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Axioma

«Lament»: Bev Hodson


La enajenación ideológico-político-económico-religiosa siempre cercena el futuro ajeno para aplacar a los dioses de la intolerancia.

«Yo, al escribir, no hago literatura; escribo sujetándome el hígado o apretándome el corazón«.- Ramón Acín Aquilué

Nebŭla

«Gris»: Sonia García


Baja de la cresta la mortaja acuosa con sus bordes marengos oxigenando la curvatura terrosa de las toperas y barniza de rutilante mojadura el voluminoso tronco escorado de la encina que, a modo de faro del tiempo, marca la entrada norte del Barrio entre tinieblas, allí donde Bascués, la cigüeña emérita, quebró su último vuelo herida de vejez sobre la hojarasca amarronada.

Entre bambalinas

«Photoart #006»: Teddynash


Como si el panorama judicial anduviera escaso de arbitrariedades, el presidente en funciones y sus postreros ministros han decidido gratificar a Emilio Botín  -un caballero de la banca que olvidó declarar a la Hacienda Pública hispana unos eurillos que le rentaban copiosamente en una macroentidad suiza– con el indulto para su hombre de confianza, Alfredo Sáenz, imputado por una bagatela, la presentación, cuando presidía el Banesto, de una querella contra tres empresarios por estafa y alzamiento de bienes, siendo conocedor  -el después condenado e indultado-  de la falsedad de la denuncia, que no tenía más objeto que el (ab)uso de los mecanismos judiciales para ejercer presión contra los querellados y conseguir que hicieran efectiva una deuda de 639 millones que debían sus empresas.

Don Alfredo, a quien el Tribunal Supremo condenó a tres meses de prisión y de inhabilitación para el ejercicio bancario por un delito de acusación falsa, ha vuelto al redil del Santander ocupando su antiguo puesto como consejero delegado, se cree que irradiando gratitud hacia su jefe, don Emilio, experto hacedor de surrealistas cucamonas.

Estás haciendo un gran trabajo en Economía. […]Soy optimista respecto a la economía española a corto y a largo plazo”, le decía el banquero cántabro a un aletargado Rodríguez Zapatero el pasado septiembre, en plena debacle generalizada. El todavía presidente, ajeno al ¿sarcasmo?, y quizás arrobado por la palabrería de quien en junio se había visto obligado a ingresar en las arcas del estado doscientos millones de euros a cuenta del affaire suizo, correspondía asegurándole que “el éxito del Santander es el éxito de España…  Tienes mi apoyo, el de mi Gobierno y, lo sabes, el de toda la población”.

Y no, el festival de zalamerías no tuvo lugar en el teatro Calderón de Madrid, donde se graba El Club de la Comedia, sino en la sede del Banco de Santander, en la Ciudad Financiera de Boadilla del Monte.

La busca

«Sea Rose»: Meredith Bricken Mills


Allá donde la íntima pena buscaba las tinieblas abisales descubrió un Edén invertido, limpio, luminoso, calmo.
Y la Voz  -aquella Voz-   en los tímpanos permanentemente atesorada, címbalo de pueriles primaveras y veranos pubescentes.

[…]

…y así, todavía con el aroma floral suspendido en la consciencia, dejó que los pétalos de la rosa impulsaran su cuerpo desmadejado a la oxigenada superficie para seguir restándole segundos al olvido.


Apenas cuarenta minutos después de comenzar el servicio de comidas, Josefo, el encargado del bar del Salón Social del Barrio, borra  -de la pizarra donde se anuncia el menú del día-  el plato estrella de la jornada, canelones de setas y jamón. “Todas las raciones posibles, ya están pedidas”, dice. Rafael de [Casa] Artero refunfuña: “Luego dirán que hay crisis… Medio pueblo comiendo en el bar en día laborable… Aquí no hay puta pobre”. Olarieta, la madre de Josefo, que sale de la cocina con una humeante fuente de borrajas con gambas, se le encara: “¿Otra vez de mal toque, Rafael…?”. Las risas indisimuladas de los comensales acompañan al hombre hasta la barra desde donde, acodado, finge contemplar el paisaje enmarcado en la galería acristalada que mira a la hondonada del río.

A Rafael   -viudo y atildado sesentón-  le dejó su padre, el señor Hipólito, un envidiable patrimonio que fue mermando hasta resultar insignificante. “Muerto el abuelo, todos morriaban y ninguno pencaba”, se dice en el Barrio, donde los Artero han contado, tradicionalmente, con escasos valedores; solamente del señor Hipólito  -que entró a formar parte de Casa Artero por vía matrimonial y que falleció a principios de los setenta-  se guarda unánime y respetuoso recuerdo.

