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«En aguas ibicencas»: Archivo personal


Acechaba la noche y una pared de sombra alzose entre los bañistas y el fondo de la cueva. Tras aquel candado de opacidad rimbombaban todavía los relatos de Tom, un licenciado en Historia metido a barquero, que, además de narrarles viejos cuentos de piratas y cuevas con tesoros escondidos  —que deleitaron especialmente a las jóvenes Jenabou y Loreto—, les habló de Ibiza. De la Ibosim fundada por los cartagineses, de la Ebosus conquistada por Roma y de la Yebisah musulmana que acabaría, en 1235, como otro de los territorios insulares de la Corona de Aragón.

Encallada en la arena, la barca, y un archipiélago de toallas aguardando las pieles mojadas de quienes apuraban el tiempo, entre risas y chácharas, chapoteando en la orilla. Después, la recogida y el regreso, con el ruido del motor de popa combatiendo el mutismo de los ocho pasajeros imbuidos de una cierta lasitud no exenta de dicha.


Y en ese momento, mientras retornábamos al otro lado de la isla, pensé en las pateras y cayucos atestados de mugrienta esperanza y zarandeados por la incertidumbre; en esas chabolas flotantes al raso hacinadas de seres humanos cuyos sueños de futuro se transforman, al cabo de horas de angustia, en uno solo y obsesivo: Sobrevivir a la inquietante navegación.

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«Ribes de Freser (Gerona)»: Archivo personal


En la comarca gerundense del Ripollés, bajo los imponentes Pirineos, se encuentra, en la confluencia de los ríos Rigard, Freser y Segadell, la atractiva villa de Ribes de Freser. Fue ese municipio el elegido como destino vacacional por el catedrático de Historia, periodista y diputado republicano Miguel Morayta y Sagrario.

Corría el año 1886 cuando el diputado Morayta se instaló en el balneario Perramón  —del que actualmente solo queda la capilla, convertida en ermita de Nuestra Señora del Rosario—  dispuesto a tomar las aguas y a entretener los días paseando por los alrededores de la localidad. En una de sus salidas por las inmediaciones de las ruinas del castillo de Sant Pere, en una zona oculta que los habitantes de Ribes llamaban Vilademunt, el político madrileño observó unas miserables bordas y se topó, asombrado, con los extraños moradores que las habitaban. Miguel Morayta había desvelado el secreto que guardaban los vecinos de Ribes de Freser: La existencia de los Golluts.

Con una estatura inferior a 1’30, piel muy blanca y sin vello (los hombres, imberbes), ojos achinados, mejillas prominentes, cabellos rubios o pelirrojos, los cuellos exageradamente abombados por el bocio (goll, en catalán) y una notable discapacidad intelectual, aquel centenar de personas desaseadas, de singular morfología y lenguaje verbal rudimentario, anonadaron al turista castellano que, convencido de haber descubierto un novedoso eslabón suelto de la cadena evolutiva o, como mínimo, una tribu de origen tártaro emigrada siglos atrás a los Pirineos catalanes, no dudó en mandar un articulo al periódico en el que colaboraba dando cuenta de su descubrimiento y exponiendo sus teorías.

El alboroto fue monumental. Los habitantes de Ribes de Freser, que no eran ajenos a la existencia de los Golluts porque los aislados en Vilademunt pastoreaban los rebaños propiedad de los ribetanos, temían que la polémica suscitada incidiera negativamente en su economía, boyante en aquel entonces merced al turismo termal y la industria textil. Por su parte, la Iglesia Católica elevó su amenazante voz cuando algunos periódicos no dudaron en relacionar el hallazgo de esas criaturas con los postulados de Darwin.

Ante tanta controversia, fue la Ciencia Médica la que dio la única explicación plausible, acallando los argumentos más peregrinos. La nula higiene, la mala alimentación, la falta de yodo con la subsiguiente disfunción de la glándula tiroides y la continua endogamia eran las causas reales del deterioro físico y mental de aquellos seres humanos a los que el temor, el abuso (se les insultaba y golpeaba y, en algún caso, se llegó al asesinato impune), el desprecio y los prejuicios habían condenado a vivir en semejantes condiciones y alejados de la sociedad. Pero el daño era ya irreversible y aunque se quiso tratar médicamente a los Golluts (llamados también Nans o enanos) en hospitales regidos por órdenes religiosas, la mayoría huyeron de los centros asistenciales para regresar al lugar donde habían pasado toda su vida. Se cree que el último descendiente Gollut falleció en los años ochenta del sigo XX.

