Feeds:
Entradas
Comentarios

Epílogo de estío

«Photoart #240»: Teddynash


La clausura de las piscinas de la Huerta de Blanquiador, por fin de temporada, ha concentrado a los bañistas a la orilla del río, junto al remanso conocido como O Pozanco, donde las sombrillas publicitarias, las esterillas, toallas y neveras portátiles añaden cierto pintoresquismo al paisaje que sobrevuelan los buitres en su ruta hacia la cresta en cuya vertical se halla el Fosal de la Reineta.

Los veraneantes más osados, aquellos que consideran domingueros a quienes se contentan con instalarse sobre las toallas para apurar la agradable tibieza de los rayos solares, atraviesan en peligroso equilibrio el murete del antiguo azud para bajar, arrastrándose por una leve inclinación de la cortada, hasta la poza de aguas gélidas y borde resbaladizo.

El espectáculo de improvisado funambulismo que se desarrolla en la parte alta, atrae las miradas y los comentarios de quienes reposan junto a las aguas en calma.


—Pues ya son ganas de meterse en pinganetas.
Estos se esmorran.
No se les estaría mal un buen tozolón, por tordoletes.
Luego vendrán que el culo me hace mal.
¿No es ese el yerno de la señora Palmira?
Otro estalentau.


Meterete, la obsequiosa compañera de la desaparecida cigüeña Bascués, observa la panorámica desde el nidal alternativo que, sobre una plataforma de madera, domina los alrededores del azud. Pronto, el retejado de la iglesia habrá concluido y el ave retornará a su casa de siempre. Meterete, con cerca de tres lustros de existencia, renunció a su condición de ave migratoria hace cinco años, habituada ya a las duras condiciones climatológicas del invierno.

«Fata Morgana»: Karin Kuhlmann


Se nos ha ido Sabina”, anuncia la señorita Valvanera, la antigua maestra. Un cirro devenido en bajel vaporoso dirige su efímero casco hasta la Prairie des Filtres, donde el Garona traía y llevaba los recuerdos de la frágil Sabina, la mediana de las hijas del Pajarico, aquel inclasificable anarquista que renegaba de todas las patrias pero se emocionaba hasta el llanto cuando la voz de Camila Gracia inundaba su espíritu de ese cierzo de las tierras oscenses a las que,  sin embargo, jamás deseó regresar.

A Sabina, que emprendió la ruta del exilio, en 1939,  junto a sus padres y hermanas,  con trece años y sin más equipaje que el miedo, los recuerdos se le apilaron, caóticos, el resto de su vida, tan distantes, a veces, que parecían apegados a un siglo descolgado de la historia; otras, en cambio, los reproducía con tanto detalle que cualquier oyente tenía la sensación de poder rozarlos únicamente echando medio paso atrás en el tiempo. Caridad Olalquiaga formaba parte de estos últimos. Sabina la conoció, según contaba, en uno de esos campos de internamiento donde las autoridades francesas amontonaban a los republicanos españoles en desbandada. Caridad, maestra, había sido detenida por los sublevados en Jaca bajo la acusación de obligar a su alumnado a cantar La Internacional; la intervención de otra maestra, compañera suya y casada con un militar golpista, evitó que ella y Pilar Ponzán, con la que compartió encierro jaqués y actividades clandestinas en Francia, fueran asesinadas.

Instalada la familia de Sabina en Toulouse -donde Pajarico, el padre, trabajaba en una imprenta en la que se falsificaban cédulas de identidad-, el contacto con Caridad Olalquiaga se mantuvo durante algún tiempo. Casada Caridad con el filólogo y resistente anarquista Salvador Aguado Andreut, enlace de la Red Ponzán, viajó con él clandestinamente a España para retornar otra vez a Francia desde donde, a finales de los años cuarenta, marcharían a tierras latinoamericanas junto a su hija Siang. Después, nada. Sólo los recuerdos deshilvanados de un tiempo nunca derruido.


A principios de los años sesenta, Sabina matrimonió con André, un pied-noir con el que se instaló en París. Su hija, llamada Siang, como la de Caridad Olalquiaga, nació en 1963 aquejada de una grave enfermedad cardíaca, de la que moriría unos meses después. No hubo más hijos. Cuando André falleció, en 1990, Sabina regresó a Toulouse, la ciudad que tanto amaba. Murió mientras dormía, el 28 de agosto de 2012.





