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«Plaza de los Tocinos (Huesca)»: Archivo Viñuales de fotos antiguas


Desde la conquista aragonesa de Huesca en 1096 y hasta el decreto de expulsión definitiva de los moriscos firmado por Felipe III en 1609 —que se ejecutó en Aragón el 29 de mayo de 1610—, el barrio de San Martín, extramuros, fue territorio de los musulmanes oscenses, convertidos al cristianismo como condición para seguir habitando la ciudad de sus antepasados. San Martín era, entonces, un animado barrio con sus callejuelas y adarves colmados de ollerías, tejerías y curtidurías, que se extendía hasta las fructíferas huertas que, además de los cultivos al uso, se llenaban de hermosas matas de albahaca que aromaban exquisitamente el estío oscense, tradición originada en la época romana que ha llegado hasta nuestros días, no concibiéndose las jornadas festivas dedicadas al santo Lorenzo, patrono de la ciudad, sin las macetas de albahaca en calles, ventanas y balcones y los ramitos que portan en la mano o asomando en los bolsillos de las camisas y pantalones, los y las oscenses.

En ese barrio de esencia mudéjar cuya mezquita —conocida como la Mezquita Verde— fue derruida por orden de los gobernantes cristianos, se construyó allá por el siglo XIII la iglesia de San Martín, parroquia de los moriscos, demolida en 1868 debido a su estado ruinoso y convertido el espacio que ocupaba en plaza, nombrada del Justicia, en homenaje a la ilustre figura histórica de autoridad en el Reino de Aragón que tenía como misión la defensa de los Fueros aragoneses. Y en ese recinto al aire libre en el corazón de la antigua Morería de la ciudad, comenzaron a celebrarse ferias de ganado, siendo las de porcino las más populares, hasta el punto de empezar a llamar los oscenses a la que era y es plaza del Justicia, plaza de los Tocinos, denominación que ha pervivido. Si a un oscense se le pregunta por la plaza del Justicia, tal vez dude unos segundos, pero si se le menta la plaza de los Tocinos no titubeará a la hora de dar las indicaciones pertinentes para llegar a ella.

Durante décadas, cuando dejaron de celebrarse allí las ferias de ganado, la plaza de los Tocinos acogió el mercadillo de ropa de los martes, que congregaba a una clientela fidelísima y ecléctica, amén de paseantes y mirones. Limitando la plaza se construyó, allá por los años treinta del siglo XX, la emblemática Casa Polo, de arquitectura racionalista, en una de cuyas plantas vivió Manuel Sender Garcés que, dos veces alcalde de Huesca, fue el encargado, en 1931, de proclamar la II República en el balcón del Ayuntamiento. Desde esa vivienda de Casa Polo se despidió de su joven esposa, Marcelle, aquel aciago 20 de julio de 1936, para dirigirse al Ayuntamiento, del que era concejal por Izquierda Republicana, sin sospechar que marchaba hacia la muerte.

Enfrente de Casa Polo se inauguró, en la década de los setenta, uno de los primeros bares-frankfurt de la ciudad, El Viejo Acordeón, que ayudó a dar una segunda vida a una plaza que había ido perdiendo protagonismo con el paso del tiempo y que tuvo una lamentable época de degradación contra la que lucharon los habitantes del barrio, orgullosos de morar en la parte del Casco Viejo que antaño fuera territorio mudéjar de la ciudad.

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«Donde sangran las amapolas»: Archivo personal


En una entrevista concedida al Heraldo de Aragón en 2002, le explicaba Ildefonso-Manuel Gil (1912-2003) a Antón Castro cómo y por qué había nacido su novela Concierto al atardecer [reeditada en 2023], en la que, a través de Alonso, protagonista y alter ego, el escritor evoca, con cierto sentimiento de culpa por ser uno de los sobrevivientes, a los compañeros con los que compartió encarcelamiento, horror y desesperanza en el Seminario de Teruel, transformado en presidio, aquel durísimo invierno de 1937, que solo se diferenció de los terribles meses anteriores en el rigor climático.

