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Posts Tagged ‘historias’

«Plaza Mayor: Casa Heredia (Graus)»: Breit

 

En viaje de trabajo hacia Benasque, se detienen en Graus para entregarle a Mercedes, bibliotecaria del Barrio, las cajas de libros que les pidió trasladar a la villa ribagorzana. Caminando por la plaza de Coroche, para internarse por la calle en la que aguarda Mercedes, observan a un grupo de personas, con aspecto de turistas, señalando y fotografiando la casa-palacio de los Mur, un edificio del siglo XV, de aspecto sobrio, que fue remodelado en 1951 y cuyo atractivo y singularidad residen, más que en las bonitas ventanas geminadas del primer piso, en los dos dinteles de la fachada principal, donde se observan dos inscripciones idénticas talladas con las letras entrecruzadas. Unos dicen que se lee «Rodrigo de Mur y Marca», filiación del linajudo prohombre que residió allí; otros, la mayoría, aseguran que pone «Rodrigo ama a Mariíca», como dicta la leyenda transmitida oralmente desde el siglo XVI y que rememora la historia de Los amantes de Graus.

¿«Rodrigo de Mur y Marca» o «Rodrigo ama a Mariíca»?

 

Según la tradición, el noble grausino don Rodrigo de Mur quiso que su hijo, del mismo nombre, matrimoniara con Margarita Solano, muchacha de adinerada familia. Pero Rodrigo hijo, enamorado de Mariíca (Marica/María), una de las sirvientas de la casa-palacio, se rebeló contra su progenitor y, el día que se celebraba la pedida de mano de Margarita en casa de los Mur, con la presencia de las familias de mayor alcurnia de los alrededores, el joven desveló para todos los presentes la inscripción que había mandado cincelar en los dinteles, «Rodrigo ama a Mariíca», para así hacer públicos sus sentimientos hacia la humilde muchacha de servicio con la que, pese al escándalo y la oposición paterna, terminaría casándose.

 

La casa de Mercedes —recién reformado el interior para ser vendida o alquilada— fue antes de la señora Leandra, su madrina, de quien la heredó al morir esta ocho años atrás. Salvo el exterior, no hay ningún otro detalle que les sea familiar a las recién llegadas, que la visitaron muchas veces, cuando eran niñas, de la mano de la abuela de Marís, amiga de la señora Leandra. Las estancias de la antigua casa eran sombrías, repletas de muebles oscuros con permanente olor a cera y, en la sala, un piano de pared con un busto de Joaquín Costa, el renombrado polígrafo regeneracionista, cuya casa todavía existe en el número 5 de la calle que lleva su nombre. «Don Joaquín», decía la señora Leandra cuando se refería al ilustre personaje, al que ella no había conocido, pero reverenciaba, porque una tía abuela suya —fallecida en 1958— había trabajado como doméstica en la casa del erudito —que pasaba largas temporadas en Graus debido a una distrofia muscular— y le había contado y recontado «lo buenísimo que era don Joaquín, con su genio, pero muy buen hombre» y cómo lo había mimado y atendido su hija Antígone, «que no era hija como Dios manda, porque la había tenido, sin iglesia de por medio, con una viuda». «Pero la hija, qué hija, cómo lo cuidó hasta que se le murió, el pobrecico».

—Antes de saber quién era Costa ya lo conocíamos gracias a tu madrina —le dice Marís entre risas.

Empero, más que la penumbra perenne, el busto del omnipresente Costa, el aroma a cera, el piano siempre cerrado y la foto del año del cólera —en marco de plata oscurecida— de la tía abuela, magra ella, sentada a la puerta de la que es ahora la casa de Mercedes, quien más impresionaba a la veterinaria que, adulta, se ocupa de la salud de los mininos del Barrio y a Marís, en aquellas visitas infantiles, era Lalo, el gato de la señora Leandra; era grandote, de negrura inquietante, con unos ojos zarcos desproporcionados y vidriosos. Porque Lalo —le cuentan a la actual dueña de la casa— era un gato disecado y hasta la pequeña veterinaria, pese a su pasión por los felinos, se mantenía a distancia; esos ojos rutilantes, esas orejas enhiestas, esa postura hierática sentado sobre sus cuartos traseros, con el rabo asomando por la derecha…

—¿No me estaréis tomando el pelo? —duda Mercedes.
—En absoluto. Tú entonces puede que ni hubieras nacido o eras una bebé. Pregúntale a tu madre, que hasta miró si el animal era gato o gata para sacarnos de dudas.
—¿Que mi madre miró…? ¿Pero no decís que el animal estaba disecado?
—Bueno, nosotras éramos unas crías muy curiosas y queríamos confirmar que era un gato-gato, pero nos daba cosa ponerle una mano encima. Así que fue tu madre la que miró. Y se trataba de un señor gato. Un gato con sus cojoncillos, su pene chiquitín… El taxidermista no se había dejado ningún detalle.

