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«Calma»: Archivo personal


De vez en cuando, se presenta María Blanca, la vecina, con algún guiso. “Como siempre hago de más y este hombre me come muy poco…”, explica. El hombre en cuestión es su marido, el señor Paco, tan taciturno como su mujer expresiva, del que la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio no recuerda haberle escuchado más de media docena de palabras desde que se arregló con él para alquilar la casa y el terreno adyacente. Se lo decía Emil entonces: “Con Paco no tendrás ningún problema aunque prendas fuego a la casa, pero cuídate de la lengua de María Blanca”. Y lo cierto es que la mujer no anda escasa de generosidad verbal, de tal manera que, cuando a alguien le interesa que algo se sepa desde el Camino del Cementerio hasta el ruinoso ventorrillo de la carretera vieja, solo tiene que susurrárselo, como si de un gran secreto se tratara, a María Blanca y ya se encarga ella de que corra la voz; buena es. Pero esa afición al chismorreo desmedido no hace sombra a otras habilidades que posee y que comparte con idéntico desprendimiento. Porque lo mismo que narra, al detalle, la última bronca entre la de la Casa de Turismo Rural y el vivalavirgen (sic) del marido —“que está enredado con la rumana que limpia en el bar del Salón Social, por si no lo sabías”—, prepara una cazuela de albóndigas de bacalao, “que sé que os gustan”, para surtir a dos o tres casas, o cose una réplica de una espectacular colcha de patchwork para regalársela a una visita que elogió el color y las texturas de la que luce en la alcoba matrimonial. O, tras un “estas plantas las tienes pachuchas”, se pasa media mañana en jardín ajeno, trajinando en las macetas, trasplantando y renovando el sustrato —todo ello sin dejar de parlotear— hasta que, tras componer el paisajismo a su gusto, se acuerda de que tiene casa propia y un marido achacoso al que dejó limpiando judías verdes o rotulando tarros de mermeladas caseras en la mesa de la cocina, sin más compañía que Melitón, el canario.

Memorando

«Guara»: Archivo personal


El último rastro de Treseta de [Casa] Cosme se pierde en el cuidado lecho que en el presente acoge el reducido terreno del Parque Infantil, lugar que, pese a su actual función, sigue denominándose, con puntillosa referencia histórica, la Femera [1] Cosme, apelativo que causa estupor en no pocos foranos [2] cuando descubren la alusión escatológica del término.

Teresa Labata Clavería —llamada Treseta de Cosme— fue sanadora, oficio que había aprendido ayudando a su abuela a clasificar distintas plantas del entorno natural. Con apenas dieciséis años, su fama de entendedera [3] hizo que, a la muerte de la abuela, se la reclamara desde diferentes puntos geográficos de la Sierra de Guara para ocuparse de los males físicos de personas y ganado, actividad que, por sí misma, no le reportaba más beneficio que la promesa, por parte de los agradecidos familiares del paciente o de los dueños de los animales, de comprar, cuando hubiera menester, algunas libras del aguardiente que Cosme, el padre de la curandera, fabricaba en un alambique situado a la orilla del río.

Cuentan que fue, precisamente, el rudimentario alambique y el, para algunos, preciado licor que en él se destilaba, los que provocaron la caída en desgracia de la joven ensalmadora.

Los Artero, familia pudiente que consideraba propias las tierras donde se ubicaba la humilde licorería, pretendieron que Cosme Labata pagara un tributo considerable por su actividad o que, en su defecto, traspasara a la familia Artero los secretos del líquido que negociaba. No pudiendo Cosme llevar a efecto la primera propuesta y no aceptando la segunda, los Artero reunieron una partida de aparceros que, de noche, destruyeron el alambique, arrasaron el huerto familiar y prendieron fuego al corral donde Cosme y su hija guardaban algunas gallinas y un par de cabras. Pareciéndoles poca la venganza a los caciques, Treseta de Cosme fue denunciada bajo la acusación de haber vertido alguna ponzoña en los abrevaderos del ganado de la familia Artero. Convocada ante el juez para que diera cuenta de aquello de lo que se la acusaba, la entendedera negó los hechos y la autoridad, temerosa del poder de los Artero, le prohibió ejercer su oficio bajo pena de fuertes sanciones.


