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Posts Tagged ‘historias’

«A place for thoughts»: Gun Legler


A la casa del tío Inazio, el del molino de aceite, se la llama Casa O Medianero. El tío Inazio nació en Mediano, el pueblo sumergido, hace ocho décadas, pero lleva más de sesenta años en el Barrio, a donde llegó para prestar servicios de peón caminero y ayudante del molinero viejo. Cuando el tío Timoteo, el molinero viejo, falleció, el tío Inazio heredó las tareas del trujal, ejerciendo también de alguacil. Todavía se recuerdan en el Barrio los ecos de la chuflaina que precedían al vozarrón del tío Inazio anunciando los bandos de la Alcaldía o su todopoderoso corpachón en la porteta del molino, apuntando con un pizarrín los turnos para que las familias llevaran las olivas. Cuentan que se hicieron famosas, por repetitivas, las falsas correspondencias entre kilos de olivas depositadas y litros de aceite resultantes —siempre en beneficio de las familias que menos poseían—, aunque jamás los perjudicados se atrevieron a encararse con aquel gigante, del que, en hipérbole montañesa, se decía que era capaz de alzar, con la fuerza de un solo brazo, la piedra voladora del alfarje sin el menor resoplido.

El tío Inazio, pese a los años, conserva todavía su aspecto de ogro legendario de los cuentos infantiles y, al igual que en las mágicas historias, bajo ese barniz de fiereza habita un ser sencillo y tierno del que dan fe sus ojos grises, tan vivaces, que parecen haber quedado exentos del paso del tiempo.


Dejábanse vencer por las lágrimas los ojos del tío Inazio, arriba, en el tozal, mirando al Norte -siempre al Norte- desde la humilde sierra prepirenaica que parecía ponerse de puntillas para saludar a sus hermanas, las cumbres de los Pirineos.
…Y acaso el aire transportó el llanto silencioso más allá del ventisquero y se estremecíeron las desoladas piedras del pueblo sumergido.

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«Butterfly Effect»: Marko Beslac


Rita Vowe quisiera desmenuzar los casi setenta y cinco años transcurridos desde aquella tarde de 1938, cuando todavía se llamaba Rita Edith Trollmann y sentía, por última vez, en la fragilidad de sus tres años, el amor inmenso de su padre, Johann, que las abrazaba a ella y a su madre, Olga Frieda Bilda, con los dolorosos papeles del divorcio depositados sobre la mesa de la cocina. Johann y Olga  —gitano y gadjé[1]—  se habían casado en 1935, el mismo año del nacimiento de su pequeña Rita. Por amor se unieron y apelando a ese mismo sentimiento abandonó Johann Trollmann a quienes tanto quería para alejarlas del estigma de ser la esposa y la hija de un gitano alemán en aquella República de Weimar emponzoñada por los vientos del nazismo.

Más de setenta años tardaría Rita Vowe  —née Rita Edith Trollmann—  en conocer la historia de sacrificio, lucha y muerte del hombre que le dio, primero, la vida, y, después, la oportunidad de sobrevivir.


En Hannover, una calle corta, cercana a una iglesia, recuerda a uno de sus vecinos, el campeón de boxeo Johann-Wilhelm Trollmann, conocido como Rukeli, nacido en Wilsche, en 1907, en el seno de una familia sinti que se trasladó a Hannover, ciudad en la que transcurrió casi toda la vida de Johann y donde empezó a despuntar como boxeador. Rukeli, pequeño y delgado, tenía un estilo peculiar en el cuadrilátero, entre acróbata y bailarín, que los nazis consideraban afeminado y opuesto a los ideales de marcialidad y hombría que se presuponían en un buen alemán.

En 1933 disputó y ganó en Berlín el campeonato de Alemania de pesos semipesados; el título le fue retirado seis días más tarde con la excusa de haber practicado un boxeo poco masculino y una actitud  —había llorado de alegría ante su victoria—  alejada de los cánones nazis. Emplazado a un nuevo combate con la prohibición expresa de boxear como lo hacía habitualmente, Johann se presentó en el ring con el pelo teñido de rubio y el cuerpo enharinado  —en peligrosa burla contra los postulados arios—  y se mantuvo quieto mientras su contrincante golpeaba su rostro. Resistió cuatro asaltos antes de caer, ensangrentado, al suelo.

