ramón y Cajal y al que, pese al tiempo transcurrido, mantienen en el recuerdo.

Fue el inolvidable Paco quien, en cierta ocasión, en una charla informal sobre el anarquismo, habló a las chicas y chicos del mitin multitudinario que la CNT celebró en el teatro Olimpia aquel domingo, 26 de enero de 1936. Lo organizó y presidió el admirado Ramón Acín Aquilué (1888-1936) que, en su alocución inaugural, resaltó la importancia de las mujeres, dueñas de su destino y compañeras de los hombres, siempre a su misma altura,  en su lucha para conquistar la libertad y la emancipación. Al discurso de Acín siguieron los de otros conocidos anarquistas: los aragoneses Miguel Chueca Cuartero (1901-1966) y Miguel Abós Serena (1889-1940) y el escritor y periodista gaditano, representante de los sindicalistas andaluces, Vicente Ballester Tinoco (1903-1936).

El tema central de las disertaciones fueron las elecciones generales que iban a celebrarse aquel 1936, resaltándose los recelos de la CNT por la pusilanimidad de los partidos de izquierda concurrentes e insistiéndose —con independencia de decidirse por votar o abstenerse— en la necesidad de mantenerse alertas ante el fascismo para no ceder en la conquista de las libertades. Ninguno de aquellos hombres de convicciones firmes ni el público asistente podían prever que, seis meses después, un golpe militar daría lugar a una guerra que destrozaría vidas y anhelos de muchos españoles; incluidos los presentes en aquel histórico mitin.

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«Matando moscas a cañonazos»: Archivo personal


Empezó a darle vuelta al café con leche con la cucharita. El líquido llegaba al borde, llevado por la violenta acción del utensilio de aluminio. (El vaso era ordinario, el lugar barato, la cucharilla usada, pastosa de pasado.) Se oía el ruido del metal contra el vidrio. Ris, ris, ris, ris. Y el café con leche dando vueltas y más vueltas, con un hoyo en su centro. Maelstrom. Yo estaba sentado enfrente. El café estaba lleno. El hombre seguía moviendo y removiendo, inmóvil, sonriente, mirándome. Algo se me levantaba de adentro. Le miré de tal manera que se creyó en la obligación de explicar:
—Todavía no se ha deshecho el azúcar.
Para probármelo dio unos golpecitos en el fondo del vaso. Volvió en seguida con redoblada energía a menear metódicamente el brebaje. Vueltas y más vueltas, sin descanso, y ruido de la cuchara en el borde del cristal. Ras, ras, ras. Seguido, seguido, seguido sin parar, eternamente. Vuelta y vuelta y vuelta y vuelta. Me miraba sonriendo. Entonces saqué la pistola y disparé.
MAX AUB: Crímenes ejemplares (edición de 1957).


Cuando Max Aub (1903-1972), literato de inventiva sobresaliente, publicó en México sus Crímenes ejemplares, la reacción de la crítica fue de indiferencia. “Una obrita menor del gran Aub”, decían, “que no se la tomamos en cuenta porque es muy respetada su trayectoria”. Hubo de esperar a la edición de 1969, en la que añadió nuevos cuentos y microcuentos, corrigió algunos y expurgó otros, para que esa aparente obra menor empezara a calar en entendidos y lectores y a ser considerada original y propia de un autor que ya había demostrado suficientemente su capacidad creativa más allá de aquellas novelas sobre la guerra (in)civil española, El laberinto mágico, en las que impuso ese sello suyo vehemente y dolorido. Porque ese Max exiliado que nunca dejó de sentirse español pese a su origen parisino (“Se es de donde se hace el bachillerato”, afirmaba) fue un concienzudo trabajador de las letras (poemas, cuentos, novelas, artículos periodísticos, ensayos, obras de teatro, guiones cinematográficos…), un malabarista de la literatura capaz de pergeñar biografías de personas imaginarias a las que dotaba de unas vidas tan auténticas y documentadas que resultaba difícil descubrir que jamás existieron en el mundo real.



