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Posts Tagged ‘Barrio’

«Sindo»: Archivo personal


Al atardecer, cuando los farolillos solares de los maceteros del jardín devuelven discretamente la claridad absorbida, abandona Sindo, el zapo[1], el fortín de la leñera. Se desplaza con falsa indolencia, con pasos cortos; de vez en cuando se detiene y gorgotea balanceando sus flancos, con los ojuelos anaranjados convertidos en dos líneas oblicuas y la boca ligeramente abierta. Luego, salta con estrafalaria torpeza hacia los rododendros donde el fluir acuoso de la manguera atrae a las babosas que se apelotonan, ajenas a su depredador, en la superficial capa de limo.

Apostado —estático y silencioso— en la encina tricentenaria de la parcela vecina, observa Nicolás, el búho. Llega, como cada noche, al territorio de caza que comparte con Sindo, desde la falsa[2] de Casa Berches, donde lleva viviendo más de un cuarto de siglo.


Cuando retorna Sindo a la leñera, henchido y satisfecho, aún se adivina la silueta de Nicolás oteando la noche  y a sus incautos pequeños transeúntes insomnes—  desde la encina.


NOTAS

[1] En aragonés, sapo.
[2] Id, buhardilla.

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«Paleta de colores»: Archivo personal


Hace tres domingos abrió sus puertas, en el callizo de detrás del Ayuntamiento, el Mia-te tú[1], un bar colorista y recogido que ocupa el local que un día fuera la tiendeta de Constancia, primitivo establecimiento de ultramarinos que funcionó desde los años treinta hasta 1974 y donde, al decir de las antiguas clientas y consumidores del carajillo aguado que servía la dueña,  porque la tiendeta de Constancia lo mismo vendía abadejo o polvos Persil que papel de fumar o albarcas, amén de servir a los lugareños copichuelas y cafés—  había “más mierda que en el palo un gallinero”. Quizás por esto último, y pese a que el nuevo bar apenas lleva quince días abierto, hay quienes ya lo llaman el Escoscau[2], y cuentan y no acaban sobre las condiciones higiénicas de la vieja tiendeta, los lamparones que acumulaba el delantal almidonado de porquería de la tendera y el alivio que supuso cuando Candelaria, la hija soltera de Casa Puimedón, puso un Spar a mediados de los sesenta en la replaceta de abajo.

Arturo y Alberto, los dueños del Mia-te tú que son, además, socios del camping que hay a pocos kilómetros del pueblo, celebraron la apertura invitando a todo el Barrio a un original almuerzo a base de sopas de ajo que pocos habitantes desdeñaron y que sirvió para que la gente mayor retomara el pretérito desempolvando anécdotas, chismorreos, personajes y costumbres añejas.


NOTAS

[1] En aragonés, «Mira tú».
[2] Id, del verbo «escoscar», que significa limpiar, asear.

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«Boira preta»: Archivo personal


Al mediodía, intentó el Sol insertar el más sobresaliente de sus rayos entre la ahumada barrera de la niebla y, apenas unos instantes, se dibujó, entre la capota de nubes, una línea brillante que pereció rápidamente engullida por las densas masas atmosféricas.


En el vestíbulo del Ayuntamiento, dos estufas eléctricas que no conseguían doblegar la gelidez del espacio, fueron el detonante del conato de rebelión de los tres miembros de la Mesa Electoral Única, que, a las diez de la mañana, amenazaron con marcharse a sus casas.

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«Stand by»: Archivo personal


Cuando la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio comunicó que la señorita Valvanera regresaría de México —donde ha pasado unos meses invitada por Luis, el exmosén— el treinta de septiembre, las bachilleras invadieron la casa de su antigua maestra armadas de cepillos, fregonas, bayetas, limpiacristales y otros adminículos de limpieza y avisaron a Emil, el manitas, para que revisara el tejado y acondicionara el tiro de la chimenea.

Las bachilleras fueron, a principios de los sesenta, cuando la señorita Valvanera tomó posesión de su plaza en la Escuela del Barrio, sus alumnas mayores; todas a punto de abandonar la escuela para marchar a servir o trabajar de dependientas en la capital o para quedarse en casa ayudando en las labores agrícolas. La señorita Valvanera, entonces joven pero con la misma firmeza de carácter que ahora, reunió a las familias de las muchachas y les dijo que ninguna de sus chicas, independientemente del trabajo a que se dedicara en el futuro, dejaría los estudios sin haber obtenido el título de Bachiller Elemental. Y a esa tarea se aplicó con aquellas jovenzuelas de doce, trece y catorce años a las que preparó con mimo y entusiasmo para que se examinaran por libre en el instituto de la ciudad.

