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«Rigor vitae»: Archivo personal

 

PINCELADA PRIMERA

«Este vino que bebo no es la sangre de Cristo. Este vino que vivo es la coagulación de los números rojos, sangre violada en guerra. Este vino o las lágrimas secas de todos los que emigran, de todos los sin techo, de todos los que todo lo que tienen es nada. Este negro vino de mala uva, que bebo como vivo, es menstruo de mujer crucificada, es un Cristo de sangre clavado en mi conciencia».

♦Sangre negra, de su libro Claro interior (2007)

 

Esta es la historia —entiéndase que sucinta y con omisiones deliberadas— de un escritor ecléctico e incatalogable, de un poeta innovador y provocador, de un ser humano cuyas vísceras se revolvían ante la injusticia, de un hombre tan indomeñable como —en esencia— benévolo; de Ángel Guinda (1948-2022).

 

PINCELADA SEGUNDA

«De niño yo veía en Zaragoza rinocerontes con cabeza de hombre, hombres con cabeza de pistola, hombres con cabeza de falo, hombres con cabeza de copón, hombres con cabeza de mardano, con cabeza de buey, de jíbaro; hombres cabezones, cabezudos, hombres con la cabeza en los pies. Ovejas con cabeza de mujer, mujeres con cabeza de cuna, mujeres con cabeza de cierva, mujeres con cabeza de fogón, mujeres con cabeza de basílica, con cabeza de virgen, de holocausto; mujeres con cabeza de piedad, mujeres con la cabeza entre las manos. Manadas de mujeres y de hombres con cabeza sin ojos, boca, orejas, nariz. Hombres y mujeres sin cabeza. Y cabezas rodando por las calles».

♦De niño yo veía en Zaragoza, de su libro Espectral (2011)

 

El mundo al que abrió los ojos Ángel, lo recibió con rostro trágico; él mismo lo resumiría con un aserto brutal: “Nací matando”. La madre fallecida en el parto fue nebulosa y estrella parpadeante en el trayecto infantil del poeta que, como si no tuviera suficiente con esa cruda orfandad de neonato, cayó en manos de una aborrecible madrastra de las de cuento perverso que, con su trato riguroso, acentuó, en la infancia parca en salud del poeta, la ausencia de ese ser materno en el que no pudo refugiar sus pavores ni compartir sus anhelos. Dicen los conocedores de la vida y la obra de Guinda que, tal vez, esa figura femenina desaparecida a la que el poeta ni siquiera pudo idealizar, fue el estímulo de su reverencial amor por las mujeres. Amó a muchas y ni siquiera las cuatro mujeres con las que matrimonió, y a las que tanto quiso, contuvieron esa ardiente lava de pasión del escritor por (todas) las féminas, a quienes nunca consideró por debajo de él.

Fue, así mismo, otra manifestación femenina, la Poesía, la que desataría en Ángel el fervor más sublime. Tropezóse con ella, según confesaría, en uno de sus paseos por su Zaragoza natal; tenía dieciséis años, la sensibilidad apenas contenida y el desbordante deseo vital de la adolescencia. Prendose de la dama, aferrose a ella y no dejó de rendirle tributo los cincuenta y siete años siguientes, hasta que la muerte, asidua huésped de sus reflexiones, le obligó a insertar el punto final en su postrimera composición.

 

PINCELADA TERCERA

«Dejemos de mirarnos el ombligo. / Se acabó predicar. A sembrar trigo. // No queremos ya más poetas divos. / Exigimos poetas subversivos. // Poetas como alas, / poetas incisivos, / poetas combativos, / poetas decisivos. // Pero tú qué te crees que es la vida. / Una trampa, una fiera mal herida. // No queremos poetas teoremas. / Poemas solución a los problemas. // Testículos y ovarios / cuajando, solidarios, / poemas necesarios / y revolucionarios. // Bien. Dejémonos ya de zarandajas. / Recojamos los dados y barajas. // No escribamos impunemente a tientas. / Escribamos poemas herramientas. // Poemas como balas, / poemas nutritivos, / poemas revulsivos, / poemas explosivos».

♦Rap/Poética, de su libro Poemas para los demás (2009)

 

A finales de la década de los 60, surgió el Ángel comprometido, el antifranquista, el veinteañero que ansiaba darle una vuelta subversiva al mundo; el escurridizo grafitero que, a pincel, dejaba la huella de sus utopías, no exentas de lirismo, en las paredes y tapiales zaragozanos. Cuando en el mes de marzo de 1974 fue ajusticiado a garrote vil el joven anarquista Salvador Puig Antich, el poeta, que siempre había ido por libre, dio un paso más y, convencido de que la lucha contra la tiranía era más factible en un grupo organizado, se afilió al clandestino Partido Comunista de España.