Cuando el comedor se despeja y los manteles azulados son sustituidos por tapetes de guiñote, Olarieta se sienta junto a la señorita Valvanera, la antigua maestra del Barrio, que toma una infusión en la sala de lectura. “¿Querrá creer, Valvanera, que en el fondo me da pena ese hombre…?”.


La tarde  -sol y viento-  se instala, con luminosa coquetería, en el mirador mientras la calidez de la estancia decora, con desiguales pinceladas blancas, las aristas cristalinas.

Quid pro quo

«Bureaucrat 1»: Katrin Rüütli


[…] Que Gadafi era un dictador, un tirano ególatra y brutal es algo sabido, incluso por quienes hace pocos años lo apoyaban, porque les interesaba, y ahora lo han derrocado, o sea los países que integran la OTAN. Que es un motivo de satisfacción su derrocamiento, por supuesto. Que pocos, salvo algunos fieles libios, van a llorar su muerte, es igualmente cierto. Pero no lo es menos que no se han respetado sus derechos como ser humano, como persona. Y precisamente lo que debería diferenciar a su régimen del nuevo escenario es ese respeto por los derechos de cada individuo. […].- Fran Sevilla: Libia, Gadafi y la democracia

La Europa política respira. Ha vuelto el color primigenio a las fachadas de los edificios donde, dicen, reside la soberanía popular.

Petróleo, petróleo… Reconstrucción, reconstrucción…  Maratón de países en pos del botín.

No resucitará el estrafalario personaje al que besuqueaban y reían las astracanadas los ahora mentores de los nuevos amos de la tribal Yamahiriya. No elevará la voz, desde el estrado de los reos, para narrar el periplo de dádivas, fraudes y negocios ilegales que se escenificaron entre banderolas, himnos nacionales y alfombras protocolarias.

Los antiguos partenaires occidentales celebran las oportunas balas y se lavan las manos con esencia de alcanfor para erradicar las últimas partículas gadafistas; para asear sus conciencias   -si acaso algún avezado buscador tuviera la improbable suerte de hallarlas-  no habría suficientes minas de liparita de donde extraer la piedra pómez necesaria para pulimentarlas hasta dejarlas en óptimas condiciones de uso.




Dicebamus hesterna die…

Metamorfosis

«Autumn Dew…»: Richard Miles


Al alba, huye el Verano camuflado entre una bandada de vencejos y regresa el Otoño -con el color apresurado- desplegando sobre el Barrio la capota desvaída del cielo,  tras la que manotea el Sol cercado por henchidos nimbos. Remonta la savia las íntimas sinuosidades de la vetusta encina y se agitan, a los pies del árbol, las animosas esporas de los boletus, sobre las que palpita, en arritmia desaforada, el minúsculo corazón de un orondo ratón de campo recién evadido de las garras de un cárabo que, ahora, dormita ajeno a la rápida mudanza de la Naturaleza.

Diógenes


A la señora Felisa la llaman abuela todos –abuela Felisa-. Excepto sus nietos. Tiene tres, ya mayores, que muestra, en una fotografía desteñida, subidos sobre un poni claro con pintas oscuras. «Mis nenes», los llama.

Cada mañana la abuela Felisa desciende por la barbacana del vertedero y rebusca, con una vara de almendro, entre los detritus malolientes, disputándoles a las ratas los despojos que ocultan sus hediondas moradas. Pero ellas, tan viejas como la propia abuela, le dejan hacer con una benevolencia que parece vedada a los humanos parientes de la anciana. Se quedan quietas sobre los montículos de basura mientras ella recoge, con las manos desnudas, los objetos más estrafalarios que, una vez pulidos, se unirán a la colección de cachivaches insólitos que decoran -como ella dice- las habitaciones de su casa.

La abuela Felisa no es pobre. Tiene una holgada pensión domiciliada en la Caja de Ahorros que apenas mengua de un mes a otro. «Para los nenes», asegura satisfecha. Los nenes, que le sonríen desde esa lejanía congelada sobre papel fotográfico. Los nenes, que jamás descendieron del poni con pintas para llenar de jolgorio infantil el corazón y los destartalados aposentos de la abuela. Los nenes, a los que ella espera inútilmente mientras la vara de almendro y las ratas acompañan sus leves pasitos sobre las pirámides de desechos.