Había abrazado a muchos amigos, más de veinte, y había despedido a un centenar de hombres que pensaban que iban a trasladarlos a otra cárcel y los llevaban a fusilar. Eso fue verdaderamente horrible y superarlo me costó una vida entera. Padecía pesadillas por las noches, le confesaba a su entrevistador. Y recordaba que en ese lugar sufrió el horror, el hambre, notabas los dolores en el estómago. Te pegaban, aunque tampoco eran palizas. Vivías en la incertidumbre del pánico. Adquirí el compromiso personal, conmigo mismo y con la memoria de los caídos, de decir lo que ellos no habían podido decir. Así nació mi novela… Además, se producía un hecho espeluznante: los que lo sabíamos estábamos comprometidos a mantener la moral de los que creían que la saca era un traslado de cárcel y no un viaje hacia la muerte. Imposible el olvido.



A VOSOTROS,

mis amigos de cárcel, compañeros de estupor y del espanto,
muchos de cuyo nombre no me acuerdo o nunca lo he sabido,
rostros que se presentan un instante y quizás se confunden,
ojos puestos bajo distinta frente,
una voz de su boca enajenada,
un gesto desprendido de qué manos
o apenas simplemente un estar en silencio…

otros viviendo fuera de su muerte en mi memoria intactos,
Joaquín Muñoz, Segura, Vilatela,
el médico Barea y Francisco Lafuente
y Vázquez y Morales, Pedro Gálvez,
los Tablones, los Chanos y Victorio y el chato de las minas
y aquél ¿cómo era aquél? y el otro, el otro, el otro…

lívidas tardes, madrugadas lívidas,
el terror gota a gota, fuente, arroyuelo, río
desbordándose oculto por los nervios,
un tiempo sin relojes, largas horas brevísimas
y el corazón en tempestad tan aquietado…

hace treinta y cuatro años en estas mismas horas
en que sin convocarnos me venís a los versos,
tuvimos la más honda hermandad, compañeros
sentados a la puerta del alma para esperar la muerte,
el sacrificio inútil mas la esperanza cierta…

estas palabras mías que empezaron a andar sin yo saberlo
hace treinta y cuatro años cuando juntos
hicimos la antesala de la muerte
y estuvieron andando en el estrépito de cañones y músicas triunfales,
hurtándose a exquisitas vigilancias y anatemas feroces,
a la debilidad y al desaliento de tan gastados días,
os las devuelvo ahora,
las desando,
pronunciando en voz alta vuestros nombres
que desde lejanías de espacio y tiempo vuelven a aquel instante mismo
y estoy junto a vosotros aguardando la lista,
qué guijarro tan hondo cayendo en el silencio de cada nombre,
qué tirón de los ojos a los ojos amigos,
qué soledad desamparada quedándose detrás a cada paso,
apretadas las manos sobre el temblor de otras lejanas manos
quizás tan confiadas en el lecho tarado por la ausencia,
y os vuelvo a ver y quiero
ser absolutamente fiel a mi mirada,
os veo ir al encuentro de la muerte sabiendo
que no hay sedas que cubran la desnudez del crimen.

—Poema de Ildefonso-Manuel Gil contenido en el libro De persona a persona, publicado en 1971—



Tras su excarcelación, Ildefonso-Manuel Gil, que había estudiado Derecho, se doctoró en Filosofía y Letras y se concentró en la Literatura y en esas clases que daba, casi de tapadillo, en centros de enseñanza privados  —como el colegio Santo Tomás de los Labordeta, que acogía a muchos enseñantes aragoneses depurados por el franquismo—  para sacar adelante a su recién formada familia (se casó, en 1943, con Pilar Carasol Torralba, alumna suya de bachillerato en el colegio Santo Tomás) que iba aumentando poco a poco. ¿Su ilusión? Ser catedrático de Literatura, pero para ello debía firmar el exigido certificado de adhesión al Movimiento. Me acordaba de los amigos a los que había dado un abrazo porque los iban a asesinar, y… ¿cómo iba yo a hacer una adhesión a Franco?.

En 1962, sabiendo que su negativa a avalar la dictadura le impediría acceder a la ansiada cátedra, se trasladó con Pilar y sus hijos a Estados Unidos, donde nacería la menor de sus cinco retoños. Allí, lejos de España y con un contrato de docente universitario bajo el brazo, pudo empezar a redactar su sobrecogedora novela Concierto al atardecer, que llevaba casi treinta años gestándose en su mente y tardó otros treinta en ser publicada.