En 1977, cuando la poesía de Ángel Guinda empezaba a ser conocida en los ambientes culturales zaragozanos y entre las gentes de izquierdas, un amigo le encargó un poema para ser leído en un acto de solidaridad con Chile que se iba a celebrar en la plaza de toros y en el que iban a intervenir los cantautores Paco Ibáñez, Pi de la Serra y José Antonio Labordeta. Tras la música, Guinda subió al escenario y leyó:
Mi personal homenaje a un general muy particular: Augusto Pinochet Ugarte: «Pinochet, pedo de trueno, / matón del pueblo chileno. / Valiente bufón de U.S.A. / con la pistola en la blusa. / Gigante de los escombros / con la sangre hasta los hombros. / Cuando te masturbas echas / ríos de pólvora y mechas. / Cuando estornudas salpicas / mocos que luego masticas. / Fracasado de torero, / cloaca del mundo entero, / la mierda no es negociable / por más que asuste tu sable. / Pinochet, pedo de trueno, / matón del pueblo chileno».

El poema burlón, que había sido editado por las Juventudes Comunistas en el reverso de la entrada que daba acceso al acto, no tardó en ser conocido en la ciudad y en los medios de comunicación, atrayendo a la ultraderechista Triple A española, que amenazó de muerte al autor. Ángel, con la petulancia de la juventud, no solo no se arredró sino que en los siguientes grafitis, además de vilipendiar a Pinochet, incluyó al dictador argentino Videla. Dos por el precio de uno.

En 1987, con Guinda consolidado como poeta y cercano a la cuarentena, un pintor zaragozano le encargó un mural para decorar el Café de su propiedad, cuya inauguración era inminente. Ángel, que no había olvidado su experiencia como escribidor de muros, dibujó, bajo el título Guinda del esperpento, una inmensa fruta ornamentada por diferentes frases que componían un chirriante poema. La demanda de un vecino por uno de los versos —«Eyaculad en el ano de Dios hasta su conversión al placer», que, al decir de Guinda, era un guiño a gays y lesbianas— les supuso, al dueño del café y al poeta, la intervención del fiscal del Juzgado de Distrito número 3 de Zaragoza, que solicitaba para ambos, por un delito de blasfemia, dos días de arresto menor domiciliario y 3000 pesetas de multa. Pasarían meses antes que, tras el recurso presentado por los acusados, la causa fuera sobreseída, no obstante, Ángel Guinda consideró que la denuncia y la actuación judicial no eran sino sendos atentados contra la libertad de expresión y tomó la decisión de autoexiliarse en Madrid, ciudad en la que podía guardar cierto anonimato.

 

PINCELADA CUARTA

«Me he fumado la vida
como el tiempo se me ha fumado a mí.
Mirad esta laringe, esta tráquea,
estos bronquios y pulmones
ametrallados por la nicotina.
He fumado los gases subterráneos
del Metro en sus andenes;
el aire de Madrid, sucio
como una traición a la luz más hermosa;
las nevadas del yeso en las pizarras,
la hoguera negra de los tubos de escape,
las hojas secas de la marihuana,
el asfalto, la niebla, la humedad,
la avellana tan blanda de los clítoris,
la espesa polvareda de lo siniestro
cuando huía de mi sombra,
y mi vida hecha polvo,
y el polvo que seré
bajo el árbol secreto de la muerte.
».

♦Me he fumado la vida, de su libro Conocimiento del medio (1996)

 

Nacido en Zaragoza, el 26 de agosto de 1948, y fallecido en Madrid, el 29 de enero de 2022, las cenizas de Ángel Guinda —poeta, ensayista, traductor, articulista, profesor, editor, aforista— reposan, tal cual fue su deseo, encaradas al Moncayo, en el cementerio de Trasmoz, pueblo mágico y brujeril de la provincia de Zaragoza cuya excomunión, dictada en el siglo XIII por el abad del monasterio de Veruela, nunca ha sido revocada.

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«Salvando huellas»: Archivo personal


«Entre la crueldad con el ser humano y la brutalidad con los animales no hay más diferencia que la víctima».- Alphonse de Lamartine


Vivió, no llegaría a dos años, siendo La Gatita; murió, bajo el nombre de Aila, en la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital de Animales.

