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Posts Tagged ‘Barrio’

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«Okupas que enternecen»: Archivo personal


Doris, la gata campestre que habitaba el territorio del azud, ha asentado sus reales en el huerto que comparten Marís y la veterinaria. Independiente y tan escurridiza que para las revisiones sanitarias bianuales del Proyecto Michinos [*] había que organizar una batida para localizarla, ha trocado su manifiesta aversión a los humanos por cierta tolerancia a la que no son ajenos los siete mininos que parió en agosto, en algún lugar indeterminado, y que acomodó en el porche de la caseta en construcción del huerto, donde descubrió Marís a los okupas gatunos a la vuelta de las vacaciones. Ahí siguen. Rondan los pequeñuelos las piernas humanas y se retuercen en el suelo, juguetones, ahítos de caricias, con la madre siempre a prudente distancia, tensando hacia adelante las vibrisas de sus bigotes y bufando ante cualquier atisbo de acercamiento humano hacia ella, como diciendo: “Os dejo manosear a mis hijos, pero conmigo, confianzas, ninguna”, lo que no le impide llenarse el estómago del pienso que se le deposita diariamente en el cuenco, que complementa con lo que ella misma caza y, en ocasiones, trae, ufana, hasta el porche, como si, pese a su alergia a las personas, realizara una ofrenda a los seres humanos, que trabajan y se solazan en ese lugar, por su buen comportamiento con la camada. El domingo pasado, la dádiva de Doris la encontró Jenabou, que fue a visitar a los gatitos y estuvo a punto de pisar el cuerpecillo inerte de un periquito verdiazul colocado sobre la esterilla de la entrada a la caseta. “Era el periquito de Adela, mamá, que se les había escapado de la jaula…”, le contaba, compungida, la niña a la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio. “Lo he enterrado donde las almendreras porque si lo ve Marís le da un telele”.









NOTA

[*] Conjunto de protocolos ambientales y sanitarios que suponen el control censal, alimentación, desparasitación, vacunación y, en último caso, esterilización, de la colonia felina del Barrio.

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«Donde se acompasan los recuerdos»: Archivo personal


Hace tres décadas que se desmanteló el Corralón de los Matachines, anexo a la Tabla [1], donde Félix y su hijo Felisín mataban y despiezaban las reses. Aunque el antiguo solar es en la actualidad zona verde, para quienes entonces formaban parte de la gente menuda del Barrio y hoy son personas adultas, ese lugar, intacto en los recuerdos, sigue siendo el Paripau, donde se concentraban las almetas de las ovejas y los corderos sacrificados cuyos astrágalos se convertían en las brillantes tabas que Félix les repartía por la tronera con contraventana verde. A través de ella, además, les dejaba observar la última parte del despiece, cuando cortaba con estudiado celo la ternilla —el extremo inferior del esternón— que, según se decía, ocultaba l’almeta del Paripau [2] de cada cordero. Tras un guiño a los atentos observadores del ventanuco, Félix lanzaba al aire la ternilla con l’almeta para liberar, aseguraba, el espíritu del animal muerto. Era entonces cuando la chiquillería, absorta en las hábiles manos del hombre, rompía el silencio y aplaudía cada almeta liberada. Poco importaba que los chicos más mayores  —que en su momento también participaron, con similar entusiasmo, del ritual—  se burlaran de la credulidad de los pequeños. “Los corderos tienen también almeta del Paripau, como las personas”, razonaba puerilmente la grey infantil. “Ellos, en la ternilla del esternón; nosotros, en la sangre. Por eso las abuelas y las madres nos taponan enseguida la hemorragia de cualquier herida, para que l’almeta del Paripau no se escape de nuestros cuerpos y nos deje desprotegidos. Como los corderos están muertos, ya no necesitan almeta que los cuide”.

Pasados tantos años, aún subsisten en la memoria aquellas fantasías que acompañaron la niñez, y el nombre Paripau continúa adscrito a ese corral desaparecido y metamorfoseado en parquecillo, donde la edad de la inocencia echaba a volar la imaginación y transformaba las fabulaciones ancestrales en realidades incontestables.