Dicen que Treseta de Cosme dejó de recorrer los caminos de Guara con su morral colmado de hierbas curativas. Dicen que enterró el morral de piel de cabra en la femera y, con él, el conocimiento que tanta salud había repartido entre los seres de la sierra. Dicen que, poco tiempo después, un terrorífico brote epidémico de cólera morbo —documentado en 1885— se cebó con la localidad e hirió de muerte muchas casas, entre ellas, la de Cosme Labata; él y su hija Treseta, que anduvo cuidando a sus convecinos, perdieron la vida. Y cuentan que en Casa Artero la enfermedad infecciosa fue especialmente cruel: la abuela, el padre y cuatro, de los cinco hijos,  sucumbieron.



ANEXO




NOTAS

[1] En aragonés, estercolero.
[2] Id., forasteros.
[3] Id., mujer sabia.

Amanecidas

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«Colores del día naciente»: Archivo personal

 

Rellena la luz de estridencias cromáticas el hueco de la noche desterrada y siluetea las formas estáticas —agrupadas y dispersas— cubiertas con livianos pañolones oscuros que la claridad arranca no bien el Sol termina de asomar, envanecido, entre las almenas melladas del torreón ruinoso que se avista, como bajel encallado, en medio de un mar de carrascas. Danzan los pies en la engañosa soledad del último repecho conquistado por brotes de hierba rala, levemente tocada por el rocío nocturno. Cuando, en zancada postrera, accede el caminante al pelado copete donde, en ocasiones, huelgan las aves, se agitan, incómodos, los dos buitres leonados; se yerguen —inmensos— al borde mismo de la cornisa, sacudiendo los escasos plumones de las gorgueras y, silenciosos, con los picos ganchudos encarados al abismo y las alas desplegadas en arco, inician un vuelo lento y en espiral, advirtiendo, por fin, la abundante carroña recién esparcida al pie del despeñadero.

 

Resurgimiento

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«Que por mayo era»: Archivo personal

 

Más de medio Barrio tiene ya apalabrada cita en Maruja, la peluquería; ni en los primeros tiempos de apertura del sencillo negocio contó con clientela tan ávida de poner la parte superior de su cuerpo en manos ajenas. Maruja fue una de las bachilleras de la señorita Valvanera, la vieja maestra, y una de las primeras universitarias becadas de la localidad. Maruja estudió Filosofía y Letras, pero una apoplejía sufrida por su madre la ató irremediablemente al pueblo. Realista ante la situación familiar, completó unos cursos de peluquería y estética, reformó y convirtió la cuadra de las dos vacas que ya no tenían en centro de sus actividades y se consagró a domar y recortar el pelo del vecindario con la misma dedicación que había invertido en sus estudios. Fueron buenos años aquellos, recuerda; era la única peluquería de los alrededores y quien más y quien menos iba a Maruja —así se decía y se continúa diciendo: “Voy a Maruja”—. Hombres y mujeres. Pequeños y mayores. Hasta que la gente joven se decantó por los más innovadores establecimientos de la ciudad y solo la mayoría añosa mantuvo su pelo en manos de Maruja y su hija María José, que empezó ayudando a su madre a lavar cabezas y terminó quedándose al frente de la peluquería cuando se jubiló la titular, circunstancia que no varió la percepción de la clientela fiel, que, pese al cambio, siguió «yendo a Maruja» —no a María José—, a veces únicamente para charlar, como antaño, y estar al día de «los avatares cotidianos locales», que así bautizó María José, tan socarrona como su progenitora, los cotilleos de las vecinas entre lavados y marcados, permanentes, recortes de puntas, mascarillas capilares, manicuras, depilaciones faciales y ojeadas al Hola.

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«Irrealidad»: Archivo personal

 

«A veces he tenido la sospecha bastante fundada de estar asistiendo a la vida desde el margen».
RAMÓN J. SENDER (1901-1982)


Al otro lado de la claridad que retiene el estor, rigen las sombras y Cecilia Bartoli, cuya voz repiquetea en las estanterías metálicas relucientes donde dormita Ramón J. Sender bajo las presencias oníricas de sus amigos suicidas. Sobre la mesa, Nocturno de los 14, con las páginas, que un día fueron blancas, rebosantes de notas —apenas legibles— escritas a lápiz y los cantos de las cubiertas desgastados. No hay un solo libro de Sender en la habitación que resista una somera evaluación en pulcritud; todos añosos, manoseados, subrayados, con un exagerado número de marcadores asomando como cornamentas entre las hojas que los años apelmazaron dejando rastros de olor a polvo comprimido.