Anduvo libre por la barriada oscense que fue su hogar, aceptando, confiada y cariñosa, las manos humanas que acariciaban su cuerpo menudo; manos jóvenes y maduras que le proveían el alimento y la colmaban de ternura. Otras manos, zarpas pútridas de una alimaña bípeda a la que no se ha podido localizar todavía, la atrajeron, quizás con falsas carantoñas, para cebarse en aquel cuerpecito que quedó a merced de la bestia. Fue tan brutal la experiencia de la joven felina que, cuando dos de sus humanas alimentadoras la encontraron, acurrucada y devastada, y se acercaron, dolientes, a recogerla y brindarle sus cuidados, La Gatita se arrastró aterrorizada hasta la orilla del río, lanzándose a él.

Sendos perdigones junto a un ojo y en el omóplato de la patita izquierda; el fémur de la extremidad anterior derecha, fracturado; un fuerte hematoma en el morro, consecuencia, se cree, de una patada que le desencajó uno de los colmillos; un profundo mordisco, probablemente de un perro, en el anca derecha; múltiples laceraciones por todo el cuerpo y, como remate, una grave insuficiencia renal traumática, aconsejaron su traslado a la UCI zaragozana, donde los esfuerzos por salvarle la vida resultaron infructuosos.

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«Bajo la aparente calma del agua»: Archivo personal


En los años sesenta, la empresa paraestatal ENHER construyó el embalse de Mequinenza, que anegaría las tierras y parte del pueblo bajocinqueño, siendo trasladada la localidad a otra zona de nuevas edificaciones y con el mismo nombre. Para aplacar al vecindario, que no se oponía a la construcción del pantano pero exigía, a cambio, compensaciones justas, la empresa se comprometió a respetar las viviendas del pueblo viejo que no formaran parte de las zonas a inundar; a realizar catas en la Iglesia de la Asunción y la Casa Parroquial para establecer, según su estado, si quedaban en pie o eran derruidas; a indemnizar sin dilaciones y correctamente a los vecinos expropiados y a contratar en obras de la ENHER a aquellas personas que, dedicadas a labores agrícolas o mineras, perdieran su trabajo al quedar sus tierras bajo el agua y las vetas inoperativas. Pero finalizado ya el pantano y a punto de abrirse las compuertas hidráulicas, el incumplimiento de las promesas soliviantó a parte del vecindario mequinenzano. “Trasládense y recibirán la indemnización”, decía la empresa. “Cumplan lo pactado y nos iremos”, respondían las treinta y ocho familias díscolas que se negaban a abandonar sus casas mientras no se solucionara su futuro.

Entre quienes se mantenían en sus trece estaba mosén Eduardo, el cura del pueblo, que, solidario con los vecinos rebeldes, se negaba a trasladarse a la Casa Parroquial del pueblo nuevo, a la vez que protegía la iglesia de la picota que sabía caería sobre ella si él abandonaba. Toda vez que la vivienda del cura había sido expropiada en 1969, los directivos de la empresa denunciaron  la actitud del sacerdote ante el todopoderoso arzobispo de Zaragoza y recalcitrante defensor del Glorioso Alzamiento, Pedro Cantero Cuadrado, que mandó llamar a Eduardo Royo en septiembre de 1970 exigiéndole abandonar la vieja vivienda sacerdotal, orden que se negó a acatar mosén Eduardo mientras, dijo, “no haya salido el último vecino del pueblo viejo”.

Los tira y afloja entre el arzobispo, conchabado con la ENHER, y el sacerdote Eduardo Royo y los vecinos se mantuvieron hasta enero de 1972, cuando un ultimátum del arzobispo llevó al mosén a atrincherarse en la Casa Parroquial acompañado de los curas párrocos de Fabara, Maella y Nonaspe. Las amenazas del jerarca católico y la empresa llegaron a tal punto que, para coaccionar a los encerrados, se subió el nivel del agua hasta la altura del suelo de la iglesia. Pero Eduardo Royo y sus tres compañeros, a los que se habían unido otros sacerdotes de la zona, no transigieron.

El 9 de abril de 1973, el arzobispo Cantero Cuadrado autorizó, con un mandato del Gobernador de la provincia, la entrada por la fuerza de la Guardia Civil en la vivienda del cura, de la que tiraron la puerta abajo desalojando sin contemplaciones a mosén Eduardo y a quienes en ese momento compartían con él encierro voluntario. El cura se trasladó, entonces, a una casa del pueblo viejo de Mequinenza y continuó celebrando misa en el antiguo templo.

