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Posts Tagged ‘Guerra Civil’

«El gato de la basa»: Archivo personal


El primer libro-fórum organizado por Las Tejedoras —Asociación de Mujeres del Barrio— se celebró quince años atrás, en el espacio cedido por el señor Anselmo a la Asociación de Cultura Popular.

Dos semanas antes había sido depositada en el cementerio la urna con las cenizas de Servando Altemir (1912-2000), hijo del Barrio, emigrante en Barcelona, militante del POUM y exiliado en Francia desde 1938. Viudo y sin hijos, Servando mantenía una estrecha comunicación epistolar con el señor Anselmo desde finales de los cincuenta y, unos meses antes de morir, había confirmado su asistencia a las Jornadas Culturales del Barrio para dar una charla sobre sus avatares, como miliciano poumista, en la Sierra de Alcubierre. Las Tejedoras, en contrapartida, pensaban regalarle un curioso libro, con dos cuentos inéditos de Joaquín Maurín, prologado por el propio hijo del antaño dirigente del POUM, y recién publicado por el Instituto de Estudios Altoaragoneses.

Fue el mismo señor Anselmo quien propuso convertir en libro-fórum la imposible charla de su amigo Servando, utilizando para ello el obsequio destinado al difunto. Y así fue como ¡Miau! Historia del gatito Misceláneo, un conjunto de relatos protagonizados por un gato de la cárcel de Jaca, escritos en dicha prisión entre el 1 de marzo y el 10 de abril de 1937 por Joaquín Maurín Juliá —cuando todavía no había sido reconocido por sus captores y se hacía llamar Joaquín Julió Ferrer, de profesión traductor— volvió a triunfar en público sesenta y tres años después de haber sido ideado.


«(…)Había en la prisión un gatito que nadie sabía de dónde había salido, ni cómo había entrado. Caridad[1] le dio el nombre de Misceláneo. Todos lo querían, pero no sé por qué me demostraba una cierta preferencia. Los demás presos le llamaban ¡Misceláneo! ¡Misceláneo!, pero Misceláneo no hacía caso. Pero si era yo quien decía ¡Misceláneo! venía a mí, se dejaba acariciar y se ponía a ronronear. Por la noche, cuando estábamos acostados, saltaba por encima de los demás hasta que me encontraba a mí…

¿Cómo no agradecer a Misceláneo esa demostración de afecto?

Decidí escribir sobre Misceláneo. Pensé que quizá la lectura podría interesar a Mario[2].

Escribí la biografía. La ilustró Julio Sánchez, pintor de brocha gorda; fue puesta a máquina y encuadernada. Título: ¡Miau! Historia del gatito Misceláneo.

Creo que después de la Historia de San Michele, el libro cuya lectura tuvo más éxito en la prisión fue la biografía de Misceláneo…».- Extraído del libro Cómo se salvó Joaquín Maurín, de Jeanne Maurín.


NOTAS

[1] Caridad Olalquiaga.
[2] Mario Maurín, hijo de Joaquín.

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«Estela funeraria. 1936-1945. Huesca»: Archivo personal


Todos los nombres. Quinientos cuarenta y cinco.

Uno a uno sonaron los nombres. Cada uno. Y se prendieron de la lluvia leve y silenciosa para regresar, con ella, a la tierra jubilosa donde, en unos meses, cimbrearán los diminutos árboles plantados.
Hijas, nietos, sobrinos, bisnietas, hermanos compusieron en sus labios los nombres silenciados de las quinientas cuarenta y cinco personas asesinadas en la invicta Huesca de los militares sublevados.

Todos los nombres. Uno a uno.

El anciano tozal  hoy parque Mártires de la Libertad—  desprendiéndose del olor a muerte y oprobio, mira a la ciudad bajo el cielo agrisado. Yérguese maquillado de fiesta, con sus imposibles cuestas arenosas y sus cimas alopécicas aseadas, con su ladera norte ocultando los rastros de los vergonzosos osarios bajo compasivas y diseminadas matas de hierba.