Entremedias, este vate, honesto y fiel a sus ideales —que prefería ser llamado poeta de la Generación de la República y no de la que se ha terminado denominando Generación de 1936, por tratarse, decía, de un año nefasto en la historia de España— ejerció de profesor de Literatura Española en la Rutgers University y dio conferencias y lecciones magistrales en centros universitarios de Estados Unidos y Canadá, sin dejar jamás de lado el motor de su vida, la escritura, actividad a la que siguió dedicándose también, con su puntilloso y reconocido estilo, a su regreso a España en 1985 y hasta su muerte en 2003.

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«Alas…»: Archivo personal


Los días 20 y 21 de julio de 1935 se celebraron en Huesca, organizadas por la Cooperativa de Técnicas Freinet y propiciadas por el pedagogo y artista plástico Ramón Acín, las II Jornadas de la Imprenta en la Escuela, tributo a quienes, desde la Escuela Nueva republicana, habían tomado como modelo la pedagogía de Célestin Freinet, estructurada en una escuela abierta, socializadora, antiautoritaria y asamblearia, donde los textos libres, el tanteo experimental y la observación del entorno conformaban una visión novedosa de la enseñanza, siendo los educandos los sujetos activos y protagonistas de su propio aprendizaje.

Uno de los introductores entusiastas del método freinetiano había sido el inspector de Enseñanza Herminio Almendros, que acudió a aquellas jornadas de innovación pedagógica muy interesado por las diferentes ponencias que las maestras y maestros participantes compartirían con los docentes desplazados a la Escuela Normal oscense desde diferentes escuelas rurales de las provincias de Huesca y Lérida, zonas donde las experiencias de Freinet habían tenido excelente acogida y sobre cuya praxis versaba la convocatoria.

En una de las asambleas, el inspector Almendros coincidió con Simeón Omella, maestro freinetista de Plasencia del Monte, que le regaló un sencillo librito de textos libres escrito e impreso delicadamente por su alumnado y al que el docente aragonés añadió una dedicatoria: «A mi querido amigo D. Herminio Almendros. Fraternalmente, Omella». Fue el último contacto entre ellos.

Iniciada la guerra civil un año después y tomada la localidad de Plasencia del Monte por el fascismo, Simeón Omella, pese a no haberse significado políticamente, tuvo que huir dejando atrás a su familia. Ejerció su magisterio en la zona republicana y, finalizada la confrontación, marchó a Francia. En 1949 fueron a reunirse con él su esposa y tres de sus hijos, que, como familiares directos del antiguo maestro republicano, habían padecido grandes penurias. Simeón, que trabajaba en las oficinas de las minas de carbón de la localidad de Carnaux, amargado y con la salud quebrantada, apenas era una sombra del hombre que sus deudos recordaban. Falleció, con 54 años, el 28 de diciembre de 1950, pocos meses después del reencuentro familiar.

Herminio Almendros se exilió, igualmente, en Francia al finalizar la contienda. Fue acogido por Célestin Freinet y su esposa Élise, también pedagoga, en cuya casa de Saint Paul de Vence residió Almendros hasta que la ocupación alemana le obligó a abandonar suelo francés para marchar a América, dejando en la casa de los Freinet el ejemplar que le había regalado Simeón Omella.

Terminada la guerra mundial, aquel librito escrito por las niñas y niños de Plasencia del Monte pasó a formar parte del fondo documental de Freinet en Niza. Fue en 2010 cuando, unas ilustraciones y una dedicatoria que acompañaban al libro D’Abord les enfants. Freinet y la educación en España (1926-1975), de Antón Costa, alertaron al director del Museo Pedagógico de Aragón, Víctor Juan Borroy, que reconoció los nombres del maestro Omella y del inspector Almendros y contactó con los responsables de los Archivos Documentales de los Alpes Marítimos de Niza para solicitar una copia digital de aquel libro infantil.

Y así, aquellos textos libres escritos por los escolares de Plasencia del Monte, motivados por su maestro, Simeón Omella, durante el curso escolar 1934-1935, regresaron a Huesca setenta y cinco años después de haber sido compuestos. Fue el segundo libro recuperado del olvido editado por los escolares de Plasencia y su maestro.




ANEXOS


NOTA

Edición revisada de un artículo publicado en esta bitácora el día 21 de febrero de 2019.

