Feeds:
Entradas
Comentarios

Circo glaciar de Soaso (Ordesa)

«Circo de Soaso y cascada de la Cola de Caballo»: Archivo personal


A Lola Haas le llama la atención el número de personas que, a hora tan temprana, se hallan en la pradera rodeada de paredes escarpadas de Ordesa para internarse por los diferentes senderos que se abren y recorren el impresionante territorio glaciar al que sus más de sesenta millones de años de antigüedad han dotado de una belleza sin parangón. Lola y sus acompañantes se encaminan por la Senda de los Cazadores [FOTO] al circo de Soaso, donde, entre la Punta Tobacor y el macizo de Monte Perdido, emerge el salto de la Cola de Caballo [FOTO].

Pasta, indiferente al extasiado pulular humano, el ganado vacuno [FOTO], al que Jenabou saluda —como si las vacas fueran viejas conocidas— antes de unirse al grupo de adolescentes del campamento del Refugio de Bujaruelo que la han invitado a ascender junto a ellos por la vía ferrata [FOTO], guiados por un montañero de la zona. Los adultos, en cambio, toman la ruta de la Faja Racón, que remonta hasta 1.900 metros de altitud y se interna en un espectacular bosque de abetos y hayas. Caminan en silencio, con los oídos prestos a los sonidos del entorno y esa sensación  —a la que anoche se refería Lola Haas—  de sentirse dianas de miradas ocultas. Es la propia Lola la primera en avistar los sarrios, a pocos metros por encima del sendero, tan ágiles y escurridizos como temerosos [VÍDEO], molestos, quizás, por esas presencias humanas, ahora quietas y fascinadas, que incursionan en el exclusivo hábitat que cobija la vida salvaje.

Me duelen hasta las pestañas. He caminado más estos cinco días que en siete meses”, confiesa Lola esa misma noche, ya en el Refugio, en la sobremesa de la cena, haciendo balance grupal de la jornada, mientras la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio termina de marcar en el mapa, con rotulador rojo, la travesía realizada. “¿Y esto en verde?”, pregunta Lola. “La ruta que hicimos por los valles de Bujaruelo y Otal. ¿Ves…? En este punto está el puente colgante de Burguil [FOTO] que tanto canguelo te daba cruzar, y aquí el salto del Pich [FOTO]”, señala la veterinaria. “Cuando cruzamos ese puente no sabía que era la parte más sencilla de la ruta. Se balanceaba tanto…”, se justifica la visitante francesa sin dejar de observar el mapa. ”¿Y los círculos azules, qué significan?”. “Se corresponden con las cascadas en las que hemos estado. Aquí está la de la Cueva [FOTO], aquí la de Abetos [FOTO], aquí la de la Paúl [FOTO], aquí…”.

Van apagándose luces y voces. A medianoche, la oscuridad en el Refugio va pareja con la negrura exterior, salpicado el silencio por el ulular de las rapaces nocturnas y algún ronquido que se escapa de entre los yacentes que ocupan el dormitorio comunal.

IMG-20230626-WA0000-A

«Valle de Louron»: Archivo personal


Viernes, 7 de julio

A las tres y diez de la tarde, con Marís al volante de Pilarín, la cámper, se pusieron en camino, con la lluvia acompañándoles a trechos hasta el cruce fronterizo por el túnel de Bielsa-Aragnouet y arreciando, intermitentemente, desde el valle del Aure al de Louron, donde remitió cuando accedían a la recepción del camping de Loudenvielle para registrarse y acampar en la parcela reservada por teléfono días antes.

Cerca de las ocho se dirigieron a casa de Lila, hermana de la veterinaria, con la que habían quedado para cenar. Lila es fisioterapeuta del complejo termal de Loudenvielle y reside en Arreau, una preciosa población del valle de Aure situada a media hora del camping.

