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Ramón J. Sender, Los Ángeles, 1968

«Ramón J. Sender. Los Ángeles, 1968»: Carlos Fontseré


A finales de los años setenta, el nombre de Ramón J. Sender (1901-1982) comenzó a sonar como Nobel de Literatura en puertas. Su extraordinaria dedicación literaria, su buen hacer y los distintos géneros que abarcaba su extensa producción tenían la solvencia suficiente para que su candidatura lograra alzarse con el premio más importante del panorama literario mundial. No era, según parece, un reconocimiento que le importara mucho al escritor exiliado, e incluso había llegado a afirmar que “los aragoneses no pedimos aquello que no deseamos”.

En mayo de 1979, a raíz de un simposio sobre la figura de Sender que se celebró en Nueva York, José Alcalá aragonés, como el propio Sender, integrante del Spanish Institute neoyorkino, propuso presentar al ilustre transterrado como candidato al premio literario de la Academia Sueca, esta vez con los parabienes del propio Sender que, abrumado por los aplausos de los participantes en el simposio, expresó que “no hace falta que me lo den los suecos porque me lo acaban de dar ustedes y eso me basta, pero, si me lo dan, destinaré su importe en efectivo a los dos pueblos de mi infancia, Chalamera y Alcolea, para que sus chicos tengan mejores escuelas que las que había en mi tiempo”.

A la propuesta de José Alcalá, que se hizo efectiva por escrito, se sumaron cuatrocientos profesores del continente americano, el gobierno de Aragón, las Diputaciones Provinciales de Zaragoza, Huesca y Teruel, junto a sus Ayuntamientos, y la Facultad de Filosofía y Letras de Zaragoza, no así el organismo que más podía influir en la concesión del premio, porque la Academia de la Lengua Española no solo no se adhirió a la petición sino que mantuvo un silencio tan indiferente que devino en despreciativo, anulando con ello cualquier posibilidad de que el autor aragonés recibiera el galardón internacional. La campaña de desprestigio contra Sender, iniciada tiempo atrás por Camilo José Cela (1916-2002), había dado sus frutos.

En 1974, cinco años antes de que la Academia negara su apoyo a la candidatura de Sender al Nobel, el intrigante Cela había invitado al literato aragonés a su casa de Mallorca. Pese a las pocas simpatías que le tenía al autor gallego  a quien en alguna ocasión se había referido como “el idiota ese—,  Ramón J. Sender había aceptado para intentar negociar la publicación de las novelas que no habían pasado la censura española, conocedor como era de la influencia de Cela en el mercado literario español y su cercanía a los tejemanejes del poder franquista. Ignoraba Sender, poseedor de un carácter brusco pero alejado de cualquier maquinación, que se le había preparado una vulgar encerrona, una bien tejida tela de araña en la que haría las veces de mosca.

La trampa contra Sender, de la que ya le habían advertido algunas voces amigas sin que el aragonés les diera crédito, se llevó a cabo con luz y taquígrafos, en una cena donde, además del invitado y su acompañante, se hallaban presentes Rosario Conde, entonces esposa de Cela, él mismo, conocidos de ambos escritores, dos o tres editores y algunos periodistas. El método fue sencillo. Bastaba con llenar continuamente la copa de Sender  que era asmático, estaba medicado y había tenido problemas con el alcohol—  en brindis muy bien calculados, e ir derivando la conversación hacia aquellos vericuetos que harían aflorar el carácter iracundo de Ramón J. Sender, como así sucedió, montándose una gresca que, según había planeado Cela, trascendió a todos los círculos literarios y políticos del país y que el mismo Sender relataría, quitándole importancia, a la poetisa Julia Uceda:

