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Archive for the ‘En las pupilas’ Category

«La moza del perol»: Ricardo Compairé


La señorita Valvanera, la antigua maestra, lleva desde junio de mil novecientos setenta y dos manteniendo y ornamentando el nicho donde reposa Marisefa, la niña merchera que pereció ahogada en los Sifones. La veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio —que nunca coincidió con Marisefa porque sus respectivas familias acampaban en la explanada del barranco en diferentes épocas del año— hizo sustituir, hace cuatro años, la lápida, algo deteriorada y anodina, por otra de mármol blanco ligeramente moteado y con un sorprendente trabajo en relieve donde se observa una paloma posada sobre una rueda de carro —símbolo de los nómadas—.


La familia de Marisefa se dedicaba, amén de a la venta ambulante, a un oficio de los ahora llamados perdidos: el vareo de la lana de los colchones al objeto de hacerlos más mullidos. Para ello, se golpeaba rítmicamente la lana depositada en el suelo con unas varas largas y convenientemente delgadas hasta obtener un buen volumen que se extendía sobre la tela rectangular que servía de base para, a continuación, colocar sobre la lana otro rectángulo de tela que se cosía a la base con fuertes puntadas por los laterales, mientras por la parte central se introducían, a través de unos agujeros hechos ex profeso, unas cuerdas trenzadas o lisas firmemente anudadas que atravesaban el colchón de parte a parte y mantenían la lana prieta e inmóvil en su interior.

Los padres de Marisefa abandonaron el Barrio tres días después del entierro de la chiquilla. Nunca regresaron. Durante unos años intercambiaron comunicaciones epistolares con la señorita Valvanera que, poco a poco, fueron espaciándose hasta interrumpirse. Pero ella, la vieja maestra, no ha perdido la esperanza del reencuentro y cada cierto tiempo deposita flores frescas en la pequeña repisa del nicho de mármol blanco.

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Grita el agua y se revolucionan las piedras de la orilla con el roce de los pies desnudos que transportan los cuerpos buscando la tibieza del Sol sobre los poros henchidos.

Canta el agua, gélida diva que trae de la Gallia el deje afrancesado del río salpicado de la jerga de las truitas[1] montañesas que se burlan de las temerosas sargantanas[2] ubicadas en el distante pretil que las acoge en Murillo.

Chap, chap de sueños adheridos a los talones danzarines que la tierra empapada de lluvia tiñe de almagre mientras ascienden por la pendiente arbustiva que parece empinarse hasta alcanzar la frontera del cielo.


NOTAS

[1] En aragonés, truchas.
[2] Id, lagartijas.

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«Primavera»: José María Cuéllar


Primavera. Cimbrean, en compacta escultura de verdes oscuros,  las refulgentes hojas de la camelia que habita en la humilde tinaja centenaria del jardín renacido de la señorita Valvanera, en el rincón del porche donde se afanan las golondrinas en reforzar los viejos nidos que la maestra cubre delicadamente durante el invierno.

Primavera. Asoman, aun chicuelas, las amapolas que jalonan, en maravilloso caos, el desdibujado límite entre el coquetuelo jardincito y la pendiente asilvestrada que resbala, entre margaritas y tomillo, hasta la curva sombría que describe el río sajando el tozal en dos promontorios de arenisca petrificada donde anidan y se sacian los treparriscos en sus limitadas visitas invernales.


Mayea, lánguido, el Sol y se retiran las nubes alejando de las súplicas terrígenas su codiciada carga.

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«Wither»: Randy SnowDog Monteith


…y aun guarda la sierra, bajo las noches mágicas de tantos solsticios y equinoccios transcurridos, la memoria de Dulcis, la Reineta, la hermosa hechicera que recorría los espacios habitados del Prepirineo con sus pócimas, bebedizos y ritos sanadores, ocultando su humana condición, a ojos desconocidos, bajo la apariencia de una joven rabosa[1], y a quien una partida de pastores acechó y dio muerte a golpes de cayado, juzgándola autora de devastadoras acometidas contra ovejas y corderos.

