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Posts Tagged ‘senderismo’

«Cueva Turrutuerta»: Archivo personal

 

—No podéis dejar de ver la melena de la anjana —les dice la señora de Soba en cuya casa pernoctaron.

La niebla, convertida en telaraña densa y alargada, aunque horadada aquí y allá, impide una óptima visión del prodigio: los cerca de setenta metros de salto del río Asón, precipitándose desde su nacedero por un portillo en la roca, semejando la cabellera fúlgida de la lamia legendaria que, arrebujada en su invisibilidad, vela por el entorno salvaje que tanto ama.

—Apenas se ve la cascada… Y, para colmo, está empezando a llover. ¿O es aguanieve…? —se lamenta Jenabou—. No nos echamos atrás, ¿verdad?

Protegidos con los anoraks, aguardan a que se amanse la meteorología. Dícenle adiós al Asón —el río principal con menor longitud de la península—, que encauza sus aguas al encuentro de las de su afluente, el Gándara, para derramarlas en el Cantábrico, y reanudan el itinerario —unos nueve kilómetros de ida y otros tantos de vuelta— por uno de los senderos del macizo de origen glaciar donde se asienta el Parque Natural de los Collados del Asón.

 

En este elíseo kárstico que la naturaleza ha pavimentado con lapiaces calizos y morrenas, concurren encinas, hayas, abedules y pastos; cabañas pasiegas aisladas y, algunas, cuasi ruinosas [FOTO]; grutas cuya oscuridad convierte en inabarcables y donde colonias de murciélagos suspendidos como estalactitas, se agitan levemente ante los haces de las linternas, que se apresuran a apagar los sigilosos intrusos humanos; gradas que parecen talladas con formones, con sus pequeños alféizares tapizados de musgo resbaloso, y espectaculares farallones formando laberintos [FOTO], que angostan el sendero hasta obligar a andarines y andarinas a contorsionarse, por las estrechuras de los intersticios que separan unas moles de otras, para continuar la marcha.

Cientos de cavidades subterráneas encubiertas y varios pozos verticales, imponen a los senderistas circunscribir la caminata por las zonas marcadas por hitos —ahí donde todavía son visibles—. Van salvando los pies escarpados desniveles, aglomeraciones de rocas filosas y accidentadas pendientes térreas bajo una bóveda de nubes gordezuelas y cenicientas que, de tanto en cuanto, dejan un generoso hueco a la luz solar. Y, como colofón, antes de regresar al lugar de inicio de la ruta, el picón del Fraile (1625 m) [FOTO], el monte más alto de los Collados del Asón, en cuya cumbre calcárea avistan la inaccesible base militar del Escuadrón de Vigilancia Aérea nº 12.

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«Océano de nubes II»: Archivo personal

 

Como una magna extensión del cobertor níveo de la cumbre, un manto movedizo de lechosos nimbostratos crea la ilusión de una inmensa meseta bajo cuyos rizos algodonosos se ocultan los escarpes de rocas carbonáticas, las dolinas, simas y cuevas que forman el paisaje kárstico de la sierra de Aralar. A ratos, las ráfagas de viento glacial acuchillan el cuerpo del observador que, amagado bajo una de las crestas, contempla, arrobado, el océano de nubes que se despliega a menos de un metro de sus pies, como incitándole a una zambullida, con la vacua promesa de los brazos todopoderosos de la diosa Mari y sus jorguinas deteniendo la mortal caída. Un desganado rayo de Sol le roza la mejilla derecha y él ladea la cabeza hasta sentir en la piel su tibieza, primero, y una ligera quemazón después, como si Herensuge, el dragón de siete cabezas, hubiera sustituido al astro rey en su labor de distraer el frío del rostro contemplativo.

No sin cierta indolencia, el espectador de nubes abandona su improvisado cobijo y desciende, al ralentí, el albo camino de regreso por la misma pendiente sinuosa de la ida, donde las huellas de sus botas, sumidas en la nieve, permanecen visibles, aisladas y escarchadas, hollando la virginidad del suelo inmaculado. Tras algunos kilómetros por diferentes trochas y pasiles, apenas llegado al cruce donde los aficionados realizan rutas de esquí de fondo, escucha las voces de Jürgen y Jenabou a los que, finalmente, vislumbra, con los esquís al hombro, dirigiéndose a la intersección donde él aguarda. Traen las caras congestionadas y unos andares pausados que denotan fatiga.

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