Yolanda y Marís habían preparado en Huesca, para la ocasión, un enrollado de patata relleno de ensaladilla rusa que compartieron los cinco junto con la trenza de Almudévar aportada por Étienne y la veterinaria. El gâteau à la broche o pastel de espetón, típico de los Altos Pirineos franceses, que había comprado Lila para agasajar a sus invitados y que quedó sin tocar, se lo llevaron de regreso al camping para el desayuno del día siguiente.




Sábado, 8 de julio

A las ocho menos veinte de la mañana ya se encontraban en el corazón del valle de Louron, a orillas del lago Génos-Loudenvielle que, en palabras de Marís, “por esta parte da el pego porque nadie diría que es artificial. Parece que esté aquí, tan cristalino, desde la última glaciación”.

Yolanda y Étienne en un kayak biplaza  y la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio y Marís sobre un hidropedal, bordearon el lago y, finalmente, se detuvieron en su centro, con los músculos de brazos y piernas chirriándoles por el esfuerzo y los ojos anegados de las vistas espectaculares que circundan el agua.

Picos que se acercan o rebasan los tres mil metros, iglesias de arquitectura románica, restos de castillos que resisten el combate del tiempo, bosques, prados y pueblos, estímulos suficientes con los que redimir el agotamiento y navegar con brío hacia el embarcadero para desandar los trescientos metros que dista la ribera lacustre del camping y, tras una sauna y una garbure reparadoras, aprovechar la tarde luminosa recorriendo, junto con otros campistas, los senderos [FOTO] que discurren hasta las fortificaciones [FOTO] que rodean el lago.

Siglos atrás, esas imponentes estructuras que engalanan el paisaje se utilizaron, no solo como moradas de las familias feudales dueñas de las fértiles tierras de este lado de los Pirineos, sino como atalayas de vigilancia desde las que se transmitían señales que advertían a los habitantes del valle de la presencia de soldadesca enemiga.




Domingo, 9 de julio

Apremiados por el tiempo  —la directora del camping les había recordado que debían dejar libre la parcela antes del mediodía—  dedicaron la mañana a visitar las instalaciones termolúdicas de Loudenvielle, con sus baños romanos, japoneses y amerindios y el Espacio Tibetano de tratamientos corporales y faciales donde desarrolla su labor Lila.

Tras recoger la cámper y acercarse a los pueblos que, como Loudenvielle, se hallan a orillas del lago  —Génos, Aranvielle—, abandonaron Francia enfilando hacia Bielsa, donde se detuvieron a comer una vichyssoise fría, lenguado relleno de marisco con salsa de setas y cremoso de nueces para, después de una breve sobremesa, retornar, con el cansancio no exento de complacencia asomado a los rostros, al lugar desde el que iniciaron el viaje.

Tenemos que volver en otra ocasión y quedarnos más días, que este fin de semana, aunque ha sido intenso, me ha sabido a poco”, comentó Yolanda cuando llegaron a Huesca.

IMG-20230703-WA0010-A

«Portal Nuevo de la Taconera»: Archivo personal


Han quedado en los Jardines de la Taconera, el parque más antiguo de Pamplona, con Luis, el exmosén, llegado hace tres días de Putla Villa de Guerrero, localidad mexicana en la que desarrolla una admirable labor social. Luis, berriozartarra de nacimiento, fue el párroco del Barrio durante casi cuatro años, hasta que decidió colgar los trastos de evangelizar y dedicarse en cuerpo y espíritu a una ONG de Oaxaca que, imbuida del empuje zapatista, se ocupa de personas desfavorecidas y vulnerables. Una vez cada uno o dos años, cuando dispone de fondos para costearse los billetes de avión, recala en España para visitar a familiares y amigos.