Regresan al coche por el mismo camino de la ida. Ya no hay turistas en la plaza de Coroche y solo dos mujeres que, por las bolsas, parecen volver de la compra, las miran con curiosidad y responden con premura al «buenos días» de las dos sonrientes forasteras.

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«Thaumetopoea pityocampa (imagen ampliada)»: Archivo personal

 

Fueron descendiendo, con lentitud y en impecable formación, del castigado cedro; la negra cabeza de una en contacto con el segmento anal de la precedente. Era tal su morosidad, que los ojos avizores que las observaban apenas eran capaces de apreciar su progresión. Habría, grosso modo, tres centenares, calculó Jenabou; un ejército diminuto y disciplinado, armado su dorso con excrecencias peludas en tonos rojizos e impregnadas de alérgenos, que se deslizaba por el jardín de la casa de Mam’zelle —la señorita Valvanera, la antigua maestra del Barrio— buscando la ubicación idónea, entre la arenisca y la fina gravilla de los laterales, donde enterrarse y aguardar el momento estacional propicio para mutar de crisálidas a mariposas.

Con parsimonia, torció la oruga guía hacia los setos que se yerguen junto a la empalizada de color pistacho y curvose la procesión de malsanos lepidópteros sin despegarse los unos de los otros, como si, en vez de macroparásitos individuales, se tratara de una famélica e interminable serpiente con dificultades de reptación.

A cautelar distancia de la dañina procesionaria, y con el propósito de preservarse de los filamentos urticantes que, cercanos al medio millón, lanzan al aire cada uno de los minúsculos combatientes, Mam’zelle se enfundó gorra, gafas, y guantes, además de cubrirse la mitad inferior del rostro con un fular y calzarse unas botas de senderismo de suela recia; de tal guisa, se aproximó a la cadena viviente, que continuaba su perezosa marcha prolongándose más conforme alcanzaban el suelo las últimas unidades defoliadoras que se retiraban del árbol.

Jenabou salió del cobertizo con manos, cara, cuello y cabeza bien protegidos y el depósito de la mochila fumigadora conteniendo el mismo bioinsecticida que había visto usar en el pinar a Lurditas, la alguacila, con óptimos resultados. “Se van a enterar estas cabronas”, murmuró, y, con el pulso firme, abrió al máximo la boquilla del tubo de aspersión, apretó el gatillo de la empuñadura y fue rociando sin el menor intervalo la comitiva larvaria. Una pasada, dos, tres, al mismo tiempo que, en la retaguardia, la vieja profesora pateaba con ímpetu la hilera de orugas recién asperjadas por la adolescente.

28 de febrero de 2026

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«El desfile de los equinoideos»: Archivo personal

 

Aquella mañana de mediados de febrero en la que Mariángel —ayudante de cocina y camarera en el Mia-te tú— acudió al horno de la localidad a recoger los panecillos de chapata —encargados para la comida a puerta cerrada de los vitivinicultores—, coincidió con la vieja Angelines, correveidile oficiosa de cuanto acontece en el pueblo, que aprovechó la circunstancia para traer a colacion el «festín de los vinateros» [sic]. “Alguna mariscada les habrá preparado Mª Ríos, que esos son muy requetefinos y no se contentan con cualquier cosa. Buenos dineros se dejarán en la tragantona”, conjeturaba, mientras Otilia, la panadera, sabedora del percal, le hacía gestos a la joven barista para que se abstuviera de dar explicaciones. Pero Mariángel, tan ingenua ella como malintencionada la anciana, no tuvo inconveniente en presumir, con más candidez que engreimiento, de “unos erizos de mar de color violeta, preciosos y bien vivos” que Mª Ríos había comprado para extraerles las gónadas, aliñarlas y servirlas a los antojadizos comensales con el resto de entrantes.