La invasora

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«Cydalima perspectalis»: Archivo personal


En cuanto las yemas de los dedos de Jenabou lo rozan, se desplaza el lepidóptero desde las glicinias que ornamentan los setos hasta la crecida thuja del parquecillo, dejando un rastro de polímero de quitina en la piel de la jovencita que, inmóvil, resigue con la vista el brevísimo vuelo del insecto de permanentes alas extendidas. Es, no obstante, su último aleteo antes que Jenabou lo abata, sin miramientos, de un manotazo. “Y con esta van sesenta y dos polillas asquerosas menos en lo que va de tarde”, le dice a Lurditas, la alguacila, que, a escasos metros, sulfata delicadamente el preparado de bacillus thuringiensis sobre la hilera de bojes colmados de larvas y orugas voraces de la exótica Cydalima perspectalis, la polilla devastadora del boj llegada del Asia Oriental que, desde hace cuatro o cinco años, se ha extendido, destructiva, por el Barrio y alrededores, poniendo en peligro la supervivencia de la emblemática y abundante planta arbustiva que constituye el único alimento del indeseable huésped.

Mallos de Riglos-AA

«Los centinelas del Reino»: Archivo personal


En el número 42 del Diario Oficial del Ministerio de Marina, con fecha 18 de febrero de 1946, hay un apunte, bajo el epígrafe Bajas, que dice: «Transcurrido el año de «observación facultativa» que determina el artículo 165 del vigente Reglamento de la Escuela Naval Militar, y por no hallarse en condiciones de continuar la vida escolar, se dispone cause baja en la misma el Caballero Aspirante de Marina D. Manuel Derqui Martos». Algo inocuo y aparentemente ajeno a los ojos de la mayoría de no conocerse que el tal Caballero Aspirante que había navegado en el Juan Sebastián Elcano y al que se menciona en esa nota, devendría, con el tiempo, en escritor —cierto que minoritario y, por ende, perfectamente desconocido— que pese a su origen cubano (había nacido en La Habana, el 12 de septiembre de 1921), pasaría su niñez en Tetuán para recalar, tras su baja de la Marina, en Zaragoza, ciudad que adoptó como propia, y terminar sus días, todavía joven, en Aragüés del Puerto, pueblecito de la provincia de Huesca en el que su corazón se paró para siempre el día 13 de septiembre de 1973.

Como otros escritores, fue a su muerte cuando los textos de Manuel Derqui Martos, literato prolífico que había venido publicando en periódicos y revistas, vieron la luz en forma de libros. Dos de ellos a resaltar:


  • Meterra, novela que, según el propio autor, es «la biografía imaginada de un pintor que fracasa como hombre y como artista». Fue publicada en 1974 y los conocedores de la obra de Derqui señalan que, además de su factura experimental, posee una impronta kafkiana evidente en la que la Zaragoza del autor cubanoaragonés tiene cumplida correspondencia con la Praga de Kafka.
  • Cuentos, recopilación de narraciones breves publicadas en la prensa aragonesa, que se dio a la imprenta en 1978; de entre los textos recogidos destaca De Rerum Malleorum, magistral relato fantástico que se desarrolla en los Mallos de Riglos y describe una alucinante ascensión de dos alpinistas a los tubos pétreos que Derqui rebautiza como Macizo de Logris, quimérica elevación en la que conviven vampiros, lamias y seres del Inframundo con una poderosísima fauna autóctona, convertida en perversa y mortífera en la narración, y tan surrealista como el fantasmagórico hábitat dibujado con maestría por el escritor, que hace perecer a sus angustiados protagonistas en un entorno que, incluso sin el envoltorio de irrealidad claustrofóbica, se presta a la fabulación y la hipérbole.


La extraordinaria imaginación de Manuel Derqui Martos aporta sensaciones sobrenaturales nuevas a un lugar que obsequia su arriscada belleza y su magia a quienes contemplan los monumentales escarpes de conglomerados rojizos  —el Puro, el Pisón, el Visera, el Firé…, a los que Sender llamó “centinelas de las huestes del Diablo”—  y buscan entrever, entre las grietas de los imponentes farallones erguidos sobre el río Gállego, las ocultas criaturas ancestrales de las leyendas, observadoras no intervinientes (¿o sí?) del devenir humano, anfitrionas de tormentas y ventiscas y testigos silentes, tanto de los esfuerzos por conquistar las cimas, como de las ilusiones derrotadas.

Pueritiae

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«Donde aún quedan rastros de la niñez»: Archivo personal


«(…) He pensado muchas veces en estas palabras ciertas y desconsoladoras del nunca bien y bastante ponderado Francisco Giner: “No he podido explicarme jamás –decía el maestro– cómo siendo los niños tan inteligentes son tan necios los hombres”.

