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Posts Tagged ‘gentes’


Apenas cuarenta minutos después de comenzar el servicio de comidas, Josefo, el encargado del bar del Salón Social del Barrio, borra  -de la pizarra donde se anuncia el menú del día-  el plato estrella de la jornada, canelones de setas y jamón. “Todas las raciones posibles, ya están pedidas”, dice. Rafael de [Casa] Artero refunfuña: “Luego dirán que hay crisis… Medio pueblo comiendo en el bar en día laborable… Aquí no hay puta pobre”. Olarieta, la madre de Josefo, que sale de la cocina con una humeante fuente de borrajas con gambas, se le encara: “¿Otra vez de mal toque, Rafael…?”. Las risas indisimuladas de los comensales acompañan al hombre hasta la barra desde donde, acodado, finge contemplar el paisaje enmarcado en la galería acristalada que mira a la hondonada del río.

A Rafael   -viudo y atildado sesentón-  le dejó su padre, el señor Hipólito, un envidiable patrimonio que fue mermando hasta resultar insignificante. “Muerto el abuelo, todos morriaban y ninguno pencaba”, se dice en el Barrio, donde los Artero han contado, tradicionalmente, con escasos valedores; solamente del señor Hipólito  -que entró a formar parte de Casa Artero por vía matrimonial y que falleció a principios de los setenta-  se guarda unánime y respetuoso recuerdo.

Cuando el comedor se despeja y los manteles azulados son sustituidos por tapetes de guiñote, Olarieta se sienta junto a la señorita Valvanera, la antigua maestra del Barrio, que toma una infusión en la sala de lectura. “¿Querrá creer, Valvanera, que en el fondo me da pena ese hombre…?”.


La tarde  -sol y viento-  se instala, con luminosa coquetería, en el mirador mientras la calidez de la estancia decora, con desiguales pinceladas blancas, las aristas cristalinas.

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«Jánovas»: Birasuegi


El día 10 de febrero de 2001 se publicaba en el Boletín Oficial del Estado la Declaración de Impacto Ambiental del proyectado embalse de Jánovas; en la misma, se consideraba no pertinente la construcción de la presa. La pesadilla  -iniciada el 28 de marzo de 1951 con la aprobación del Plan de Construcción de los Aprovechamientos del Río Ara–  había concluido. Detrás quedaban cincuenta años de zozobra y dolor. Tres pueblos destruidos, diecisiete localidades con terrenos expropiados, una comarca fracturada, ciento cincuenta familias damnificadas y Jánovas, el pueblo que dio nombre a un pantano inexistente, como símbolo de la resistencia, del apego a la tierra de sus gentes y de las miserables acciones que la empresa Iberduero perpetró contra los habitantes de la zona con la connivencia del Estado.
Fue tan brutal el impacto del pretendido pantano en la socio-economía de la zona a inundar, que de un censo de 1787 habitantes -en 1951- contabilizados en los tres núcleos de población más afectados, se pasó a 346 en el año 1981, agrupados en una sola localidad.

El pasado 12 de septiembre fallecía a los ochenta y ocho años, en el hospital de Barbastro, Emilio Garcés Frechín, el señor Emilio, que protagonizara junto a su mujer, la señora Francisca, la emotiva gesta de resistir los embates de la sinrazón durante años, aferrados ambos a su pueblo en ruinas, en un desigual combate que duró desde 1961, cuando comenzaron las expropiaciones y expulsiones, hasta 1984, cuando, a la fuerza, fueron obligados a salir del pueblo. Los últimos de Jánovas, se les llamó. Juntos asistieron a la calculada devastación de su entorno llevada a cabo por la empresa adjudicataria: Casas dinamitadas para evitar el regreso de sus moradores, acequias destruidas para impedir el riego, frutales y olivos talados, campos destrozados, tuberías de agua de boca obstruidas, postes de electricidad abatidos. Este festín de ruindad tuvo su colofón en febrero de 1966 cuando un operario de Iberduero entró violentamente en la escuela y sacó a la maestra arrastrándola de los pelos y a patadas al aterrorizado alumnado. La escuela fue uno de los últimos edificios en caer y, con ella, las escasas esperanzas de los pocos que todavía resistían junto al matrimonio Garcés, que fueron abandonando, impotentes, aquel fantasmagórico territorio donde la desolación y las amenazas conformaban la vida cotidiana.

