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Archive for the ‘Cruzando otros horizontes’ Category

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«Ribes de Freser (Gerona)»: Archivo personal


En la comarca gerundense del Ripollés, bajo los imponentes Pirineos, se encuentra, en la confluencia de los ríos Rigard, Freser y Segadell, la atractiva villa de Ribes de Freser. Fue ese municipio el elegido como destino vacacional por el catedrático de Historia, periodista y diputado republicano Miguel Morayta y Sagrario.

Corría el año 1886 cuando el diputado Morayta se instaló en el balneario Perramón  —del que actualmente solo queda la capilla, convertida en ermita de Nuestra Señora del Rosario—  dispuesto a tomar las aguas y a entretener los días paseando por los alrededores de la localidad. En una de sus salidas por las inmediaciones de las ruinas del castillo de Sant Pere, en una zona oculta que los habitantes de Ribes llamaban Vilademunt, el político madrileño observó unas miserables bordas y se topó, asombrado, con los extraños moradores que las habitaban. Miguel Morayta había desvelado el secreto que guardaban los vecinos de Ribes de Freser: La existencia de los Golluts.

Con una estatura inferior a 1’30, piel muy blanca y sin vello (los hombres, imberbes), ojos achinados, mejillas prominentes, cabellos rubios o pelirrojos, los cuellos exageradamente abombados por el bocio (goll, en catalán) y una notable discapacidad intelectual, aquel centenar de personas desaseadas, de singular morfología y lenguaje verbal rudimentario, anonadaron al turista castellano que, convencido de haber descubierto un novedoso eslabón suelto de la cadena evolutiva o, como mínimo, una tribu de origen tártaro emigrada siglos atrás a los Pirineos catalanes, no dudó en mandar un articulo al periódico en el que colaboraba dando cuenta de su descubrimiento y exponiendo sus teorías.

El alboroto fue monumental. Los habitantes de Ribes de Freser, que no eran ajenos a la existencia de los Golluts porque los aislados en Vilademunt pastoreaban los rebaños propiedad de los ribetanos, temían que la polémica suscitada incidiera negativamente en su economía, boyante en aquel entonces merced al turismo termal y la industria textil. Por su parte, la Iglesia Católica elevó su amenazante voz cuando algunos periódicos no dudaron en relacionar el hallazgo de esas criaturas con los postulados de Darwin.

Ante tanta controversia, fue la Ciencia Médica la que dio la única explicación plausible, acallando los argumentos más peregrinos. La nula higiene, la mala alimentación, la falta de yodo con la subsiguiente disfunción de la glándula tiroides y la continua endogamia eran las causas reales del deterioro físico y mental de aquellos seres humanos a los que el temor, el abuso (se les insultaba y golpeaba y, en algún caso, se llegó al asesinato impune), el desprecio y los prejuicios habían condenado a vivir en semejantes condiciones y alejados de la sociedad. Pero el daño era ya irreversible y aunque se quiso tratar médicamente a los Golluts (llamados también Nans o enanos) en hospitales regidos por órdenes religiosas, la mayoría huyeron de los centros asistenciales para regresar al lugar donde habían pasado toda su vida. Se cree que el último descendiente Gollut falleció en los años ochenta del sigo XX.

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Escalier de Coluche

«Homenaje a Coluche de Zag & Sia»: Archivo personal


«Llamo a los holgazanes, a los pordioseros, a los drogadictos, a los alcohólicos, a los gais, a las mujeres, a los parásitos, a los jóvenes, a los viejos, a los artistas, a los convictos, a las lesbianas, a los aprendices, a los negros, a los transeúntes, a los árabes, a los franceses, a los melenudos, a los locos, a los travestis, a los antiguos comunistas, a los abstencionistas convencidos, a todos los que no cuentan para los políticos, a votar por mí, a inscribirse en los Ayuntamientos y a extender la noticia.

¡Juntos con Coluche para darles por el culo!

Soy el único candidato que no tiene ninguna razón para mentir».
Llamamiento al Pueblo del candidato Coluche en las elecciones francesas de 1981—


Esperpéntico, procaz e insolente (“Propongo que votemos a un imbécil que no se entera. O sea, a mí”), el cómico Michel Colucci (1944-1986), alias Coluche, irrumpió en las elecciones francesas de 1981 sin otra intención que dejar al aire las vergüenzas de los partidos y candidatos que, con calculada seriedad, concurrían a los comicios llevando en sus programas todas las panaceas, espejismos y parafernalias al uso que decantaran el voto hacia sus formaciones, nada, por otra parte, muy diferente de lo que se hacía y se hace en cualquier confrontación electoral.