NOTA

[1] En arag., carnicería.
[2] En la mitología de algunas zonas de Aragón, espíritu vital que mora en los cuerpos de personas y animales.

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«Pasajul Victoriei (Bucarest)»: Archivo personal


Bajaba, renqueante, el señor Pedro de [Casa] Berches por el Pinar de la Fontaneta, apoyada la mano izquierda en su bastón de boj y la derecha en un viejísimo paraguas de pastor que, tiempos atrás, trocó su negritud original por un gris apelmazado y con manchurrones de óxido. “¿Qué, siño Pedro, lloverá…?”, le preguntaba, con indisimulada chanza, el paseante mañanero. “San Úrbez te oiga”, respondía el viejo mentando al santo de Nocito cuya momia, quemada por exaltados republicanos al inicio de la guerra (in)civil, fue, durante once siglos, reclamo de lluvias y opíparas cosechas y del que las gentes de la sierra siguen siendo devotas y pedigüeñas del icor celestial, ampliando las suplicaciones —por si un solo santo no fuera suficiente— al venerable titular de la ermita románica de San Martín de la Choca, de quien se cuenta que, hace años, hartos en Lecina de hacerle rogativas en vano, lo castigaron arrojando su talla al camino por donde la procesionaban, cayendo a los pocos minutos una tromba de agua fenomenal, con el subsiguiente desagravio al pobre santo embarrado, que recogieron, limpiaron y depositaron de nuevo en la ermita como si nada hubiera sucedido.


El señor Pedro —cuya casa es la actual depositaria de la arqueta que contiene un trozo de la rodilla de San Úrbez que un pastor le arrancó al cuerpo incorrupto del santo de un mordisco— tiene, como la mayoría de las personas añosas de la sierra de Guara, una religiosidad trufada de supercherías a la que añade el rito de portar, cuando arrecia la sequía, un destartalado paraguas por la circunvalación de los huertos y campos de cultivo, tal vez convencido de la atracción que puede llegar a ejercer el artilugio en las impolutas masas atmosféricas bañadas por la luminosidad solar.


¿No hay miedo, pues, a que me chipie [*], siño Pedro?”, le insistía, jocoso, el caminante. Y sonreía el viejo alejándose despacio en dirección al Barrio.








NOTA

[*] En aragonés, el verbo chipiar(se) significa mojarse, calarse.

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«La gata Tesela»: Archivo personal


En O Rinconer [*] de la Biblioteca del Centro de Cultura Popular y bajo el lema “Cuando papá y mamá eran chiquitajos”, la fotogénica y sociable gata Tesela se ha convertido en embajadora de la Literatura Infantil y Juvenil que antaño deleitó a las niñas y niños que, en el presente, son padres y madres, aún jóvenes, de las criaturas que dinamizan las aulas de los diferentes pueblos que componen el Colegio Rural Agrupado de la zona.

La iniciativa surgió la primavera pasada, cuando el grupo de seis niñas de 6º de Primaria de la escuela del Barrio realizó una encuesta entre los progenitores del alumnado para que señalaran —en un estadillo preparado por las bibliotecarias— los autores, autoras y títulos de libros infantiles que recordaban con mayor agrado.


Cuatro escritoras y ocho obras fueron mayoritariamente escogidas:

  • Un monstruo en el armario (1991) y Animales charlatanes (1983), de Carmen Vázquez-Vigo (1923-1918), uno de cuyos personajes es una gata culta y parlanchina representada, para la ocasión, por Tesela. Vázquez-Vigo, de origen argentino, fue madre de la actriz Verónica Forqué, a la que dedicó una deliciosa narración infantil, El libro de Verónica.
  • Arturo y Clementina (1976) y La historia de los bonobos con gafas (1976), de Adela Turin (1939-2021), historiadora del Arte italiana y escritora de referencia en coeducación que, en colaboración con la ilustradora Nella Bosnia, publicó en los años 70 una colección de cuentos infantiles caracterizados por ser pioneros en la denuncia explícita de los roles sexistas.
  • El misterio de los pueblos embrujados (2002) y Aventuras en el valle de Ordesa (2001), de Asun Velilla, autora zaragozana que, con su narrativa juvenil, recorre fantásticos enclaves de la geografía aragonesa convirtiéndolos en escenarios donde la pandilla de Juanón vive trepidantes aventuras.
  • Doña Pito Piturra (1987) y Las Tres Reinas Magas (1978), de Gloria Fuertes (1917-1998), literata excepcional y divertida moradora de las bibliotecas infantiles cuyas obras de teatro siguen representándose en la escuela del Barrio.


Con los datos recabados, Feli, Mercedes y Ángel, voluntarios de los turnos de biblioteca, han montado una exposición de animación a la lectura con un buen número de producciones de las autoras seleccionadas, tanto del fondo bibliográfico del Centro de Cultura Popular como de las bibliotecas escolares de aula, inaugurándose el primer sábado de septiembre con la presencia de la propia Tesela —la mascota que promociona el evento en dípticos y carteles repartidos por el Barrio y pueblos de los alrededores— de la que, dicen, aceptó sin un mal gesto las caricias y estrujamientos que pequeños y mayores le dedicaron.








NOTA

[*] En aragonés, El Rinconcito.

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«Artal»: Archivo personal


Lilit, la robusta felina [*] que comparte hábitat con tres mastines del Pirineo en los establos de la yeguada de monte de [Casa] Foncillas, observa —con mirada avizora—, desde la barbacana que separa el recinto caballar de la pedriza que lleva al azud, las evoluciones de Artal, uno de los gatitos de su camada. Mientras el resto de sus hermanos juguetean a los pies del muro que sirve de otero a su progenitora, él se aventura, a pasitos cortos, hacia las figuras humanas que, acuclilladas a escasa distancia, lo llaman tendiéndole las manos. Lilit, vigilante, tensa la cabeza cuando Jenabou acoge al pequeño Artal entre sus brazos, lo acuesta sobre el hombro y se deja mordisquear la oreja; entretanto, la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, sentada en el suelo junto al murete y a la vista de Lilit, deposita entre sus piernas cruzadas la fiambrera con el guiso de pechuga de pollo y zanahorias que los gatitos husmean y van tomando, con delicadeza, de los dedos humanos, rozando suavemente la piel de la veterinaria con sus diminutos dientes de leche. Lilit, ya relajada, echa la cabeza hacia atrás, entrecierra los ojos hasta convertirlos en una línea negra y da su anuencia para que Étienne y Jenabou, que ha dejado a Artal junto a sus hermanos, le acaricien el pecho y el cuello dibujándole surcos en el suave pelaje blanco. Cuando la gata madre ha dado también cuenta de su ración, Jenabou, Étienne y la veterinaria recogen los restos del festín, trasladan a los cachorrillos gatunos al otro lado del valladar y junto a Lilit, que abre camino con sus seis gatitos, se dirigen a los establos donde los imponentes perros mastines —tumbados bajo el porche de la entrada— continúan su sesteo tras echar un rápido y despreocupado vistazo de reconocimiento a los recién llegados.







NOTA

[*] Adscrita, como todos los gatos del Barrio, al Proyecto Michinos.

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«Donde ancla la brújula»: Archivo personal


«Para mí no existe la nación sino el territorio, y el mío es Aragón y a él me atengo».- Ramón J. Sender, en el prólogo de Los cinco libros de Ariadna.


La garlopa recorre la madera en pasadas cortas y ruidosas que dejan al aire las vetas enrojecidas. “Entonces, ¿lo harás?”, vuelve a preguntar la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio al hombre que trabaja, a horcajadas, sobre la tabla que va perdiendo, entre firmes raspados, los últimos vestigios de rugosidad.

