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Posts Tagged ‘tradiciones’

«Laura»: Archivo personal


Rezagáronse las últimas perseidas. Rutilaron los ígneos y trémulos cuerpos en la alocada alborada laurentina. Y cuando el grito de la vida alzóse, reconocible y vencedor, entre los sonidos de la fiesta, planearon ellas, en inaudible retozo, por la ciudad insomne. ¡Laura!  quisieron anunciar.   ¡Ha llegado Laura!, y una estela de áureo polvo en forma de pajarita dibujóse en las alturas a las cinco menos veinte de la madrugada del doce de agosto.



NOTA

Las Pajaritas son el símbolo de la ciudad de Huesca, unidas a la memoria del maestro Ramón Acín Aquilué. La vestimenta blanquiverde es el distintivo de las fiestas laurentinas que se celebran del 9 al 15 de agosto.

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«La noche»: Tomás J. Sepúlveda


En la Sierreta de Arbe, frontera natural entre las comarcas oscenses del Somontano y el Sobrarbe, se levanta, entre barrancos, carrascas, bojes, enebros y tozales, la pequeña y austera ermita románica de San Beturián[1] donde, el domingo más próximo al doce de enero, se celebra la Romería de los Langostos[2]. En la misma, y tras la preceptiva misa, se lleva a cabo uno de los ritos más singulares y ancestrales de la geografía aragonesa: La predicción de las buenas y malas cosechas por parte de las pequeñas ninfas de saltamontes cuyos diminutos cuerpecillos negros (representando a la uva), claros (representando a los cereales) y verdosos (representandos a las olivas) se posan libremente sobre un mantel blanco extendido en el suelo y cubierto de tortas de caridad realizadas para la ocasión, que se distribuyen en grupos de cuatro; los asistentes forman un corro y contemplan la llegada de los langostos El número y color de los insectos que caen y se amontonan en el lienzo señala, según la tradición, el resultado de las cosechas anuales.


Llegaban las caminantes —hoy romeras presurosas— con la oscuridad envolviendo ya sus figuras, el frío expuesto en los rostros desguarnecidos y las toses de Iliane musicando el tramo desde el Alcuerze[3] Berches hasta Casa Colasa, donde la señora Benita esperábalas, encamada y mustia, apenas dibujado el contorno de su cuerpo  herido ya de muerte  bajo el antiquísimo cobertor pero con los ojos aún vivaces y el pensamiento lúcido.

Le decían:

Le hemos traído un trozo bendecido de torta de caridad”.
Y los langostos han predicho que aunque va a haber trigo y olivas para dar y vender, las viñas van a correr peor suerte”.
El señor Ángel ha preguntado por usted. Ha dicho que espera verla en San Beturián en la romería del año que viene”.


Despedían los ojos vivaces de la añosa mujer enferma a las cariacontecidas romeras, que la besaban en leve roce y dibujaban, penosamente, en sus labios remedos de despreocupadas sonrisas.


NOTAS

[1] En arag., San Victorián.
[2] Id, saltamontes.
[3] Id, desvío.

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«Sin título»: Pablo Segura


Las vetustas estufas de la Escueleta Vieja, colmadas de biomasa, enrojecen sus cuerpos ferrosos acorralados entre rejillas de latón mientras las Tejedoras[*] decoran la amplia estancia que antaño fuera la Saleta de Gimnasia. Los dos plintos y el potro de cuero desgastado y recosido en los bordes son ahora, merced a las virtuosas manos de Oroel y Rosa-Ana, las maestras, tres asimétricas camellas cuellicortas y con picudas jorobas que parecen contemplar, con sus surrealistas ojos bajo sobresalientes pestañas embadurnadas de purpurina, el recién montado escenario en forma de jaima que será el espacio principal de la representación  en adaptación libérrima—  de Las tres Reinas Magas de Gloria Fuertes.

Humean, sobre las bocas candentes de las recuperadas antiguallas, las peroletas con el hervido eucalipto que aromatiza y humidifica el ambiente mientras en la estufa más grande, con sus seis patas forjadas a modo de pezuñas, se recalienta, en un perolón ennegrecido, el poncho revitalizante que sobró de la noche anterior.
Se empañan los cristales entre los poderosos listones de madera ligeramente astillados por el paso del tiempo, y el mercurio del añoso termómetro que un día compartió pared con el crucifijo desterrado asciende lentamente por encima de los veinte grados.

