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Posts Tagged ‘represión’

«Esculturas de David Teager-Portman»: Archivo personal

 

Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.
Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.
Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos.
Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones, sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.
Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.

Eduardo Galeano (1940-2015): Relato Los nadies, contenido en El libro de los abrazos (1989)—

 

En el área londinense de Spitalfields, se encuentran, a ras de suelo y protegidos por un cristal, los restos de un antiguo cementerio medieval que se levanta sobre otro construido en la época de la Londinium romana. Entre las ruinas de ese osario subterráneo que nos retrotrae a la pandemia de peste que asoló Europa en el siglo XIV, dos figuras de rostros inexpresivos, esculpidas en bronce por el artista británico David Teager-Portman y expuestas, desde 2014 y en macabro señalamiento, en esa ubicación: una, en tonos púrpura, tendida en el suelo y otra, coloreada de azul, que se agacha sobre la primera extendiendo la mano para tocarla. «Eligiendo el lado perdedor», se titula la composición escultórica. Solidaridad broncínea, pensé, en tanto se abría paso en mi memoria Eduardo Galeano manoteándome los recuerdos hasta hacerme evocar a sus Nadies. De él y míos; de cualquier persona que no se ha desprendido del gen del humanitarismo, ese que nos hace lagrimear, vituperar, padecer, acompañar, empatizar, auxiliar, resistir y… contender contra esos engendros totalitarios que se pretenden humanos y hacia los que nos previno Sartre señalando que “al fascismo [a cualquier –ismo tiránico] no se le discute, se le combate, pues el diálogo no es para las bestias”. Y, a día de hoy, cuando afligidos y socorredores compartimos el mismo epígrafe y los Nadies somos mayoría en este planeta circunnavegado por sabandijas, solo la brújula de la indomabilidad será capaz de acercarnos a ese Otro Mundo Posible que anhelamos para las próximas generaciones.

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«Lugar de Memoria»: Archivo personal

 

95º aniversario de la Sublevación Republicana de Jaca (1930).

 

Al otro lado del río Isuela, en la circunvalación que comunica con la modesta zona industrial de Huesca, el monumento [FOTO] a los capitanes Galán y García Hernández —a los pies de la loma conocida como Cerro de Las Mártires, a menos de un kilómetro del polvorín donde ambos militares fueron fusilados tras la fallida Sublevación Republicana de Jaca de 1930—, relanza recuerdos aprendidos que arrastran los pies del caminante hacia la pendiente que, mediante unas escalinatas, facilita la ruta hasta la cima del tozal.

Antes de entrar en la historia como Cerro de Las Mártires, la loma oscense fue conocida como Tozal de las Forcas, por ser lugar de ajusticiamiento en tiempos de los visigodos y del Islam. Pero el nombre que prevaleció fue el de Las Mártires.

 

Dícese que, en el siglo IX, las hermanas Nunilona y Alodia Ben Molit, nacidas en Adahuesca (Huesca), de padre musulmán y madre cristiana, fueron denunciadas por un tío suyo a Jalaf, emir de Alquézar, por profesar la religión cristiana cuando la ley obligaba a los hijos de padre musulmán a mantener la religión de su progenitor. Como Jalaf no emprendió acción alguna contra las niñas, el familiar trasladó la denuncia a Zumail, valí de Wasqa/Huesca, que ordenó la detención de las hermanas y su traslado y encarcelamiento en la ciudad, donde fueron presionadas para adjurar de su fe. Inamovibles Nunilona y Alodia, fueron decapitadas y sus cuerpos quedaron expuestos a las alimañas en el Tozal de las Forcas. Cuenta la tradición que los buitres velaron los cuerpos y que, por la noche, una luz cegadora envolvió los cadáveres, así que Zumail mandó arrojar los restos a un pozo del centro de la ciudad de donde fueron robados por los cristianos y trasladados secretamente a Pamplona y de ahí al monasterio de Leyre para retornar, siglos más tarde, a su Adahuesca natal. En el siglo XIII se construyó en el tozal una ermita dedicada a las mártires aboscenses que sería remodelada a principios del siglo XVIII.