Ondean hoy banderas en sus cúspides redondeadas y se agrupa la ciudadanía en la cresta del homenaje con el esfuerzo del ascenso dibujado en el rostro.
Sones de gaitas, tamboriles, guitarras, chelos, violines… Y los nombres. Uno a uno.
Resucitan en el rejuvenecido tozal los prohibidos nombres durante años apenas susurrados.

Óyelos, ciudad invicta. Los hijos e hijas despreciados por la historia impuesta han vuelto a casa.

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«Lux et umbra»: Archivo personal


La matanza fue el domingo, 23 de agosto de 1936. De los horrendos sucesos acaecidos en las afueras de la ciudad siempre se supo, pero el temor y el sufrimiento abotargaron los recuerdos de la ciudadanía hasta que, siete décadas después, el concienzudo periodista y escritor Víctor Pardo Lancina y el inolvidable y polifacético Manolo Benito Moliner rescataron de la amnesia colectiva la dantesca historia de las desgraciadas víctimas de la saca del 23 de agosto, «salvajemente apaleadas, torturadas y finalmente linchadas hasta la muerte».

Huesca, que había votado masivamente a la izquierda en las últimas elecciones republicanas, quedó, desde los primeros días de la guerra, en manos de los sublevados, convirtiéndose en una ratonera para toda aquella persona de ideas contrarias que no pudo huir de la ciudad. Pronto empezaron las detenciones y fusilamientos de quienes se habían significado como izquierdistas y republicanos convencidos.

La ciudad fue cercada por los valedores del gobierno legal y en agosto se produjeron los primeros bombardeos; en el del 23 agosto, dos personas muertas por el impacto de las bombas de la aviación republicana fueron el detonante para que las autoridades del nuevo orden y sus cómplices con sotana aprovecharan la angustia y el desconcierto de la población para culpar a las hordas rojas, representadas por cerca de un centenar de personas encarceladas en la ciudad, de los males pasados, presentes y venideros.

En ese ambiente de manipulación, ira y pánico, la Comandancia de Huesca «procedió a liberar» a noventa y seis de las personas presas dejándolas, a continuación, en manos de un grupo de hombres que, a la vista de toda la ciudad, cargaron a las recién excarceladas gentes en varios vehículos dirigiéndose a las afueras entre improperios contra los detenidos y vivas a España y a la Falange de unos vecinos y el doloroso silencio de otros, familiares, amigos y conocidos de los noventa hombres y seis mujeres  entre ellas, Conchita Monrás, esposa de Ramón Acín—  cuyo espeluznante final fue silenciado durante setenta años.


«Es muy difícil conseguir información sobre lo ocurrido, pero una persona valiente nos ha ofrecido un testimonio impagable: La matanza debió tener lugar en Las Mártires o en algún punto del norte de Huesca, en las afueras. Agustín Justes López -ya fallecido- se encontró con un grupo de hombres que volvían de la matanza. De entre ellos, llamó especialmente su atención uno. Un hombre alto y corpulento que vestía un “mono” de trabajo. La parte superior del “mono” estaba ostensiblemente manchada, muy manchada, de sangre. Agustín me dijo como se llamaba, lo he olvidado, pero sé que era una persona muy conocida, matarife del Matadero Municipal. Este hombre, muy excitado, se ufanaba a gritos de haber matado a varias personas “sin malgastar balas”, sólo con una especie de gran cuchillo que portaba, y utilizando las artes y técnicas propias de su oficio de matarife.»Manuel Benito Moliner.