Destituido de su cargo por Cantero Cuadrado el mismo día que se abría al culto la iglesia recién construida en el pueblo nuevo, Eduardo Royo todavía tuvo el arrojo de enfrentarse a su superior eclesiástico celebrando, a las 12 de la mañana del 16 de septiembre de 1973, la última misa en el Mequinenza amenazado, a la vez que se inauguraba el pueblo nuevo de Mequinenza, en cuya plaza principal, sin apenas mirones, se concentraron autoridades civiles, militares y eclesiásticas…

Y dicen que, aquel día, en el pueblo viejo de Mequinenza, el templo condenado al derrumbe y dedicado a Nuestra Señora de la Asunción, donde Eduardo Royo celebraba la última Eucaristía, estaba a rebosar de fieles y curiosos.



En junio de 1974, la Dirección General de Obras Públicas dio la razón a los vecinos que, durante años, habían reclamado las indemnizaciones que les correspondían. En 1980, la antigua iglesia del pueblo viejo, construida en 1803 y de la que había sido párroco mosén Eduardo, fue derribada. Sus cimientos todavía son visibles.

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«Los centinelas del Reino»: Archivo personal


En el número 42 del Diario Oficial del Ministerio de Marina, con fecha 18 de febrero de 1946, hay un apunte, bajo el epígrafe Bajas, que dice: «Transcurrido el año de «observación facultativa» que determina el artículo 165 del vigente Reglamento de la Escuela Naval Militar, y por no hallarse en condiciones de continuar la vida escolar, se dispone cause baja en la misma el Caballero Aspirante de Marina D. Manuel Derqui Martos». Algo inocuo y aparentemente ajeno a los ojos de la mayoría de no conocerse que el tal Caballero Aspirante que había navegado en el Juan Sebastián Elcano y al que se menciona en esa nota, devendría, con el tiempo, en escritor —cierto que minoritario y, por ende, perfectamente desconocido— que pese a su origen cubano (había nacido en La Habana, el 12 de septiembre de 1921), pasaría su niñez en Tetuán para recalar, tras su baja de la Marina, en Zaragoza, ciudad que adoptó como propia, y terminar sus días, todavía joven, en Aragüés del Puerto, pueblecito de la provincia de Huesca en el que su corazón se paró para siempre el día 13 de septiembre de 1973.

Como otros escritores, fue a su muerte cuando los textos de Manuel Derqui Martos, literato prolífico que había venido publicando en periódicos y revistas, vieron la luz en forma de libros. Dos de ellos a resaltar:


  • Meterra, novela que, según el propio autor, es «la biografía imaginada de un pintor que fracasa como hombre y como artista». Fue publicada en 1974 y los conocedores de la obra de Derqui señalan que, además de su factura experimental, posee una impronta kafkiana evidente en la que la Zaragoza del autor cubanoaragonés tiene cumplida correspondencia con la Praga de Kafka.
  • Cuentos, recopilación de narraciones breves publicadas en la prensa aragonesa, que se dio a la imprenta en 1978; de entre los textos recogidos destaca De Rerum Malleorum, magistral relato fantástico que se desarrolla en los Mallos de Riglos y describe una alucinante ascensión de dos alpinistas a los tubos pétreos que Derqui rebautiza como Macizo de Logris, quimérica elevación en la que conviven vampiros, lamias y seres del Inframundo con una poderosísima fauna autóctona, convertida en perversa y mortífera en la narración, y tan surrealista como el fantasmagórico hábitat dibujado con maestría por el escritor, que hace perecer a sus angustiados protagonistas en un entorno que, incluso sin el envoltorio de irrealidad claustrofóbica, se presta a la fabulación y la hipérbole.


La extraordinaria imaginación de Manuel Derqui Martos aporta sensaciones sobrenaturales nuevas a un lugar que obsequia su arriscada belleza y su magia a quienes contemplan los monumentales escarpes de conglomerados rojizos  —el Puro, el Pisón, el Visera, el Firé…, a los que Sender llamó “centinelas de las huestes del Diablo”—  y buscan entrever, entre las grietas de los imponentes farallones erguidos sobre el río Gállego, las ocultas criaturas ancestrales de las leyendas, observadoras no intervinientes (¿o sí?) del devenir humano, anfitrionas de tormentas y ventiscas y testigos silentes, tanto de los esfuerzos por conquistar las cimas, como de las ilusiones derrotadas.