El candidato Coluche, con su humor grueso y sus astracanadas, no hizo sino despojar de marrullerías y grandilocuencias los discursos de unos y otros, denunciando sin sutilezas que, en general, sean cuales sean los resultados de unos comicios, los desfavorecidos de la sociedad permanecen, ad infinitum, en Tierra de Nadie.

Cuando las encuestas sobre intención de voto señalaron que aquel “ridículo bufón” podía rozar el 16% de los sufragios, las burlas de sus adversarios y los medios partidistas se transformaron en furibundo acoso y las diatribas de los más exaltados extremistas ultramontanos en amenazas de muerte. Coluche, que se consideraba “un antiguo pobre” pero reconocía no tener madera de héroe, decidió retirarse finalmente de la contienda por la presidencia de la República Francesa y pedir el voto para los socialistas.

Coherente, no obstante, con las prédicas de su efímera campaña electoral, ideó y fundó Les Restos du Coeur, una organización que empezó dando de comer a personas en situación precaria —porque, como él mismo afirmaba, “Dios dijo que debíamos compartir, así que regaló la comida a los ricos y dejó el hambre para los pobres”—, y que pervive todavía prestando gran variedad de servicios sociales (alimentación, alojamiento, búsqueda de empleo, acceso a la cultura, vacaciones infantiles…) a quienes más necesitan de la solidaridad del prójimo.

Fallecido en 1986, en un accidente de moto, su iniciativa de Los Restaurantes del Corazón, continuada en la actualidad por sus hijos, dio lugar, en 1988, a la conocida como Ley Coluche de deducciones fiscales a quienes realizan donaciones a instituciones benéficas.

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«Desde el mirador»: Archivo personal


A buen paso y sin paradas, caminan desde Zizur hasta el cordal de la sierrecilla —donde una prospección descubrió un emplazamiento romano de campaña— que domina Gazólaz, siguiendo el familiar itinerario que otros senderistas, en su mayoría mujeres, recorren en una y otra dirección, aunque obviando la ascensión al monte. Son tantas las personas que parecen haber acordado transitar a la vez por la misma vereda que el camino ya semeja un bulevar festoneado de hierbas y árboles entre los que, con mejor o peor soltura, hace el paseíllo una buena colección de calzado deportivo con el color blanco como seña predominante.

A la vuelta, pasado el mirador, se cruzan con el señor Juan-Ignacio  —ochenta y seis años mejor que bien llevados— y su nuera, vecinos de Madalina y Camelia y habituales entre los paseantes que hacen la ruta Zizur-Gazólaz-Zizur. “A estos mañicos habrá que empadronarlos en Navarra”, les dice el hombre, con un guiño, sin detener la marcha.


El señor Juan-Ignacio nació, en 1937, en un caserío de Oyarzun que, durante la II Guerra Mundial, sirvió de refugio a aviadores aliados derribados en Francia y que la conocida como Red Comète, que contaba con colaboradores en el País Vasco, se encargaba de trasladar a los consulados británicos de San Sebastián y Bilbao, rehuyendo a la Gestapo y a la policía franquista. La Red Comète fue puesta en marcha en 1941 por la joven belga Andrée (Dédée) de Jongh (1916-2007) para evacuar a través de la frontera franco-española a pilotos aliados, combatientes fugados de campos de concentración y prisiones, judíos y cualquier persona perseguida por los nazis. Entre los colaboradores españoles, la Red Comète contó con María Garayar Recalde (1893-1983) y miembros de su familia. Tanto su marido, pese a no pertenecer a la Red, como ella y sus cuñados fueron detenidos por la policía franquista y encarcelados. En Bélgica y Francia, varios miembros de la Red Comète cayeron en manos de la Gestapo y algunos fueron fusilados, pese a ello los nazis no consiguieron desmantelar la organización, a la que también perteneció Maritxu Anatol Aristegi (1909-1981), una francoespañola con residencia en Irún cuya heroica contribución a la Red Comète fue reconocida en 1946 por los gobiernos de Francia, Inglaterra y Estados Unidos.