Todo el calor vespertino parece acumularse en el pequeño taller en semipenumbra, entre gubias, escofinas y formones. Emil, con las manos desnudas cubiertas de polvo, coge la cartulina que la veterinaria ha dejado sobre el borriquete y contempla, de nuevo, el dibujo. “Puedo trabajarlo en fresno y avejentarlo, si quieres. O darle solo un par de capas de nogalina”. “No, no. No queremos que quede como un escudo antiguo… Yo te puedo ayudar con los realces. Lo que tú quieras… Serrar, barnizar… Y preparar los tintes vegetales si me explicas cómo…

Emil sujeta la cartulina con el escudo del efímero Consejo de Aragón en el tablero de corcho que hay colgado sobre la mesa de herramientas que preside la fresadora. “Cuántos sueños aserrados”, dice.


El 19 de noviembre de 2011, se presentó en Caspe, sede del antiguo Consejo Regional de Aragón durante la Guerra (In)civil, el único vestigio de la enseña que simbolizó la lucha por la libertad en el Aragón republicano: Un banderín, de unos 50×30 centímetros, supuestamente del automóvil utilizado por Joaquín Ascaso Budría, con los colores del Consejo —negro por la CNT, rojo por la UGT y el PCE y morado por la República— y un triángulo lateral con las barras aragonesas. En el centro, el escudo, con sus tres representativos cuarteles territoriales separados por la A de Aragón: Los Pirineos altoaragoneses, el olivo del Bajo Aragón y el Ebro de la provincia de Zaragoza.

«La cadena rota del cuarto cuartel, simboliza al nuevo y libre Aragón. Y coronando el escudo, un sol naciente, emblema del Aragón que brota sobre lo derruido por los enemigos de la libertad». [*]






NOTA

[*] Del periódico «Nuevo Aragón», en su edición del 22 de enero de 1937.

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«Pedregada»: Archivo personal


A poco más de media hora del comienzo de la función, se escucharon los golpes iniciales del granizo sobre el conglomerado de pizarra. Tornose el azul aciano del cielo en índigo mientras cientos de grumos inmisericordes, zigzagueantes y congelados, lapidaban el Barrio en brutal tamborrada durante los primeros diez minutos  quizás once— que, tras un amago de retirada, se repitió, en furibundas tandas de corta duración, hasta que el arcoíris señaló el fin de la tempestad.

Cuando expiró la arremetida atmosférica, el fenomenal cartel enmarcado en listones de cerezo  apenas protegido bajo la marquesina de la entrada—  que anunciaba la obra, ya solo era un guiñapo colgante que la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio terminó de desprender entre dicterios dedicados a una fuerza invisible o, quizás, a sí misma, que durante trece años lo había preservado en su embalaje original en forma de tubo.


Ese cartel de 1’30×90 en papel satinado, con un fondo en tonos verdosos y pardos resaltando la imagen de un rinoceronte paticorto con el nombre del dramaturgo franco-rumano impresionado, en letras góticas doradas, en su parte superior, había formado parte de una remesa de cien —editados en Rumanía— que Marie-France Ionesco había obligado a desechar porque el nombre de su padre, Eugène Ionesco, había sido transcrito en su forma rumana —Eugen Ionescu— aquel otoño del año 2009 en que se celebraban diversos actos para conmemorar el centenario del nacimiento del escritor. Ella misma, cual diosa omnipresente, había supervisado cada evento para evitar que Rumanía, país de origen de su progenitor, ondeara la nacionalidad balcánica del literato en detrimento de la francesa. «Estoy harta de que se exhiban los orígenes de mi padre. Él era francés; escribió en francés y vivió en Francia. Rumanía no tiene derecho a celebrar el centenario de mi padre como si de un compatriota se tratara. Que lo celebren si quieren, sí, pero como autor francés».


Igual tiene arreglo. Lo extendemos y, cuando se seque, se nos ocurrirá algo, le susurró Mercedes, directora de la versión adaptada de Rhinocéros, a la veterinaria, responsable de la iluminación y efectos especiales de la obra, cuando ya la sala empezaba a llenarse de público.