Trini, Presen, Maruja y las ya fallecidas María Cruz e Isabel, fueron la prístina tanda de bachilleras del Barrio y el primero de los muchos pulsos que echó, y casi siempre ganó, la maestra al convencionalismo pueblerino. Era, dicen, al igual que ahora, tan convincente en sus planteamientos y tan implicada en todo lo relativo al Barrio, que las gentes del pueblo  salvo Pascualita, la Gripia, que la odiaba con ganas—  llegaron a no tomar en consideración algunas peculiaridades de la profesora que, en otras circunstancias y teniendo en cuenta la época, le hubieran acarreado consecuencias negativas. Porque la señorita Valvanera, aquella joven desgarbada que gastaba un hablar dulce incluso cuando discutía, vestía, normalmente, con pantalones, entraba en el bar  donde ninguna otra mujer del Barrio lo hacía, salvo para limpiar, se bañaba en el río con un pecaminoso dos piezas, se paseaba del brazo de Anselmo, el anarquista, y sólo pisaba la iglesia en las grandes celebraciones, cuando su ausencia hubiera sido casi una afrenta para el Barrio, aunque nadie, ni siquiera en esas ocasiones puntuales, la viera acercarse al confesonario o a comulgar.


La casa de la señorita Valvanera, vacía desde febrero, se airea con ventanas y puertas abiertas al otoño mientras el patio muestra, todavía, vestigios de la primavera.
Hay, aún, en la cocina, un ligero olor a limpiador de pino y a bolsitas de lavanda.

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«Melodia»: Victor Bezrukov


Pero… ¿cómo que taratatá, taratatá…? ¿Y dónde tenéis las partituras?”, se desespera Óscar, novio de Madalina y aspirante a saxofonista de la charanga. “¿Partituras…? ¿Y no te arreglas si te damos los acordes…? Mira, aquí la mayoría toca de oído”, le explica Emil, percusionista y líder de la banda conocida en el Barrio, entre bromas y veras, como Charangueta Fara, en alusión a la leyenda Fara dumnezei. Fara stapani[1]— serigrafiada en las camisetas negras que llevaron a modo de uniforme en todos los pasacalles de las fiestas de agosto de hace cuatro temporadas.

Aquella primera semana de julio de 2011 todos los miembros de la charanga se desplazaron a Rumanía invitados por una fanfarria de Iași con la que habían compartido actuación callejera el verano anterior en varias localidades monegrinas. Su segundo día en la antigua ciudad moldava coincidió con una asamblea de la Federación Anarquista Rumana cuyo final amenizaron con todo su repertorio festivo, incluida su descacharrante versión de Paquito Chocolatero, y en la que les regalaron las camisetas que, sin ellos proponérselo, terminarían por ser su seña de identidad musical en el Barrio.

Venga, Óscar, que nos conoces y nos llevas escuchando la tira… Tú te haces las notaciones que mejor te parezcan y nos sigues. Que no se trata de dar un concierto sino de pasarlo bien, hombre”, insiste Emil.

Al frontón —donde la charanga improvisa sus ensayos algún sábado por la tarde, cuando el buen tiempo y el concurso de sus nueve miembros lo hacen factible— acuden, como si de una verbena se tratara, tres o cuatro abuelas marchosas, los ociosos de costumbre, un par de madres entusiastas, algunas amigas y amigos de los músicos y parte de la chiquillería autóctona, que escuchan, bailan, opinan, cantan y sugieren hasta que los sones de la Fara se apagan; entonces, como si del final de una gran gala se tratara, aplauden complacidos.



NOTA

[1] En Rum., Sin dioses. Sin amo.

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«Cerca del agua»: Archivo personal