 

Anexo a la ermita levantada en el Cerro de Las Mártires, se halla el cementerio viejo de Huesca donde se llevaron a cabo las vejaciones y asesinatos de hombres y mujeres oscenses antifascistas en los primeros años de la guerra (in)civil de 1936. Y allí mismo, testigo de la barbarie de la guerra, presidiendo la ladera norte, se levanta un monolito [FOTO], erigido en 1885, que recuerda a Manolín Abad y a los defensores de la I República, fusilados en 1848.

 

Manuel Abad, Manolín, nacido entre 1815 y 1818 en Huesca, dirigió al grupo de luchadores republicanos aragoneses —conocidos como partida de las Cinco Villas— levantados contra la monarquía borbónica que, tras asaltar, la madrugada del 26 de octubre de 1848, el cuartel de Ejea de los Caballeros y hacerse con dinero, armas y caballerías, pero sin causar víctimas, emprendieron una ruta sin retorno posible que les llevó por Rivas, Luna, Bolea y Ayerbe hasta Huesca, donde recalaron el 30 de octubre perseguidos por las tropas reales. De allí, tras liberar a los presos políticos, marcharon a Siétamo, donde se atrincheraron en el hoy inexistente castillo para terminar pactando una rendición cuyos términos traicionarían, aun antes de estamparse las firmas, los representantes de Isabel II. Detenidos los integrantes de la tropa republicana y trasladados a Huesca, Manolín Abad y siete de sus lugartenientes fueron pasados por las armas el 5 de noviembre. Dos días después, tras un macabro sorteo entre los detenidos, serían fusilados otros seis miembros de la partida republicana; del resto de los arrestados muy pocos quedaron en libertad; la mayoría fueron embarcados en Valencia con destino a Filipinas.

 

…Y soñaba la ciudad frente al cerro del otro lado del río que, algún día, ese tozal descuidado pero donde no habitaba el olvido, devendría en bosquecillo frondoso que agitaría el ramaje celebrando la lucha por la libertad. Y, así, el Círculo Republicano Manolín Abad de Huesca, con el apoyo de la CNT, propuso al Ayuntamiento oscense dignificar el Cerro de Las Mártires y hacer de él un Lugar de Memoria.

En el mes de diciembre de 2014, ya convertido en parque Mártires de la Libertad, el histórico tozal lució sus nuevas galas vegetales para ser testigo de la inauguración, en su cima, del Monumento a los Mártires de la Libertad, una pirámide truncada de hormigón [FOTO DE LA RÉPLICA DE RECUERDO] cubierta por 545 prismas de caliza —uno por cada víctima oscense documentada, amén de paneles con los nombres de todas las víctimas—, obra del arquitecto municipal, y la inscripción, con los logotipos del Consistorio y del Círculo Manolín Abad: “A los mártires de la libertad, mujeres y hombres asesinados en Huesca entre Julio de 1936 y Enero de 1945 y a sus familias destrozadas. Diciembre de 2014”, además de una placa de la CNT que reza: “En recuerdo de todos los antifascistas, hombres y mujeres que sufrieron la represión, la guerra, la cárcel, el exilio y la muerte, para que su vida, lucha y ejemplo no caigan en el olvido. Huesca, 14 de Diciembre de 2014”. Ambos textos se pueden leer también en Braille.

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«El árbol desmoronado»: Archivo personal

 

Reconstrucción de los hechos ocurridos en la primavera de 1949, en un pueblo de la Hoya de Huesca, a partir de los recuerdos de la señora Isabel P.N., que contaba, por aquel entonces, catorce años.

Aquella mañana llegaron, por el camino del cementerio, los gitanos. Dos carromatos desvencijados tirados por mulos de pelajes imprecisos bajo un manto de parásitos y, atado a la última de las casas rodantes, un burrillo raquítico cuyas patas ulceradas obraban el prodigio de mantenerlo en bamboleante equilibrio. Los humanos que completaban el cuadro  —cuatro mujeres, cinco hombres y cuatro chiquillos, todos caminando junto a los carromatos, excepto los conductores—  portaban las mismas marcas de miseria y hambre que las humildes bestias que abrían y cerraban la comitiva.

