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“Once There Was a Prison”: Gun Legler


Los jóvenes aligustres escarchados que circundan el jardín del platanero de Casa O Galán se compactan, altivos, frente al viejo árbol de ramas desnudas que rozan la balaustrada de piedra de la segunda planta. La tierra cruje, todavía helada, bajo los pies presurosos de las visitantes que caminan, la cabeza erguida,  con los ojos evaluando la recién inaugurada construcción que en nada se asemeja a la humilde casa familiar que, años ha, se levantaba en el mismo espacio que ahora ocupa el chalé de dos plantas, con la pared norte apoyada en la roca  -conocida como el Torrollón– que la tradición considera fecundante.[1]

En el lado opuesto, donde el pastizal lame el descomunal pie del Torrollón, todavía se aprecian las hendiduras que, a modo de estribos, servían para apoyar los pies y trepar hasta la angosta covachuela perforada en el promontorio donde, dicen, se acumulaba la energía fertilizadora. Ajenos a esos lances mágicos, generaciones de chiquillos convirtieron el Torrollón en atrayente zona de juegos, azuzados, precisamente, por la prohibición de ascender hasta la pequeña cueva peligrosamente abierta sobre la pared en vertical, a unos tres metros y medio del suelo. La señora Justina de [Casa] O Galán  -la abuela de María Petra, la actual propietaria del recién construido chalé-  tenía por costumbre asomarse a una ventana para regañar a las criaturas que se aventuraban a escalar por la peña. “¡Ahora mismo se lo voy a decir a vuestras madres, para que os calienten bien el culo, ferringallos! ¡Que os vais a estozar!”, gritaba.


Las visitantes rozan suavemente la aldaba de bronce bruñido y una sonriente María Petra, apoyada en su sempiterna muleta, les franquea la entrada.

La señora Justina de O Galán no lo supo nunca, pero su única nieta, María Petra, la niña a quien la poliomielitis paralizante parecía truncar la posibilidad de acceso a la cúspide de la roca, conoció también, hace más de treinta años, la estrechez asfixiante de la cueva. Tirada la muleta sobre el pastizal y apoyado en el peñasco el aparato ortopédico que le constreñía la pierna enferma, María Petra, con una cuerda atada bajo las axilas, fue izada por sus amigas  -las visitantes-  hasta la gruta prohibida. Una vez. Una única vez. Pero todavía siente un placentero hormigueo cuando evoca el momento.


NOTA

[1] Las Piedras Fecundantes son una serie de rocas y cuevas localizadas en la provincia de Huesca que, convenientemente transformadas por manos humanas, adquirieron una simbología sexual y fueron utilizadas, antiguamente, como lugares de celebración del Rito de la Fertilidad. El Concilio de Zaragoza, del año 380, condenó su culto, con amenaza de severísimas sanciones a quienes incumplieran el veto.

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