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Fruslerías

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«Otoño en la Charca»: Archivo personal


Presta el Sol sus destellos, que no su calidez, a los contados paseantes que peregrinan por el Anillo Verde de Zizur, hostigados por ráfagas intermitentes de aire frígido que se entremete, malicioso, por los intersticios de las prendas.

Marca el termómetro cuatro grados.

Por el camino del campo de fútbol llegan, pedaleando, Iliane y las hermanas Cristea, con los botellines de agua, los hojaldres rellenos de chistorra, la caja de garroticos y los cafés prometidos anidados, entre bolsas, en los cestos de las bicicletas, sobre los que se lanzan, como náufragos famélicos y sedientos, quienes aguardaban en el banco más próximo a la Charca. Apenas un hilillo humeante se desprende de los vasos al despojarlos de sus tapas herméticas, extremadamente tibia ya la bebida, ardiente apenas ocho minutos antes.

Ofrecen garroticos al lector del periódico del banco contiguo, a cuyo lado, acurrucado junto a una novela de Antonio Tabucchi, dormita un pequinés orondo y malcarado enfundado en un jerseicillo verde, y a la mujer que realiza estiramientos en el vallado que delimita el agua.

Se habla de las previsiones meteorológicas, de los incivilizados que han esparcido basura junto a la lagunilla, enmugreciendo un entorno de postal de otoño; de la hermana de la mujer de los estiramientos, a la que tironearon el bolso por la travesía del pinar; de los cólicos del pequinés, “tan cariñoso como era y le han agriado el carácter”, y de la observancia de la norma de los conductores y conductoras de la villavesa [*], que no dejan subir pasajeros sin mascarilla aunque diluvie.

Veinticinco minutos después, cuando los dos extraños y el perro abandonan las inmediaciones de la Charca, verbaliza Madalina Cristea: “Ni el culo me noto del rato que he estado sentada en el suelo escuchando desahogos”.

Marca el termómetro siete grados.








NOTA

[*] Popularmente, nombre que reciben los autobuses urbanos de Pamplona.

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«Entre lo divino y lo terreno»: Archivo personal


A principios del siglo XVII, un número indeterminado de copias de un oscuro manuscrito escrito a finales del siglo XV y culminado en 1507 —donde se hace un prolijo listado de familias judías del Reino de Aragón que optaron por la conversión al catolicismo para evitar que se les aplicara el Decreto de los Reyes Católicos que las condenaba a ser expulsadas de España— adquiere tal relevancia por los datos sensibles que expone y en los que se ven reflejados y señalados linajes aragoneses cuyos miembros ocupan puestos eximios en los estamentos de poder, que la Diputación General del Reino, institución sobreviviente de la antigua Corona de Aragón que ya había examinado el oprobioso manuscrito en 1601, se ve impelida a solicitar, en 1615, amparo a Felipe IV de Castilla (III de Aragón) y a la propia Inquisición para que se censure y prohíba el infamante libelo que amenaza con socavar, como si de una cruzada se tratara, los pilares de la sociedad aragonesa que, a tenor de lo revelado en tales páginas, ostenta tantas máculas e impurezas en sus ancestros  —en su mayoría judeoconversos pero también moriscos—  que, de aplicarse los Estatutos de Limpieza de Sangre, no habría familia ni gremio que se salvara de purgas y anatemas.


El supuesto autor del manuscrito  —sobre el que los estudiosos no se ponen de acuerdo, considerando algunos que la autoría es anónima—, Juan de Anquías o Anchías, fue un allegado de la Inquisición que desarrolló su oficio en la Rioja y en las ciudades de Huesca y Lérida, así como en Zaragoza, población que abandonó al declararse la peste para acogerse en Belchite, lugar en el que, según asegura en el prólogo que quizás añadió a posteriori al manuscrito, «deliberé de hacer este sumario por dar luz a los que tuvieran voluntad de no mezclar su sangre limpia con ellos y se sepa de qué generaciones de judíos descienden los siguientes, para que la expulsión general de ellos hecha en España en el año 1492 no quite de la memoria a los que fuesen sus parientes». Parece ser, además, que esta insidiosa advertencia contra los linajes aragoneses de orígenes impuros, guarda relación con el asesinato en Zaragoza de Pedro de Arbués (1441-1485), Inquisidor de Aragón, que fue ejecutado por judeoconversos ante el altar mayor de la Seo zaragozana, dando lugar a una de las represiones más feroces que se recuerdan, a las que el censo de Juan de Anquías o Anchías, aún incompleto entonces pero bien detallado en las filiaciones anotadas, ayudó en la tarea.


