
«Nature 7»: José Luis Ávila Herrera
En la orilla umbría del barranco, al otro lado de la explanada donde el abuelo Lájos trabajaba los cañizos, ponían sus huevos las gallinas —bordes, las adjetivaban sin afán peyorativo, para distinguirlas de aquellas que desarrollaban su ciclo vital en los corrales interiores—.
La chiquillería romaní, que correteaba libremente entre las autocaravanas coloristas y los enhiestos juncos de la ribera, controlaba las idas y venidas de las aves e incursionaba en aquel mágico huerto de huevos blancos y rojizos antes de que la confiada dueña de las gallinas se acercara al improvisado nidal con un cestillo de aros metálicos en el que, compungida, depositaba no más de dos o tres huevos que, más por precaución que por olvido, habían quedado sobre el humedal.
Por la tarde, bajo las lonas que mitigaban el sol desparramado en la explanada, se oía el presuroso choque de las cucharillas en los tazones de porcelana desportillada y, después, el silencio, mientras la grey infantil daba buena cuenta de las deliciosas yemas batidas y parcamente azucaradas.
Susurra el cierzo templado por el Sol entre las trasplantadas oliveras de la antigua explanada que mira, alcatifada de hierba y oleácea floresta, al viejo barranco de asilvestrada vegetación donde tricotan las arañas viscosos cortinajes polvorientos sobre los exuberantes barzales.










