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«You can fly!»: José María Cuéllar


Un Sol henchido y vigoroso se concentra en el tejido blanco roto del entoldado bajo el que comienzan a instalarse los comensales pasadas las doce y media del mediodía. Sobre las mesas unidas  configurando un rectángulo tapizado con un hule suave en tonos verdes y anaranjados—  Emil, Ana y la señorita Valvanera depositan varias bandejas de tamaño mediano y boles conteniendo bacalao confitado con compota de manzana, madejas de parmesano, vichyssoise, croquetas de jamón, sushi con soja y wasabi, mejillones en salsa verde y tres cestillos con tostadas de mămăligă. Agnès Hummel y la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, recién llegadas, contemplan con apasionada gula las viandas expuestas mientras Étienne e Iliane terminan de colocar los vasos shot junto a los platos dispuestos frente a los aperitivos.

En un rincón  entre el macetero del perejil y la barbacoa de obra—  dormita Tula, la gata nueva, indiferente a las voces humanas y a los aromas deliciosos que van invadiendo el patio abierto a los últimos retazos de este verano que despiden, de pie y elevando los vasos rebosantes de Țuică[*], los dicharacheros celebradores. “Porque nos volvamos a juntar pronto”, brinda María Petra dejando el vaso sobre la mesa sin haber degustado el licor. “Demasiado fuerte para mí”, se disculpa mirando a Camelia Cristea, cuyas madre y abuela elaboraron el brebaje aguardentoso el otoño anterior.

Nada de inflarse con las tostadas… Que os conozco, advierte Marís entre carcajadas. Además, habrá que dejar sitio en el estómago para los platos fuertes que nos van a traer del restaurante con la furgoneta.

Sobre la mesita-velador —arrinconada junto a los tres escalones que llevan a la cocina— se amontonan, aparatosamente envueltos en papeles de colorido chillón, los regalos de las Amigas y Amigos Invisibles que intercambiarán a los postres, cuando cada cual prepare el regreso a su acomodo y su rutina y el Barrio se rinda a los ocres otoñales.


NOTA

[*] Aguardiente de alta graduación típico de Rumanía que se prepara con una base de ciruelas y que se toma, como «chupito», antes de las comidas, para abrir el apetito.

«Lux et umbra»: Archivo personal


La matanza fue el domingo, 23 de agosto de 1936. De los horrendos sucesos acaecidos en las afueras de la ciudad siempre se supo, pero el temor y el sufrimiento abotargaron los recuerdos de la ciudadanía hasta que, siete décadas después, el concienzudo periodista y escritor Víctor Pardo Lancina y el inolvidable y polifacético Manolo Benito Moliner rescataron de la amnesia colectiva la dantesca historia de las desgraciadas víctimas de la saca del 23 de agosto, «salvajemente apaleadas, torturadas y finalmente linchadas hasta la muerte».

Huesca, que había votado masivamente a la izquierda en las últimas elecciones republicanas, quedó, desde los primeros días de la guerra, en manos de los sublevados, convirtiéndose en una ratonera para toda aquella persona de ideas contrarias que no pudo huir de la ciudad. Pronto empezaron las detenciones y fusilamientos de quienes se habían significado como izquierdistas y republicanos convencidos.

La ciudad fue cercada por los valedores del gobierno legal y en agosto se produjeron los primeros bombardeos; en el del 23 agosto, dos personas muertas por el impacto de las bombas de la aviación republicana fueron el detonante para que las autoridades del nuevo orden y sus cómplices con sotana aprovecharan la angustia y el desconcierto de la población para culpar a las hordas rojas, representadas por cerca de un centenar de personas encarceladas en la ciudad, de los males pasados, presentes y venideros.