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«Los colores del día nuevo»: Archivo personal


Desde el vértice puro de la sangre, impulsado
irrefrenablemente hacia la piedra
que llevará grabado mi nombre y mi apellido,
humildemente vengo con la lengua abrasada
y el corazón tatuado de inviernos y veranos.

Desde el vértice puro de la sangre,
desde mi voz mortal os requiero y os digo,
con la misma sencillez con que muere
un anciano
o pare una muchacha,
que se ha llevado el cierzo el pan y los membrillos
que legué en testamento a mis hermanos.

Y ahora que la vida ya la siento más lejos
y más cerca la muerte —perdonad mi egoísmo—,
me hierve un mal moral y unos deseos
de repartir el trigo con vosotros,
de repartir el agua, el sueño y el mensaje,
y el deshielo violento de la noche.
Yo tengo suficiente con el sol de la tarde.
Su color ya me llega hasta los ojos.

Empezad a coger lo que más suene:
una arroba de miel en la garganta,
un poema rezando en la cocina,
un espejo viejísimo
que reflejó la imagen de mis padres,
una canción que llora en la despensa,
una boca callada, unos dientes rabiosos,
un poco de café, unos gramos de azúcar,
dos pájaros que cantan su delirio
y un amor en cenizas
(pero éstas me las quedo).

Hay tanta luz ardiente en las pestañas
o rumores nocturnos entreabiertos;
hay tantas lenguas vivas creciendo en rebeldía
y tanta rigidez en las costumbres,
que me pongo mi traje de domingo
y me voy a cantar al hombre que aún me escucha.

Todo lo doy por vuestro.
Sólo quiero los pies
para hundirme en la tierra.

—Poema Vértice de la sangre, del libro del mismo título, premio San Jorge 1974, del poeta aragonés Luciano Gracia Bailo (1917-1986)

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«Entre lo divino y lo terreno»: Archivo personal


A principios del siglo XVII, un número indeterminado de copias de un oscuro manuscrito escrito a finales del siglo XV y culminado en 1507 —donde se hace un prolijo listado de familias judías del Reino de Aragón que optaron por la conversión al catolicismo para evitar que se les aplicara el Decreto de los Reyes Católicos que las condenaba a ser expulsadas de España— adquiere tal relevancia por los datos sensibles que expone y en los que se ven reflejados y señalados linajes aragoneses cuyos miembros ocupan puestos eximios en los estamentos de poder, que la Diputación General del Reino, institución sobreviviente de la antigua Corona de Aragón que ya había examinado el oprobioso manuscrito en 1601, se ve impelida a solicitar, en 1615, amparo a Felipe IV de Castilla (III de Aragón) y a la propia Inquisición para que se censure y prohíba el infamante libelo que amenaza con socavar, como si de una cruzada se tratara, los pilares de la sociedad aragonesa que, a tenor de lo revelado en tales páginas, ostenta tantas máculas e impurezas en sus ancestros  —en su mayoría judeoconversos pero también moriscos—  que, de aplicarse los Estatutos de Limpieza de Sangre, no habría familia ni gremio que se salvara de purgas y anatemas.


El supuesto autor del manuscrito  —sobre el que los estudiosos no se ponen de acuerdo, considerando algunos que la autoría es anónima—, Juan de Anquías o Anchías, fue un allegado de la Inquisición que desarrolló su oficio en la Rioja y en las ciudades de Huesca y Lérida, así como en Zaragoza, población que abandonó al declararse la peste para acogerse en Belchite, lugar en el que, según asegura en el prólogo que quizás añadió a posteriori al manuscrito, «deliberé de hacer este sumario por dar luz a los que tuvieran voluntad de no mezclar su sangre limpia con ellos y se sepa de qué generaciones de judíos descienden los siguientes, para que la expulsión general de ellos hecha en España en el año 1492 no quite de la memoria a los que fuesen sus parientes». Parece ser, además, que esta insidiosa advertencia contra los linajes aragoneses de orígenes impuros, guarda relación con el asesinato en Zaragoza de Pedro de Arbués (1441-1485), Inquisidor de Aragón, que fue ejecutado por judeoconversos ante el altar mayor de la Seo zaragozana, dando lugar a una de las represiones más feroces que se recuerdan, a las que el censo de Juan de Anquías o Anchías, aún incompleto entonces pero bien detallado en las filiaciones anotadas, ayudó en la tarea.


