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Posts Tagged ‘invierno’

«Plaza Mayor: Casa Heredia (Graus)»: Breit

 

En viaje de trabajo hacia Benasque, se detienen en Graus para entregarle a Mercedes, bibliotecaria del Barrio, las cajas de libros que les pidió trasladar a la villa ribagorzana. Caminando por la plaza de Coroche, para internarse por la calle en la que aguarda Mercedes, observan a un grupo de personas, con aspecto de turistas, señalando y fotografiando la casa-palacio de los Mur, un edificio del siglo XV, de aspecto sobrio, que fue remodelado en 1951 y cuyo atractivo y singularidad residen, más que en las bonitas ventanas geminadas del primer piso, en los dos dinteles de la fachada principal, donde se observan dos inscripciones idénticas talladas con las letras entrecruzadas. Unos dicen que se lee «Rodrigo de Mur y Marca», filiación del linajudo prohombre que residió allí; otros, la mayoría, aseguran que pone «Rodrigo ama a Mariíca», como dicta la leyenda transmitida oralmente desde el siglo XVI y que rememora la historia de Los amantes de Graus.

¿«Rodrigo de Mur y Marca» o «Rodrigo ama a Mariíca»?

 

Según la tradición, el noble grausino don Rodrigo de Mur quiso que su hijo, del mismo nombre, matrimoniara con Margarita Solano, muchacha de adinerada familia. Pero Rodrigo hijo, enamorado de Mariíca (Marica/María), una de las sirvientas de la casa-palacio, se rebeló contra su progenitor y, el día que se celebraba la pedida de mano de Margarita en casa de los Mur, con la presencia de las familias de mayor alcurnia de los alrededores, el joven desveló para todos los presentes la inscripción que había mandado cincelar en los dinteles, «Rodrigo ama a Mariíca», para así hacer públicos sus sentimientos hacia la humilde muchacha de servicio con la que, pese al escándalo y la oposición paterna, terminaría casándose.

 

La casa de Mercedes —recién reformado el interior para ser vendida o alquilada— fue antes de la señora Leandra, su madrina, de quien la heredó al morir esta ocho años atrás. Salvo el exterior, no hay ningún otro detalle que les sea familiar a las recién llegadas, que la visitaron muchas veces, cuando eran niñas, de la mano de la abuela de Marís, amiga de la señora Leandra. Las estancias de la antigua casa eran sombrías, repletas de muebles oscuros con permanente olor a cera y, en la sala, un piano de pared con un busto de Joaquín Costa, el renombrado polígrafo regeneracionista, cuya casa todavía existe en el número 5 de la calle que lleva su nombre. «Don Joaquín», decía la señora Leandra cuando se refería al ilustre personaje, al que ella no había conocido, pero reverenciaba, porque una tía abuela suya —fallecida en 1958— había trabajado como doméstica en la casa del erudito —que pasaba largas temporadas en Graus debido a una distrofia muscular— y le había contado y recontado «lo buenísimo que era don Joaquín, con su genio, pero muy buen hombre» y cómo lo había mimado y atendido su hija Antígone, «que no era hija como Dios manda, porque la había tenido, sin iglesia de por medio, con una viuda». «Pero la hija, qué hija, cómo lo cuidó hasta que se le murió, el pobrecico».

—Antes de saber quién era Costa ya lo conocíamos gracias a tu madrina —le dice Marís entre risas.

Empero, más que la penumbra perenne, el busto del omnipresente Costa, el aroma a cera, el piano siempre cerrado y la foto del año del cólera —en marco de plata oscurecida— de la tía abuela, magra ella, sentada a la puerta de la que es ahora la casa de Mercedes, quien más impresionaba a la veterinaria que, adulta, se ocupa de la salud de los mininos del Barrio y a Marís, en aquellas visitas infantiles, era Lalo, el gato de la señora Leandra; era grandote, de negrura inquietante, con unos ojos zarcos desproporcionados y vidriosos. Porque Lalo —le cuentan a la actual dueña de la casa— era un gato disecado y hasta la pequeña veterinaria, pese a su pasión por los felinos, se mantenía a distancia; esos ojos rutilantes, esas orejas enhiestas, esa postura hierática sentado sobre sus cuartos traseros, con el rabo asomando por la derecha…