El exhorto de los mandatarios aragoneses, dado el descrédito y la deshonra que suponía, pese a haberse redactado un siglo antes, el que ya era llamado Libro Verde de Aragón (en alusión al color de las velas de los Autos de Fe), tuvo cumplida respuesta a favor. En 1620, el Tribunal de la Inquisición decretó la prohibición de tenencia del manuscrito, su lectura, copia y propalación, realizándose, además, en 1622, en la plaza del Mercado de Zaragoza, la quema de cuantas copias del mismo fueron halladas.

El honor aragonés había sido, por fin, purificado por las llamas que, a la vez, habían arrasado con cualquier veleidad familiar pasada.

La celeridad de todas las instancias para deshacerse de un texto que ponía en la picota genealogías de importancia en la nobleza, la política y la membresía eclesiástica aragonesa, e incluso castellana, fue refrendada y alabada por el propio rey Felipe IV, que se dirigió por escrito al Inquisidor General en estos términos: «Por el Consejo de Aragón se me ha representado la diligencia y cuidado que habéis hecho poner en recoger el libro que llaman Verde en aquel Reyno. Agradescoos lo que haveis dispuesto en esto y por ser cosa de la calidad que es y convenir que no quede ni aun rastro del dicho libro, os encargo que hagais continuar las diligencias tan apretadamente como conviene y lo espero de vro. mucho zelo.—Señalado de Su Magestad en Madrid, a 17 de Noviembre de 1623.—Al Inquisidor General».


En la actualidad, cinco copias del Libro Verde de Aragón   —de distintas épocas y en su mayoría incompletas—  se distribuyen entre el Archivo General de Valencia, el Archivo Histórico Nacional, la Biblioteca Colombina de Sevilla, la Bibioteca del Colegio de Abogados de Zaragoza y la Biblioteca Nacional.

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«Aromas y sabores»: Archivo personal


Marchan el sábado, con la boira preta [*] obstruyendo un amanecer que se intuye, entre grisuras, pugnando por rasgar la opacidad que desdibuja el Barrio. “Dadle muchos besos a yaya”, dice Jenabou. “Bueno, ya se los darás tú misma mañana, cuando la veas, ¿no? Vas a tener tres meses para demostrarle cuánto la quieres”, sonríe la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio. “Y métete en casa, que vas a coger un pasmo con ese pijama tan fino”. Ya en el coche, Jenabou gesticula junto a la puerta de la conductora para que su madre baje la ventanilla. “Si vais al mercadillo navideño, comprad figuritas para adornar el árbol, ¿vale?”, pide. “Pero, nena, que no vamos a hacer turismo. Recogeremos a la yaya y mañana estaremos de vuelta”.

Dejada atrás la ciudad de Lérida, se abre paso el Sol a manotazos y se detienen a desayunar en un bar de carretera cuyo aparcamiento está colmado de camiones. Aún les restan cuatro horas para arribar a Béziers.


Rabiaa va y viene, diligente, de la cocina al comedor. Dos veces han pretendido Étienne y la veterinara ayudarla a disponer la mesa y dos veces se ha negado ella, amable pero rotunda. “Ustedes con la mamá, que yo me encargo de lo demás”, les ha dicho. Rabiaa lleva cinco meses trabajando, como ayuda externa, en casa de maman Malika, que, en un principio, era remisa a aceptar la propuesta de sus hijos de tener una persona pendiente de ella. Rabiaa, con la que ha llegado a congeniar pese a las reticencias inciales, la acompaña a las compras y a las visitas médicas y se ocupa, tres días a la semana, de las tareas más onerosas de la casa. Rabiaa, francesa de origen norteafricano, ronda los cincuenta y cinco años; es viuda y madre de cinco hijos que, como los de maman Malika, residen lejos de ella. Cariñosa y muy dispuesta, todavía saca tiempo, cuando no está con maman Malika, para diseñar, coser y ornamemtar elegantes babuchas que uno de sus hjos, artesano marroquinero, ajusta a las suelas troqueladas vendiendo el producto final en un comercio de Montpellier.