En 1981, tras la marcha de la familia Buisán, los Garcés se quedaron solos en el pueblo asolado. Todavía tuvieron fuerzas para resistir, contra la burocracia y el chantaje, tres años más. Finalmente, desahuciados, marcharon a vivir primero a Campodarbe y, posteriormente, a Boltaña, desde donde siguieron reivindicando su derecho a residir en Jánovas, su pueblo, al que continuaban regresando, anualmente, con otros antiguos vecinos.

En el año 2009 la familia Garcés fue galardonada con el Premio Aragón a la Dignidad, «por ser el símbolo de la lucha por la tierra«.


En el año 2008, el Ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino inició el proceso de reversión a los antiguos propietarios de los terrenos expropiados, fijándose el 4 de mayo de 2009 como fecha límite para que los antiguos habitantes con propiedades en Jánovas presentaran la solicitud de reversión, pero con la condición sibilina de que devolvieran las indemnizaciones recibidas con un incremento… ¡de más de treinta veces el valor de lo percibido!

Cincuenta y ocho años, un mes y seis días después de declararse Jánovas, Lavelilla y Lacort como terrenos inundables y cuarenta y siete años, cuatro meses y seis días desde el inicio de las expropiaciones, la hidroeléctrica Endesa, heredera de Iberduero, mostraba sus fauces a las víctimas del pantano de papel.

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«Celebration»: Yusuke Sato


[…]

Escucho, inconfundibles,
por los pueblos de España,
voces con tanta fuerza
que arrancarán montañas.

Esfuerzos solitarios
de gente solidaria,
han unido su frente
en esperanzas hermanas.

Pongo mi voz
para el que quiera usarla
como su propia voz,
como su propia arma.

CANCIÓN DE LA ESPERANZA UNIDA.- La Bullonera.

Bajo el árbol donde dos estorninos presurosos han expulsado a media docena de gorriones, acoge el asfalto los cuerpos de las cuatro muchachas recién incorporadas al festín de ideas, palabras y sueños. Brazos y voces en vaivenes que el cierzo envidia, vigilante, desde los tozales que se alzan, cual mágicos torreones, sobre la ciudad.

Si no nos dejáis soñar, no os dejaremos dormir”.

Cuerpos. Voces. Sueños.

Ágora de primavera donde el entusiasmo de esperanzas unidas abate a la, hasta ahora,  inamovible realidad.

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En la replaceta que forman la pared sur de la Abadía y el muro delantero del Gortón de Francisquer, los gitanos instalan  -el primer y último sábado de cada mes, cuando llega el buen tiempo-  un mercadillo que en el Barrio se denomina, familiar y jocosamente, Los Zarrietes [1]

Son cuatro puestos bien surtidos de ropa y complementos que regentan los Gabarri Clavería, una esforzada familia de calés navarroaragoneses con muchos años de dedicación a la venta ambulante.

Pilar-Carmen, la menor de los cuatro hijos del señor Gabarri, se encarga, principalmente, del puesto de calcetines, medias y ropa interior femenina. Es una guapa muchacha de poco más de veinte años, con la piel ligeramente bronceada, los ojos inmensos y sendos piercings en la nariz y el labio inferior. Buena comerciante, tiene siempre las palabras apropiadas para las clientas, a quienes trata con tanta familiaridad como respeto, actitud que termina por animar a las simples mironas a aflojar el monedero para hacerse con alguna de las prendas que la joven gitana promete regalar si “alguna de ustedes, señoras mías, descubre dónde se halla la tara”.

Pilar-Carmen, que cursó magisterio en la especialidad de Educación Infantil, prepara oposiciones y estudia Psicología en la UNED, actividades que ocupan parte de las horas que no dedica al negocio familiar.

En el zaguán de la Abadía, que ejerce de improvisado probador, las mujeres se embuten en vestidos y bañadores mientras Pilar-Carmen ensalza la perfecta caída de tal o cual vestimenta o niega con la cabeza cuando se hace evidente que clienta y atavío son incompatibles. Entonces, con determinación, corretea hasta los puestos y regresa con una nueva prenda que, asegura, “le va a quedar  a usted di-vi-na”.