En ese ambiente de manipulación, ira y pánico, la Comandancia de Huesca «procedió a liberar» a noventa y seis de las personas presas dejándolas, a continuación, en manos de un grupo de hombres que, a la vista de toda la ciudad, cargaron a las recién excarceladas gentes en varios vehículos dirigiéndose a las afueras entre improperios contra los detenidos y vivas a España y a la Falange de unos vecinos y el doloroso silencio de otros, familiares, amigos y conocidos de los noventa hombres y seis mujeres  entre ellas, Conchita Monrás, esposa de Ramón Acín—  cuyo espeluznante final fue silenciado durante setenta años.


«Es muy difícil conseguir información sobre lo ocurrido, pero una persona valiente nos ha ofrecido un testimonio impagable: La matanza debió tener lugar en Las Mártires o en algún punto del norte de Huesca, en las afueras. Agustín Justes López -ya fallecido- se encontró con un grupo de hombres que volvían de la matanza. De entre ellos, llamó especialmente su atención uno. Un hombre alto y corpulento que vestía un “mono” de trabajo. La parte superior del “mono” estaba ostensiblemente manchada, muy manchada, de sangre. Agustín me dijo como se llamaba, lo he olvidado, pero sé que era una persona muy conocida, matarife del Matadero Municipal. Este hombre, muy excitado, se ufanaba a gritos de haber matado a varias personas “sin malgastar balas”, sólo con una especie de gran cuchillo que portaba, y utilizando las artes y técnicas propias de su oficio de matarife.»Manuel Benito Moliner.




IN MEMORIAM,

Luis Aineto Bimbela. Severiano Álvarez Saavedra. José Allué Martínez. José Arnal Mur. Ramón Arriaga Arnal. Clemente Asún Bergés. Máximo Atarés Tolosana. José Azorín Ferriz. Antonio Bajén Blanch. Rafaela Barrabés Asún. Victoria Barrabés Asún. Eduardo Batalla González. María Sacramento Bernués Estallo. Lorenzo Bescós Santalucía. José Blanch Pujadó. Adrián Boned Ulled. José María Borao Belenguer. Gabriel Buendía Barea. José Cajal Jalle. Alejandro Calvo Campo. Modesto Casasín Mavilla. Francisco Castán del Val. Mariano Catalina Mata. Francisco Ciprés López. Emilio Coiduras Ascaso. Desiderio Conte Guiral. Carlos Elías Hernández. Martín Escar Belenguer. Francisco Escario Allué. José Espuis Buisán. Valeriano Estaún Ramón. Eduardo Estrada Acedos. Antonio Ferrer Escartín. Antonio Forcada Visús. Eugenia Funes Tornes. Jesús Gascón de Gotor. Alonso Gaspar Soler. Ángel Gavín Pradel. Macario Gil Alastruey. José María Gracia Bretos. José María Gracia Cabellud. Gregorio Gracia Lanuza. Cándido Iguacel Campo. Manuel Jal Viñola. Carlos Jos Fontana. Manuel Lalana Vicente. José Laliena Lasierra. Jesús Lamela Bolea. Santiago Lanao Sanvicente. Mariano Laplaceta Carrera. Máximo Larripa Bardají. Gaspar Larroche Salillas. Manuel Lasierra. Jesús Latorre Clavería. Alejandro Luzán Biarge. Juan Llidó Pitarch. Francisca Mallén Pardo. Guillermo Marzal Gómez. Francisco Martínez Dena. Desiderio Maurel Puyol. Augusto Miñón Alonso. Pío Monclús Lafarga. Concha Monrás Casas. Santiago Muñoz Nogués. Francisco Obis Lisa. Pablo Ordás Tafalla. Jesús Otal Viela. Jesús Pallarés Ferrer. José Pascual Labarta. Adolfo Pastor Santamaría. Antonio del Pueyo Navarro. Alberto Pueyo Peleato. Faustino Pueyo Peleato. Francisco Puig Capdevila. Carlos Raimúndez Marco. Francisco Ramón Doz. Andrés Rivas Ferrer. Saturnino Rodellar García. Isaac Royo Alfonso. José Ruiz Galán. Antonio Sanagustín Sanagustín. Jerónimo Sánchez Cama. José Sansan Viu. Jerónimo Sanz Arbona. Pedro Sanz Ciprián. Pedro Sanz Peral. José Sarasa Juan. Jesús Sarraseca Fau. Manuel Soneiro Casasnovas. José María Teller Torres. Inocencio Tolosana Alayeto. Fidel Torres Escartín. Ramón Val Bernal. Baltasar Villacampa Oliván. Lázaro Viñau Aranda. Saturnino Virto Anguiano.

