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Posts Tagged ‘primavera’

«Primavera»: Archivo personal


Reverdece el solanar entre amarillos, lilas, granates, blancos y turquesas de las flores y se acuestan, distendidos, los felinos en los escalones, bajo la marquesina artesonada que sombrea y enjoya la entrada a la cocina.

Vuelan libres, en la limitada primavera del patio bastionado, las abejas que frecuentan la parra infértil de la esquina umbría; picotean tres gorriones las miguitas del desayuno que, diseminadas por la mesa, acompañan a Los asquerosos, de Santiago Lorenzo, y resiguen los ojos humanos los trazos tatuados en las espectaculares alas de la enorme mariposa que ronda entre el rosal y las dalias.

Huele el ambiente a hierba ligeramente humedecida, a bizcocho horneado, a pienso de gato, a tiza y a la colonia de vainilla con que ha rociado la pequeña Jenabou la cabeza de la paciente Yaiza, la perra, enroscada entre los morrongos.


Se escucha, al otro lado del muro de argamasa, el motor de un coche que desciende desde la plazuela del altozano para ganar la carretera.

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«La trocha de las almendreras»: Archivo personal

 

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata…

MIGUEL HERNÁNDEZ


Asciende el dulzor de los almendros floridos hasta el oteador pico de Gratal que las grullas sortean en su volandera expedición allende el humedal; sacude el cierzo los copiosos ramajes lactescentes que se extienden y hermosean el suave llano, a pie de sierra, por donde aspiran y trotan los sueños y se rinde el venerable invierno ante la pubertad eufórica de la primavera.

 

Liban las bocas ocultas de los almendros el icor de los cuerpos soterrados…

 

Surcan los pies las rectas hechuras de las trochas, en el seco y fragante océano de almendros, y asoman a los labios mudos adioses a las presurosas aves evanescidas detrás de las cinceladas crestas de la ancestral estribación.

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«La picaraza en el cañizal»: Archivo personal


Ronda Bruja, la picaraza, los establos de la yeguada donde comparece, engreída y soberana, cuando Juaquín de [Casa] Foncillas, su valedor, trajina entre los equinos. Acude el ave, chillona y de vuelo desacompasado, al cobijo del hombre que, cinco años atrás, la recogiera, de polluelo, de un nido destrozado y la criara en el granero de las pacas de forraje y paja, donde un jaulón sin puerta le sigue sirviendo de acomodo a su capricho. Bruja es lista, provocadora y con unas dosis de mala sombra que parecen imposibles en un animal de cerebro tan diminuto. Mayoral, el mastín viejo, que la tiene calada, intenta mantenerla alejada de lo que él considera sus dominios, lanzándole secos ladridos a los que ella responde con gritos que semejan carcajadas, ora desde el techado, ora desde la valla o del bamboleante jaulón. Cuando la presencia de Juaquín contiene el instinto del inmenso y normalmente apacible Mayoral, Bruja abandona las alturas y brinca en el suelo, sabedora de que el hombre cercenará cualquier iniciativa agresiva de Mayoral o de los otros dos canes que celan la yeguada. El hombre la mima, le da de su propia mano trocitos de hígado de pollo mezclados con arroz y galletas y ella, ladina y zalamera, cuando ya ha dado cuenta del contenido depositado en la mano, le grita, con inteligible pronunciación que asombra a cualquiera que la escucha —salvo al propio Juaquín, que se pasó horas y más horas enseñándole—: «¡Bruuuuja! ¡Bruuuuja!«. Y se aleja volando hacia donde pulula el grupo de picarazas con las que hace migas. O se posa, ufana, en el cañizal de A zequieta, desde donde avista y controla el ir y venir de animales y humanos.

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«Tiempo de langostos»: Archivo personal


Ascienden las caminantes hasta el Barrio atajando por la brecha que saja la vertical del congosto formando un sendero estrecho —poblado de cascajos— que termina cerca de la parte trasera del bar del Salón Social, donde Olarieta, la cocinera, que las ha observado desde las cristaleras del mirador, las recibe con un «Vais a matar a Mam’zelle[1] haciéndola ir por el derrubio«, que no recibe más respuesta que una sonrisa de la aludida mientras el sexteto desfila hacia una de las mesas que Josefo, el camarero, está terminando de montar en el exterior, bajo el emparrado.