(…)

A los veinte meses de nacer el primero de mis hijos me ha nacido el segundo. A Jaimín, un cuñadín de cinco años, al comunicarle la grata nueva, dicen que contestó: –¿Para qué habrá encargado un nuevo nene, si hace poco encargó otro y no es rico?

Todos han reído la gracia del pequeño tío de los críos que yo fabrico. Todos menos yo, que, silencioso, he jurado no desaprovechar la lección de maltusianismo salida de labios del mejor maltusiano; un maltusiano que, por los cinco años que cuenta de edad, ni tan siquiera ha podido oír hablar de Malthus

(…)

Hace años, recuerdo que estudiaba el piano mi hermana y andaba por las vueltas Paquito, un muchachote contrapariente coloradote y revoltoso a más no poder. Mi hermana, en una de las pausas a que le obligaban las travesuras del rapaz, preguntóle: “¿En tu casa no tenéis piano?”. “No –contestó Paquito con su media charla–. En casa no tenemos piano, pero tenemos tocino”.

Verdaderamente, no sólo de música se puede vivir. A Paquito, para hacerle pasar en silencio un estudio de Schuman, hubo que darle a mascullar un trozo de jamón.

(…)

No son cuentos los que anteceden (…). Son anécdotas. Su valor no está en el modo de exponerlas yo, sino en la manera de ellos decirlas. No son invenciones mías; son cosas de chiquitines inteligentes que no han tenido todavía tiempo de estudiar para necios».

—Fragmentos de Florecicas, artículo publicado en la revista Vértice, el 6 de agosto de 1925, por Ramón Acín Aquilué (1888-1936). Pintor, escultor, cartelista, articulista, pedagogo. Profesor de Dibujo de la Escuela Normal de Huesca. Anarcosindicalista. Asesinado en Huesca, la ciudad que tanto amó, y a cuya grey infantil legó Las Pajaricas [FOTO], que fueron, durante la dictadura, recuerdo palmario del artista fusilado y, hoy en día, además, el emblema más representativo de la ciudad—.




ANEXO

De la fatalidad

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«Ártica»: Archivo personal


Desde la debacle, ninguno de los gatos que moran en el huerto de Marís y la veterinaria ha vuelto a arrimarse a la valla de madera que separa sus dominios del terreno colindante, propiedad de una pareja de maestros jubilados que residen en la Urbanización. Los mininos, que habían horadado bajo la cerca un pequeño pasadizo para ir de rondón a incordiar a las gallinas, hurtarles comida y obligar a Manolito, el gallo, a perseguirlos inútilmente, permanecen alejados del que, hasta anteayer, era uno de sus lugares favoritos de recreo. Dice Lucía, la dueña de las aves, que la actitud recelosa de los jóvenes felinos se debe a haber sido testigos de la tragedia que tuvo lugar al otro lado. De lo sucedido cabe suponer que el zorro que venía rondando los últimos meses los corrales del pueblo, logró acceder a la propiedad de Lucía y Pepe por la zona del talud de la acequia, la única parte del recinto donde quedaba un resquicio sin vallar. La certeza es que tres gallinas, de las cinco que vivían allí, fueron encontradas semidevoradas, y Manolito y las otras dos habían desaparecido. Queda constancia, por la cantidad de plumas desperdigadas y los restos orgánicos hallados en la parcela, que tanto el gallo como las titinas —así las llama Lucía— plantaron estéril batalla a su atacante y aunque Pepe, siempre optimista, no descarta que el gallo y las dos gallinas que faltan huyeran por el mismo lugar que usó el depredador para entrar, la posibilidad de que sobrevivieran es remota, más todavía tras asegurar Ezequiel, el viñador, que había visto no un raboso sino dos, macho y hembra, en las cercanías del hayedo, a escasos cincuenta metros de donde se emplaza el gallinero asaltado.