IN MEMORIAM,

Luis Aineto Bimbela. Severiano Álvarez Saavedra. José Allué Martínez. José Arnal Mur. Ramón Arriaga Arnal. Clemente Asún Bergés. Máximo Atarés Tolosana. José Azorín Ferriz. Antonio Bajén Blanch. Rafaela Barrabés Asún. Victoria Barrabés Asún. Eduardo Batalla González. María Sacramento Bernués Estallo. Lorenzo Bescós Santalucía. José Blanch Pujadó. Adrián Boned Ulled. José María Borao Belenguer. Gabriel Buendía Barea. José Cajal Jalle. Alejandro Calvo Campo. Modesto Casasín Mavilla. Francisco Castán del Val. Mariano Catalina Mata. Francisco Ciprés López. Emilio Coiduras Ascaso. Desiderio Conte Guiral. Carlos Elías Hernández. Martín Escar Belenguer. Francisco Escario Allué. José Espuis Buisán. Valeriano Estaún Ramón. Eduardo Estrada Acedos. Antonio Ferrer Escartín. Antonio Forcada Visús. Eugenia Funes Tornes. Jesús Gascón de Gotor. Alonso Gaspar Soler. Ángel Gavín Pradel. Macario Gil Alastruey. José María Gracia Bretos. José María Gracia Cabellud. Gregorio Gracia Lanuza. Cándido Iguacel Campo. Manuel Jal Viñola. Carlos Jos Fontana. Manuel Lalana Vicente. José Laliena Lasierra. Jesús Lamela Bolea. Santiago Lanao Sanvicente. Mariano Laplaceta Carrera. Máximo Larripa Bardají. Gaspar Larroche Salillas. Manuel Lasierra. Jesús Latorre Clavería. Alejandro Luzán Biarge. Juan Llidó Pitarch. Francisca Mallén Pardo. Guillermo Marzal Gómez. Francisco Martínez Dena. Desiderio Maurel Puyol. Augusto Miñón Alonso. Pío Monclús Lafarga. Concha Monrás Casas. Santiago Muñoz Nogués. Francisco Obis Lisa. Pablo Ordás Tafalla. Jesús Otal Viela. Jesús Pallarés Ferrer. José Pascual Labarta. Adolfo Pastor Santamaría. Antonio del Pueyo Navarro. Alberto Pueyo Peleato. Faustino Pueyo Peleato. Francisco Puig Capdevila. Carlos Raimúndez Marco. Francisco Ramón Doz. Andrés Rivas Ferrer. Saturnino Rodellar García. Isaac Royo Alfonso. José Ruiz Galán. Antonio Sanagustín Sanagustín. Jerónimo Sánchez Cama. José Sansan Viu. Jerónimo Sanz Arbona. Pedro Sanz Ciprián. Pedro Sanz Peral. José Sarasa Juan. Jesús Sarraseca Fau. Manuel Soneiro Casasnovas. José María Teller Torres. Inocencio Tolosana Alayeto. Fidel Torres Escartín. Ramón Val Bernal. Baltasar Villacampa Oliván. Lázaro Viñau Aranda. Saturnino Virto Anguiano.

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Fachada de la Residencia de Niños (Huesca)



Él venía a dolerse de la vida y sus odios,
de la inútil batalla que los hombres urdían,
del feroz llamamiento de los cuerpos helados.

Él no pudo escapar del momento culpable,
como no pudo huir de sus voces escritas.

Casi siempre fue río; raras veces fue mar.
Se perdió por sus pasos entre las cordilleras,
aunque rozó los musgos de la orilla ensombrada
o la rugosa base de un árbol taciturno.

(De Término del aire.- Guillermo Gúdel).


Brilla el balón danzante en la tarde-noche iluminada por los focos en el espléndido campo de fútbol, en la trasera de la Antigua Residencia Provincial de Niños convertida en dependencia del Campus Universitario. Desde el pretil de la carretera del Trasmuro, con la doliente muralla de la vieja Huesca a la espalda, contemplan los escasos y abrigados espectadores las carreras y evoluciones de los contendientes. Más allá, entre la neblina, las mansas aguas del Isuela discurren, en silencio helado, hacia el oeste de la ciudad.

La niebla se cierne sobre los pisos superiores del antiguo orfanato. Tras sus consistentes muros ya no corretea el frío ni se ceba en los cuerpecitos durmientes de los hospicianos ni acallan las monjas, algunas inmisericordes, los llantos sofocados de los más pequeños, tristes sinfonías que invadieron las noches de Guillermo Gúdel y que él, en su vejez, recordaría como si el tiempo transcurrido desde su condición de asilado no hubiera atemperado aquellos nocturnos de desdichas.
Guillermo Gúdel. Poeta. Hombre bueno. Tristeza perenne.


