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Posts Tagged ‘primavera’

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«Que por mayo era»: Archivo personal

 

Más de medio Barrio tiene ya apalabrada cita en Maruja, la peluquería; ni en los primeros tiempos de apertura del sencillo negocio contó con clientela tan ávida de poner la parte superior de su cuerpo en manos ajenas. Maruja fue una de las bachilleras de la señorita Valvanera, la vieja maestra, y una de las primeras universitarias becadas de la localidad. Maruja estudió Filosofía y Letras, pero una apoplejía sufrida por su madre la ató irremediablemente al pueblo. Realista ante la situación familiar, completó unos cursos de peluquería y estética, reformó y convirtió la cuadra de las dos vacas que ya no tenían en centro de sus actividades y se consagró a domar y recortar el pelo del vecindario con la misma dedicación que había invertido en sus estudios. Fueron buenos años aquellos, recuerda; era la única peluquería de los alrededores y quien más y quien menos iba a Maruja —así se decía y se continúa diciendo: “Voy a Maruja”—. Hombres y mujeres. Pequeños y mayores. Hasta que la gente joven se decantó por los más innovadores establecimientos de la ciudad y solo la mayoría añosa mantuvo su pelo en manos de Maruja y su hija María José, que empezó ayudando a su madre a lavar cabezas y terminó quedándose al frente de la peluquería cuando se jubiló la titular, circunstancia que no varió la percepción de la clientela fiel, que, pese al cambio, siguió «yendo a Maruja» —no a María José—, a veces únicamente para charlar, como antaño, y estar al día de «los avatares cotidianos locales», que así bautizó María José, tan socarrona como su progenitora, los cotilleos de las vecinas entre lavados y marcados, permanentes, recortes de puntas, mascarillas capilares, manicuras, depilaciones faciales y ojeadas al Hola.

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«Pitote»: Archivo personal


Escala Pitote, con su cuerpecillo gordezuelo todavía con pelusa, los libros extendidos en la alfombra, dejando una hilera de desechos orgánicos encima de Carmen Sarmiento, Salvador Pániker y Javier Tomeo; ronronea Kuro, desmadejado y babeante, entre los cojines que cubren el baúl; se alza Yaiza, la perra, sobre sus patas traseras intentando alcanzar con la lengua los restos del chocolate cocido adheridos al borde del tazón; imita Camila, la cardelina, los gorjeos de Melitón, el canario cuya jaula saca cada mañana María Blanca al alféizar de la ventana de su cocina. Pasan las nubes, albas y mansas. Chapotea Pitote en la pequeña bañera de plástico que Étienne, a instancias de Jenabou, le instaló en el patio. Los gatos que rondan por el tejadillo del anexo observan al patito con escaso aprecio e instintos contenidos, quizás recordando los gruñidos de la perra, siempre acogedora y vigilante, cuando acortaron distancias con Pitote, al otro lado de la barbacana, y se vieron obligados a guardar para mejor ocasión las uñas y las intenciones. A Pitote lo trajo, aun no hace un mes, Slavomir, uno de los esquiladores polacos que viven en la antigua granja de Casa Zerigüel. “Por donde el agua”, dijo que lo había encontrado. Pero no hubo manera de localizar algún grupo de ánades que pudieran haber perdido un polluelo ni tampoco echaron en falta ningún animal en la única casa del pueblo donde crían patos.

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«Negrura y claridad»: Archivo personal


A media tarde arribaron los nubarrones, lóbregos y túmidos, y evacuaron violentamente sus entrañas sobre el pueblo, abatanando tejados y atemorizando a las tres gallinas ponedoras en su recién estrenado habitáculo junto al anciano e imponente olivo del fondo del corral. Pasados apenas veinte minutos, volvió a abrirse paso el Sol y marcharon las nubes, ligeras y clareadas, hacia los promontorios de la otra orilla del río, descomponiéndose en caprichosas volutas remolonas que terminaron fagocitadas por la masa de nimbostratos que parecía aguardarlas sobre los dominios de la pardina, por cuya pendiente se distinguía, pese a la distancia, el copioso rebaño de Casa Faustino, de regreso a la paridera, con el pastor veterano caminando en la retaguardia, cobijado bajo un paraguas de dimensiones desproporcionadas, y los dos perros labradores —corrida va, salto viene— abriendo ruta a la apocada cabaña ovina.