—¿No me estaréis tomando el pelo? —duda Mercedes.
—En absoluto. Tú entonces puede que ni hubieras nacido o eras una bebé. Pregúntale a tu madre, que hasta miró si el animal era gato o gata para sacarnos de dudas.
—¿Que mi madre miró…? ¿Pero no decís que el animal estaba disecado?
—Bueno, nosotras éramos unas crías muy curiosas y queríamos confirmar que era un gato-gato, pero nos daba cosa ponerle una mano encima. Así que fue tu madre la que miró. Y se trataba de un señor gato. Un gato con sus cojoncillos, su pene chiquitín… El taxidermista no se había dejado ningún detalle.

Regresan al coche por el mismo camino de la ida. Ya no hay turistas en la plaza de Coroche y solo dos mujeres que, por las bolsas, parecen volver de la compra, las miran con curiosidad y responden con premura al «buenos días» de las dos sonrientes forasteras.

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«El desfile de los equinoideos»: Archivo personal

 

Aquella mañana de mediados de febrero en la que Mariángel —ayudante de cocina y camarera en el Mia-te tú— acudió al horno de la localidad a recoger los panecillos de chapata —encargados para la comida a puerta cerrada de los vitivinicultores—, coincidió con la vieja Angelines, correveidile oficiosa de cuanto acontece en el pueblo, que aprovechó la circunstancia para traer a colacion el «festín de los vinateros» [sic]. “Alguna mariscada les habrá preparado Mª Ríos, que esos son muy requetefinos y no se contentan con cualquier cosa. Buenos dineros se dejarán en la tragantona”, conjeturaba, mientras Otilia, la panadera, sabedora del percal, le hacía gestos a la joven barista para que se abstuviera de dar explicaciones. Pero Mariángel, tan ingenua ella como malintencionada la anciana, no tuvo inconveniente en presumir, con más candidez que engreimiento, de “unos erizos de mar de color violeta, preciosos y bien vivos” que Mª Ríos había comprado para extraerles las gónadas, aliñarlas y servirlas a los antojadizos comensales con el resto de entrantes.

No habían transcurrido ni quince minutos del regreso de la camarera a sus tareas en el gastrobar, cuando Mª Ríos recibió una llamada telefónica de la profesora de Educación Infantil de la Escuela Rural del Barrio:
—Oye, que me han comentado las madres que tienes erizos de mar vivos. ¿Puedo llevar a mi chiquillería para que los vean? Nada, poco rato. Solo para que sepan cómo son y nos vamos.

Y de esa manera, al mismo tiempo que una cariacontecida Mariángel le relataba a la desconcertada restauradora lo sucedido en la tahona, comenzó el desfile. La bulliciosa chavalería más joven de la escuela con su maestra. Los cuatro abuelos guasones que juegan a las cartas en el bar del Salón Social. Cinco madres que acababan de dejar a su progenie en el colegio y no sabían en qué emplear la mañana. La propia Angelines, con su amiga María Blanca y dos señoras de la Urbanización con las que salen a caminar. Olarieta, cocinera del bar del Salón Social, acompañada de Anca, la trabajadora de la Casa de Turismo Rural. Tres alumnos del Instituto de la capital que se habían tomado el día libre. Un matrimonio mayor que hacía hora para acudir al Consultorio Médico. Lurditas, la alguacila, y los dos peones contratados por el Ayuntamiento para limpiar el perímetro del azud… Todos, por supuesto, a contemplar los violáceos erizos de mar, en tanto que Mª Ríos, iracunda, lidiaba con los intríngulis del menú y Mariángel, lacrimosa, la perseguía —de la despensa a la cocina y de esta al comedor— suplicándole indulgencia por el embolado resultante de su indiscreción.