«Lo de Cela fue un incidente idiota. Estábamos en la mesa unas quince personas, discutíamos de política, y él dijo: ‘Ojalá entren cuanto antes en Madrid los tanques rusos’. Yo le dije:
—Entraron ya en 1936 y los recibí yo, ¿y sabes lo que nos trajeron? Nos trajeron a Franco, a quien tú pediste humildemente que te nombrara delator de la policía. De la policía que mató a mi mujer y a mi hermano.
Luego tiré el mantel hacia arriba y volaron platos, floreros, cirios, hubo duchas de caldo gallego para casi todos los invitados y la pobre y anciana mujer de Cela se desmayó. Es lo único que sentí. Cela vino hacia mí y le dije:
—Cuidado, porque voy a romperte la cabeza y no tienes otra.
Era ya de noche y me fui a dormir. Al día siguiente me fui al hotel Valparaíso que, por cierto, es estupendo.
Yo había ido a su casa porque me lo había pedido de rodillas aquí, en San Diego.
En definitiva, no fue nada. Yo, pasado el incidente, no le tengo inquina y supongo que él tampoco. En todo caso, me da lo mismo».

Pero la inquina, pese a negarla Sender, fue mutua, y de aquel incidente, cuidadosamente programado, haría uso Camilo José Cela para boicotear cualquier acercamiento de Sender a un premio, el Nobel, al que Cela aspiraba ya entonces y que podía retrasarse o no llegarle nunca si otro escritor de origen español se alzaba con el mismo. Su labor de zapa fue tan exitosa que no solo consiguió que la Academia Española de la Lengua denegara su apoyo a la candidatura de Sender sino que, por fin, en 1989, Camilo José Cela  renombrado escritor, censor puntilloso al servicio del fascismo, experto en expeler ventosidades y en absorber por vía anal varios litros de agua—  fue galardonado con el premio Nobel de Literatura.

«Los murmullos del silencio»: Archivo personal


[…]creo que cada día me gusta más la compañía de un silencio roto sólo de vez en cuando por la fugaz ráfaga del vencejo real, del ladrido lastimero de un zorro, del graznar de las chovas piquirrojas o… por el inconfundible rodar de unas piedras al paso de un grupo de cabras asilvestradas atravesando una pedriza rota en miles de pedazos. Y, aunque la vegetación es 20 años más vieja que cuando la vi por primera vez, apenas uno sabe distinguir su crecimiento en tachos, chinebros y pinarras.

Confieso que estar a solas enfrente de un cortado rocoso leyendo los excrementos de águilas, halcones y buitres, aunque en ello me haya dejado la vista, es. algo tan gratificante como ver a los pájaros de acero (quebrantahuesos) descender a los pedazos de comida que uno les pone al borde de un cantil. Y es que los ojos de estos pájaros, de un impresionante color sangre, llegaron a hechizarme de tal manera que fueron los responsables de que uno eligiera esta intrincada sierra altoaragonesa y no otra plaza cuando aprobó las oposiciones de Agente para la Protección de la Naturaleza. – David Gómez Samitier (1963- 2005), naturalista, fotógrafo y agente forestal.


A poco más de media altura entre el arco superior del espléndido tafoni y la caprichosa cresta del cantil, reposaba, casi mimetizado con la roca parda, un ejemplar de avión roquero que inició un vuelo ascendente menos de un minuto después de la arribada del grupo, sin tiempo para que las cámaras fotográficas retuvieran la imagen del robusto pájaro de manto amarronado y cola recta, apenas ya una masa oscura en las alturas compartidas con las cuarteadas nubes manchadas de sepia. A unos cien metros de la formación geológica —allí donde la música del Alcanadre alcanzaba los oídos—, una rata de agua muerta y aprisionada en el barro ligeramente humedecido parecía señalar la ruta que llevaba hasta una hilera de piedras de tamaño medio que, a modo de resbaladizo puente, facilitaban el cruce —en equilibrios salpicados de goterones de agua— a la otra orilla. Y en el campo de arriba, accesible tras ascender por el desnivel arcilloso, él, el almendro solitario, saludando el esfuerzo con los destellos de despedida del Sol en los matices róseos de sus apresuradas flores de falsa primavera.

