…y bajo ese entramado de manipulaciones universalmente expuestas para consumo del público amansado, yacen, triturados por la conveniencia de cada momento, los minúsculos confetis de la verdad.
Si nos atenemos a las opiniones de quienes defienden y avalan la existencia de las Centrales Nucleares, lo ocurrido en Fukushima debería tener idéntico impacto en la ciudadanía que un accidente automovilístico o de aviación; nadie –dicen– deja de conducir por muchos percances que se produzcan en las carreteras, como tampoco se renuncia a un viaje entre las nubes a cuenta de la posibilidad de un brusco descenso sin probabilidad de retorno.
Las Centrales Nucleares –insisten– son seguras y respetuosas con el Protocolo de Kyoto. Además de ser económicamente competitivas, garantizan el suministro eléctrico, generan empleo y –subrayan– son ABSOLUTAMENTE necesarias para el desarrollo de un país.
Unos Eldorados de radiactivos isótopos a quienes únicamente un terremoto seguido de un tsunami pueden arañar levemente en sus poderosas estructuras para que la propaganda antinuclear mantenga su anticuado mensaje alarmista.
–Pero… ¿ y Chernóbil?
Allá por los años setenta del pasado siglo se tuvo conocimiento del proyecto de construcción de una Central Nuclear a orillas del río Cinca, en la localidad oscense de Chalamera, cuna de Ramón J. Sender. No parece que la población bajocinquesa reconociera y valorara los beneficios (¿?) de la edificación, contra la que se rebelaron en aunada protesta de la que se hizo eco el cantautor Joaquín Carbonell en una composición cuyo estribillo fue coreado por cientos de gargantas: “En Chalamera, con Chalamera/ ya es hora de gritar./ En Chalamera, con Chalamera/ no queremos Central.”
Nunca se sabrá si el eco de las voces opositoras fue la clave para desestimar el proyecto. Pero la Central no se construyó.
Se envalentona el invierno aun sobre las brasas guarecidas tras el majano artesanalmente convertido en murete burlador del cierzo. Chisporrotean los muñones de leña achicharrados en la noche lardera y lanzan ayes de humo que el viento embiste y acorrala contra las piedras pulidas de la Abadía, donde se parapetan los devoradores de longaniza que preludian el tiempo de Cuaresma.
Las manos desnudas del villanaje jaranero aprisionan las humildes tajadas del pan de moños donde reposan, resignados, los sabrosos palmos de longaniza y chorizo lacerados por las ascuas.
Gélido y ventoso día lardero.
Asomóse la Luna al vaivén continuo del río, acechada, desde la mágica masa boscosa que se yergue sobre la corriente, por las pupilas trasnochadoras de mochuelos, lechuzas, autillos y bobones.
Dos han sido los móviles que han impulsado a los gobiernos occidentales a criticar, con indisimulada desgana, desde sus púlpitos habituales, los hechos acontecidos en el feudo del hasta ahora rehabilitado Gaddafi: el alza continuada del precio del crudo y la incapacidad para prever hasta qué punto podrá instrumentalizarse la era post-Lider de la Yamahiriya.
El levantamiento de la ciudadanía, hostigada y masacrada con el armamento gentilmente vendido por países del ámbito de la Unión Europea y Rusia -país que tampoco ha tenido inconveniente en bombardear a su paisanaje para cercenar algaradas-, es una circunstancia sólo evaluable, políticamente hablando, si, llegado el momento, los contactos con los nuevos mandatarios del país devienen en provechosos para la política y la economía occidentales.
El amigoMuammar -terrorista anteayer, perdonado y abrazado ayer y reciclado en sátrapa hoy- forma parte de esa colección de sabandijas del orbe que acuna Occidente en su calculador regazo mientras los beneficios asoman por la abertura de la chistera. Las mordazas, las cadenas, las torturas y los cadáveres sólo adquieren visibilidad cuando el retoño consentido pierde el favor de sus valedores, que se apresuran a escenificar su pesadumbre por el pueblo oprimido y a desenterrar las inmundicias de su convenientemente aborrecido amigacho.