Rodean los muertos voluntarios de Nocturno de los 14 al autor exiliado. Tose el antaño ácrata y después comunista, Pepe Díaz, haciendo oscilar el único rayo luminoso —apenas un hilillo— que ha logrado atravesar la tupida barrera que opaca la cristalera, dejando un diminuto punto lechoso en el rostro doliente del periodista granadino Fabián Vidal, ciego ya, asido del brazo de un Hemingway sobrio que expone su visión de la España de anteguerra al antifascista judío Ernst Toller, mientras el historiador Ramón Iglesias departe con la diputada y ministra laborista Ellen Wilkinson y el poeta Max Jiménez.

Crepita el tiempo. O tal vez crujen las páginas escritas por el viejo y agotado Sender, abarrotadas de vocablos las ringleras entre las que los muertos por propia mano arrastran el fardo de sus pretéritas existencias, escabulléndose de la escritura automática del novelista que quiso reunirlos y trotando, en desconcierto total, de un párrafo a otro del ejemplar raboseado.

Cuando la mezzosoprano Bartoli emprende el Lascia ch’io pianga…, suspira el espectro del literato. “El acto de humildad absoluta del hombre es el suicidio”, murmura Sender. Y se encogen de hombros los ilustres congregados que, desbaratadas sus vidas, buscaron alivio consumando sus propias muertes.

 

La idea del suicidio no asusta en nuestro tiempo a nadie, creo yo, pero en mi caso confieso que no podría arrojarme como Virginia Woolf a un río cenagoso para morir asfixiado por el barro ni tampoco podría colgarme como Gerardo de Nerval. La mejor manera es tal vez el anhídrido carbónico del coche. Cuatro metros de tubo de goma o de plástico para conducir los gases al interior, bien cerradito. Con eso no se molesta a nadie. En el mismo coche pueden llevar el cuerpo al crematorio después de comprobar que uno se ha dado la muerte voluntariamente y sin coacción ni violencia ajena […].
Pero por el momento no hay que pensar en tal cosa. Demasiada gente esperando y deseando que uno reviente. Esta última consideración es la que pesa más por el lado del buen sentido. No hay que dar alegrías demasiado súbitas a nuestros enemigos —yo amo a los míos— porque eso puede hacer subir peligrosamente su presión arterial. Y a la edad que tienen (más o menos, la mía) es malsano.
Ramón J. Sender. Fragmento del Capítulo cero de Nocturno de los 14.

Fragilidades

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«Trampantojo»: Archivo personal


Del puerto oscuro subieron los primeros cohetes de los festejos oficiales. La ciudad los saludó con una sorda y larga exclamación. Cottard, Tarrou, aquellos y aquella que Rieux había amado y perdido, todos, muertos o culpables, estaban olvidados. El viejo tenía razón, los hombres eran siempre los mismos. Pero esa era su fuerza y su inocencia y era en eso en lo que, por encima de todo su dolor, Rieux sentía que se unía a ellos. En medio de los gritos que redoblaban su fuerza y su duración, que repercutían hasta el pie de la terraza, a medida que los ramilletes multicolores se elevaban en el cielo, el doctor Rieux decidió redactar la narración que aquí termina, por no ser de los que se callan, para testimoniar en favor de los apestados, para dejar por lo menos un recuerdo de la injusticia y de la violencia que les había sido hecha y para decir simplemente algo que se aprende en medio de las plagas: Que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio.

Pero sabía que, sin embargo, esta crónica no puede ser el relato de la victoria definitiva. No puede ser más que el testimonio de lo que fue necesario hacer y que sin duda deberían seguir haciendo contra el terror y su arma infatigable, a pesar de sus desgarramientos personales, todos los hombres que, no pudiendo ser santos, se niegan a admitir las plagas y se esfuerzan, no obstante, en ser médicos.

Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa.
Fragmentos finales de
La peste, de ALBERT CAMUS (1913-1960)


NOTA

La ilustración que preside este artículo corresponde a la obra Capricho, óleo sobre lienzo pintado, en 1891, por Bernardino Montañés Pérez (1825-1893). Se halla expuesto en el Museo de Huesca.

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«Petronila I de Aragón, (detalle)»: Archivo personal


«No pienso que galera o bajel o barco alguno intente navegar por el mar sin salvoconducto del rey de Aragón, ni tampoco creo que pez alguno pueda surcar las aguas marinas si no lleva en su cola un escudo con la enseña del rey de Aragón».- Crónica de Bernat Desclot, siglo XIII.


Cuando en 1137 se acordó el matrimonio bajo el régimen jurídico aragonés llamado casamiento en casa—  de la pequeña Petronila, hija y heredera del rey Ramiro II de Aragón, con el conde Ramón Berenguer IV de Barcelona, se sentaron las bases de la que, hasta el siglo XVIII, sería denominada Corona de Aragón, potencia de primer orden, con especial significación en aguas del Mediterráneo —denominado Mar Aragonés en la época de esplendor de la Corona—,  que estuvo formada por el Reino de Aragón, los condados de Cataluña y posesiones adscritas al condado de Barcelona, los Reinos de Mallorca, Valencia, Sicilia, Córcega, Cerdeña y Nápoles y los ducados de Atenas y Neopatria.

Ramiro II, padre de la heredera al trono de Aragón, en las capitulaciones matrimoniales de la futura reina Petronila I, no dudó en dejar pactadas sus intenciones, no cediendo a su yerno ni la dignidad ni el título de rey —salvo que Petronila, reina propietaria, falleciera sin descendencia—, que sí heredaría Alfonso, su nieto y primer rey de la Corona de Aragón, hijo de Petronila y Ramón Berenguer.


Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona y consorte de Petronila I, fue intitulado Príncipe de Aragón y, como tal, ateniéndose a los deseos de su suegro Ramiro II y a los Fueros de Aragón, administró hábilmente y amplió el reino aragonés hasta su muerte, acaecida en 1162, legando a su hijo primogénito el condado de Barcelona. En 1164, Petronila I otorgó testamento —ratificando el que ya había firmado en 1162— instituyendo formalmente como heredero del Reino de Aragón al primero de sus hijos, el ya conde de Barcelona, retirándose de la vida pública. Nacida en Huesca, el 29 de junio de 1136, la reina aragonesa falleció en Barcelona, el 15 de octubre de 1173. Fue la última monarca del Reino de Aragón, como feudo individual, y la transmisora de la dignidad real que posibilitaría la unificación de distintas tierras y sus singularidades diversas, bajo la férula de la Corona.

Alfonso II, el Casto. Pedro II, el Católico. Jaime I, el Conquistador. Pedro III, el Grande. Alfonso III, el Liberal. Jaime II, el Justo. Alfonso IV, el Benigno. Pedro IV, el Ceremonioso. Juan I, el Cazador. Martín I, el Humano. Fernando I, el Honesto. Alfonso V, el Magnánimo. Juan II, el Grande. Fernando II, el Católico. Fueron los monarcas que, desde el siglo XII al siglo XVI, dirigieron, gobernaron, guerrearon y expandieron la Corona de Aragón.


Los diferentes territorios que conformaban la Corona mantuvieron sus peculiaridades, lenguas, leyes y privilegios hasta la subida al trono del rey de España Felipe V de Borbón, contra cuyos partidarios lucharon en la Guerra de Sucesión, apoyando la candidatura al trono de España del archiduque Carlos de Habsburgo, segundo hijo del emperador Leopoldo de Alemania.

El primer rey Borbón, consciente de tener el enemigo en casa, se vengó de aquellas tierras díscolas, que se habían opuesto a su entronización, firmando los Decretos de Nueva Planta, que ordenaban la supresión de las fronteras arancelarias, los fueros y todos los privilegios de los territorios que, durante siglos, formaron parte de la Corona de Aragón, pasando a regirse, desde ese momento y por mandato real, aunque no sin resistencia, por las leyes de Castilla.


De aquel pasado común de los territorios de la Corona queda, en la actualidad, la impronta del Signum Regni Nostri, las barras aragonesas que todavía conforman las banderas de Aragón, Cataluña, Comunidad Valenciana y Baleares, aun cuando determinado revisionismo histórico haya propiciado el ocultamiento y la tergiversación del pretérito compartido.



