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Posts Tagged ‘Barrio’

«Ramas heladas»: Carlos G. Casares


Tricota el dorondón caprichosos encajes albugíneos en los asimétricos contornos del paisaje y una desgastada alfombra de escarcha jaspeada y quebradiza tiende su desigual trazado sobre el suelo.

Hiela. Y el rostro  – improvisado acerico donde los diminutos alfileres del frío hallan acomodo-  se tensa brillante y ajeno a las invisibles heridas.

Hiela. Y palpita el cerebro, despejado y atento, desde su protegida cúpula de mando, organizando  -déspota y orgulloso- el desplazamiento del cuerpo entumecido por el gélido entorno.

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Los jóvenes aligustres escarchados que circundan el jardín del platanero de Casa O Galán se compactan, altivos, frente al viejo árbol de ramas desnudas que rozan la balaustrada de piedra de la segunda planta. La tierra cruje, todavía helada, bajo los pies presurosos de las visitantes que caminan, la cabeza erguida,  con los ojos evaluando la recién inaugurada construcción que en nada se asemeja a la humilde casa familiar que, años ha, se levantaba en el mismo espacio que ahora ocupa el chalé de dos plantas, con la pared norte apoyada en la roca  -conocida como el Torrollón– que la tradición considera fecundante.[1]

En el lado opuesto, donde el pastizal lame el descomunal pie del Torrollón, todavía se aprecian las hendiduras que, a modo de estribos, servían para apoyar los pies y trepar hasta la angosta covachuela perforada en el promontorio donde, dicen, se acumulaba la energía fertilizadora. Ajenos a esos lances mágicos, generaciones de chiquillos convirtieron el Torrollón en atrayente zona de juegos, azuzados, precisamente, por la prohibición de ascender hasta la pequeña cueva peligrosamente abierta sobre la pared en vertical, a unos tres metros y medio del suelo. La señora Justina de [Casa] O Galán  -la abuela de María Petra, la actual propietaria del recién construido chalé-  tenía por costumbre asomarse a una ventana para regañar a las criaturas que se aventuraban a escalar por la peña. “¡Ahora mismo se lo voy a decir a vuestras madres, para que os calienten bien el culo, ferringallos! ¡Que os vais a estozar!”, gritaba.


Las visitantes rozan suavemente la aldaba de bronce bruñido y una sonriente María Petra, apoyada en su sempiterna muleta, les franquea la entrada.

La señora Justina de O Galán no lo supo nunca, pero su única nieta, María Petra, la niña a quien la poliomielitis paralizante parecía truncar la posibilidad de acceso a la cúspide de la roca, conoció también, hace más de treinta años, la estrechez asfixiante de la cueva. Tirada la muleta sobre el pastizal y apoyado en el peñasco el aparato ortopédico que le constreñía la pierna enferma, María Petra, con una cuerda atada bajo las axilas, fue izada por sus amigas  -las visitantes-  hasta la gruta prohibida. Una vez. Una única vez. Pero todavía siente un placentero hormigueo cuando evoca el momento.


NOTA

[1] Las Piedras Fecundantes son una serie de rocas y cuevas localizadas en la provincia de Huesca que, convenientemente transformadas por manos humanas, adquirieron una simbología sexual y fueron utilizadas, antiguamente, como lugares de celebración del Rito de la Fertilidad. El Concilio de Zaragoza, del año 380, condenó su culto, con amenaza de severísimas sanciones a quienes incumplieran el veto.

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Nebŭla

«Gris»: Sonia García


Baja de la cresta la mortaja acuosa con sus bordes marengos oxigenando la curvatura terrosa de las toperas y barniza de rutilante mojadura el voluminoso tronco escorado de la encina que, a modo de faro del tiempo, marca la entrada norte del Barrio entre tinieblas, allí donde Bascués, la cigüeña emérita, quebró su último vuelo herida de vejez sobre la hojarasca amarronada.