No habían transcurrido ni quince minutos del regreso de la camarera a sus tareas en el gastrobar, cuando Mª Ríos recibió una llamada telefónica de la profesora de Educación Infantil de la Escuela Rural del Barrio:
—Oye, que me han comentado las madres que tienes erizos de mar vivos. ¿Puedo llevar a mi chiquillería para que los vean? Nada, poco rato. Solo para que sepan cómo son y nos vamos.

Y de esa manera, al mismo tiempo que una cariacontecida Mariángel le relataba a la desconcertada restauradora lo sucedido en la tahona, comenzó el desfile. La bulliciosa chavalería más joven de la escuela con su maestra. Los cuatro abuelos guasones que juegan a las cartas en el bar del Salón Social. Cinco madres que acababan de dejar a su progenie en el colegio y no sabían en qué emplear la mañana. La propia Angelines, con su amiga María Blanca y dos señoras de la Urbanización con las que salen a caminar. Olarieta, cocinera del bar del Salón Social, acompañada de Anca, la trabajadora de la Casa de Turismo Rural. Tres alumnos del Instituto de la capital que se habían tomado el día libre. Un matrimonio mayor que hacía hora para acudir al Consultorio Médico. Lurditas, la alguacila, y los dos peones contratados por el Ayuntamiento para limpiar el perímetro del azud… Todos, por supuesto, a contemplar los violáceos erizos de mar, en tanto que Mª Ríos, iracunda, lidiaba con los intríngulis del menú y Mariángel, lacrimosa, la perseguía —de la despensa a la cocina y de esta al comedor— suplicándole indulgencia por el embolado resultante de su indiscreción.

—¿Y te quieres creer —le contaba Mª Ríos, esa misma noche, a la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio—, que tuve que sacar a los rezagados a empujones y cerrar la puerta con llave? Y aún protestaban.

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«Léo Ferré en Roma (1972)»: Fotografía de dominio público de Angelo Deligio

 

Todavía restan, en los recios muros anaranjados de la villa, algunos de los carteles que homenajeaban al cantor muerto con un festival de música y poesía que, cada año, animaba este fortificado Gourdon medieval de calles estrechas, alzadas, sinuosas y vacías sobre cuyo empedrado repercuten los pasos. Allí mismo, bajo las bóvedas de la iglesia de Notre Dame des Cordeliers  maravilla gótica del siglo XIII, desafectada desde 1950 y convertida en sala de conciertos  aun parecen resonar las voces que devolvían, cada julio, a Léo Ferré (1916-1993) al territorio de Lot, donde vivió cinco intensos años.

 

A tres kilómetros de Gourdon, en un paraje donde el tiempo permanece detenido entre los avellanos y castaños a cuyos pies crecen las trufas, se halla el rehabilitado castillo de Pech Rigal, transformado en hotel; el mismo castillo que, aun semirruinoso, comprara el artista ácrata a principios de los sesenta, cuando una única ala se alzaba, victoriosa en el tiempo, completa y habitable, mirador privilegiado de un entorno donde a Léo Ferré, su compañera Madeleine Rabereau y la pequeña hija de esta, Annie, acompañaban el toro Arthur, las vacas Charlotte, Fifine y Titine, el cerdo Baba, una decena de perros y cerca de cuarenta gatos, además de cabras, ovejas, simios rescatados de dueños maltratadores y, sobre todo, ella, la más querida, Pépée, la adorable y consentida chimpancé adoptada por Léo en 1960, criada como la hija que siempre soñó tener y cuya trágica muerte desencadenaría entre aquellos dos seres, Léo y Madeleine, que tanto se habían amado durante diecisiete años, el definitivo desencuentro.

Instalóse, pues, la peculiar troupe Ferré-Rabereau en la zona habitable del castillo de Pech Rigal —Perdrigal, lo llamaría el cancionista— en 1963, lejos del bullicio ciudadano, entre gentes sencillas y paisajes de cuento. Léo marchaba a cumplir sus compromisos artísticos y regresaba a su acomodo, a Madeleine, a Pépée, a ese castillo del siglo XIV casi devenido en Arca de Noé que él llamaba su hogar. Reposo, composiciones, lecturas, paseos, juegos con su amada chimpancé y largas charlas con Marie-Christine Díaz, la joven hija de refugiados españoles —nacida en 1947, en el exilio— que ayudaba con los animales y en las tareas domésticas de Perdrigal.