[A las ocho y media de una tarde prematuramente oscurecida, con los restos de la granizada blanqueando calles y jardines, se apagaron las luces, se iluminó la pantalla blanca y se vislumbraron tras ella las siluetas sombreadas de los dos personajes que iniciaban el primer acto. Cerca de la tarima del escenario, fuera de las miradas del público, tres inmensos rinocerontes recortados en grueso cartón ondulado aguardaban, en el suelo, su turno de aparición.]

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Tradiciones

«Tradiciones»: Archivo personal


En la zona porticada de la plaza recrean las Tejedoras pretéritos de dedales e hilaturas. Sobre el tapete de las mesas y el respaldo de las sillas de anea, las telas: linos, muselinas, cuadrillés, tafetanes, rasos, y, protegida por un inmaculado papel cebolla, una añosa pieza de seda natural enrollada en un tubo de cartón. Encima de los alféizares de los ventanales de la abadía aguardan su relleno colorista —a manos de la ilusionada chiquillería— los tejidos de cañamazo tensados en los bastidores. En la mesa de las bolilleras, la señora Miguela de [Casa] Puimedón, la más veterana, enseña a un grupo de adolescentes de ambos sexos cómo se construye el mundillo [*] tradicional, con el interior compuesto de paja firmemente apretada a golpes de palo. “¿Lo habéis entendido?”, pregunta. “Poneos por parejas y a la faena”. Cerca, en una mesita baja, ha instalado Emil su baúl de carpintería con los bolillos de boj ya cortados a los que va dando forma bordeándolos a navaja bajo el escrutinio del señor Vicente, antiguo tallador de madera vencido por la artrosis.

Trepan por las telas los dedos de muchachos y muchachas creando caminos hilados en los que se entremezclan débiles rastros de sudor. Dos pequeñas aprendizas de encajeras concitan la atención de los mirones por su habilidad al entrecruzar sus bolillos pintados de colores formando, con los hilos, una urdimbre perfecta sobre el patrón. Van y vienen las artesanas experimentadas entre los corrillos donde los más jóvenes del Barrio ensayan —con agujas de plástico endurecido— sus primeras puntadas, ensimismados los ojos en los lances de sus propias manos que, como por ensalmo, van perdiendo la torpeza inicial.

Cuando las palmadas de las Tejedoras señalan el final del taller al aire libre, asoma un gesto de fastidio en algunos rostros infantiles que se transforma en sonrisa conforme ven acercarse a Josefo con dos cubos cargados de helados.







NOTA

[*] Almohadilla cilíndrica que se utiliza como soporte para el encaje de bolillos.

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Caminera II

«La mirada de la yegua»: Archivo personal


Mírala, ella, tan mimosa desde que nació…Juaquín de [Casa] Foncillas juguetea con las crines de Caminera, a la que una tendinitis arrastrada desde comienzos de año le ha impedido participar, con sus compañeras de la yeguada de monte, en la excursión contratada por un grupo de navarros para visitar el entorno de la sierra de Sevil, aprovechando un domingo de lluvia arrinconada, en corta tregua, por el Sol. Junto a la valla, en un bol cubierto por un paño, las galletas de avena y zanahoria, las preferidas del animal, horneadas el día anterior por la veterinaria para celebrar los once años recién cumplidos por la hermosa yegua, que cabecea, ávida, con los ollares distendidos por los gratos aromas que advierte, reclamando sus golosinas con suaves resoplidos. “Juaquín, ¿puedo llevarme a Lizer de paseo hasta la ermita…?”, pregunta Jenabou. “Te lo ensillo y paseáis por aquí, que están con los tractores en los campos del camino y ya sabes lo nervioso que se pone con el ruido”. En la pardina de arriba, ladran, desaforados, los perros labradores de Carmelo, el pastor; responden, hoscos, los mastines del establo, con las señoriales cabezas encaradas a la lejanía dominada por el rebaño.

