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Archive for the ‘En las pupilas’ Category

Atardecer empíreo

«El jardín de las delicias»: Archivo personal


Cimbrea el viento dos bajeles agrisados que rozan con sus delicados cascos las redondeces de la vecina sierra y se reclina la tarde sobre la tibia languidez de los felinos.

Viene, tambaleándose, la noche por el camino del río.

Refulgen en el fogaril las brasas y el aroma de la carne levita entre la hiedra, el césped y las matas floridas.

Susurran las voces los últimos pretéritos compartidos y otean los gatos las figuras que desfilan, en indeseada despedida, por el jardín.

Cuando la noche alcanza el rosal que se recuesta contra el muro, las ocho mujeres  -sentimientos y estómagos henchidos-  desaparecen en el interior de la casa. Y en la atalaya del vergel se desperezan los félidos.

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"Entre rastrojos"

«Entre rastrojos»: Archivo personal


Entre rastrojos, la improvisada senda donde los pies peregrinos desbaratan el organizado futuro de las hormigas.

A golpes de suela, mientras la humana mirada se distrae en alejadas metas, perecen ellas.

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"Beach in"

«Beach»: Roberta Canestrari


Una decena de mujeres  -cuerpos bronceados que exhiben, orgullosos, las cicatrices del tiempo vivido-   se exponen al Sol en el terrazo al que se asoman la hiedra y los geranios.

En el ángulo del muro, donde todavía la sombra mantiene su reinado, revolotean, incansables, junto a la clemátide, mariposas blanquecinas que semejan pétalos danzarines desasidos de la pérgola que mantiene enhiesta la planta.

Entibia el Sol el agua retenida en la que se solazan los cuerpos acalorados y se llena la mañana de voces, chapoteos, crujidos de hamacas, trinos de pájaros y, de vez en cuando, de los graznidos de Cloto, el pavo real, confinado entre los árboles del merendero cercano.

Y así se desliza la mañana, en ardiente tobogán, hasta dar con sus abrasadas posaderas en las ascuas de la tarde.

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"The sunshine in"

«The sunshine in»: Archivo personal


A media mañana,  el nimbo compacto que a modo de parasol marengo mantenía al Barrio aislado del efecto de la luminosidad solar, se tornó quebradizo, y, entre las transparencias blanquecinas de sus costurones, avanzaron los rayos perseguidos por los ciprínidos.

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Ya no acude la ferfeta (=en Arag., cigarra) a festejar el sueño de los estorninos negros que dormitan  -con el buche repleto-  en la minglanera (=en Arag., granado) que un día fuera observatorio de Timoteo, el mochuelo anciano y cojo que ahuyentaba a los ratones de campo de los humildes restos térreos que la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio denomina, con orgullo, huerto. Relucen, expuestas a la abusiva luz de la farola que se levanta por encima del manzano, las minglanas (=en Arag., granadas) reventadas contra el suelo, recuerdo del festín vespertino de las glotonas aves que, cada día, toman posesión de los contados frutales mientras el ligero armazón cubierto con camisa y pantalones, que pretende oficiar de espantapájaros, se mece con suavidad impulsado por el revoloteo incesante de los pájaros.

Trae el cierzo, antes de que la luz del día se imponga a la  de los faroles, el aroma viejo del pan recién horneado que la señora Vicenta distribuye sobre el grueso paño que cubre la enorme mesa de la masedría (=en Arag., amasadero).

Y despierta el Barrio al trajín cotidiano mientras los estorninos, sin prisa, levantan el vuelo.

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El hombre alza la mirada hacia las rojizas moles pétreas que se yerguen, orgullosas, al otro lado del Gállego  -la vieja Leika sobre el estropeado pretil asomado al torbellino acuoso que, liberado del cercano embalse de la Peña, golpea las desgastadas piedras que se apoyan, con voluntad de icebergs, sobre el invisible lecho del río-.

-Monsieur Lussot, debemos irnos. No puedo dejar el coche en este punto de la carretera…

-Sólo un minuto más. Un minuto…

La veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio contempla la figura del hombre recortada sobre la vertical del río mientras vigila, por el rabillo del ojo, la cercana curva del tramo carretero.

-Si quiere, regresamos al desvío y nos llegamos al pueblo… Pero aquí no podemos seguir.

El hombre se da la vuelta.