Pamplona sabe ya a fiesta en esta víspera soleada del ansiado cohete que reverberará en la ciudad, sus gentes nativas y visitantes, dejando en las calles esa impronta que justo cien años atrás marcó al joven corresponsal del Toronto Star, Ernest Hemingway (1899-1961), propagandista, urbi et orbi, de encierros y juergas, paisajes, amaneceres, amoríos y borracheras. Las crónicas, primero, y los libros, después, de Hemingway atrajeron a la capital navarra gente, mucha gente; tanta, que, años más tarde, cuando todos los recovecos etílicos, gastronómicos y taurinos de Pamplona carecían de secretos para el futuro Nobel de Literatura y sus leales seguidores y aquellas fiestas habían pasado de populares a populosas, escribió, entre asombrado y pesaroso: «Pamplona estaba huraña, como siempre, atestada… con 40.000 turistas más, lejos de los 20 de la primera vez, cuando vine hace dos décadas». Ay, si don Ernesto pudiera comprobar lo ridículas que son, comparadas con las actuales, las cifras que le resultaban escandalosas entonces…


Hace tanto tiempo que no vivo los Sanfermines que estar aquí me parece un sueño”, declara, entusiasmado, Luis. “No me puedo creer que mañana sea el chupinazo y lo vea y lo escuche desde abajo, en la misma plaza del Ayuntamiento. Porque… ¿estaremos allí, no?

Abandonan el parque por la salida del Portal Nuevo, puente bajo el que fluye la carretera y que pese a sus dos torreones almenados  —famosos por su extraordinaria acústica—  que trasladan a otra época histórica, fue levantado en los años cincuenta del siglo XX, en el mismo lugar donde estuvo el puente original, destruido en 1823 por los bombardeos que sufrió Pamplona durante el asedio llevado a cabo por las tropas absolutistas.



NOTA

The Sun Also Rises es el título original de la novela Fiesta, de Ernest Hemingway, que universalizó los Sanfermines e hizo famosa la ciudad de Pamplona y sus alrededores.

IMG-20230625-WA0009-A

«El vencejo»: Archivo personal


Cuando se dirigían, mochilas al hombro, hacia el monovolumen, hallaron al joven vencejo desplomado junto al zócalo de la fachada de la casa, con espasmos discontinuos y el pico entreabierto. Se acercaron despacio y en silencio, más preocupados que curiosos; agachados a media distancia mientras el pajaro se encogía aún más, azarado, tembloroso el cuerpecillo. “Está deshidratado”, se escuchó. Y como por ensalmo, un tarrito con agua pasó de unos a otros. Ella mojó sus dedos y los aproximó al ave trémula, que rozó con el pico la dermis humana humedecida. Una mano recogió amorosamente del suelo al sediento animal mientras otra le acercaba el agua y el vencejo, en un último esfuerzo de supervivencia, libó del líquido de la vida hasta saciarse [VÍDEO]. Entonces, la mano que lo sostenía lo lanzó al aire y voló el vencejo hasta el tejado a dos aguas y contempló desde el alero a aquellos humanos que, en el asfalto, con las mochilas tiradas junto al bordillo, lo miraban con júbilo en tanto que uno de ellos trepaba hasta la ventana de la segunda planta, la más próxima al saledizo, para depositar en el alféizar el recipiente con el agua sobrante.