Nació Guillermo Gúdel Martí el 21 de febrero de 1919 en Coscojuela de Fantoba (Huesca), a los pies de la aldea romana de Monte Cillas, paraíso arqueológico entre almendros, vides, frisos y estelas funerarias; agreste paisaje de sueños y poemas. Con tan solo ocho años se quedó sin padre, y la madre, con seis hijos a su cargo y la mente desquiciada, huyó sin rumbo llevándose al pequeño Guillermo y a otros dos hijos, a los que abandonó en Barbastro. Guillermo y sus dos hermanos fueron internados en la Residencia Provincial de Niños de Huesca, donde el poeta pasaría los siguientes nueve años. En Huesca aprendió el oficio de impresor, que sería su sustento en los años venideros.

El estallido de la guerra (in)civil acentuó todavía más ese sentimiento de desdicha que acompañaría su devenir hasta el final. La caída de una bomba en el orfanato, que causó muchas víctimas entre los pequeños allí cobijados, hizo que las autoridades de la ciudad  en manos de los nacionales—  enviaran a algunos huérfanos al Hogar Pignatelli de Zaragoza; entre ellos a Guillermo. En las mismas fechas fue fusilado su íntimo amigo Blasito Montull, también hospiciano, de 16 años, acusado de ser un enlace de las tropas republicanas que asediaban Huesca.

En Zaragoza, sin lograr sobreponerse a los horrores vividos, continuó trabajando de impresor hasta que, en 1938, fue movilizado por los sublevados y enviado al frente de Teruel. Esta circunstancia acentuó el dolor de Guillermo, cuyo hermano había huido de la residencia de Huesca para unirse al ejército republicano. Habrían de pasar casi cuarenta años hasta que Guillermo Gúdel y su hermano  exiliado en Toulouse—  se reencontraran.

Terminada la guerra, Guillermo retomó la poesía y su oficio y se sumergió en la vida cultural zaragozana.

En 1959 publica sus primeros poemas y participa en las tertulias del Café Niké Parnaso de los poetas zaragozanos—  y, unos años más tarde, dirige la revista Poemas; en esta y otras revistas literarias dará a conocer su obra, donde refleja su filosofía existencialista perlada de sentimientos trágicos y alegrías efímeras que van forjando al ser humano en un entorno no siempre elegido ni asumible.

A lo largo de su vida publicó cerca de cuarenta obras que, en su mayor parte, financió, editó y distribuyó él mismo, dejando incluso una suma de dinero para que, tras su muerte, sus albaceas testamentarios publicaran sus poemas inéditos.


Guillermo Gúdel Martí falleció en Zaragoza, el 10 de abril de 2001. Quienes lo conocieron dicen de él que fue un hombre discreto, callado, pausado y bondadoso que hizo de la poesía su forma de vida.





ANEXO

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«Smell the Rose»: Rich LaPenna


Ramón Acín Aquilué.
Concha Monrás Casas.
Katia y Sol Acín Monrás.
In memoriam.


Sol Acín jamás supo la fascinación que ejercía en aquella niña, de apenas once años, que ocupaba el primer pupitre bajo la tarima. A veces, cuando las miradas de alumna y profesora brillaban al unísono, enfrentadas las pupilas, la jovencita sentía el doloroso peso del secreto que Silvestre le había contado aquel otoño, sentados junto a las Pajaritas nacidas de la habilidad creadora del silenciado artista oscense asesinado.