(…)

Tras salvar dos acequias invisibles bajo mantos de hierba, descanso cronometrado junto al carrascal, frente al graderío geológico sobre el que planean los buitres que David Gómez Samitier amara, alimentara y fotografiara en el mismo sendero que lleva su nombre, antes de que un fatal accidente automovilístico cercenara sus sueños, los de su mujer y sus dos hijas.

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«Carrasca milenaria»: Ayuntamiento de Lecina


Si hay un árbol que representa con propiedad a Aragón, sin duda es la encina —que por este territorio se denomina carrasca, sin importar su tamaño—. La carrasca forma parte de uno de los cuarteles del escudo aragonés merced a un monje algo trapacero, de nombre fray Gualberto Fabricio Vagad, que a finales del siglo XV dio a la imprenta una Crónica de Aragón donde, imbuido por las leyendas pirenicas y sin encomendarse a nadie, mandó imprimir un escudo que hizo fortuna y hoy es el oficial de estas tierras aragonesas. Pero no es de esa heráldica carrasca de la que trata esta historia sino de otra, coetánea de la del escudo, que la ha sobrevivido para orgullo y deleite de cuantos gozan del privilegio de contemplarla. Porque en cada rugosidad, cada nudo y cada decoloración del tronco de esta última carrasca hay más de mil años de avatares. Y ella, la milenaria carrasca, todavía resiste.


Del legendario encinar donde las brujas de la sierra de Guara se recogían de miradas y persecuciones, solo queda ella, la familiarmente conocida como Castañera de [Casa] Carruesco, la Carrasca Milenaria que, según cuenta la leyenda, siendo un diminuto arbolito, se enfrentó a las encinas más ancianas del bosque para que aquella maraña arbórea e impenetrable, sede de maleficios y alimañas, volviera a acoger a los humanos brindándoles la necesaria leña y las bellotas que, sin nadie que las recogiera, pudríanse, desoladas, entre las zarzas que se habían apoderado del suelo.

Las brujas, molestas con aquella jovenzuela que no les mostraba aprecio, optaron por buscar un nuevo acomodo para sus reuniones y, en agradecimiento a las carrascas viejas por haberlas acogido durante tantos años, les otorgaron aquello que los árboles quisieron pedirles. “Convertidnos en árboles de oro”, pidieron las encinas más arrogantes. “Haced que seamos de cristal”, reclamaron otras. “Queremos tener el mejor perfume, que no haya flor que huela tan bien como nosotras”, demandaron las restantes. La reina de las brujas se encaró con la carrasca más joven y le preguntó con ironía: “¿Y tú? ¿Tú no nos vas a pedir nada?” “No”, respondió. “Yo solo quiero seguir siendo lo que soy: una encina”.

Marcháronse las brujas y, a los pocos días, se desató en la sierra una tormenta de viento y granizo que destrozó las encinas de cristal; un tiempo después, los animales del bosque, atraídos por el apetitoso aroma del encinar, se cebaron, gozosos, con las hojas, raíces y ramas de las encinas perfumadas y los ladrones, seducidos por el brillo del oro, saquearon la floresta para hacerse con el botín que lucían las carrascas rutilantes.

El encinar quedó destruido. Solo la carrasca más jovencita, humilde árbol, sobrevivió al desastre. Y aquellos humanos por los que ella se había enfrentado a sus congéneres y desafiado a las brujas, viéndola sola, se juramentaron para protegerla y respetarla. Pasaron años, siglos, y la joven carrasca convirtiose en un árbol monumental que durante más de mil años ha regalado su prestancia y dulces bellotas a las generaciones de humanos que nunca rompieron su promesa de preservarla.