Serpenteando el gortón[2] de Casa Berches se abre un sendero limpio de maleza y guijarros trazado a fuerza de ejercer los pies humanos un indebido derecho de paso que los dueños del terreno jamás vetaron, aun cuando los años de continuo trasiego hurtaron a legumbres y hortalizas parte de su territorio. El Alcuerze[3] Berches -que así es llamado- se une, ya en los límites del Barrio, con la pista que asciende o desciende en diferentes bifurcaciones; una de ellas, la que está señalada por un amojonamiento de piedras firmemente unidas con argamasa, lleva al esforzado caminante por una pendiente que, atravesando la torrontera, termina en un terreno casi circular, de arbustos diseminados, cerrado en su parte norte por una pared pétrea desde cuyo repecho superior algunos buitres inician un vuelo lento, circunvalando el que un día fue su comedero: el Fosal de la Reineta. Tiempo atrás, se dejaban en el fosal los cadáveres de los animales para que los elementos y seres de la Naturaleza completaran su tarea, y sólo la prohibición de dejar a la intemperie los animales muertos finiquitó un acuerdo, nunca firmado pero siempre respetado, entre los buitres y el Barrio. Las aves, no obstante, siguen visitando el fosal, conocedoras, acaso, de que, por encima de leyes restrictivas, siempre hay algún humano dispuesto a desobedecer aquéllas y devolver al Fosal de la Reineta su destino de buitrera.


NOTAS

[1] En aragonés, zorra, raposa.
[2] Id, huerto pequeño.
[3] Id, atajo.

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A pocos metros de la glereta, lindando con las almendreras de la finca Cucalon, todavía se adivina el antiguo campo de azafrán del abuelo Viscasillas –tío Leoncio, para las gentes del Barrio-.
Años después de ser abandonado, aún las enterradas cebollas de la planta elevaban al Sol sus alargadas hojuelas verdes y sus rosas moradas como esperando los hábiles dedos de las gentes madrugadoras que, con firme experiencia, separarían las flores cerradas de su tallo iniciando así el rito de una cosecha que reunía, tanto en el campo como en la enorme mesa de trabajo del patio Viscasillas -donde se separaban los estigmas de la corola-, a familiares, amigos y vecinos del tío Leoncio, en una tarea que duraba casi lo que el día y que unía la dureza del trabajo de recogida de las plantas con la amenidad del alparzeo cuando, ya transportada la cosecha al patio de la casa, las esbrinadoras realizaban su labor separadora.

Ongareta, o qu’en esbrines pa tú [1]-, le decía el tío Leoncio a la veterinaria que, actualmente, se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, niña entonces, cuando ésta se asomaba al animado patio. Y la pequeña cogía un manojo de flores e, imitando a las mujeres que la rodeaban, quitaba los pequeños filamentos del azafrán y los amontonaba en un platito que entregaba después al tío Leoncio para su pesaje. El abuelo Viscasillas guiñaba un ojo a las demás mujeres y, con el rostro revestido de seriedad, hacía como si apuntara en su libreta las escasas onzas esbrinadas por la niña. Posteriormente, cuando todos los brines de la mesa habían sido tostados, separaba un montoncito, lo colocaba envuelto en un paño y se lo entregaba, con circunspección teatrera, a la jovencita, que corría, orgullosa, hasta la explanada del barranco donde tenían instalado el campamento los temporeros gitanos:
Babo, babo… Io abelo safran!! [2]


 El viento se regodea en las hierbas y barzas de la que fuera güebra del tío Leoncio, donde quizás algún bulbo esforzado todavía luche para salir al exterior y engalanar la tierra, ahora abandonada, con su purpurada presencia.



CURIOSIDADES


NOTAS

[1] «Gitaneta, lo que desbriznes, para ti«.
[2] «Papá, papá… ¡Tengo azafrán!«.

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«Nabata por el Gállego»: Coord. Biscarrués-Mallos de Riglos


Acaso crecía el río con el caudal de lágrimas que urgían a la nieve a fundirse y deslizarse por el desnivel sinuoso que encajona y protege el magno curso de las aguas bravas. Y parecían erguirse, rutilantes, los islotes pétreos que el tiempo y el ímpetu acuoso convertirán en guijarros durmientes en el lecho señorial de las badinas.

[…]

Y ellas, las dos mujeres  —mezclada su bravura con la de sus compañeros—  en las nabatas, con los pies humedecidos de caricias y los torsos convertidos en banderas de esperanza del río que nos lleva.


Se elevaba a la atmósfera festiva  —desde los amados vericuetos del Reino de los Mallos—  el acompasado rugido de las voces veinticinco años desgañitándose contra el .amenazador e imparable pantano.