Desposeído de su título e inhabilitado para boxear, sobrevivió gracias a algunas peleas en circuitos clandestinos. En 1939 fue detenido y esterilizado. En noviembre de ese mismo año hubo de enrolarse en el ejército y, un tiempo después, fue enviado al frente oriental, donde sería herido y devuelto a Alemania.

El 16 de diciembre de 1942, Himmler, en lo que se conoce como Decreto de Auschwitz, ordena la deportación de todos los gitanos que todavía no habían sido confinados en campos de concentración y Johann Trollmann es detenido por la Gestapo y llevado al campo de concentración de Neuengamme, donde trabajará hasta la extenuación, como el resto de prisioneros, en la fabricación de ladrillos y será obligado a boxear para regocijo de los guardianes, con la promesa de recibir una ración extra de alimentos. Dada su extrema debilidad, un grupo de prisioneros decidió hacerle pasar por muerto. Con una falsa identidad es transferido al campo de Wittemberge donde, unos meses después, en 1944, será reconocido y obligado a pelear contra uno de los kapos. Rukeli, debilitado pero con un último conato de dignidad, se enfrentó a su guardián, que terminó rodando por el barro del campo entre las risotadas del resto de los carceleros. El hombre públicamente humillado se hizo con un palo y la emprendió a golpes contra Johann. Hasta la muerte. Después, el olvido. Hasta que los esfuerzos de su sobrino nieto, Manuel Trollmann, por recuperar la memoria y los logros de aquel gitano asesinado a golpes, desempolvaron su historia.


En el año 2008, la publicación del libro Leg dich, Zigeuner. Die Geschichte von Johann Trollmann und Tull Harder, de Roger Repplinger, aportaría datos imprescindibles para conocer el bárbaro final de Rukeli. En la narración, el autor contrapone la biografía de Johann Trollmann, boxeador preso en un campo de concentración por su condición de gitano, con la del futbolista Otto Tull Harder, ídolo alemán afiliado a las SS que fue guardia del campo de concentración donde fue recluido Rukeli. Harder fue juzgado por crímenes contra la humanidad al finalizar la guerra europea. Condenado a quince años de prisión, de los que cumplió diez, falleció en Hamburgo en 1956. En 1974, con motivo de la Copa Mundial de Fútbol, se editó en Hamburgo un folleto en el que se ensalzaba a Harder como «modelo a imitar por la juventud«, lo que provocó un escándalo que obligó a retirar todos los ejemplares publicados.



POST SCRIPTUM

  • Heinrich Trollmann, llamado Stabeli, hermano menor de Rukeli y también boxeador, fue deportado a Auschwitz, donde murió en 1943. Tenía 27 años.
  • En el año 2003 la Federación Alemana de Boxeo entregó a la familia Trollmann el cinturón de campeón de los pesos medios obtenido por Rukeli en 1933 y del que se le había despojado por cuestiones raciales.
  • En junio de 2010 se inauguró un monumento de homenaje a Johann Trollmann en el Viktoria park de Berlín.
  • En enero de 2011, el remodelado pabellón de deportes berlinés levantado en el mismo lugar donde, en 1933, Rukeli obtuvo y fue despojado de su título de campeón, fue renombrado como Johann Trollmann Boxcamp.

NOTAS

Der zu späte Sieg (La victoria tardía) es el título de una canción contenida en el CD «Trollmann», del grupo Spätlese.

[1] Dícese, en rromanés, de la persona que no pertenece a la etnia gitana.

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«Photoart»: Teddynash


A la abuela Nené se le escapan los recuerdos entre las rendijas de sus probables noventa años que la familia celebra cada primero de enero, en una fecha elegida a ciegas que consta en la vieja documentación proporcionada por la Cruz Roja al finalizar la segunda guerra que devastó Europa. Aquellos papeles perlados de imprecisiones, salvadoras mentiras y olvidos conscientes convirtieron a la abuela Nené, al abuelo Lájos y a sus cuatro hijos  —posteriormente nacerían otros cuatro más—  en ciudadanos franceses. “Mi primer hijo nació en España, los otros tres en Suiza y los siguientes en Francia”, dice rápidamente, como si se tratara de una lección memorizada, mientras Maritza toma nota en una delgada libreta de tapas ambarinas.