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PuentedeLasCadenas

«Puente de las Cadenas (Budapest)»: Archivo personal


«Budapest es la más hermosa ciudad del Danubio; una sabia autopuesta en escena, como en Viena, pero con una robusta sustancia y una vitalidad desconocidas en la rival austriaca. Si la Viena moderna imita el París del barón Haussman, con sus grandes bulevares, Budapest imita a su vez este urbanismo vienés de acarreo, es la mímesis de una mímesis; es posible también que gracias a esto se asemeje a la poesía en su acepción platónica y su paisaje sugiera, más que el arte, el sentido del arte».- Claudio Magris, Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2004, autor de El Danubio


A escasas horas de abandonar Budapest, regresan al Bastión de los Pescadores, en Buda, para admirar y absorber desde las alturas la ciudad y el río una última vez. La neblina matinal apenas les deja atisbar los contornos borrosos de la ciudad [FOTO] que las retinas mantienen nítidos, fijados a perpetuidad tras el callejeo incesante y puntilloso por rúas y avenidas que siempre terminaban, sin que el azar interviniera, a orillas del Danubio. El río. El amado. Aquel al que suelen retornar reviviendo, desordenados, los tramos magníficamente descritos por Magris. Conocieron el río en la rumana Galați, aprendieron a amarlo siguiendo su curso por el delta hasta la desembocadura en el mar Negro y rindiéronse a él en su nacedero de la Selva Negra. Desde el bastión aquincense lo perciben, huelen su fango y recrean en sus recuerdos la travesía de una hora, cuatro días atrás, sobre sus aguas enturbiadas, con el atardecer de Budapest iluminado y las miradas yendo de los puentes [FOTO] a las colinas y de las brillantes ondulaciones del río al majestuoso edificio del Parlamento [FOTO], el segundo mas grande del mundo detrás del mandado construir por el megalómano Ceaușescu en Bucarest.



Horas después del minicrucero, devendría la angustia  —como ya les sucedió, rememoraban Marís y Yoly,  en la visita realizada en noviembre—,  cuando, al día siguiente, bien guardadas en el hotel las chapas con la bandera palestina, se acercaron a la Gran Sinagoga y visitaron el antiguo gueto judío de edificios abandonados [FOTO] para encaminarse, otra vez, al río, a la orilla donde sesenta pares de zapatos forjados en hierro [FOTO] recuerdan una de las innumerables atrocidades nazis perpetradas contra judíos y romaníes: los despiadados verdugos obligaban a sus víctimas a descalzarse, las ataban por parejas, disparaban a una de las personas emparejadas y ambas eran arrojadas al Danubio, convertido en fosa receptora del horror.
Luego, sin apartarse de la ribera danubiana y con idéntica aprensión y doliente desgarro, caminaron unos metros más para depositar un ramo de flores en el Memorial [FOTO] dedicado a los romaníes húngaros asesinados por los nazis y sus colaboradores magiares; esos romaníes masacrados a los que la historia oficial reconoció tardíamente y con desgana y cuyas hermanas y hermanos de etnia continúan siendo señalados en bloque, aun en el siglo XXI, con los estereotipos que conducen a la etnofobia.

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«Signum Regium de Aragón en Budapest»: Archivo personal


En Budapest, en la orilla danubiana correspondiente a la histórica ciudad de Buda, ondea, junto a la enseña húngara, el Señal Real de la Corona de Aragón; es el homenaje de la capital de Hungría a la princesa magiar que en el siglo XIII matrimonió con el monarca Jaime I de Aragón, convirtiéndose en reina de los territorios de la Corona. Desde que, tras la caída del comunismo, las autoridades húngaras redescubrieron a la compatriota que fue soberana consorte de una monarquía medieval de la península Ibérica, la (casi) desconocida Violante, de la Casa de Árpád, hija, esposa y madre de reyes, ha sido la protagonista de reconocimientos y honores, incluida la ofrenda floral, en 2005, del entonces presidente de Hungría, Ferenc Mádl, quien, acompañado de los Príncipes de Asturias, visitó el monasterio cisterciense de Santa María de Vallbona (Lérida), donde la reina Violante se halla enterrada. Ya en 2003, las autoridades húngaras habían donado 12.000 euros para restaurar el sepulcro [FOTO] que contiene los reales despojos.


Afirman los historiadores que Violante de Hungría (1215-1251) era una mujer culta y resuelta que llegó a entenderse muy bien con el esposo que le había buscado el papa Gregorio IX, tras haberse anulado el matrimonio del rey aragonés con Leonor de Castilla. El nuevo enlace de Jaime I el Conquistador (1208-1276) con Violante tuvo lugar en Barcelona, en diciembre de 1235, en una ceremonia celebrada por el obispo de Pécs, en cuya compañía y la de un centenar de soldados y sirvientes, había llegado la princesa desde su país natal.