A las once y media de la mañana, cuando las criaturas que intervienen en la representación comienzan el último ensayo general, las mujeres se sientan junto a las espalderas que ofician de muro de Gaza. En el exterior escarchado que enmarca la Escueleta Vieja sobrevuela, glacial, la niebla acompañada de aguanieve.


NOTA

[*] Nombre que reciben, en el Barrio, las componentes de la Asociación de Mujeres.

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La señora Benita, la vieja santera de la ermita de la Virgen de los Morros de Cebollón, se agita  entre ayes y suspiros—  en el lecho de cabezal taraceado, velada por las Tejedoras, que se turnan en su cuidado desde que fue dada de alta del hospital. Cinco días atrás, mientras mostraba a unos turistas el antiguo pozo de hielo situado en la trasera de la ermita no consagrada, perdió pie y se precipitó en el interior golpeándose la cabeza con los resistentes adobes que todavía dan forma al nevero. “Y perdí la uñeta”, recuerda compungida; porque, para la última taumaturga oficiosa de la sierra, la uñeta del Niño Jesús, heredada de generación en generación por las mujeres de su familia, y que portaba en un dije colgado del cuello, posee un simbolismo que trasciende toda circunstancia religiosa para convertirse en mágico talismán capaz de transferir asombrosos bríos a su legítima poseedora.

La señora Benita, agreste sibila de supersticiones absorbidas de sus perennemente rememoradas Dulcis, la Reineta, y Treseta de Cosme, contempla, entre hipidos, a sus complacientes cuidadoras. Un hematoma oblongo, coloreado de negro, naranja y amarillo, se extiende desde el nacimiento del pelo hasta el párpado inferior del ojo derecho. Entre sus manos, un escapulario descolorido; en sus labios entreabiertos, un siseo monocorde que, poco a poco, remite y cesa.

Duerme la añosa santera de la uñeta perdida con los últimos destellos del día reflejados en la ventana que da a la placeta de la fuente seca. Fuera, Meterete, la cigüeña, regresa a la torre recompuesta de la iglesia llevando su diario alijo de ramitas para reforzar el nido.

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«Hoguera»: Reven Sánchez


La zierzera[1] envalentona las ascuas de los fajuelos[2] y los raigones de carrascas y lánzanse, casquivanas, las pavesas hacia la libertad del espacio que las fagocita apenas a un palmo de las madres llamas empequeñecidas y concentradas en los perolones del quemadillo que burbujea alrededor de los cucharones. Navegan en océanos de aceite los crespillos, se tiznan las longanizas junto a las crujientes chullas[3] de tocino blanco entre tímidos remolinos de brasas y cenizas mientras se enfrían las frutas del poncho prudentemente alejadas de los restos incandescentes.


Tarde-noche de fogueretas, cierzo, ronda, frío y gula que recorren la sierra, pueblo a pueblo, burlándose de la nevada.


[1] En arag., ventolera.
[2] Id, sarmientos secos de la vid.
[3] Id, lonchas.

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Como cada veintiséis de diciembre, las Tejedoras[1] reparten, en el bar del Salón Social, chocolate cocido, café de puchero y generosas raciones de farinosos, tortas de anís y frutas de sartén, en el ya tradicional Desayuno Navideño. El diputado, que mantiene un pulso constante con las integrantes de la Asociación de Mujeres, asiste desde la barra al convite. “Ponme un carajillo, Josefo”, le dice al camarero mientras coge uno de los periódicos del día del cestillo de la prensa que se halla al final del mostrador.

El diputado culpa al grupo de Tejedoras de las demoras e incidentes que se desarrollaron durante la construcción de la urbanización que se halla en las inmediaciones del Barrio  —en la que él mismo posee un adosado—  y que tuvieron como consecuencia el enfrentamiento, no siempre exclusivamente verbal, y el cruce de denuncias entre partidarios y detractores —con la Asociación de Mujeres a la cabeza— del proyecto. Un Acto de Conciliación entre las partes atemperó, aparentemente, los ánimos pero no logró recomponer la vieja cordialidad.

Éstas se creen que el pueblo es suyo”, se queja el diputado en privado, aunque tal privacidad dura lo que tarda el reproche en llegar a oídos de la Asociación de Mujeres, donde el diputado suele ser el protagonista de los chistes más hirientes para disfrute de quienes, en el Barrio, tienen un pésimo concepto de él.