Pese a que las piscinas de la Huerta Blanquiador no se abren al público hasta las diez, a las nueve y media las dos amigas de la señora Benita ya han dispuesto sus tumbonas junto al muro de hiedra del norte, cerca de la zona de bar. Llevan haciéndolo desde hace tres veranos, cuando la señora Benita se autoproclamó supervisora de barra y dispuso que sus dos amigas accedieran libremente a las instalaciones sin más trámite que un “nosotras no nos sacamos el bono porque sólo estamos aquí para acompañar a Benita”, transformado convenientemente en el presente en “ay, la pobre Benita, que en gloria esté… Aún me parece verla sentada allí mismo”. Y, entre tanto pesar, ni bono de temporada ni ticket de un día ni pago de las limonadas y la bolsa de patatas fritas que se toman, a mediodía, poco antes de marchar a sus casas para regresar sobre las cinco  a pasar la tarde, que estos calores…—  instalándose entonces en la zona umbría de pinos donde se ubica la biblioteca móvil, saboreando sendos helados de crocanti  que sólo en contadísimas ocasiones abonan—  y mentando a su amiga difunta cada vez que alguna de las Tejedoras[1] trae a colación el precio irrisorio del bono especial para la tercera edad. “Ay, ay, ay, la pobre Benita, que en gloria esté”.


NOTA

[1] Nombre que reciben, en el Barrio, las componentes de la Asociación de Mujeres.

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«El gato de la basa»: Archivo personal


El primer libro-fórum organizado por Las Tejedoras —Asociación de Mujeres del Barrio— se celebró quince años atrás, en el espacio cedido por el señor Anselmo a la Asociación de Cultura Popular.

Dos semanas antes había sido depositada en el cementerio la urna con las cenizas de Servando Altemir (1912-2000), hijo del Barrio, emigrante en Barcelona, militante del POUM y exiliado en Francia desde 1938. Viudo y sin hijos, Servando mantenía una estrecha comunicación epistolar con el señor Anselmo desde finales de los cincuenta y, unos meses antes de morir, había confirmado su asistencia a las Jornadas Culturales del Barrio para dar una charla sobre sus avatares, como miliciano poumista, en la Sierra de Alcubierre. Las Tejedoras, en contrapartida, pensaban regalarle un curioso libro, con dos cuentos inéditos de Joaquín Maurín, prologado por el propio hijo del antaño dirigente del POUM, y recién publicado por el Instituto de Estudios Altoaragoneses.

Fue el mismo señor Anselmo quien propuso convertir en libro-fórum la imposible charla de su amigo Servando, utilizando para ello el obsequio destinado al difunto. Y así fue como ¡Miau! Historia del gatito Misceláneo, un conjunto de relatos protagonizados por un gato de la cárcel de Jaca, escritos en dicha prisión entre el 1 de marzo y el 10 de abril de 1937 por Joaquín Maurín Juliá —cuando todavía no había sido reconocido por sus captores y se hacía llamar Joaquín Julió Ferrer, de profesión traductor— volvió a triunfar en público sesenta y tres años después de haber sido ideado.


«(…)Había en la prisión un gatito que nadie sabía de dónde había salido, ni cómo había entrado. Caridad[1] le dio el nombre de Misceláneo. Todos lo querían, pero no sé por qué me demostraba una cierta preferencia. Los demás presos le llamaban ¡Misceláneo! ¡Misceláneo!, pero Misceláneo no hacía caso. Pero si era yo quien decía ¡Misceláneo! venía a mí, se dejaba acariciar y se ponía a ronronear. Por la noche, cuando estábamos acostados, saltaba por encima de los demás hasta que me encontraba a mí…

¿Cómo no agradecer a Misceláneo esa demostración de afecto?

Decidí escribir sobre Misceláneo. Pensé que quizá la lectura podría interesar a Mario[2].

Escribí la biografía. La ilustró Julio Sánchez, pintor de brocha gorda; fue puesta a máquina y encuadernada. Título: ¡Miau! Historia del gatito Misceláneo.

Creo que después de la Historia de San Michele, el libro cuya lectura tuvo más éxito en la prisión fue la biografía de Misceláneo…».- Extraído del libro Cómo se salvó Joaquín Maurín, de Jeanne Maurín.


NOTAS

[1] Caridad Olalquiaga.
[2] Mario Maurín, hijo de Joaquín.

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«Remanso»: Archivo personal


La llegada de Las Milagritos  abuela, hija y nieta, todas llamadas Milagros—  con la furgoneta de la comida es recibida con aplausos desde la amplia cornisa, reconvertida en merendero, en la ribera de la poza  de aguas todavía frías y levemente túrbidas  donde la chiquillería se zambulle con acompañamiento de chillidos, salpicaduras, tiritonas y admoniciones de los adultos.

Pasea el Sol su impronta cálida por los cuerpos aligerados y tendidos sobre las hierbas mientras en las fuentes y fiambreras bien cubiertas aguardan la ensalada de pasta, los cachopos de york, foie y queso y la macedonia de frutas y se refrescan en la orilla, a medio sumergir y encajonadas entre piedras, las bebidas.

