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Archive for the ‘En las pupilas’ Category

«Bañista en el basón»: Archivo personal


A la izquierda del camino los almendros ornan de falsa primavera el paisaje recorrido por la primera luminosidad diurna, extendiendo sus róseas y blancas flores hasta la faldilla del roquedal. Al otro lado de la imponente empalizada pétrea, un solitario pato se desliza, indolente, por el agua quieta del basón[1], esbozando lenes surcos que se desdibujan aun antes de que la mirada del paseante prenda en ellos.

Un círculo de piedras bien dispuestas, a modo de brocal, por humanas manos, señala el lugar donde antaño se erguía el imponente y último tejo, cruelmente cercenado para lustrar los techos de la pretenciosa casa conocida como la Perragorda.

El paseante, sentado en la orilla, con los pies desnudos hollando el arcilloso lecho donde se asienta el agua, contempla, con los ojos entrecerrados por el baño de luz, al ánade real, ahora inmóvil en el centro de la balsa. Sobre la hierba, que todavía retiene la humedad de la noche, reposan Milagritos Rueda, Froilán Carvajal, míster Witt y los insurrectos del cantón de Cartagena[2].

Ramón J. Sender ha vuelto, una vez más, a su rememorada Sierra de Guara.

Vuelan, remontando el roquedal, un trío de falzetas[3].


NOTAS

[1] En aragonés, balsa, charca.
[2] Personajes de la novela de Sender «Míster Witt en el cantón«.
[3] En aragonés, vencejos.

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«Sindo»: Archivo personal


Al atardecer, cuando los farolillos solares de los maceteros del jardín devuelven discretamente la claridad absorbida, abandona Sindo, el zapo[1], el fortín de la leñera. Se desplaza con falsa indolencia, con pasos cortos; de vez en cuando se detiene y gorgotea balanceando sus flancos, con los ojuelos anaranjados convertidos en dos líneas oblicuas y la boca ligeramente abierta. Luego, salta con estrafalaria torpeza hacia los rododendros donde el fluir acuoso de la manguera atrae a las babosas que se apelotonan, ajenas a su depredador, en la superficial capa de limo.

Apostado —estático y silencioso— en la encina tricentenaria de la parcela vecina, observa Nicolás, el búho. Llega, como cada noche, al territorio de caza que comparte con Sindo, desde la falsa[2] de Casa Berches, donde lleva viviendo más de un cuarto de siglo.


Cuando retorna Sindo a la leñera, henchido y satisfecho, aún se adivina la silueta de Nicolás oteando la noche  y a sus incautos pequeños transeúntes insomnes—  desde la encina.


NOTAS

[1] En aragonés, sapo.
[2] Id, buhardilla.

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«Flysch en Zumaia»: Archivo personal

 

Replegáronse las olas. Despedíanse desencrespando sus rizos entre las excrecencias rugosas de las margocalizas que emergían, con sus caprichosas láminas de hojaldre pétreo, conformando una inmensa lengua estriada que nacía más allá del acantilado, pendiente arriba, rozando la textura verdosa del prado inclinado hacia el Cantábrico.

¡Me encantaaaaaaaaaaa!”, gritó la pequeña aventurera, en precario equilibrio sobre la plataforma erosionada de la playa de Itzurun mientras la lancha de Ander se alejaba hacia Deba vigilada por la rasa mareal.

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«Donde arde la nieve»: Archivo personal

 

La pequeña se desprende de los big-foots[*], los planta con furia en la nieve y dice, en un tono entre lastimero y enrabietado: “Con la monitora me aburro. Yo quiero subir a Culibillas a ver el ibón”. Varios descensos en trineo y una improvisada batalla de bolas de nieve —con el resto de la chiquillería del cursillo de esquí— deshacen todo vestigio de enfurruñamiento pero no la fijación con las alturas. “Cuando tenga seis años subiré al ibón y a peña Telera y a…

Relumbra el sol pese a los escasos siete grados de temperatura y bruñe las limpias rocas que parecen rozar el azulón celeste de Formigal. Desfilan, cual exuberantes vedettes sobre la mesa escenario del restaurante de Sallent de Gállego, una ensalada de tomate y boquerones con salsa agridulce, cinco pinchos de chuletón a la brasa y un inigualable milhojas de foie fresco que preceden a la deliciosa leche frita con la que se relame la pequeña mientras los mayores vencen el cálido sopor de la sobremesa aferrados a sus tazas de café.


NOTA

[*] Miniesquíes muy cortos que suelen utilizar las niñas y niños para iniciarse en el esquí.