ANEXO



NOTA

El retrato de cuerpo entero, e idealizado, de la reina Petronila I, que ilustra el artículo, fue pintado por Manuel Aguirre Montálvez (1822-1859) y se halla en la Diputación Provincial de Zaragoza.

 

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«Vidas»: Archivo personal


Cada verso que vivo
es la herida de España que me duele
y me enciende la sangre
.

Un cambiarme la piel por la palabra
que me nace desnuda
y se abraza a la tierra
.

Cada verso que vivo
es la lluvia que me turba y estremece
los glóbulos más rojos
.

Un pedazo de lengua que se pudre
en su amargo poema
.

Cada verso que vivo
es un himno a la vida
y un respeto a la muerte
.
Luciano Gracia Bailo (1917-1986)


Suspiran, en las baldas combadas, los poetas muertos.

Susurran desde el tiempo carcomido arremolinando, en las esquinas de los estantes polvorientos, motas de palabras alguna vez leídas y sepultadas en la frivolidad del olvido.

Carraspean Guillermo Gúdel, Luciano Gracia e Ildefonso Manuel Gil, astillando la gaveta del presente donde se encierran los viejos apuntes del pasado.

Parpadea la mañana entre las rendijas del grueso batiente que amordaza el ventanuco.

Sueñan con humanos dedos misericordiosos los vates recluidos en el destartalado territorio de los xilófagos.

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«Frutos»: Archivo personal


Ya no se inclina hacia el río, asomada sobre  la barbacana, la solitaria higuera del Gortón [1] de Francisquer que, en peligrosa aventura, atraía a la chiquillería  del Barrio con sus morados frutos, invitándola a ascender por el ribazo pedregoso y resbaladizo hasta coronar las toscas y afiladas piedras que, a modo de muralla, cercan el terreno al aire libre que se halla entre la Iglesia y la Casa Parroquial. Ni las dos podas de rejuvenecimiento de las últimas décadas ni los ulteriores cuidados que se le dieron pudieron salvarla de la muerte. Y aún guardan en la retina quienes, hoy hombres y mujeres, sucumbían año tras año a su sugerente llamada desde lo alto, la imagen troceada del desdichado árbol, con sus raíces enfermas al descubierto, aguardando, sobre el empedrado de la plaza, la llegada del camión del Ayuntamiento.


De Francisco Placer Castillazuelo, Francisquer, sólo queda la lápida, recién recompuesta, con las fechas de nacimiento —1867— y muerte —1932—, toscamente cinceladas en la superficie porosa y gris. De los hechos y dichos de Francisquer, en cambio, se nutren todavía  varias generaciones de habitantes del Barrio.

Cuéntase que, en cierta ocasión, se hallaba Francisquer podando uno de los árboles cercanos al río. Mosén Damián, el cura de entonces, que vio desde el repecho de la barbacana en qué condiciones estaba el hombre cortando las ramas —alzando l’astral [2] sobre la misma rama en la que se hallaba sentado— le gritó: “¡Que te vas a estozar [3], Francisquer!”. Y como si la rama hubiera esperado la percepción del clérigo, tronchose y precipitó al aposentado en ella sobre un lecho de exuberantes zarzas que crecían entre los cortantes guijarros del suelo. Pasado el aturdimiento por el golpe recibido y una vez confortado por las palabras y la cura de urgencia que le proporcionó el sacerdote, vino Francisquer a deducir que mosén Damián estaba alumbrado por el don de la profecía, poniéndose desde ese mismo instante a su servicio con el afán, que así lo contó a sus convecinos del Barrio, de que el hombre de Dios le diera cuenta del día y la hora de su muerte.

Convertido, pues, Francisquer, en ayudante voluntario del mosén, dio este último en buscarle alguna tarea que le ahorrase la presencia constante del feligrés revoloteando en torno suyo, y no se le ocurrió mejor cosa que encargarle la limpieza del viejo cementerio, ya en desuso, que se abría a un minúsculo claustro y que contenía, bajo un bosque de tupidos hierbajos, las sepulturas de cuatro o cinco notables del Barrio —de filiación incierta— de los tiempos de Mari Castaña. Francisquer se aplicó a la labor convenida y el cura, que no solía pisar jamás el claustro de la Casa Parroquial, lo veía entrar y salir, siempre diligente, con una vieja carretilla desbordada de broza.