ANEXO

Necesitamos que apoyes con tu voto la candidatura de la singular Carrasca Milenaria de Lecina, seleccionada como Árbol de España 2021, que compite, este mes de febrero, con árboles de distintos países europeos para la elección del Árbol de Europa 2021. Muchas gracias.
https://www.treeoftheyear.org/

«De los días desgarrados»: Archivo personal


Minutos antes de las diez nos parábamos en el lugar de la cita con Durruti. Salió de la casilla de camineros a recibirnos y nos estrechó la mano sin aspavientos, con aire campechano; cambió unas palabras afectuosas con Timoteo y se dirigió a mí diciéndome:
—Bueno, ya estás aquí. Ahora dime con claridad si deseas quedarte o prefieres volverte a casa.
Eludí una respuesta concreta para que adelantara su opinión y me limité a decirle empleando el tuteo, como era costumbre entre aquella gente:
—Eso depende de lo que tú decidas; creo que no me corresponde a mí la resolución.
—Déjate de retóricas. Aquí estamos para hablar claro y voy a serlo contigo: si te vas, cualquier grupo incontrolado te matará antes o después, pues ya sé por Callén que andan tras de ti; si te quedas en la Columna, yo respondo de tu seguridad. Timoteo me ha dicho que quiere protegerte y nuestra amistad es tan grande que sus deseos son los míos. Y aún te diré más: si te quedas me harás un gran favor, pues te encargarías de llevar la estadística y todo el papeleo del personal, que ahora anda de esas maneras por falta de gente capacitada. Ahora bien: yo exijo lealtad y sé castigar a los que se descarrían. No va contigo la advertencia, porque Timoteo no me recomendaría nunca a un sospechoso, pero bueno será que lo tengas en cuenta, si te quedas con nosotros.
—Está bien —le dije decidido—. Me quedo aquí y espero que no tengas nada que reprocharme; procuraré corresponder a tu generosidad.
—Pues no hablemos más. Escribe a tu familia diciéndole donde estás y que estén tranquilos.
Esta es la verdad de cómo conocí a Durruti y de cómo y por qué ingresé en su Columna. Todo lo demás que se haya dicho o se diga en tomo a este hecho no son más que fantasías.

Fragmento del capítulo X del libro Yo fui secretario de Durruti. Memorias de un cura aragonés en las filas anarquistas, versión del original escrito por mosén Jesús Arnal Pena entre 1969 y 1971 y del que se publicaron tres ediciones, revisadas, en 1972 (Edicions Mirador del Pirineu, Andorra la Vella), 1995 (Mira Editores, Zaragoza) y 1997 (Editorial Pagés, Lleida, traducida al catalán).


Cuando Timoteo Callén, responsable del Comité Local de la FAI en la localidad de Candasnos (Huesca), decidió avalar a su amigo de la niñez, el sacerdote Jesús Arnal, y encargarle su protección a Buenaventura Durruti, no imaginaba que su decisión iba a componer una de las historias más insólitas de la recién comenzada guerra (in)civil ni que, años después, terminada la contienda, aquel curilla sería su salvoconducto para no perder la libertad ni la vida.

Mosén Jesús Arnal Pena (1904-1971), párroco de la localidad altoaragonesa de Aguinaliu, huyó, en un primer momento, al monte al iniciarse la guerra, cuando las localidades próximas a su parroquia se convirtieron en bastiones republicanos con nulas simpatías por el clero. Decidido a conservar la vida, guardó su sotana y emprendió viaje hacia su lugar de nacimiento, Candasnos, vestido de civil y con cierto aire de miliciano. En Candasnos, donde era muy conocido, solicitó la ayuda de Timoteo, su leal amigo de la infancia, miembro de la CNT y autoridad relevante en la localidad, que no dudó en prestársela, convirtiéndose en su defensor en el remedo de juicio popular al que mosén Jesús fue sometido en el balcón principal del Ayuntamiento y del que, el fiel Timoteo, logró sacarlo indemne. aunque, para evitar males futuros, no encontró mejor solución para el sacerdote que encomendar su salvaguarda a Buenaventura Durruti, una de las figuras más sobresalientes del anarquismo español que, por amistad con Timoteo Callén, aceptó llevar consigo al cura de pueblo como escribiente y ayudante personal.