Toda mi vida, y ya llevo 26 añitos en este mundo, he estado escuchando en mi casa, en mi pueblo -Ayerbe-, en mi comarca, la misma protesta: ¡pantano no! Pero a pesar de esa sombra oscura que siempre ha rondado por este rincón de la Hoya de Huesca al que nosotros llamamos La Galliguera, mucha gente valiente ha sabido valorar el río como elemento natural y recurso económico, lanzándose a montar empresas y establecerse en esta zona.
Es un hecho bastante inusual en Aragón, donde la imagen típica de los pueblos pequeños es la de las personas mayores charlando al sol. En cambio, en estos pueblos -Biscarrués, Murillo de Gállego, Agüero, Erés, Riglos, Ayerbe, Santa Eulalia de Gállego, Morán, Concilio-, cada día hay más niños pequeños, y las plazas están más llenas de vida y alegría.
Muchos de mis amigos son jóvenes de otras provincias o países, que atraídos por el río han venido a trabajar y enamorados de la zona se han quedado formando su hogar y su familia. La vida de tanta gente que depende del río se ve amenazada. Nos llaman insolidarios si no les damos el agua que necesitan para sus cultivos. Pero yo contesto que somos supervivientes, como ellos, que hay otras alternativas y que habrá que escucharlas.- Lucía Cinto.
“Aragón es uno de los pocos territorios del mundo desarrollado donde estamos dispuestos a inundar tierras, paisajes o lo que sea menester y a gastar enormes cantidades de dinero público e incluso privado con el inaudito fin de cultivar transgénicos. Es increíble”, escribía recientemente José Luis Trasobares en un artículo de acertado título –Obsesión por los embalses-.
Pretender la devastación de una zona, el Reino de los Mallos, para glorificar los maizales monegrinos cuando con la construcción de balsas laterales se obtendrían los mismos resultados, es una propuesta, además de estúpida, desproporcionada y cara, asaz sospechosa si, como se pregona, sólo se desea la ampliación del regadío en las áridas tierras del llano. En cambio, si a la ingente necesidad de agua del maíz -modificado o no genéticamente- se le añaden los importante beneficios dinerarios derivados de la explotación hidroeléctrica, no es preciso hacer ningún malabarismo mental para comprender la principal razón del empecinamiento de los incansables aguadores de la Comunidad de Riegos del Alto Aragón por convertir el Prepirineo en una inmensa bañera de hormigón y vasos comunicantes con desembocadura en espurios propósitos.
…cómo envidia la masa corpórea humana, anclada a la gravedad térrea, los señoriales círculos del buitre leonado que engalana las crestas de las nubes con el atrayente trazado de su envergadura, planeando, ingrávido, sobre las piedras calizas esculpidas por el agua.
Contempla el tímido necrófago, con el hambre prendida del buche y la gorguera temblorosa, la vida que se agita en la caprichosa orografía de la sierra lamida por la desenmascarada bravura de las aguas, donde las truchas se agazapan para ocultar sus cruentas intenciones a la infeliz colonia de tritones pirenaicos que dormitan, confiados, en la orilla.
Setenta y tres años depositados en las hebras blancas del cabello que, en tu mocedad, se confundían, áureas ellas, con las espigas de los campos que laboraste.
Setenta y tres años acumulados en los surcos de tu frente y en las estrías de tus manos.
[…]
Roturaste la vida hasta colmar la tierra de frutos compartidos y quedáronse los sueños empacados en el monte y el llano, donde cajigos, carrascas, chopos y almendreras pronunciaban tu nombre con cada embestida del cierzo.
El último intento de la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio para evitarse la engorrosa faena de limpiar el cardo, plato principal y tradicional de la cena de Nochebuena, ha sido vano. “¿Qué pensará Presen si se entera?”, ha dicho la señorita Valvanera mientras guardaba, bien escondidos en la despensa, los cinco tarros de cardo envasado comprados por la veterinaria en un supermercado de la ciudad.
Los cardos del invernadero, cuidadosamente aporcados para obtener el color blanquecino de las nutritivas pencas, son el orgullo de la señora Presen, la dueña, que, amén de surtir a particulares y establecimientos de la comarca -y aun de localidades alejadas-, atraídos por la calidad, el tamaño y el color de la hortaliza, disfruta reservando para la señorita Valvanera el mejor ejemplar de la cosecha, aquel que, según la textura de los prolongados peciolos, considera más tierno y jugoso. “Se llevaría un disgusto”, argumenta la vieja maestra, a quien la familia de la señora Presen suministra el cardo navideño desde principios de los años sesenta.