-Didier adoraba el Firé y el Pisón. Conocía el nombre de cada vía abierta en esos mallos. Los amaba. Quería emular a Rabadá y Navarro. No echarse atrás…

-Lo sé. No reblar (=en aragones, ceder, claudicar).

-No reblar, sí.

-¿Quiere que entremos en el pueblo…?

-Oh, no. No. Recordaba a mi hijo. Quizás lo buscaba ahí enfrente, pero… Tienes razón. Será mejor que continuemos el viaje.

El cuerpo de Didier, único hijo de monsieur Lussot, descansa desde hace más de un cuarto de siglo en alguna sima del corredor del Couloir de Gaube, en el Vignemale, montaña que el joven se había propuesto como última prueba antes de iniciar su aventura en el Eiger, donde sus ídolos, los aragoneses Alberto Rabadá y Ernesto Navarro, perecieron de agotamiento y frío en agosto de 1963.

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"Pink Escape": Liz Lopes

«Pink Escape»: Liz Lopes


«Me dejasteis en el campo con una falsa promesa de buena vida. Cuatro años, cuatro, pasé en las dehesas dedicándome a vivir.

Un mal día me sorteáis y me metéis en camiones hacia un incierto destino.

Perdona, maestro, pero ahora debo salir al ruedo para deleite de tus seguidores.

Brindarás mi vida a quien te apetezca, como se brinda por una buena cosecha.

Me indultaréis si soy bravo, para que mis hijos hereden mi bravura y poder ensañaros mejor con ellos. Así presumís de haber creado mi raza como un dios.

Podrías lidiarme sin hacerme sufrir, pero eso no es suficiente para sacar lo mejor de ti. Me pregunto cómo será tu parte más oscura, matador.

Escuchas los vítores mientras siento crepitar los arpones entre mis huesos y mi carne que se desgarra, aunque todavía me queden fuerzas para que crean que no lo siento.

Violas la más honrosa de vuestras normas, la del sentido común. Y me das la espalda cuando sabes que ya no puedo embestir; la experiencia de haber matado a muchos como yo te lo hace saber. Y ellos te creen valiente por eso. Entre los de mi casta la valentía está en el respeto. Eso que tú no conoces.

Desde aquí abajo veo dos clases de taurinos vitoreando en las gradas: los que disfrutan viéndome sufrir para que tú te pavonees ceñido en tu traje de luces, y los ignorantes que van porque sí, porque los demás también acuden a la fiesta. A ésos les pregunto: ¿Es que no veis lo que me están haciendo? No hay que ser muy diestros para ello.

Tú, «maestro», me mirarás a los ojos y alardearás de tu faena cuando doble mi rodilla y apenas me quede aliento.

Y mientras el estoque me esté atravesando las entrañas, oiré veladamente los aplausos de esos homínidos con pañoleta, pues otra cosa no puedo considerarlos.

Si lo haces bien te darán mis orejas. Por suerte, yo ya no lo veré. Seré arrastrado como un fardo sangrante manchando la arena que ahora todavía piso azorado.

¿Y tú te atreves a decirles a los que te elogian que me amas? El amor es otra cosa, matador. Los humanos son otra cosa. Vosotros, sois simplemente unos malnacidos. Hasta yo, un animal irracional, puede comprenderlo.».- MI ÚLTIMA TARDEJosé Mª Fuixench Naval.

…y la albahaca, orgullosa reina de la huerta y dama aromosa e imprescindible de laurentinos rincones, se teñirá de trágico bermellón.

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«Towel-lites»: Jeici1


En el solárium se detiene el tiempo en las diez toallas ordenadamente dispuestas para recibir los envoltorios corporales que emergen del agua apenas acariciada por la indolencia del Sol matutino.

Los tejidos de felpa brindan a los primeros rayos la vivacidad de su colorido únicamente hollado por los botes de crema protectora y los libros que aguardan la humedad de la piel en las cubiertas que anuncian otros mundos imaginados.

La reina en el palacio de las corrientes de aire. Secreta Penélope. El rey felón. Los tres amigos. La Décima Sinfonía. Cartas de Grossi. La Bolsa de Bielsa. El pintor de sombras. Las hijas del frío. Cautiva en Arabia.

Viene y va el silencio entre los seres que, cumplido el ritual acuático, adecuan el ritmo de sus reflexiones a los signos ortográficos y al devenir de personajes de papel que hacen circular sus vicisitudes por territorios ajenos al que acoge los cuerpos yacentes al borde de la piscina.

[…]

I understand about indecision,
But I don’t care if I get behind.
People living in competition;
All I want is to have my peace of mind.