Maritza es periodista freelance y, al igual que la abuela, de origen portugués, aunque residente en Leipzig. Llegó a Béziers, donde reside la abuela Nené, avalada por Tony Gatlif, sobrino lejano de la abuela, para documentarse sobre la vida de los gitanos europeos durante la guerra. “Desde que murió mi padre, mamá se ha ido apagando”, confiesa Malika, la hija que cuida de ella. “Ni siquiera le hemos dicho que mi hermano mayor, Barsaly, ha muerto… Muchos días, al despertar, le cuesta reconocerme… Me mira sin verme realmente. Pero jamás se olvida de mi padre… Todas las mañanas me pide que la saque al jardín donde está el monolito con las cenizas de su marido. Allí se sienta y se queda traspuesta hasta que la obligo a entrar en la casa… “.

Maritza fotografía las paredes del cuarto de estar, donde se acumulan las imágenes familiares. Hijos. Nietos. Bisnietos. Tataranietos. Muros de historia con rostros congelados en momentos únicos que ella, Poupchen, la abuela Nené, va olvidando como si jamás hubieran existido.

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Autumn/Otoño

«Autumn/Otoño»: Cristina Garrosa Navarro


Cerca la calígine las sinuosidades del familiar tozal donde preparan las necrófagas sus vuelos y se cierne un mediodía gris sobre el tejadillo del porche del restaurante del Salón Social, donde las voces de la Orquestina del Fabirol rememoran la historia de Mariano Gavín Suñén, celebrado bandolero al que Olarieta, la mañosa cocinera, considera medio pariente por compartir con él primer apellido y procedencia geográfica.

Los platos del día  —patas de cordero en salsa de almendras y tartaleta de ternera al vino rancio—  inundan el comedor de envidiables aromas. La señorita Valvanera, sentada ante su ración, se arremanga el jersey de cuello cisne y, desdeñando los cubiertos, recoge una pieza de cordero entre los dedos y se la lleva a la boca con deleite; la saborea, la desprovee de la carne y deposita los huesecillos en un lado del plato; después, sumerge los dedos en un bol con agua y limón, los seca suavemente con una servilleta de papel y procede a dar buena cuenta del siguiente trozo. “Esta mujer es elegante hasta cuando come con los dedos”, susurra Josefo, el hijo de Olarieta, a la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, entretenida en separar, bien pertrechada con cuchillo y tenedor, las pequeñas extremidades de su gelatinosa carne.


Cuando los empanadicos, las trenzas, los cafés y los licores consiguen desvanecer los rastros del almuerzo, ya ha cubierto la niebla, con su ahumado tul, muros, tejados, lomas, campos y arboledas.

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«Fall Colors»: Richard J. LaPenna


Se desparrama el color por la vieja pista forestal y el viento de la Sierra de Guara arremolina la hojarasca que festeja el otoño para depositarla, en volandas de bucles, sobre los prados y peñas que festonean la senda de los irrecuperables paseos con Bachir.


Sabah El-Jer—, saludaba él.
Buenos días—, saludaba ella.
Y crujían las hojas bajo sus todavía diminutos pies infantiles, acompañando las risas y los gestos que componían el universal lenguaje de quienes vadean las fronteras de los idiomas con imaginación y armonía.

Hasta mañana—, se despedía ella.
Ila-Lgad—, se despedía él.
E iba noviembre perfilando el contorno níveo de la sierra amada.

Ahí sigue la senda, con su amalgama de hojas amarillas, marrones, coloradas, como si las vivencias de aquel otoño de hace más de treinta años estuvieran adheridas a los frágiles peciolos desprendidos de las ramas y el joven Bachir, el pequeño saharahui de maravillosos ojos color caramelo, la esperara al final de la calle Baja para ascender, juntos, hasta el mirador natural del picacho, donde reposan los alimoches de sus circulares recorridos aéreos sobre las parideras en las que agonizan, involuntariamente rezagadas, las ovejas añosas.