A poca distancia de las primeras casas del pueblo, en una era apenas separada del camino de tierra y lindante con las márgenes del río, el patético grupo detuvo la marcha y, en pocos minutos, humeaba una marmita sobre una improvisada cocina de brasas circunvalada de piedras, mientras animales y chicuelos compartían chapoteos en la orilla del río.

No tardó la curiosidad de los habitantes del pueblo en hacerse presente junto al recién instalado campamento, de tal manera que, al mediodía, cuando las faenas del campo se interrumpieron para sanear los estómagos, nueve o diez personas observaban, en silencio,  a los forasteros y sus paupérrimas pertenencias.

De improviso, apareció un pandero en las manos de una de las gitanas y antes, incluso, del primer golpe rítmico, los cuatro arrapiezos de edades indefinidas se pusieron en movimiento: Volteretas, contorsiones, equilibrios de unos sobre otros… Y un final de saludos al desconcertado público observador que, quizás más sorprendido que entusiasmado, aplaudió con timidez a los infantiles artistas mientras los gitanos adultos se mantenían agrupados junto a la exigua hoguera esforzándose por sonreír amistosamente a los aplaudidores.

A media tarde se inició el ir y venir de algunos habitantes del pueblo a la era y de la era al pueblo. Patatas. Tomates. Cebollas. Una cantidad imprecisa de preciados huevos. Un poco de harina. Sardinas de cubo. Ropa vieja. Algunas perras gordas de aluminio.

La procesión dio tan buenos frutos que los gitanos se sintieron obligados a repetir el espectáculo a última hora de la tarde, imprimiendo a la nueva representación mayor teatralidad, como lo demostraban las dos mugrientas mantas que, colocadas entre los dos carromatos, oficiaban de telón. Al afán de los gitanos por acondicionar su pequeño circo ambulante contribuyeron algunas gentes del pueblo llevando sus propias sillas para convertir la pobre era en escenario de sueños, y, así, entre la necesidad de hacerse agradables de unos y la huída de la cotidianidad de los otros,  la nueva función atesoró la categoría de exitosa.

De lo que sobrevino por la noche, pocos fueron, sin embargo, capaces de dar muchos detalles. Solo el señor Agustín —padre de Isabel—, el serio mayoral de la finca La Palanga, puso voz a las tropelías cometidas en la era. Porque esa noche del mes de mayo de 1949, horas después de que nómadas y sedentarios compartieran un irrelevante festejo, dos números de la Guardia Civil  —según algunos, con el coleto acalorado por el efecto de varios chatos—  se presentaron en la era y, con el concurso de tres matones del pueblo, maniataron y apalearon con saña a los hombres gitanos hasta quebrarles los huesos, raparon las cabezas de las mujeres, las despojaron de sus ropas y les marcaron los cuerpos a punta de navaja, golpearon a los aterrorizados chiquillos y mataron al burro a pedradas.

Nunca se presentó cargo alguno contra los salvajes de uniforme y sus acólitos paisanos, salvo las protestas del indignado mayoral, que no fueron tenidas en cuenta por su conocida desafección al régimen. Tampoco se volvió a tener noticia de los gitanos, que desaparecieron a la mañana siguiente tras ser atendidos por el señor Agustín, su esposa y don Manuel, el practicante, que, haciendo caso omiso a las amenazas de uno de los Guardias Civiles implicados, curó las heridas físicas de las vilipendiadas víctimas. Solo quedó, como prueba del terror desatado, el cadáver del famélico asno, que tardó dos días más en ser retirado.