De once a dos, el sábado que toca, el corazón del Barrio se traslada desde el bar del Salón Social al mercadillo de los gitanos, donde entre bolsos, cinturones, calcetines, gorras, leggins, faldas, camisolas, vestidos, braguitas, medias, pashminas, sujetadores, blusas, albornoces, camisetas, pijamas, bañadores, pañuelos, camisones y sombreros, se desliza la mañana sabatina buscando la sombra de los soportales.


NOTA
[1] Diminutivo de zarrio, que significa trapo, tela vieja, pingo.

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Se envalentona el invierno aun sobre las brasas guarecidas tras el majano artesanalmente convertido en murete burlador del cierzo. Chisporrotean los muñones de leña achicharrados en la noche lardera y lanzan ayes de humo que el viento embiste y acorrala contra las piedras pulidas de la Abadía, donde se parapetan los devoradores de longaniza que preludian el tiempo de Cuaresma.

Las manos desnudas del villanaje jaranero aprisionan las humildes tajadas del pan de moños donde reposan, resignados, los sabrosos palmos de longaniza y chorizo lacerados por las ascuas.

Gélido y ventoso día lardero.

Asomóse la Luna al vaivén continuo del río, acechada, desde la mágica masa boscosa que se yergue sobre la corriente, por las pupilas trasnochadoras de mochuelos, lechuzas, autillos y bobones.

 

¡Fuera, invierno, fuera!,
¡borina y fartera!

Carnaval trae cartas

de la Primavera.

Pasacarreras de Carnaval

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«Sinking»: Tony Scheuhammer


Toda mi vida, y ya llevo 26 añitos en este mundo, he estado escuchando en mi casa, en mi pueblo -Ayerbe-, en mi comarca, la misma protesta: ¡pantano no! Pero a pesar de esa sombra oscura que siempre ha rondado por este rincón de la Hoya de Huesca al que nosotros llamamos La Galliguera, mucha gente valiente ha sabido valorar el río como elemento natural y recurso económico, lanzándose a montar empresas y establecerse en esta zona.

Es un hecho bastante inusual en Aragón, donde la imagen típica de los pueblos pequeños es la de las personas mayores charlando al sol. En cambio, en estos pueblos -Biscarrués, Murillo de Gállego, Agüero, Erés, Riglos, Ayerbe, Santa Eulalia de Gállego, Morán, Concilio-, cada día hay más niños pequeños, y las plazas están más llenas de vida y alegría.

Muchos de mis amigos son jóvenes de otras provincias o países, que atraídos por el río han venido a trabajar y enamorados de la zona se han quedado formando su hogar y su familia. La vida de tanta gente que depende del río se ve amenazada. Nos llaman insolidarios si no les damos el agua que necesitan para sus cultivos. Pero yo contesto que somos supervivientes, como ellos, que hay otras alternativas y que habrá que escucharlas.- Lucía Cinto.

Aragón es uno de los pocos territorios del mundo desarrollado donde estamos dispuestos a inundar tierras, paisajes o lo que sea menester y a gastar enormes cantidades de dinero público e incluso privado con el inaudito fin de cultivar transgénicos. Es increíble”, escribía recientemente José Luis Trasobares en un artículo de acertado título  –Obsesión por los embalses-.

Pretender la devastación de una zona, el Reino de los Mallos, para glorificar los maizales monegrinos cuando con la construcción de balsas laterales se obtendrían los mismos resultados, es una propuesta, además de estúpida, desproporcionada y cara, asaz sospechosa si, como se pregona, sólo se desea la ampliación del regadío en las áridas tierras del llano. En cambio, si a la ingente necesidad de agua del maíz  -modificado o no genéticamente-  se le añaden los importante beneficios dinerarios derivados de la explotación hidroeléctrica, no es preciso hacer ningún malabarismo mental para comprender la principal razón del empecinamiento de los incansables aguadores de la Comunidad de Riegos del Alto Aragón por convertir el Prepirineo en una inmensa bañera de hormigón y vasos comunicantes con desembocadura en espurios propósitos.




Dicebamus hesterna die…

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«The Order of the Silver Spoon”: Clay Bodvin


El último intento de la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio para evitarse la engorrosa faena de limpiar el cardo, plato principal y tradicional de la cena de Nochebuena, ha sido vano. “¿Qué pensará Presen si se entera?”, ha dicho la señorita Valvanera mientras guardaba, bien escondidos en la despensa, los cinco tarros de cardo envasado comprados por la veterinaria en un supermercado de la ciudad.