El exhorto de los mandatarios aragoneses, dado el descrédito y la deshonra que suponía, pese a haberse redactado un siglo antes, el que ya era llamado Libro Verde de Aragón (en alusión al color de las velas de los Autos de Fe), tuvo cumplida respuesta a favor. En 1620, el Tribunal de la Inquisición decretó la prohibición de tenencia del manuscrito, su lectura, copia y propalación, realizándose, además, en 1622, en la plaza del Mercado de Zaragoza, la quema de cuantas copias del mismo fueron halladas.

El honor aragonés había sido, por fin, purificado por las llamas que, a la vez, habían arrasado con cualquier veleidad familiar pasada.

La celeridad de todas las instancias para deshacerse de un texto que ponía en la picota genealogías de importancia en la nobleza, la política y la membresía eclesiástica aragonesa, e incluso castellana, fue refrendada y alabada por el propio rey Felipe IV, que se dirigió por escrito al Inquisidor General en estos términos: «Por el Consejo de Aragón se me ha representado la diligencia y cuidado que habéis hecho poner en recoger el libro que llaman Verde en aquel Reyno. Agradescoos lo que habéis dispuesto en esto y por ser cosa de la calidad que es y convenir que no quede ni aun rastro del dicho libro, os encargo que hagáis continuar las diligencias tan apretadamente como conviene y lo espero de vuestro mucho celo.—Señalado de Su Majestad en Madrid, a 17 de Noviembre de 1623.—Al Inquisidor General».


En la actualidad, cinco copias del Libro Verde de Aragón   —de distintas épocas y en su mayoría incompletas—  se distribuyen entre el Archivo General de Valencia, el Archivo Histórico Nacional, la Biblioteca Colombina de Sevilla, la Bibioteca del Colegio de Abogados de Zaragoza y la Biblioteca Nacional.

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«Rastros»: Archivo personal


Me registro los bolsillos desiertos
para saber dónde fueron aquellos sueños.
Invado las estancias vacías
para recoger mis palabras tan lejanamente idas.
Saqueo aparadores antiguos,
viejos zapatos, amarillentas fotografías tiernas,
estilográficas desusadas y textos desgajados del Bachillerato,
pero nadie me dice quién fui yo.

Aquellas canciones que tanto amaba
no me explican dónde fueron mis minutos,
y aunque torturo los espejos
con peinados de quince años,
con miradas podridas de cinco años
o quizá de muerto,
nadie, nadie me dice dónde estuvo mi voz
ni de qué sirvió mi fuerte sombra mía
esculpida en presurosos desayunos,
en jolgorios de aulas y pelotas de trapo,
mientras los otoños sedimentaban
de pálidas sangres
las bodegas del Ebro.

¿En qué escondidos armarios
guardan los subterráneos ángeles
nuestros restos de nieve nocturna atormentada?
¿Por qué vertientes terribles se despeñan
los corazones de los viejos relojes parados?
¿Dónde encontraremos todo aquello
que éramos en las tardes de los sábados,
cuando el violento secreto de la Vida
era tan sólo
una dulce campana enamorada?
Pues yo registro los bolsillos desiertos
y no encuentro ni un solo minuto mío,
ni una sola mirada en los espejos
que me diga quién fui yo.

Retrospectiva existente, poema de Miguel Labordeta (1921-1969) contenido en su libro Violento idílico, publicado en 1949—.

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«Con la primera luz del día»: Archivo personal


Enlazan con el desvío a velocidad moderada, con la lección de prudencia bien aprendida desde aquella vez que, acelerados, acabaron con las dos ruedas delanteras del Land Rover lamidas por las aguas rebosantes del canal y el susto crepitándoles en los esternones. Cuando Pablo, el de la grúa, los remolcó hasta el taller de Ventura y marcharon al bar porque el mecánico les dijo que aquello era “poca cosa y en un par de horas os lo dejo listo”, la socarronería lugareña acompañó a los pinchos de tortilla y los cafés que Martina, la dueña, no les cobró, tal vez compadecida del pitorreo de que fueron objeto. Tardaron más de medio año en volver a pisar el bar de Martina, el mismo tiempo que estuvieron evitando el camino del canal, pero no hubo más remedio que retomarlo cuando la carretera comarcal estuvo en obras hasta bien entrado el otoño y el desvío del canal, con el asfalto fulgurante e inseguro de las primeras heladas, se convirtió en el único paso viable para acceder a las distintas granjas que les correspondía visitar.