Don José Luis Rodríguez Zapatero, presidente del Gobierno, siempre abierto a cualquier sugerencia empresarial que lo despoje de las últimas costras de izquierdismo, ha decidido, arropado por su camarilla, suprimir la ayuda a los parados de larga duración e incentivar a las empresas que tributan por Impuesto de Sociedades.
Se desconoce si, como medida extraordinaria, el BOE publicará en breve un decreto-ley para que las empresas que reduzcan plantilla hagan entrega a su personal, junto a la carta de despido, de una soga y un manual de instrucciones sobre nudos corredizos.
Rutilan, bajo un sol esforzado pero apenas cálido, las diseminadas manchas níveas que maquillan, a brochazos desiguales, el rostro boscoso de la sierra. Y se llega el frío, disfrazado de domingo soleado, hasta la puerta del Salón Social, donde la ociosidad y el calor del fogaril lentifican el tiempo entre chácharas, bocados y hojas de periódico pasadas sin premura.
Las Tejedoras de la Asociación de Cultura Popular, van y vienen, vienen y van, entre las mesas, sirviendo chiretas y longaniza a la brasa a la siempre agradecida parroquia local y foránea.
Un grupo de vascos que tomaron el albergue el viernes por la tarde en alegre pero discreta procesión, observan con curiosidad los cuasi uniformes envoltorios humeantes dispuestos en una fuerte térrea y cuyo aroma a especias abraza al de los generosos trozos de longaniza. “Probad las chiretas (así se llaman) y luego os cuento de qué están hechas”, les dice la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio mientras reparte platos y vasos metálicos, cubiertos de plástico y servilletas de celulosa.
Cerca de los troncos que sirven de alimento al orgulloso fuego que templa el ambiente, una descolorida bandera de Aragón parece ejercer de guardiana de una rústica estantería donde, en apretado desorden, conviven el Diccionario Aragonés de Rafael Andolz, la Gramática Aragonesa de Francho Nagore, varios ejemplares de flora y fauna del Alto Aragón, la Vida de Pedro Saputo de Braulio Foz, A lueca de Chuana Coscujuela, cuatro o cinco libros de Fernando Lalana, la colección completa de novelas infantiles de Asun Velilla y diversos volúmenes de poemas en las diferentes variantes del aragonés.
En un lateral de la estantería, en dos hojas manuscritas amarilleadas por el tiempo y el humo y sujetas a las irregularidades de la madera por ocho chinchetas, todavía pueden leerse unos fragmentos del poema en cheso de Veremundo Méndez, Las flamas de lo fogaril:
[…]
Una nuey, recién cenáus,
mirando las flamas yeran,
prexinando cada cual
u pensando a su manera,
rodiando lo fogaril
toda una familia entera,
en aquella nuey d’ivierno
que l’ausín chiflaba fuera,
chelando a la nieu que empliba
los telláus y las carreras.
Yeran bien aposentáus
en dreita y zurda cadiera,
y, cara a cara lo fuego,
bellos en escamilletas
escuitando, que lo güelo
fablaba d’estas maneras:
– A mí, porque ya só viello,
muita vida no me queda;
pero a estos fogaríls
y polidas chamineras,
que por cientos las añadas
todas, u cuasi, las cuentan,
a morir son condenadas,
como yo, por estar viellas.
[…]
La vida que ve trayendo
con lo tiempo cosas nuevas,
fa aquí, como en otros puestos,
que muitas cosas se pierdan:
levan calzóns cuatro viellos,
ya se´n fueron las gorgueras,
rondas no’n sientes dinguna,
¡lo tañer ye una fatera!,
¿bailar la jota? ¡soniando!:
ixo, antis más, diz que feban.
Albadas y palotiáus,
romances y sobremesas
iz que cien años ta zaga
aqui’n lo lugar bi-n-heba.
[…]
Ya no tartié más lo güelo;
miré lo fuego que ardeba
y lo altas que puyaban
las flamas la nuey aquella.
Poco a poco se apagueron
como si s’hesen dau cuenta
de lo que d’ellas fablaba
y s’hesen muerto ¡de pena!
NOTA
Poema musicado por Pepe Lera e interpretado por el Grupo Val d’Echo.