Según las crónicas, la soberana fue la mejor valedora de la conquista del reino musulmán de Balansiya/Valencia, que su marido llevaba años forjando en contra del parecer de la nobleza aragonesa. La reina Violante no solo animó a Jaime a mantener el asedio de cada plaza en liza en las distintas fases de la conquista, sino que arengaba a las tropas paseándose a caballo entre la soldadesca, que la veneraba, no en vano, poniendo por delante su estatus de consorte, tenía por costumbre acompañar al rey en sus desplazamientos, ejerciendo de esposa tanto como de asesora, y algunos de sus nueve hijos habían nacido en una tienda de campaña cercana a cualquier contienda en la que intervenía el monarca.

De su capacidad negociadora es buena muestra el Tratado de Almizra (en el que intervino como mediadora) pactado entre Jaime I y el príncipe Alfonso de Castilla (futuro Alfonso X el Sabio, que acabó siendo yerno del monarca aragonés y de Violante) para establecer los límites territoriales de la Corona de Aragón y del Reino de Castilla.


Violante, princesa de Hungría y reina consorte de la Corona de Aragón, falleció  —se dice que de unas fiebres que le contagió uno de sus hijos—  en el santuario de Santa María de Salas de Huesca, trasladándose sus restos al monasterio de Vallbona, en Lérida, del que era benefactora y donde había expresado su deseo de reposar definitivamente.

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«Donde la nieve II»: Archivo personal


Se deslizan despacio, pendientes de Madalina Cristea, más entusiasmada que habilidosa en su segunda jornada de esquí. “¡Mete el culo, que si no cargas todo el peso en las espinillas!”, le grita la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio. El último descenso lo hacen, acalorados, con los anoraks  atados a la cintura, bajo un Sol que, despiadado, va dejando a la vista las placas de hielo y algunas rocas desnudas cubiertas por la nieve horas antes.


Muy cerca de estos sinuosos pastizales blanqueados de las tierras jaquesas, donde todavía el invierno muestra cierto rigor de antaño, nace el rio Aragón, que dio nombre al Biello [1] Reyno y a la posterior Corona y del que sigue siendo deudo el territorio que abarca, de norte a sur,  desde Ansó (Huesca) a Abejuela (Teruel). Aquí, en el valle de Astún, entre los imponentes omes grandizos [2]  petrificados que forman el ficticio mausoleo de Pyrene, la desgraciada princesa que dio nombre a la cordillera y cuyas lágrimas originaron los espectaculares ibones pirenaicos; dos de ellos, el de Escalar y el de Truchas, mantienen vivo el caudal del río Aragón a lo largo de los 195 kilómetros que recorre hasta rendir sus aguas al Ebro.


A las tres de la tarde, después de casi seis horas en un no parar, regresan al aparcamiento anexo a la estación. Sudorosos, fatigados y apetentes, los generosos bocadillos de tortilla de patata que les preparó Olarieta antes de partir les saben como el más exquisito de los manjares.






NOTAS

[1] En aragonés, viejo.
[2] Id, gigantes.

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«Luces en el camino»: Archivo personal


Tras una mención a Anduze, escuchada casualmente a unos forasteros en el bar del Salón Social, se activan los engranajes de la memoria de Marís y la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio y aflora, desde la penumbra del tiempo, el nombre de Francisco (Paco) Larroy (1924-2021), residente hasta su fallecimiento en la citada localidad francesa. Fue, rememoran, el último superviviente de los treinta y dos heroicos guerrilleros españoles —diez de ellos aragoneses— de la 21ª Brigada que, comandados por Miguel Arcas, Cristino García y Gabriel Pérez, y con el apoyo de ocho partisanos franceses y dos pilotos de la RAF, protagonizaron, el 25 de agosto de 1944, cerca de Tornac, uno de los combates de la II Guerra Mundial tan decisivos como increíbles —no hubo ni una sola baja entre los republicanos y sí en las filas alemanas, además de heridos y prisioneros— que ha pasado a la historia como Batalla de la Madeleine.