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Apenas cuarenta minutos después de comenzar el servicio de comidas, Josefo, el encargado del bar del Salón Social del Barrio, borra  -de la pizarra donde se anuncia el menú del día-  el plato estrella de la jornada, canelones de setas y jamón. “Todas las raciones posibles, ya están pedidas”, dice. Rafael de [Casa] Artero refunfuña: “Luego dirán que hay crisis… Medio pueblo comiendo en el bar en día laborable… Aquí no hay puta pobre”. Olarieta, la madre de Josefo, que sale de la cocina con una humeante fuente de borrajas con gambas, se le encara: “¿Otra vez de mal toque, Rafael…?”. Las risas indisimuladas de los comensales acompañan al hombre hasta la barra desde donde, acodado, finge contemplar el paisaje enmarcado en la galería acristalada que mira a la hondonada del río.

A Rafael   -viudo y atildado sesentón-  le dejó su padre, el señor Hipólito, un envidiable patrimonio que fue mermando hasta resultar insignificante. “Muerto el abuelo, todos morriaban y ninguno pencaba”, se dice en el Barrio, donde los Artero han contado, tradicionalmente, con escasos valedores; solamente del señor Hipólito  -que entró a formar parte de Casa Artero por vía matrimonial y que falleció a principios de los setenta-  se guarda unánime y respetuoso recuerdo.

Cuando el comedor se despeja y los manteles azulados son sustituidos por tapetes de guiñote, Olarieta se sienta junto a la señorita Valvanera, la antigua maestra del Barrio, que toma una infusión en la sala de lectura. “¿Querrá creer, Valvanera, que en el fondo me da pena ese hombre…?”.


La tarde  -sol y viento-  se instala, con luminosa coquetería, en el mirador mientras la calidez de la estancia decora, con desiguales pinceladas blancas, las aristas cristalinas.

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Metamorfosis

«Autumn Dew…»: Richard Miles


Al alba, huye el Verano camuflado entre una bandada de vencejos y regresa el Otoño -con el color apresurado- desplegando sobre el Barrio la capota desvaída del cielo,  tras la que manotea el Sol cercado por henchidos nimbos. Remonta la savia las íntimas sinuosidades de la vetusta encina y se agitan, a los pies del árbol, las animosas esporas de los boletus, sobre las que palpita, en arritmia desaforada, el minúsculo corazón de un orondo ratón de campo recién evadido de las garras de un cárabo que, ahora, dormita ajeno a la rápida mudanza de la Naturaleza.

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Instante

«Patio»: Archivo personal


Geranios. Alegrías. Begonias. Camelias. Claveles. Rosas. Campanulas. Violetas. Petunias. Siemprevivas. Azaleas.

Aromas vespertinos en el patio abierto a la brisa que esculpe reconocibles siluetas en el lactescente vapor de las nubes.

Un libro descansa sobre la tupida rejilla rosada del velador donde un gorrión picotea miguitas de madalena ligeramente humedecidas. Se interrumpe; revolotea hasta la tinaja donde crece la aucuba y regresa a su ocupación gastronómica consciente de la presencia humana inmóvil en el rincón del rododendro.

(Vuela el gorrión  -la gula satisfecha-  por el viejo patio de colores nuevos.)

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«Shy Venus»: Tomasz Rybak


En la puerta del recinto se quedó el lado oscuro de la existencia ajena: accidentes, suicidios, asesinatos, catástrofes, hambrunas, conflictos, podredumbres… Si acaso se coló, saltando el muro ornamentado de hiedra, alguna lágrima sobrante que aterrizó en el césped y fue rápidamente absorbida.

Amalgama de cuerpos arañados por la canícula en la orilla asfaltada del agua aromatizada con dióxido de cloro.

Dos gorriones grises, panzudos atraviesan a saltitos la senda de las toallas buscando la fugaz sombra de los parterres recién regados, mientras un batallón de moscas toma posiciones y siete u ocho abejas aturdidas se instalan junto al caño metálico de la única fuente.

Se detiene el tiempo y los pensamientos dormitan extendidos en las toallas, voluntariamente ajenos a los embates de la realidad al otro lado del muro.

