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Posts Tagged ‘paisaje’

«Horizonte cambrilense»: Archivo personal


Rufo Batalla, el personaje que, dicen, es una prolongación de Eduardo Mendoza, se agita entre la cubierta frontal y la contraportada de El rey recibe, que reposa, nuevo y cuidadosamente velado por la toalla, sobre la hamaca recién abandonada en la playa semidesierta que un Sol timorato y borroso apenas se esfuerza por templar.

Sale del agua la señorita Valvanera —madura y arrecida ondina de las aguas cambrilenses— tatuando sobre la arena seca y encrespada los firmes contornos de los pies que, zancada a zancada, la acercan a la tumbona desde donde el horizonte trazado con escuadra y cartabón semeja al finis terrae, esa antesala de un novelesco precipicio poblado por criaturas que la inventiva de cada cual moldea a su capricho.

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«Palma»: Archivo personal


Cerca de quince minutos después de alcanzar con el monovolumen el Paso de Ciumârna, en las ondulaciones de Obcina Mare, llegan a la explanada, exhaustos, los tres ciclistas, con sus bicicletas sobrecargadas, a quienes el vehículo rebasó en mitad de la estrecha y serpenteante subida del puerto de montaña. Son tres amigos ucranianos que, como los cuatro ocupantes del monovolumen —en ruta hacia el monasterio de Moldovița—, se sienten atraídos por la insólita mano de hierro y hormigón armado, de siete metros de altura, que preside, entre diversas variedades de abetos y pinos, esa estribación de los Cárpatos Orientales.

En la pequeña explanada abierta alrededor de la escultura, dos puestos —uno de bebidas y carne asada y otro de souvenirs— dan la bienvenida a los sorprendidos viajeros, que circunvalan la base de la inmensa mano, suben y bajan por sus escaleras interiores, otean el bellísimo paisaje, se fotografían y preguntan a los expectantes empleados de los chiringuitos. “Monumentul drumarilor”, dicen. Se trata del homenaje a los trabajadores rumanos y húngaros que construyeron, en condiciones climáticas adversas, esa carretera, cuya fase inicial empezó en 1949 y que no concluiría hasta 1968, cuando, en ese mismo punto, a mil cien metros de altitud, el responsable de obras del trazado desde Suceava unió su mano a la del compañero que había dirigido la ejecución carretera partiendo de Ciumârna.

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«Nevazo»: Archivo personal


Apenas recorridos tres o cuatro kilómetros desde el túnel transfronterizo, recomenzó a nevar y los copos, que parecían engrosar conforme el monovolumen avanzaba, se mantuvieron constantes hasta las inmediaciones de Saint-Lary, donde empezaron a espaciarse hasta desaparecer, dejando en el aire una gélida estela que transitó el rostro de los viajeros cuando descendieron, notablemente abrigados, del vehículo.

      ¿Cuándo podremos ver a Bingo?, preguntó la pequeña, que todavía recordaba la visita a la Maison de l’Ours del año anterior y su primer contacto con Bingo, un oso pardo cercano a la treintena, criado en cautividad, e hijo de Charlotte, maltratada osa circense, que fue rescatada en 1991, junto con sus hijos, Bingo, Bouba y Apolo, de las penosas condiciones en las que se hallaban. De la familia úrsida inicialmente acogida, solamene sobrevivió Bingo, cuidado por humanos y, debido a ello, incapacitado para subsistir por sí mismo en libertad.


En la casa, Anne-Laure, la dueña —un bellezón de cabellos castaños y enormes ojos color miel— sirve rebosantes platos de garbure a sus huéspedes y en la espartana estancia, caldeada por una enorme chimenea de ladrillos agrisados, sólo se escucha el chisporroteo de las llamas lamiendo los chamuscados tizones y el cantarín roce de los cubiertos en la porcelana.

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«Susurros y caricias en Espinal»: Gorka Zarranz Fanlo


«Lo más parecido al cielo o al más allá podrían ser los días que pasamos juntos en el valle del Irati… el territorio más malditamente salvaje de los Pirineos.»-. Ernest Hemingway, en una carta a su esposa.


Una liviana y fresca brisa mañanera acompañó al mujerío todo el camino. Antes de avistar la antigua Casa de Baños de Iturrialdea se toparon con la pareja de turistas australianos de edad madura que, en pos del recuerdo de Hemingway, las había adelantado a las afueras de Espinal, mientras ellas se entretenían jugueteando con los caballos del señor Gabriel.


Hemingway había descubierto, amén de los Sanfermines, esa localización del Pirineo navarro allá por 1924. Con su esposa, Hadley Richardson, había tomado las aguas medicinales en ese mismo balneario y, sobre todo, se había ejercitado como pescador  siempre con una cesta de cervezas al lado de la de las truchas—  en el río Irati. De aquellas vivencias navarras surgiría su novela Fiesta, cuya escritura coincidió con el fin de su matrimonio con Hadley.


Cuando la pareja australiana emprendió el regreso, ellas extendieron las toallas e, indiferentes a los 14º de temperatura ambiente, se sumergieron, estremecidas, en las evocadoras aguas y se tendieron, entre temblores, bajo un Sol más testimonial que efectivo, dejando que las horas se deslizaran por sus cuerpos expuestos hasta que nuevas voces desbarataron el sortilegio y, todavía con los bañadores y los cabellos húmedos, dieron cuenta de los bocadillos de carne empanada que les habían preparado en el bar.