En Madeleine, la esposa de Léo Ferré, empezaron a hacer mella las ausencias del intérprete y el tiempo que este dedicaba a Pépée y a Marie-Christine. A los reproches siguieron los celos, el resquemor, los problemas con el alcohol, la depresión. La muerte de Pépée, a principios del mes de abril de 1968, cuando Léo se encontraba ausente, terminó de quebrar las ya finísimas hebras del amor que había unido a Madeleine y su marido durante tantos años. «Fue un desgraciado accidente. Pépée cayó de un árbol, quedó malherida y hubo que sacrificarla», justificó Madeleine. «Un crimen. Ha sido un crimen. Ha aprovechado mi ausencia para matarla», acusó Léo. La pareja se deshizo; los animales fueron regalados o abatidos y Pech Rigal —aquel Perdrigal que el trovador comprara para que Pépée viviera con la libertad de la que carecía en París y Madeleine, gran amante de los animales, pudiera acoger a tan abundosa como extravagante fauna— quedó vacío.

Léo Ferré abandonó Perdrigal aquel mismo abril de 1968 para empezar de nuevo junto a Marie-Christine Díaz. Su querida Marie, el amor de su madurez. «A las 5 de la mañana, tomé un tren de Gourdon a Toulouse. Léo vino a recogerme. Me faltaban diecisiete días para cumplir los 21, la mayoría de edad… Condujimos, de pueblo en pueblo, de hotel en hotel, y luego paramos en Lozère, en el Mont Aubrac. En plena campiña», recordaría ella muchos años después, en una entrevista publicada en el diario Libération.  Se casaron en Florencia, el 5 de marzo de 1974, cuando el compositor y cantante obtuvo el divorcio de Madeleine Rabereau. Instalados en Castellina in Chianti, en la Toscana, estuvieron juntos hasta la muerte de él, el 14 de julio de 1993.

 


NOTA

Edición revisada y ampliada del artículo que, con el título Avec le temps…, se publicó en esta bitácora el día 27 de agosto de 2015.

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«Los últimos restos de la nevada»: Archivo personal

 

Desde el pretil sobre el río, junto a la placeta donde se localiza el oratorio de la abadía, se divisa —a través de las delicadas hilachas del calabobos que las nubes llevan tres días ininterrumpidos descargando sobre el Barrio— la suave pendiente que desciende entre la pardina Gabarre, donde todavía se mantiene en pie una pared del esconjuradero, y el prado de La Palanga, improvisada pista de esquí de inviernos infantiles. En esa ladera, el señor Inazio —un gigantón de rostro poco agraciado pero de buen carácter, a quienes todos llamaban el Ogro Bueno— enseñó a esquiar a dos generaciones de chiquillos y chiquillas que, desprovistos de bastones y siempre vigilados por el voluntarioso monitor, se deslizaban por el familiar declivio con las tablas en cuña, en controlada frenada que solía acabar, sin contratiempos, en el vasto terreno de pastos cubierto de nieve.

Al final de La Palanga, delimitando el terreno que separa un término municipal del otro, se encuentra el bosquecillo comunal donde, no hace tantos años, se esparcieron las cenizas del señor Anselmo, el Anarquista, enlace y ojos, a mediados de los cuarenta, de los guerrilleros de la partida de Joaquín Arasanz Raso, Villacampa, que anduvo escondido con sus compañeros maquis por la Sierra de Guara desde mediados de 1946 hasta ser apresado por la Guardia Civil en la Central Eléctrica de Huerta de Vero, donde, además de conseguir refugio al amparo de la familia de guardeses de la Central, los guerrilleros poseían su propia emisora. El 23 de enero de 1947, tras una batida de las fuerzas represoras y el posterior enfrentamiento entre guardias y maquis, Villacampa fue el único guerrillero superviviente. Juzgado en Consejo de Guerra, Joaquín Arasanz Raso, Villacampa, fue condenado a muerte, siéndole conmutada la pena capital por la de reclusión perpetua; no obstante, fue liberado en 1963. Ya en democracia, en las Elecciones Municipales de 1979, Joaquín Arasanz obtuvo el acta de concejal por el Partido Comunista en el Ayuntamiento de Barbastro. Murió en 1995.