—¿Y te quieres creer —le contaba Mª Ríos, esa misma noche, a la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio—, que tuve que sacar a los rezagados a empujones y cerrar la puerta con llave? Y aún protestaban.

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«Palacio de Peleș, en Sinaia (Rumanía)»: Archivo personal

 

El octogésimo aniversario de la tía Hélène —una de las hermanas mayores de maman Malika— se celebró en Sinaia con el propósito de cumplir con el deseo de la agasajada de visitar el castillo de Peleș, a los pies de los montes Bucegi, en la cordillera de los Cárpatos. A Hélène —francesa de origen que lleva sesenta y dos años viviendo en Bucarest, a menos de dos horas de la impresionante residencia decimonónica de los últimos monarcas rumanos— no pudo frenarla ni siquiera la nieve, que comenzó a caer tres cuartos de hora antes de emprender el viaje y se intensificó conforme el minibús alquilado para la ocasión avanzaba rumbo a la ciudad balneario, al hotel donde se celebraría la cena homenaje y en el que la festejada y sus diecinueve acompañantes pasarían la noche previa al tour turístico por el ¿castillo? ¿palacio?

¿Castillo de Peleș? ¿Palacio de Peleș? Denominar castillo a esta obra maestra de la arquitectura, que mezcla el estilo neorrenacentista germánico con elementos neogóticos [FOTO] [FOTO], carece de sentido: ni uno solo de los componentes externos se diseñó para conformar una fortaleza sino como suntuosas piezas de un lujoso palacio de estética refinada cuyo primoroso exterior —con barandaje de piedra de los Cárpatos rematado por esculturas neoclásicas de mármol— no hace sino adelantar las exquisiteces artísticas que abruman la mirada cuando se traspasa la puerta de acceso. Pablo Neruda, que se alojó en él en una visita a Rumanía realizada en 1960, invitado por un grupo de poetas rumanos adscritos al Partido Comunista, se jactaba de haber pernoctado en uno de los dormitorios reales [FOTO] [FOTO] y no ocultaba su fascinación —y también su crítica por el inmoral derroche— ante tanto lujo y sibaritismo. Porque, además de las muy selectas composturas de las 160 estancias —entre ellas, una nutrida biblioteca, sala de proyecciones cinematográficas y representaciones teatrales, sala de música [FOTO], sala de armas [FOTO], salones temáticos…— y 33 baños [FOTO] [FOTO], el palacio fue dotado, a lo largo de su construcción —entre 1873 y 1914—, de comodidades de las que ningún palacio real de aquella época podía presumir: central eléctrica propia, calefacción, agua caliente y hasta un ascensor.

Marmóreas columnas clásicas, vitrales, techos artesonados de los que penden lámparas de cristal de Murano, espectaculares claraboyas con apertura eléctrica, tapices renacentistas, paredes ornamentadas con cincelados en ébano y teca representando escenas mitológicas, muebles con repujado cordobán al estilo andalusí, cientos de objetos realizados con los materiales más ostentosos, alfombras persas y turcas en seda y lana, artesanales barandillas de labrada ebanistería engalanando las escalinatas entre estancias inferiores y superiores [FOTO] [FOTO], puertas con diseños laboriosamente esculpidos… Todo ello componiendo una escenografía barroca sin igual por la que desfilan ojos asombrados, expectantes, atorados ante esa exposición de fastuosidad tan extrema como añeja.

Lucica, una de las guías y, como la propia Hélène y la mayoría de los asistentes al cumpleaños, de etnia romaní, no le escatimó a la recién estrenada octogenaria ningún aposento —incluso aquellos vetados a los turistas paganinis—, jalonando la ronda palaciega con infinidad de aclaraciones y anécdotas. Les explicó que, pese a haber estado cerrado al público desde su confiscación, en 1948, hasta su apertura como museo, en 1993, las autoridades del régimen usaban el antiguo recinto regio como alojamiento de dignatarios extranjeros; para ello, el palacio contaba con una brigada de conservadores que se encargaba de velar y mantener todos aquellos tesoros palacianos y su entorno inmediato. Esta brigada se sentía tan  satisfecha llevando a cabo labores de mantenimiento en aquel edificio tan singular que sus miembros estaban dispuestos a hacer lo que fuera para proteger Peleș. Y así lo demostraron.