Nunca se reencontraron. Una única carta, escrita en una extraña mezcolanza de hassanie[1] y francés, diez años después, fue el último vínculo de una amistad forjada a la sombra del Prepirineo. Una única carta, con matasellos de Dajla, traducida trabajosamente y con una posdata sorprendentemente escrita en castellano:

Para cuando marchen
los últimos pájaros
yo no seré nadie.
Sólo una hoja escrita
con dolor y sangre”.


…y ella, la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, resucita cada otoño la esperanza de volver a ver al amigo de la infancia, el niño  —hoy ya hombre—  Bachir.



Dicebamus hesterna die…


NOTA

[1] Lengua saharahui derivada del árabe clásico.

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«Prisoner of Time»: Marie Otero


La primera y penúltima vez que Senén Hernández estuvo en Madrid fue cuando les dieron garrote a Savi Puig y a Heinz Chez. Las ascuas democráticas europeas y hasta Pablo VI -que no era demócrata pero sí consecuente con lo predicado por el Hijo del Jefe- se habían avivado hasta conformar una hoguera de considerables dimensiones, aunque ni una sola de sus llamas consiguiera lamer los portalones custodiados de las embajadas y consulados que el herniado general Franco había conseguido instalar en cada una de las capitales de la progresía -o contubernio judeomasónico, en lenguaje del régimen-. Senén Hernández únicamente supo  -le dijeron-  que Puig y Chez eran anarquistas. Anarquistas, fíjese. De los que ponen bombas. De los que queman iglesias, violan monjas y castran curas. A Senén Hernández le señalaron el día y la hora de la partida y, allá que se fue, con el traje de las bodas -el mismo con el que luego casaria tres hijas- y sin más equipaje que el bocadillo de mortadela envuelto en papel de estraza que le entregó una señorita de luminosa sonrisa y manos regordetas.
Luego le explicaron que aquello era la Plaza de Oriente. Pero Senén Hernández ni siquiera fue consciente de la conformación del suelo que pisaba. Alzó la cabeza -y aun el brazo- cuando la vocecita del hombre del fajín recordó las sempiternas maldades de los enemigos de Dios y España, esos que se aliaban con los malvados rojos para destruir a la nación de naciones, al país de héroes, santos, apariciones virginales, heroicos militares, ardientes guerreros y amantísimas esposas.

Su segundo viaje a la capital  –inmensa, inmensa, diría a sus compañeros de guiñote del Salón Social-  lo hizo dormitando sobre el asiento convenientemente reclinado de un moderno autobús; alguien había regulado el aire acondicionado y la suave brisilla le daba, de refilón, en el rostro. Senén Hernández retenía en sus manos un botellín de agua de Lanjarón  –era de Lanjarón, de la que anuncian en la tele, aseguraba-  que le había dado, en la puerta del autobús, una jovencita de camiseta anaranjada y visera del mismo color. En esta ocasión no había habido bocadillo de mortadela. Pero su vecino de asiento, un muchachito de aspecto aseado, le había pasado una bolsita de bocabits, un folio DIN-A4 con la inscripción “(z)ETA(p), NO” y un rectángulo de tela con los colores de la bandera española y la silueta de un toro azabache sobreimpresionada.

Fue la última salida fuera del Barrio de Senén Hernández antes de que el alzheimer condenara al ostracismo sus ingenuos remedos de epopeyas.


Procesiona el Barrio la mañana del último y soleado día de septiembre acompañando, silente, a su vecino Senén Hernández, cartero jubilado, exmilitante de la Unión Sindical Obrera, asceta, andarín, tañedor de bandurria y severamente sordo.
Mira el sol el cortejo de enfiladas hormigas endomingadas caminando, con pasos contenidos, por el ondulante sendero que asciende, entre tierra y gravilla, hasta el camposanto.

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«New Forms.- Arno Rousseau»: Philippe Abril

 

Ayer finalizaron las obras de demolición de Casa Palomeque. Únicamente la fachada, con sus portentosas ventanas ojivales y el laborioso artesonado bajo los alféizares y balconadas, seguirá enseñoreando la plaza y recordando a la buena de Marina, dama entre las damas, -«la última de los Palomeque«, como se la llama siempre-, fallecida en la primavera de 2006 y memoria perenne, durante noventa y ocho años, de los aconteceres del Barrio.