Halimêdê

«Μεσόγειος Θάλασσα»: Archivo personal


A las diez y media ya han pasado junto a las tumbonas los habituales de la venta ambulante. El mozambiqueño bajito de los borsalinos y las gafas de espejo; el guineano sonriente con su muestrario de calzoncillos Calvin Klein y su mujer, la experta trenzadora de cabellos; las gitanas fondonas con los vestidos coloristas ondeando en las perchas; el añoso tunecino de las toallas descomunales y la callada masajista coreana.

Las olas gatean hasta los pies de los dos vejetes alemanes que saludan, con arrobamiento infantil, la lenta singladura del catamarán a bastante menos de una milla del arenal que va poblándose de parasoles, toallas, hinchables, bolsas de playa y gentes sin prisa que absorben el Sol rebozadas en crema protectora.

El mar acoge los cuerpos en sus tibias ondas sosegadas; los envuelve y mece entre sales, algas y tierra liviana.

En los rizos espumosos de la orilla, la pequeña nereida llena de sueños su cubo de plástico verde con dibujos de sirenas.

Onironautas

«ὄνειρος»: Archivo personal


Abríase la pista forestal entre carrascas  —en sinuosa ascensión que las balizas amarillas proclamaban sencilla—  hasta el imponente megalito de la Siureda, desbrozadas sus inmediaciones del enmarañado follaje que preservó el dolmen de la curiosidad humana hasta la década de los ochenta, a pocos metros de la atalaya medieval de Bel Œil, que un día miró, desafiante, los 1256 metros del pico Néoulous, guardián asilvestrado de la llanura del  Roussillon.

Pugnaba inútilmente el Sol por rozar las formas humanas que, sentadas en semicírculo, engullían los sándwiches que, unas tres horas antes, habíales preparado la maternal Mme. Faure, dueña de la casa de huéspedes de Maureillas; la misma Mme. Faure que, siete años atrás, les había presentado a la afectuosa Colette Marlot  née Colette Durruti—  la hija del célebre anarquista herido de muerte en la Ciudad Universitaria de Madrid el 19 de noviembre de 1936 y fallecido al día siguiente.


Pueblan los sueños el bosque de alcornoques que declina hacia Maureillas-Las Illas; se acallan las conversaciones y sólo los pájaros amenizan, con su locuacidad cantarina, el manso sesteo vigilado por los insectos.

Revolotea el sopor en los ojos entornados de los onironautas que, recostados contra las mochilas, se dejan acunar por el mismo aire humedecido que bambolea las copas aparasoladas de los árboles.

Dríades

«Entre el gentío»: Archivo personal


Amaia e Iliane.

Aburríase el niño Neptuno petrificado encaramado en el pedestal de la plazuela pamplonesa, ataviadas sus pueriles hechuras con las huellas del tiempo.

Devenía el jolgorio alrededor de los caños de la fuente con sus pilones semicirculares circunvalados y hollados por un paciente ojeador cuya mirada deambulaba sobre la bullanguera arroyada humana que discurría, sin prisas, por el cauce pegajoso del empedrado.

Y, entonces, avistolas el mortal acompañante del diosecillo marino. Allí estaban —ninfas varadas entre el gentío móvil— con sus sonrisas invadiendo jubilosamente el pentaprisma de la cámara.