Parlotean las caminantes desparramadas, más que sentadas, en los sillones metálicos y sirve Olarieta rebanadas de pan recién tostado y untado con ajo y aceite como acompañamiento de los tazones de leche y tacitas de café que atestan la mesa de tablero ovalado.

Despierta el Barrio en la avanzadilla cálida del domingo mientras el reloj de la torre campanea ocho veces y el mercurio del termómetro anclado a la pared de piedra del bar señala 9º de temperatura.


En la esquina del muro del almacén, indiferentes a las mujeres que desayunan, una pareja de langostos[2] festeja, en abrazo amoroso, la primavera.


NOTAS

[1] Apelativo que dan a la vieja maestra sus antiguos pupilos y pupilas.
[2] En aragonés, saltamontes.

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«Expo Más Que Libros»: Olga Berrios

 

La idea de desempolvar a Heinrich Böll durante la Semana del Libro en la biblioteca del Centro de Cultura Popular, se le ocurrió a la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio cuando regresaba, con María Petra e Iliane, de recoger a la última del festival Viña Rock. De noche, y con casi quinientos kilómetros por delante, se sucedían música, anécdotas, confesiones, cansancio, asfalto y jolgorio, cuando María Petra, que acababa de ceder el turno de conducción a la veterinaria, empezó a entonar, en su deslucido francés, una versión cuasi rockera de La mer, que llevó a la veterinaria a evocar a Agnès Hummel, cuyo padre, prisionero de los alemanes, tuvo oportunidad de escuchar al autor, Charles Trenet, en directo, en una de aquellas propagandísticas giras organizadas por los nazis en la Francia ocupada. Fue entonces cuando Iliane recordó la primera vez que estuvo en casa de Agnès Hummel, cerca de Uzès. Agnès, que tenía muchos invitados ese fin de semana, había habilitado para Iliane una cama en el estudio, rodeada de estanterías abarrotadas de libros; de madrugada, Iliane se despertó con la sensación de haber escuchado ruidos y, apenas incorporada del colchón hinchable sobre el que dormía, una de las combadas baldas de una estantería cayó con su voluminoso contenido de papel encima del improvisado lecho, aunque sólo uno de los libros golpeó a la muchacha: El honor perdido de Katharina Blum, de Heinrich Böll.

 

Y así, durante la Semana del Libro que se celebra en el Barrio del 28 de mayo al 4 de junio, la sección «¡Que rule!», dedicada en exclusiva a rescatar del olvido a un autor y su obra, ha tenido como excelso protagonista al puntilloso y genial autor y Nobel alemán, llamado el alma buena de Colonia.

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«Impulso»: Archivo personal


Entre retamas amarillas, escobones y codesos, hollan los pies las agrestes rampas volcánicas donde se aglomeran, ante la mirada embelesada, basaltos, fonolitas, ignimbritas, relucientes bajo los rayos solares que las horas fortalecen sobre la piel expuesta de los excursionistas, aligerados de vestimenta, con la voluntad prensada entre los músculos mientras se acercan al primer roque[*], lo admiran, lo calibran y tantean su base las manos, familiarizándose con las rugosidades que parecen palpitar bajo los dedos que se aferran e impulsan brazos y piernas venciendo la gravedad.

Horas después, cuando el avión se desliza por la pista, sigue presente la pulsión en las sienes y cada geoforma de la caldera de Tejeda cincelada ad æternum en la memoria.


NOTA

[*] En Canarias, monolito natural, a modo de resto erosivo aislado, que destaca sobre una cumbre.

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«Remanso»: Archivo personal


La llegada de Las Milagritos  abuela, hija y nieta, todas llamadas Milagros—  con la furgoneta de la comida es recibida con aplausos desde la amplia cornisa, reconvertida en merendero, en la ribera de la poza  de aguas todavía frías y levemente túrbidas  donde la chiquillería se zambulle con acompañamiento de chillidos, salpicaduras, tiritonas y admoniciones de los adultos.