Escalier de Coluche

«Homenaje a Coluche de Zag & Sia»: Archivo personal


«Llamo a los holgazanes, a los pordioseros, a los drogadictos, a los alcohólicos, a los gais, a las mujeres, a los parásitos, a los jóvenes, a los viejos, a los artistas, a los convictos, a las lesbianas, a los aprendices, a los negros, a los transeúntes, a los árabes, a los franceses, a los melenudos, a los locos, a los travestis, a los antiguos comunistas, a los abstencionistas convencidos, a todos los que no cuentan para los políticos, a votar por mí, a inscribirse en los Ayuntamientos y a extender la noticia.

¡Juntos con Coluche para darles por el culo!

Soy el único candidato que no tiene ninguna razón para mentir».
Llamamiento al Pueblo del candidato Coluche en las elecciones francesas de 1981—


Esperpéntico, procaz e insolente (“Propongo que votemos a un imbécil que no se entera. O sea, a mí”), el cómico Michel Colucci (1944-1986), alias Coluche, irrumpió en las elecciones francesas de 1981 sin otra intención que dejar al aire las vergüenzas de los partidos y candidatos que, con calculada seriedad, concurrían a los comicios llevando en sus programas todas las panaceas, espejismos y parafernalias al uso que decantaran el voto hacia sus formaciones, nada, por otra parte, muy diferente de lo que se hacía y se hace en cualquier confrontación electoral.

El candidato Coluche, con su humor grueso y sus astracanadas, no hizo sino despojar de marrullerías y grandilocuencias los discursos de unos y otros, denunciando sin sutilezas que, en general, sean cuales sean los resultados de unos comicios, los desfavorecidos de la sociedad permanecen, ad infinitum, en Tierra de Nadie.

Cuando las encuestas sobre intención de voto señalaron que aquel “ridículo bufón” podía rozar el 16% de los sufragios, las burlas de sus adversarios y los medios partidistas se transformaron en furibundo acoso y las diatribas de los más exaltados extremistas ultramontanos en amenazas de muerte. Coluche, que se consideraba “un antiguo pobre” pero reconocía no tener madera de héroe, decidió retirarse finalmente de la contienda por la presidencia de la República Francesa y pedir el voto para los socialistas.

Coherente, no obstante, con las prédicas de su efímera campaña electoral, ideó y fundó Les Restos du Coeur, una organización que empezó dando de comer a personas en situación precaria —porque, como él mismo afirmaba, “Dios dijo que debíamos compartir, así que regaló la comida a los ricos y dejó el hambre para los pobres”—, y que pervive todavía prestando gran variedad de servicios sociales (alimentación, alojamiento, búsqueda de empleo, acceso a la cultura, vacaciones infantiles…) a quienes más necesitan de la solidaridad del prójimo.

Fallecido en 1986, en un accidente de moto, su iniciativa de Los Restaurantes del Corazón, continuada en la actualidad por sus hijos, dio lugar, en 1988, a la conocida como Ley Coluche de deducciones fiscales a quienes realizan donaciones a instituciones benéficas.

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«Emilio Gil, Un Jubilado»: Fotografía extraída del blog de Juan Luis Saldaña


Deja, Emilio, que ahora, en la orfandad que ya siento de tus palabras futuras, te llore y diga.

Déjame que te llore y diga, entrañable Jubilado, amigo Emilio de Casa Chilón de Bailo, que hoy voltea el Ara sus aguas repiqueteando tu nombre y se derrite en lágrimas la nieve perpetua de Monte Perdido y encaran los sarrios los ojos hacia Broto doliéndose conmigo de tu ausencia.

Deja ahora, compañero, que te llore y calle.


Emilio Gil, Un Jubilado, (194…-2024). Inolvidable bloguero. Excelente persona. Buen amigo. In memoriam

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«Auschwitz-Birkenau»: Archivo personal


Finalizada la II Guerra Mundial, cuando Europa todavía sangraba y los escombros parecían formar parte del paisaje, los Juicios de Nuremberg dieron a conocer a la opinión pública las atrocidades cometidas por los partidarios del nazismo y sus colaboradores. Los padecimientos de tantos millones de judíos ahondaron aún más en el horror vivido en suelo europeo al hacerse públicas las imágenes de los cadáveres apilados junto a las cámaras de gas o en fosas inmundas y la espantosa visión de aquellos muertos vivientes tras las alambradas que enfocaban las cámaras de los liberadores de los diferentes campos de la muerte. Judíos de distintas nacionalidades, edades, sexo y condición cuyos rostros quedaron fijados en las conciencias de millones de seres humanos en las siguientes décadas.