Los discretos rayos del Sol hacen como si fundieran la cobertura de hielo que blanquea los árboles y se repliega el dorondón hacia los costados de la sierra para esperar el final de la jornada y flirtear con la rosada que motea el paisaje.


NOTA

[1] Nombre que reciben, en el Barrio, las componentes de la Asociación de Mujeres.

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Autumn/Otoño

«Autumn/Otoño»: Cristina Garrosa Navarro


Cerca la calígine las sinuosidades del familiar tozal donde preparan las necrófagas sus vuelos y se cierne un mediodía gris sobre el tejadillo del porche del restaurante del Salón Social, donde las voces de la Orquestina del Fabirol rememoran la historia de Mariano Gavín Suñén, celebrado bandolero al que Olarieta, la mañosa cocinera, considera medio pariente por compartir con él primer apellido y procedencia geográfica.

Los platos del día  —patas de cordero en salsa de almendras y tartaleta de ternera al vino rancio—  inundan el comedor de envidiables aromas. La señorita Valvanera, sentada ante su ración, se arremanga el jersey de cuello cisne y, desdeñando los cubiertos, recoge una pieza de cordero entre los dedos y se la lleva a la boca con deleite; la saborea, la desprovee de la carne y deposita los huesecillos en un lado del plato; después, sumerge los dedos en un bol con agua y limón, los seca suavemente con una servilleta de papel y procede a dar buena cuenta del siguiente trozo. “Esta mujer es elegante hasta cuando come con los dedos”, susurra Josefo, el hijo de Olarieta, a la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, entretenida en separar, bien pertrechada con cuchillo y tenedor, las pequeñas extremidades de su gelatinosa carne.


Cuando los empanadicos, las trenzas, los cafés y los licores consiguen desvanecer los rastros del almuerzo, ya ha cubierto la niebla, con su ahumado tul, muros, tejados, lomas, campos y arboledas.

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«Once Again the Tortoise Beats the Hare»: Donna Goodman


La señora Benita, la santera que se ocupa de la ermita de la Virgen de los Morros de Cebollón, levanta la cabeza, mira, una a una, a las tejedoras que laboran bajo la luminosa y descomunal araña de cobre repujado del Salón Multiusos, y sentencia:
Son todos unos charramandaires.

De la cadena ennegrecida que asciende por el conducto de humos de la chimenea pende un perolón en el que reposan, repetidamente hervidas durante la madrugada, las hojas de eucalipto que aromatizan la sala y suavizan el intenso olor a tabaco dejado por los habituales que ocupan las mesas de la carpa exterior, durante la tarde-noche, en amenas y hasta reñidas partidas de dominó y guiñote.

Charramandaires—, repite Mercedes, la más joven de las tejedoras, que atesora vocablos autóctonos para completar la narración en fabla aragonesa en la que está trabajando.

Los artísticos nudos nacidos de las hábiles manos de las tejedoras dibujan, en la tela de arpillera, un paisaje de cumbres picudas y moteadas de nieve a cuyos pies se extiende un valle azulado desde el que dos unicornios parecen contemplar las idas y venidas de las manos que ornamentan su mágico entono.

La señora Benita, ajena a izquierdas o derechas, sin más conocimiento de los aconteceres políticos que los comentarios escuchados a sus compañeras en la paciente tarea de transformar humildes paños en vistosas alfombras y decorativos tapices, suspira: “Charramandaires”. Charlatanes insustanciales.


En el suelo, junto a la canasta donde se amontonan los ovillos, se entrevé el suelto del periódico, objeto de la conversación: “Cospedal apela a la solidaridad entre españoles para afrontar la crisis”.

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La señora Benita  -hija, nieta, bisnieta y tataranieta de santeras y santera, a su vez-  dormita a la sombra, tras la rústica barra del bar que las Tejedoras[1] administran en las piscinas de la Huerta Blanquiador. De vez en cuando entreabre los ojos y los fija en algún bañista que se sirve alguna bebida o un helado de la cámara frigorífica; quizás para comprobar que el cliente hace uso del taco de papel que hay en la barra, donde la clientela anota su nombre y el producto que ha cogido del bar.

La señora Benita viste de negro de otoño a primavera y de alivio en verano. El alivio de la señora Benita consiste en alternar dos hábitos de calle, uno en morado y otro en gris, de diseño propio, que le cose su amiga Carmencita, una modista de las de toda la vida que, pese al diminutivo del nombre, supera con creces los setenta años.