Los cardos del invernadero, cuidadosamente aporcados para obtener el color blanquecino de las nutritivas pencas, son el orgullo de la señora Presen, la dueña, que, amén de surtir a particulares y establecimientos de la comarca  -y aun de localidades alejadas-, atraídos por la calidad, el tamaño y el color de la hortaliza, disfruta reservando para la señorita Valvanera el mejor ejemplar de la cosecha, aquel que, según la textura de los prolongados peciolos, considera más tierno y jugoso. “Se llevaría un disgusto”, argumenta la vieja maestra, a quien la familia de la señora Presen suministra el cardo navideño desde principios de los años sesenta.


En el Barrio la Nochebuena sabe, sin excepción, a cardo con salsa de almendras y a empanadico de calabaza; entre uno y otro, el bacalao al ajoarriero, el besugo asado con longaniza, el ternasco con salsa de setas, el ternasco asado con patatas a lo pobre y otras exquisiteces, según los gustos, completan el festín de las familias.

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«Home sweet home»: Freshwater2006


Rutilan, bajo un sol esforzado pero apenas cálido, las diseminadas manchas níveas que maquillan, a brochazos desiguales, el rostro boscoso de la sierra. Y se llega el frío, disfrazado de domingo soleado, hasta la puerta del Salón Social, donde la ociosidad y el calor del fogaril lentifican el tiempo entre chácharas, bocados y hojas de periódico pasadas sin premura.

Las Tejedoras de la Asociación de Cultura Popular, van y vienen, vienen y van, entre las mesas, sirviendo chiretas y longaniza a la brasa a la siempre agradecida parroquia local y foránea.

Un grupo de vascos que tomaron el albergue el viernes por la tarde en alegre pero discreta procesión, observan con curiosidad los cuasi uniformes envoltorios humeantes dispuestos en una fuerte térrea y cuyo aroma a especias abraza al de los generosos trozos de longaniza. “Probad las chiretas (así se llaman) y luego os cuento de qué están hechas”, les dice la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio mientras reparte platos y vasos metálicos, cubiertos de plástico y servilletas de celulosa.

Cerca de los troncos que sirven de alimento al orgulloso fuego que templa el ambiente, una descolorida bandera de Aragón parece ejercer de guardiana de una rústica estantería donde, en apretado desorden, conviven el Diccionario Aragonés de Rafael Andolz, la Gramática Aragonesa de Francho Nagore, varios ejemplares de flora y fauna del Alto Aragón, la Vida de Pedro Saputo de Braulio Foz, A lueca de Chuana Coscujuela, cuatro o cinco libros de Fernando Lalana, la colección completa de novelas infantiles de Asun Velilla y diversos volúmenes de poemas en las diferentes variantes del aragonés.


En un lateral de la estantería, en dos hojas manuscritas amarilleadas por el tiempo y el humo y sujetas a las irregularidades de la madera por ocho chinchetas, todavía pueden leerse unos fragmentos del poema en cheso de Veremundo Méndez, Las flamas de lo fogaril:

 

[…]

Una nuey, recién cenáus,

mirando las flamas yeran,

prexinando cada cual

u pensando a su manera,

rodiando lo fogaril

toda una familia entera,

en aquella nuey d’ivierno

que l’ausín chiflaba fuera,

chelando a la nieu que empliba

los telláus y las carreras.

Yeran bien aposentáus

en dreita y zurda cadiera,

y, cara a cara lo fuego,

bellos en escamilletas

escuitando, que lo güelo

fablaba d’estas maneras:

– A mí, porque ya só viello,

muita vida no me queda;

pero a estos fogaríls

y polidas chamineras,

que por cientos las añadas

todas, u cuasi, las cuentan,

a morir son condenadas,

como yo, por estar viellas.

[…]

La vida que ve trayendo

con lo tiempo cosas nuevas,

fa aquí, como en otros puestos,

que muitas cosas se pierdan:

levan calzóns cuatro viellos,

ya se´n fueron las gorgueras,

rondas no’n sientes dinguna,

¡lo tañer ye una fatera!,

¿bailar la jota? ¡soniando!:

ixo, antis más, diz que feban.

Albadas y palotiáus,

romances y sobremesas

iz que cien años ta zaga

aqui’n lo lugar bi-n-heba.