Pasado el tiempo y observando mosén Damián que la actividad en el viejo cementerio se mantenía con el mismo frenesí del principio, decidió asomarse al claustro para comprobar qué ocupación seguía entreteniendo al laborioso Francisquer en aquel lugar que, supuestamente, hacía meses que había sido recuperado a la maleza.

La incredulidad y el enojo, a partes iguales, paralizaron al sacerdote cuando, no bien hubo abierto la puerta que separaba la Abadía del camposanto, se dio de frente con varias hileras de abiertas lechugas sobresaliendo de la tierra húmeda, un conjunto de cañas entrecruzadas entre las que trepaban imponentes matas de judías y tomateras y cuatro o cinco filas de caballones de los que sobresalían las vistosas hojas de las patatas. Y, al fondo, junto al murallón de piedras cubiertas de hiedra que servía de frontera con la placeta exterior, afanábase Francisquer, jadico [4] en ristre, en maigar [5] un rectángulo de tierra con matas de cebollas.

—Por Dios bendito, Francisquer… —atinó a decir mosén Damián—. ¿Qué has hecho con los que estaban enterrados aquí?

—No se apure, mosén, que los tengo debajo para que den más sustancia—, cuentan que respondió el ufano hortelano.

Mosén Damián hubo de ser asistido por don Blas, el practicante, que tomó las riendas del asunto e hizo que Francisquer y otros parroquianos destruyeran el naciente huerto y devolvieran aquel espacio a su primitivo uso.

Cuentan que el clérigo jamás volvió a tener tratos con Francisquer y que éste comprendió, por fin, que mosén Damián —al que sobrevivió veintidós años— no le haría llegar recado de la fecha de su muerte.


Unos años después se colocaron losas de piedra sin pulir en las tumbas donde reposaban los restos humanos del claustro y, en la esquina lindante con la plaza de la Iglesia, transcurridas algunas décadas, vino a brotar y a desarrollarse, majestuosa, una higuera cuyas ramas, inclinadas hacia el río, regalaban sus preciados frutos a todo aquel capaz de olvidar que las raíces del árbol compartían el mismo lecho que los huesos descarnados de los desconocidos notables.

Y diose en llamar Gortón de Francisquer a aquel lugar.




NOTAS

[1] En aragonés, huerto pequeño.
[2] Id., el hacha.
[3] Id., desnucar.
[4] Id., azada pequeña.
[5] Id., entrecavar.

«El silencio del callizo»: Archivo personal


Recorre el silencio los callizos que la noche hace temibles y el día pintorescos. Tal vez sueñan las piedras de los edificios, dormidas en argamasa, con las manos que las cosquilleaban, impulsivas, hasta lacerarse las yemas de los dedos con el tosco y apreciado roce de su arenilla. Aún corretea la historia por esos adoquines rehechos bajo cuya geometría se compacta la tierra de siglos, que tapona el pretérito escorándose hacia las costanillas adyacentes y sus empinados escalones erosionados, con los recios y herrumbrosos barandales sirviendo de apoyo inveterado a los jadeantes cuerpos de notables y plebe, de turistas contemporáneos y errabundos sin prisas, capaces de entrever los últimos, entre las neblinas de los tiempos, la enjuta figura de Moshé Sefardí, médico, astrónomo y recopilador de cuentos, con el gorro capiello ladeado, avanzando por el callizo, con ágiles zancadas, en dirección al Palacio Real, abrazando contra su pecho media docena de pergaminos, multitud de veces raspados y vueltos a usar, para mostrar a su rey y señor, el reverencialmente llamado Batallador, a quien el estudioso judío, pronto converso, tanto debe y a cuya llamada acude, presto y fiel, tras las reiteradas escaramuzas de la población cristiana de la medieval Huesca contra la Judería de la ciudad. Restan pocos meses para que el sabio hebreo, tocado por tantas deferencias del monarca aragonés, reniegue de la fe judáica y se convierta en el cristianísimo Pedro Alfonso, polemista antijudío, y uno de los más reconocidos astrofísicos y escritores del medioevo nacidos en la capital del Alto Aragón.