Cuando, a mediados de los sesenta, Ceaușescu accedió a la presidencia de la República Socialista de Rumanía, corrió la voz de que él y su esposa estaban haciendo una gira por los lugares donde se levantaban edificios confiscados a la realeza y la aristocracia rumanas tras la II Guerra Mundial, llevándose de los mismos mobiliario, bibelots y objetos de valor para decorar el Palacio de Primavera, que era su pomposa residencia bucarestina. Al enterarse los conservadores de Peleș de la inmediata visita de la codiciosa pareja presidencial, idearon una artimaña para evitar que el palacio fuera esquilmado. Explicaron al autócrata que la mayor parte de la madera del interior de Peleș se hallaba colonizada por un hongo cuyas esporas no solo habían infectado el mobiliario sino que, indetectables en el aire, podían afectar gravemente las vías respiratorias. Provistos con mascarillas, para dar mayor credibilidad a la añagaza, manifestaron que habían conseguido un producto que quizás, solo quizás, detendría el avance del parásito a largo plazo. Los Ceaușescu  abandonaron Peleș tan de vacío como habían llegado. Nunca regresaron.

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«Tesela y Kuro»: Archivo personal

 

Arrecia la lluvia —como si quisiera compensar la escampada de apenas treinta y cinco minutos— y nos obliga a retornar, recluirnos y apoltronarnos en la casa, alterando nuestras rutinas e interfiriendo en las de los félidos que, habituados a sus horas de conciliábulo sin otra especie que les señale hasta dónde llegan sus dominios gatescos, nos miran de refilón, quizás aguardando que nuestras posaderas y el resto de nuestra masa corpórea abandonen el sofá, se sublimen y desaparezcan por el conducto de ventilación del único cuarto vedado que ellos han invadido en nuestra breve ausencia. Casi puedo percibir el gesto de fastidio de Groschen, tumbado sobre el escabel del sillón del estudio y bien arrimado —demasiado arrimado— a la pajarera rodante de Dashiell, el añoso lugano; este, ajeno a la atmósfera de incomodidad gatuna, no ha parado de imitar el canto de Melitón —el canario de la vecina— desde que nos viera traspasar el umbral del aposento prohibido a los felinos, como si con tan melodioso recibimiento quisiera indicarnos lo placentera que se le hace nuestra presencia, aunque sea a deshoras. Y no es que los mininos Groschen, Tesela y Kuro no nos quieran —que nos distinguen con sus afectos y lo manifiestan, a menudo, hasta el agotamiento— pero son poco proclives a las improvisaciones de sus humanos —Jenabou, la veterinaria y yo—, máxime cuando, como hoy, los pillamos desprevenidos y en una ubicación —la de Dashiell— a la que tienen restringido el acceso si no es en nuestra compañía. Sin embargo… ¿cómo no sentirse fascinado por estos seres autónomos, espabilados e ingeniosos, capaces de invertir el tiempo necesario de ensayo y error hasta doblegar la aparentemente inalcanzable manilla de la puerta cerrada para lograr su propósito?

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«Los últimos restos de la nevada»: Archivo personal

 

Desde el pretil sobre el río, junto a la placeta donde se localiza el oratorio de la abadía, se divisa —a través de las delicadas hilachas del calabobos que las nubes llevan tres días ininterrumpidos descargando sobre el Barrio— la suave pendiente que desciende entre la pardina Gabarre, donde todavía se mantiene en pie una pared del esconjuradero, y el prado de La Palanga, improvisada pista de esquí de inviernos infantiles. En esa ladera, el señor Inazio —un gigantón de rostro poco agraciado pero de buen carácter, a quienes todos llamaban el Ogro Bueno— enseñó a esquiar a dos generaciones de chiquillos y chiquillas que, desprovistos de bastones y siempre vigilados por el voluntarioso monitor, se deslizaban por el familiar declivio con las tablas en cuña, en controlada frenada que solía acabar, sin contratiempos, en el vasto terreno de pastos cubierto de nieve.