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«Caminera»: Archivo personal


Recién descendido del land rover inicia Juaquín de [Casa] Foncillas el primer silbido largo; antes de que el tercero se una a los sonidos habituales del monte, se agrupa la yeguada, se organiza y, con Sevil, la yegua Hispano-bretona, puesta en cabeza, avanza la manada, en sorprendente hilera, dejando atrás el vallecillo que protege el cabezo y ascendiendo, sin prisas, por la ladera que lleva al irregular camino de tierra donde la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio maniobra el vehículo hasta encararlo en dirección contraria a la de ida.

Alcanzan los animales el vehículo y, sin apenas deshacer la formación, continúan avanzando. Juaquín y la veterinaria palmean las grupas a modo de saludo mientras la pequeña, de la mano de Étienne, contempla, fascinada, la lenta marcha de los equinos de monte. “¡Caminera! ¡Caminera!”, grita la niña mientras pugna por desasirse de la mano que la contiene. Caminera, la yegua Burguete, roza, cariñosa, el brazo de la veterinaria que, disimuladamente, le pone en la boca dos trozos de pan. “¡Caminera! ¡Caminera! ¡Yo quiero ir montada en Caminera!”. “Ahora no, pequeñota. Cuando bajemos las yeguas al camping daremos una vuelta con Caminera, ¿vale?

Marcha Juaquín a pie, junto a los animales; le siguen en el land rover la veterinaria, Étienne y la pequeña. Van despacio, con el primer Sol matutino acomodando sus rayos.
A pocos metros, delante del vehículo, remolonea Caminera que, aun sin perder el paso de sus compañeras, se detiene de tanto en tanto y vuelve la cabeza como para cerciorarse de que el vehículo y sus ocupantes siguen ahí.


Esta potrilla no es para el mundo”, se lamentaba el abuelo [de Casa] Foncillas cuando, apenas una hora después de su nacimiento, se descubrió que la recién nacida estaba afectada de ictericia hemolítica. ”La sacaremos adelante”, le animaba, con convicción, la veterinaria pese a no tener mucha experiencia en el tratamiento de enfermedades caballares. “Vamos a criar la mejor caminera de la yeguada”. La alimentaron a biberón, con calostro de otras yeguas, leche de cabra y dosis suficientes de plasma por vía intravenosa. Dos meses después su peso y su alzada eran similares a los de otros potros que habían nacido sanos.
Y la llamaron Caminera. De eso hace ya cuatro años.

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«Chill-out»: Archivo personal


La vetusta y minúscula mesita de cristal grueso con patas de haya lacada que durante años ocupara un discreto lugar en la Salita de Recibir de Casa Palomeque, sobrelleva, sin un crujido, el peso de las tres columnas de libros en desconcertante apilamiento. Los relatos de Adelaida García Morales reposan sobre Caperucita en Manhattan, encima de la portada descolorida del díscolo Jean Genet recostado en una recopilación de poemas de Carmen Conde en equilibrio sobre una novela de Javier García Sánchez.

Miguel Sánchez-Ostiz, barojiano, sustenta a Ramón Acín Fanlo, José Luis Corral y Dolores Redondo, apoyados todos ellos sobre la última pilastra donde se apretujan, con los lomos hacia afuera, Eduardo de Guzmán, Camilla Läckberg, Charlie y la fábrica de chocolate, un álbum de cromos de Peppa Pig y los Momentos estelares de la humanidad.

Contempla la pequeña, desde el sofá-columpio que la acoge y acuna, el bosque de papel que se levanta frente a ella y estira sus piececitos desnudos hasta rozar con los dedos el pilar más cercano.


Refulgen, barnizadas de calabobos, las tejuelas de pizarra del porche del jardín donde sestea la niña  ovillada y mecida mientras los libros velan.

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«Traveller Migrations»: Alfonso


Mientras el cierzo hostigaba al automóvil entre bamboleantes movimientos, se acercaron ellas, en vuelo bajo, al castillo de Montearagón. Venían del sur; quizás, de las inmediaciones del embalse de Valdabra. Tal vez llegasen al centenar, en formación desigual y griterío sostenido. Bajas. Muy bajas; tanto, que casi se advertía el desacompasado palpitar de sus pechos grisáceos lacerados por las embestidas del cierzo que, embravecido y despiadado, desplegaba su invisible furia desde los nubarrones inflamados de agua a las ancianas y sufridas carrascas que montan guardia permanente en la cuneta.

Todavía no habían sobrevolado las aves de cabecera la torre albarrana de la fortificación, cuando se produjeron, entre caóticos batires de alas, las primeras deserciones en el cada vez más precario orden de la miríada. Los grúidos que conformaban la rezaga viraron bruscamente hacia el este, trazaron un perfecto semicírculo y recularon al sur; el resto de las grullas se dispersó en vuelo errático, ora al oeste ora al este, hasta que, cuando las volátiles iniciadoras de la desbandada ya se perdían a lo lejos de regreso al humedal, el grupo rezagado se recompuso y siguió la misma ruta de sus compañeras.