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«Autorretrato de Helios Gómez»: Archivo personal

 

[…] El imperdonable olvido, la inmoral indiferencia, la obscena amnesia ante artistas que no se fueron y, que siendo conocidos luchadores contra los sublevados, permanecieron en España sometidos a una brutal represión, es más lacerante por cuanto su memoria no hay que rastrearla en países remotos. Sus obras, publicadas antes, durante y después de la guerra, son suficientemente conocidas, están tan a la mano que, encontrarlas para homenajear su memoria con el merecido trofeo de la difusión, quizás no entrañaría más esfuerzo y gasto que el que emplean los partidos políticos sólo en un día de campaña. Este es el caso de un dibujante singular, el sevillano Helios Gómez, un dibujante anarquista; un comunista pintor; un poeta con la biografía preñada de luchas y fracasos. Esta es la historia de un dibujante, poeta y soldado que sobrevivió a la barbarie tras empeñar su vida entre el negro de la tinta china y el rojo de la sangre derramada en este desmemoriado país que él, como tantos otros, defendió desde la inquebrantable atalaya de sus convicciones: en una mano, el fusil; en la otra, un lápiz.-  JUGUETES DE LA INERCIA: HELIOS GÓMEZ, EL DIBUJANTE SOLDADO (1905-1956), José Luis Castro Lombilla.

 

A Helios Gómez, rapsoda visual de causas imposibles en la Europa abatida por las trompetas de la guerra y la venganza, le cercenó la parca el sueño igualitario a mediados de septiembre de 1956, con poco más de medio siglo de vivencias trashumantes que, en imaginario carromato ideológico, le hicieron recorrer España, Francia, Bélgica, Holanda, Austria, Alemania, Argelia y la extinta URSS, ya como reconocido artista plástico, ya como perseguido político por sus ideas anarco-comunistas y su público compromiso con la II República Española por la que combatió con la creatividad y el fusil.

Gitano, andaluz, trianero, poeta, pintor, celebrado cartelista e imaginativo muralista, Helios Gómez pagó su compromiso libertario con la cárcel, las penalidades  —que serían la principal causa de su muerte, dos años después de ser excarcelado—  y el olvido por decreto.

En el último sexenio que pasó privado de libertad en la cárcel Modelo de Barcelona, dedicó sus minadas fuerzas a la realización de un mural, a modo de oratorio para los condenados a muerte, conocido como la Capilla Gitana, donde, en impresionantes frescos, aparece la Virgen de la Merced rodeada de personajes de rasgos agitanados y negroides. La obra empezó siendo una propuesta que le hizo el capellán de la prisión —al que apodaban La Araña Negra— y que Helios, rojo y ateo, aceptó, contra todo pronóstico, como si intuyera que aquellos muros dolientes iban a ser los portavoces de su último acto revolucionario.

La personalísima obra del artista fue cubierta, en 1998, con varias capas de pintura, en incomprensible y aberrante acción que la Dirección de Servicios Penitenciarios de la Generalitat justificó «por razones de higiene» [sic]. Semejante atentado contra la libertad de expresión llevado a cabo, paradójicamente, en la España democrática, levantó inmediatamente protestas entre quienes conocían la existencia de tan peculiar Capilla, apremiándose al Departamento de Cultura de la Generalitat a remediar el horrendo estrago causado a las pinturas situadas en la celda número 1 del primer piso de la cuarta galería de la Modelo.

Tras veinte años de reivindicación —por parte de la Associació Cultural Helios Gómez y la Plataforma Ciudadana Fem nostre l’espai de la Model— para restituir la obra carcelaria censurada de Helios Gómez, la Generalitat encargó al Centro de Restauración de Bienes Muebles de Cataluña el delicado proceso de decapado y recuperación de la Capilla Gitana, Bien de Interés Cultural que, a día de hoy, se halla en la última fase de rehabilitación.





ANEXO
Gitanos en la Guerra Civil Española, pdf, de David Martín.