Integrado mosén Jesús en la Columna Durruti, se dedicó a llevar la contabilidad, el registro de los suministros y cuantas tareas, todas ajenas al ministerio sacerdotal, le encomendó su nuevo empleador. Cuando Durruti fue herido, no se sabe si accidentalmente, en la Ciudad Universitaria de Madrid, el 19 de noviembre de 1936, sin que el auxilio médico pudiera evitar su muerte a las cuatro de la mañana del día siguiente, mosén Jesús se hizo cargo del fusil naranjero del dirigente ácrata, que portaría, sin hacer uso de él, el resto de la guerra, siempre acompañando a sus compañeros de la Columna anarquista que, respetando los deseos del fallecido libertario, siguieron protegiendo entre sus filas al clérigo altoaragonés.

Sabiendo que la guerra estaba ya perdida, el grupo de milicianos y mosén Jesús decidieron pasar a Francia, en cuya frontera los gendarmes franceses obligaron al sacerdote a desprenderse del fusil naranjero. Jesús Arnal, que consideraba no tener cuentas pendientes con los vencedores de la guerra, regresó a España, entregándose a las nuevas autoridades que, tras un somero interrogatorio, lo dejaron en libertad, incorporándose un tiempo después, bajo vigilancia de las autoridades eclesiásticas, a su labor sacerdotal. Su último destino fue la localidad oscense de Ballobar, donde falleció el 8 de diciembre de 1971. Fue siempre defensor de la honestidad de Buenaventura Durruti, hombre al que respetaba y para el que solo tuvo palabras de agradecimiento hasta el final.


Aquella mañana había entrado Durruti en mi despacho y con semblante jovial me mostró un paquete que llevaba en las manos, diciéndome:
—Jesús: prepárate a recibir una sorpresa. Te traigo un regalo.
—¿Un regalo? ¿Y a qué viene eso?
—Bueno, eso tú lo juzgarás… ¡Anda, ábrelo!
¡Cuál sería mi asombro al encontrarme con una espléndida Biblia en latín! Me quedé pasmado, sin poder articular palabra y empecé a hojearla, sin creerme todavía que Durruti fuera capaz de un gesto semejante. Lo miré en silencio, con aire de agradecimiento y él, también impresionado por mi reacción, me dijo:
—En cuanto la vi, me acordé de ti y me dije: “esto para Jesús, que le hará ilusión” pero, la verdad, no creí que fuera tan importante para ti.
—Lo es, Ventura, y mucho; no por la Biblia en sí —con ser importante—, sino por cuanto significa tu gesto. No puedes imaginar cómo te lo agradezco.
(Op, Cit.)


NOTA

El título, Disciplina clericalis, se ha tomado prestado del de una colección de cuentos ejemplarizantes escritos en latín por el judío converso Pedro Alfonso de Huesca en el siglo XII.

Arrobamiento

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«Bambuesa y el mar»: Archivo personal


Reculaban las olas, rebaño insurgente, ondulando con sus respingones espinazos los añiles decolorados del piélago…

Retornaban, ebrias de espuma, al aprisco arenoso desde donde Bambuesa, la mansa can de Chira, las contemplaba, embebecida, arrebañando brisas húmedas que expelían adioses de cormoranes expatriados.

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«Quietudes»: Archivo personal


Muerden los crampones el espeso cobertor de hielo aún aferrado al prado, al pie del tozal donde los troncos de la vetusta cocina de hierro fundido confinada en la Fosqueta fenecen lanzando estelas de humo por la recién estrenada chimenea de sillares rematada con un orejudo conejo de hierro forjado. Tatuadas en la nieve compacta, vienen y van, hasta la orilla del aliviadero congelado del río, huellas de raposo que se adentran más allá de los árboles entre los que resiste el longevo tejo bajo el que, en el otoño de 1940, se suicidó, para no caer en manos de la Guardia Civil, el zapatero Santistebe, enlace de una de las partidas de guerrilleros que se ocultaban en estos parajes. Como los antiguos maquis, invisibles entre la perenne maraña boscosa, quizás observan los huidizos vulpinos el caminar crujiente de las figuras rebozadas en colores que, al descubierto e indiferentes al frío y la aguanieve, recorren las alburas de la tarde sabatina ociosa y encalmada.