Aún se habla en el Barrio del viejo Palomeque, el padre de Marina, un buhonero que, en la última década del siglo XIX, recorría la comarca portando, sobre un armazón de madera colgado a la espalda, sus pequeñas mercaderías -cordones, botonaduras, cuerdas, lamines, telas…-; aunque, cuentan, su mejor negocio fue matrimoniar con la dueña de la tahona, huérfana y viuda a cuenta del cólera, que no tardó en fallecer, víctima de fiebres puerperales, dejando al antiguo buhonero con un buen patrimonio que administrar y un bebé, Marina, cuya sola existencia fue suficiente para perdonar los continuados desmanes del padre. Porque, conforme se disparaba la insensatez del viejo Palomeque  -dipsómano, mujeriego y despilfarrador-, crecían las virtudes de su hija, a la que se apreciaba con tanto fervor que los trabajadores de la casa se mantenían en sus labores pese a que los jornales les llegaban exiguos y con demora.

La casa de los Palomeque, surgida del desvarío del nuevo rico, fue, en su época, lugar de reunión de rentistas y pisaverdes a los que, de vez en cuando, se unía algún prestamista, más preocupado por el cobro del último pagaré firmado por el viudo que por las juergas que se corrían los señoritos que ayudaban a gastar los últimos cuartos de la hacienda.

La joven Marina, entre tanto, se refugiaba  -con sus labores de bordado-  en el jardín, en un templete donde, junto a un vistoso cenador, había instalada una pajarera de grandes proporciones en la que moraban exóticos pájaros que, poco habituados al clima, terminaban muriendo o -al decir de alguna criada- escabechados en la cazuela en los tiempos  -que los hubo-  de gran ostentación en la vestimenta pero escasa pitanza.

A la muerte de Palomeque  -todavía joven pero brutalmente desgastado por los años de exceso-  sólo pudo salvar su hija la propiedad de la casa y, aún con el cadáver caliente del padre, se vio obligada a deshacerse de muchos de los lujosos enseres domésticos que ornamentaban salones y alcobas.

En los años posteriores, Marina supo sacar provecho de los tiempos de opulencia de Casa Palomeque, cuando su padre, queriendo convertirla en una señorita de posibles, hizo que recibiera lecciones de solfeo, francés y bordado. Las hijas de las que un día fueron las criadas de Casa Palomeque se convirtieron en sus alumnas de piano y en el primer grupo de hábiles tejedoras, germen del actual, origen de una floreciente industria de artesanía en la que, de una u otra forma, colaboran todas las mujeres del Barrio.

Cuando Marina Palomeque, mayor ya, se retiró, escrituró la casa como cesión al Barrio y buscó acomodo en una residencia de ancianos regentada por religiosas.

 

En el pleno del Ayuntamiento celebrado a principios del mes de septiembre, se decidió, con la participación asamblearia de todo el vecindario, construir un albergue en la que siempre será Casa Palomeque. Ahí sigue, tras los andamios que la sustentan, su original fachada. Respetada. Como ella, Marina, pidió.

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«Fata Morgana»: Karin Kuhlmann


Se nos ha ido Sabina”, anuncia la señorita Valvanera, la antigua maestra. Un cirro devenido en bajel vaporoso dirige su efímero casco hasta la Prairie des Filtres, donde el Garona traía y llevaba los recuerdos de la frágil Sabina, la mediana de las hijas del Pajarico, aquel inclasificable anarquista que renegaba de todas las patrias pero se emocionaba hasta el llanto cuando la voz de Camila Gracia inundaba su espíritu de ese cierzo de las tierras oscenses a las que,  sin embargo, jamás deseó regresar.