IMG-20230621-WA0003-A

«El avezado girasol»: Archivo personal


Por el caminito de la calle Saguesgaña de Zizur, donde se acentúa el recuerdo de nuestra memorable Izarbe entre los girasoles que van abriéndose a la calidez de este húmedo entretiempo, ya no habrá más encuentros con Vitorieta, la señora ayerbense que recorría la acera ayudada por un divertido andador de colorines y siempre acompañada por su nieto Gaizka. Victoria  —Vitorieta, como le gustaba ser llamada—  falleció a primeros de este mes, el misma día de su noventa y siete cumpleaños, en Pamplona, ciudad a la que se trasladó en 1956, tras matrimoniar con un hostelero navarro al que había conocido en Huesca. Quizás, en ese Lugar del Otro Lado al que tantas veces se refería, se haya tropezado con Izarbe y le hable de “los teatreros y el Poeta” que llegaron, aquel verano de 1933, a Ayerbe, su pueblo, cuando no era sino una mocosilla de siete años y jugando a la cú del escondite con sus amiguitas, entre el entarimado a medio montar, resbaló en la tierra y terminó llorando con un rasponazo en la rodilla que el Poeta, tras restañarle la sangre con un pañuelo, le sopló hasta convertir el llanto en sonrisa. Eso explicaba ella que le había contado, varios años después, su madre, cuando el Poeta llevaba bastante tiempo muerto y aquella fotografía que el retratista itinerante había hecho a los faranduleros (ellos, con el mono azul y el logotipo de la máscara sobre la rueda de un carro; ellas, de igual color el vestido, y un cuellecito blanco) con los críos del pueblo, delante de la camioneta La Bella Aurelia… —ay, aquella foto— había acabado hecha pedacitos cuando, bien entrada la posguerra y con el miedo presidiendo cada jornada, la madre de Vitorieta supo que el Poeta, de nombre Federico García Lorca, —“un rojo de mala vida”, le dijeron las pías damas de la Sección Femenina de Ayerbe— había sido fusilado por los vencedores al iniciarse la guerra, los mismos o de idéntico pelaje de los que había conseguido escapar su marido y padre de Vitorieta en 1939, y del que, en 1964, les avisarían por carta desde Francia que había muerto de un infarto.



NOTA

Desde julio de 1932 hasta abril de 1936 el teatro universitario ambulante La Barraca, bajo la dirección de Federico García Lorca y Eduardo Ugarte, recorrió 74 localidades españolas (entre ellas, Ayerbe, Jaca, Canfranc y Huesca) con un repertorio de trece obras de teatro clásico, dentro del proyecto de las Misiones Pedagógicas que se llevaron a cabo durante la Segunda República.

IMG-20211208-WA0016-A

«Plaza de los Tocinos (Huesca)»: Archivo Viñuales de fotos antiguas


Desde la conquista aragonesa de Huesca en 1096 y hasta el decreto de expulsión definitiva de los moriscos firmado por Felipe III en 1609 —que se ejecutó en Aragón el 29 de mayo de 1610—, el barrio de San Martín, extramuros, fue territorio de los musulmanes oscenses, convertidos al cristianismo como condición para seguir habitando la ciudad de sus antepasados. San Martín era, entonces, un animado barrio con sus callejuelas y adarves colmados de ollerías, tejerías y curtidurías, que se extendía hasta las fructíferas huertas que, además de los cultivos al uso, se llenaban de hermosas matas de albahaca que aromaban exquisitamente el estío oscense, tradición originada en la época romana que ha llegado hasta nuestros días, no concibiéndose las jornadas festivas dedicadas al santo Lorenzo, patrono de la ciudad, sin las macetas de albahaca en calles, ventanas y balcones y los ramitos que portan en la mano o asomando en los bolsillos de las camisas y pantalones, los y las oscenses.

En ese barrio de esencia mudéjar cuya mezquita —conocida como la Mezquita Verde— fue derruida por orden de los gobernantes cristianos, se construyó allá por el siglo XIII la iglesia de San Martín, parroquia de los moriscos, demolida en 1868 debido a su estado ruinoso y convertido el espacio que ocupaba en plaza, nombrada del Justicia, en homenaje a la ilustre figura histórica de autoridad en el Reino de Aragón que tenía como misión la defensa de los Fueros aragoneses. Y en ese recinto al aire libre en el corazón de la antigua Morería de la ciudad, comenzaron a celebrarse ferias de ganado, siendo las de porcino las más populares, hasta el punto de empezar a llamar los oscenses a la que era y es plaza del Justicia, plaza de los Tocinos, denominación que ha pervivido. Si a un oscense se le pregunta por la plaza del Justicia, tal vez dude unos segundos, pero si se le menta la plaza de los Tocinos no titubeará a la hora de dar las indicaciones pertinentes para llegar a ella.