Cuentan los viejos que, por esa misma pendiente que asciende el rebaño, fueron avistados los primeros nacionales que, allá por el año 1938, vinieron a cercar el Barrio. Llegaron por todos los flancos, armados y silenciosos, ignorando que hacía dos semanas que no había ningún soldado republicano en la localidad para hacerles frente. El vecindario aguardaba en sus casas, temeroso, pero confiando en que el pacto a que habían llegado la derecha y la izquierda local, y que había evitado que los miembros de la primera fueran maltratados y asesinados durante los casi dos años de colectividad anarquista, se mantuviera con los nuevos gobernantes, lo cual, hasta cierto punto, fue cierto, porque la única fusilada fue la pobre perra de Casa Berches, que se abalanzó contra los que zarandeaban a su dueño y a la que cosieron a balazos. La influencia del rico del pueblo —notable falangista— y del cura, posibilitaron que los lugareños, mayoritariamente de izquierdas, que no habían huído en las jornadas precedentes, eludieran, no el ser violentados, encarcelados y esquilmados —que lo fueron sin piedad ni mesura—, sino unir sus destinos a todos aquellos cuyos cadáveres alimentaron eriales y cunetas.

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«Primavera»: Archivo personal


Reverdece el solanar entre amarillos, lilas, granates, blancos y turquesas de las flores y se acuestan, distendidos, los felinos en los escalones, bajo la marquesina artesonada que sombrea y enjoya la entrada a la cocina.

Vuelan libres, en la limitada primavera del patio bastionado, las abejas que frecuentan la parra infértil de la esquina umbría; picotean tres gorriones las miguitas del desayuno que, diseminadas por la mesa, acompañan a Los asquerosos, de Santiago Lorenzo, y resiguen los ojos humanos los trazos tatuados en las espectaculares alas de la enorme mariposa que ronda entre el rosal y las dalias.

Huele el ambiente a hierba ligeramente humedecida, a bizcocho horneado, a pienso de gato, a tiza y a la colonia de vainilla con que ha rociado la pequeña Jenabou la cabeza de la paciente Yaiza, la perra, enroscada entre los morrongos.


Se escucha, al otro lado del muro de argamasa, el motor de un coche que desciende desde la plazuela del altozano para ganar la carretera.

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«La trocha de las almendreras»: Archivo personal

 

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata…

MIGUEL HERNÁNDEZ


Asciende el dulzor de los almendros floridos hasta el oteador pico de Gratal que las grullas sortean en su volandera expedición allende el humedal; sacude el cierzo los copiosos ramajes lactescentes que se extienden y hermosean el suave llano, a pie de sierra, por donde aspiran y trotan los sueños y se rinde el venerable invierno ante la pubertad eufórica de la primavera.

 

Liban las bocas ocultas de los almendros el icor de los cuerpos soterrados…

 

Surcan los pies las rectas hechuras de las trochas, en el seco y fragante océano de almendros, y asoman a los labios mudos adioses a las presurosas aves evanescidas detrás de las cinceladas crestas de la ancestral estribación.

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«La picaraza en el cañizal»: Archivo personal


Ronda Bruja, la picaraza, los establos de la yeguada donde comparece, engreída y soberana, cuando Juaquín de [Casa] Foncillas, su valedor, trajina entre los equinos. Acude el ave, chillona y de vuelo desacompasado, al cobijo del hombre que, cinco años atrás, la recogiera, de polluelo, de un nido destrozado y la criara en el granero de las pacas de forraje y paja, donde un jaulón sin puerta le sigue sirviendo de acomodo a su capricho. Bruja es lista, provocadora y con unas dosis de mala sombra que parecen imposibles en un animal de cerebro tan diminuto. Mayoral, el mastín viejo, que la tiene calada, intenta mantenerla alejada de lo que él considera sus dominios, lanzándole secos ladridos a los que ella responde con gritos que semejan carcajadas, ora desde el techado, ora desde la valla o del bamboleante jaulón. Cuando la presencia de Juaquín contiene el instinto del inmenso y normalmente apacible Mayoral, Bruja abandona las alturas y brinca en el suelo, sabedora de que el hombre cercenará cualquier iniciativa agresiva de Mayoral o de los otros dos canes que celan la yeguada. El hombre la mima, le da de su propia mano trocitos de hígado de pollo mezclados con arroz y galletas y ella, ladina y zalamera, cuando ya ha dado cuenta del contenido depositado en la mano, le grita, con inteligible pronunciación que asombra a cualquiera que la escucha —salvo al propio Juaquín, que se pasó horas y más horas enseñándole—: «¡Bruuuuja! ¡Bruuuuja!«. Y se aleja volando hacia donde pulula el grupo de picarazas con las que hace migas. O se posa, ufana, en el cañizal de A zequieta, desde donde avista y controla el ir y venir de animales y humanos.

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«Tiempo de langostos»: Archivo personal


Ascienden las caminantes hasta el Barrio atajando por la brecha que saja la vertical del congosto formando un sendero estrecho —poblado de cascajos— que termina cerca de la parte trasera del bar del Salón Social, donde Olarieta, la cocinera, que las ha observado desde las cristaleras del mirador, las recibe con un «Vais a matar a Mam’zelle[1] haciéndola ir por el derrubio«, que no recibe más respuesta que una sonrisa de la aludida mientras el sexteto desfila hacia una de las mesas que Josefo, el camarero, está terminando de montar en el exterior, bajo el emparrado.