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«Infancia»: Archivo personal

 

Aquel curso, la Escuela Rural del Barrio se había ofrecido como anfitriona del Festival Navideño Interescolar en el que participaban los centros educativos unitarios de cinco pueblos de la zona. Desde primeros de diciembre, los ensayos, la cartelería y los programas de mano, además de las clases ordinarias, mantenían ocupados a alumnado y maestras del Barrio, que prolongaban el horario escolar, con tanto deleite como frenesí, entremezclados con las madres, afanadas en la confección de la vestimenta.

Iban a poner en escena, teatralizándolo, el villancico El Chiquirritín, que, finalizada la obra, interpretarían a coro apoyándose en dos guitarras, una bandurria, castañuelas y panderetas. De la direccion musical se encargaba Trini, una exalumna de la escuela con estudios de piano y nula paciencia para trabajar con gente menuda. Y fue en el tema musical donde surgió el primer contratiempo. Los cinco niños y niñas que hacían de pastores debían acercarse, de uno en uno, a acariciar al Niño —interpretado por Sergiete, un bebé de ocho meses, rollizo y simpaticote, que no pasaba por recién nacido pero era el único bebé del Barrio— y cantarle el primer verso del villancico, “Ay, del Chiquirritín, Chiquirriquitín”. La veterinaria, entonces niña, que había llegado por primera vez al Barrio en mayo y, aunque había conseguido aprender castellano, confundía sílabas y tenía un acento francés acentuadísimo, era una de las pastorcillas; pero su versión de aquello que debía entonar difería bastante del original.

—Ay, del Pichiguitín, Pichiguititín —decía.

—Que no es pichiguitín —se desesperaba Trini—. Escúchame: chi-qui-rri-tín.

Pi-chi-gui-tín.

—No, presta atención. Mírame los labios: chi-qui-rri-tín.

Pi-chi-gui-tín —insistía la niña. Y de ahí no había quien la sacara.

 

El segundo revés vino por parte del alcalde, que se negaba a que un ternero y Zaramandico, el burro del señor Juan, entraran en el Salón de Plenos donde iba a celebrarse el evento.

—Mira, Valvanera, empiezo a estar harto del Festival. Me pediste que os pagáramos los aperitivos y las bebidas para agasajar a las escuelas. Y acepté. Pero te estás pasando pretendiendo meter en el Ayuntamiento esos animales. Hacedlos en papel o poned muñecos, hostias.

—Es un belén viviente, Gonzalo, y no quieras saber lo que me ha costado que nos presten el ternero. No seas tiquismiquis, que esto es un Ayuntamiento de pueblo y tú mismo crías cerdos.

 

Llegó el día del Festival. El Salón de Plenos se hallaba tan concurrido que ni los dos portalones podían cerrarse; había gente siguiendo el espectáculo hasta en el pasillo y las escaleras. Las dramatizaciones de las escuelas invitadas fueron un éxito y llegó, en último lugar, la actuación del colegio anfitrión.

Hacer pasar, entre el publico apretujado, al ternero y a Zaramandico camino del escenario, fue toda una proeza que se resolvió entre aluviones de carcajadas. Pero no fueron tan ruidosas como las que sonaron a posteriori, cuando, pasados diez minutos del comienzo de la obra El Chiquirritín, salió la primera pastorcita —la veterinaria niña— y, tras acariciar la cabeza del Niño Jesús, entonó:

—Ay, del Pichiguitín, Pichiguititín.

La concurrencia se retorcía de risa. Entonces, hizo su entrada Talito, el segundo pastorcillo, que le hizo cosquillas al bebé y, después, cantó:

—Ay del Pichiguitín, Pichiguititín.

Lo mismo la tercera pastora. Y el cuarto pastor y la quinta. Trini, a un lado del escenario, estuvo en un tris de sufrir un soponcio, que casi llegó a la apoplejía cuando, agrupado todo el alumnado en la escena final para cantar, completo, el villancico, escuchó las voces de aquel coro con el que tanto había ensayado:

—Ay, del Pichiguitín, Pichiguititín, metidito entre pajas. Ay, del Pichiguitín, Pichiguititín, queridín, queridito del alma…

El público carcajeante aplaudió con ganas la actuación, en la creencia de que aquel pichiguitín, pichiguititín no era sino una chirigota hecha aposta. Y lo era, por supuesto; ya se había encargado Emil, uno de los chicos de 6º de E.G.B. y líder del alumnado, de persuadir a sus compañeros y compañeras para desquitarse por los rapapolvos continuados —y, en su mayor parte, inmerecidos— que el grupo había recibido de Trini durante los ensayos.