Junto a la aislada edificación, en el cobertizo abierto, blanquea la leña apilada y expuesta al tiempo; una quebradiza capa de hielo recubre el antiguo abrevadero de las caballerías sobre el que apenas una hora antes encontraron un acentor muerto. En el depósito anejo a la pared sur, el agua se ha solidificado en feo mazacote que han roto a martillazos hasta conseguir que el líquido se deslizara por la cañería y cayera en la pileta esmaltada de la cocina, entre silbantes sacudidas del grifo.

Sucumbe el día, sin preámbulos, al otro lado de la ventana de la bien pertrechada borda rehabilitada de la pardina Foncillas, con la quietud glacial anunciando el dorondón. Las brasas que languidecen tras la portilla de la vieja cocina de fundición todavía reparten sus ardores por el edificio de piedra de interiores estucados; en una esquina de la gruesa plancha de metal negro, alejado de la boca de alimentación, gorgotea, hirviente y olvidado, el café de puchero.

«Mudéjar. Aljafería de Zaragoza»: Iván Villar


Saraqusta —la actual Zaragoza, llamada por los árabes Ciudad Blanca, por el color de sus edificios— tuvo el privilegio de ser, en fecha imprecisa de la segunda mitad del siglo XI, la cuna de uno de los más brillantes pensadores del medioevo, Abu Bakr Muhammad ibn Yahya ibn al Saig ibn Bayya, conocido como Avempace. Perteneciente a una familia de orfebres, fue político, filósofo, astrónomo, botánico, médico, físico, poeta, músico, y aglutinó a su alrededor a un sinnúmero de sabios andalusíes, cristianos y judíos en las frecuentes tertulias que se celebraban en el ornamentado Salón Dorado del espléndido palacio de la Aljafería —centro cultural, político y religioso de la medina— donde se discutían y celebraban todas las artes de la época así como renombradas justas poéticas, actividades clausuradas definitivamente cuando el rey aragonés Alfonso, el Batallador, conquistó, en la primavera de 1118, la taifa saraqustí, que se incorporó, tras siglos de gobierno musulmán, al Reino de Aragón, produciéndose la natural desbandada de la gran mayoría de ilustres que iluminaban con su sapiencia las penumbras peninsulares cada vez más oscurecidas por las guerras.


La toma aragonesa de Saraqusta supuso el fin de la estabilidad multicultural, ajena a cualquier fundamentalismo, en una ciudad que, en el año 714, había pasado de visigoda a musulmana sin derramamiento de sangre. La transformación derivada de la conquista cristiana empezó con la ocupación de los espacios de dominio andalusí por parte de aragoneses, navarros, catalanes, bearneses y aquitanos, quedando los mudéjares en los arrabales y los judíos en sus tradicionales aljamas, en situación precaria pese a las leyes a favor de estas dos comunidades que dictaron los sucesivos monarcas aragoneses, convertidas en papel mojado cuando, a partir del reinado de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, se procedió a la expulsión de los judíos, a la que seguiría, en tiempos de Felipe III, la de los moriscos descendientes de quienes no habían abandonado su ciudad amada cuando fue conquistada por las tropas conjuntas de Aragón y Bearn del Batallador.


Así pues, Ibn Bayya, que había ocupado el cargo de visir del gobernante de la taifa, huyó de la Zaragoza aragonesa en 1118, refugiándose primero en Játiva, donde fue encarcelado, y trasladándose después al sur peninsular, en un periplo que lo llevó por Almería, Sevilla, Granada y Jaén, dejando en todas esas ciudades la huella de sus conocimientos y un puñado de discípulos que propagarían el pensamiento del singular intelectual andalusí, que concibió un sistema astronómico sin epiciclos, con esferas excéntricas a la manera de Ptolomeo, modernizó la medicina, difundió la lógica aristotélica desvinculando la razón de la religión y creó y definió la estructura métrica del zéjel.