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«La mirada»: Archivo personal


«Cuando habla en tono calmado no se le aprecia mucho el acento francés, ¿verdad?», le cuchichea Iliane a la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio mientras Agnès Hummel, apoyada en el atril que la tarima eleva levemente, transmite con su voz —«Vedla. Sentidla. Sabedla y comprendedla y así rozaréis desde el presente su dolor»— las penurias y el desespero de Araceli Zambrano en aquella Francia de ilusiones asesinadas y censuradas cartas que intercambia con el hombre —su amor, su vida, su anhelo— encarcelado por la Gestapo en La Santé. «No retornó la alegría», prosigue Agnès Hummel. «No renació la esperanza. Manuel Muñoz fue entregado por la Gestapo a los hombres de Franco desplazados a París, extraditado a España, sumarísimamente procesado y fusilado el 1 de diciembre de 1942… Rota, Araceli. Inapetente a la vida. Derrumbado su mundo. Pero con ella, su hermana, María Zambrano, que guardó su propia agonía en un arcón arrojado al Sena y dedicó buena parte de su existencia a amar, recomponer, aliviar y cuidar a la marchita e inconsolable Araceli».


[El silencio sustituye cualquier amago de aplauso. Agnès Hummel bebe agua tintada con unas gotitas de güisqui, baja de la tarima y se dirige hacia la docena y media de personas que han asistido a la charla. Entre las manos, el libro Cautivo de la Gestapo, de Fernando Sigler Silvera].




EPÍLOGO: 1947-1991

París. Nueva York. México. La Habana. Puerto Rico. Y, por fin, en 1953, Roma. Juntas siempre. Para siempre. Araceli, María… Y los gatos. Gatos. Muchos gatos. Gatos romanos que acuden a las caricias y a la manduca. Gatos en las alcobas, en el sofá. Gatos que marcan su territorio en las patas de las sillas y los marcos de las puertas. Gatos. Gatos… Y Zampuico, el gato negro de ojos amarillos que las acompañó desde la cadenciosa Cuba a esa Roma felina en la que, cierto día, se internó para no regresar; tal vez marchó a escudriñar de cerca las viejas ruinas de la Ciudad Eterna o se unió a los gatos semiciegos que celan paraísos soterrados.

Gatos. Gatos… Y, con ellos, un abanico de denuncias anónimas que las obligan a cambiar de domicilio para preservar el virreinato félido. Gatos. Gatos… Y más denuncias en las que se escudan las autoridades italianas para expulsar del país a aquella pareja de exiliadas españolas. Doce horas les dan, en 1964, para abandonar, seguidas por sus gatos, esa Roma de espléndidas arquitecturas apenas devoradas por los siglos.

Y, entonces, La Pièce, en el Jura galo. El último refugio fraternal de las expatriadas Zambrano que, como en Roma, sobreviven merced a la generosidad de sus amistades. Allí, en La Pièce, fallecerá Araceli, el 20 de febrero de 1972. María, que retornará a sus itinerancias y sus conferencias por el mundo y será, por fin, reconocida, festejada y galardonada en la democratizada España, seguirá a Araceli, su tan amada hermana pequeña, el 6 de febrero de 1991. Y dicen que, junto a su tumba andaluza, se detienen a maullar los gatos. Quizás, entre los de bruno pelaje, se asomen a las sombras noctívagas unos ojos amarillos.


NOTA

Edición revisada de un artículo publicado en esta bitácora el día 10 de enero de 2018.

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«Versión de ‘Las Pajaritas‘ de R. Acín»: Archivo personal