A las siete y seis de la mañana, con la luz natural aún entre tinieblas, recalan en el bar de Martina cuando la mujer acaba de encender la cafetera y las luces interiores. “Si tenéis tiempo, voy a freír unos buñuelos y os los pongo para que os los llevéis”, les dice. Buena gente, Martina; más cerca de los sesenta que de los cincuenta, desparejada, afable y muy trabajadora. La mujer de Andrés, el tozinaire [1], les contó que Martina anduvo ennoviada cerca de quince años con uno del pueblo, “el más gandul de la redolada”, les explicaba, al que ella terminó dando puerta “y andan los dos solteros, cada uno en su casa, ella muy apañada con el bar y a él bien se le vale de su cuñada, que le hace la comida y le lava la ropa, inútil de él”. Y todo ello lo recitaba, como si nada, mientras Manuel-Antonio, chapoteando en mierda, sujetaba como podía a una cerda descomunal a la que la veterinaria palpaba las ubres, bulbosas e infectadas, sin que la escena, nada propicia para confidencias, detuviera el parloteo de la mujer.


Regresan a la carretera con el aroma anisado de los buñuelos impregnando agradablemente el vehículo y el escarceo de la lluvia, finísima, apenas dejando huella en el parabrisas. A un lado y otro del camino, los campos de cultivo, frutos del empeño por convertir el desierto en inusitado vergel, alternan con achaparradas ripas [2], farallones de arenisca, secarrales pedregosos y pequeños agrupamientos de sabinas albares que, en época romana, eran tan abundantes y oscurecían tanto el paisaje que estas tierras, presididas por la sierra de Alcubierre, fueron llamadas Montes Negros, entorno, en el siglo XIX, de las correrías de Mariano Gavín Suñén, el bandido Cucaracha, realidad transformada en mito, héroe de los monegrinos pobres y terror de los pudientes, idealizado robinhood de este territorio estepario donde se rodaron Jamón, jamón y La marcha verde, y en el que, a menos de diez kilómetros del desvío del canal por donde transita el Land Rover, se levantan, entre dunas, jaimas bereberes junto a las que pasean, indolentes, cuatro o cinco camellos para alborozo de los turistas.







NOTAS
[1] En arag., criador de cerdos.
[2] En arag., cerro terroso.

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«Tiempo detenido»: Archivo personal


¿Y si preguntamos en las oficinas..?”, sugería Étienne, impaciente, tras más de una hora deambulando por el Cementerio de Torrero, en Zaragoza. “Estas no son trazas de buscar un nicho… ¡Si han pasado casi treinta años! Y no me vengáis con encontrar puntos de referencia ni zarandajas… Ha pasado demasiado tiempo para que recordéis el lugar exacto. A Maíto solo lo localizaremos si alguien nos indica dónde está enterrado. Vosotras veréis…

Mario, Maíto, de dieciocho años, compañero de pandilla y novio in péctore de María Petra, se mató en Monrepós, al derrapar su moto y golpearse contra un quitamiedos, cuando se dirigía a un viejo despoblado donde el resto de sus amigas y amigos trabajaban como voluntarios en la reconstrucción de una vivienda. Tardaron un día en enterarse del accidente porque el pueblo carecía de teléfono y asistieron, todavía estupefactos, a un desgarrador entierro en medio de una soleada y vistosa primavera que parecía querer homenajear al joven fallecido.

Desde la sencilla lápida de vetas marrones y blancas del nicho. un sonriente Maíto, con el flequillo desigual y la media melena castaña enmarcándole el rostro, contemplaba a sus visitantes, congelados sus rasgos en aquella adolescencia detenida en el tiempo que un día compartieron.


[…]


…y en el centro del cementerio, el mausoleo de Joaquín Costa con el epitafio compuesto por Silvio Kossti sobre mármol blanco:

Aragón a Joaquín Costa.
Nuevo Moisés
de una España en éxodo.
Con la vara de su verbo inflamado
alumbró la fuente de las aguas vivas
en el desierto estéril.
Concibió leyes para conducir a su pueblo
a la tierra prometida.
No legisló.


Manuel Bescós Almudévar, alias Silvio Kossti, costista hasta en su seudónimo; un tipo inteligente, leal a sus amigos, republicano confeso, incisivo articulista, escritor polémico, furibundo anticlerical, alcalde de Huesca durante cuatro meses y escasamente conocido hoy en día por los oscenses, ya sea con su nombre real o con el seudónimo que utilizó porque, según le escribió a Costa, “tengo tres hermanos bastante imbéciles como para hacerme desear el perder de vista el apellido”.

