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Posts Tagged ‘Pompeya’

«Teatro Grande de Pompeya»: Archivo personal

 

Mirando al noroeste desde el Parque Arqueológico de Pompeya, apenas a 9 km en línea recta, los 1281 m del monte Vesubio [FOTO] no despiertan inquietud. Un monte. Solo parece un monte más, salvo que su altura se corresponde con el cono del estratovolcán, su cumbre es un cráter de 450 m de diámetro y, pese a que su última erupción importante se remonta a 1944, se trata de un volcán en estado de latencia que, en 1995, 1996 y 2013, volvió a dar señales de actividad mediante sismos de menor magnitud y fumarolas.

—También sería mala potra que le diera hoy por sacar la lava a tomar el aire  —comenta Jenabou, que ha mostrado interés en subir al Vesubio tras la visita a Pompeya.

—Bah, con lo monitoreado que está, no hay peligro. Con más de tres meses de anticipación, los vulcanólogos saben hasta la hora exacta de cualquier estallido  —señala Marís—. Es el volcán más vigilado del mundo.

—¿Cuántas personas han dicho que vivían cerca del Vesubio…? ¿Tres millones en toda el área de Nápoles…? Pues seguro que las autoridades han planificado con todo detalle una evacuación ordenada  —asegura Yoly.

Sentadas en el suelo, junto a Piluca, Étienne y la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, contemplan el ir y venir de los visitantes por el Foro y el Templo de Apolo [FOTO].

Han recorrido las bien trazadas calles de la ciudad [FOTO] [FOTO], con sus buenas aceras a uno y otro lado del empedrado de las calzadas; en algunos tramos, han descubierto las rodadas de los carros que circularon por ellas dos mil años atrás. Les han llamado la atención las piedras pasaderas puestas en hilera en la calzada, al inicio o final de las vías. Algo más alzadas del suelo y con espacio entre ellas para que cupieran las ruedas de los carretones, sirvieron a los antiguos residentes para cruzar la calle sin mojarse los pies, en caso de haberse acumulado agua en la calzada.

Han transitado por el cardo —calle principal de orientación norte-sur— y el decumano —calle principal de orientación este-oeste— que se cruzan en el Foro, donde han visitado el macellum —el mercado—, que mantiene, incluso, un mostrador expositivo; han accedido, también, a varias domus —casas— de personas pudientes en cuyas zonas interiores los murales pintados en las paredes casi no han perdido su color primigenio.

No han quedado fuera de su itinerario ninguno de los dos Teatros; ni los Templos dedicados a dioses y diosas (Júpiter Meliquios, Apolo, Isis, Fortuna Augusta…); ni la Necrópolis, situada en las afueras, en la Via delle Tombe; ni las Termas, muy bien distribuidas, con zonas separadas para cada sexo; ni la Palestra, el campo de entrenamiento deportivo para jóvenes y gladiadores.

Entre los lugares más curiosos que han visitado se encuentran el Thermopolium, un establecimiento público de comida y bebida, donde todavía se conservan las vasijas de las viandas que, incrustadas en el mostrador, preservaban mejor los alimentos, y el Lupanar, en el que prestaban servicios esclavos de ambos sexos y que se halla profusamente decorado con pinturas de erotismo subido, además de algunos grafitis con mensajes picantes.

Sin embargo, lo más impactante, por su crudeza, han sido los calcos de las víctimas del Vesubio.

 

«Calco de una víctima de la erupción del Vesubio»: Archivo personal

 

Fue Piluca quien, tras regresar del Huerto de los Fugitivos, en el que yacen trece calcos de yeso de un grupo de personas de distintas edades, que perecieron tratando de escapar, expresó en voz alta aquello que sus acompañantes también pensaban pero no decían:

—A mí esto me puede. Llamadlo escrúpulo, si queréis, pero no me va esta exposición morbosa del sufrimiento, se trate de gente del siglo I o de anteayer.

 

En 1863, el arqueólogo italiano Giuseppe Fiorelli, director, por entonces, de las excavaciones de Pompeya, ideó y realizó los primeros calcos de víctimas solidificadas con ceniza y lava, introduciendo yeso alabastrino líquido en las cavidades interiores. Al compactarse el yeso y despojarlo de la cobertura de desechos volcánicos, se mostraba, con todo su realismo, el último instante de vida de aquellos pobres desgraciados.

Este método permitía también preservar los restos óseos y, con los avances tecnológicos actuales, realizar tomografías computarizadas, radiografías y estudios de ADN que han aportado nuevos datos sobre varias de las víctimas (edad, sexo) y la relación de parentesco entre algunas de ellas.

No hay duda de que, bajo los amasijos volcánicos que envolvían a quienes perecieron, el proceso de putrefacción siguió su curso, de tal manera que, dentro de los moldes de yeso endurecido que se exhiben, los despojos humanos —o animales, que también hay calcos de algunos [FOTO]— quedan limitados a la osamenta y los dientes.