ANEXO

 

Felinidades


Sisley siempre será el gato de la Nena; un gato gordo, paciente y tuerto, de la camada de felinos obtenidos por inseminación artificial que la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio fue dando en adopción a las personas que consideró idóneas. Los criterios de idoneidad que antepuso la veterinaria tuvieron su coste: El ojo izquierdo de Sisley, una denuncia por maltrato animal contra el hijo de la entonces alcaldesa y la enemistad perdurable entre la veterinaria y el grupo político mayoritario en la alcaldía.
La Nena, ajena a la polémica suscitada, encontró en Sisley el compañero más adecuado para sus sencillos planteamientos cotidianos.

La Nena sobrepasa la cincuentena. Es cándida, afable, bella y silenciosa. Un derrame cerebral en plena adolescencia le arrebató los sueños de futuro dejándole, a cambio, sus hermosas facciones aparentemente inmunes a los años transcurridos y una juvenil sonrisa que ni siquiera desapareció de su rostro durante los días de convalecencia del gato, tras habérsele extraído el globo ocular.

Seguía sonriendo esta mañana, acunando a Sisley entre sus brazos, mientras su hermana le explicaba a la veterinaria que se llevaba a vivir a la Nena con ella a la ciudad, en un apartamento “donde no nos es posible tener un gato”.




Dicebamus hesterna die…

Chavó tri bravàle


Un escueto comunicado enviado por una asociación de gitanos alemanes anunciaba, el 5 de julio de 2001, la muerte de Otto Rosenberg, un ciudadano berlinés cuyos recuerdos habían tomado la forma de libro gracias a la pluma de Ulrich Enzensberger, que, en 1998, había publicado Das BrenglasUn gitano en Auschwitz..

Rosenberg, gitano sinti, evocaba en el libro de Enzensberger su llegada a la que él consideraba fascinante Berlín, ciudad que llevó siempre en cada uno de sus sentidos, incluso en los cinco campos de concentración que fueron su morada desde 1942, cuando fue detenido con quince años, hasta 1945, año de su liberación de Bergen-Belsen por las tropas rusas.

Ni los experimentos que realizaron con él ni los trabajos forzados ni el exterminio de toda su familia -su madre, que también fue liberada al final de la guerra, falleció poco después a consecuencia de los padecimientos en el cautiverio-, minaron su sentimiento alemán; fue berlinés hasta la muerte.

Durante más de cincuenta años mantuvo apartado de su presente el horror vivido, llegando a tatuarse un ángel en el brazo, encima del número que indicaba que había sido prisionero de un campo de concentración.


Otto Rosenberg, nacido en la Prusia Oriental, el 28 de abril de 1927, co-fundó y presidió, tras la guerra, la asociación de gitanos alemanes. En 1998 fue condecorado con la Cruz Federal al Mérito por sus campañas a favor de la igualdad social de las minorías étnicas y su incansable lucha por el reconocimiento y la compensación a las víctimas del nazismo. Una calle y una plaza llevan el nombre de este gitano alemán en el distrito berlinés de Marzahn, en el lugar donde el 16 de julio de 1936 fueron confinados los gitanos de la capital tras la limpieza nazi de Berlín con motivo de las Olimpiadas. El campo gitano de Marzahn, situado en un desagüe de aguas residuales, fue, para la mayoría de las familias allí recluidas, la antesala de los horrores venideros, minimizados y silenciados por las autoridades alemanas, que no reconocerían oficialmente el genocidio de los gitanos europeos hasta 1982.


NOTA

Chavó tri bravàle, en rromanés, significa Hijo del Viento.

«Loveletter 1»: Christel Dall


Piluca, Isabel, Carmen, Asún…

Planeaban los recuerdos por los abrigos, tozales y covachos del misterioso País de La Oscitania, allí donde el dios Lug[1] impregnaba las tizas con el espiritual icor de los sortilegios y unas decenas de corazones infantiles practicaban la nueva conjugación del verbo Amar mientras el tomillo regalaba su milenario aroma.


Galopó el tiempo, encabritado, lanzado hacia los sueños del futuro que el presente de ayer ornamentaba con ingenuos dibujos de esperanza.

Abrió la floresta sendas en su lecho y agitaron las aguas de los ríos, en cantarino adiós, sus crestas bravas.