Parlotean las caminantes desparramadas, más que sentadas, en los sillones metálicos y sirve Olarieta rebanadas de pan recién tostado y untado con ajo y aceite como acompañamiento de los tazones de leche y tacitas de café que atestan la mesa de tablero ovalado.

Despierta el Barrio en la avanzadilla cálida del domingo mientras el reloj de la torre campanea ocho veces y el mercurio del termómetro anclado a la pared de piedra del bar señala 9º de temperatura.


En la esquina del muro del almacén, indiferentes a las mujeres que desayunan, una pareja de langostos[2] festeja, en abrazo amoroso, la primavera.


NOTAS

[1] Apelativo que dan a la vieja maestra sus antiguos pupilos y pupilas.
[2] En aragonés, saltamontes.

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«Expo Más Que Libros»: Olga Berrios

 

La idea de desempolvar a Heinrich Böll durante la Semana del Libro en la biblioteca del Centro de Cultura Popular, se le ocurrió a la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio cuando regresaba, con María Petra e Iliane, de recoger a la última del festival Viña Rock. De noche, y con casi quinientos kilómetros por delante, se sucedían música, anécdotas, confesiones, cansancio, asfalto y jolgorio, cuando María Petra, que acababa de ceder el turno de conducción a la veterinaria, empezó a entonar, en su deslucido francés, una versión cuasi rockera de La mer, que llevó a la veterinaria a evocar a Agnès Hummel, cuyo padre, prisionero de los alemanes, tuvo oportunidad de escuchar al autor, Charles Trenet, en directo, en una de aquellas propagandísticas giras organizadas por los nazis en la Francia ocupada. Fue entonces cuando Iliane recordó la primera vez que estuvo en casa de Agnès Hummel, cerca de Uzès. Agnès, que tenía muchos invitados ese fin de semana, había habilitado para Iliane una cama en el estudio, rodeada de estanterías abarrotadas de libros; de madrugada, Iliane se despertó con la sensación de haber escuchado ruidos y, apenas incorporada del colchón hinchable sobre el que dormía, una de las combadas baldas de una estantería cayó con su voluminoso contenido de papel encima del improvisado lecho, aunque sólo uno de los libros golpeó a la muchacha: El honor perdido de Katharina Blum, de Heinrich Böll.

 

Y así, durante la Semana del Libro que se celebra en el Barrio del 28 de mayo al 4 de junio, la sección «¡Que rule!», dedicada en exclusiva a rescatar del olvido a un autor y su obra, ha tenido como excelso protagonista al puntilloso y genial autor y Nobel alemán, llamado el alma buena de Colonia.

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«Impulso»: Archivo personal


Entre retamas amarillas, escobones y codesos, hollan los pies las agrestes rampas volcánicas donde se aglomeran, ante la mirada embelesada, basaltos, fonolitas, ignimbritas, relucientes bajo los rayos solares que las horas fortalecen sobre la piel expuesta de los excursionistas, aligerados de vestimenta, con la voluntad prensada entre los músculos mientras se acercan al primer roque[*], lo admiran, lo calibran y tantean su base las manos, familiarizándose con las rugosidades que parecen palpitar bajo los dedos que se aferran e impulsan brazos y piernas venciendo la gravedad.

Horas después, cuando el avión se desliza por la pista, sigue presente la pulsión en las sienes y cada geoforma de la caldera de Tejeda cincelada ad æternum en la memoria.


NOTA

[*] En Canarias, monolito natural, a modo de resto erosivo aislado, que destaca sobre una cumbre.

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«Remanso»: Archivo personal


La llegada de Las Milagritos  abuela, hija y nieta, todas llamadas Milagros—  con la furgoneta de la comida es recibida con aplausos desde la amplia cornisa, reconvertida en merendero, en la ribera de la poza  de aguas todavía frías y levemente túrbidas  donde la chiquillería se zambulle con acompañamiento de chillidos, salpicaduras, tiritonas y admoniciones de los adultos.

Pasea el Sol su impronta cálida por los cuerpos aligerados y tendidos sobre las hierbas mientras en las fuentes y fiambreras bien cubiertas aguardan la ensalada de pasta, los cachopos de york, foie y queso y la macedonia de frutas y se refrescan en la orilla, a medio sumergir y encajonadas entre piedras, las bebidas.

Acicalan sus diminutas mandíbulas los insectos bajo las madreselvas; se aquietan las lagartijas en falso sueño; huyen, aguas abajo, las recelosas madrillas…

Se asienta en el Barrio, con el primer chapuzón dominical, la primavera.

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