Tras abandonar la península Ibérica para instalarse en Orán, marchó posteriormente a Fez, ciudad en la que ejerció como galeno, práctica que le supuso enfrentarse a los médicos de la Corte, que organizaron, en el mes de Ramadán del año cristiano de 1138, su asesinato dándole a probar, tras la puesta del Sol, un guiso de berenjenas envenenadas. La desaparición de Avempace tuvo el efecto contrario al buscado por quienes le dieron muerte, pues su nombre y sus escritos no solo remontaron los tiempos sino que llegó a ser reconocido como el primer filósofo andalusí del racionalismo, el misticismo y el cientifismo, ejerciendo gran influencia en otros pensadores, tanto del ámbito musulmám como del cristiano. De Avempace se conservan en la actualidad ocho manuscritos distribuidos y guardados en las más importantes bibliotecas del mundo.


Como curiosidad —que no certeza ni refrendo— añadir que algunos estudiosos de música antigua han hecho hincapié en las muchas similitudes existentes entre los compases del actual himno nacional de España y una nubah compuesta por el sabio andalusí Avempace, concluyendo los musicólogos que tal vez no sea disparatado aventurar que el himno español proceda de la primitiva composición musical del gran erudito de la Edad Media.

Eufonía

«Donde habitan los ecos»: Archivo personal


Isabel.

…y en el instante mismo de la intersección entre su perpetuo sosiego y nuestra permanente añoranza, suspendióse el tiempo en la sierra engalanada para eternizar el sonoro vaivén de las palabras prendidas en la orfandad de nuestros tímpanos.


(…)
A mía boz
tremola con os aires,
brilla con o sol,
se chela con os zierzos,
se aflama con as calors…
(…)
A mía boz
—en tiengo encara de boz?—
ye de tú, amigo,
no a deixes morir en yo [*].
Ánchel Conte


A veces —tantas veces, todas las veces…— se encaraman en el presente las vivencias del pretérito para anegar la ausencia con los inveterados sones de la voz jamás enmudecida.



TRADUCCIÓN DE LAS ESTROFAS

[*] “Mi voz / tiembla con el aire, /  brilla con el sol, / se hiela con el cierzo, / se seca con el calor…  (…) / Mi voz / -¿todavía tengo voz?- / es tuya, amigo, / no la dejes morir en mí.”

Diorama

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«Yaiza y el muñeco de nieve»: Archivo personal


Las carcajadas del hombre sentado en el banco, de espaldas al río, cascabelean en la calle Baja. Yaiza, la perrilla añosa de la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, atada con la correa al semidesnudo seto de aligustres que delimita los bordes de la suave pendiente, interrumpe los ladridos que lanza al muñeco de nieve y tira de la correa para acercarse hasta el banco y probar las caricias de las manos enguantadas del anciano, que la retienen sin dejar de reír.

¿Qué tal planta [*], siño Miguel?”, pregunta la veterinaria, que llega con un pan de moños precariamente envuelto en papel marrón. “Voy marchando, chiqueta. Esta perra tuya la ha tomado con el moñaco. A saber qué sentencias le estará diciendo”.

Otilia, la panadera, va cargando la furgoneta con cestones de barras y panes para el reparto diario en las localidades vecinas. “¡Vais a coger un pasmo!”, les grita a las dos adolescentes que toman el Sol tumbadas sobre una exigua loneta, un par de metros a la derecha del hombre del banco.

En la costana del otro lado, por el camino que baja hasta el río, se deslizan en trineo un grupo de chiquillos gritones hacia los que corre Yaiza una vez libre de la atadura que la limitaba.