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«La subida»: Archivo personal


Apenas un rayo de luz roza los muros de las casas y ya se escuchan las voces despejadas que cruzan el Barrio hacia el Camino Viejo, con las piernas desnudas haciendo de peanas de cuerpos de mil y un volúmenes, coloreados por el Sol que, implacable, se va adueñando de las sendas.

En la Subideta del Carrascal, una sinfonía de jadeos complementa los acordes del agua que, más abajo, golpea las piedras del lecho del río, en desnivel que busca ser cascada, y que no asusta a las grallas que descienden desde sus nidos de la cortada d’A margin Cucha[1].

En lo más alto, donde las piedras y arbustos forman una barrera natural que convierte el paseo en aventura montañera, la procesión de caminantes detiene su marcha y, una vez aspirados los aromas circundantes y atemperados los pulsos, deshace, en desfile saltarín, el camino andado.


NOTA

[1] de La orilla izquierda.

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En la replaceta que forman la pared sur de la Abadía y el muro delantero del Gortón de Francisquer, los gitanos instalan  -el primer y último sábado de cada mes, cuando llega el buen tiempo-  un mercadillo que en el Barrio se denomina, familiar y jocosamente, Los Zarrietes [1]

Son cuatro puestos bien surtidos de ropa y complementos que regentan los Gabarri Clavería, una esforzada familia de calés navarroaragoneses con muchos años de dedicación a la venta ambulante.

Pilar-Carmen, la menor de los cuatro hijos del señor Gabarri, se encarga, principalmente, del puesto de calcetines, medias y ropa interior femenina. Es una guapa muchacha de poco más de veinte años, con la piel ligeramente bronceada, los ojos inmensos y sendos piercings en la nariz y el labio inferior. Buena comerciante, tiene siempre las palabras apropiadas para las clientas, a quienes trata con tanta familiaridad como respeto, actitud que termina por animar a las simples mironas a aflojar el monedero para hacerse con alguna de las prendas que la joven gitana promete regalar si “alguna de ustedes, señoras mías, descubre dónde se halla la tara”.

Pilar-Carmen, que cursó magisterio en la especialidad de Educación Infantil, prepara oposiciones y estudia Psicología en la UNED, actividades que ocupan parte de las horas que no dedica al negocio familiar.

En el zaguán de la Abadía, que ejerce de improvisado probador, las mujeres se embuten en vestidos y bañadores mientras Pilar-Carmen ensalza la perfecta caída de tal o cual vestimenta o niega con la cabeza cuando se hace evidente que clienta y atavío son incompatibles. Entonces, con determinación, corretea hasta los puestos y regresa con una nueva prenda que, asegura, “le va a quedar  a usted di-vi-na”.


De once a dos, el sábado que toca, el corazón del Barrio se traslada desde el bar del Salón Social al mercadillo de los gitanos, donde entre bolsos, cinturones, calcetines, gorras, leggins, faldas, camisolas, vestidos, braguitas, medias, pashminas, sujetadores, blusas, albornoces, camisetas, pijamas, bañadores, pañuelos, camisones y sombreros, se desliza la mañana sabatina buscando la sombra de los soportales.


NOTA
[1] Diminutivo de zarrio, que significa trapo, tela vieja, pingo.

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Se envalentona el invierno aun sobre las brasas guarecidas tras el majano artesanalmente convertido en murete burlador del cierzo. Chisporrotean los muñones de leña achicharrados en la noche lardera y lanzan ayes de humo que el viento embiste y acorrala contra las piedras pulidas de la Abadía, donde se parapetan los devoradores de longaniza que preludian el tiempo de Cuaresma.

Las manos desnudas del villanaje jaranero aprisionan las humildes tajadas del pan de moños donde reposan, resignados, los sabrosos palmos de longaniza y chorizo lacerados por las ascuas.

Gélido y ventoso día lardero.

Asomóse la Luna al vaivén continuo del río, acechada, desde la mágica masa boscosa que se yergue sobre la corriente, por las pupilas trasnochadoras de mochuelos, lechuzas, autillos y bobones.

 

¡Fuera, invierno, fuera!,
¡borina y fartera!

Carnaval trae cartas

de la Primavera.

Pasacarreras de Carnaval

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