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«El árbol desmoronado»: Archivo personal

 

Reconstrucción de los hechos ocurridos en la primavera de 1949, en un pueblo de la Hoya de Huesca, a partir de los recuerdos de la señora Isabel P.N., que contaba, por aquel entonces, catorce años.

Aquella mañana llegaron, por el camino del cementerio, los gitanos. Dos carromatos desvencijados tirados por mulos de pelajes imprecisos bajo un manto de parásitos y, atado a la última de las casas rodantes, un burrillo raquítico cuyas patas ulceradas obraban el prodigio de mantenerlo en bamboleante equilibrio. Los humanos que completaban el cuadro  —cuatro mujeres, cinco hombres y cuatro chiquillos, todos caminando junto a los carromatos, excepto los conductores—  portaban las mismas marcas de miseria y hambre que las humildes bestias que abrían y cerraban la comitiva.

A poca distancia de las primeras casas del pueblo, en una era apenas separada del camino de tierra y lindante con las márgenes del río, el patético grupo detuvo la marcha y, en pocos minutos, humeaba una marmita sobre una improvisada cocina de brasas circunvalada de piedras, mientras animales y chicuelos compartían chapoteos en la orilla del río.

No tardó la curiosidad de los habitantes del pueblo en hacerse presente junto al recién instalado campamento, de tal manera que, al mediodía, cuando las faenas del campo se interrumpieron para sanear los estómagos, nueve o diez personas observaban, en silencio,  a los forasteros y sus paupérrimas pertenencias.

De improviso, apareció un pandero en las manos de una de las gitanas y antes, incluso, del primer golpe rítmico, los cuatro arrapiezos de edades indefinidas se pusieron en movimiento: Volteretas, contorsiones, equilibrios de unos sobre otros… Y un final de saludos al desconcertado público observador que, quizás más sorprendido que entusiasmado, aplaudió con timidez a los infantiles artistas mientras los gitanos adultos se mantenían agrupados junto a la exigua hoguera esforzándose por sonreír amistosamente a los aplaudidores.

A media tarde se inició el ir y venir de algunos habitantes del pueblo a la era y de la era al pueblo. Patatas. Tomates. Cebollas. Una cantidad imprecisa de preciados huevos. Un poco de harina. Sardinas de cubo. Ropa vieja. Algunas perras gordas de aluminio.

La procesión dio tan buenos frutos que los gitanos se sintieron obligados a repetir el espectáculo a última hora de la tarde, imprimiendo a la nueva representación mayor teatralidad, como lo demostraban las dos mugrientas mantas que, colocadas entre los dos carromatos, oficiaban de telón. Al afán de los gitanos por acondicionar su pequeño circo ambulante contribuyeron algunas gentes del pueblo llevando sus propias sillas para convertir la pobre era en escenario de sueños, y, así, entre la necesidad de hacerse agradables de unos y la huída de la cotidianidad de los otros,  la nueva función atesoró la categoría de exitosa.

De lo que sobrevino por la noche, pocos fueron, sin embargo, capaces de dar muchos detalles. Solo el señor Agustín —padre de Isabel—, el serio mayoral de la finca La Palanga, puso voz a las tropelías cometidas en la era. Porque esa noche del mes de mayo de 1949, horas después de que nómadas y sedentarios compartieran un irrelevante festejo, dos números de la Guardia Civil  —según algunos, con el coleto acalorado por el efecto de varios chatos—  se presentaron en la era y, con el concurso de tres matones del pueblo, maniataron y apalearon con saña a los hombres gitanos hasta quebrarles los huesos, raparon las cabezas de las mujeres, las despojaron de sus ropas y les marcaron los cuerpos a punta de navaja, golpearon a los aterrorizados chiquillos y mataron al burro a pedradas.

Nunca se presentó cargo alguno contra los salvajes de uniforme y sus acólitos paisanos, salvo las protestas del indignado mayoral, que no fueron tenidas en cuenta por su conocida desafección al régimen. Tampoco se volvió a tener noticia de los gitanos, que desaparecieron a la mañana siguiente tras ser atendidos por el señor Agustín, su esposa y don Manuel, el practicante, que, haciendo caso omiso a las amenazas de uno de los Guardias Civiles implicados, curó las heridas físicas de las vilipendiadas víctimas. Solo quedó, como prueba del terror desatado, el cadáver del famélico asno, que tardó dos días más en ser retirado.