Pocos supieron que, al igual que las personas judías, los romaníes europeos soportaron un calvario inenarrable que ni siquiera ocupó dos líneas en un  teletipo, pese a los testimonios que gitanas y gitanos supervivientes prestaron también en los Juicios de Nuremberg. Fue tal la desinformación o la indiferencia por estos Hijos e Hijas del Viento que hasta 1982, Alemania, en la persona del canciller Helmut Kohl, no reconoció al Pueblo Romaní como víctima racial del nazismo. ¡¡En 1982!! Ese ¿olvido? ¿indiferencia? fue tan obvio desde el fin de la guerra que aquellas Leyes Raciales que se habían aplicado a judíos y gitanos durante el III Reich y que tanto horrorizarían a la Europa liberada, se mantuvieron vigentes para los romaníes alemanes hasta los años sesenta, como si la derrota del nazismo y el enjuiciamiento y condena de sus cabezas visibles no hubieran tenido lugar en relación al Pueblo Romaní, que continuó en condiciones legalmente similares a las padecidas durante el nazismo.

Tendrían que ser los propios romaníes, en los años setenta, quienes se alzaran contra la iniquidad agrupándose en asociaciones para exigir justicia y reparación, en una lucha contra el olvido que se mantiene viva en nuestros días. Las cerca de millón cien mil (y no las 500.000 que se dicen oficialmente) víctimas gitanas del Samudaripen (La gran matanza) merecen el mismo trato digno e idéntica consideración histórica que las demás: judíos, discapacitados, homosexuales, republicanos españoles, testigos de Jehová, cristianos, izquierdistas, resistentes, opositores y cualquier ciudadano/ciudadana que sufriera los desmanes de los Tiempos Oscuros.


Tras la ascensión de Hitler a la Cancillería alemana, la situación de los gitanos alemanes, que ya era dura, empeoró al promulgarse la Ley de Prevención de Enfermedades Hereditarias, que suponía que cualquier romaní detenido era esterilizado forzosamente; las Leyes Raciales de Nuremberg, promulgadas después, afectarían a judíos y gitanos, que vieron restringidos sus derechos (si acaso los romaníes los tuvieron alguna vez) hasta límites insoportables. Después vendrían los Juegos Olímpicos de 1936 y la primera gran redada contra los romaníes, que fueron detenidos y hacinados en el campo de concentración de Marzahn, cerca de Berlín, en unas condiciones que serían el antecedente de lo que les irían deparando los años venideros.

A partir de 1938 y con la creación de la Oficina Central para la Lucha Contra los Gitanos y el Centro de Investigación de Higiene Racial, la persecución de los gitanos alemanes y su confinamiento en campos de concentración formó parte del devenir cotidiano, agravándose a partir de 1940 cuando, tras ocupar la Alemania nazi gran parte de territorio europeo, la suerte de los romaníes de los diferentes países corrió pareja a la de sus hermanas y hermanos alemanes y a la de los judíos. Fue el comienzo de las masacres y el horrendo protagonismo del campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau, en territorio polaco, donde, a partir de 1943, empezaron a ser trasladados romaníes de la Europa ocupada.

Hasta primeros de agosto de 1944, se censaron en el Zigeunerlager (Campo Gitano) de Auschwitz-Birkenau 23.000 romaníes de 11 países, de los que solo lograron sobrevivir cerca de 2000 que habían sido trasladados a otros campos.

Hoy, 16 de mayo, con los ojos puestos en Auschwitz, el Pueblo Romaní conmemora el DÍA DE LA RESISTENCIA GITANA, en homenaje a los seis mil quinientos hombres, mujeres y criaturas de esta etnia que, hace ochenta años, advertidos por otros prisioneros de que iban a ser gaseados porque el sádico Mengele ya no necesitaba experimentar más con ellos, se encerraron en los barracones y provistos de tablas, piedras y hasta instrumentos musicales plantaron batalla a los guardias armados que pretendían meterlos en los camiones para llevarlos al matadero. Fue tal el ímpetu de aquellos desharrapados, liderados por las mujeres gitanas, que Georg Bonigut, jefe de seguridad de la zona gitana de Auschwitz y que había dado alguna muestra de compasión, ordenó a sus hombres que se retiraran.

