Feeds:
Entradas
Comentarios

Posts Tagged ‘hutongs’

«Puerta de Tiananmén»: Archivo personal

 

En Pekín nos recibieron la lluvia, miles de cámaras de videovigilancia y reconocimiento facial, dos tuk tuk —mototaxis de tres ruedas protegidos con un toldo— y Xu Min, guía e intérprete. “Podéis llamarme Iris”, nos dijo. Como habíamos explicado en la agencia que no importaba que los guías se expresaran en inglés, nos sorprendió que todos los intérpretes asignados —uno por cada una de las cuatro ciudades planificadas en la ruta— hablaran español. Un buen español, además, considerando que jamás habían salido de China para probar sus habilidades lingüísticas en entornos de habla hispana.

A las cámaras —se calcula que hay 700 millones en todo el país— terminamos por acostumbrarnos. Las había a cientos en todos los sitios: calles, tiendas, monumentos, restaurantes, bares, zonas turísticas, puestos callejeros, transporte público, hoteles… Tantas cámaras como policías; estos, nos pedían el pasaporte, con amabilidad pero firmeza, varias veces en un mismo lugar, tanto cuando entrábamos en la zona como mientras  la recorríamos o la abandonábamos para visitar otra. También nos curtimos en ello y nuestra agilidad para sacar el documento, presentarlo y guardarlo era digna de la más ejercitada de las prestidigitadoras.

A lo que no nos hicimos fue a los gargajos, esa inveterada costumbre china de sorber el humor espeso de las vías respiratorias y escupirlo al suelo. Piluca, que desarrolló gran habilidad detectando escupidores potenciales, nos mantuvo en vilo una tarde-noche disertando sobre lo que ella llamó «el suelo microbiano de Beijing y su incidencia en la salud»; teniendo en cuenta que en la capital china viven cerca de 22.000.000 de personas que abarrotan todos los ambientes, no es para desdeñar, así que las sandalias traídas permanecieron en el fondo de las maletas hasta el regreso. No obstante lo anterior, es justo señalar que la limpieza de los espacios públicos era constante y meticulosa.

 
 

«Hutong tradicional»: Archivo personal

 

Aquella lluviosa tarde, la primera en Beijing, recorrimos con Iris varios hutongs; son callejones de las zonas más antiguas de la ciudad, en las que permanece la esencia del viejo Pekín, discreto y alejado de los grandes edificios y las modernas estaciones. Allí se concentran tiendecitas, puestos de comidas, polvorientos y saturados bazares y, por supuesto, domicilios particulares de una planta.

Muchos de estos callejones fueron demolidos a mayor gloria de las Olimpiadas de Pekín de 2008 y sus moradores trasladados a edificios  de varias alturas, en esa implacable «limpieza definitiva» de lugares que no se quieren mostrar y que es común a todas las ciudades que han organizado los Juegos Olímpicos.

En un puesto callejero de uno de los encantadores hutongs que fueron respetados, hicimos nuestra primera comida china en Beijing, gambas con cebolla verde y cacahuetes con salsa kung pao [FOTO], y fingimos ignorancia cuando Iris nos descubrió que las multinacionales KFC, McDonalds y Burger King tienen amplísimos espacios en la China moderna. “¿Qué nos cuentas? ¿Que la China del Gran Timonel se ha rendido al imperio americano?”.

Y fue en ese momento, en tanto Marís escenificaba su falsa indignación, cuando nos percatamos de las numerosas personas congregadas frente a nosotros, escudriñándonos y enfocándonos con los móviles. “Sois occidentales, sois distintos y a la gente le llamáis la atención”, nos explicó Iris. “Vayáis donde vayáis os tomarán fotos, vídeos y os pedirán selfis que subirán a nuestras redes, diferentes de las vuestras. Los occidentales sois una atracción en mi país”. En lenguaje coloquial, a los turistas y residentes extranjeros los denominan laowais, palabra equivalente a guiris.

 
 

«Puerta Quinian, entrada al Templo del Cielo»: Archivo personal

 

La lluvia nos concedió una tregua la mañana que tomamos el metro para visitar el recinto sagrado del Templo del Cielo, construido en el siglo XV. Es una maravilla no solo por ese colorido temático —en este caso, cielo y tierra [FOTO]—, que es una marca de las edificaciones chinas, sino por su arquitectura y el uso ingenioso de algunos principios científicos y geométricos.

En el Altar del Cielo, que es una plataforma redonda escalonada y vallada en su base, hay una piedra central, la Piedra del Corazón del cielo [FOTO], donde un susurro emitido desde cualquier punto se escucha como un grito; lo mismo sucede si una persona se coloca sobre ella y habla en voz baja: su voz se magnifica y se escucha nítidamente desde lejos.

El Salón de la Oración por la Buena Cosecha [FOTO], al que los emperadores se retiraban para invocar a las divinidades, está construido según la creencia antigua de que el cielo era redondo y la tierra cuadrada, por eso el palacio, circular, está asentado sobre un cuadrilátero. Como curiosidad, ninguna de las edificaciones se encuentra sujeta con clavos metálicos, sino mediante ensamblaje de piezas entrelazadas, que oponían mayor resistencia a los terremotos y, al no corroerse, duraban más tiempo.

En el jardín del Templo se pueden contemplar las Siete Piedras de las Estrellas [FOTO], que, en realidad, son ocho. Colocadas en el siglo XVI, las siete más grandes representaban la unión y armonía chinas bajo el mandato imperial y, la séptima, la unidad familiar con el emperador.

 
 

«Lamasterio Yonghe»: Archivo personal

 

Esta lamasería fue, en origen, residencia imperial hasta transformarse en templo budista de la secta del Sombrero Amarillo, en el siglo XVIII. Posee distintas salas con preciosos techos artesonados [FOTO]; en una de ellas se encuentra la estatua en bronce dorado del fundador de la secta, Tsong Khapa [FOTO]. Pero la figura más extraordinaria es la de Maitreya, el Buda del futuro, que simboliza la felicidad y la prosperidad; en el Pabellón de la Felicidad Infinita está representado a lo grande: una estatua de 26 metros de altura —ocho de ellos cimentados bajo tierra— tallada en una sola pieza de madera de sándalo [FOTO].

La lamasería está activa y nos encontramos con varios monjes; a ninguno de ellos parecía molestarle la riada de personas —eso, sí, silenciosas— que atestaban cada estancia y el exterior, donde la lluvia había arreciado y el bosque de paraguas iba creciendo. “Se nos va a olvidar que también existe el Sol”, bromeó Yoly mientras volvían a revisarnos los pasaportes a la salida.

Cuando subimos a un tuk tuk para dirigirnos a otra parte de la ciudad, una muchacha en vespa, cargada con toda la parafernalia posible [FOTO], nos confirmó que estábamos en un mundo ajeno al nuestro.

Abril 2026
(continuará)

Read Full Post »