Acicalan sus diminutas mandíbulas los insectos bajo las madreselvas; se aquietan las lagartijas en falso sueño; huyen, aguas abajo, las recelosas madrillas…

Se asienta en el Barrio, con el primer chapuzón dominical, la primavera.

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«Chill-out»: Archivo personal


La vetusta y minúscula mesita de cristal grueso con patas de haya lacada que durante años ocupara un discreto lugar en la Salita de Recibir de Casa Palomeque, sobrelleva, sin un crujido, el peso de las tres columnas de libros en desconcertante apilamiento. Los relatos de Adelaida García Morales reposan sobre Caperucita en Manhattan, encima de la portada descolorida del díscolo Jean Genet recostado en una recopilación de poemas de Carmen Conde en equilibrio sobre una novela de Javier García Sánchez.

Miguel Sánchez-Ostiz, barojiano, sustenta a Ramón Acín Fanlo, José Luis Corral y Dolores Redondo, apoyados todos ellos sobre la última pilastra donde se apretujan, con los lomos hacia afuera, Eduardo de Guzmán, Camilla Läckberg, Charlie y la fábrica de chocolate, un álbum de cromos de Peppa Pig y los Momentos estelares de la humanidad.

Contempla la pequeña, desde el sofá-columpio que la acoge y acuna, el bosque de papel que se levanta frente a ella y estira sus piececitos desnudos hasta rozar con los dedos el pilar más cercano.


Refulgen, barnizadas de calabobos, las tejuelas de pizarra del porche del jardín donde sestea la niña  ovillada y mecida mientras los libros velan.

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«A boira»: Archivo personal


Durante cinco días no dio tregua alguna la niebla, omnipresente, que transformó el Barrio en fantasmal pueblo de cuento gótico donde solamente los recién colocados reflectores de la carretera nueva dejaban entrever, entre tinieblas, que, más allá del muro húmedo de nubes rozando el suelo, la vida humana, envuelta en grises, desgranaba su rutina navideña con el mismo entusiasmo de cada temporada.

Ni siquiera la repentina sobrecarga eléctrica que dejó sin luz la urbanización y los edificios cercanos al río varió las actividades programadas por la Asociación de Mujeres.

Cuando se fue la luz, la mayor parte de las gentes del Barrio se hallaban en la Escueleta Vieja asistiendo a la audición de poemas de Agustín García Calvo que recitaba la chiquillería del Colegio Rural con el acompañamiento de la flauta travesera de Pilar-Carmen Gabarri y las guitarras de Madalina y Camelia Cristea. En el bar, también afectado   y a tope de clientes”, que diría Josefo, el encargado, después   Rafael de [Casa] Artero, dijo a voz en grito: “Así se jodan el puto anarquista ese de los poemas y todos los que les bailan el agua al hatajo de marimandonas que se están cargando el pueblo”; comentario que, con escrupulosa literalidad, llegó a la Escueleta Vieja aun antes de que volviera la luz y que no sirvió sino para amenizar la espera con historias pasadas y presentes de la familia Artero y los enfrentamientos de Rafael con la Asociación de Mujeres.


La tarde del día de Navidad, cuando las nubes parecían dispuestas a recogerse en las alturas, llegó al Barrio la noticia de la muerte de Ángela Martín, catedrática de Literatura, jubilada, del instituto Ramón y Cajal de la ciudad y profesora de casi todas las bachilleras del pueblo que la señorita Valvanera envió a estudiar a Huesca en los años sesenta. «Ángela Martín, por siempre La Gata», recordaban sus antiguas pupilas. Exigente  la describían  puntillosa, comprensiva, excelente transmisora de conocimientos… Y se les anegaban los ojos mientras leían y suscribían las sentidas palabras de despedida que le dedicaba Ánchel Conte:



A ÁNGELA MARTÍN CASABIEL IN MEMÓRIAM
tus palabras han sido rayo luminoso dándonos vida y hoy son luz muerta reflejada en nuestra vacía mirada
piedra es en los ojos tu silencio perdidos quienes te amamos en caminos sin regreso
dejo apagar la sangre que nada respire que todo languidezca
y en el dolor de tu voz robada quiero ahogarme hasta no ser sino boca sin palabras
corazón sin latido manos en las que no se agosta la viva roja rosa de tu ejemplo
de tu enorme humanidad que como reloj de nuestros días nos ha marcado el paso del tiempo

tu amor el que nos diste que para siempre continúa candente y nos alimenta

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