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Archive for the ‘En las pupilas’ Category

Nebŭla

«Gris»: Sonia García


Baja de la cresta la mortaja acuosa con sus bordes marengos oxigenando la curvatura terrosa de las toperas y barniza de rutilante mojadura el voluminoso tronco escorado de la encina que, a modo de faro del tiempo, marca la entrada norte del Barrio entre tinieblas, allí donde Bascués, la cigüeña emérita, quebró su último vuelo herida de vejez sobre la hojarasca amarronada.

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Metamorfosis

«Autumn Dew…»: Richard Miles


Al alba, huye el Verano camuflado entre una bandada de vencejos y regresa el Otoño -con el color apresurado- desplegando sobre el Barrio la capota desvaída del cielo,  tras la que manotea el Sol cercado por henchidos nimbos. Remonta la savia las íntimas sinuosidades de la vetusta encina y se agitan, a los pies del árbol, las animosas esporas de los boletus, sobre las que palpita, en arritmia desaforada, el minúsculo corazón de un orondo ratón de campo recién evadido de las garras de un cárabo que, ahora, dormita ajeno a la rápida mudanza de la Naturaleza.

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Instante

«Patio»: Archivo personal


Geranios. Alegrías. Begonias. Camelias. Claveles. Rosas. Campanulas. Violetas. Petunias. Siemprevivas. Azaleas.

Aromas vespertinos en el patio abierto a la brisa que esculpe reconocibles siluetas en el lactescente vapor de las nubes.

Un libro descansa sobre la tupida rejilla rosada del velador donde un gorrión picotea miguitas de madalena ligeramente humedecidas. Se interrumpe; revolotea hasta la tinaja donde crece la aucuba y regresa a su ocupación gastronómica consciente de la presencia humana inmóvil en el rincón del rododendro.

(Vuela el gorrión  -la gula satisfecha-  por el viejo patio de colores nuevos.)

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«La subida»: Archivo personal


Apenas un rayo de luz roza los muros de las casas y ya se escuchan las voces despejadas que cruzan el Barrio hacia el Camino Viejo, con las piernas desnudas haciendo de peanas de cuerpos de mil y un volúmenes, coloreados por el Sol que, implacable, se va adueñando de las sendas.

En la Subideta del Carrascal, una sinfonía de jadeos complementa los acordes del agua que, más abajo, golpea las piedras del lecho del río, en desnivel que busca ser cascada, y que no asusta a las grallas que descienden desde sus nidos de la cortada d’A margin Cucha[1].

En lo más alto, donde las piedras y arbustos forman una barrera natural que convierte el paseo en aventura montañera, la procesión de caminantes detiene su marcha y, una vez aspirados los aromas circundantes y atemperados los pulsos, deshace, en desfile saltarín, el camino andado.


NOTA

[1] de La orilla izquierda.

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Making-Of

«Prisoner Of Time»: Marie Otero


La vieja Viorica deposita sobre la mesa de madera manchada diminutas copas de cristal grueso y opaco donde apenas caben tres dedos de la tuica[1] casera con la que agasaja a sus visitantes.

¡Salud!

Noroc!

El piso es pequeño y antiguo, en un feo edificio de piedra gris cuya deteriorada fachada se levanta, de espaldas al río, en una calle de asfalto casi inexistente y acera agujereada.

En la vivienda el tiempo parece detenido entre los años cincuenta y sesenta del pasado siglo, adherido al linóleo del suelo y al papel floreado de las paredes que delimitan un escenario de muebles y objetos que parecen formar parte del atrezzo de unos estudios cinematográficos.

Sobre la cocinilla de gas burbujea el rasol lanzando nubes de vapor desde la olla.


Viorica, que se defiende en un francés bastante aceptable, voltea una caja metálica colmada de fotografías y señala a su padre, Dragan, que formó parte del medio millar de comunistas rumanos que lucharon en la Guerra (In)civil española como brigadistas. Dragan murió un mes después de ser excarcelado de la prisión de Aiud, donde había estado preso seis años víctima, como tantos otros, de las purgas comunistas rumanas de finales de los años cuarenta.

Apenas a quinientos metros del entorno donde Viorica sirve la comida a sus invitados en una fina vajilla ornamentada con dibujos de orquídeas de color coralino, la ciudad muestra el rostro amable y atractivo del paseo y el puerto fluvial, donde los barcos y barcazas sajan las verdosas aguas viajeras del Danubio que avanza, lamiendo tierra, metal, madera y cemento, hacia el delta, antesala del mar Negro.


NOTA

[1] Aguardiente de ciruelas, típico de Rumanía.