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«Al aire»: Viktorya Sergeeva

 

Sucedió a mediados de los años cincuenta del siglo XX, en un pueblo altoaragonés.

Al menudo Agustín le gustaba el olor del jabón recién cocido. Aquella mañana había vuelto pronto —tras la recogida de hierba para los conejos y caracolas de tierra para los patos— para sentarse junto al hogar y aspirar la tufarada de los huesos y la grasa de tocino que se deshacían y burbujeaban en el caldero del sosa.

—¿Falta mucho? —preguntó a su madre.

Cosa —respondió ella removiendo el mejunje con un palo—. En cuanti s’enfríe y repose lo echaremos en o cajón. Vete a llenar a boteja.

—Pero, mama, yo quiero aduyala a usté con o jabón…

M’aduyarás cuando acabe. Vete a buscar l’augua.

 

En el lavadero del pueblo las mozas parloteaban ajenas al Sol del mediodía cuyos rayos pugnaban por atravesar los sombreros de paja.
Agustín observó a las mujeres mientras el botijo, en difícil equilibrio bajo el chorro que manaba del caño, se llenaba. Pensó en las sanguijuelas adheridas a las paredes y al suelo cenagoso del lavadero y en las tres culebras de agua que había introducido la tarde anterior.

—¡Trai t’aquí a boteja, mozer! —le gritó una de las lavanderas.

El muchacho caminó sobre el pretil del abrevadero hasta llegar junto a las mozas y les ofreció el botijo. “Mañana meto sangoneras en a boteja”, se dijo.

El traqueteo del coche de línea que llegaba al pueblo le hizo olvidar las sanguijuelas y trepó, ágilmente, por el repecho que subía del lavadero a la carretera. Del destartalado autobús descendieron algunas personas que, cargadas con cajas atadas con cordeles y pañuelos farderos, emprendieron el camino que se adentraba en el poblacho.

—Buenaaas, Josefina —saludó el joven Agustín a una de las viajeras.

—Ah, Agustiner… ¿Y tus hermanas…?

—En o lavador.

 

La viajera, muy peripuesta y portando una maleta de cartón con aspecto de recién estrenada, llegó junto a la barbacana bajo la que se hallaba el lavadero y saludó a las mozas:

—¡Buenas a todas!

—Qué mudada y cargada vienes, chiqueta —observó una de las lavanderas.

—Ya veis… Y con noticias.

—¿Y qué noticias son esas? —se interesó otra de las presentes.

—Pues… ¡que me caso!

—¡Ridiós! ¿Y con quién?

—Sí. ¡Me caso! Pero no tos creáis que con un hombre.

Las mozas dejaron la colada a un lado y miraron, desconcertadas, a Josefina, que las contemplaba con cierta altanería, consciente de la curiosidad que sus palabras habían despertado.

—Y… si no es con un hombre… ¿con quién, pues? —se atrevió a preguntar, por fin, una de las muchachas del lavadero.

—Con un Guardia Civil.

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«La diosa en el Olimpo de lo cotidiano»: Archivo personal


Son femeninos los símbolos de la Revolución Francesa, mujeres de mármol o bronce, poderosas tetas desnudas, gorros frigios, banderas al viento.

Pero la Revolución proclamó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, y cuando la militante revolucionaria Olympia de Gouges propuso la Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana, marchó presa, el Tribunal Revolucionario la sentenció y la guillotina le cortó la cabeza.

Al pie del cadalso, Olympia preguntó:
—Si las mujeres estamos capacitadas para subir a la guillotina, ¿por qué no podemos subir a las tribunas públicas?

No podían. No podían hablar, no podían votar. La Convención, el Parlamento Revolucionario, había clausurado todas las asociaciones políticas femeninas y había prohibido que las mujeres discutieran con los hombres en pie de igualdad.

Las compañeras de la lucha de Olympia de Gouges fueron encerradas en el manicomio. Y poco después de su ejecución, fue el turno de Manon Roland. Manon era la esposa del ministro del Interior, pero ni eso la salvó. La condenaron por “su antinatural tendencia a la actividad política”. Ella había traicionado su naturaleza femenina, hecha para cuidar el hogar y parir hijos valientes, y había cometido la mortal insolencia de meter la nariz en los masculinos asuntos de Estado.
Y la guillotina volvió a caer.

Olympia, texto perteneciente a la antología Mujeres (2015), de Eduardo Galeano—.