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«Impulso»: Archivo personal


Entre retamas amarillas, escobones y codesos, hollan los pies las agrestes rampas volcánicas donde se aglomeran, ante la mirada embelesada, basaltos, fonolitas, ignimbritas, relucientes bajo los rayos solares que las horas fortalecen sobre la piel expuesta de los excursionistas, aligerados de vestimenta, con la voluntad prensada entre los músculos mientras se acercan al primer roque[*], lo admiran, lo calibran y tantean su base las manos, familiarizándose con las rugosidades que parecen palpitar bajo los dedos que se aferran e impulsan brazos y piernas venciendo la gravedad.

Horas después, cuando el avión se desliza por la pista, sigue presente la pulsión en las sienes y cada geoforma de la caldera de Tejeda cincelada ad æternum en la memoria.


NOTA

[*] En Canarias, monolito natural, a modo de resto erosivo aislado, que destaca sobre una cumbre.

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«Distensión»: Gorka Zarranz Fanlo


Relajábase la yeguada de [Casa] Foncillas, indiferente a la voz de Melissa Etheridge que parecía llenar el despejado vallecillo circunvalado por arbustos y coníferas. Sólo Caminera, siempre familiar, se acercaba de vez en cuando al grupo humano  semiacostados sus miembros junto a una discreta agrupación de bojes—  para cabecear suavemente a la veterinaria.

Cuando Suzi Quatro tomó el relevo canoro de Etheridge, apareció Gorka, resoplando, con la recia mochila de los almuerzos reparadores. Distribuyó ordenadamente los bocadillos de pan de sésamo colmados de ternasco, lombarda y salsa de yogur y depositó en el centro las gisbergas negras[*], todavía bien frías, que todos se llevaron a los labios con fervorosa ansia.

 

…Y trotó la mañana del viernes, con el sol a cuestas, hacia la tarde.


NOTA

[*] La Gisberga es una cerveza artesanal elaborada en la comarca oscense del Bajo Cinca. Su nombre es un homenaje a Ermesinda, née Gisberga, primera reina de Aragón por su matrimonio con Ramiro I y madre de Sancho Ramírez, rey de Aragón y Pamplona.

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«Bañista en el basón»: Archivo personal


A la izquierda del camino los almendros ornan de falsa primavera el paisaje recorrido por la primera luminosidad diurna, extendiendo sus róseas y blancas flores hasta la faldilla del roquedal. Al otro lado de la imponente empalizada pétrea, un solitario pato se desliza, indolente, por el agua quieta del basón[1], esbozando lenes surcos que se desdibujan aun antes de que la mirada del paseante prenda en ellos.

Un círculo de piedras bien dispuestas, a modo de brocal, por humanas manos, señala el lugar donde antaño se erguía el imponente y último tejo, cruelmente cercenado para lustrar los techos de la pretenciosa casa conocida como la Perragorda.

El paseante, sentado en la orilla, con los pies desnudos hollando el arcilloso lecho donde se asienta el agua, contempla, con los ojos entrecerrados por el baño de luz, al ánade real, ahora inmóvil en el centro de la balsa. Sobre la hierba, que todavía retiene la humedad de la noche, reposan Milagritos Rueda, Froilán Carvajal, míster Witt y los insurrectos del cantón de Cartagena[2].

Ramón J. Sender ha vuelto, una vez más, a su rememorada Sierra de Guara.

Vuelan, remontando el roquedal, un trío de falzetas[3].


NOTAS

[1] En aragonés, balsa, charca.
[2] Personajes de la novela de Sender «Míster Witt en el cantón«.
[3] En aragonés, vencejos.

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«Mirador de Zamariain»: Archivo personal


Quieta la muchacha, erguida en la roca suspendida sobre el mar de robles que ondulaba levemente la brisa montuosa, dejóle la lluvia breve una partitura de húmedos arrullos que sólo las hamadríades pudieron advertir.

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«Flysch en Zumaia»: Archivo personal

 

Replegáronse las olas. Despedíanse desencrespando sus rizos entre las excrecencias rugosas de las margocalizas que emergían, con sus caprichosas láminas de hojaldre pétreo, conformando una inmensa lengua estriada que nacía más allá del acantilado, pendiente arriba, rozando la textura verdosa del prado inclinado hacia el Cantábrico.

¡Me encantaaaaaaaaaaa!”, gritó la pequeña aventurera, en precario equilibrio sobre la plataforma erosionada de la playa de Itzurun mientras la lancha de Ander se alejaba hacia Deba vigilada por la rasa mareal.

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«Boira preta»: Archivo personal


Al mediodía, intentó el Sol insertar el más sobresaliente de sus rayos entre la ahumada barrera de la niebla y, apenas unos instantes, se dibujó, entre la capota de nubes, una línea brillante que pereció rápidamente engullida por las densas masas atmosféricas.


En el vestíbulo del Ayuntamiento, dos estufas eléctricas que no conseguían doblegar la gelidez del espacio, fueron el detonante del conato de rebelión de los tres miembros de la Mesa Electoral Única, que, a las diez de la mañana, amenazaron con marcharse a sus casas.

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