Remontó el cierzo los años viejos, zigzagueó entre rutas de folios, carnavales, pupitres, canciones y pizarras; barrió pueblos, parques y colmenas. Removió tejados, peinó las piedras de las torres albarranas, preguntó a los torrentes y sobrevoló las cortadas. Gritó, imploró. Y las grutas le devolvieron la reverberación herida de los pasos.

(…pero la vida sigue siendo ese soplo de dióxido lanzado al otero de los quebrantahuesos que devuelven las carrascas en agradecido eco generosamente oxigenado).


NOTA

[1] Dios de la Luminosidad en la mitología celta.

«Smell the Rose»: Rich LaPenna


Ramón Acín Aquilué.
Concha Monrás Casas.
Katia y Sol Acín Monrás.
In memoriam.


Sol Acín jamás supo la fascinación que ejercía en aquella niña, de apenas once años, que ocupaba el primer pupitre bajo la tarima. A veces, cuando las miradas de alumna y profesora brillaban al unísono, enfrentadas las pupilas, la jovencita sentía el doloroso peso del secreto que Silvestre le había contado aquel otoño, sentados junto a las Pajaritas nacidas de la habilidad creadora del silenciado artista oscense asesinado.


«Indefenso, solo, apaleado, maniatado, destrozado por el llanto y los gritos de Conchita y de las niñas, mutilados los sueños, sin palabras, con la boca seca y la cabeza a punto de estallarle. Ramón Acín se enfrentó en solitario al grupo de asesinos que lo llevaron a las tapias del cementerio de Huesca. Conocía a todos aquellos hombres convertidos en bestias. Después de tanto dolor, solo conservaba la mirada. Era el seis de agosto de 1936, aquel verano maldito. Sonaron los disparos y la tierra se mezcló en la sangre. Se apagó la luz y las manos creadoras se quedaron para siempre quietas, y los labios inertes, y la mirada rota…»
Víctor Juan: «SANGRE EN LA TIERRA«-

Sólo para ella, para la admirada y huérfana Sol, leía en voz alta, con pronunciación tantas veces ensayada, aquellos capítulos de Les voyageurs des étoiles a cuyo final la profesora añadía una sonrisa de asentimiento que la muchacha atesoraba entre los preciados souvenirs de sus vivencias inmediatas. Y, como si los más de cuarenta años transcurridos se diluyeran en imperceptibles segundos, la evoca alta, delgada, huesuda, con largos collares de bisutería tintineándole en el pecho y un bolso abultado y abierto apoyado en las patas de la mesa, sobre la tarima desgastada.


Mi curva es tan pequeña

Por qué aún no me detienes, sombra
callada al borde de esta hora.
Mi curva es tan pequeña,
tan corto el aire que a mi paso quiebro.
Tan solo el esqueleto
que en lenta marcha se acomoda al suelo.
Sería tan sencillo
dejarme resbalar por la pendiente
del polvo de tus eras,
dejarme descansar donde los templos
de siglos acumulan
pasiones que ya fueron.
De mi prisión quisiera
sacarme, destruir la permanencia
sin nombre que bascula.
Perdí la llave, se olvidó la muerte
de colocar en mí su cerradura.
Sol Acín
«La poesía luminosa y feroz de Sol Acín«: Mercé Ibarz


Epílogo: La caja de música de Ramón Acín.

Ex umbra in Solem


La señora Benita  -hija, nieta, bisnieta y tataranieta de santeras y santera, a su vez-  dormita a la sombra, tras la rústica barra del bar que las Tejedoras[1] administran en las piscinas de la Huerta Blanquiador. De vez en cuando entreabre los ojos y los fija en algún bañista que se sirve alguna bebida o un helado de la cámara frigorífica; quizás para comprobar que el cliente hace uso del taco de papel que hay en la barra, donde la clientela anota su nombre y el producto que ha cogido del bar.

La señora Benita viste de negro de otoño a primavera y de alivio en verano. El alivio de la señora Benita consiste en alternar dos hábitos de calle, uno en morado y otro en gris, de diseño propio, que le cose su amiga Carmencita, una modista de las de toda la vida que, pese al diminutivo del nombre, supera con creces los setenta años.

Entre los veraneantes de la urbanización, la señora Benita tiene fama de ida, con sus trajes monjiles, sus escapularios y, sobre todo, el dije de plata de forma ovalada que reposa sobre su pecho, en el que, afirma, guarda “una uñeta del Niño Jesús”.