En días sucesivos, los hombres más jóvenes y más fuertes fueron desalojados a la fuerza y trasladados a otros campos, quedando en Auschwitz los gitanos enfermos, los más mayores, las mujeres y las criaturas. El 2 de agosto de 1944, cuando Georg Bonigut ya había sido trasladado a otra jefatura, los guardias rodearon los barracones romaníes y pese al intento de las personas encerradas por rebelarse, unos y otras fueron arrastrados a los camiones y llevados a las cámaras de gas.

Cuando el 17 de enero de 1945 el ejército soviético liberó Auschwitz ya no quedaba allí ningún romaní vivo.

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«Calle Waliców, 14 (Varsovia)»: Archivo personal


En el libro Patas arriba. La escuela del mundo al revés, de Eduardo Galeano (1940-2015), hay un cuentecillo que, bajo un barniz de cuarteada frivolidad, oculta un mazacote de amargura. Dice así: «El hombre encontró la lámpara de Aladino tirada por ahí. Como era un buen lector, el hombre la reconoció y la frotó. El genio apareció, hizo una reverencia y se ofreció: ‘Estoy a tu servicio, amo. Pídeme un deseo y será cumplido. Pero ha de ser sólo un deseo’. Como era un buen hijo, el hombre pidió: ‘Deseo que resucites a mi madre muerta’. El genio hizo una mueca. ‘Lo lamento, amo, pero es un deseo imposible. Pide otro’. Como era un buen tipo, el hombre pidió: ‘Deseo que el mundo no siga gastando dinero en matar gente’. El genio tragó saliva: ‘Este… ¿Cómo dijo que se llamaba su mamá?’».

Me vino a la memoria la fabulilla del autor uruguayo en tanto evocaba la visita a aquel edificio abandonado, en el número 14 de la calle Waliców de Varsovia, uno de los pocos que quedaron en pie tras la destrucción de la ciudad por los nazis. Adosada y formando parte del gueto judío devastado, aquella casa de finales del siglo XIX, con dos apartamentos —muy bien acondicionados en su época— en cada una de sus siete plantas y amplios sótanos que se podían reconvertir en viviendas y bajos comerciales, mostraba todavía rastros de su elegancia de antaño, cuando los inquilinos que la habitaban le daban vida envueltos en los sonidos cotidianos de la ciudad. Allí, entre sus paredes, moraron familias judías y cristianas; artistas y comerciantes; comunistas y liberales, hasta que la ocupación nazi trastocó todos los sueños y demolió la esperanza.

El estruendo de bombas y disparos destrozó la rutina y las viejas canciones se transformaron en aullidos desgarradores. El dolor, el polvo, el hambre y la muerte se hicieron fuertes en Varsovia, en el gueto y en el número 14 de la calle Waliców, condenado a ser referente del terror para tantos ojos futuros que, como los míos, contemplarían y captarían el pavor de un pasado que itinera, regresa y explosiona delante nuestro.

Donde ayer fueron Varsovia o Dresde, hoy son Mariupol o Rafah. Las bombas nazis sobre Varsovia o las de los aliados contra la población civil de Dresde tenían el mismo propósito que las de Putin sobre Ucrania o las de Netanyahu sobre Gaza: Aterrorizar y aniquilar a la población no combatiente. Como no pueden dar el golpe efectivo a los gobernantes y cuadros militares —o a los sanguinarios terroristas de Hamás, en el caso de Israel— se ceban con la ciudadanía inerme.

(Y pienso en la lámpara mágica del cuento de Galeano, tan inoperante como apelar, ante los verdugos de antes y ahora, a la compasión, a la humanidad).

Entalto III

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«As crabetas/Las cabritas»: Archivo personal


I

Aun antes de culminar por segunda vez el repecho que asciende desde el río a la trocha, entrevió la sombra de las rapaces necrófagas en el farallón, planeando, en vuelo silencioso, sobre la angostura pedregosa del cauce fluvial, atraídas por el cadáver, todavía caliente, del desgraciado muflón recién despeñado. Minutos antes, lo había visto precipitarse del remate del peñasco vertical, entre una lluvia de rocas de distintos tamaños que golpearon con estrépito el suelo de la hondonada y quedaron como ofrendas al animal quebrado. Él, que acababa de llegar jadeante al antepecho que se abría al barranco, volvió a descender raudo, arrastrando culo y piernas por los guijarros y matorrales de la pendiente, suplicando a la Madre Naturaleza que el muflón careciera de cualquier atisbo de vida para no verse en la obligación de rematarlo. Sintió en sus manos la tibieza de aquel cuerpo roto bajo los mechones lanosos; le acarició el hocico y pasó los dedos por la cornamenta desencajada y, cuando se separó del animal muerto, vio la sangre que le empapaba los vaqueros en la parte de las rodillas.