Durante décadas, cuando dejaron de celebrarse allí las ferias de ganado, la plaza de los Tocinos acogió el mercadillo de ropa de los martes, que congregaba a una clientela fidelísima y ecléctica, amén de paseantes y mirones. Limitando la plaza se construyó, allá por los años treinta del siglo XX, la emblemática Casa Polo, de arquitectura racionalista, en una de cuyas plantas vivió Manuel Sender Garcés que, dos veces alcalde de Huesca, fue el encargado, en 1931, de proclamar la II República en el balcón del Ayuntamiento. Desde esa vivienda de Casa Polo se despidió de su joven esposa, Marcelle, aquel aciago 20 de julio de 1936, para dirigirse al Ayuntamiento, del que era concejal por Izquierda Republicana, sin sospechar que marchaba hacia la muerte.

Enfrente de Casa Polo se inauguró, en la década de los setenta, uno de los primeros bares-frankfurt de la ciudad, El Viejo Acordeón, que ayudó a dar una segunda vida a una plaza que había ido perdiendo protagonismo con el paso del tiempo y que tuvo una lamentable época de degradación contra la que lucharon los habitantes del barrio, orgullosos de morar en la parte del Casco Viejo que antaño fuera territorio mudéjar de la ciudad.

IMG-20230506-WA0002-A

«Donde sangran las amapolas»: Archivo personal


En una entrevista concedida al Heraldo de Aragón en 2002, le explicaba Ildefonso-Manuel Gil (1912-2003) a Antón Castro cómo y por qué había nacido su novela Concierto al atardecer [reeditada en 2023], en la que, a través de Alonso, protagonista y alter ego, el escritor evoca, con cierto sentimiento de culpa por ser uno de los sobrevivientes, a los compañeros con los que compartió encarcelamiento, horror y desesperanza en el Seminario de Teruel, transformado en presidio, aquel durísimo invierno de 1937, que solo se diferenció de los terribles meses anteriores en el rigor climático.

Había abrazado a muchos amigos, más de veinte, y había despedido a un centenar de hombres que pensaban que iban a trasladarlos a otra cárcel y los llevaban a fusilar. Eso fue verdaderamente horrible y superarlo me costó una vida entera. Padecía pesadillas por las noches, le confesaba a su entrevistador. Y recordaba que en ese lugar sufrió el horror, el hambre, notabas los dolores en el estómago. Te pegaban, aunque tampoco eran palizas. Vivías en la incertidumbre del pánico. Adquirí el compromiso personal, conmigo mismo y con la memoria de los caídos, de decir lo que ellos no habían podido decir. Así nació mi novela… Además, se producía un hecho espeluznante: los que lo sabíamos estábamos comprometidos a mantener la moral de los que creían que la saca era un traslado de cárcel y no un viaje hacia la muerte. Imposible el olvido.



A VOSOTROS,

mis amigos de cárcel, compañeros de estupor y del espanto,
muchos de cuyo nombre no me acuerdo o nunca lo he sabido,
rostros que se presentan un instante y quizás se confunden,
ojos puestos bajo distinta frente,
una voz de su boca enajenada,
un gesto desprendido de qué manos
o apenas simplemente un estar en silencio…

otros viviendo fuera de su muerte en mi memoria intactos,
Joaquín Muñoz, Segura, Vilatela,
el médico Barea y Francisco Lafuente
y Vázquez y Morales, Pedro Gálvez,
los Tablones, los Chanos y Victorio y el chato de las minas
y aquél ¿cómo era aquél? y el otro, el otro, el otro…

lívidas tardes, madrugadas lívidas,
el terror gota a gota, fuente, arroyuelo, río
desbordándose oculto por los nervios,
un tiempo sin relojes, largas horas brevísimas
y el corazón en tempestad tan aquietado…