«Indefenso, solo, apaleado, maniatado, destrozado por el llanto y los gritos de Conchita y de las niñas, mutilados los sueños, sin palabras, con la boca seca y la cabeza a punto de estallarle. Ramón Acín se enfrentó en solitario al grupo de asesinos que lo llevaron a las tapias del cementerio de Huesca. Conocía a todos aquellos hombres convertidos en bestias. Después de tanto dolor, solo conservaba la mirada. Era el seis de agosto de 1936, aquel verano maldito. Sonaron los disparos y la tierra se mezcló en la sangre. Se apagó la luz y las manos creadoras se quedaron para siempre quietas, y los labios inertes, y la mirada rota…»
Víctor Juan: «SANGRE EN LA TIERRA«-

Sólo para ella, para la admirada y huérfana Sol, leía en voz alta, con pronunciación tantas veces ensayada, aquellos capítulos de Les voyageurs des étoiles a cuyo final la profesora añadía una sonrisa de asentimiento que la muchacha atesoraba entre los preciados souvenirs de sus vivencias inmediatas. Y, como si los más de cuarenta años transcurridos se diluyeran en imperceptibles segundos, la evoca alta, delgada, huesuda, con largos collares de bisutería tintineándole en el pecho y un bolso abultado y abierto apoyado en las patas de la mesa, sobre la tarima desgastada.


Mi curva es tan pequeña

Por qué aún no me detienes, sombra
callada al borde de esta hora.
Mi curva es tan pequeña,
tan corto el aire que a mi paso quiebro.
Tan solo el esqueleto
que en lenta marcha se acomoda al suelo.
Sería tan sencillo
dejarme resbalar por la pendiente
del polvo de tus eras,
dejarme descansar donde los templos
de siglos acumulan
pasiones que ya fueron.
De mi prisión quisiera
sacarme, destruir la permanencia
sin nombre que bascula.
Perdí la llave, se olvidó la muerte
de colocar en mí su cerradura.
Sol Acín
«La poesía luminosa y feroz de Sol Acín«: Mercé Ibarz


Epílogo: La caja de música de Ramón Acín.

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«Cuillère d’automne»: Olga Valparaiso


La frágil vista de Silvestre -dos operaciones de cataratas en sus ávidos ojos lectores- recorre, con pausas para alimentarse de recuerdos, las quinientas treinta y cuatro páginas de “LA VOZ DEL OLVIDO”.- La Guerra Civil en Huesca y la Hoya, de José Mª Azpiroz Pascual.
Silvestre, que se confiesa simpatizante de Chunta Aragonesista, nació en Huesca, el 31 de diciembre de 1926, y fue inscrito en el Registro Civil como hijo de padre desconocido. La guerra y el amor hacia su madre, que jamás se preocupó, más allá de tenerlo cobijado en su misma casa, por aquel hijo fruto de unos cuantos días de pasión arrolladora que fenecieron con la misma prontitud que llegaron, marcarían su infancia y juventud.

[…]

Durante el cerco fascista a Siétamo yo entré y salí de allí varias veces, sin que los fascistas o los milicianos me hicieran ningún caso. Hacía de correo, porque nadie se fija en un crío que va de un sitio a otro. Una vez hasta viajé en un carro de combate miliciano, acompañando a Companys, que estuvo en el pueblo”, recuerda. “Éste, el segundo de la esquina, soy yo”, asegura, señalando, en el reproductor de imágenes del ordenador, una fotografía de Agustí Centelles que recoge la visita de Lluís Companys, presidente de la Generalitat de Cataluña, al Frente de Aragón. Junto al gobernante catalán y los republicanos que recorren con él la villa oscense, aparecen, a la derecha de la imagen, unos chiquillos entre los que se encuentra el propio Silvestre, según se confirmó al cotejar el rostro del muchachito de la imagen histórica con otra fotografía realizada por esas mismas fechas y que forma parte de su archivo personal.

[…]

Antes de la guerra, cuando las elecciones, un conocido de mi madre nos dijo a mis amigos y a mí que nos daría un real si cogíamos las papeletas de derechas y las quemábamos, así que las cogimos todas, de izquierdas y de derechas, y, sin hacer distingos, les prendimos fuego. Un real era un real… Pero mi madre se enteró y me dio una zurra por quemar las que no debía. Entonces no tenía claro quiénes eran unos y quiénes los otros. Me acuerdo que, ya en la guerra, unos milicianos iban a matar al cartero, que me parecía un buen hombre, así que fui corriendo y me abracé a él para que no le dispararan. Pero me soltaron a la fuerza y allí mismo le dieron un tiro. Nunca he sabido el motivo de esa muerte”.