[…]

Ya no tartié más lo güelo;

miré lo fuego que ardeba

y lo altas que puyaban

las flamas la nuey aquella.

Poco a poco se apagueron

como si s’hesen dau cuenta

de lo que d’ellas fablaba

y s’hesen muerto ¡de pena!


NOTA

Poema musicado por Pepe Lera e interpretado por el Grupo Val d’Echo.

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«Confinement»: Rae Ann McCurry


«Los gitanos son la imagen viva de una raza entera de delincuentes que reproducen todas las pasiones y vicios«.- Cesare Lombroso, gurú resucitado de etnófobos y asimilados.

El pasado viernes, miembros de la Policía Autónoma Vasca procedían a la retirada de las pancartas vejatorias instaladas desde hace meses en las inmediaciones de la vivienda del barrio de La Arboleda, en el municipio vizcaíno de Trapagaran, donde reside un joven matrimonio gitano con sus cinco hijos -el mayor de 9 años-.


El pueblo no os quiere

Sí, sí, sí, que venga Sarkozy

La Arboleda en peligro«


La polémica se inició en la población minera hace casi dos años, cuando el vecindario tuvo conocimiento de la inminente llegada al barrio de una familia gitana procedente de Sestao a la que, inmediatamente, se calificó como conflictiva. A las manifestaciones de protesta de los residentes se unieron las amenazas de algunos padres de sacar a sus hijos del Colegio Público en el caso de ser escolarizados en el mismo los menores gitanos y las de algunos comerciantes que aseguraron se acogerían al derecho de admisión para no atender a los nuevos pobladores.

Pronto aparecieron pintadas y carteles en contra del realojo y la tensión subió muchos grados cuando la familia accedió a La Arboleda protegida por la ertzaintza y hubo de procederse al derribo de un muro de ladrillos que algunos vecinos habían levantado en la puerta de la vivienda.

A la denuncia presentada, en nombre de la familia gitana, por amenazas, insultos y coacciones, se sumó otra por agresión contra una trabajadora social del Ayuntamiento de Sestao, a quien un vecino de Trapagaran, que posteriormente dijo estar arrepentido, agarró fuertemente del pelo.

Los vecinos de La Arboleda, que insisten en acusar al padre de la familia gitana de toda clase de delitos  -«Tiene cien denuncias acumuladas«, aseguran unos; «Está en busca y captura«, afirman otros-,  ya fueron cumplidamente respondidos  en abril de 2009 por el Viceconsejero vasco de la Vivienda, Javier Burón: «Actualmente no tiene ninguna causa penal pendiente y su actitud es digna de elogio por no responder a las provocaciones de los residentes. […] Nunca ha sido objeto de denuncia ni por amenazas ni por agresiones, algo que, me consta, sí tienen algunos vecinos de La Arboleda».

El despacho de abogados que tiene a su cargo la defensa de la familia gitana realojada confirmaría posteriormente que el único delito imputable a Manuel, el padre, es el de hurto de chatarra, por el que fue condenado a pagar 480 euros  -a razón de cuatro euros al día-  en 2007.

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«Second-Hand Bling»: Clay Bodvin


Las guijarros artísticamente incrustados en la mesa del jardín relucen salpicados por la lluvia que también repiquetea, cual travieso duende de Otoño, en los cristales de la ventana del Cuarto de los Cataticos, donde cientos de figuritas y objetos de porcelana, cobre, plata, alpaca, cristal, piedra, madera, tejidos y arcilla, representando pastorcillos, damas dieciochescas, muebles diminutos, animales de todas las especies, ceniceros, platos, pipas, arcos y flechas, máscaras…, ornamentan muebles y paredes en ordenada, aunque aparentemente casual, disposición. Son los cataticos que dan nombre a la amplia pieza que oficia de recocina, comedor y salita de diario en la casa de la señorita Valvanera.

A través de la puerta abierta de la cocina penetra en el comedor emperifollado el aroma de la pierna de ternasco que se hornea mientras la antigua maestra y sus invitadas  -la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio y su hija-  avían la mesa para la comida.

En el vetusto tocadiscos un viejo vinilo de csárdás expande por la estancia sus sones in crescendo y las dos invitadas evolucionan por la habitación al ritmo de la música; la señorita Valvanera, con una fuente de apañijo en las manos, las contempla sonriente.

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