«Jánovas»: Birasuegi


El día 10 de febrero de 2001 se publicaba en el Boletín Oficial del Estado la Declaración de Impacto Ambiental del proyectado embalse de Jánovas; en la misma, se consideraba no pertinente la construcción de la presa. La pesadilla  -iniciada el 28 de marzo de 1951 con la aprobación del Plan de Construcción de los Aprovechamientos del Río Ara–  había concluido. Detrás quedaban cincuenta años de zozobra y dolor. Tres pueblos destruidos, diecisiete localidades con terrenos expropiados, una comarca fracturada, ciento cincuenta familias damnificadas y Jánovas, el pueblo que dio nombre a un pantano inexistente, como símbolo de la resistencia, del apego a la tierra de sus gentes y de las miserables acciones que la empresa Iberduero perpetró contra los habitantes de la zona con la connivencia del Estado.
Fue tan brutal el impacto del pretendido pantano en la socio-economía de la zona a inundar, que de un censo de 1787 habitantes -en 1951- contabilizados en los tres núcleos de población más afectados, se pasó a 346 en el año 1981, agrupados en una sola localidad.

El pasado 12 de septiembre fallecía a los ochenta y ocho años, en el hospital de Barbastro, Emilio Garcés Frechín, el señor Emilio, que protagonizara junto a su mujer, la señora Francisca, la emotiva gesta de resistir los embates de la sinrazón durante años, aferrados ambos a su pueblo en ruinas, en un desigual combate que duró desde 1961, cuando comenzaron las expropiaciones y expulsiones, hasta 1984, cuando, a la fuerza, fueron obligados a salir del pueblo. Los últimos de Jánovas, se les llamó. Juntos asistieron a la calculada devastación de su entorno llevada a cabo por la empresa adjudicataria: Casas dinamitadas para evitar el regreso de sus moradores, acequias destruidas para impedir el riego, frutales y olivos talados, campos destrozados, tuberías de agua de boca obstruidas, postes de electricidad abatidos. Este festín de ruindad tuvo su colofón en febrero de 1966 cuando un operario de Iberduero entró violentamente en la escuela y sacó a la maestra arrastrándola de los pelos y a patadas al aterrorizado alumnado. La escuela fue uno de los últimos edificios en caer y, con ella, las escasas esperanzas de los pocos que todavía resistían junto al matrimonio Garcés, que fueron abandonando, impotentes, aquel fantasmagórico territorio donde la desolación y las amenazas conformaban la vida cotidiana.

En 1981, tras la marcha de la familia Buisán, los Garcés se quedaron solos en el pueblo asolado. Todavía tuvieron fuerzas para resistir, contra la burocracia y el chantaje, tres años más. Finalmente, desahuciados, marcharon a vivir primero a Campodarbe y, posteriormente, a Boltaña, desde donde siguieron reivindicando su derecho a residir en Jánovas, su pueblo, al que continuaban regresando, anualmente, con otros antiguos vecinos.

En el año 2009 la familia Garcés fue galardonada con el Premio Aragón a la Dignidad, «por ser el símbolo de la lucha por la tierra«.


En el año 2008, el Ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino inició el proceso de reversión a los antiguos propietarios de los terrenos expropiados, fijándose el 4 de mayo de 2009 como fecha límite para que los antiguos habitantes con propiedades en Jánovas presentaran la solicitud de reversión, pero con la condición sibilina de que devolvieran las indemnizaciones recibidas con un incremento… ¡de más de treinta veces el valor de lo percibido!

Cincuenta y ocho años, un mes y seis días después de declararse Jánovas, Lavelilla y Lacort como terrenos inundables y cuarenta y siete años, cuatro meses y seis días desde el inicio de las expropiaciones, la hidroeléctrica Endesa, heredera de Iberduero, mostraba sus fauces a las víctimas del pantano de papel.

Instante

«Patio»: Archivo personal


Geranios. Alegrías. Begonias. Camelias. Claveles. Rosas. Campanulas. Violetas. Petunias. Siemprevivas. Azaleas.

Aromas vespertinos en el patio abierto a la brisa que esculpe reconocibles siluetas en el lactescente vapor de las nubes.

Un libro descansa sobre la tupida rejilla rosada del velador donde un gorrión picotea miguitas de madalena ligeramente humedecidas. Se interrumpe; revolotea hasta la tinaja donde crece la aucuba y regresa a su ocupación gastronómica consciente de la presencia humana inmóvil en el rincón del rododendro.

(Vuela el gorrión  -la gula satisfecha-  por el viejo patio de colores nuevos.)