hace treinta y cuatro años en estas mismas horas
en que sin convocarnos me venís a los versos,
tuvimos la más honda hermandad, compañeros
sentados a la puerta del alma para esperar la muerte,
el sacrificio inútil mas la esperanza cierta…

estas palabras mías que empezaron a andar sin yo saberlo
hace treinta y cuatro años cuando juntos
hicimos la antesala de la muerte
y estuvieron andando en el estrépito de cañones y músicas triunfales,
hurtándose a exquisitas vigilancias y anatemas feroces,
a la debilidad y al desaliento de tan gastados días,
os las devuelvo ahora,
las desando,
pronunciando en voz alta vuestros nombres
que desde lejanías de espacio y tiempo vuelven a aquel instante mismo
y estoy junto a vosotros aguardando la lista,
qué guijarro tan hondo cayendo en el silencio de cada nombre,
qué tirón de los ojos a los ojos amigos,
qué soledad desamparada quedándose detrás a cada paso,
apretadas las manos sobre el temblor de otras lejanas manos
quizás tan confiadas en el lecho tarado por la ausencia,
y os vuelvo a ver y quiero
ser absolutamente fiel a mi mirada,
os veo ir al encuentro de la muerte sabiendo
que no hay sedas que cubran la desnudez del crimen.

—Poema de Ildefonso-Manuel Gil contenido en el libro De persona a persona, publicado en 1971—



Tras su excarcelación, Ildefonso-Manuel Gil, que había estudiado Derecho, se doctoró en Filosofía y Letras y se concentró en la Literatura y en esas clases que daba, casi de tapadillo, en centros de enseñanza privados  —como el colegio Santo Tomás de los Labordeta, que acogía a muchos enseñantes aragoneses depurados por el franquismo—  para sacar adelante a su recién formada familia (se casó, en 1943, con Pilar Carasol Torralba, alumna suya de bachillerato en el colegio Santo Tomás) que iba aumentando poco a poco. ¿Su ilusión? Ser catedrático de Literatura, pero para ello debía firmar el exigido certificado de adhesión al Movimiento. Me acordaba de los amigos a los que había dado un abrazo porque los iban a asesinar, y… ¿cómo iba yo a hacer una adhesión a Franco?.

En 1962, sabiendo que su negativa a avalar la dictadura le impediría acceder a la ansiada cátedra, se trasladó con Pilar y sus hijos a Estados Unidos, donde nacería la menor de sus cinco retoños. Allí, lejos de España y con un contrato de docente universitario bajo el brazo, pudo empezar a redactar su sobrecogedora novela Concierto al atardecer, que llevaba casi treinta años gestándose en su mente y tardó otros treinta en ser publicada.

Entremedias, este vate, honesto y fiel a sus ideales —que prefería ser llamado poeta de la Generación de la República y no de la que se ha terminado denominando Generación de 1936, por tratarse, decía, de un año nefasto en la historia de España— ejerció de profesor de Literatura Española en la Rutgers University y dio conferencias y lecciones magistrales en centros universitarios de Estados Unidos y Canadá, sin dejar jamás de lado el motor de su vida, la escritura, actividad a la que siguió dedicándose también, con su puntilloso y reconocido estilo, a su regreso a España en 1985 y hasta su muerte en 2003.

49552853672_56e50dc495_b-A

«Alas…»: Archivo personal


Los días 20 y 21 de julio de 1935 se celebraron en Huesca, organizadas por la Cooperativa de Técnicas Freinet y propiciadas por el pedagogo y artista plástico Ramón Acín, las II Jornadas de la Imprenta en la Escuela, tributo a quienes, desde la Escuela Nueva republicana, habían tomado como modelo la pedagogía de Célestin Freinet, estructurada en una escuela abierta, socializadora, antiautoritaria y asamblearia, donde los textos libres, el tanteo experimental y la observación del entorno conformaban una visión novedosa de la enseñanza, siendo los educandos los sujetos activos y protagonistas de su propio aprendizaje.