En el centro de la mesa, los aromas del tajine de vegetales cocinado por Rabiaa se mezclan con los de las pechugas de pollo en salsa de champiñones preparadas por maman Malika, que aguardan en el horno mientras reposan, en el frigorífico, los flanes caseros que Maryvonne Lerner, vecina de maman Malika desde hace muchos años, trajo cuando pasó a saludar brevemente a los recién llegados, pese a ser consciente de la antipatía que siente por ella la veterinaria, que no olvida que madame Lerner es una entusiasta de Robert Ménard, alcalde ultraderechista de la localidad y autor de diatribas varias e incitación al odio contra musulmanes y gitanos. Maman Malika, que conoce bien a su hija, le advierte: “Maryvonne vendrá a tomar café. No quiero que la acoses como de costumbre. Lo que piensas de ella, te lo guardas, que a nosotros siempre nos ha tratado con amabilidad”. “Ah, claro, porque nos considera unos romanís por encima de la media y de algo tienen que servir los favores que le has hecho todos estos años. Cuando la dejó tirada su marido, si no llega a ser por ti y los abuelos…” ”Da igual. Solo te pido que sepas comportarte como la persona educada que eres”.


A las nueve y media de la mañana del domingo, el equipaje de maman Malika se apretuja en el maletero y dormita Tommasso, el gato, en el transportín bien amarrado en el asiento trasero. Maman Malika y Maryvonne alargan la despedida junto a la cancela de la casa y Étienne, que ha relevado a la veterinaria al volante para el viaje de vuelta, toca, impaciente, la bocina.

Apenas recorridos quinientos metros en dirección a Narbona, telefonea Rabiaa, de la que se despidieron la tarde anterior, para volver a desearles buen viaje.








NOTA

[*] En arag., niebla muy densa.

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«Rastros»: Archivo personal


Me registro los bolsillos desiertos
para saber dónde fueron aquellos sueños.
Invado las estancias vacías
para recoger mis palabras tan lejanamente idas.
Saqueo aparadores antiguos,
viejos zapatos, amarillentas fotografías tiernas,
estilográficas desusadas y textos desgajados del Bachillerato,
pero nadie me dice quién fui yo.

Aquellas canciones que tanto amaba
no me explican dónde fueron mis minutos,
y aunque torturo los espejos
con peinados de quince años,
con miradas podridas de cinco años
o quizá de muerto,
nadie, nadie me dice dónde estuvo mi voz
ni de qué sirvió mi fuerte sombra mía
esculpida en presurosos desayunos,
en jolgorios de aulas y pelotas de trapo,
mientras los otoños sedimentaban
de pálidas sangres
las bodegas del Ebro.

¿En qué escondidos armarios
guardan los subterráneos ángeles
nuestros restos de nieve nocturna atormentada?
¿Por qué vertientes terribles se despeñan
los corazones de los viejos relojes parados?
¿Dónde encontraremos todo aquello
que éramos en las tardes de los sábados,
cuando el violento secreto de la Vida
era tan sólo
una dulce campana enamorada?
Pues yo registro los bolsillos desiertos
y no encuentro ni un solo minuto mío,
ni una sola mirada en los espejos
que me diga quién fui yo.

Retrospectiva existente, poema de Miguel Labordeta (1921-1969) contenido en su libro Violento idílico, publicado en 1949—.

Donde la vista alcanza

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«Al otro lado de la celosía»: Archivo personal


Entre brumas que ascienden desde la superficie del agua, el embalse de La Peña, con sus espigones de rocas eocenas aún con las huellas del estiaje, mostrando la merma de su capacidad, y con las marcas de sus crecidas de antaño grabadas en sus orillas desteñidas.

El viejo pantano  —construido entre 1904 y 1913 y sustentado por los ríos Gállego y Asabón—   se diría que siempre estuvo allí, desempeñándose como estandarte; ora velando a las personas asesinadas en la (in)civil guerra que yacen en la única fosa no intervenida situada en sus inmediaciones, ora aguardando la mirada complaciente de los viajeros que cruzan con sus vehículos el angosto puente de estructura cerrada de hierro y acero [FOTO], levantados sobre el agua sus escasos doscientos metros de longitud con pilares de hormigón, y en cuyo final  —o su principio, según la dirección que se lleve—  abre sus desdentadas fauces un corto túnel excavado en la dura peña de caparazones calcáreos que da nombre al pantano y cuya humedad —convertida en puntual sirimiri— rezuma desde las horadadas paredes interiores que, en algunas partes, han sido colonizadas por el musgo.

La neblina que intercepta el alcance de la vista acaricia con sus gélidos tentáculos los rostros de los viajeros detenidos y apeados junto a la ermita de la Virgen de La Peña que, como el puente y el propio embalse, fue edificada en la primera década del siglo XX.