El Oficial Mayor de la Unión de Autores Cinematográficos me devolvió amablemente mi manuscrito:
—Lo siento mucho, señor, pero la comisión de registro ha dictaminado que su argumento no se puede aceptar porque su historia es idéntica a otra que registró hace un mes el señor Julio Ortega.
—No es posible. ¡Esta historia se me ha ocurrido a mí! ¡Es mía!
—Según dicen, sólo varia el titulo y unos pequeños detalles.
Era imposible. Era una historia muy buena, completamente original. Seguramente le habría gustado a alguno de los componentes de esa misteriosa comisión, y decidió apropiársela. Apuré mi paciencia:
—¿Puedo ver el argumento del señor Ortega?
Me lo tendió y lo hojeé. Efectivamente, los dos asuntos eran muy semejantes. ¡Pero era imposible que se le hubiese ocurrido a él! ¡Aunque lo hubiera registrado antes que yo! ¡Así lo escribiese antes que yo! ¡La idea era mía y nada más que mía! ¡Era un robo!
Así lo dije, así lo grité. No lo quisieron comprender. No acertaron a darse cuenta de que el tiempo no importa absolutamente nada para las ideas. Muy pocas gentes saben lo que es poesía: la confunden con la historia, con la historia falsa que inventan para satisfacer sus mezquinas necesidades. Yo vi cómo cuchicheaban, sonreían. ¡Botarates! ¡Hasta me sonrojé! No me pongo colorado más que cuando me achacan algo falso. Se me revolvieron las tripas.
Entonces entró el señor Ortega. Era un hombre completamente vulgar, a quien evidentemente no se le podía haber ocurrido aquella idea: la frente estrecha, la panza grande; con tipo de carnicero. Lo hice con la plegadera, pero lo mismo hubiera podido ser el pisapapeles. Sangró como un cochino.
MAX AUB. Op. Cit.


NOTA

En 2020, la editorial española Reino de Cordelia publicó una nueva edición de Crímenes ejemplares, con ilustraciones de Pedro Arjona.

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Valderrobres2-A

«Una tronera abierta a la historia»: Archivo personal


Aprovechando el Día de Aragón y de camino al Observatorio de Aves Mas de Bunyol, recalan los viajeros en un emplazamiento bajoaragonés de belleza sublime. Arriba, coronando el cerro donde se asienta la localidad, el castillo palacio [FOTO], rescatado del abandono y espléndidamente rehabilitado en los años ochenta del siglo XX; abajo, el río Matarranya/Matarraña, lamiendo con su caudal irregular los tajamares del excepcional puente de piedra [FOTO] que, por una puerta de sillería con torreón almenado y una hornacina con la imagen del santo Roque —protector contra las epidemias— conduce a los visitantes a Valderrobres, villa de extraordinarias arquitecturas que combinan y aúnan el arte gótico, el renacentista y el manierismo en un conjunto monumental bellísimo que jalona, de uno y otro lado, las pendientes empedradas de sus medievales callejas hasta la cima, donde, allá por el siglo XIV, un humilde torreón, quizás musulmán, terminó convertido en un señorial palacio  —intercomunicado con la iglesia de Santa María la Mayor—  que fue residencia de sucesivos arzobispos de Zaragoza —señores feudales y amos de estas tierras— merced a la donación que, en el siglo XII, había hecho de ellas Alfonso II de Aragón al cabildo zaragozano, tras conquistar este territorio para la Corona.

Tres siglos después de la concesión, el arzobispo García Fernández de Heredia —quien más empeño puso en engalanar el que, en principio, solo iba a ser un castillo defensivo, además de ordenar el amurallamiento de la villa y la construcción del puente—  fue asesinado en ruta a su feudo valderrobrense, cuando regresaba de las Cortes de Calatayud, tras dirimirse qué candidato al trono aragonés era el más idóneo para sustituir al monarca Martín I, muerto sin descendencia. Las luchas e intrigas entre las distintas facciones por hacerse con la titularidad de la Corona de Aragón, llevaron a Jaime II de Urgel, que se postulaba como futuro rey, a encargar el asesinato del arzobispo, valedor, en última instancia, del infante castellano Fernando de Antequera, que terminaría ocupando el trono como Fernando I de Aragón.

El señorío arzobispal de Valderrobres se mantuvo ligado a la nobleza eclesiástica hasta la desamortización de Mendizábal, pasando después a manos del Estado y quedando el castillo palacio y su portentosa iglesia en semiabandono durante muchos —demasiados— años.

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