Notomía

Humana apariencia

«De humani corporis fabrica»: Archivo personal


En el Archivo Histórico Nacional, entre los expedientes ejecutados por el Santo Oficio, se halla el legajo 234 (exp. 24), en el que se reflejan, de manera harto prolija, las acusaciones, declaraciones y disposiciones judiciales que el Tribunal de la Inquisición de Toledo, presidido por Lope de Mendoza, incoó y ejecutó contra María del Caño y Elena de Céspedes, ambas acusadas de sodomía y profanación del sagrado vínculo matrimonial y, la segunda encausada, además, de usurpación de vestimenta masculina, bigamia, herejía, apostasía y hechicería, cargos que a la rea Elena de Céspedes le acarrearon, en el Año del Señor de 1588, la confiscación de bienes, diez años de trabajo hospitalario sin retribución y doscientos azotes que recibiría, en públicos Autos de Fe, en dos tandas de cien, en las localidades de Yepes y Ciempozuelos. María del Caño, merced a los esfuerzos de Elena para probar su inocencia y desconocimiento, obtuvo, indemne, la libertad, con la prohibición expresa de mantener cualquier tipo de contacto con la condenada.

La extraordinaria y novelesca historia de Elena de Céspedes —mulata y esclava herrada en ambas mejillas, que halló la libertad y el amor transformada en hombre y cuyo empecinamiento vital estuvo a punto de costarle la vida— es la historia de la lucha de un ser humano por vivir y sentir de acuerdo a sus propias convicciones, en una sociedad donde el papel de la mujer carecía de relevancia y su supeditación a los dictados masculinos no se cuestionaba.


Elena, nacida mujer en 1545, pobre y libre —aunque herrada en la adolescencia en el rostro, cual esclava—, originaria y con residencia en tierras granadinas, hija de la esclava africana Francisca y del bien situado comerciante Benito de Medina, en cuya casa laboró como criada hasta matrimoniar obligada con un albañil, Cristóbal Lombarda, que la abandonó, embarazada, a los tres meses de la boda, juró ante el Tribunal de la Inquisición que su condición física de mujer se vio extrañamente mermada tras el nacimiento de su hijo —al que, por no poder alimentar, hubo de dejar con unos panaderos—, advirtiendo, tras el parto, que en sus partes femeninas le habían nacido unas excrecencias similares a las que poseen los hombres en las suyas, aunque de tamaño más discreto y que, un tiempo después, notó cómo aquello que podía ser un pene aumentaba de volumen cuando se hallaba junto a mujeres de su gusto, por lo que entendió que podía ser hombre como antes había sido mujer.

Tras una reyerta pública, en la que laceró con un cuchillo a un hombre que se propasó con ella —acción por la que fue condenada a pasar un tiempo en la cárcel—, Elena decidió fajarse los pechos y vestir de hombre —haciéndose llamar Eleno de Céspedes—, entendiendo que era la única solución para moverse libremente y establecerse como cirujano, oficio que desempeñó —tras haber sido criada, sastre, calcetera…— el resto de su vida y en el que tuvo ocasión de ejercitarse en la Revuelta de las Alpujarras, donde sirvió diligentemente como soldado y sanador bajo las órdenes de Luis Cristóbal Ponce de León. Por esa época, Elena —ya como Eleno— había tenido contactos carnales satisfactorios con mujeres que, en ningún caso, dudaron de su masculinidad.

El día que Eleno de Céspedes conoció a la joven María del Caño y se enamoró de ella, comenzó la cuenta atrás que daría con sus huesos en la prisión inquisitorial de Ocaña, reo de cargos susceptibles de transportarlo a las hogueras donde se quemaba a quienes se rebelaban contra los sacrosantos preceptos establecidos. Porque Eleno de Céspedes no sólo se enamoró de María del Caño, sino que decidió casarse con ella, circunstancia que llevaba aparejada una obligatoria revisión médica para comprobar que el futuro desposado estaba en posesión de los atributos necesarios para la generación. En el caso de Eleno, el médico que comprobó su masculinidad fue don Francisco Díaz, médico personal de Felipe II, que no encontró impedimento alguno para que se llevara a cabo el matrimonio canónico, a celebrar en Yepes.

Casados Eleno y María en 1586, parecía que la felicidad sería vitalicia, mas no duró sino un año. El 17 de julio de 1587, un hombre —se cree que el mismo al que había acuchillado años atrás en Granada— la reconoció y la denunció a las autoridades civiles bajo la acusación de “mujer que iba vestida de hombre y convivía en aparente matrimonio con otra mujer”, delito que atrajo al Santo Oficio toledano, que encarceló al matrimonio, hizo revisar a Eleno por el galeno real y otros doctores designados, que confirmaron —retractándose esta vez don Francisco Díaz de su primigenia opinión— que se trataba de una fémina, y enjuició a ambas dictando la ya conocida sentencia.