Al final de La Palanga, delimitando el terreno que separa un término municipal del otro, se encuentra el bosquecillo comunal donde, no hace tantos años, se esparcieron las cenizas del señor Anselmo, el Anarquista, enlace y ojos, a mediados de los cuarenta, de los guerrilleros de la partida de Joaquín Arasanz Raso, Villacampa, que anduvo escondido con sus compañeros maquis por la Sierra de Guara desde mediados de 1946 hasta ser apresado por la Guardia Civil en la Central Eléctrica de Huerta de Vero, donde, además de conseguir refugio al amparo de la familia de guardeses de la Central, los guerrilleros poseían su propia emisora. El 23 de enero de 1947, tras una batida de las fuerzas represoras y el posterior enfrentamiento entre guardias y maquis, Villacampa fue el único guerrillero superviviente. Juzgado en Consejo de Guerra, Joaquín Arasanz Raso, Villacampa, fue condenado a muerte, siéndole conmutada la pena capital por la de reclusión perpetua; no obstante, fue liberado en 1963. Ya en democracia, en las Elecciones Municipales de 1979, Joaquín Arasanz obtuvo el acta de concejal por el Partido Comunista en el Ayuntamiento de Barbastro. Murió en 1995.

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«Ciorbă de fasole»: Archivo personal

 

María Petra, la alcaldesa del Barrio, contempla con cierta aprensión los singulares recipientes de pan que Mariángel, la camarera del Mia-te tú, acaba de colocar delante de cada una de las comensales que comparten la mesa más próxima al aparador. “Pero… ¿y esto…?”, pregunta, recorriendo con la vista los rostros de sus compañeras. “Lo que habéis pedido”, se apresura a responder Mariángel. “La versión original rumana del potaje de alubias que ha preparado Mª Ríos”, explica Marís. “Ciorba de fasole o como quiera que se pronuncie. Si te hubieras molestado en leer la pizarra con el menú del día…”, añade Lurditas, la alguacila. “Anda, ataca ya la sopa que está buenísima”, alienta la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio.

Abandonan el comedor para tomar el café en la dependencia que, años ha, fuera garaje y que, al ampliar el restaurante, Mª Ríos y sus socios transmutaron en despensa y bodega. El fortín, lo llaman; un lugar impoluto de paredes encementadas, con estanterías metálicas ancladas en los muros y una vetusta y pesada mesa de madera cuyo tablero veteado refulge siempre como si lo acabaran de encerar. En el fortín, que carece de cualquier fuente de calor, habita, perenne, el frío; incluso en verano.

Jodo, María Petra, ni que fuera una reunión secreta. ¿No nos podías haber citado en un lugar más templado? En el bar, por ejemplo”, se queja Emil, que llega junto a Étienne y Óscar. “¿Con las elecciones aragonesas en marcha y vosotros llenando el pueblo de pasquines insultando a los candidatos? Bastante movida he tenido con Rafael por el cartel que pusisteis en el tablón de anuncios del Ayuntamiento incitando a bajar a Huesca a boicotear el mitin de la ultraderecha”. “Que no fuimos nosotros, joder”. “Bueno, vamos a lo que importa. La leña para las hogueretas del viernes ya está cortada. Alguien tendrá que recogerla con el remolque y apilarla en los soportales de la abadía, para tenerla a mano”. “Yo misma”, se postula Lurditas. “No, tú no, que estás muy liada y tienes que ir a recoger la carne que encargamos. Y vosotras”, señala a Marís y la veterinaria, “¿tenéis inconveniente en revisar los sacos de patatas para asar que nos han traído? Me ha dicho el señor Manuel que, cuando las recogió, algunas no tenían buena pinta. Y… chicos”, se dirige a Emil, Óscar y Étienne, “cuando terminéis con la leña, podéis pasaros por mi casa que, entre los cuatro, limpiaremos y bruñiremos las parrillas, que están ennegrecidas a más y no poder. ¿Os viene bien?”. […]