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En las aguas quietas y apresadas en el penal del cemento se reflejan los rostros muertos de quienes desgastaron las suelas de esparto de sus alpargatas en el desigual empedrado de sus callejuelas mientras se abrevaban los mulos que tiraban del trillo en el asimétrico espacio de las eras.

Susurran las coníferas cercanas al pantano como si los espíritus compungidos de los desterrados moradores del pueblo anegado hubieran quedado prendidos en las agujas de los pinos, esperando las sacudidas del viento para regresar, en rápido vuelo sin retorno, al cobijo de adobe y piedra que el agua, compadecida, deja emerger como solitarios faros de la historia vivida.

(El caminante, detenido ante la mortaja líquida, une su voz al lamento de las coníferas y murmura: “Adiós, barquitos hundidos…«. Y una lágrima dibuja tres círculos concéntricos en el agua.)

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Se envalentona el invierno aun sobre las brasas guarecidas tras el majano artesanalmente convertido en murete burlador del cierzo. Chisporrotean los muñones de leña achicharrados en la noche lardera y lanzan ayes de humo que el viento embiste y acorrala contra las piedras pulidas de la Abadía, donde se parapetan los devoradores de longaniza que preludian el tiempo de Cuaresma.

Las manos desnudas del villanaje jaranero aprisionan las humildes tajadas del pan de moños donde reposan, resignados, los sabrosos palmos de longaniza y chorizo lacerados por las ascuas.

Gélido y ventoso día lardero.

Asomóse la Luna al vaivén continuo del río, acechada, desde la mágica masa boscosa que se yergue sobre la corriente, por las pupilas trasnochadoras de mochuelos, lechuzas, autillos y bobones.

 

¡Fuera, invierno, fuera!,
¡borina y fartera!

Carnaval trae cartas

de la Primavera.

Pasacarreras de Carnaval

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«Sierra de Guara»: Patrick Boit


…cómo envidia la masa corpórea humana, anclada a la gravedad térrea,  los señoriales círculos del buitre leonado que engalana las crestas de las nubes con el atrayente trazado de su envergadura, planeando, ingrávido, sobre las piedras calizas esculpidas por el agua.

Contempla el tímido necrófago, con el hambre prendida del buche y la gorguera temblorosa,  la vida que se agita en la caprichosa orografía de la sierra lamida por la desenmascarada bravura de las aguas, donde las truchas se agazapan para ocultar sus cruentas intenciones a la infeliz colonia de tritones pirenaicos que dormitan, confiados, en la orilla.

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«Second-Hand Bling»: Clay Bodvin


Las guijarros artísticamente incrustados en la mesa del jardín relucen salpicados por la lluvia que también repiquetea, cual travieso duende de Otoño, en los cristales de la ventana del Cuarto de los Cataticos, donde cientos de figuritas y objetos de porcelana, cobre, plata, alpaca, cristal, piedra, madera, tejidos y arcilla, representando pastorcillos, damas dieciochescas, muebles diminutos, animales de todas las especies, ceniceros, platos, pipas, arcos y flechas, máscaras…, ornamentan muebles y paredes en ordenada, aunque aparentemente casual, disposición. Son los cataticos que dan nombre a la amplia pieza que oficia de recocina, comedor y salita de diario en la casa de la señorita Valvanera.

A través de la puerta abierta de la cocina penetra en el comedor emperifollado el aroma de la pierna de ternasco que se hornea mientras la antigua maestra y sus invitadas  -la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio y su hija-  avían la mesa para la comida.

En el vetusto tocadiscos un viejo vinilo de csárdás expande por la estancia sus sones in crescendo y las dos invitadas evolucionan por la habitación al ritmo de la música; la señorita Valvanera, con una fuente de apañijo en las manos, las contempla sonriente.

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Agüerro

«Autumn/Otoño»: Cristina Garrosa Navarro


…pasado el azud, donde las ramas de los árboles techan el camino con vivos y abrazados arcos desiguales, sisean las primeras hojas caídas bajo las patas vacilantes de Zaramandico, que regresa, entre airados rebuznos, de su abortada excursión al Saso. Escoltado por el señor Juan y la veterinaria  -que resoplan fatigados por las carrerillas a las que el milagroso vigor del animal les ha obligado-,  Zaramandico, con los ollares distendidos y los belfos temblorosos, cabecea molesto por el bozal de cuero que asen firmemente sus obstinados cancerberos.


…y al final de la bóveda sombría trenzada por el ramaje, los anémicos rayos de Sol se entretienen sobre las mechas pardas del suelo que, cual heraldos, anuncian la presencia ocre y húmeda del Otoño.

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