A Sabina, que emprendió la ruta del exilio, en 1939,  junto a sus padres y hermanas,  con trece años y sin más equipaje que el miedo, los recuerdos se le apilaron, caóticos, el resto de su vida, tan distantes, a veces, que parecían apegados a un siglo descolgado de la historia; otras, en cambio, los reproducía con tanto detalle que cualquier oyente tenía la sensación de poder rozarlos únicamente echando medio paso atrás en el tiempo. Caridad Olalquiaga formaba parte de estos últimos. Sabina la conoció, según contaba, en uno de esos campos de internamiento donde las autoridades francesas amontonaban a los republicanos españoles en desbandada. Caridad, maestra, había sido detenida por los sublevados en Jaca bajo la acusación de obligar a su alumnado a cantar La Internacional; la intervención de otra maestra, compañera suya y casada con un militar golpista, evitó que ella y Pilar Ponzán, con la que compartió encierro jaqués y actividades clandestinas en Francia, fueran asesinadas.

Instalada la familia de Sabina en Toulouse -donde Pajarico, el padre, trabajaba en una imprenta en la que se falsificaban cédulas de identidad-, el contacto con Caridad Olalquiaga se mantuvo durante algún tiempo. Casada Caridad con el filólogo y resistente anarquista Salvador Aguado Andreut, enlace de la Red Ponzán, viajó con él clandestinamente a España para retornar otra vez a Francia desde donde, a finales de los años cuarenta, marcharían a tierras latinoamericanas junto a su hija Siang. Después, nada. Sólo los recuerdos deshilvanados de un tiempo nunca derruido.


A principios de los años sesenta, Sabina matrimonió con André, un pied-noir con el que se instaló en París. Su hija, llamada Siang, como la de Caridad Olalquiaga, nació en 1963 aquejada de una grave enfermedad cardíaca, de la que moriría unos meses después. No hubo más hijos. Cuando André falleció, en 1990, Sabina regresó a Toulouse, la ciudad que tanto amaba. Murió mientras dormía, el 28 de agosto de 2012.





ANEXO

 

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Sisley siempre será el gato de la Nena; un gato gordo, paciente y tuerto, de la camada de felinos obtenidos por inseminación artificial que la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio fue dando en adopción a las personas que consideró idóneas. Los criterios de idoneidad que antepuso la veterinaria tuvieron su coste: El ojo izquierdo de Sisley, una denuncia por maltrato animal contra el hijo de la entonces alcaldesa y la enemistad perdurable entre la veterinaria y el grupo político mayoritario en la alcaldía.
La Nena, ajena a la polémica suscitada, encontró en Sisley el compañero más adecuado para sus sencillos planteamientos cotidianos.

La Nena sobrepasa la cincuentena. Es cándida, afable, bella y silenciosa. Un derrame cerebral en plena adolescencia le arrebató los sueños de futuro dejándole, a cambio, sus hermosas facciones aparentemente inmunes a los años transcurridos y una juvenil sonrisa que ni siquiera desapareció de su rostro durante los días de convalecencia del gato, tras habérsele extraído el globo ocular.

Seguía sonriendo esta mañana, acunando a Sisley entre sus brazos, mientras su hermana le explicaba a la veterinaria que se llevaba a vivir a la Nena con ella a la ciudad, en un apartamento “donde no nos es posible tener un gato”.




Dicebamus hesterna die…

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«Loveletter 1»: Christel Dall


Piluca, Isabel, Carmen, Asún…

Planeaban los recuerdos por los abrigos, tozales y covachos del misterioso País de La Oscitania, allí donde el dios Lug[1] impregnaba las tizas con el espiritual icor de los sortilegios y unas decenas de corazones infantiles practicaban la nueva conjugación del verbo Amar mientras el tomillo regalaba su milenario aroma.


Galopó el tiempo, encabritado, lanzado hacia los sueños del futuro que el presente de ayer ornamentaba con ingenuos dibujos de esperanza.

Abrió la floresta sendas en su lecho y agitaron las aguas de los ríos, en cantarino adiós, sus crestas bravas.

Remontó el cierzo los años viejos, zigzagueó entre rutas de folios, carnavales, pupitres, canciones y pizarras; barrió pueblos, parques y colmenas. Removió tejados, peinó las piedras de las torres albarranas, preguntó a los torrentes y sobrevoló las cortadas. Gritó, imploró. Y las grutas le devolvieron la reverberación herida de los pasos.

(…pero la vida sigue siendo ese soplo de dióxido lanzado al otero de los quebrantahuesos que devuelven las carrascas en agradecido eco generosamente oxigenado).


NOTA

[1] Dios de la Luminosidad en la mitología celta.

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