El por entonces veinteañero Paco Larroy, su hermano Antonio y sus compañeros emboscaron, contuvieron, sitiaron y obligaron a capitular a entre 1000 y 1200 soldados de la Wehrmacht que viajaban en dirección al valle del Ródano bien pertrechados con 60 camiones, 5 blindados ligeros y tres cañones. Se trató de una gesta tan singular, dado el desequilibrio numérico y armamentístico entre las partes contendientes y su sorprendente desenlace, que cuando Konrad A. Nietzche  —el oficial alemán al mando que firmó la rendición—  conoció que el supuesto ‘ejército’ que los había mantenido en jaque lo formaban solo cuatro decenas de combatientes, en su mayoría de la AGE, optó por el suicidio.

Una estela conmemorativa, con su correspondiente leyenda, en el lugar de los hechos recuerda la proeza de estos guerrilleros, a los que el gobierno francés concedió la Cruz de Guerra con Estrella de Plata en 1947. En el caso del asturiano Cristino García —fusilado por los franquistas el 21 de febrero de 1946, pese a las protestas internacionales— y el aragonés Elías Piquer —muerto, con apenas diecinueve años, en un enfrentamiento con la Guardia Civil en Benasque (Huesca), el 13 de octubre de 1944— la recibieron a título póstumo. Otro de los guerrilleros, el también aragonés Martín Vidal, rechazó la condecoración.

En 2021, dos meses y medio antes de fallecer Francisco Larroy Masueras, el Estado Francés quiso homenajear a los republicanos españoles de la batalla de la Madeleine en la persona de quien, setenta y siete años después, se había convertido en el único guerrillero vivo de los treinta y dos intervinientes, otorgándole la medalla de la Orden de la Legión de Honor, una de las más altas distinciones de la República Francesa.



De Francisco (Paco) Larroy, nacido en la villa oscense de Sariñena y huido con su familia a Francia en los meses finales de la guerra (in)civil, combatiente contra el fascismo, participante en la batalla de la Madeleine y en las incursiones guerrilleras que, desde Francia, tenían como destino los valles españoles de Arán y Benasque, les habló por primera vez el luchador antifascista y escritor Mariano Constante (1920-2010), en una visita que Emil, Marís y la veterinaria le hicieron en Montpellier, la ciudad en la que vivía desde los tiempos del obligado exilio.

A Mariano, superviviente del pavoroso campo de trabajo y exterminio de Mauthausen, lo habían conocido, siendo estudiantes, en Huesca, a donde había acudido a dar una conferencia sobre el papel de los republicanos españoles en la II Guerra Mundial; finalizado el debate posterior, se acercaron a charlar con él y hablando del pueblo oscense del que era originario, descubrieron que existía un parentesco lejano entre el abuelo de Emil y la madre del señor Constante, propiciándose que se mantuviera cierto contacto a partir de entonces.

Y aunque mientras vivió, nunca quiso Mariano Constante trasladar su residencia a España, sí dejó dicho que, a su muerte, sus cenizas se esparcieran por la sierra de Guara, el lugar donde combatió como miliciano en la (in)civil guerra.





ADENDA

  • El fusilamiento en España de Cristino García Granda (1914-1946), que tenía el estatus de Héroe Nacional en Francia por sus innumerables intervenciones contra el invasor alemán —incluida la planificación de la estrategia en la batalla de la Madeleine—, reveló el verdadero rostro de quien, recién acabada la guerra europea, era presidente provisional de la República Francesa, Charles de Gaulle. Pese a las protestas que la Asamblea Francesa en pleno elevó a las autoridades españolas para evitar la aplicación de la última pena al guerrillero español, la máxima autoridad del gobierno francés ni siquiera tuvo el decoro de solicitar a Franco Bahamonde el indulto para el hombre que, a las órdenes del propio De Gaulle y los mandos aliados, había servido con fidelidad y firmeza la causa de la libertad. El declarado anticomunismo de De Gaulle pesó más que la suerte de aquel republicano —sí, comunista— que tanto se había significado en la defensa de la dignidad, la integridad y la democracia.
  • Con posterioridad a 1947, la historiografía francesa practicó un revisionismo chauvinista de la batalla de la Madeleine, minimizando, cuando no ocultando —como sucedería con otros hitos—, la abrumadora presencia española en su planificación, desarrollo y desenlace, convirtiendo a la Resistencia Francesa en la única artífice de la victoria. Tuvieron que pasar setenta años para que se enmendara un error nada casual y se reconociera públicamente a quienes fueron los protagonistas principales de la hazaña.