[…]

Cuando terminó la guerra hubo una buena escabechina. A mi madre la metieron presa y fue condenada a muerte, y buena culpa tuvo el cura Playán, al que mi madre le pegó una hostia porque le echó mano al pecho en el confesionario de la iglesia”.
En el libro de Azpiroz se señala que la madre de Silvestre, a la que se le conmutó la condena a muerte por varios años de peregrinación carcelaria que inició en Saturrarán, “regentaba el centro de izquierdas” de Siétamo. De Marcelino Playán, el cura, se recoge que “era un extraordinario cazador a disposición de los rebeldes desde el primer momento […], que cuando se incorporó a su parroquia, en marzo de 1938, delató e hizo informes negativos de muchos vecinos, llegando incluso a obligar a sus feligreses a cantar el Cara al Sol después de la misa dominical”.

[…]

Silvestre coloca el libro sobre la mesita del salón, guarda con parsimonia las gafas en su funda verde y frota suavemente sus cansados ojos con un pañuelo. Suspira.
Una lágrima rebelde ha escapado a la represión del pañuelo y resbala, lentamente, por la mejilla izquierda.


EPÍLOGO

En Siétamo, donde silba el viento por la Calle Alta que hasta hace apenas cuatro años se llamó del General Franco, deambulan los recuerdos del niño Silvestre, a quien don Pepe, el buen maestro, daba caramelos mentolados y galletitas de avena que sacaba de una cajita de latón con un gatito azulado pintado sobre la tapa. José Bispe, el maestro añorado por el ahora octogenario, falleció, por maltrato y desnutrición, en la cárcel de Torrero, finalizada ya la incivil guerra.

Sube el cierzo por la Calle Alta y serpentea hasta las ruinas del Castillo del Conde de Aranda donde, para vergüenza de la historia y oprobio de los asesinados y represaliados, se yergue, inmune, un monumento a mayor gloria de los vencedores de la Guerra (In)civil, con sendas proclamas de José Antonio Primo de Rivera y Franco cinceladas en los frontales. “Forma parte de la historia de la villa”, dice, indiferente, una mujer de mediana edad que pasea a un perro diminuto entre las piedras del castillo desmantelado. “Siempre ha estado allí. ¿A usted le molesta? ¿Qué le importa a usted…? Usted no es de aquí”. Y entonces el visitante comprende por qué Silvestre jamás regresó al pueblo donde pasó parte de su niñez.


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«Mind»: Giovambattista Ianni


Yo puedo morir por defender mis ideas, pero nunca mataría por ellas”, repetía siempre. Y quizás fuera su humanista máxima la que revoloteaba ese día de febrero de 1972 entre los asistentes al sepelio del anarquista Melchor Rodríguez García.

A unos metros del féretro ornamentado con el obligado crucifijo apenas visible merced a la bandera rojinegra que cubría la caja mortuoria, se elevaron, firmes, las voces amigas: «(…)El bien más preciado es la libertad,/  hay que defenderla con fe y valor./ Alza la bandera revolucionaria/ que del triunfo sin cesar nos lleva en pos./ ¡En pie, pueblo obrero, a la batalla!/ ¡Hay que derrocar a la reacción!/ ¡A las barricadas! ¡A las barricadas!(…)» Y junto a quienes, orgullosos y desafiantes, dejaban oír sus voces en cántico revolucionario, otros rostros serios, otras figuras revestidas con trajes de buen corte, rendían un silencioso homenaje al hombre muerto. A aquel anarquista de cuerpo presente al que habían bautizado como El Ángel Rojo. A Melchor Rodríguez García a quien ellos, vencedores en la Guerra (In)civil, debían sus vidas.