Del otro lado, paralelo al embalse y en sentido contrario al que han de seguir los transeúntes apostados en la ermita, sube hacia Jaca, renqueante, el familiar Canfranero, saludado por la presa de Carcavilla y las aguas bravas del Gállego, que dejan atrás la quietud de La Peña para acompañar, desde su lecho flanqueado por paredones revestidos de vegetación, el avance carretero de los viajeros hacia su destino, entre curvas y angosturas que obligan a moderar la velocidad.

Tras los cristales

Empezando el día

«Empezando el día»: Archivo personal


J’écoute en soupirant la pluie qui ruisselle
frappant doucement sur mes carreaux…


Llama insistentemente la lluvia en los cristales y sus acuosos nudillos dejan un rastro de burbujas amorfas deslizantes que siluetea, del otro lado de la ventana, Agnès Hummel mientras canta, en intermitente sucesión de susurros, el viejo ritmo de Sylvie Vartan.

La sala de estar de la sexta planta del hospital huele al dulzón cappuccino recién derramado en el dispensador de la máquina expendedora de bebidas calientes. La veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio recoge pausadamente con un pañuelo de papel el líquido depositado en la rejilla; la señorita Valvanera lee a Max Blecher sentada junto a la mesa naranja próxima a la puerta.

Ocupando la pared coloreada en salmón y amarillo que se halla frente a la ventana en la que se apoya Agnès, el fragmento de un poema de Agustín García Calvo —en forma de caligrama mural, con los versos componiendo ondulaciones— engrandece el recogido espacio donde la aparente despreocupación enmascara la incertidumbre en tanto aguardan la reunión con el neumólogo.


Al otro lado del pasillo que recorren las auxiliares repartiendo las bandejas con el desayuno de los pacientes, yace, monitorizada en una habitación con visitas restringidas, la Hermana Marilís.

Zozobra

Cantábrico

«Cantábrico»: Archivo personal


Manso el oleaje. Desierta la playa. Calmo el día.


La mujer  —cuarenta y pocos, vaqueros ceñidos y camisola blanca asomando bajo la sudadera gris—   camina despacio, escrutando el devenir del agua. Respinga y se detiene, azarada, ante el Buenos días vivaz de la figura recostada en la arena. No responde. Comprime el bolso en bandolera contra su torso, o eso intuye el observador, que la contempla dedicándole una sonrisa bonachona que no parece satisfacer a la recelosa fémina. Tras ojear los alrededores —acaso buscando alguna presencia tranquilizadora— y comprobar que está a solas con el yacente, apresura el paso volviendo la cabeza un par de veces para constatar que el sospechoso en ciernes no va tras ella.


Desde el fondo de la mochila atiborrada que sirve de reposacabezas al visitante tendido junto a las rocas, quizás susurra Eduardo Galeano (1940-2015)

«Los que trabajan tienen miedo de perder el trabajo.
Y los que no trabajan tienen miedo de no encontrar nunca trabajo.
Quien no tiene miedo al hambre, tiene miedo a la comida.
Los automovilistas tienen miedo a caminar y los peatones tienen miedo de ser atropellados.
La democracia tiene miedo de recordar y el lenguaje tiene miedo de decir.
Los civiles tienen miedo a los militares.
Los militares tienen miedo a la falta de armas.
Las armas tienen miedo a la falta de guerra.
Es el tiempo del miedo.
Miedo de la mujer a la violencia del hombre y miedo del hombre a la mujer sin miedo.
Miedo a los ladrones y miedo a la policía.
Miedo a la puerta sin cerradura.
Al tiempo sin relojes.
Al niño sin televisión.
Miedo a la noche sin pastillas para dormir y a la mañana sin pastillas para despertar.
Miedo a la soledad y miedo a la multitud.
Miedo a lo que fue.
Miedo a lo que será.
Miedo de morir.
Miedo de vivir
».


Dejan los pies de la mujer una cenefa torcida en la orilla que apenas borra el lánguido avance del agua

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«Quitapesares»: Archivo personal


Percute el cierzo, sin pausa, en las paredes de lona de la carpa de la terraza trasera donde ha instalado Olarieta, la cocinera, a los comensales rezagados que no han reservado mesa en el restaurante del bar del Salón Social, invadido por algo más de una veintena de ruidosos excursionistas. En la esquina a la que se han trasladado los cuatro jugadores de guiñote, oscila, azulado, el hilillo de llamas de la estufa de exterior que crea, entre los añosos guiñotistas, la ilusión de abrigado cobijo, como si se encontraran junto a la chimenea del comedor principal, en el rincón donde habitualmente dirimen, a la hora del café, absorbentes partidas por parejas en las que unos y otros se apuestan palillos planos que trocan, al final, por cortados y carajillos.