 

Y así, con el eco de las órdenes de la munícipe y amiga enmascaradas tras un tono afable, el vaho de los alientos componiendo una blanquecina masa anubada y la tibieza del café dejando un ínfimo rastro confortante en los cuerpos destemplados, cada mochuelo regresa a su olivo.

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«Océano de nubes II»: Archivo personal

 

Como una magna extensión del cobertor níveo de la cumbre, un manto movedizo de lechosos nimbostratos crea la ilusión de una inmensa meseta bajo cuyos rizos algodonosos se ocultan los escarpes de rocas carbonáticas, las dolinas, simas y cuevas que forman el paisaje kárstico de la sierra de Aralar. A ratos, las ráfagas de viento glacial acuchillan el cuerpo del observador que, amagado bajo una de las crestas, contempla, arrobado, el océano de nubes que se despliega a menos de un metro de sus pies, como incitándole a una zambullida, con la vacua promesa de los brazos todopoderosos de la diosa Mari y sus jorguinas deteniendo la mortal caída. Un desganado rayo de Sol le roza la mejilla derecha y él ladea la cabeza hasta sentir en la piel su tibieza, primero, y una ligera quemazón después, como si Herensuge, el dragón de siete cabezas, hubiera sustituido al astro rey en su labor de distraer el frío del rostro contemplativo.

No sin cierta indolencia, el espectador de nubes abandona su improvisado cobijo y desciende, al ralentí, el albo camino de regreso por la misma pendiente sinuosa de la ida, donde las huellas de sus botas, sumidas en la nieve, permanecen visibles, aisladas y escarchadas, hollando la virginidad del suelo inmaculado. Tras algunos kilómetros por diferentes trochas y pasiles, apenas llegado al cruce donde los aficionados realizan rutas de esquí de fondo, escucha las voces de Jürgen y Jenabou a los que, finalmente, vislumbra, con los esquís al hombro, dirigiéndose a la intersección donde él aguarda. Traen las caras congestionadas y unos andares pausados que denotan fatiga.

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«Donde la nieve II»: Archivo personal


Se deslizan despacio, pendientes de Madalina Cristea, más entusiasmada que habilidosa en su segunda jornada de esquí. “¡Mete el culo, que si no cargas todo el peso en las espinillas!”, le grita la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio. El último descenso lo hacen, acalorados, con los anoraks  atados a la cintura, bajo un Sol que, despiadado, va dejando a la vista las placas de hielo y algunas rocas desnudas cubiertas por la nieve horas antes.


Muy cerca de estos sinuosos pastizales blanqueados de las tierras jaquesas, donde todavía el invierno muestra cierto rigor de antaño, nace el rio Aragón, que dio nombre al Biello [1] Reyno y a la posterior Corona y del que sigue siendo deudo el territorio que abarca, de norte a sur,  desde Ansó (Huesca) a Abejuela (Teruel). Aquí, en el valle de Astún, entre los imponentes omes grandizos [2]  petrificados que forman el ficticio mausoleo de Pyrene, la desgraciada princesa que dio nombre a la cordillera y cuyas lágrimas originaron los espectaculares ibones pirenaicos; dos de ellos, el de Escalar y el de Truchas, mantienen vivo el caudal del río Aragón a lo largo de los 195 kilómetros que recorre hasta rendir sus aguas al Ebro.


A las tres de la tarde, después de casi seis horas en un no parar, regresan al aparcamiento anexo a la estación. Sudorosos, fatigados y apetentes, los generosos bocadillos de tortilla de patata que les preparó Olarieta antes de partir les saben como el más exquisito de los manjares.






NOTAS

[1] En aragonés, viejo.
[2] Id, gigantes.