Uno de los introductores entusiastas del método freinetiano había sido el inspector de Enseñanza Herminio Almendros, que acudió a aquellas jornadas de innovación pedagógica muy interesado por las diferentes ponencias que las maestras y maestros participantes compartirían con los docentes desplazados a la Escuela Normal oscense desde diferentes escuelas rurales de las provincias de Huesca y Lérida, zonas donde las experiencias de Freinet habían tenido excelente acogida y sobre cuya praxis versaba la convocatoria.

En una de las asambleas, el inspector Almendros coincidió con Simeón Omella, maestro freinetista de Plasencia del Monte, que le regaló un sencillo librito de textos libres escrito e impreso delicadamente por su alumnado y al que el docente aragonés añadió una dedicatoria: «A mi querido amigo D. Herminio Almendros. Fraternalmente, Omella». Fue el último contacto entre ellos.

Iniciada la guerra civil un año después y tomada la localidad de Plasencia del Monte por el fascismo, Simeón Omella, pese a no haberse significado políticamente, tuvo que huir dejando atrás a su familia. Ejerció su magisterio en la zona republicana y, finalizada la confrontación, marchó a Francia. En 1949 fueron a reunirse con él su esposa y tres de sus hijos, que, como familiares directos del antiguo maestro republicano, habían padecido grandes penurias. Simeón, que trabajaba en las oficinas de las minas de carbón de la localidad de Carnaux, amargado y con la salud quebrantada, apenas era una sombra del hombre que sus deudos recordaban. Falleció, con 54 años, el 28 de diciembre de 1950, pocos meses después del reencuentro familiar.

Herminio Almendros se exilió, igualmente, en Francia al finalizar la contienda. Fue acogido por Célestin Freinet y su esposa Élise, también pedagoga, en cuya casa de Saint Paul de Vence residió Almendros hasta que la ocupación alemana le obligó a abandonar suelo francés para marchar a América, dejando en la casa de los Freinet el ejemplar que le había regalado Simeón Omella.

Terminada la guerra mundial, aquel librito escrito por las niñas y niños de Plasencia del Monte pasó a formar parte del fondo documental de Freinet en Niza. Fue en 2010 cuando, unas ilustraciones y una dedicatoria que acompañaban al libro D’Abord les enfants. Freinet y la educación en España (1926-1975), de Antón Costa, alertaron al director del Museo Pedagógico de Aragón, Víctor Juan Borroy, que reconoció los nombres del maestro Omella y del inspector Almendros y contactó con los responsables de los Archivos Documentales de los Alpes Marítimos de Niza para solicitar una copia digital de aquel libro infantil.

Y así, aquellos textos libres escritos por los escolares de Plasencia del Monte, motivados por su maestro, Simeón Omella, durante el curso escolar 1934-1935, regresaron a Huesca setenta y cinco años después de haber sido compuestos. Fue el segundo libro recuperado del olvido editado por los escolares de Plasencia y su maestro.




ANEXOS


NOTA

Edición revisada de un artículo publicado en esta bitácora el día 21 de febrero de 2019.

La invasora

IMG-20230526-WA0001-A

«Cydalima perspectalis»: Archivo personal


En cuanto las yemas de los dedos de Jenabou lo rozan, se desplaza el lepidóptero desde las glicinias que ornamentan los setos hasta la crecida thuja del parquecillo, dejando un rastro de polímero de quitina en la piel de la jovencita que, inmóvil, resigue con la vista el brevísimo vuelo del insecto de permanentes alas extendidas. Es, no obstante, su último aleteo antes que Jenabou lo abata, sin miramientos, de un manotazo. “Y con esta van sesenta y dos polillas asquerosas menos en lo que va de tarde”, le dice a Lurditas, la alguacila, que, a escasos metros, sulfata delicadamente el preparado de bacillus thuringiensis sobre la hilera de bojes colmados de larvas y orugas voraces de la exótica Cydalima perspectalis, la polilla devastadora del boj llegada del Asia Oriental que, desde hace cuatro o cinco años, se ha extendido, destructiva, por el Barrio y alrededores, poniendo en peligro la supervivencia de la emblemática y abundante planta arbustiva que constituye el único alimento del indeseable huésped.