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«Basílica del Foro de Pompeya»: Archivo personal

 

Es imposible recorrer el Parque Arqueológico de Pompeya sin que la mente retroceda al pasado; a esa próspera ciudad portuaria —a 25 km de Nápoles— que superaba en mucho los 15000 habitantes, rodeada de tierras fértiles en las que destacaban sus viñedos y sus lujosas villas, algunas de ellas, viviendas vacacionales de acaudaladas familias que, sobre todo, llegaban desde Roma.

Aquel otoño del 79 d.C., año de su sepultamiento, y siendo Tito emperador de Roma, todavía se estaban recuperando los habitantes de Pompeya del terremoto sufrido dieciséis años atrás; muchas de las casas mostraban andamios en sus fachadas y las autoridades habían acometido la reparación de los acueductos que suministraban el agua de boca y la recomposición de las grietas sufridas en el Foro y el Anfiteatro.

A primera hora de la mañana del 24 de octubre —o noviembre, pues no se ha podido precisar—, el Vesubio, considerado un monte sagrado, empezó a dar muestras de inestabilidad. Nadie se preocupó; en esa época se desconocían los volcanes y su estructura y no fue hasta el mediodía —cuando, además de la columna de cenizas y piedra pómez, salieron despedidos del cráter multitud de materiales volcánicos— que muchos de los habitantes entendieron que debían ponerse a salvo.

Al final de la tarde, los ininterrumpidos flujos piroclásticos obstaculizaron todo intento de huida a quienes todavía permanecían en la ciudad. De madrugada, la violencia vesubiana arrasó Pompeya, Herculano, Estabia, Oplontis y cualquier signo de vida, afectando también, aunque no con tanta virulencia, a poblaciones próximas. Toneladas de ceniza y lapilli cubrieron, sellaron y preservaron Pompeya y otros puntos durante cientos de años.

 

 

Se calcula que entre 2500 y 3000 personas fallecieron solamente en Pompeya y hasta 16000 en el conjunto de las zonas afectadas; la mayoría de las muertes fueron instantáneas, por exposición a temperaturas de entre 300º y 600º Celsius, y no por asfixia, como se creía. Pese a la devastación, una gran parte de los habitantes de Pompeya consiguió escapar del cataclismo; muchos huyeron campo a través o por mar y se refugiaron en poblaciones más alejadas, en casas de amigos y familiares.

Se sabe que algunos pobladores, que carecían de medios para empezar de cero en otros lugares, regresaron a lo que quedaba de Pompeya y se instalaron en las partes edificadas que sobresalían del compacto lecho de materiales, sobreviviendo gracias al saqueo en las zonas pompeyanas a las que pudieron acceder. Parece ser que esta situación se mantuvo hasta el siglo V. Después, el olvido, pese a que el imaginario colectivo siguió refiriéndose a aquel paraje desolado como La Cività (la ciudad).

 

«Via delle Tombe, en Pompeya»: Archivo personal

 

En 1442, Alfonso V, monarca de la Corona de Aragón, conquistó Nápoles, uniéndose este territorio a su imperio. A la muerte, en 1516, del último rey de la Corona de Aragón, Fernando II el Católico, sus posesiones, incluida Nápoles, entraron a formar parte del Reino de las Españas.

En 1738 reinaba en España Felipe V y, en Nápoles, su hijo Carlos VII —que después accedería al trono español como Carlos III—; este, decidió construir un palacio cerca de donde se hallaba sepultada la ciudad de Herculano, localización que se conocía —aunque no se pudiera concretar el nombre de la ciudad— porque, años antes, se habían hecho labores de vaciado del terreno para una traída de agua y, en esa tesitura, se habían encontrado estatuas, mármoles y otros objetos valiosos.

Carlos VII contrató a los mejores arquitectos para construir el palacio y, sabiéndose que, en el subsuelo de aquellas tierras, había restos de alguna ciudad, se hizo con los servicios de un ingeniero militar aragonés, el zaragozano Roque Joaquín de Alcubierre (1702-1780), para que realizara perforaciones en busca de materiales y elementos artísticos estimables para usarlos en el palacio real en construcción.

El ingeniero Alcubierre, a la vez que trabajaba en el Palacio de Portici, pidió al rey consentimiento para efectuar excavaciones más exhaustivas que una mera perforación. En una época en la que la Arqueología no se había desarrollado por completo como disciplina, Alcubierre consiguió sacar a la luz algunas partes de las ciudades de Herculano y Estabia, emprendiendo, en 1748, las prospecciones en Pompeya, que dieron resultados satisfactorios pero, a la vez, lo enfrentaron con sus subalternos.

Roque Joaquín de Alcubierre no cejó en su empeño de desenterrar Pompeya. Ascendido a mariscal de campo, dirigió las excavaciones hasta su muerte, aunque algunos de sus colaboradores intentaron mantenerlo apartado de las labores de recuperación por la extraordinaria meticulosidad del aragonés en el inventariado de los hallazgos y la indignación que mostraba ante las sospechosas «pérdidas» de objetos, de las que acusaba a quienes trabajaban con él.

Las críticas a su metodología arqueológica por parte de eruditos italianos y alemanes, harían que el nombre de Alcubierre —y su descubrimiento de Pompeya, Herculano y Estabia, además de otros trabajos arqueológicos— fuera, durante años, menospreciado y cayera en injusta olvidanza.

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