Poco antes de morir, Eduardo Galeano (1940-2015) preparó y revisó el que sería su libro póstumo, Mujeres, una antología de textos desperdigados en sus obras que quiso reunir en un solo volumen y en el que las mujeres, conocidas y anónimas, protagonizan ese universo galeaniano de trazado literario aparentemente simple pero de tal intensidad que se entremete por los ojos y explosiona en el ala cerebral donde se abrazan comprensión y sentimientos. Santas y putas; doctas e ignorantes. Novelistas, poetas, sindicalistas, obreras, pintoras, actrices. Jóvenes y maduras; de perfil público o anónimas viandantes de lo cotidiano; aristócratas y plebeyas. Reales o ficticias. Tan distintas y, a la vez, tan iguales y tenaces dignificando una condición femenina opuesta en significado a la que la sociedad diseñó para ellas. Mujeres que lucharon por ellas y por otras, que se batieron por un mundo justo, que se reivindicaron a sí mismas con sus actos dejando un rastro de integridad, a modo de miguitas, junto a las que no se puede pasar sin percibirlas y admirarlas. Sherezade, Josephine Baker, Teresa de Ávila, Alfonsina Storni, Marilyn Monroe, Juana de Arco, Camille Claudel, Rigoberta Menchú, Frida Kahlo, Rosa Luxemburgo, Juana Inés de la Cruz, Marie Curie, Harriet Tubman, mujeres revolucionarias, antiesclavistas… Mujeres defensoras del feminismo cuando el término carecía de sentido… Todo un retablo de acciones realizadas por mujeres, solas o como colectivo, que fue recuperando durante años el autor uruguayo sin dejar resquicios a la indiferencia.

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«El paseante galo del callizo»: Archivo personal


El gallo galo de los panaderos no tiene nombre, empero, los vejetes guasones del guiñote que se apalancan horas y horas en el bar del Salón Social y, conforme ven pasar al cachazudo galliforme, tientan su glotonería lanzándole puñados de maíz de bolsa, olivas rellenas, filetes de anchoa en conserva o el aperitivo que se tercie, lo llaman Fransuá.

El gallo, que desde su arribada al gallinero tomó la costumbre de trasvolar —porque este vuela, vaya si vuela— hasta uno de los laterales del muro del corral, saltar al callizo y darse un garbeo por la plaza, se muestra sociable y compadrea —a la distancia que se le permite, dado que calza unos espolones como navajas albaceteñas— con quienes, sin renunciar a la chacota, le proveen del piscolabis mañanero que complementa la pitanza del corral, sin que el atiborramiento le haya descompuesto la donosa estampa.

Su llegada al Barrio, hace… ¿un par de años…?, fue un espectáculo similar a aquellos de posguerra de los gitanos con cabra equilibrista y pandereta. Otilia, la panadera, había anunciado, con el mostrador de la tahona a modo de púlpito, la compra de un segundo gallo para convivir con el añoso que ya tenían y las catorce gallinas ponedoras, explicando que se trataba de un ave de raza francesa muy diferente en aspecto a las habituales, así que, cuando lo acomodaron en el gallinero, el peregrinaje del vecindario a ver al nuevo residente aviar fue digno de figurar en los ecos de sociedad de una revista agropecuaria, y ¡pardiez que mereció la pena!, porque especímenes como aquel, de alzada no desdeñable y un estrafalario cobertor de coloreadas plumas que bien podían convertirlo en mascota carnavalera, la mayoría de los lugareños solo los habían visto por el televisor. Hubo quien afirmó que tenía toda la pinta de gallo americano de pelea y que, como se descuidara el otro gallo, más talludo pero viejarrón, le iba a rebanar el pescuezo de un solo golpe de espolón. Sin embargo, para sorpresa de todos los entendidos en psicología gallinácea, el ejemplar galo resultó ser tan llamativo como pachorrudo.

Pasadas las dos primeras semanas de tanteo entre los dos machos alfa, ni corrió la sangre ni se escuchó un quiquiriqueo más imperioso en uno que en otro ni hubo variaciones en el tono y la frecuencia del cacareo de las catorce gallinas ni en el ritmo y número de las puestas, concluyéndose en el Barrio que, salvo por las escapadas consentidas del gallo galo, ningún acontecer digno de tratarse en los tradicionales corrillos lenguaraces alteraba la vida en el corral de los panaderos. Y tal parece hasta la fecha.

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