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«Brotes de primavera»: Archivo personal


Días atrás, andaba María Blanca, la vecina, pesarosa porque las almendreras de la redolada llevaban florecidas desde mediados de febrero mientras la suya  —la plantada junto a la ventana de la cocina, donde Melitón, el canario, se cree libre enjaulado sobre el alféizar—  permanecía con sus ramas desnudas al aire. “Estará esperando por si hiela”, concluía el señor Paco, su marido. Llegó marzo y, de un día para otro, la almendrera del jardín se engalanó de blanco y amarillo pero María Blanca, incapaz de vaciar la mente de preocupaciones, empezó a pensar en los gatos que, gracias al árbol, tienen fácil acceso a la jaula de Melitón. “Ya puedo ir con ojo porque, en cuanto me dé media vuelta, me lo volverán a matar”, le decía ayer a la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio. Y es que Melitón, el actual, no es sino el tercer canario, tan ambarino y canoro como sus predecesores, que ve pasar la vida desde la ventana de la cocina de María Blanca, “siempre en el punto de mira de los felinos o de los aguiluchos”.

A félidos y rapaces acusaba ella de haber acabado con los otros dos Melitones: Uno, del soponcio al ser baqueteada la jaula; otro, defenestrado con su canariera. Naturalmente, entre queja y queja, apuntaba con la vista hacia la casa de la veterinaria, donde, si a los morrongos residentes se añaden los visitantes asiduos, no bajan de diez. Y cuando la veterinaria, harta de alusiones, se rebelaba y argumentaba que en el alféizar de su propia cocina está la jaula de Camila, la cardelina, a la que, en cinco años, no han agredido los gatos pese a tenerla a medio salto, le replicaba María Blanca: “¿Pero tú te crees que los gatos, con lo astutos que son, van a escupir donde les dan de comer? Ni los gatos ni los perros”. Y se explayaba refiriendo que a finales de enero, cuatro o cinco veces seguidas, algún perro se dedicó a pasar por su jardín expresamente a cagarse. “¿A que tú no tenías en el tuyo mierda de perro? No me digas que sí porque miré yo y no había. Nosotros no tenemos perro; vosotros, dos”. El señor Paco, siempre discreto y poco interviniente, le hizo, entonces, un gesto implorante a la veterinaria para que no le contara a su mujer que los excrementos que ella achacaba a un perro eran del zorro que estuvo merodeando algunas noches entre los gallineros de ambas parcelas.

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«Caminito»: Archivo personal


Remontan los cuatro la senda albugínea entre restallidos del suelo. Chac, chac, gemiquea el caminito helado que las firmes pisadas van transformando en plata derretida.


(Baja un hilillo de agua por la pendiente…)


En vanguardia y cogidas de la mano, abuela y nieta tatúan con sus pasos el lienzo ya moteado de huellas de gineta. “Ojalá viéramos alguna, yaya”, dice Jenabou. “Son guapísimas. Cuando yo era chiquitaja, vinimos por aquí con mamá y encontramos una atrapada en una trampa lazo y cuando mamá la liberó e intentaba evaluar la herida de la pata, se le revolvió y le pegó tales arañadas y mordiscos en los brazos que casi tuvieron que darle puntos, ¿verdad, mamá…? Son gatos salvajes muy furos pero con una carita…”. “Pero esa carne cruda que llevas en la mochila no es para las ginetas…”. “Nooo. Es para echársela a los buitres que suele haber en la cima. Mamá y Étienne también llevan más en sus mochilas… Es que, yaya, no te hemos querido decir que pasaríamos por la buitrera por si te daba repelús y no querías venir”.


(Se enrosca el vaho de la charla errabunda entre el ramaje vivo y calla el viento…)


En lo alto del monte, donde se atrincheran los buitres leonados, se entretiene el cierzo en despojar la hierba de su cobertor de escarcha.



NOTA

Entalto es un vocablo aragonés que significa hacia arriba, en lo alto.

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