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Todavía quedan, en el bancal que desciende hasta la orilla pedregosa del río, restos de la losa que antaño fuera concurrido lavadero natural del Barrio, levemente inclinada sobre una poza hacia la que resbalaba un finísimo y continuo reguero de agua del Manantial de la Mora. Decíase que tras el discreto hoyuelo abierto en la montaña, las fadas lavanderas susurraban conjuros que el agua depositaba en las manos de las mujeres que maceraban, aclaraban y escurrían la ropa, dotando a aquellos miembros encallecidos de sorprendentes habilidades. Así, en épocas de escasa cosecha y epidemias de ganado, se reunían las mujeres en el lavadero, extendiendo las manos hacia la poza, y acudían a cientos las madrillas, proporcionando el alimento suficiente para que las familias se zafaran del hambre.

Señalan las más ancianas del Barrio la zona del bancal -la más próxima al río- donde se prendía, de noche, la hoguera para el caldero de sosa; en él se deshacían y burbujeaban desechos de aceite y tocino, dando lugar a un oloroso mejunje que, una vez depositado en la cajoneta, enfriado, solidificado y cortado en forma de ortoedro, se repartía a modo de preciadas piezas de jabón entre las asiduas aprendizas de maga del Manantial de la Mora.

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«Loveletter 2»: Christel Dall


El viejo luchador republicano despide, puño en alto, en la plaza de Navarra, la alborotadora riada de manifestantes que inician el recorrido contestatario por los Porches de Galicia, en dirección al Coso Alto. Apenas un ligero temblor en el ángulo del codo del brazo alzado; los ojuelos brillantes; con la mano izquierda asiendo las muletas que alivian la rigidez de sus músculos nonagenarios.


Mariano Viñuales Tierz nació en Huerto (Huesca) en febrero de 1919, en el seno de una familia campesina. Todavía adolescente, se incorporó como soldado en las filas del ejército republicano, pasando a Francia cuando el avance del ejército rebelde anunciaba la caída de la República Española. Las penalidades sufridas en el exilio forzoso no hicieron sino reafirmar su ideario. Miembro de la resistencia francesa y fugitivo de los nazis  -se arrojó de un tren en marcha en el que era retenido para ser entregado a las autoridades ocupantes-, regresó a España en 1944 para organizar el maquis y fue detenido por la Guardia Civil apenas un mes después. Juzgado en Consejo de Guerra, fue condenado por rebelión militar a doce años y un día de prisión  -terminó cumpliendo seis años de encierro en las cárceles de Torrero (Zaragoza) y San Miguel de los Reyes (Valencia)-. Obtuvo la libertad el 18 de julio de 1950.

Avanza el aluvión humano y resiguen los ojos húmedos del longeno guerrillero las sombras de los últimos integrantes de la marcha hasta que desaparecen detrás de la esquina. Entonces baja, despacio, muy despacio, el brazo, abre la mano con los nudillos entumecidos y saca del bolsillo un pañuelo de tejido azulado que se lleva, pausadamente, al rostro.

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«Mirando el fuego»: Ricardo Samaniego, Fújur


San Sebastián, san Blas, san Pablo y san Antón.
pa deschelar a barba empinan o porrón.
¡Que chele fuera!…¡Ba por dentro a prozesión!
¡Dilín-dilón!, ¡Dilín-dilán–dilón!.
Fogueras, trucos, buen tozino y buen porrón…
¡Con istos santos no se aburre aquí ni Dios!.- LA RONDA DE BOLTAÑA.

Crepitan las llamas entre la masa ígnea de los tizones y un revuelo de purnas piruetean junto al familiar jolgorio de la calle Baja donde la panceta, las patatas y la longaniza lanzan sus ancestrales aromas al aire quieto de la noche. Se retira, respetuoso, el frío más allá del hayedo y acaloran las brasas los rostros del Barrio mientras alguna vieja rezadora concluye sus plegarias a los Santos Barbudos.

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«Ramas heladas»: Carlos G. Casares


Tricota el dorondón caprichosos encajes albugíneos en los asimétricos contornos del paisaje y una desgastada alfombra de escarcha jaspeada y quebradiza tiende su desigual trazado sobre el suelo.

Hiela. Y el rostro  – improvisado acerico donde los diminutos alfileres del frío hallan acomodo-  se tensa brillante y ajeno a las invisibles heridas.

Hiela. Y palpita el cerebro, despejado y atento, desde su protegida cúpula de mando, organizando  -déspota y orgulloso- el desplazamiento del cuerpo entumecido por el gélido entorno.

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