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«Jesús sin hogar, escultura en bronce de Timothy Schmalz»: Archivo personal


«Yo nací en Alfamén, un pueblito o caserío de la provincia de Zaragoza, como a veinte kilómetros del pueblo donde había nacido Domingo Laín. También soy de familia de campesinos pobres, y también desde niño fui educado como en una actitud normal muy sana en aquellos pueblos, con una religiosidad popular muy fuerte, y con las mismas cualidades fundamentales de honradez, solidaridad humana y cristiana, pues eso los padres de uno lo inculcan mucho y desde sus primeros días de vida. Esa es la norma general en aquellas regiones españolas. A los once años yo me fui para el seminario de Zaragoza. Primero estuve en un pueblito que se llama Alcorisa, donde estaba el seminario menor, después pasé al seminario mayor.
[…]
Estuve sin saber de mi familia durante nueve años. Cuando ya supe de mi familia, ya habían muerto mi padre y mi madre. Hacia ya varios años. Ellos tampoco volvieron a saber nunca de mí. Lo mas duro que me dio fue una vez que se habló de mi supuesta muerte, con mucha certeza, yo no podía comunicarme con mi mamá, pero yo sí la oía hablar a ella por radio. Le hacían una entrevista en donde ella decía que me estaban haciendo misas por mi eterno descanso. Que ella estaba segura de que yo era un hombre muy bueno, aunque decían que yo había muerto por malo. Y que ella oraba mucho para que, ya que había muerto, pues que Dios me llevara al cielo. Yo la oía en esa entrevista, pero las condiciones de la guerrilla en ese momento eran de una guerrilla errante, nómada, y nunca me pude comunicar con ella.
Ella murió sin saber si yo realmente había muerto o no.(…) Mis padres se llamaban Marcelino Pérez y Herminia Martinez.
»
Manuel Pérez Martínez, el Cura Pérez, guerrillero—



El 14 de febrero de 1998 fallecía en Colombia, de una hepatitis fulminante, Gregorio Manuel Pérez Martínez, el Cura Pérez, sacerdote aragonés natural de Alfamén (Zaragoza), que, junto a José Antonio Jiménez Comín, de Ariño (Teruel), y Domingo Laín Sanz, de Paniza (Zaragoza), —también eclesiásticos—  formaron parte activa del Ejército de Liberación Nacional Colombiano del que también fue miembro Camilo Torres, precursor de la Teología de la Liberación.

Ordenado sacerdote en 1966 y afiliado a la Obra de Cooperación Sacerdotal Hispano-Americana, Manuel Pérez recala, junto a José Antonio Jiménez, en la República Dominicana, de donde ambos fueron expulsados por su empatía con sus feligreses y su implicación en la lucha por los derechos humanos; otro tanto sucedería con el panicense Domingo Laín, que desarrollaba su misión pastoral en Colombia.

Obligados Manuel y José Antonio a instalarse forzosamente en Cartagena de Indias, su actitud de ayuda y defensa de las clases desfavorecidas hace que sean deportados —al igual que Domingo Laín—  a España, desde donde, y con documentación falsa, regresan los tres a Colombia integrándose en la guerrilla del ELN en 1969. Un año después, en Antioquía, fallece José Antonio Jiménez por parada respiratoria, tras haber sido mordido por una serpiente y realizado una extenuante travesía por la selva.

En 1974, Domingo Laín muere en combate contra las fuerzas gubernamentales en la Quebrada de la Llana y, dos años después, Manuel Pérez toma las riendas de la guerrilla y renueva su compromiso en la lucha por la liberación del pueblo.

En 1986, Manuel Pérez, a cuya cabeza puso precio la CIA, es excomulgado al considerarse la intervención de la guerrilla a su mando en el secuestro y asesinato del obispo de Araucas, Jesús Emilio Jaramillo. Pese a reconocer que el asesinato del obispo Jaramillo fue un gravísimo error, el anatema del Vaticano no hizo la menor mella en las convicciones del Cura Pérez, que se confesó creyente hasta el final de su vida.



Los restos del Cura Pérez reposan en la jungla del departamento de Santander, al noreste de Colombia. En Alfamén (Zaragoza), la calle Manuel Pérez recuerda al sacerdote guerrillero nacido en la localidad el 9 de mayo de 1943.






ANEXO


NOTA

Edición revisada de un artículo publicado en esta bitácora el día 9 de mayo de 2012.