Refulge el Sol y minimiza los dos grados bajo cero que presiden la mañana mientras Lurditas, la alguacila, se dirige con el tractor, al que se le ha acoplado una pala, hacia el desvío que une el Barrio con la localidad más próxima, para adecentar el asfaltado que ha de recorrer Otilia con su cargamento de pan.



NOTA

[*] Fórmula de cortesía utilizada en el Alto Aragón, equivalente a ¿Cómo está usted? / ¿Cómo se encuentra de salud?.

«Back Closet»: Siff Skovenborg


«El Rey Alfonso, […] ,a todos y cada uno de sus nobles, amados y fieles nuestros y sendos gobernadores, justicias, subvengueros, alcaldes, tenientes de alcalde y otros cualesquiera oficiales y súbditos nuestros, e incluso a cualquier guarda de puertos y cosas vedadas en cualquier parte de nuestros reinos y tierras, al cual o a los cuales la presente sea presentada, o a los lugartenientes de aquellos, salud y dilección. Como nuestro amado y devoto don Juan de Egipto Menor, que con nuestro permiso irá a diversas partes, entiende que debe pasar por algunas partes de nuestros reinos y tierras, y queremos que sea bien tratado y acogido, a vosotros y cada uno de vosotros os decimos y mandamos expresamente y desde cierto conocimiento, bajo pena de nuestra ira e indignación, que el mencionado don Juan de Egipto y los que con él irán y lo acompañarán, con todas sus cabalgaduras, ropas, bienes, oro, plata, alforjas y cualesquiera otras cosas que lleven consigo, sean dejados ir, estar y pasar por cualquier ciudad, villa, lugar y otras partes de nuestro señorío a salvo y con seguridad, siendo apartadas toda contradicción, impedimento o contraste. Proveyendo y dando a aquellos pasaje seguro y siendo conducidos cuando el mencionado don Juan lo requiera a través del presente salvoconducto nuestro, el cual queremos que lleve durante tres meses del día de la presente contando hacia adelante. Entregada en Zaragoza con nuestro sello el día doce de enero del año del nacimiento de nuestro Señor 1425. Rey Alfonso.»
—Documento extendido, en calidad de salvoconducto, por Alfonso V de Aragón para que el gitano Juan de Egipto Menor y sus gentes puedan viajar libremente por los territorios de la Corona—


El 12 de enero de 1425 quedó documentada, con parabienes incluidos, la entrada de los primeros gitanos en los territorios de la Corona de Aragón. Apenas ochenta y cinco años después, en 1510, los Fueros del Reino recogían idénticas medidas represoras que las promulgadas por la Pragmática de 1499 de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón: «Se les concede un plazo de sesenta días para salir del reino y a los que sean hallados se les castigará con cien azotes y destierro a perpetuidad; la segunda vez se les cortarán las orejas, permanecerán sesenta días encadenados y sufrirán destierro. Los apresados por tercera vez pasarán a ser esclavos por el resto de su vida».

A partir de esa fecha —y con brevísimoss períodos de tutelaje paternalista por parte de los gobernantes— comienza la represión brutal contra un grupo que se ve obligado a sobrevivir en una sociedad hostil, en absoluto diferenciada de las que acogen al resto de los gitanos extendidos, desde las regiones hindúes de Punjab y Sinth —de las que eran originarios—, por toda Europa.


«Tomo consciencia de los siglos recorridos y me digo: No han podido con nosotros. Aquí estamos. Aquí seguimos tirando los unos, los conscientes, de los otros, los resignados. Aquí y allá, aun desde el silencio, seguimos elevando la voz, no para quejarnos, únicamente, de las injusticias del pasado y del presente, sino para demostrar que nuestro empuje es también necesario en las sociedades donde nos hallamos integrados. Para que tanto sufrimiento de los nuestros no haya sido vano».- Barsaly H. (1938-1999), activista gitano.


NOTA

Sastipen thaj mestipen es una expresión en rromanés que significa Salud y libertad.