Cuando Josefo, el camarero, apila en la mesita auxiliar los primeros platos vacíos de entremeses para servir, como segundos, los canelones de confit de pato, Jenabou coloca las manos sobre el mantel y menea la cabeza. “A mí no me sirvas, Josefo, que me espero al postre”. “¿Y eso?”, se extraña la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio. “Mamá, porfa, ¿cómo voy a comer carne de pato ahora si solo hago que acordarme de mi pobre Pitote? Sería como si me lo estuviera comiendo a él… Se me hace bola en el estómago solo de pensarlo”, asegura la niña, muy seria. “Eso mismo me ha dicho cuando hemos entrado y ha leido el menú del día en la pizarra”, la secunda Étienne. “¿Te traigo otra cosa…? ¿Algo de pescado, que puede que haya sobrado?”, insiste Josefo. “No, no. No tengo mucha hambre”. “Eh, Jenabou, ¿ese que dices era el pato que te dieron los polacos?”, se interesa el señor Miguel, uno de los jugadores. “Sí. Pitote. Se nos murió anteayer y mamá todavía no sabe de qué”.

Dan por terminada la tanda los guiñotistas, algo alborotados, y sirve Josefo las torrijas en la otra mesa; la de Jenabou con una bola de helado más grande. “¿Así mejor?”, le pregunta a la jovencita guiñándole un ojo. Ella asiente sonriendo y, en tanto se recrea en los postreros bocados, Josefo ayuda a los jugadores a disponer la mesa de guiñote junto a la de los tres comensales, al tiempo que Olarieta se acerca con la bandeja de las tazas de café. “Olarieta, ¿a mí me pondrás leche con cacao, por favor?”, pide Jenabou. “Claro que sí, corazón. Y, antes de marchar, pásate por la cocina, que te daré un par de torrijas para que te las lleves”.

Las muescas del pasado

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«Parque Miguel Servet: El quiosco en otoño»: Archivo personal


Cuando el caminante se detiene en lo alto de la pendiente, suenan en los auriculares prendidos a sus orejas las voces conjuntadas de David Bowie y Freddie Mercury…Pressure pushing down on me…— e inicia un descenso suave, con las deportivas rozando levemente el conocido empedrado y los ojos fijos en la abertura final de la costanilla [FOTO], allí donde, siglos atrás, estuvo una de las puertas —de las nueve, diez…o más, que no hay acuerdo entre los estudiosos— de la muralla, la que se conoció como Puerta Nueva, desaparecida definitivamente en el siglo XVII, cuando se construyó, en sobrio ladrillo, la iglesia de San Vicente el Real, tras la demolición del templo románico que, en el siglo XIII y con el nombre de San Vicente el Bajo [1], se había levantado en el lugar donde se cree nació el hijo de Enola y Eutiquio, conocido como Vicente de Huesca o San Vicente Mártir, patrón pequeño de la ciudad y en cuya festividad, el 22 de enero, se prende una gran hoguera y se reparte a la ciudadanía longaniza y patatas asadas.


La Compañía, que así es como se conoce popularmente en Huesca a la iglesia de San Vicente el Real, por haber pertenecido a los jesuitas a partir del siglo XVII [2], brinda su monumental mole —de fachada de ladrillo caravista, con una estatua de piedra del santo en una hornacina situada sobre el portalón de acceso— a la antigua vía romana que atraviesa, a los pies del Casco Histórico, la ciudad. El Coso, que así se llama tal vía, hoy en día peatonal, ha sido, a lo largo de la historia, la gran calle central de la urbe, dividida en dos tramos: El Coso Alto y el Coso Bajo, llamados Cosos de Galán y García Hernández, durante la II República, en recuerdo a los capitanes rebelados contra la monarquía, fusilados en las inmediaciones de Huesca y cuyas tumbas en el cementerio de la localidad siguen siendo muy visitadas.