El día que enterraron a Valentín cerca de trescientas mil personas formaron el cortejo fúnebre. Recorrieron, andando, los diez kilómetros que separaban el Hospital Clínico del cementerio, en procesión doliente y enrabietada, detrás de Paqui, la hermana de dieciocho años, y del padre, aún con las huellas de los golpes policiales en un cuerpo que la entereza sobrevenida mantenía erguido en pos del féretro del hijo veinteañero asesinado por un policía nacional.

Y sobre el ataúd, la rojinegra.

Una pacífica y legal huelga de los trabajadores del Mercado de Abastos de Valencia. Una orden directa y, aun hoy, difícil de entender, a los policías que vigilaban a los huelguistas: “¡A cargar! […] ¿Es que no tenéis cojones…? ¡He dicho que carguéis!”. Y Valentín González Ramírez, el buen hijo, que acude a proteger al padre indefenso y apaleado en el suelo, al grito de “¡Ya está bien de pegarle!”, segundos antes de que una pelota de goma, disparada a bocajarro, impactara en su pecho, a la altura del corazón, y suspendiera abruptamente, el 25 de junio de 1979, sus proyectos de futuro.




ANEXO

Receso

«Mannequin»: Archivo personal


Cuatro gorriones pedigüeños se acercan, envalentonados, a las mesas de la terraza del bar que hace esquina en la plaza, donde antaño se elevó la torre albarrana de la ciudad. Suena la media en el reloj de la iglesia de Santo Domingo y San Martín. Las siete y media de la mañana y ya el sol se cierne sobre las parasoles que sombrean parcialmente a las cuatro o cinco personas que desayunan frente al sobrio templo de ladrillo ornamentado con pilastras laterales. Humean cafés, cortados y cigarrillos. Los gorriones familiares recogen los pedacitos de cruasán depositados en el suelo y revolotean hasta los árboles para regresar inmediatamente junto a los pies de sus benefactores en busca del siguiente bocado. Un acéfalo maniquí se yergue en la calzada donde apenas circulan cuatro o cinco ciclistas. En la mesa más alejada, un hombre vestido con una camiseta con los colores de la III República lee el periódico mientras un gorrioncillo ventrudo picotea con fruición un trozo de churro a pocos centímetros de su mano.

«Bouquet y mariposas»: Archivo personal


Para Akane.

«(…) La nube donde vive yaya se convierte en estrella por la noche, ¿a que sí?… Claro… y brilla tanto, tanto, tanto para que yo la vea, ¿a que sí?… ¡Mira, mira! ¡Esa nube grande es la de yaya!… ¿También estarán en la nube de yaya el gato Nico y la periquita…? ¿Y el perro Homer…? Y yaya les habrá puesto una barandilla para que no se caigan si se asoman, ¿a que sí? Y… y… a lo mejor hay un ascensor invisible en la nube y baja yaya a oler las flores… Y verá las mariposas… ¡Yaya! ¡Yaya! ¡Estoy aquí, debajo de tu nube! ¿Me ves, yayita…? ¡Las mariposas son de mentiritas y las he pinchado despacito para que no les hagan daño a los claveles! (…)»

 

Cascabelean, bajo la levedad danzarina de los diminutos pies inquietos, las piedrecitas humildes que alfombran la salida posterior del cementerio. Y el ciprés más cercano, el que preside el banco de piedra que acompaña la tumba del montañero, mece la cúspide de su copa bajo un cirro de bordes acaracolados.