Para quienes viven en el Barrio durante todo el año, en cambio, las peculiaridades de la señora Benita no levantan ningún comentario. “¿Loca…? ¿Benita…?”, se extrañan cuando alguna persona ajena a los aconteceres locales hace alguna consideración sobre los modos y maneras de la santera. Porque para quienes son hijas e hijos del Barrio la señora Benita es, sobre todo, Benita, la de Casa Colasa, donde está el Mueso.


La historia -o la leyenda- del Mueso no tiene fecha precisa. Sucedió, según cuentan, cuando en el pueblo de Nocito se tenía por costumbre sacar el cuerpo incorrupto de San Úrbez para bañarlo en la balsa como rogativa contra la sequía. Ocurrió que, en uno de aquellos baños rituales, el pastor de Casa Colasa, que había acudido por su devoción al santo, se inclinó sobre los restos de San Úrbez y le dio un mueso (=en aragonés, mordisco) en una rodilla, llevándose un pedacito de la misma sin que ninguno de los presentes se percatara. De regreso al Barrio, cuando comunicó al amo de Casa Colasa lo que había hecho, éste le ordenó que reculara a Nocito y dejara el Mueso donde reposaba el santo. Cuando el pastor quiso salir de la casa para cumplir el mandado, el Mueso saltó de su mano al suelo. Y así sucedió cada vez que hizo ademán de marcharse. El dueño de Casa Colasa, al observar el prodigio, comprendió que el Mueso había elegido su ubicación y mandó construir una arqueta tallada en boj, con remaches de plata, para contener el resto orgánico. La arqueta fue colocada en un hueco hecho ex profeso en una alcoba –A Saleta O Mueso, se la llamaba- donde se alojó también al pastor, que vivió con la familia hasta su muerte.
Durante muchos años, A Saleta O Mueso fue lugar de culto para quienes deseaban obtener buenas cosechas o terminar con las enfermedades que diezmaban el ganado. Y cuentan que el Mueso ejerció su benefactora influencia hasta que, en los primeros meses de la Guerra Civil, el cuerpo de San Úrbez fue quemado. A partir de entonces, aseguran, el Mueso no sólo dejó de tener propiedades milagreras sino que trocó el color anaranjado brillante que había sido su seña de identidad por otro grisáceo y apagado.


NOTA

[1] Nombre que reciben, en el Barrio, las componentes de la Asociación de Mujeres.

Delectatĭo

«Sinaia.- Peleş Castle»: Ana ADI


«Fui invitado a Rumania y acudí a la cita. Los escritores me llevaron a descansar a su casa de campo colectiva, en medio de los bellos bosques transilvanos. La residencia de los escritores rumanos había sido antes el palacio de Carol, aquel tarambana cuyos amores extrarreales llegaron a ser comidilla mundial. El palacio, con sus muebles modernos y sus baños de mármol, estaba ahora al servicio del pensamiento y de la poesía de Rumania. Dormí muy bien en la cama de su majestad la reina y, al día siguiente, nos dimos a visitar otros castillos convertidos en museos y casas de reposo o vacaciones. Me acompañaban los poetas Jebeleanu, Beniuc y Radu Bourreanu. En la mañana verde, bajo la profundidad de los abetos de los antiguos parques reales, cantábamos descompasadamente, reíamos con estruendo, gritábamos versos en todos los idiomas. Los poetas rumanos, con su larga historia de padecimientos durante los regímenes monarca-fascistas, son los más valerosos y al par los más alegres del mundo. Aquel grupo de juglares, tan rumanos como los pájaros de sus tierras forestales, tan decididos en su patriotismo, tan firmes en su revolución, y tan embriagadoramente enamorados de la vida, fueron una revelación para mí. En pocos sitios he adquirido con tanta prontitud tantos hermanos.»- Pablo Neruda, fragmento de Los palacios reconquistados, de su libro de memorias CONFIESO QUE HE VIVIDO.

De regreso a Bucarest, tras ayudarles a facturar el equipaje, Lucica regala a sus amigos hispanofranceses una edición en rumano de las memorias –Mărturisesc că am trăit, Confieso que he vivido– del poeta chileno, cuyos ojos aún estalinistas se regocijaron antaño con parejas maravillas a las que todavía danzan en las dispuestas miradas actuales de los viajeros que, resignados, aguardan en el Aeropuerto Internacional de Otopeni el final de la exquisita aventura. El tufo a sudor, dióxido y plástico del entorno presente desaparece empujado por el fresco aleteo montaraz de los rememorados efluvios herbáceos de los lejanos castillos de PeleșPelişor y su esplendor palaciego de alcobas donde, entre la opulencia y el refinamiento, se intuye el desenfreno vital de sus antiguos moradores prendido de los tapices y las preciosas maderas labradas de los baldaquinos.