Kossti, que murió con poco más de sesenta años, fue autor de unos Epigramas tan provocativos que él mismo decidió retirar su publicación convencido del perjuicio que podían suponer para sus hijos, que estudiaban en academias militares. Ya en 1909 su novela Las tardes del sanatorio supuso un escándalo que él ya presuponía cuando, hablándole a su admirado Costa de su proyecto novelístico, expresaba que su pretensión era “rascar de la mentalidad española el fraile que la mayoría lleva dentro”. Su propósito tuvo cumplida respuesta eclesiástica; los obispos de Huesca y Jaca y el arzobispo de Zaragoza reprobaron Las tardes del sanatorio. Tras el escándalo, circularon por la capital oscense dimes, diretes y anécdotas chispeantes como la de que el mastín que acompañaba a Kossti en sus paseos tenía por costumbre entrar en la iglesia de San Lorenzo a echar una meadita en las esquinas de los confesionarios…

Dícese, no obstante, que Manuel Bescós arrepintióse de sus ataques a la iglesia y, momentos antes de su muerte, accedió a recibir la extremaunción y a ser enterrado como buen católico. “Descansó al morir”, es el epitafio de Silvio Kossti grabado en su nicho del cementerio de Huesca. Junto al epitafio, un bajorrelieve realizado por uno de sus grandes amigos, Ramón Acín Aquilué, del que fue testigo en su boda con Conchita Monrás.

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«Embalse de Lanuza»: Archivo personal


Antes de las dos, llegan a Casa Patro, en Tramacastilla, donde han reservado mesa para comer. Lola Haas se desprende, sin disimulo, de las sandalias de plataforma y lee con poco interés los platos anunciados en el menú. “Estoy más cansada que hambrienta, así que comeré lo que pidáis”, dice. “¿Pero estás bien? ¿Has disfrutado del paseo?”, se interesa la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio. “Mucho. Pero no creía que me haríais caminar tanto… Hubiera traído calzado más adecuado”. Un silencio indolente acompaña la sopa de ajo ligeramente coloreada con pimentón a la que siguen las piezas de entrecot de ternera a la brasa y unas buenas raciones de tarta casera de tiramisú que la invitada, aunque tiquismiquis con la repostería de fuera de Francia, alaba.

Diecinueve grados, marca el termómetro; siete más que cuando, horas antes, aparcaban unos kilómetros más arriba para visitar la localidad de Lanuza, con sus coquetos edificios rehabilitados, recorriendo, sin apresurarse, un corto tramo del cautivador entorno del pantano con una Lola remisa a alargar en exceso el trayecto a pie porque, se justificaba, “no he venido preparada para echarme al monte” (sic).

En ese mismo lugar —hoy parcialmente inundado por las aguas embalsadas del río Gállego y escenario del Festival Pirineos Sur— nacieron siglos atrás, para el mundo y la historia, los Lanuza, cuyo cargo hereditario de Justicia Mayor de Aragón —precursor de la figura del Defensor del Pueblo— ostentaron con rectitud hasta que el celo en la defensa de los Fueros aragoneses, por encima de las disposiciones del rey de España, Felipe II, daría con el más joven de ellos, Juan V de Lanuza, en el cadalso, allá en Zaragoza, en 1591, con el hacha mortífera del verdugo separándole la cabeza del cuerpo por mandato real.


En qué mala hora Antonio Pérez, el huido exsecretario del rey español, desempolvó su ascendencia aragonesa para acogerse al derecho de asilo que los Fueros de Aragón contemplaban para cuantos deudos perseguidos lo demandasen. Cuán lejos estaban los Lanuza, padre e hijo, de calibrar las consecuencias que se derivarían de la correcta aplicación de las leyes forales en contra de los mandatos de un Felipe II dispuesto a aprehender, sin importar los costes, a su antiguo secretario de cámara que, pese al feroz despliegue de sus enemigos, salió indemne merced a la protección aragonesa y consiguió ponerse a salvo en Francia. Cómo corrió la sangre por Zaragoza cuando los ejércitos reales cayeron sobre la ciudad y los férreos defensores del Justiciazgo. Con qué ímpetu la venganza soberana se precipitó sobre Juan de Lanuza el Mozo y todos los gentilhombres aragoneses que habían antepuesto, como era su deber, los Fueros representativos del antiguo Reino de Aragón a las exigencias de la Corona de España.

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