«…cuando yo tenía la edad que ahora tú tienes, junto con Samblancat y otros amigos sacamos en Barcelona, allá por el año 1913, una publicación intitulada ‘La Ira’. Ya puedes deducir por el simbolismo de esta palabra cual sería el contenido de nuestro anhelado periódico, del que nos servíamos para poner en la picota injusticias, abusos y cuantos males sociales llegaban a nuestros oídos; pero no es de esto de lo que hoy me reprocho. Me entristece, eso sí, el recuerdo de aquel lenguaje; un lenguaje insultante, impregnado de agresividad y casi en los lindes de lo grosero y soez algunas veces. Equivocadamente creíamos en nuestro «sublime» papel de agitadores cuando sólo éramos pobres seres agitados por un impulso incontrolado que restaba valor informativo al mensaje y descalificaba a quienes lo emitían. Te cuento esto por si de algo puede servirte el fruto de mis experiencias y reflexiones; porque aun admitiendo que pueda ser cierto lo de que ‘nadie escarmienta en cabeza ajena’, he pensado que tratándose de un joven inquieto como tú, deseoso de ver incrementado el nivel cívico y cultural de su pueblo y que al mismo tiempo participa con ilusión en el proyecto libertario, entenderá a la perfección que con nuestra expresión violenta e incongruente, lo que conseguíamos era asustar a la gente y suscitar su rechazo hacia los ideales de liberación y de solidaridad humana que decíamos defender. A mí me parece que es más rentable y a la vez susceptible de aportarnos íntima satisfacción, intentar atraernos a las gentes por la fuerza de nuestros razonamientos, y que expuestos con ademán seguro y resuelto pero exento de nerviosismos y estridencias y permaneciendo abiertos siempre al diálogo con todo el mundo, nos harán acreedores a la confianza y respeto de quienes no nos comprenden todavía y habremos ganado la batalla al egoísmo y a la indiferencia que predominan por doquier».- RAMÓN ACÍN AQUILUÉ (1888-1936). Pintor, escultor, cartelista, articulista, pedagogo. Profesor de Dibujo de la Escuela Normal de Huesca. Anarquista. Asesinado por los fascistas en la ciudad que tanto amó. Palabras dirigidas, en 1931, a su joven correligionario FÉLIX CARRASQUER LAUNED (1905-1993).


Ante la tumba donde el maestro Acín, vejado y fusilado, duerme para la Historia junto a Conchita, su compañera martirizada y asesinada, y Sol y Katia, las hijas sobrevivientes obligadas a retener las lágrimas durante décadas desgarradoras, se detiene el caminante libertario acribillado por la lluvia que descarga su incruenta ira sobre lápidas, monolitos y ramos decaídos. Brava, oscurece la tormenta el recinto mortuorio y apremia a los deudos tardanos, que reculan, ágiles, hacia el lodazal del aparcamiento. Permanece el caminante, a modo de estela funérea latiente, ante la losa sepulcral hasta que la encargada del camposanto, cubierta con un chubasquero amarillo con franjas grises, vocea: “¡Oye, que tengo que cerrar!”, y lo devuelve al presente y a la lluvia; a sus ropas empapadas y al frío que le recorre la epidermis y lo estremece. “Ya voy. Perdona…”, musita; y camina hacia el exterior tras la mujer.

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«Memoria doliente»: Archivo personal


Se emplearon a fondo, según refiere el hijo de un testigo: “El 23 de agosto los enterradores no daban abasto para transportar gente con carretillas hasta la fosa que habían excavado. La sangre lo empapaba todo. Cuando estaba cargando a un hombre, el enterrador se dio cuenta de que todavía estaba vivo, y se lo dijo a un oficial de la Guardia Civil que estaba de vigilancia en el cementerio. El guardia le contestó: ‘Esto lo arreglo yo enseguida’. Cogió la pala del enterrador y a golpes le machacó la cabeza al moribundo y de este modo lo remató”.- Los ‘buenos vecinos’ de Huesca, de Víctor Pardo Lancina.



Despierta la ciudad y retrocede, agónico, el tiempo consumido aleteando sobre los viejos edificios que la memoria aprendida recoloca y tiñe de blanco roto, azabache y grises. Ascienden las emociones por la empalizada de los recuerdos susurrando los nombres de todas y cada una de las martirizadas víctimas de aquel horrendo festín de odio y sangre cuyo hedor se cuela por las rendijas del tiempo transcurrido.



«Yo, que a menudo me siento abrumado en medio de tanto dolor, en nombre de las víctimas, sobre todo de las que todavía permanecen en las cunetas o en anónimas fosas comunes, deseo que mientras los muertos no tengan una lápida en la que poder leer su nombre, los verdugos tampoco puedan descansar en paz».- Víctor Pardo Lancina, periodista y escritor oscense, en el capítulo, Escenas de un guión inacabado, del libro colectivo, publicado en 2004, Literatura, cine y Guerra Civil.



En Memoria, amarga y viva, de los hombres y mujeres que, entre el mediodía y las nueve de la noche, fueron masacrados en Huesca, en la atroz saca del 23 de agosto de 1936.