Solazábase Neruda, entre rasos, sedas y otomanas, enterrando las decadentes emanaciones reales bajo escrituradas páginas de versos y, decenas de años después, con las sandalias cubiertas con los obligatorios patucos deslizándose, sin prisa, sobre el noble suelo palatino, reseguía sus pasos, en guiado y compartido recorrido, la orgullosa gitana Lucica Gherghina, cuyos bisabuelos maternos, supervivientes de la deportación a Transnistria, descansan en el cementerio de Sinaia, a cientos de metros del majestuoso complejo donde los monarcas rumanos escondían sus complacidos sentidos de las penurias de sus súbditos.




Dicebamus hesterna die…

El cor del temps

Los ojos del público se asoman, fascinados, al ventanal abierto por el proyector en la pared norte del Salón Multiusos, mientras la voz pausada de monsieur Lussot hilvana, con cada imagen, las vivencias acumuladas en sus recorridos de tantos años por los tozales, cañones y barrancos de la Sierra.

Una bandada de grullas en perfecta formación sobre la ermita de San Úrbez de Nocito; una pareja de chovas piquirrojas posadas sobre la aromosa alfombra de tremoncillo (tomillo) que rodea el Treviño de Adahuesca o varios arrendajos cobijados en la milenaria carrasca de Lecina.

Monsieur Lussot -voluntarioso caminante, espléndido fotógrafo y entretenido narrador- acude, como cada año, a las Jornadas Culturales del Barrio, con sus magníficos álbumes de diapositivas de la Sierra de Guara, escrupulosamente ordenados por temas.

Las últimas imágenes proyectadas muestran una vertiginosa panorámica de foces, roquedales, pozas y picachos blanqueados para los que monsieur Lussot y la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio -que suele ayudarle en las proyecciones- han elegido una canción de María del Mar Bonet cuya letra se ha repartido, traducida al castellano, entre los asistentes.

Planea, en esa armoniosa voz femenina que parece surgir de la propia Sierra, el recuerdo de Didier, hijo de monsieur Lussot, que pereció hace varios años en un accidente de montaña en el Couloir de Gaube.

(…)
Bon ocell, porta’m amb tu al país
d’altres temps, sigues el meu amic.
Com abans, en somnis clars d’infant,
estels i més estels collirem tremolant.

Com abans, en somnis clars d’infant,
com abans, damunt d’un núvol blanc,
com abans, tu i jo el sol encendrem
i a l’illa del record la pluja llançarem…

L’ocell negre tombà els ulls al sol,
cap al cel tot d’una emprengué el vol.[1]

ANEXO


TRADUCCIÓN DE LAS ESTROFAS

[1]Buen pájaro, llévame contigo al país / de otros tiempos, sé mi amigo. / Como antes, en luminosos sueños infantiles, / estrellas y más estrellas cogeremos temblando. / Como antes, en luminosos sueños de niño, / como antes, sobre una nube blanca, / como antes, tú y yo el Sol encenderemos / y en la isla del recuerdo la lluvia lanzaremos.. / El pájaro negro volvió los ojos al sol, / de pronto, hacia el cielo emprendió el vuelo.

«Don’t Talk to Strangers»: Rolf Steffens


«Tengo 37 años y soy discapacitada. Lo he sido siempre. Nací con una enfermedad neuromuscular degenerativa. Mi madre no lo sabía, de hecho lo supo cuando yo tenía un año y medio, y estando embarazada le comunicaron la alta posibilidad de que mi hermano sufriera el mismo problema. El milagro de la vida hizo que naciera sano.

He dependido de terceras personas siempre. He sido, y soy, feliz. Gracias a unos padres coraje que siempre han cuidado de mí de forma excelente he tenido una educación digna y una vida socialmente aceptable. Incluso desde hace 15 años estoy incorporada al mundo laboral, gracias a ayudas técnicas y al incondicional apoyo de los míos.