Pasea el Sol su impronta cálida por los cuerpos aligerados y tendidos sobre las hierbas mientras en las fuentes y fiambreras bien cubiertas aguardan la ensalada de pasta, los cachopos de york, foie y queso y la macedonia de frutas y se refrescan en la orilla, a medio sumergir y encajonadas entre piedras, las bebidas.

Acicalan sus diminutas mandíbulas los insectos bajo las madreselvas; se aquietan las lagartijas en falso sueño; huyen, aguas abajo, las recelosas madrillas…

Se asienta en el Barrio, con el primer chapuzón dominical, la primavera.

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«Chill-out»: Archivo personal


La vetusta y minúscula mesita de cristal grueso con patas de haya lacada que durante años ocupara un discreto lugar en la Salita de Recibir de Casa Palomeque, sobrelleva, sin un crujido, el peso de las tres columnas de libros en desconcertante apilamiento. Los relatos de Adelaida García Morales reposan sobre Caperucita en Manhattan, encima de la portada descolorida del díscolo Jean Genet recostado en una recopilación de poemas de Carmen Conde en equilibrio sobre una novela de Javier García Sánchez.

Miguel Sánchez-Ostiz, barojiano, sustenta a Ramón Acín Fanlo, José Luis Corral y Dolores Redondo, apoyados todos ellos sobre la última pilastra donde se apretujan, con los lomos hacia afuera, Eduardo de Guzmán, Camilla Läckberg, Charlie y la fábrica de chocolate, un álbum de cromos de Peppa Pig y los Momentos estelares de la humanidad.

Contempla la pequeña, desde el sofá-columpio que la acoge y acuna, el bosque de papel que se levanta frente a ella y estira sus piececitos desnudos hasta rozar con los dedos el pilar más cercano.


Refulgen, barnizadas de calabobos, las tejuelas de pizarra del porche del jardín donde sestea la niña  ovillada y mecida mientras los libros velan.

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«Bocados»: Archivo personal


Entre bocado y bocado, y con el cierzo cargando contra la loneta que ejerce de falsa pared de la veranda sin techumbre, van las conversaciones de la ceca a la Meca entremezclándose con las de los comensales arracimados en las mesas vecinas.

No mencionéis el avión otra vez, que aún estoy asimilando lo ocurrido…
Pues el abuelo de la víctima de Jaca ayudó a nacer a mi madre…
Ya veréis, ya, como terminan colocando a los depresivos en las listas de posibles terroristas…
Por favor, por favor, por favor…
Ayer, cuando sobrevolábamos el parque eólico cercano a Noain, me entró una aprensión…
Vamos a dejarlo, por favor…

Danzan los cabellos al viento y revolotean las servilletas de papel y los sobres vacíos de los azucarillos.

Estaba pensando en utilizar el We Shall Overcome de Pete Seeger para la lectura pública de las memorias de Martín Arnal
Uf, demasiado lenta y con un origen religioso que tira para atrás…
Busca algo de Léo Ferré
Podíamos improvisar algunos acordes con las guitarras…
Sí, claro, como tenemos tanto tiempo…
Pues a mí me gusta la idea…
Bueno, bueno, bueno, no os embaléis…

Van despoblándose de humanidad saciada las terrazas de la calle del Padre Huesca y acuden, en anárquico intervalo, los gorriones de los aleros a revisar los restos.


«Oh, deep in my heart, I do believe…
We shall overcome someday
«.

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«Contemplación»: Archivo personal


Pasa Meterete, la cigüeña, con su fardo de ramajes, sobre la chiquillería gozosa que corretea por la Femera Cosme. Vuela sobrecargada, a baja altura, hacia el nidal del azud, que recompone y acicala durante toda la primavera. “Se va a estampar”, dice una chiquilla cuando el ave remonta con dificultad la barrera de encinas que la separa de la plataforma donde se halla el nido.

Sobre el verdegal se deslizan los cuerpos infantiles en jolgorio mañanero que revitaliza al viejo Barrio recién despertado de los ocres invernales. Acarician las primeras mariposas los pétalos de las margaritas noveles y discurren las mariquitas entre pueriles manos mientras Yaiza, con la correa bien sujeta a la pata ferrosa del banco, observa a las robustas palomas que rebuscan entre la hierba las palomitas de maíz arrojadas por los niños.

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