En el mes de octubre de 2008 el Ayuntamiento de Sevilla acordaba rotular una calle de la ciudad como Calle de Melchor Rodrígez García, en recuerdo del ácrata sevillano que, desde su puesto de Delegado Especial de Prisiones de la II República  -cargo para el que fue nombrado en noviembre de 1936-  consiguió detener las sacas y paseos en la retaguardia madrileña, salvando a multitud de personas  -entre ellas a quienes, después, serían gerifaltes del franquismo-. “(…)Yo, por mis ideas, he estado en la cárcel… Yo soy un trabajador como vosotros, un chapista a quien, para su desgracia, han dado este cargo. Pero, ¿os creéis que la revolución es para asesinar en la cárcel a unos pobres seres indefensos?”, gritó Melchor a quienes pretendían asaltar la cárcel de Alcalá de Henares para linchar a los allí recluidos.

Nombrado alcalde en funciones de Madrid  -nombramiento que nunca fue documentado y que sólo duró dos días-  tuvo el dudoso honor de presidir el  traspaso de poderes del Consistorio a las tropas vencedoras.

Represaliado tras la guerra, pese a los testimonios que defendían su bonhomía, cumplió cinco de una condena de veinte años y, aunque sus valedores franquistas pretendieron atraerlo hacia la causa de los vencedores, se mantuvo fiel a la CNT, formando parte del Movimiento Libertario Clandestino, lo que le supuso varias estancias en prisión.


Cuentan que durante el entierro de Melchor Rodríguez García en el cementerio de San Justo de Madrid, pudo verse a un alto cargo del gobierno de Franco, a quien el libertario había librado de una muerte segura, luciendo una corbata con los colores anarquistas.

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«Careerist»: Tomasz Rybak


Asunción supo de la suerte corrida por su hermano, Raimundo Novales Sanclemente, a mediados de diciembre de 1941, cuando manos anónimas le hicieron llegar, a través del coche de línea, los escasos efectos personales del finado, detenido en mayo de 1939 en el pueblo altoaragonés de Novales y fusilado en Huesca el día 2 de diciembre de 1941. Nunca, en los años transcurridos desde el fusilamiento de Raimundo hasta la muerte de ella, el 25 de julio de 1972, dejó Asunción de reivindicar la inocencia del joven veinteañero, acusado de complicidad en el asesinato, durante la guerra (in)civil, de un vecino de ideología conservadora.

El tío Raimundo estaba en la plaza del pueblo, con un amigo”, relataría una de las hijas de Asunción años después de la muerte de la madre, “cuando llegaron dos milicianos preguntando por la huerta Palomera. Mi tío y su amigo les indicaron el camino. Nada más. Después se enteraron de que los dos desconocidos habían matado al dueño de la huerta… Pero al terminar la guerra alguien del pueblo señaló al tío Raimundo y a su amigo como participantes en esa muerte. Cuando detuvieron a mi tío, mi madre pensó que lo tendrían un tiempo encerrado y que luego lo soltarían porque no había matado a nadie… Un conocido del pueblo, que estuvo con mi tío en la cárcel, le contó a mi madre que cuando dijeron en voz alta el nombre de Raimundo, para llevarle a fusilar, mi tío se desplomó y lo subieron entre dos al camión; estaba consumido, medio muerto ya por las palizas y  unas viruelas de las que no se había recuperado… Mi madre vivió siempre con esa pena… Y soñaba con saber dónde estaba enterrado su hermano para llevarle claveles…[1]


[…]la actuación jurisdiccional de Baltasar Garzón y su posterior encausamiento ha puesto de manifiesto la ausencia de reconocimiento jurídico y de justicia social para con las innumerables víctimas de la dictadura franquista. En nuestro país aún yacen bajo las cunetas más de ciento treinta mil desaparecidos. Otros tantos fueron condenados a cárcel después de padecer un juicio sin las más mínimas garantías procesales. Muchos fueron arrancados de sus padres sin ningún tipo de humanidad. Todos ellos merecen una reparación que les ha sido negada sistemáticamente y que la actividad de Garzón parecía querer otorgar. De ahí que el juicio al magistrado no sea un proceso penal más: es y será la clave histórica que permitirá concluir si España fue capaz de enfrentarse con su pasado y dignificar tanto sufrimiento silente o si volvió a apostar, esta vez parece que de forma definitiva, por un olvido cómplice que a modo de cruel cerrojo impide abrir la puerta de su particular Sala de los Horrores. – El Rincón de Joseca:Lo que el proceso esconde.