II

Apoyado en el pretil, con los restos del muflón visibles veinte o treinta metros por debajo, contempló los círculos señalizadores de los cuatro buitres leonados con sus dos metros de alas tensadas, elegantes y pacientes bajo el Sol que metalizaba sus cuerpos y engrandecía sus siluetas reflejadas en el roquedo. Cerró los ojos a la luminosidad que, a ratos, los cegaba y, al abrirlos de nuevo, las vio: Tres cabras asilvestradas lo observaban desde la cornisa del escarpe enfrentado. Quietas, curiosas, atentas. Tal vez testigos de la mortal caída y de las caricias humanas junto al lecho del río. Escasamente tuvo tiempo de retener la imagen en el móvil, con el Sol distorsionando la panorámica, antes de desaparecer las cimarronas por el lado oculto de la escarpadura.



NOTA

Entalto es un vocablo aragonés que significa hacia arriba, en lo alto.

Una crónica rural

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«Desde el balcón principal»: Archivo personal


A mediados de los años sesenta, el Gobernador Civil (y, a la vez, Jefe Provincial del Movimiento) de la provincia visitó el Barrio. Unos dicen que de paso a la localidad vecina, donde iba a inaugurar unas bodegas; otros, que se trató de una visita privada para una jornada de caza en el Coto de Arriba que, en aquella época, pertenecía a los Artero, los más pudientes del pueblo según el canon de las apariencias y, en realidad, con menos posibles de los que se atribuían.

El caso es que pasar por el pueblo, el preboste de la provincia pasó, y no de largo, porque el Salón de Plenos del Ayuntamiento y varios vecinos fueron testigos del vino español con el que se agasajó a la autoridad y su comitiva, que el hombre, ya estuviera de inauguración, de caza o de parrandeo, apareció en compañía de un séquito de señores con la severidad cosida al rostro y la indumentaria reglada por el No-Do.

Trago va, mascadura viene —algo sólido habría, es un suponer, para acompañar la bebienda—, inició la tanda de peroratas el Alcalde que, combinando peloteo y surrealismo, ofrendó a la máxima autoridad provincial… un cochino. Sí, un cerdo, in absentia, se entiende, porque como era de recibo por razones sencillas de interpretar, el animal no se hallaba entre los asistentes a la recepción, aunque algunos de ellos, pese a ser bípedos, pudieran competir con el gorrino superándolo, “y no precisamente en inteligencia”, según la apreciación hecha años después por el señor Anselmo, el Anarquista, ante quien esto escribe.

Concluida la cháchara lisonjera del Alcalde, su compadre Artero, como ya lo había acordado con el regidor municipal, se apresuró a poner uno de los ejemplares porcinos de su finca —de los tres que cebaba para consumo particular, “el de mayor volumen”, recordaban que dijo— a disposición del Ayuntamiento y de la superioridad agasajada en cuanto finalizara el acto; mas no se precisó remolque con el yugo y las flechas entintados en los laterales ni armón con cinchas rojigualdas para trasladar el obsequio viviente a la sede gubernamental oscense porque al Jefe Provincial del Movimiento, tras aceptar, “muy agradecido”, tan honroso presente, le faltó tiempo para cederlo a su vez, campechano y generoso con lo ajeno, “al pueblo”, es decir, al Barrio, con lo que hasta el más babieca de los reunidos entendió que, cuando llegara la época de matanza, las morcillas, tortetas, jamones y restos del abundante despiece del dos veces regalado suido doméstico (de proporciones descomunales, al decir de su primer dador) se compartirían en populosa armonía en cualquiera de las festividades que abundaban en la localidad.

Pasadas unas semanas desde la marcha del Gobernador Civil, únicamente resultaron suculentos los dimes y diretes, porque si para catar morcillas hubiera tenido que esperar el vecindario a las resultantes del marrano obsequiado, aviados estaban, dado que del animal no se volvió a saber ni vivo ni muerto ni en efigie y pocos se aventuraron a informarse. Solo Agustín del Correo y Anselmo, el Anarquista, aprovecharon las partidas de guiñote que compartían con el Alcalde en el Café de Constancia  —antecesor del bar del Salón Social—  para preguntar, con notoria mala baba, si había noticias “del cerdo del Gobernador”; así un día y otro y otro. Tanto perseveraron con la malintencionada apostilla que el cabo de la Guardia Civil, que era el cuarto integrante del grupo de jugadores, harto de llamarlos al orden, dejó de visitar el Café una larga temporada.