Pero detrás de toda esa aparente felicidad hay un drama humano que hoy quiero que todo el mundo conozca. Todos los días hay dolor por una salud decadente, rabia por ser diferente a los demás, impotencia por no poder llevar una vida adulta e independiente… Por otro lado mis padres envejecen, no tardando mucho necesitarán también cuidados. Con todo el optimismo y la energía vital que me han transmitido, hay una frase que han repetido incansablemente durante toda mi vida: “¿Qué será de ti cuando nosotros faltemos?”. Y yo también me pregunto, “¿Qué haré yo el día que ellos me necesiten?”.

Corren tiempos difíciles para todos, pero me cuesta entender algunas de las medidas que se están tomando en nuestro país para solucionar la crisis económica. Como dice el refranero popular, parece que a perro flaco todo son pulgas. Hace poco, demasiado poco, le reconocieron a mi madre un derecho, a través de la Ley de Dependencia, que se ha ganado a pulso desde el día en que yo nací.

Tuvo que dejar de trabajar fuera de casa para cuidarme, para darme la maravillosa vida que he tenido. Pudo haber decidido seguir con su existencia, trabajar y tener un devenir de sus días más gratificante, y haber dejado en manos de la Administración Sanitaria los cuidados que yo necesitaba. Pero no lo hizo, sabía que entonces no había garantías de que yo recibiera los apoyos necesarios para desarrollarme como persona con normalidad. Ahora, cuando seguramente más lo empieza a necesitar por su edad, le quitan ese derecho, todo su esfuerzo ya no se verá recompensado con una jubilación digna. Sé que muchos piensan que esto le está costando mucho dinero al Estado, pero no imaginan la cantidad de dinero que se ha ahorrado ese Estado no acudiendo nunca al sistema público para atender mis necesidades.

Y para rematar, el ministro Gallardón acaba de anunciar que la malformación del feto no será ya un supuesto para abortar. En concreto, considera que hay que dar el mismo nivel de protección a un concebido sin ningún tipo de minusvalía o malformación, que a aquel del que se constate que carece de algunas de las capacidades del resto de concebidos. Y yo me pregunto desde la posición de una persona que tuvo derecho a vivir a pesar de su malformación, ¿es un Gobierno responsable aquel que obliga a nacer a personas con graves problemas de salud a las que luego no piensa proteger?.

Pertenezco a aquella generación a la que llamaron “niños de la democracia”. Y he recibido una educación constitucional. Yo tenía entendido que el derecho a la igualdad propugnado en nuestra Constitución se basaba en que todos los individuos deben estar en condiciones tales que efectivamente puedan tener acceso a las mismas oportunidades. Así que como ya viene siendo costumbre durante los últimos meses, tengo esa amarga sensación de que estamos presenciando una involución social muy grave, se están tomando decisiones sin tener en cuenta nuestro pasado reciente, atacando a las bases mismas de la sociedad que tanto nos ha costado construir, y sin buscar el consenso con los verdaderamente afectados, atendiendo únicamente a creencias morales y a ideologías trasnochadas.

Nadie tiene derecho a decirle a una mujer qué debe hacer ante una tesitura tan grave, sobre todo nadie que no conozca el problema desde dentro. Estoy convencida de que aquellos que se erigen blandiendo argumentos sobre el derecho a la vida nunca han tenido un hijo con una enfermedad incurable o carente de capacidades necesarias para un desenvolvimiento vital normalizado. Vivimos en un país en el que es fácil opinar desde fuera, sin intentar conocer a fondo la experiencia de los que sufren un problema.

Desde aquí quiero alzar mi pequeña voz para dar un grito rabioso y contundente. Por mi propia situación personal no puedo pronunciarme a favor del aborto. Pero, señores gobernantes, sean consecuentes con sus ideas. Garanticen una vida digna a aquellos a los que van a nacer con algún tipo de discapacidad a través de los instrumentos que proporciona la Ley de Dependencia. Y no se olviden de las madres que verán mermados sus derechos como mujeres, primero al no poder decidir sobre su propio embarazo, y segundo al no poder volver a tener la vida familiar y laboral que tenían.

Me duele pensar en cuánta lucha y cuánto esfuerzo hay detrás de todos estos derechos que ustedes están sesgando. Cuántas familias que han sacrificado todo por conseguir una existencia feliz para esos hijos más vulnerables. Cuantas madres que desearían haber tenido más información antes de decidir, y cuántas hoy se lamentan amargamente por el futuro incierto de sus hijos… ».-  Carta de ELENA GÓMEZ MARTÍNEZ, de Teruel, publicada en la sección Cartas al Director de Aragón Digital.