Supera el caminante el desnivel de la costanilla de Lastanosa y dobla la esquina del templo deteniéndose para contemplar los edificios que apuntan, desde el otro lado de la estrecha calle peatonal, a la vieja iglesia jesuita. Allí enfrente, encarada a San Vicente el Real, estuvo situada la casa-palacio de los Lastanosa, con el más fantástico de los jardines de la época, que llegó a fascinar al mismísimo Felipe IV. Creado bajo los auspicios y la refinada imaginación de Vincencio Juan de Lastanosa y Baráiz de Vera, insigne erudito del siglo XVII, mecenas, político, escritor, alquimista, obsesivo jardinero y amante del exotismo; minucioso coleccionista, su biblioteca de más de siete mil volúmenes fue reverenciada por Quevedo, Baltasar Gracián y otros ilustres contemporáneos suyos, que recorrieron las armoniosas estancias del palacete recreándose en los preciados objetos cuidadosamente expuestos en ellas: antigüedades, armas, instrumentos científicos, artilugios, pinturas, esculturas, tapices, monedas, mapas, fósiles… Pero, sobre todo, esos increíbles y portentosos jardines en los que a la abundante vegetación, traída de todo el orbe, se sumaba un completo zoológico (cebras, tigres y otros mamíferos exóticos, avestruces, aves canoras…), un espectacular laberinto esmeradamente geometrizado, caminos de rosaledas y tulipanes, templetes marmolados y zonas acuáticas que incluían fuentes ornamentadas con elementos mitológicos, un embarcadero y un soberbio estanque.

De todos esos prodigios nacidos de la avidez de conocimiento y la vasta fortuna de Vincencio Juan de Lastanosa, nada queda. Su legado se dispersó con su muerte; la casa-palacio fue desmantelada en el siglo XIX y de aquellos originales jardines solo resta el terreno que, cedido en 1928, conforma la parte antigua del actual Parque Miguel Servet.


Suspira el caminante. Desaparece de su visión interior el suntuoso edificio cuya descripción, a fuerza de leer tantas veces, es capaz de reconstruir en sus figuraciones —con la estatua de Hércules sujetando la bola del mundo, que el cronista Ustarroz describe y sitúa en el tejado de la casa-palacio— y encamina sus pasos hacia los vacíos veladores del bar abierto junto a la farmacia que guarda, por ubicación, algo de esa esencia Lastanosa que ha ocupado sus pensamientos durante unos minutos. Frente al caminante, relajado ante su café, vela el edificio consagrado a Vicente de Huesca.







NOTAS

[1] En contraposición a la iglesia de San Vicente el Alto, también desaparecida, que se construyó en el entorno de la Catedral, en el mismo lugar donde en la época de la Wasqa musulmana se ubicaba la mezquita de Ibn Atalib.
[2] Desde el año 2019, y tras la marcha de los últimos miembros de la Compañía de Jesús que ejercían su ministerio en la ciudad de Huesca, la iglesia de San Vicente el Real pertenece exclusivamente a la diócesis oscense.

A mitad de camino

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«Senderistas»: Archivo personal


Aprovechaba el Sol las zonas despejadas de arbolado para mostrar los últimos lances de su apenas ardiente poderío y laminar las envalentonadas dermis de los senderistas  —jóvenes y no tanto—  que apuraban el primer tramo del trayecto hasta Zulueta, buscando un otero con vistas al valle donde darse un respiro y acometer el tentempié que aguardaba, apretado, en las mochilas. “¡Allí!”, gritó alguien, señalando el suave promomtorio que se advertía a la izquierda de la senda que, a pocos metros, jalonaban, holgadas, las coníferas. Se sentaron, risueños y parlanchines, entre piedras y pinazas, sobre la tierra seca y agrietada.

Abajo, majestuoso en su anacronismo, el dieciochesco acueducto de Noáin [FOTO], modesto pariente neoclásico de aquellos de factura romana que alzaron los invasores venidos del Lacio sobre la Iberia antigua; convertido este, como aquellos, en joya arquitectónica restaurada y relevado, muchos años atrás, de su crucial servicio primigenio como abastecedor del agua de todas las fuentes públicas de Pamplona desde el manantial de Subiza, en las entrañas de la Sierra del Perdón.


Declarado Patrimonio Histórico, como Bien de Interés Cultural, en 1992 y tenaz sobreviviente a la reestructuración brusca del paisaje —en 1931, un constructor llegó a hacer una oferta de compra para derribarlo—, ni el abandono al que fue condenado durante años ni el ferrocarril ni la autopista ni las avenidas del río, que le cercenaron algún elemento, lograron desmoronar irremediablemente su probada solidez, conservando intactos 92 de los 97 arcos de piedra y ladrillo —de 18 metros de alzada los mayores— que lo componían cuando entró en uso el 29 de junio de 1790.