
«Fear & Confidence»: Archivo personal
El paseante se detiene y el tiempo parece suspendido en la figura quieta cubierta por una capelina oscura que el calabobos madrugador ha ornamentado con diminutos puntos de agua gélida.
Vete. Vete. Vete, susurra el paisaje, convertido en portavoz de la vida oculta.
Un ininterrumpido ectoplasma de dióxido precede a la fantasmal figura que, de nuevo, impulsa sus pies sobre el acolchado suelo que protegen los árboles.
No sigas. Vete. Vete.
Un paso más. Tres. Diez. Cincuenta pasos más y los latidos inaudibles de las energías latentes se ven alterados por un quejido próximo que rompe el ritmo del cuidadoso roce de las botas humanas sobre el lecho de humus.
El paseante se queda quieto, se baja la capucha y ladea la cabeza para localizar la procedencia del lamento. Nada.
Da media vuelta. Vete. Vete.
Otro roce. Más pasos. Y de nuevo el sonido ajeno a los murmullos familiares de la floresta.
No sigas. Vete. Vete.
Un paso más. Tres. Diez. Cincuenta pasos más…
Los cuerpos yacen juntos; los dos más pequeños acurrucados contra el grande. La jabalina se estremece al percatarse de la presencia humana que se inclina, con decisión, sobre ella y sus dos jabatos. Pero no hace ningún intento de ataque.
Una de las crías está muerta. La otra, aunque inmóvil, respira pausadamente y no tiene heridas visibles.
El paseante se desprende de la capelina, la restriega con suavidad contra las cerdas de la madre, envuelve el cuerpo del joven bermejo y lo recoge, con dificultad, entre sus brazos. Antes de abandonar el lugar mira de nuevo a la hembra herida de muerte y dice: “Es todo lo que puedo hacer”.
Márchate. Vete. Vete.
Cuando el amanecer termina de desgarrar la niebla, el paseante y su carga de vida ya están de vuelta en el Barrio.