…daba mandobles el cierzo a la mañana.

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«Rincón»: Archivo personal


Son siete, aunque la estupenda camarera que atiende la mesa redonda del rincón sólo cuente seis comensales, todas mujeres en esa edad indefinible que supera los cuarenta. Son seis y Liliana Felipe, que va —mordaz, provocativa e incorpórea— de oreja en oreja, tarareando Las histéricas somos lo máximo, mientras las dos bandejas de caracoles a la antigua se van vaciando con más brío que el Viñas del Vero rosado que se refresca, solitario, en la champanera.

Desfilan las tostadas de pan de cristal con tomate licuado acompañando las lonchas irregulares de jamón ibérico recién cortado.

Más rosado.

Una fuente de ensalada de Camembert, rúcula, membrillo y frutos secos; otra de sardinas a la brasa con romescu. Una más de atún marinado con vinagreta de verduras.

Charla. Risas. Muchas risas. Recuerdos.

Más rosado.

Más recuerdos.

Sorbetes de mandarina y limón. Cafés. Licores. Y Liliana Felipe —siempre presente e invisible— tocando en un piano diminuto Nos tienen miedo porque no tenemos miedo, sentada sobre el cuello de la última botella de Viñas del Vero ladeada en la champanera.

Cuando las seis comensales vuelven a los brillos de la noche callejera, la intangible trovadora argentina les lanza un beso, corretea hasta la esquina e, impulsándose, sube junto al entoldado de paraguas rosas que se balancean al compás del optimismo.

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«You can fly!»: José María Cuéllar


Un Sol henchido y vigoroso se concentra en el tejido blanco roto del entoldado bajo el que comienzan a instalarse los comensales pasadas las doce y media del mediodía. Sobre las mesas unidas  configurando un rectángulo tapizado con un hule suave en tonos verdes y anaranjados—  Emil, Ana y la señorita Valvanera depositan varias bandejas de tamaño mediano y boles conteniendo bacalao confitado con compota de manzana, madejas de parmesano, vichyssoise, croquetas de jamón, sushi con soja y wasabi, mejillones en salsa verde y tres cestillos con tostadas de mămăligă. Agnès Hummel y la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, recién llegadas, contemplan con apasionada gula las viandas expuestas mientras Étienne e Iliane terminan de colocar los vasos shot junto a los platos dispuestos frente a los aperitivos.

En un rincón  entre el macetero del perejil y la barbacoa de obra—  dormita Tula, la gata nueva, indiferente a las voces humanas y a los aromas deliciosos que van invadiendo el patio abierto a los últimos retazos de este verano que despiden, de pie y elevando los vasos rebosantes de Țuică[*], los dicharacheros celebradores. “Porque nos volvamos a juntar pronto”, brinda María Petra dejando el vaso sobre la mesa sin haber degustado el licor. “Demasiado fuerte para mí”, se disculpa mirando a Camelia Cristea, cuyas madre y abuela elaboraron el brebaje aguardentoso el otoño anterior.

Nada de inflarse con las tostadas… Que os conozco, advierte Marís entre carcajadas. Además, habrá que dejar sitio en el estómago para los platos fuertes que nos van a traer del restaurante con la furgoneta.

Sobre la mesita-velador —arrinconada junto a los tres escalones que llevan a la cocina— se amontonan, aparatosamente envueltos en papeles de colorido chillón, los regalos de las Amigas y Amigos Invisibles que intercambiarán a los postres, cuando cada cual prepare el regreso a su acomodo y su rutina y el Barrio se rinda a los ocres otoñales.


NOTA

[*] Aguardiente de alta graduación típico de Rumanía que se prepara con una base de ciruelas y que se toma, como «chupito», antes de las comidas, para abrir el apetito.

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«Μεσόγειος Θάλασσα»: Archivo personal


A las diez y media ya han pasado junto a las tumbonas los habituales de la venta ambulante. El mozambiqueño bajito de los borsalinos y las gafas de espejo; el guineano sonriente con su muestrario de calzoncillos Calvin Klein y su mujer, la experta trenzadora de cabellos; las gitanas fondonas con los vestidos coloristas ondeando en las perchas; el añoso tunecino de las toallas descomunales y la callada masajista coreana.

Las olas gatean hasta los pies de los dos vejetes alemanes que saludan, con arrobamiento infantil, la lenta singladura del catamarán a bastante menos de una milla del arenal que va poblándose de parasoles, toallas, hinchables, bolsas de playa y gentes sin prisa que absorben el Sol rebozadas en crema protectora.

El mar acoge los cuerpos en sus tibias ondas sosegadas; los envuelve y mece entre sales, algas y tierra liviana.

En los rizos espumosos de la orilla, la pequeña nereida llena de sueños su cubo de plástico verde con dibujos de sirenas.

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