Mallos de Riglos-AA

«Los centinelas del Reino»: Archivo personal


En el número 42 del Diario Oficial del Ministerio de Marina, con fecha 18 de febrero de 1946, hay un apunte, bajo el epígrafe Bajas, que dice: «Transcurrido el año de «observación facultativa» que determina el artículo 165 del vigente Reglamento de la Escuela Naval Militar, y por no hallarse en condiciones de continuar la vida escolar, se dispone cause baja en la misma el Caballero Aspirante de Marina D. Manuel Derqui Martos». Algo inocuo y aparentemente ajeno a los ojos de la mayoría de no conocerse que el tal Caballero Aspirante que había navegado en el Juan Sebastián Elcano y al que se menciona en esa nota, devendría, con el tiempo, en escritor —cierto que minoritario y, por ende, perfectamente desconocido— que pese a su origen cubano (había nacido en La Habana, el 12 de septiembre de 1921), pasaría su niñez en Tetuán para recalar, tras su baja de la Marina, en Zaragoza, ciudad que adoptó como propia, y terminar sus días, todavía joven, en Aragüés del Puerto, pueblecito de la provincia de Huesca en el que su corazón se paró para siempre el día 13 de septiembre de 1973.

Como otros escritores, fue a su muerte cuando los textos de Manuel Derqui Martos, literato prolífico que había venido publicando en periódicos y revistas, vieron la luz en forma de libros. Dos de ellos a resaltar:


  • Meterra, novela que, según el propio autor, es «la biografía imaginada de un pintor que fracasa como hombre y como artista». Fue publicada en 1974 y los conocedores de la obra de Derqui señalan que, además de su factura experimental, posee una impronta kafkiana evidente en la que la Zaragoza del autor cubanoaragonés tiene cumplida correspondencia con la Praga de Kafka.
  • Cuentos, recopilación de narraciones breves publicadas en la prensa aragonesa, que se dio a la imprenta en 1978; de entre los textos recogidos destaca De Rerum Malleorum, magistral relato fantástico que se desarrolla en los Mallos de Riglos y describe una alucinante ascensión de dos alpinistas a los tubos pétreos que Derqui rebautiza como Macizo de Logris, quimérica elevación en la que conviven vampiros, lamias y seres del Inframundo con una poderosísima fauna autóctona, convertida en perversa y mortífera en la narración, y tan surrealista como el fantasmagórico hábitat dibujado con maestría por el escritor, que hace perecer a sus angustiados protagonistas en un entorno que, incluso sin el envoltorio de irrealidad claustrofóbica, se presta a la fabulación y la hipérbole.


La extraordinaria imaginación de Manuel Derqui Martos aporta sensaciones sobrenaturales nuevas a un lugar que obsequia su arriscada belleza y su magia a quienes contemplan los monumentales escarpes de conglomerados rojizos  —el Puro, el Pisón, el Visera, el Firé…, a los que Sender llamó “centinelas de las huestes del Diablo”—  y buscan entrever, entre las grietas de los imponentes farallones erguidos sobre el río Gállego, las ocultas criaturas ancestrales de las leyendas, observadoras no intervinientes (¿o sí?) del devenir humano, anfitrionas de tormentas y ventiscas y testigos silentes, tanto de los esfuerzos por conquistar las cimas, como de las ilusiones derrotadas.