A las once y media, cuando los trabajadores del establo regresan a sus faenas tras el almuerzo, Juaquín y la veterinaria bajan al bar del Salón Social, donde Josefo, el camarero, discurre entre las mesas de la soleada terraza sirviendo pimientos rellenos de huevo y atún, raciones de ajoarriero, bravas y pulpo y tostas cubiertas de mermelada de olivas negras. “Hala, que mañana volverán los chaparrones y habrá que ponerse a cubierto”, advierte uno de los jugadores de guiñote. “Dos meses seguidos tendría que llover”, replica otro.

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«El amo del gallinero»: Archivo personal


Cuarenta años atrás, en el callizo de la trasera de la casa abacial que discurre hasta lo que actualmente es el frontón, se hallaba la vivienda de la viuda Vidaurre, un edificio en el presente irreconocible por las importantes reformas que llevaron a cabo quienes lo compraron hace más de dos décadas. La construcción original, de una sola planta y no especialmente destacable, contaba, en un lateral en pendiente, con un amplio corral rodeado de un murete de poca altura donde la señora Otilia, la viuda Vidaurre, criaba conejos, tórtolas, gallinas y un gallo hermosote y cachazudo al que la chiquillería que jugaba en el prado municipal, pegado a la parte posterior de la vivienda, llamaba Perejiles.

El ave, con plumaje negro y anaranjado y una colosal cresta torcida, ascendía hasta la parte superior del cercado y contemplaba, estática e imponente, los juegos infantiles, manteniéndose inmóvil incluso cuando alguna criatura se acercaba para observar con admiración sus magnificos espolones, sin que la proximidad y algún que otro toqueteo perturbaran al animal. No ocurría lo mismo con la dueña del corral. La viuda Vidaurre, arisca y malencarada, solía asomar por el murete y la emprendía a manotazos contra Perejiles hasta obligar al gallo a bajar de su atalaya, a la vez que lanzaba improperios a la gente menuda que, según ella, la incordiaba. «¡Marchad a jugar a la puerta de vuestra casa, cagallones!», vociferaba. A todo ello se unía la requisa de un par de pelotas que habían aterrizado en su corral y que les había devuelto, rajadas e irreparables, con un «así aprenderéis a no molestar».

Pero la incidencia más espectacular se produjo a raíz de que la viuda Vidaurre arramblara con un maletín de tela lleno de muñecas recortables que una de las niñas más pequeñas había depositado en la hierba, al pie de la valla de piedra. Ante el nuevo abuso, la chiquillería en pleno, sin encomendarse a nadie, entró en acción. Al día siguiente, tras salir de la escuela, los cuatro niños y las siete niñas del grupo regresaron al prado. Mientras unos distraían a la viuda suplicándole la devolución del maletín, otras se subieron al murete, atrajeron a Perejiles, lo metieron en una enorme caja de cartón que había contenido un televisor y, después de gritarle a la dueña del corral que le darían el animal a cambio de los recortables, corrieron con su carga hacia la plaza; tras ellos, con asombrosa ligereza en una persona mayor que se ayudaba de un bastón para caminar, salió la viuda Vidaurre, furibunda, y, algo más retrasado, Lorencito, su hijo cuarentón, que adelantó a la madre en una zancada alcanzando a las cuatro porteadoras en el momento en que, agotadas por la tensión, más que por el peso y la carrera, se detuvieron a tomar aliento cerca de la fuente, en tanto que el resto de la grey infantil se perdía entre los soportales de la iglesia.

A pesar del tiempo transcurrido, todavía recuerda Marís, entonces de unos ocho o nueve años, que cuando el señor Bartolomé, el cartero, se interpuso para que Lorencito Vidaurre dejara de tirarle con brutalidad de las orejas, no se atrevía ni a tantearse los laterales de la cabeza con las manos por temor a no encontrar nada donde antes había tenido los pabellones auriculares.

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