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«A la sombra del brezo»: Archivo personal


Hundíanse los pasos del caminante en el huello arenoso marcando fugaces relieves en la ribera dorada que alcanzaban las olas mediterráneas lamiendo con sus blondas de espuma los pies en movimiento. Alejado del agua, tejía el artesano cambrilense las ramitas de brezo expuestas en brazadas junto al taburete a ras de suelo que le servía de asiento. Domaban las manos vezadas el ramaje; lo estrujaban, alisaban, entretejían, lazaban, humedecían. Iba tomando forma el parasol, con la urdimbre  del extensor fija y la contera terminada en escobilla, ante los dos únicos espectadores  —uno, el de más edad, de pie y el caminante acuclillado—  que asistían, atentos y silenciosos, a la diligencia manual del hombre del taburete que, como un actor con mucho recorrido, se embebía en su tarea sin mirar en ninguna ocasión hacia el público. Después, el regreso del caminante a Salou; la arena, la espuma, el mar; el recién recordado “coge pan vienés cuando vuelvas”; el portero del edificio tendiéndole el libro “que se dejó usted anoche en la zona de descanso del hall”; el delicioso aroma a comida que saludó apremiante su bulbo olfativo nada más entrar en el apartamento; el tierno bullicio en el salón comedor; Jenabou tomándole la mano con un “ven, ya verás qué menú más chulo han preparado Agnès y Mam’zelle”. Sobre la mesa, los platos, con la señorial estética de su contenido [FOTO] introduciéndose en su retina y sus efluvios desbordándole aún más las fosas nasales mientras la señorita Valvanera le decía: “A ver si te gusta nuestra versión de los pelmeni”. Y, entre bocado y bocado, el caminante, bogando en la placidez, miraba hacia el balcón para entrever, una vez más, las cabriolas del oleaje.

Guitonerías

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«Desde el mirador»: Archivo personal


A buen paso y sin paradas, caminan desde Zizur hasta el cordal de la sierrecilla —donde una prospección descubrió un emplazamiento romano de campaña— que domina Gazólaz, siguiendo el familiar itinerario que otros senderistas, en su mayoría mujeres, recorren en una y otra dirección, aunque obviando la ascensión al monte. Son tantas las personas que parecen haber acordado transitar a la vez por la misma vereda que el camino ya semeja un bulevar festoneado de hierbas y árboles entre los que, con mejor o peor soltura, hace el paseíllo una buena colección de calzado deportivo con el color blanco como seña predominante.

A la vuelta, pasado el mirador, se cruzan con el señor Juan-Ignacio  —ochenta y seis años mejor que bien llevados— y su nuera, vecinos de Madalina y Camelia y habituales entre los paseantes que hacen la ruta Zizur-Gazólaz-Zizur. “A estos mañicos habrá que empadronarlos en Navarra”, les dice el hombre, con un guiño, sin detener la marcha.


El señor Juan-Ignacio nació, en 1937, en un caserío de Oyarzun que, durante la II Guerra Mundial, sirvió de refugio a aviadores aliados derribados en Francia y que la conocida como Red Comète, que contaba con colaboradores en el País Vasco, se encargaba de trasladar a los consulados británicos de San Sebastián y Bilbao, rehuyendo a la Gestapo y a la policía franquista. La Red Comète fue puesta en marcha en 1941 por la joven belga Andrée (Dédée) de Jongh (1916-2007) para evacuar a través de la frontera franco-española a pilotos aliados, combatientes fugados de campos de concentración y prisiones, judíos y cualquier persona perseguida por los nazis. Entre los colaboradores españoles, la Red Comète contó con María Garayar Recalde (1893-1983) y miembros de su familia. Tanto su marido, pese a no pertenecer a la Red, como ella y sus cuñados fueron detenidos por la policía franquista y encarcelados. En Bélgica y Francia, varios miembros de la Red Comète cayeron en manos de la Gestapo y algunos fueron fusilados, pese a ello los nazis no consiguieron desmantelar la organización, a la que también perteneció Maritxu Anatol Aristegi (1909-1981), una francoespañola con residencia en Irún cuya heroica contribución a la Red Comète fue reconocida en 1946 por los gobiernos de Francia, Inglaterra y Estados Unidos.