En su descargo, Elena alegó que aquellos atributos que el médico de Felipe II había confirmado, en la primera revisión, como masculinos, los había ido perdiendo a trozos putrefactos debido a un cáncer, raspándose ella misma, por sus conocimientos de cirujano, los restos adheridos a la carne y sin conocimiento de su esposa María de Caño, con la que hacía unos meses que no intimaba.


En 1589, se pierde para siempre la pista de Elena/Eleno de Céspedes y de su amada María del Caño, aunque se cree que los servicios hospitalarios a los que fue condenada atrajeron infinidad de pacientes pobres, dada su generosidad y buen hacer. O eso asegura el catedrático y escritor Agustín Sánchez Vidal en su espléndida novela Esclava de nadie, ganadora, en 2011, del Premio Internacional de Novela Histórica Ciudad de Zaragoza, en la que, con la minuciosidad acostumbrada, el autor recrea la vida de la impetuosa alhameña Elena de Céspedes a partir de la documentación archivada sobre su juicio y condena.




ANEXO

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NOTA

Edición revisada de un artículo publicado en esta bitácora el día 14 de septiembre de 2019.

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«Los colores del día nuevo»: Archivo personal


Desde el vértice puro de la sangre, impulsado
irrefrenablemente hacia la piedra
que llevará grabado mi nombre y mi apellido,
humildemente vengo con la lengua abrasada
y el corazón tatuado de inviernos y veranos.

Desde el vértice puro de la sangre,
desde mi voz mortal os requiero y os digo,
con la misma sencillez con que muere
un anciano
o pare una muchacha,
que se ha llevado el cierzo el pan y los membrillos
que legué en testamento a mis hermanos.

Y ahora que la vida ya la siento más lejos
y más cerca la muerte —perdonad mi egoísmo—,
me hierve un mal moral y unos deseos
de repartir el trigo con vosotros,
de repartir el agua, el sueño y el mensaje,
y el deshielo violento de la noche.
Yo tengo suficiente con el sol de la tarde.
Su color ya me llega hasta los ojos.

Empezad a coger lo que más suene:
una arroba de miel en la garganta,
un poema rezando en la cocina,
un espejo viejísimo
que reflejó la imagen de mis padres,
una canción que llora en la despensa,
una boca callada, unos dientes rabiosos,
un poco de café, unos gramos de azúcar,
dos pájaros que cantan su delirio
y un amor en cenizas
(pero éstas me las quedo).

Hay tanta luz ardiente en las pestañas
o rumores nocturnos entreabiertos;
hay tantas lenguas vivas creciendo en rebeldía
y tanta rigidez en las costumbres,
que me pongo mi traje de domingo
y me voy a cantar al hombre que aún me escucha.

Todo lo doy por vuestro.
Sólo quiero los pies
para hundirme en la tierra.

—Poema Vértice de la sangre, del libro del mismo título, premio San Jorge 1974, del poeta aragonés Luciano Gracia Bailo (1917-1986)

De la holganza

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«El sauce protector»: Archivo personal


Prospera la mañana; luciente, mas agalbanada…

Parlotean, intrigantes, las picarazas a menos de cuatro palmos del colorido tartán donde él, indolente, pretende dormitar distendido a la sombra del ramaje. A pequeñas ráfagas, le llegan las voces de los trabajadores del establo, los bufidos de las yeguas y las risas infantiles de los pequeños jinetes que pasean a lomos de los animales en el cercano picadero.

Cuando la proximidad de la camarilla de urracas  —no menos de diez—   le desborda el índice de histamina y aparece el prurito, arruga la nariz, estira un brazo hacia el botellín de té negro y sorbe el reparador brebaje antihistamínico con cierta desgana; después, lanza piedrecitas contra las aves alborotadoras, que no se dispersan hasta haber dado cuenta del montículo de palomitas de maíz que las mantenía entretenidas. Aún así, regresa Bruja, entre procaz y cariñosa, y se le planta, altanera, en el estómago antes de dirigirse a donde quiera que hayan volado sus compañeras.

Un rayo de Sol logra traspasar las hojas protectoras y él retira el brazo de la trayectoria luminosa haciendo caer al cortamininas que, en cosquilleante ascensión desde la muñeca, acababa de coronar la parte interna del codo.