Entre los veraneantes de la urbanización, la señora Benita tiene fama de ida, con sus trajes monjiles, sus escapularios y, sobre todo, el dije de plata de forma ovalada que reposa sobre su pecho, en el que, afirma, guarda “una uñeta del Niño Jesús”.

Para quienes viven en el Barrio durante todo el año, en cambio, las peculiaridades de la señora Benita no levantan ningún comentario. “¿Loca…? ¿Benita…?”, se extrañan cuando alguna persona ajena a los aconteceres locales hace alguna consideración sobre los modos y maneras de la santera. Porque para quienes son hijas e hijos del Barrio la señora Benita es, sobre todo, Benita, la de Casa Colasa, donde está el Mueso.


La historia -o la leyenda- del Mueso no tiene fecha precisa. Sucedió, según cuentan, cuando en el pueblo de Nocito se tenía por costumbre sacar el cuerpo incorrupto de San Úrbez para bañarlo en la balsa como rogativa contra la sequía. Ocurrió que, en uno de aquellos baños rituales, el pastor de Casa Colasa, que había acudido por su devoción al santo, se inclinó sobre los restos de San Úrbez y le dio un mueso (=en aragonés, mordisco) en una rodilla, llevándose un pedacito de la misma sin que ninguno de los presentes se percatara. De regreso al Barrio, cuando comunicó al amo de Casa Colasa lo que había hecho, éste le ordenó que reculara a Nocito y dejara el Mueso donde reposaba el santo. Cuando el pastor quiso salir de la casa para cumplir el mandado, el Mueso saltó de su mano al suelo. Y así sucedió cada vez que hizo ademán de marcharse. El dueño de Casa Colasa, al observar el prodigio, comprendió que el Mueso había elegido su ubicación y mandó construir una arqueta tallada en boj, con remaches de plata, para contener el resto orgánico. La arqueta fue colocada en un hueco hecho ex profeso en una alcoba –A Saleta O Mueso, se la llamaba- donde se alojó también al pastor, que vivió con la familia hasta su muerte.
Durante muchos años, A Saleta O Mueso fue lugar de culto para quienes deseaban obtener buenas cosechas o terminar con las enfermedades que diezmaban el ganado. Y cuentan que el Mueso ejerció su benefactora influencia hasta que, en los primeros meses de la Guerra Civil, el cuerpo de San Úrbez fue quemado. A partir de entonces, aseguran, el Mueso no sólo dejó de tener propiedades milagreras sino que trocó el color anaranjado brillante que había sido su seña de identidad por otro grisáceo y apagado.


NOTA

[1] Nombre que reciben, en el Barrio, las componentes de la Asociación de Mujeres.

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«La moza del perol»: Ricardo Compairé


La señorita Valvanera, la antigua maestra, lleva desde junio de mil novecientos setenta y dos manteniendo y ornamentando el nicho donde reposa Marisefa, la niña merchera que pereció ahogada en los Sifones. La veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio —que nunca coincidió con Marisefa porque sus respectivas familias acampaban en la explanada del barranco en diferentes épocas del año— hizo sustituir, hace cuatro años, la lápida, algo deteriorada y anodina, por otra de mármol blanco ligeramente moteado y con un sorprendente trabajo en relieve donde se observa una paloma posada sobre una rueda de carro —símbolo de los nómadas—.


La familia de Marisefa se dedicaba, amén de a la venta ambulante, a un oficio de los ahora llamados perdidos: el vareo de la lana de los colchones al objeto de hacerlos más mullidos. Para ello, se golpeaba rítmicamente la lana depositada en el suelo con unas varas largas y convenientemente delgadas hasta obtener un buen volumen que se extendía sobre la tela rectangular que servía de base para, a continuación, colocar sobre la lana otro rectángulo de tela que se cosía a la base con fuertes puntadas por los laterales, mientras por la parte central se introducían, a través de unos agujeros hechos ex profeso, unas cuerdas trenzadas o lisas firmemente anudadas que atravesaban el colchón de parte a parte y mantenían la lana prieta e inmóvil en su interior.

Los padres de Marisefa abandonaron el Barrio tres días después del entierro de la chiquilla. Nunca regresaron. Durante unos años intercambiaron comunicaciones epistolares con la señorita Valvanera que, poco a poco, fueron espaciándose hasta interrumpirse. Pero ella, la vieja maestra, no ha perdido la esperanza del reencuentro y cada cierto tiempo deposita flores frescas en la pequeña repisa del nicho de mármol blanco.

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