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Mirador Roc del Quer (Andorra)

«Mirador del Roc del Quer (Andorra)»: Archivo personal


Mirad a Maruja, con qué seguridad y sin el menor titubeo enfila el puente tibetano de Canillo [FOTO] tomándoles la delantera a sus acompañantes más jóvenes y versados en desafiar las alturas, los mismos que, en petit comité, aventuraban que la mujer recularía cuando advirtiera que la estructura  —anclada en dos puntos alejados más de seiscientos metros entre sí—  oscilaba bajo sus pies. Mas hela aquí, alborozada y sin la menor señal de vértigo ni fatiga, como si entre sus acciones cotidianas se hallara atravesar el abismo suspendida sobre medio kilómetro de pasarela móvil ondulada o encaramada a la plataforma del mirador del Roc del Quer, que levita sobre los valles andorranos de Montaup y Valira d’Orient, paisajes por los que peregrinan, encandilados, los ojos de quienes retan a la gravedad para arrobarse con una panorámica fastuosa.



La idea de viajar a Andorra e invitar a Maruja surgió en un descanso del Campeonato de Guiñote, cuando servía Olarieta, junto a los cafés, unas chocolatinas que Josefo, su hijo, había traído de Francia. “Para chocolates buenos aquellos que comprábamos en Andorra”, comentó entonces Maruja. Y recordó aquellos viajes al principado pirenaico  —allá por los años setenta, cuando ella era una jovencita— que organizaba una agencia de Huesca y de los que las mujeres del Barrio regresaban cargadas con bolsones de azúcar, bloques de mantequilla, tabletas de chocolate y, de vez en cuando, algún transistor. “Éramos tan ingenuas que no teníamos ni idea de cuál era el límite que nos dejarían pasar por la aduana, y las veces que los guardias registraban el maletero del autobús y nos obligaban a mostrar lo que cada una había comprado, siempre había alguien que llevaba de más y se lo hacían dejar. Luego estaba la gente que, además de sus compras, venía cargada de cajetillas de tabaco escondidas bajo la ropa. Mi madre se ponía de los nervios, temiendo acabar en el cuartelillo, cuando veía a algunas mujeres del pueblo con una gordura antinatural por el tabaco que llevaban en el refajo, sabiendo, además, que se lo llevaban a Benigno y era él, y no ellas, quien sacaba beneficio”. Benigno fue, durante años, el contrabandista oficioso del Barrio; lo mismo trapicheaba con tabaco que con televisores, aparatos de radio, tocadiscos o cualquier encargo que se le hiciera. Carente de tierras, el contrabando fue su medio de vida. Era un hombre cordial y extrovertido, con muy buenas relaciones en Huesca, en donde colocaba su mercancía. Sus negocios se vinieron abajo casi al final de su vida, cuando, tras ser detenido y enjuiciado, fue condenado a algo más de un año de cárcel.

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«Isla de Santa Clara (Donosti)»: Archivo personal


Se alejan, caminando, de la dársena para regresar a la bahía, con los chubasqueros brillantes de sirimiri y agua de mar, aún con el motor de la embarcación de Marceliano rugiéndoles en el estómago recién reforzado por las deliciosas raciones de pantxineta que les sirvió Maru, la hermana del pescador, apenas llegaron a puerto.

Contemplan desde la playa, quedos bajo la lluvia que va remitiendo, el islote de Santa Clara, que hace algo más de una hora circunvalaban entre los vaivenes del oleaje que surcaba la vieja motora y varios “me cago en san Virila y el obispo Protadio”, retahíla invariable lanzada a la Nada, que llevan escuchando en boca de Marceliano desde aquel primer año que los invitó a recorrer la bahía de San Sebastián en su barco, con el mar algo revuelto, y acabaron resbalando en sus propios jugos gástricos mientras el hombre, ciscándose en todo lo visible e invisible y, por supuesto, en los santos Virila y Protadio, juraba que esa seria la última vez que dejaba subir a gente de tierra adentro que se acoquinaba por una marejadilla del tres al cuarto. Solo los buenos oficios de Maru, que aguardaba en el amarre y abroncó al hermano por “haberlos sacado con la mar picada”, suavizó la mala experiencia de los aspirantes a marineros que, en sucesivas viajes, aprendieron a mantener el tipo e incluso, en un par de ocasiones, acompañaron a Marceliano y su cuadrilla a la pesca del chipirón en aguas abiertas.

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