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«En la piel»: Archivo personal


«No es importante quién soy; si soy suiza, si soy gitana, si soy negra, blanca, roja; la cuestión para mí ha terminado. Soy un ser humano».- Mariella Mehr.


En 1996, el gobierno suizo reconocía, tras catorce años de denuncias, su complicidad en la represión contra los jenischen helvéticos llevada a cabo por la organización Pro Juventute, institución donde trabajaba Alfred Siegfried  —fiel seguidor de las teorías raciales nazis—    que decía velar por el bienestar de la infancia suiza y que, durante cerca de medio siglo, se dedicó a la infame tarea de arrebatar niños jenischen de sus familias para ingresarlos en orfelinatos e instituciones mentales o cederlos en adopción.

El gerifalte de Pro Juventute, que consideraba a los gitanos jenischenvagabundos, alcohólicos, débiles mentales, psicópatas e ignorantes”,  actuó, con la complicidad de las autoridades, entre 1926 y 1972, año este último en el que el semanario suizo Der Schweizerische Beobachter informó a la opinión pública de la verdadera naturaleza de la organización que decía “prestar asistencia a los niños nómadas”. A lo denunciado en prensa se unieron las voces de las víctimas, entre ellas, la de la escritora Mariella Mehr que, de niña, había sido dada en adopción con la excusa de “ser hija de madre prostituta y padre asocial”. Mariella, que jamás renunció a sus orígenes jenischen, se rebeló contra la institución que pretendía transformarla y fue terriblemente represaliada: Internada en cuatro ocasiones en hospitales psiquiátricos y condenada a diecinueve meses de cárcel, Pro Juventute le quitó a su hijo   —fue, oficialmente, el último niño sustraído por la tenebrosa institución—   y la internó en una clínica donde fue esterilizada a la fuerza.






NOTAS

  • Mariella Mehr, nacida en Zurich en 1947, fue galardonada, en 1988, con el Premio Ida Somazzi por su lucha por los derechos de las mujeres. En 1998, la Universidad de Basilea le otorgó un doctorado honorario por su trabajo sobre la represión contra las minorías étnicas. En 2012 y 2016, se le concedieron sendos premios por su dedicación a la literatura (escribió artículos, novelas, obras de teatro…). Residente en Italia desde 1996, regresó definitivamente a Suiza en 2015. Falleció en Zurich, en una residencia de ancianos, el 5 de septiembre de 2022.
  • En 1973, la organización asistencial Pro Juventute fue investigada judicialmente. El creador del Fondo para los Niños de la Calle, Alfred Siegfried, había fallecido un año antes. Clara Reust, responsable, junto con Siegfried, de Pro Juventute fue imputada por un delito continuado contra los derechos de las personas; otros miembros fueron acusados de abusar sexualmente de las criaturas jenischen a las que decían proteger.
  • En 1999, el gobierno suizo aceptó indemnizar a las víctimas de las esterilizaciones forzosas y a las familias jenischen cuyos hijos e hijas habían sido tutelados por la siniestra institución. Se calcula que más de 600 menores de etnia jenisch fueron separados, de manera definitiva, de sus familias.

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«Fosa en Huesca. Octubre 2018»: Archivo personal


«[…]No nos cabe duda que, cuando pase el tiempo suficiente y haya quien escriba la historia que ahora se escribe, la historia de estas décadas de apertura de fosas y esfuerzo incansable por la trinidad memorialista (verdad, justicia y reparación), el nombre de Capapé figurará en la larga lista de los que nunca reblaron». Carlos Neofato, miembro del Círculo Republicano Manolín Abad de Huesca, tras el fallecimiento de Miguel Ángel Capapé Garro (1958-2022), luchador contra el Olvido y la Desmemoria.