NOTA
[1] Transcripción literal de parte de una conversación grabada en diciembre de 2000.

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"Retrospective": Bev Hodson

«Retrospective»: Bev Hodson


Hállase Silvestre restituyendo lacerantes bloques de recuerdos en el rompecabezas de la memoria que destruyó, años ha, en un intento no siempre conseguido de regodearse en la dicha de cada presente que barrenaba pretéritos de aflicciones.


[…]


Protegido con un delantal verde pistacho y un paño de cocina a juego colocado sobre uno de sus hombros, se afana Silvestre en elaborar, con briosos toques de rasera, un dorado ribete de igualadas puntillas en el huevo frito de dos yemas que reina, brillante, en el centro de la sartén puesta al fuego. “¿Lo quieres más hecho?”, pregunta a quien, sentado en la mesa, de espaldas a él, transcribe, con suaves roces de teclado, los retazos de vivencias que se amontonan en los labios del hombre.

Sobre una silla de cuero rojo descansa el libro por el que los debilitados ojos de Silvestre llevan transitando dos días. Tiempo destruido, de Víctor Pardo Lancina, con prólogo de Ignacio Martínez de Pisón.


Qué ominosos esos tiempos en los que una circunstancia así basta para convertir en un asesino feroz y despiadado a un ciudadano habitualmente pacífico y respetuoso de la ley-, dice Silvestre con los ojos cerrados.

¿Qué…?

Es del prólogo-, afirma, señalando con la cabeza el libro cerrado mientras deposita en un plato el engalanado huevo.- Pero no es verdad. Esos ya eran asesinos antes de empezar a matar… La guerra sólo hizo que pusieran en práctica sus malos instintos… Impunemente. A ese pobre hombre de Abiego al que lincharon delante de su hija… La guerra había terminado. No había combatientes que mataran para salvar la vida. No. Eran asesinos. Ellos y los que taparon sus crímenes.


Silvestre se sienta junto al comensal y se ajusta en los orificios nasales la cánula que conecta sus vías respiratorias con el dispensador de oxígeno. “Anda, termínate el huevo, que frío no es lo mismo. Luego haré café”. El octogenario estira un brazo, toma el libro entre sus manos y lo hojea hasta encontrar un marcador plastificado en el que, bajo dos margaritas secas, se lee: Para el mejor yayo.

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"Spirits of the Cave": Jonathan Bailey

«Spirits of the Cave»: Jonathan Bailey


La Ley 3/1999, de 10 de marzo, del Patrimonio Cultural Aragonés afirma que el mismo  “está integrado por todos los bienes materiales e inmateriales relacionados con la historia y la cultura de Aragón que presenten interés antropológico, antrópico, histórico, artístico, arquitectónico, mobiliario, arqueológico, paleontológico, etnológico, científico, lingüístico, documental, cinematográfico, bibliográfico o técnico, hayan sido o no descubiertos y tanto si se encuentran en la superficie como en el subsuelo o bajo la superficie de las aguas«. La misma ley, ante infracciones por la realización de labores arqueológicas no autorizadas, establece que la cuantía de las sanciones oscilará entre 60.101 y 300.506 euros.

Y a la ley anterior pretende acogerse el gobierno aragonés para plantear expediente sancionador contra la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) en el caso de la apertura de una fosa de la guerra (in)civil en Valdearnero (Calatayud), donde, según el dictamen de los técnicos de Patrimonio, se procedió a la retirada de restos óseos contando con los preceptivos permisos municipales pero obviando los protocolos legislativos aragoneses.

Si ya resulta aberrante definir como excavación arqueológica aquello que, en realidad, supone la humanitaria y justa búsqueda y recuperación de quienes  -como consecuencia de la barbarie-  yacen repartidos por el subsuelo del territorio, ¿cómo denominar la nula consideración que de la Resolución de Naciones Unidas 47/133 sobre Desaparición Forzada, de 18 de diciembre de 1992 -ratificada por el gobierno español- tiene Patrimonio Cultural Aragonés?

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