«Puente (de) Tablas»: Archivo personal

 

Desciende el errabundo urbano la angosta rúa que guía, en respetable plano inclinado, los pasos apretados, extramuros, hasta la orilla izquierda del canalizado, ensuciado y, a ratos, maloliente Isuela. Paralela al río, en manso recorrido bordeado de césped, la vieja acequia árabe de Almériz que, durante cientos de años, propició las fértiles huertas ribereñas  —iniciadas por los moriscos—  hoy transformadas en Campus Universitario y donde crecen, jóvenes y maduras, las especies arbóreas que arrullaron siglos de miradas: Membrilleros, granados, olivos, algarrobos, álamos, sauces, higueras, almeces…

Más allá, uniendo los dos adarves que encajonan las encenegadas aguas del río Isuela, la pasarela. El Puente (de) Tablas, pulidos sus barandales herrumbrosos, renovado el firme podrido; recolocado no lejos de su asentamiento primitivo, donde lo vislumbrara y pintara al óleo, a principios del siglo XX, el exquisito y desdichadamente olvidado Félix Lafuente, amigo y maestro de Ramón Acín. Y al otro lado del histórico puente, reinando en la rotonda que circunvalan obligatoriamente los vehículos ahuyentados por la peatonalización del centro de la ciudad, el conjunto escultórico dedicado a Lucas Mallada.

Lucas Mallada, geólogo paleontólogo. Ilustre y con tal animadversión por la notoriedad que no sólo declinó ocupar un ministerio y la alcaldía madrileña sino que pidió a los suyos que, a su muerte, los funerales se celebraran en la intimidad familiar.

Lucas Mallada, amigo de Costa. Influyente, apreciado en su época y, en idéntica proporción, desconocido hoy, de tal manera que «si preguntamos a cualquier estudiante de Huesca o Zaragoza por Lucas Mallada, le pondríamos en un aprieto. ¿Quién fue Lucas Mallada? Pocos le conocen. Sin embargo, fue el pionero de la geología moderna española y el precursor del renacer científico y regeneracionista de finales del XIX»[1]

 

En 1925, a unos cientos de metros de la rotonda donde la ciudad de Huesca le rinde hoy tributo, se inauguraba la primera obra escultórica dedicada a Mallada. Era la prístina creación por encargo del maestro entre maestros, Ramón Acín, que labró en el frontal de la piedra arenisca sus sentimientos hacia el homenajeado: A Lucas Mallada, sabio geólogo. Huesca, su patria.

Décadas después, la obra de Acín se instalaría definitivamente en el parque, al otro lado de la ciudad, en un rincón discreto, tanto que, durante años, fue la zona donde se concentraban los estudiantes del entonces único instituto de Huesca cuando hacían novillos. Algunos repararon en el cincelado rostro representado en bronce; pocos, más curiosos o desocupados, en su nombre. Ninguno en la desvaída firma del artista libertario oscense fusilado.

 

Retoma el errabundo urbano el puente y el camino de tierra junto a la acequia de Almériz. Asciende, ágil, a la travesía donde desfallece la muralla romano-musulmana. Se detiene y torna el rostro hacia el Campus y el río. Hacia el norte de la sierra y los montes pirenaicos recubiertos de nieve. Aspira los aromas húmedos que se desprenden del soto mezclados con el aliento del asfalto. Y luego continúa hasta perderse entre las callejuelas inclinadas del Casco Viejo.


NOTA

[1] Javier Gómez, en al artículo titulado: Lucas Mallada, el geólogo que intentó reformar España.

Abriles

«Contemplación»: Archivo personal


Pasa Meterete, la cigüeña, con su fardo de ramajes, sobre la chiquillería gozosa que corretea por la Femera Cosme. Vuela sobrecargada, a baja altura, hacia el nidal del azud, que recompone y acicala durante toda la primavera. “Se va a estampar”, dice una chiquilla cuando el ave remonta con dificultad la barrera de encinas que la separa de la plataforma donde se halla el nido.

Sobre el verdegal se deslizan los cuerpos infantiles en jolgorio mañanero que revitaliza al viejo Barrio recién despertado de los ocres invernales. Acarician las primeras mariposas los pétalos de las margaritas noveles y discurren las mariquitas entre pueriles manos mientras Yaiza, con la correa bien sujeta a la pata ferrosa del banco, observa a las robustas palomas que rebuscan entre la hierba las palomitas de maíz arrojadas por los niños.