Solo quien ha vivido esa experiencia, única, a pie de fosa recién abierta, quien ha sentido el estremecimiento de una persona muy mayor ante los huesos desbaratados del padre y del hermano rescatados del olvido o la turbación de la nieta o el bisnieto con los ojos fijos en el cráneo horadado del ancestro al que no conocieron en vida, puede comprender la comunión que se establece con los arqueólogos forenses que han ido apartando la tierra compacta hasta acceder a los restos de osamentas grises y quebradizas, documentado y fotografiado cada centímetro cúbico despejado, cada vestigio (una hebilla, una suela, una bala) que comparte espacio con el esqueleto que un día fue un hombre, una mujer cuya vida quedó truncada en horrendo sinsentido, arrastrando a la desesperación durante décadas a sus familiares, obligados a ocultar el dolor de la ausencia y, en muchos casos, a convivir y/o servir a los asesinos.

A falta de la prueba de ADN que confirme y dé la filiación correcta de los despojos desenterrados, la mirada de los deudos, entre el alivio y un tropel de sentimientos de difícil adscripción, se posa sobre las personas que han hecho posible el milagro, las que, conocedoras del cúmulo de sensaciones que atenazan a los familiares, asistentes durante días a los trabajos de exhumación, respetan ese silencio que sobrevuela los alrededores de la fosa al descubierto. Y los roces de empatía, la suavidad de las manos en hombros o brazos suplen las palabras. Ahí, en esos instantes, la humanidad de Miguel Ángel Capapé  —experimentado investigador y documentalista a cuya tenacidad se debe la apertura de dieciocho fosas de la guerra (in)civil en la retaguardia aragonesa—,   su presencia bonachona y su inagotable vitalidad (pese a la enfermedad que lo llevó a la tumba pocos días antes de Nochebuena) rompían la tensión del momento reconvertida en un Gracias inmenso, sincero, pequeño homenaje en el que no solía faltar un abrazo reconfortante. Para él, para Miguel Ángel, era suficiente.


Hoy y siempre, Miguel Ángel, otra vez: ¡Gracias!

Sit Tibi Terra Levis.



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«En el epicentro»: Archivo personal


Se escuchaban el jueves, en la terraza, las voces de las Presas —que desbordan el libro de Tomasa Cuevas— desgranando, por bocas interpuestas, los horrores padecidos y, a la par, iban agrupándose, orondos y atezados, los nubarrones en aquelarre atmosférico, trayendo un viento insolente y férvido que envolvía a las tertulianas del fórum literario e inflaba el toldo rayado bajo el que todavía humeaba la tetera en la mesita de mimbre, junto a la caja de hojalata de las pastas. Fuera del rectángulo entoldado —que empezaba a gotear por las esquinas— se ensañaba el aguacero con el suelo de terrazo mientras Marís repetía la lectura de uno de los párrafos y ya no era su voz, sino la de Trinidad Gallego, la que sonaba, clara, en la terraza, con el mismo deje vehemente de Paz Azzati en los labios de Yolanda o el de Petra Cuevas, unos minutos antes, en los de Oroel. Y aquella terraza del ático enfrentada al Hospital San Jorge, con la ciudad debajo celada por las sierras de Gratal y Guara y la azabachada boina celeste descargándose sobre ella, tomó la apariencia de presidio saturado de féminas con la dignidad intacta, entre chinches, sarna, piojos, avitaminosis, hambre, gritos y hedores. Las tertulianas las vislumbraban a todas, jóvenes y viejas republicanas, cultas e iletradas, desaseadas y famélicas, sujetándose la moral desfallecida las unas a las otras, escupiendo el obligado canto del Cara Sol y cagándose en cada misterio del forzoso rezo del Rosario. Entretanto, María Sánchez Arbós, inconmensurable maestra vocacional, se abstraía de aquella realidad ominosa regresando con el pensamiento a la felicidad de la tiza y la esperanza del renacer de las aulas libres.


Y en el Rincón de la Ignominia, la otra, la carcelera; aquella María Topete Fernández (1900-2000) hierática, cruel, católica, monárquico-conservadora y aristócrata de medio pelo; brazo ejecutor del Glorioso Alzamiento, acumuladora de medallas al mérito represivo, fiel seguidora de las infames doctrinas de Antonio Vallejo-Nájera y más que sospechosa de haber hurtado niños y niñas a las madres presas.

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