(…)

Take a look ahead.
Take a look ahead.
Look ahead.

Peace of Mind.- Boston.

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courir_de_mardi_gras

«Courir de Mardi Gras»: Edmond Ewell


Las cuatro farolas recién estrenadas extienden su energía luminosa más allá de la barbacana que separa la Placeta de la Abadía, en la trasera de la iglesia, del humedal que antecede al río.
Un suspiro de brisa guía hasta las sombras acuáticas las últimas bocanadas de humo que bailotean en los restos de la hoguera convertida en alargado lecho de brasas.

Tarde noche de Jueves Lardero, con ennegrecidas parrillas colmadas de longaniza cuyo aroma tienta la gula de los moradores del Barrio, acá y allá dispuestos, entre cháchara y risas, para mantener la tradición y el alborozo.
Varios tonos por debajo de las voces suena la música, como un murmullo únicamente audible para quienes, entreteniendo la espera del manjar expuesto al fuego, se acercan hasta la mesa colocada cerca de la entrada a la casa parroquial, para tomar un cuadrante de hojaldre cubierto por una capa de fritada.

Tarde noche de Jueves Lardero, preludio de esquillas relucientes y familiares Trangas que, en ruidoso y anárquico desfile, anunciarán, el sábado carnavalero, la cercanía de la Primavera.



BOCABULARIO / VOCABULARIO
Borina= Juerga.
Esquilla= Esquila.
Fritada= Guiso hecho con ajo, aceite, sal, patatas, cebolla, calabacín, tomate y pimiento.
Trangas= Seres de la mitología pirenaica, de aspecto amenazante, que el día de Carnaval tienen como misión asustar a la gente.

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stefano-menicagli

«Nude»: Stefano Menicagli


Ascendiendo lentamente por la improvisada rampa de madera, Carmencita salva los tres escalones que llevan a la Sala Pepito de Blanquiador. Sus manos, sorprendentememte finas aunque cubiertas por multitud de motitas amarronadas, aferran las empuñadoras laterales del andador y lo arrastran hasta atravesar el dintel en forma de arco que se abre al salón de exposiciones.
Los ojos pardos de Carmencita, cuyas gruesas gafas no logran afear, destilan diminutas lágrimas conforme van deteniéndose en los trazos enmarcados que festonean medio siglo de trabajo.

Carmencita, la modista, la hija del señor Longinos y de la señora Carmen, de Casa O Sastre, empuja con decisión el artilugio que le permite transportar, a pasitos cortos, su menudo y cansado cuerpo por el coqueto habitáculo donde se exhiben los figurines que fue creando a plumilla y carboncillo y que, llevados posteriormente a los metros necesarios de tela, conformaron la vestimenta de la mayoría de sus convecinas en días señalados.


A Carmencita le enseñó a coser su padre, el señor Longinos, modesto sastre habituado a la tosquedad de los tejidos de baratillo, que lo mismo daba la vuelta a un abrigo para ocultar los años de uso que tapizaba viejas sillas para eternizarlas en aquellos comedores de antaño que sólo se abrían para ser mostrados a las visitas.

A Carmencita la necesidad le despertó la imaginación y la falta de acceso a las revistas de moda, la creatividad, así que, metida a modista sin pretensiones, con un desvaído diploma de Corte y Confección expedido por la Sección Femenina y con una clientela de modestia archisabida, añadió a los habituales útiles de costura unos cuadernos de dibujo donde, según el gusto y las posibilidades del vecindario, creaba, con maña, figurines para todas las edades y condiciones.
Cuellos redondeados y en pico, solapas con finos pespuntes, canesús de nido de abeja o trabajosas puntillas, austeros trajes de sastre, blusones de mangas acampanadas, faldas de tabla, rectas o con vuelo, abrigos de pañete con cuello de borreguito… Y todas sus creaciones con el previsor doble y generosas costuras para que, con el transcurso del tiempo y de los cambios físicos de la clientela, pudieran ser ampliadas y recosidas hasta la extenuación.


Educada en la convicción de que todo es útil, Carmencita, una vez jubilada, guardó su colección de cuadernos y sus utensilios de modista en la falsa (=en aragonés, desván, buhardilla) de su vivienda, de donde han vuelto a salir para formar parte de la exposición «Nuestra historia, nuestras gentes«, inaugurada el pasado día 1 en la sede de la Asociación de Cultura Popular.

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